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domingo, 10 de febrero de 2013

Lawrence Durrell / Henry Miller y Brenda Venus

Henry Miller y Brenda Venus
Lawrence Durrell
Henry Miller y Brenda Venus
Prefacio de Querida Brenda
Traducción de Fernández de Castro

Tras una separación de casi diez años, un feliz accidente me permitió reencontrar a Henry Miller, mi viejo amigo. Ese golpe de fortuna fue una oferta de la cátedra Andrew Mellon del prestigioso California Institute of Technology de Pasadena. Comprendí que si aceptaba estaría a unos pocos kilómetros de Miller y más o menos a la misma distancia de Anais Nin. Era una maravillosa oportunidad de reforjar y reavivar una vieja e importante amistad que estaba dando síntomas de fatiga y negligencia, sujeta como estaba al azar del tiempo y la distancia. Así que irrumpí en escena (por decirlo de alguna manera) justo a mitad de la presente correspondencia. 
El propio Miller tenía un montón de cosas que contarme acerca de Brenda, y no dejó pasar un solo día sin garrapatear algún mensaje para ella. Estaba de forma omnipresente en su pensamiento. No exagera cuando dice que ella le mantiene en vida; realmente, su generosidad y tacto le permitieron acabar sus días en una maravillosa euforia de amorosa amistad. Esta correspondencia es el fruto de aquel profundo «asunto del corazón», y nunca mejor dicho porque dada su edad y su precario estado de salud difícilmente podría haber sido otra cosa. Era, como él mismo dice, una ruina física. Entonces, cuando la joven actriz entró en su vida, una bocanada de aire avivó los rescoldos de Mona, de June, Betty, Anais… y una vez más volvió a ser el joven y rebelde amante de sus primeros libros. ¡Qué suerte! Todo el mundo se sentía feliz por él, incluidos sus hijos y amigos, pues cualquier otra alternativa previsible que pudiera ofrecérsele se presentaba extremadamente árida. Se hubiera visto obligado a embotar sus últimos años con la aguja y la adormidera por toda compañía. ¡Pobre Henry! En cambio los vivió en un éxtasis de amor testificado, valorado y compartido. Brenda Venus interpretó el más alto papel que una actriz podría desear: Musa y Nurse de un gran espíritu en su declinar. Fue una suerte que llegase cuando lo hizo. Y fue una suerte que se tratase de una mujer sensible y compasiva, y perfectamente capaz de ponerse a la altura de su papel. 
Miller acababa de salir de una desgraciada experiencia matrimonial con la deliciosa pianista japonesa Hoki, y su autoconfianza estaba tan maltrecha como su salud. Él ha rendido un vívido y emotivo recuento de ese período en Insomnia: or the Devil at Large, porque no hay necesidad de repetir los detalles.
Con la llegada de Brenda Venus todo cambió. No había un sólo momento del día en que no estuviese pensando en ella, temiendo por ella, refiriéndose a ella… en realidad su conversación estaba tachonada de referencias a las cualidades de su corazón y su mente. Y casi con idéntica frecuencia podía interrumpir cualquier cosa que estuviese haciendo para escribirle unas líneas. Era muy consciente de encontrarse en el reflujo de su vida. Había mantenido un obstinado silencio acerca de sus operaciones… una de las cuales duró dieciséis horas. Pero la vivacidad de su mente y de su corazón le hacían tan alegre y ligero que uno se engañaba creyéndole más joven de lo que era. Sólo al ver su cuerpo comprendí cuan frágil y delgado se había quedado. Una arteria artificial, como un pedazo de manguera, que le iba desde un muslo hasta el sistema cardiaco le palpitaba ominosamente en el cuello y el pecho. Siendo un gran caminante —solía sentirse desdichado si paseaba menos de diez kilómetros diarios, y en París iba siempre caminando a todas partes— ¡se veía ahora totalmente conminado a permanecer en cama! Y por si fuera poco estaba completamente ciego de un ojo y casi del otro. Teniendo esas enfermedades en mente, el lector debería ahora hojear la correspondencia: creería estar leyendo la obra exuberante de un hombre de cuarenta años. Su humor y su ardor dicen mucho acerca de la tierna amistad y devoción de su último amor. 


Brenda Venus
Inevitablemente una correspondencia de esta naturaleza, y tan cerrada en su mayor parte, tiene algunas omisiones, así como repeticiones o incluso hiatos cuando los autores se están viendo diariamente; hay asimismo pasajes que podrían provocar un cierto malestar en el lector porque hay muchas cosas que se dicen abiertamente; Miller muchas veces recurre a lo que él llamó una vez su estilo «anatómico», como en Sexus; pero la señorita Venus capeó esos temporales con tranquila paciencia y perseverancia, lo cual demuestra claramente lo mucho que valoraba su amistad con él, y lo precioso que era para ella tenerle como mentor. En verdad, cualquiera que lo conoció podrá atestiguar que se trataba de un ser cautivador a pesar de sus imprevisibles momentos de intemperancia. Y aquí, como en sus libros autobiográficos, nos ofrece un completo retrato de sí mismo en el umbral de la muerte. 
El papel de Brenda Venus mantendrá su interés e importancia también como memorial de su última gran amistad, una Ariel para su Próspero, podría decirse. Ella le permitió dominar sus enfermedades y degustar las delicias del Paraíso. Todos le estamos agradecidos por su gentileza y su amorosa percepción.
Lawrence Durrell 
París, marzo de 1983.


Henry Miller
Querida Brenda 
Las cartas de amor de Henry Miller a Brenda Venus
Barcelona, Seix Barral, 1986, pags. 50 -52

Título original: Dear, dear Brenda.




sábado, 9 de febrero de 2013

Henry Miller / Carta erótica a Brenda Venus


Henry Miller

Henry Miller

CARTA ERÓTICA A BRENDA VENUS

7 de agosto de 1976
(En francés para Brenda)


Brenda Venus
Queridísima Brenda:
    La idea que me sugeriste es tan audaz que no estoy seguro de ser capaz de hacer lo que me pides. Desde que te he conocido has ocupado perpetuamente mis pensamientos. En mis fantasías he hecho toda clase de cosas contigo. He guardado en mi cabeza la idea de no ofenderte. Al mismo tiempo a través de tus cartas tengo la sensación de no poder atreverme a hacer y decir mucho más de lo que realmente estoy haciendo. Tu mismo cuerpo es una invitación a hacer de todo.
     La escena que me viene a la mente se repite con frecuencia. 
Estoy en tu casa mirando tus cuadros. Inmediatamente me ofreces algo de beber. La bebida se nos sube a la cabeza. Vostes una camisa muy fina y transparente. Por encima del ombligo no llevas absolutamente nada. Tus pechos son espléndidos. Tienes el aire de una bailarina. (Como un Degás.) Tus piernas son fuertes y hermosas. 
     De repente me lanzo sobre ti y te arranco la camisa. El pelo negro y copioso de tu sexo me pone de inmediato tenso. Hundo mi mano entre tus muslos y advierto que ya estás húmeda. Pareces muy excitada, dispuesta a hacer lo que sea.
No me sorprende. Te conozco desde hace siglos, quiero decir de anteriores encarnaciones. Hemos sido amantes muchas veces. En ocasiones eras prostituta del templo, en la India, en Egipto y en otros países. Siempre eras una mujer para el placer, pero siempre religiosa. Tu religión era siempre el “sexo”, como los actuales practicantes del Tantra. Enseñás a los jóvenes, hombres y mujeres. Para ti es una cuestión artística. Por eso parece ahora que seas una experta. 
   Sin el menor rubor te acaricias suavemente el coño con la mano derecha. Entonces…con dos dedos de cada mano abrís la hendidura entre tus piernas y me muestras los pequeños labios que tiemblan como un pajarillo. El jugo fluye abundante; tus muslos centellean.  
Brenda Venus
   Sin decir una palabra pones la mano en mi pantalòn y empuñás mi pene (el tronco, si lo prefieres). Tus manos tan fuertes, pero delicadas, juegan con él como si fuese un instrumento musical. Estás sofocada e irresistible. Quiero “jugar” inmediatamente, sobre todo cuando pones tu lengua en mi boca. Después tu boca empieza a lamer suavemente mi sexo. Es difícil permanecer en pie. Afortunadamente está cerca el sofá. Caemos sobre él juntos, boca sobre boca, miembro contra coño. Pero todavía no te he penetrado. ¡Qué caliente estás!. Me llenas de besos. Deseo besarte. Estás entregada. Me agarras el pene y te lo pones entre las piernas. Entra suavemente, lentamente incluso. Tu órgano está deliciosamente formado. Es angosto y profundo. Me retienes como lo haría un dedo. Naturalmente no puedo aguantarme más. Me voy al igual que tú, al mismo tiempo.
   Permanecemos así durante algunos instantes, entrelazados como serpientes. Trato de librarme pero tú no me lo permites. Me sujetas con tu poderosa musculatura. Al cabo de un rato advierto movimientos en tu interior. Poco a poco empiezo a hincharme. Ahora alzas las piernas y las colocas sobre mis hombros. Estás totalmente abierta y mojada. No cesas de acabar. Tus ojos se dirigen hacia el techo. Me pides que continúe, que no me detenga. Me dices (en inglés), “cógeme, Henry, cógeme!. Métemela hasta la empuñadura. ¡Estoy tan caliente!”. Es la primera vez que utilizas ese lenguaje conmigo. Oírte me vuelve loco. “Dios, dame fuerzas, déjame poder”, me digo a mí mismo, “y te besaré eternamente”. No olvides que te estoy contando una fantasía. No entiendo de dónde salen las fuerzas para poder darte tan prolongado placer. 



Brenda Venus



Eres insaciable. Haces toda suerte de movimientos y, en ocasiones, gestos que resultan absolutamente delirantes y obscenos. Has perdido la cabeza. Eres sexo y nada mas que sexo. Sabiendo que podrías matarme te apartas de mí para que pueda recobrar el aliento. Pero no cesas de acariciarme, especialmente con la lengua. Y tu cuerpo sigue ondulando sobre mí. ¡Me besas como una posesa!. 
    ¿Y después qué? ¿qué posición? Soy yo el que te propone que hagamos el amor como los perros...





Henry Miller
Querida Brenda 
Las cartas de amor de Henry Miller a Brenda Venus
Barcelona, Seix Barral, 1986, pags. 50 -52

Título original: Dear, dear Brenda.






viernes, 8 de febrero de 2013

Henry Miller / Carta a Brenda



Carta de Henry Miller a Brenda Venus
29 de septiembre de 1978



Mi querida Brenda:

Desde que releí tu maravillosa carta tengo la sensación de haber atravesado varios mundos. En primer lugar, escribí una respuesta a tu carta (en mi cabeza), agotándome al hacerlo porque apenas si pude dormir anoche. Me desperté imaginándote haciendo los preparativos para tu viaje. Pensé en el domingo y en cómo te voy a echar a faltar, pero afortunadamente sugerí un día extra de fiesta. Y por en medio pensé en tu pie fracturado y en lo inquieta que eres. Siento el dolor cada vez que apoyas el pie izquierdo.

Tumbado en la cama hoy recordaba tu exclamación  en la puerta, cuando nos abrazamos. Tu repetías "¡Cómo te siento de bien!". Eso me llamó la atención y esta mañana temprano se me ocurrió por qué estabas tan excitada. Era porque yo estaba medio desnudo y nunca nos habíamos tocado así. Estábamos carne contra carne y tú sentiste todo el impacto. Curiosamente no tuve pensamientos eróticos en ese momento. Era feliz viéndote viva y resplandeciente. Pero reflexionando recuerdo ahora el tacto de tu glúteo izquierdo y de tu teta derecha ( por accidente).

&&&

Y ahora, un hombre de 87 años, locamente enamorado de una mujer joven que me escribe las más extraordinarias cartas, que me ama a morir, que me mantiene vivo y enamorado (un perfecto amor por vez primera) y que me escribe tan profundas y emocionantes reflexiones que me siento feliz y confuso como sólo un adolescente podría estarlo. Pero por encima de todo, agradecido, y afortunado. ¿Merezco realmente tan hermosos elogios como tú me dedicas? Haces que me pregunte quién soy exactamente, si me conozco en realidad y qué soy. Me tienes en el misterio. Por lo cual aún te amo más. Caigo de rodillas y rezo por ti, te bendigo con la poca santidad que hay en mí. Viaja feliz, mi queridísima Brenda y no lamentes nunca este romance a mitad de tu joven vida. Los dos hemos sido bendecidos. No somos de este mundo. Somos las estrellas y el universo de más allá.

Larga vida a Brenda Venus. ¡Dios le conceda dicha, plenitud y amor eterno! "

Henry


Henry Miller,
Querida Brenda
.  Seix Barral, 1986


Henry Miller
Querida Brenda 
Las cartas de amor de Henry Miller a Brenda Venus
Barcelona, Seix Barral, 1986, pags. 143- 145

Título original: Dear, dear Brenda.


El polémico y escandaloso escritor norteamericano Henry Miller enfrentó a la hipócrita sociedad de su época con su afiladas obras. Se hizo famoso con “Trópico de Cáncer” y “Trópico de Capricornio”, cuando vivía en París, ya cuarentón, convertido en todo un  experto en el arte de vivir de gorra. Su esposa Mona y su amante Anaïs Nin son sus más famosos amores. Pero a los 84 años, con la salud y la auto confianza deterioradas, el destino le puso una última prueba: la actriz Brenda Venus. Ella lo buscó. Encontró su dirección en una subasta. En una primera edición de Mujeres a través de los tiempos, descubrió una carta de Henry Miller a una mujer. Brenda compró los libros y le envió a Henry la carta y unas fotos suyas pensando que podrían despertar su curiosidad. Y entonces Henry Miller, fascinado, volvió a ser el joven y rebelde amante de sus primeros libros. Acababa de salir de una desgraciada experiencia matrimonial con la pianista japonesa Hoki y había perdido la visión de un ojo. Brenda le convirtió en un adolescente enamorado. "Llegamos a ser buenos amigos, y quizás algo más", dice Brenda. El prolífico Henry Miller le escribió mil quinientas cartas, que suman unas cuatro mil páginas, desde el 9 de junio de 1976 hasta el 29 de septiembre de 1980. Gerald Seth Sindell se dio a la tarea de seleccionar algunas de estas cartas para conformar el volumen Querida Brenda (Dear, dear Brenda). El prefacio es de Lawrence Durrell.






jueves, 7 de febrero de 2013

Henry Miller / Queridísima Brenda




Brenda Venus


Henry Miller
 CARTA A BRENDA VENUS
28 de diciembre de 1977

¡Queridísima Brenda!


   Esta mañana ha llegado tu maravillosa, maravillosa carta. La he leído con lágrimas en los ojos. Dios mío, qué bellamente expresas tus pensamientos y sentimientos. A veces, mientras te leo, me pongo a temblar y me pregunto: ¿Es posible que hable de mí?, ¿Quién soy yo? ¿Quién es ese Henry Miller?. Y todas esas cosas. No parece posible que una persona pueda despertar tanto amor, tanta adulación y adoración. Brenda, Brenda, me dejas mudo, ante tan amorosa elocuencia, mi lengua queda atada. 

 Me preguntas si veo todo eso en tus ojos. Naturalmente que sí, amada mía. Todo está escrito en tus ojos. Y en toda Tú. Vibras por todos tus poros, incluso cuando no dices nada. Sabes, muchas veces me despierto de noche, enciendo la luz y miro tu foto, tu imagen es la estantería. Siempre irradia no sólo belleza sino pureza, integridad, confianza. 
    Pienso en ti como una flor del profundo Sur, con toda su esplendorosa fragancia y aparente fragilidad. En realidad, eres tan fuerte como un tigre, y tan peligrosa, si estás enfadada. Me temo. Mi visión se debilita. He estado escribiendo sin gafas. Pero con tal de saber de ti soy capaz de cualquier cosa. 
 Sí, mi querida, mi queridísima Brenda, sólo gracias a ti continúo vivo. Lo sé mejor que nadie.     
   Te amo, te amo, te amo. Lo eres todo para mí.
   No mires para otro lado, querida Brenda. Míralo todo de frente. Derecho a los ojos, lo bueno y lo malo. Que Dios sea contigo. 


Tu 
Henry.

Henry Miller,
Querida Brenda
.  Seix Barral, 1986

Brenda Venus fue la última gran locura de Henry Miller. En la edición de sus cartas, Brenda relata que fue ella quien tomó la iniciativa de ponerse en contacto con él polémico autor, que entonces contaba con 84 años. "En una subasta -nos cuenta-descubrí la primera edición de una colección de libros titulada Mujeres a través de los tiempos. Abrí uno de los volúmenes y, doblada en el interior, encontré una carta de Henry Miller a una mujer. ¿Cómo hubiera podido no pujar por esos libros? Tres mil dólares después tenía los libros y la dirección de Henry Miller. Le escribí incluyendo la carta que había encontrado, así como unas cuantas fotografías "de actriz" pensando que podrían despertar su curiosidad.
Unos días más tarde Henry Miller envió la primera de las 1500 cartas que habría de escribirme. Llegamos a ser buenos amigos, y quizás algo más." 

La presente carta fue escrita a finales de diciembre de 1977. El 26 de diciembre Henry Miller  había cumplido ochenta y seis años.


Henry Miller

Henry Miller
Querida Brenda 
Las cartas de amor de Henry Miller a Brenda Venus
Barcelona, Seix Barral, 1986, pags. 119 - 120
Título original: Dear, dear Brenda.




martes, 5 de febrero de 2013

Henry Miller / Brenda Venus / Guía secreta de París

File:Brenda Venus Swimsuit.jpg
Brenda Venus

Brenda Venus

Inédito Miller, 

la última musa descubre su Guía secreta de París

    Patrizia SANVITALE | El Cultural, 14/11/2001 |  

    Ignorado, denigrado e incomprendido durante la mayor parte de su carrera literaria, Henry Miller fue el escritor norteamericano más controvertido del siglo XX. Revolucionó las reglas de la literatura y desafió los valores morales de su época. Sus compatriotas bienpensantes le tacharon de “obseso sexual”, le culpabilizaron por utilizar un lenguaje vulgar e intentaron marginarle definitivamente. En consecuencia, el autor de obras de culto como Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio decidió exiliarse a Francia. Se refugió en París, “desesperadamente hambriento no sólo de hambre física y sensual, de tibieza humana y comprensión, sino también de inspiración e iluminación”. Mucho de esa tibieza y comprensión encontró el gran pornógrafo en su última pasión. En efecto, en el ocaso de su vida, Henry Miller encontró a una mujer formidable, Brenda Venus, en aquella época actriz y bailarina, joven y bella, que le acompañó hasta la muerte. Miller se convirtió en su mentor y ella en su musa, inspirándole sus últimas cartas apasionadas y una guía de su París, que ha permanecido inédita hasta ahora. Lawrence Durrell, que la conocía, escribió: “Brenda Venus ha interpretado el papel más hermoso que cualquier actriz pueda desear: musa y enfermera de un gran espíritu al final de su vida... Ella le ha permitido dominar sus enfermedades y probar todos los beneficios del Paraíso. ¡Le estamos muy agradecidos por su amabilidad y su brillante dedicación!”. Hoy, Brenda Venus ha roto su silencio para desvelar los aspectos más desconocidos de su relación. Y su gran secreto, esa Guide Blue que Miller le escribió y que fue “su último acto de amor”.




    Henry Miller


    En 1976, Henry Miller conoció a una joven de 20 años, oriunda de Mississipi, medio siciliana medio amerindia. En aquella época Miller era el novelista rebelde más famoso. Había conseguido escandalizar al mundo literario rompiendo todas las convenciones artísticas. Sus escritos estuvieron prohibidos en Estados Unidos hasta 1964, fecha a partir de la cual pudo gozar de un reconocimiento bien merecido después de años de indiferencia, desprecio e insultos. Su vida y su obra estaban llenas de mujeres y de sexo. Sus escritos, en gran medida autobiográficos, le convirtieron en un mito.


    Liberador para algunos, fue considerado diabólico por otros, pero con los años Miller se calmó. Cuando encontró a Brenda Venus era un octogenario frágil. Lo que no le abandonó nunca, sin embargo, fue ese intenso deseo de vivir que le empujó a escribir, pintar y exaltar su amor hasta el final de sus días. En la época de su primer encuentro, Brenda Venus era ya una actriz y bailarina conocida. Inmediatamente surgió un lazo entre los dos: él se convirtió en su mentor, ella, en su musa. Su relación duró cuatro años, hasta el último aliento de Miller, que murió mientras le escribía una carta de amor. La última, después de tantas otras. En aquella época se escribían como mínimo una vez al día. Esta correspondencia apasionada se transformó para los dos en una especie de diario íntimo. En 1979, aunque estaba muy débil y enfermo, Miller creó un pequeño manuscrito, regalo destinado a Brenda, que debía marchar a París. Lo llamó Guide Bleu (Guía azul). Nunca publicada íntegramente, era a la vez una guía personal de París, un diccionario francés-inglés y una libreta de direcciones de cafés, de restaurantes y de amigos interrumpida por largas cartas de amor a Brenda.

    Henry Miller (84) y Brenda Venus (20)

    -¿Qué significaba París para él?
    -París representaba sus recuerdos más queridos. Esa ciudad descubrió sus primeros libros, le aportó notoriedad y respeto, e hizo que apareciera en el panorama literario. Se había convertido en tema habitual de conversación entre nosotros. Lentamente, cena tras cena, en cartas y charlas, su París iba emergiendo. Empezó a enviarme libros en francés y a enseñarme a hablar y a escribir en francés. La Guide Bleu fue uno de los últimos actos de amor de Henry. El esfuerzo necesario para preparar esta obra, para renovar los contactos con vistas a mi viaje a París, allí donde su alma tenía sus raíces, extenuó a Henry en la misma medida en que a mí me llenó de alegría. En 1980 pude experimentar esa vida francesa de la que me había hablado. Recuerdo que estaba en París cuando Henry, todavía preocupado por mí, me escribió en una de sus cartas: “¿Va mejorando tu francés? No consultes diccionarios, subraya las palabras y frases que no entiendas. Léelas una y otra vez, explora el contexto”. Y unas líneas más abajo: “Ahora te tengo que dejar. ¿Te amo? ¿Brillan las estrellas? ¿Gira la tierra? Estés donde estés, yo estoy contigo”. París me absorbió completamente, mientras que Henry caía enfermo sin esperanza de curación. Necesitó mucha fuerza y valor para animarme a partir cuando yo era su lazo de unión con la vida.

    -¿Cuándo recibió usted la Guide Bleu?
    -Era una sorpresa, un regalo. Me escribía lecciones de francés en sus cartas y me sugería algunas cosas que podría hacer cuando estuviera en París. Estaba realmente entusiasmado en esa época, no dejaba de repetirme: “Me habría gustado mucho descubrirte París”.

    -¿Está todo escrito a mano?
    -Sí. Cuando encontré a Henry, la única máquina de escribir que tenía cerca era la que utilizaba su secretaria. Sabe usted, estaba totalmente ciego de un ojo y veía muy mal con el otro. La mayor parte del tiempo debía utilizar una lupa para escribir, pero creo que para él era más fácil expresarse a mano. Tenía una hermosa escritura, así que cada página era un regalo en sí misma.

    -¿Cuál es la que más le gusta? 
    -Hay un pasaje, hacia el final, donde me dice que me ama enormemente y que debo tener cuidado. El resto es muy divertido: “No bebas demasiado champán”, lleno de recomendaciones sobre lo que no debía hacer. Como un padre que envía a su hijita al colegio. “Y ten cuidado en la calle, no mires a la gente porque es mejor evitar el contacto visual directo, no vaya a ser que se trate de desequilibrados”. 

    Un exiliado muy extraño

    -¿Quién de los dos tituló el libro Guide Bleu, Henry o usted?
    -No sé cómo se nos ocurrió, pero creo que fue él. Era su guía. Hasta entonces no había escrito nada que se pareciera a un plano del lugar en que vivía, con lo que hacía, los lugares que visitaba. Era un estreno, una novedad. De hecho, la escribió en un cuaderno azul, por eso la llamó Guide bleu. Era una guía de París, su París narrado en un cuaderno azul.

    -Era un exiliado un tanto particular, ¿no es así?
    -Sí. Los exiliados como Hemingway, Francis Scott Fitzgerald y muchos otros artistas partían en el momento en que Henry llegó. Sin embargo, Henry coincidió con Hemingway, pero no le parecía que fuera un escritor muy bueno, sólo un buen escritor. Eran muy pocos los escritores que para Henry destacaban del montón.

    -¿Menciona Miller en algún momento el mundo artístico parisién?
    -Salía con amigos, pero Henry no tenía suficiente dinero para poder apreciar realmente la vida artística. Era un gran tímido y su conocimiento de París estaba ligado a verdaderas personas, contrariamente a Gertrude Stein y otros. En realidad no pertenecía a su círculo. Hablaban, eran amigos, pero no creo que les frecuentara mucho. Henry era un hombre muy tímido, pero su conversación era brillante y le apreciaban por su talento de narrador.

    -¿Fue a todos los lugares que menciona Miller en su Guide Bleu?
    -Sí, fui a Montparnasse, incluso me senté en la Academia Francesa y en el Dôme, yo sola, con un lápiz y un bloc, y le escribí desde allí, le decía: “Estoy sentada aquí, como tú hacías y siento lo que tú debiste de sentir. No sé si estaré sentada exactamente en la misma mesa que tú, pero estoy aquí”.

    -¿Se parecía París a la descripción que él le había hecho? Miller vivió allí en los años 30 y usted visitó París a principios de los 80...
    -París tenía un lado electrificante, un lado mágico. Fue una experiencia magnífica. Henry había descrito su encuentro con París como “enamorarse de un hombre o de una mujer por primera vez”. Era eso exactamente y mejor aún. Me enamoré de esa ciudad, de sus habitantes, de su ambiente, su olor, su historia... Me subyugó todo, como si estuviera embrujada.

    -¿Cuánto tiempo estuvo?
    -Unas cuatro semanas.


    Brenda Venus

    Sin noticias de Brenda

    -¿Qué ocurrió cuando volvió a Los Ángeles?
    -Mientras yo estaba en París Henry envió telegramas a varias personas: “¿Dónde está Brenda? No tengo noticias suyas”. Mis cartas no llegaban tan deprisa como él hubiera querido y se preocupaba por mí. Escribía a todo el mundo para intentar seguirme la pista. Durante mi ausencia cenó con uno de mis amigos, un modisto para el que yo había trabajado como modelo y que le dijo que había ido a París a casarme. No era verdad, pero es típico de Hollywood. Creo que después de eso la salud de Henry empezó a declinar, porque yo era el sueño de Miller, ese sueño que le daba fuerzas para seguir viviendo. Es muy triste que este hombre pusiera fin a su sueño, igual que le habría puesto fin yo misma si alguna vez hubiese mantenido relaciones sexuales con Henry o si mi relación con él hubiera tenido algo sexual, quiero decir claramente sexual. Había muchas jóvenes que venían a verle y le proponían hacer todo lo que él quisiera. Nosotros nunca hablamos de sexo mientras estuvimos juntos, excepto quizá, cuando respondía a las preguntas que yo le hacía sobre su mujer June o sobre Anaïs Nin. Nunca hablamos de sexo, aunque el tema aparece con frecuencia en las cartas que él me escribía.

    -¿Le volvió a ver después de volver de París?
    -Cuando todavía estaba en París me enteré de que había caído gravemente enfermo. Acorté mi estancia y me dirigí directamente a su casa, y en el momento en que yo subía corriendo las escaleras, él abrió la puerta, porque sabía que era yo quien llegaba. Dijo: “Deja que te mire, Brenda, te he echado mucho de menos”. Yo giré sobre mí misma, lentamente y él me dijo: “Has cambiado... ahora eres una mujer”. Yo respondí: “Yo no me siento diferente”. Entonces Henry dijo: “Ya veo que París te ha sentado bien. París te ha hecho suya igual que me ocurrió a mí en aquella época”.

    -¿Después de volver de París siguió escribiéndole igual que hacía antes de su partida?
    -No, era distinto. Estaba enfermo. Nunca se recuperó. Creo que el modisto que le dijo que me iba a casar en París le rompió el corazón y nunca consiguió reponerse. Me había escrito más de 4.000 páginas aparte de la Guide bleu, así que sentía que había cumplido su último deber aquí abajo: había formado a esta joven y la había guiado hacia la vida de mujer. Un día le pregunté por qué me había escogido para escribirme tantas cartas, y me dijo: “Eres la única que entiende mi alma”. Era una declaración como para volver loca a cualquier persona joven.

    Sus grandes amores

    -¿Le habló Miller de las dos mujeres que fueron los grandes amores de su vida, June y Anaïs?
    -Decía que las mujeres le inspiraban. Yo creo que la mayoría de los grandes artistas crean y expresan lo mejor de su arte cuando están enamorados. También Miller necesitaba una Venus, la buscó toda su vida. Tenía la costumbre de llamar a June “mi Venus”. Nunca llamó a Anaïs “mi Venus”.

    -¿Cree que aún sería posible vivir la misma historia, veinte años después?
    -Sí, porque era un hombre del Renacimiento y un autor epistolar prolífico. Escribía a muchos hombres y mujeres en todo el mundo. Para él escribir era tan importante como respirar.

    -¿Era su forma de expresar su creatividad?
    -Sí. A través de la escritura revelaba su pasión por la vida. Tenía en su interior un fuego que le quemaba y que nunca se extinguió. Cuando estaba a punto de morir, me escribió una carta para describir lo que sentía mientras se apagaba. Era una carta asombrosa. Me partió el corazón, pero además, cuando la leí, sentí que una parte de mí se iba con él; lo último que hizo por mí fue escribirme esa carta. Yo le había pedido, un poco tontamente, que me escribiera una carta cuando estuviera a punto de subir al cielo, y lo hizo. ¿No resulta increíble? Eso demuestra lo apasionado y generoso que era. Durante toda su vida, la gente se ha equivocado sobre su personalidad. Sus escritos sobre su vida en París tienen el carácter de una confesión. Hablaba de la auténtica vida. Al principio de su carrera, los escritos de Henry se consideraban brillantes, pero adelantados a su tiempo, de modo que le cerraron muchas puertas en las narices. Por eso se instaló en París. Creo que fue allí donde empezó a sentirse en paz consigo mismo.


    Brenda Venus

    Una historia de amor sin sexo

    -¿Ha tenido ocasión de encontrarse con algún miembro de su familia? ¿Sigue en contacto con ellos?
    -Estoy en contacto con su hijo Tony. Me agradece a menudo el que ayudara a su padre durante los últimos años de su vida, y para mí significa mucho. Mi historia con Henry fue una historia de amor, no de sexo, y aún hoy sigo impresionada por su genio, su sensibilidad, su dulzura.

    -¿Cómo empezó?
    -El 6 de junio de 1976 le escribí mi primera carta.

    -¿Cuándo le vio por primera vez?
    -Terminé mis estudios en la universidad antes que la mayoría de los estudiantes. Me había mudado a California y había empezado a actuar en películas. Un día alguien mencionó a Henry Miller y yo me dije: “Me encantaría ver a ese hombre”. Era una idea que no me había abandonado desde la universidad. Y llegó una tarde en que yo debía ir a escucharle a una conferencia. Estaba tan excitada como la primera vez que me enamoré. Esa tarde mi casa se quemó y yo me encontré sin nada. Tenía la impresión de ser una mujer sin pasado.

    -¿Qué hizo usted?
    -Ese día no fui a la conferencia. Estaba desesperada. Entonces, unos días más tarde, mientras asistía a una subasta para reemplazar las cosas que había perdido en el incendio, me fijé en una serie de libros antiguos muy hermosos, y examiné uno. Lo abrí y cayó al suelo una carta. Era una carta que Henry Miller había escrito a una japonesa. La recogí, y sin dar crédito, vi que en la carta aparecía su dirección. Yo había preguntado a todo el mundo cuál era la dirección de Miller, porque le quería escribir, pero nadie la sabía. Gasté miles de dólares en comprar los libros, y al día siguiente escribí una carta a Henry.

    -¿Recuerda algún pasaje?
    -Le dije que un incendio me había impedido ir a su conferencia y que siempre había querido verle. También le envié algunas fotografías mías. él me llamó el día en que recibió mi carta. Cuando dijo: “¿Es usted Brenda?”, le respondí: “Sí, Henry”. Sabía que era él aunque nunca antes había oído su voz. Me dijo que quería verme cuando se encontrara mejor. Empezamos a escribirnos todos los días, después dos, tres o cuatro cartas al día. Se convirtió en el diario íntimo de nuestras vidas. Creo que se dio cuenta de que a través de mí podía escribir su último libro. Más tarde le pedí permiso para publicarlo.

    -¿Cómo se convirtió en su mentor?
    -Fue una elección deliberada. Quería que entrara en mi vida, y aún no sé por qué. Estaba escrito que tenía que encontrar a Henry. Fue la primera persona que me animó a escribir. Incluso corregía mis cartas. Al principio todas esas correcciones me desanimaron. Pero seguí escribiendo. Era tan ingenua que incluso le pedí que me enseñara todo lo que él sabía. Y lo intentó. Empezó a escribirme cartas sobre libros, arte, política y filosofía. Me enviaba toneladas de libros.

    Siempre sonriente y feliz

    -Se le tachó de depredador, liberador sexual, pornógrafo, perverso. ¿Qué pensó usted al conocerle? ¿Le reconoce en alguna de estas definiciones? ¿Quién era su Henry Miller?
    -Cuando le vi por primera vez, tenía unos ojos azules muy vivos y brillantes. Olía tan bien como un bebé y parecía igualmente frágil. Tenía esa pequeña sonrisa en las comisuras y siempre estaba feliz y sonriente conmigo.

    -¿Se veían a menudo?
    -Cenábamos juntos todos los jueves. Por lo general, era la única vez que salía en toda la semana. Recuerdo que una tarde empezó a llover y yo tuve que llevarle en brazos de mi coche al restaurante. él estaba molesto y me repitió varias veces: “Déjame, déjame antes de que alguien nos vea”.

    -¿Cómo era su casa en Pacific Palistades?
    -Llena de encanto. Grandiosa. En una calle llena de encanto. Henry tenía una casa de dos pisos, con un balcón en el piso superior. Y había una avenida para acceder a la casa. Por otra parte, después de conocerme, Henry se enteró de que las gardenias eran mis flores favoritas y entonces plantó gardenias a lo largo de toda la avenida. Nadie había hecho eso por mí jamás. La primera vez que florecieron, recogí una y le dije: “Henry...” él me respondió: “Sólo un pequeño obsequio...”.

    Libros europeos y telas de Japón

    -¿Le hizo algún otro regalo?
    -Me ofrecía constantemente regalos. Encargaba telas a Japón, libros a Europa, una pluma estilográfica... Me recordaba que la belleza no es eterna y quería que me convirtiera en escritora.

    -¿Quién tuvo la idea del viaje a París?
    -Los dos. Casi siempre que yo conseguía un papel en una película, él lo desaprobaba. Siempre. Yo iba a hacer de vampiresa muy sexy en una película de miedo, y me decía: “No quiero que lo hagas, eso son cosas de niños, es realmente estúpido”. Y yo le respondía: “Henry, me va a proporcionar dinero y será divertido”. él empezó a mandarme cartas en las que me desaconsejaba interpretar ese personaje. Después recibí otra oferta para interpretar a una domadora. Reaccionó enérgicamente: “¡Oh no, Dios mío, no quiero ni imaginar que te puedan mutilar!”. Acabé por decirle: “¿Por qué no escribo un guión, por qué no producir una película a partir de uno de tus libros?”. Obtuve los derechos de tres de sus libros. Se lo conté: “Quizá debería ir a París”. Y él dijo: “¡Excelente idea!”

    -Aparte de la escritura o el estudio, ¿qué otras cosas hacían juntos?
    -Él había sido nadador profesional y tenía una piscina olímpica en su propiedad, pero estaba tan frágil y enfermo que ya no podía nadar. Recuerdo que le gustaba verme nadar. También le gustaba presenciar mis ensayos de danza clásica. De vez en cuando él tocaba el piano. Nos gustaba cocinar juntos, y en la cocina, él me contaba sus recuerdos de June y de Anaïs. Yo le recordaba a June, la mujer a la que más quiso.

    -¿June o Anaïs?
    -June. Era bailarina y actriz. él se convirtió en un gran autor porque ella creyó en él. Si no hubiera conocido nunca a June, jamás habría escrito Trópico de Cáncer. Nunca habría ido a París, porque ella prácticamente tuvo que obligarle para que dejara Estados Unidos.

    -¿Y Anaïs? Miller escribió que había hecho de él el escritor en que finalmente se convirtió.
    -Yo creo que fue June. June le puso un traje y le dijo cómo llevarlo y después llegó Anaïs y le dijo: “Oh, June, has olvidado una cosa: el sombrero de copa y el bastón para ir a esta velada”. Y Henry hizo otro tanto con Anaïs. Sin Henry Miller nadie habría oído hablar de Anaïs Nin. También ayudó a otros artistas, era muy generoso. Además tenía una gran capacidad para escuchar. Y sabía dar: habría dado su camisa, aunque fuera la última que le quedara. Era sensible y adoraba a las mujeres. Le gustaba su forma de andar, el perfume de su pelo, su piel, su forma de sonreír y de echarse el pelo hacia atrás al reír. Y no se encuentran tan fácilmente hombres que amen realmente a las mujeres. Algunos quieren llevárselas a la cama o utilizarlas como trofeos, pero ¿aman a las mujeres? él las amaba de verdad, pero creo que sólo empezó a apreciarlas realmente muy tarde.

    -Henry Miller era un buen pintor y le gustaba pintar acuarelas. ¿Hizo algún cuadro para usted?
    -Sí. Muchos cuadros. Me regaló cerca de un centenar de acuarelas. Eran pequeños regalos. Un día me dijo: “Creo que te voy a hacer un retrato, pero no lo juzgues, porque yo no soy retratista. Soy un artista de la forma libre”.

    -¿Qué opina usted de su arte?
    -El arte formaba parte de su existencia: la escritura por la mañana, la pintura por la tarde. Y prácticamente durante toda su existencia fue un pianista asombroso. Era un hombre lleno de talento, le gustaban enormemente las artes, para admirarlas o practicarlas. Amaba la vida apasionadamente. Le gustaba cenar con amigos, reír, beber una botella de buen vino. Durante toda su vida sus amigos lo fueron todo para él. 

    -¿Cómo reaccionó su familia ante su relación con Miller?
    -Al principio no muy bien. Mi padre es siciliano y mi madre amerindia. Cuando les dije que conocía a Henry Miller dijeron: “Oh, querida, es maravilloso” y yo añadí: “Sí, mamá, nos hemos hecho muy amigos y nos escribimos cartas”. Mi familia se alegraba mucho por mí. Pero un amigo de mi madre le dijo que yo tenía una aventura con Henry y que era un viejo libidinoso. En fin, mi padre dijo que era lo bastante viejo como para ser mi bisabuelo. 

    “¿Amor con Henry Miller?”
    -Estoy segura de que no sólo su familia creía que usted era la amante de Miller.
    -Tiene razón. Me preguntaban a menudo: “¿Cómo puedes hacer el amor con Henry Miller? Tiene que ser un poco fuerte”. Yo contestaba: “No, no lo entiende. No es esa clase de relación. Es cuestión de sentimientos”. Y me respondían: “Claro, claro”. Nadie se daba cuenta de que estaba muy débil y sufría mucho. Desde luego, eso se le pasó por la cabeza. Es un hombre, tiene derecho a pensar en el sexo e imaginar una relación sexual. ¿Por qué no? Eso le mantenía joven de espíritu, pero no era el tipo de relación que existía entre nosotros. Era una historia de amor. En sus cartas, como subraya Lawrence Durrell, Henry se convertía en un hombre de cuarenta años y el recuerdo de June animaba su espíritu. Tuvimos una conversación casi al final y le dije: “¿Qué habría pasado si hubiera aceptado acostarme contigo?”. Me contestó: “¡Habría muerto! Menos mal que no lo hiciste”. Era un hombre lleno de encanto. Poseía magnetismo sexual y cuando conversaba contigo te convertías en la per- sona más importante del mundo.

    -¿Qué es lo que hizo que Miller se convirtiera en el escritor que fue?
    -Su misión era decir la verdad y afortunadamente tuvo el valor, la perseverancia y la humildad para llevar a cabo su misión; creía en sí mismo y en sus objetivos. Empezó la revolución sexual y fue uno de los pioneros. Antes de morir, Henry me pidió que me casara con él. Quería asegurar mi futuro para no preocuparse por mí en el más allá. Quería regalarme su casa de Pacific Palisades y también la de Big Sur. No acepté. Cómo le diría, tenía la impresión de que no estaba bien. Esos bienes deberían ir a sus hijos. A veces, cuando le echo de menos, cojo mi coche para ir a esos lugares, y una parte de mí me dice: “Imagínate, tu habrías podido tener esta casa”. Pero la otra parte de mí me responde: “No, hiciste lo que debías”.


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