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EL PAÍS
29 AGO 2024 - 13:03

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| Michael Haneke Ilustración de Rupert Smissen |
A Michael Haneke (Múnich, 1942) le ha perseguido durante años la tupida sombra de la frialdad, de la distancia emocional que también defendía en su cine Ingmar Bergman. "Es un gran director. Aunque no sé, no veo el paralelismo. Si usted lo cree así...", responde el austriaco. Es complicado entrevistar al austriaco, ganador de dos Palmas de Oro por La cinta blanca y Amor, y del Oscar por esta última, creador de obras implacables, gélidas, dolorosas. En persona el director ríe, hace bromas, pero no le gusta hablar de sus películas. "En el cine actual se tiende a explicar todo, en pantalla y fuera de ella. Eso me aburre", asegura ante un grupo de cinco periodistas europeos en el festival de Cannes, donde se presentó Happy End. La esgrima dialéctica la acabará ganando Haneke, aunque por el camino deje algunas migas de información.
Haneke habla inglés y francés, pero se niega a usarlos ante la prensa. "Entiéndame, quiero ser puntilloso con mis palabras, déjenme usar mi alemán materno". Acabará explicándose también en francés. Hijo de un actor alemán y una actriz austriaca, no vio mucho a su padre durante su infancia y adolescencia, aunque acabó dirigiéndole en una obra teatral. En el libro Haneke por Haneke (Editorial El Mono Libre), de reciente publicación, cuenta que empezó en el teatro por casualidad: "Monté mi primera obra gracias a mi novia de entonces. Era actriz, se quejaba de las indicaciones de su director de escena; le propuse ayudarla a preparar las obras, se negó porque yo solo era un aficionado, e insistí hasta que acabó haciéndome caso". Durante lustros, Haneke disfrutó mucho compaginando teatro y televisión, y no sintió la necesidad de saltar al cine. "Yo no quería volverme loco buscando financiación. Soy austriaco, y si hago ahora películas grandes es porque la mayor parte del dinero de mis presupuestos entra desde Francia... y porque la Quincena de Realizadores estrenó mi primer largo, El séptimo continente, en 1989. Tuve suerte: buscaban filmes austriacos y yo estaba allí", rememora ante la prensa. "Pero por favor, no me pregunten más por mi biografía. Cuando yo veo una película no me interesa la vida del director; y en mi caso tal vez el único tema fílmico relacionado con mis experiencias sea el temor y el rechazo con la violencia".
A principios de los años noventa, como ecos aún más cotidianos del grandioso éxito de Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987), se fueron acumulando en el cine americano los thrillers con psicópata a la vuelta de la esquina de casa (o incluso en la misma). Relatos que pretendían tanto indagar en los recovecos más oscuros de la soledad del ser humano como experimentar con la falta de lucidez provocada por una tragedia del pasado que se expulsaba en forma de delirante acoso al inocente. Una suerte de intriga psicológica a medio camino entre el policiaco y el terror, con leves apuntes sociales, que además practicaron algunos excelentes directores, legando así un puñado de títulos para el recuerdo del entretenimiento con clase: De repente, un extraño (John Schlesinger, 1990), Misery (Rob Reiner, 1990), El cabo del miedo (Martin Scorsese, 1991), La mano que mece la cuna (Curtis Hanson, 1992), y Mujer blanca soltera busca… (Barbet Schroeder, 1992).



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| Isabelle Huppert |