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sábado, 17 de mayo de 2025

Leonardo Padura / ¿Quién vivirá dentro de los libros?

 


Tribuna Padura 14 abril
MARTÍN ELFMAN

¿Quién vivirá dentro de los libros?

Está llegando el tiempo en que, en lugar de personas, entre las páginas virtuales de la literatura deambulen algoritmos administrados y ordenados por máquinas



Leonardo Padura
LEONARDO PADURA
13 ABR 2024 - 22:00 COT

José Saramago creía que los escritores vivían dentro de sus libros. El premio Nobel portugués pensaba que, al tomar un libro en nuestras manos, debíamos pasar el dedo por el lomo con un gesto cómplice y luego abrirlo con cuidado, pues entre esas páginas impresas vivía el creador, con toda su sensibilidad, su inteligencia, acompañado por cada uno de los grandes y sutiles ingredientes que hacen que ese objeto, muchas veces maravilloso, esa obra concebida por su morador, sea única e irrepetible. Jugando con una concepción animista, Saramago aseguraba que en los estantes de su biblioteca vivía gente.

jueves, 18 de enero de 2024

José Saramago / Discurso del Premio Nobel

 


José Saramago

DISCURSO DEL PREMIO NOBEL

Fragmento


"El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer.

miércoles, 24 de febrero de 2021

José Saramago / Lygia Fagundes Telles


Lygia Fagundes Telles


José Saramago

Lygia Fagundes Telles

14 de enero de 1998

Para los Cadernos de Literatura Brasileira, volúmenes monográficos que vienen siendo publicados semestralmente por el Instituto Moreira Salles de São Paulo, he escrito, sobre Lygia Fagundes Telles, las palabras que siguen. Hace tiempo me pidieron un texto sobre Jorge Amado, pero, desgraciadamente, por no encontrar el momento, no tuve cómo ponerlo en pie. Esta vez, la hora y el ánimo me han ayudado:

«Aunque ella esté a mil leguas de imaginárselo, hay un serio problema en mi relación con Lygia Fagundes Telles: no puedo acordarme de cuándo, dónde y cómo la conocí. Alguien podrá decir que el problema (suponiendo que haya motivos suficientes para llamarlo así) no tiene demasiada importancia, y además es frecuente, ay de nosotros, que nuestra frágil memoria se confunda cuando le pedimos exactitud en la localización temporal de ciertos episodios antiguos, y yo estaría de acuerdo con tan sensatas objeciones de no darse la intrigante circunstancia de creer que conozco a Lygia desde siempre. No necesito que me digan que eso es imposible: efectivamente, la primera vez que este lusiada pudo viajar a Brasil fue hace unos escasos quince años; además, está seguro de no haber visto a Lygia en esa ocasión, como tampoco cree haberla encontrado antes, en cualquiera de los viajes que ella hizo a Portugal. Pero lo que aquí importa, sobre todo, es que aunque consiguiese determinar, con precisión rigurosa, el día, la hora y el minuto en que aparecí para Lygia por primera vez o en que ella se me apareció a mí, estoy seguro de que, aun en ese caso, una voz me susurraría muy dentro: “Tu memoria se ha equivocado en las cuentas. Ya la conocías. La conoces desde siempre”.

Las cartas en que Jorge Amado y José Saramago suspiraban por el Nobel

Jorge Amado y José Saramago.
Jorge Amado y José Saramago. ZÉLIA GATTEI / FUNDACIÓN CASA DE JORGE AMADO

Las cartas en que Jorge Amado y José Saramago suspiraban por el Nobel

Un libro recoge la correspondencia que mantuvieron los dos escritores en lengua portuguesa a su vejez


JAVIER MARTÍN DEL BARRIO
Lisboa 16 NOV 2017 - 02:39 COT

Fue una amistad de senectud. El brasileño, con los 80 cumplidos, el portugués con diez menos. Durante cinco años, de 1992 a 1997, Amado y Saramago se cruzaron cartas y faxes para comentar sus achaques literarios y de salud, propios de la edad y de la profesión. Paloma, hija del brasileño, y Ricardo Viel, de la Fundación del Nobel portugués, han organizado y seleccionado aquella relación epistolar para el libro Jorge Amado José Saramago, con un mar en medio.

martes, 27 de septiembre de 2011

Esteban Carlos Mejía / A que te casco, ratón


Esteban Carlos Mejía
A QUE TE CASCO, RATÓN
El Espectador, sábado 27 de agosto de 2011


Mi amiga Isabel Barragán volvió a cumplir 33 añitos el 11 de julio. Increíble: no le pasa el tiempo. Su figura es inmejorable, ni un gramo de grasa, sólo músculos, bellos músculos, pura fibra, y la piel tostada y los ojos verdes siempre resplandecientes y los labios repolluditos. ¡Vade retro satana!
Me la encuentro en la puerta del gimnasio de la universidad donde enseña literatura aplicada, mitad ficción, mitad realidad. La sudadera se le pega al cuerpo, vibrante como cuerda de violín bien temperado, y... Mejor la saludo. “¿Mucha elíptica o qué?”, digo. “Artes marciales”, responde con firmeza. ¿Hapkido? ¿Kung fu? No averiguo. “¿Estabas combatiendo?”. “Sí, con mi marido”, dice y se le ilumina la sonrisa. “Lo casqué”. “¿Lo cascaste?”. “Por supuesto”. Me quedo perplejo. “¿Y eso?”, digo. “Es que friega mucho, es muy necio y manipulador”, contesta sin que le tiemble la voz. “Cuando se quiere hacer la víctima, lo hace perfectamente. Si le casco es porque se la ganó, por joderme tanto”.
Se pasa la mano por el pelo mojado. “Ustedes, los hombres”, dice con énfasis, “para molestar están solos, son muy necios, y cuando se deciden a fregar a una mujer no los para nadie, son insoportables,  agresivos y nos provocan reacciones que no podemos controlar”. “Pero tu marido es un alma de Dios”, digo, pensando más en mí que en él. “No hace milagros porque le da pereza”. “¿Y aún así le pegas?”. Se ríe: “Sólo acá en el gimnasio”. Me río  también: después de todo la vaina no es conmigo.
Cambio de tema. “¿Y qué estás leyendo?”. Abre el morral y saca Todos los nombres. “¿Te encaprichaste con Saramago?”. “¿Por qué no? Yo leo lo que me da la gana”. Agacho la cabeza. “Es una novela sobria, laberíntica, con un protagonista, don José, absolutamente conmovedor”. Me muestra algunos párrafos, resaltados en amarillo. “Tiene una trama sencilla y efectiva. Cuando la leí por primera vez, hace como doce o trece años, lloré a moco tendido, sin saber por qué. Ahora, no pude dejar de asociarla con El proceso, de Franz Kafka, o con El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Con De senectute, de Norberto Bobbio, en sus pasajes más íntimos. Y con Borges, todo”. “¿Borges?”. “Sí, la Conservaduría General del Registro Civil, epicentro de Todos los nombres, es una Babel. Y Babel, para mí, es Borges”. Agrega con picardía: “Saramago maneja su sarcasmo”. “¿Mujeres que le pegan a hombres?”. Guarda el libro: alcanzo a ver su cinturón negro de karate. “No fregués o te casco”, dice, seria como una víbora, bendito sea mi Dios.