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jueves, 21 de mayo de 2026

Juan Fernando Merino / Mar de las nubes


Portada Los Mares de la Luna
Los mares de la Luna, de Juan Fernando Merino (El Silencio Ediciones, 2026).

El escritor caleño Juan Fernando Merino reúne en Los Mares de la Luna, su más reciente libro, historias cuyos protagonistas, en diferentes lugares del mundo, están al borde de acabar con una situación prolongada y agobiante de la forma más espectacular posible. 

Juan Fernando Merino

Mar de las Nubes


—¿Nombre del difunto?

—George Michael Wilkinson.

—George… M. Wilkinson.

—George Michael, por favor. El nombre completo. Él lo habría preferido así.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Los días del asombro / A manera de prólogo

 

LOS DÍAS DEL ASOMBRO
A MANERA DE PRÓLOGO

Nueve escritores colombianos recorren no sólo la geografía y la historia sino el viento y el alma de nueve ciudades colombianas. Han esculcado libros, han hablado con la gente, pero sobre todo han navegado en su propia sangre, en su propia memoria. Se trata de textos personales, de retratos amorosos e íntimos, firmes y definitivos, que conjugan espacio, tiempo y vida.
Los nueve escritores reunidos en este libro decidieron su vida en el país: toda una declaración de principios. Han ido y han vuelto, pero su casa es Colombia definitivamente. Aquí se quedan. Otra sería la mirada si sus días y sus noches sucedieran en otro país y en otra lengua.
La época nos hace, somos el fruto de la estadía que para bien o para mal nos correspondió en esta tierra de nadie. La geografía nos marca. El mar se respira y se adentra en los pulmones, las montañas permanecen dibujadas bajo la piel, el llano se expande como el mismo pecho. Ríos y venas se confunden, se conjugan, somos mirada y en cierta forma también somos paisaje. Somos el país. Porque un país, por encima de todo, es su propia gente.


Darío Jaramillo Agudelo, Alberto Salcedo Ramos, Triunfo Arciniegas, Pilar Lozano, Yolanda Reyes, Roberto Burgos Cantor, Jaime Echeverri, Juan Fernando Merino y Luis Fernando Macías han gozado y padecido la historia y presentan el testimonio de una época, de un país que sueña, que busca su acomodo. En su memoria, los salvajes días de la Conquista y la rapiña, la servidumbre de la Colonia, la sangre derramada en las guerras de la Independencia y en otras guerras descabelladas, y en su presente, tantos asuntos por resolver. Casi la mitad de los escritores se mantienen en los territorios de sus propios textos, y los demás a menudo regresan a sus calles y sus  aromas a saciar las ansias de la piel.
Después de leer la última página, podríamos cerrar los ojos y recorrer sin tropiezos los territorios dibujados, masticar las palabras que describen los días del asombro, oler las aromas de los distintos rincones de esta prodigiosa geografía y acariciar las texturas con la dulce certeza de tener al país al alcance de la mano.
Lento y mágico ha sido el proceso de esta Poética de las ciudades. Bello como un milagro, secreto como una raíz que busca la tierra más fértil. Y ahora que este libro se vuelve ajeno, ahora que sus hojas brotan iluminadas por las tinta, ojalá sea de todos y sean numerosos sus frutos.


Bogotá, 2015


viernes, 17 de abril de 2015

Juan Fernando Merino / El reto de traducir a García Márquez



Gabriel García Márquez
Ilustración de Triunfo Arciniegas

El reto de traducir a 'Gabo' 
Por Juan Fernando Merino

Domingo, Abril 12, 2015
Especial para GACETA
Esloveno, húngaro, vietamita y esperanto son algunos de los más de 40 idiomas a los que se ha traducido la obra literaria de Gabriel García Márquez. Al conmemorarse un año de su muerte, recordamos la historia de aciertos y disparates cometidos al convertir la lengua ‘macondiana’ en universal.


Cuando a finales de 1968 Gabriel García Márquez decidió —en vista del éxito enorme que estaba teniendo la versión original de ‘Cien años de soledad’— que había llegado el momento de traducir la novela al inglés, pidió consejo a su amigo Julio Cortázar, quien había viajado mucho más que él, hablaba varios idiomas e incluso empezaba a hacer sus primeras traducciones literarias del francés y el inglés al castellano. 

domingo, 15 de junio de 2014

Juan Fernando Merino / El viaje del sexador


Juan Fernando Merino
El viaje del sexador

No es que a Benítez le gustara su oficio; al contrario. Pero alguien tenía qué hacerlo. De otra manera, ¿cómo decidir el sexo de los pollos? Porque como bien saben los entendidos, su destino es muy diferente: las hembras al nacer son colocadas en una cinta transportadora para su engordamiento, posterior consumo y, en caso de ameritarlo, reproducción y más huevos, mientras que los polluelos que parecen pertenecer al género masculino con pocas e indispensables excepciones son arrojados a una esquina para su pronta y humanitaria ejecución.

Juan Fernando Merino / La trayectoria dorada de Doris Lessing

Doris Lessing
Fotografía de Chris Saunders
La trayectoria dorada de Doris Lessing

Premio Nobel de Literatura en 1998, Doris Lessing edificó una obra monumental, con más de 50 títulos, en la que exploró de manera incesante las diferencias abismales entre distintos grupos, las vejaciones del ser humano por los más poderosos, las confrontaciones culturales y la búsqueda del bien común por encima de la conciencia individual. Tras su muerte hacemos un repaso a su legado.
Por Juan Fernando Merino I Especial para GACETA



La premio Nobel de Literatura, la británica Doris Lessing, en su casa en el norte de Londres, el 17 de abril de 2006. La escritora murió a los 94 años, el domingo 17 de noviembre de 2013
Con el fallecimiento en días pasados de la escritora británica Doris Lessing desaparece uno de los grandes íconos de las reivindicaciones feministas, una de las voces más airadas y elocuentes en contra de la segregación racial, las armas nucleares y las aventuras coloniales o imperialistas, y una de los autoras más influyentes de todo el siglo XX.
Ganadora de los premios literarios más importantes del planeta —con excepción del Man Booker Prize, del cual fue finalista en dos ocasiones—, en el 2007, a sus 88 años, recibió el premio Nobel “por su capacidad para transmitir la épica de la experiencia femenina y narrar la división de la civilización con escepticismo, pasión y fuerza visionaria”, en palabras de la Academia Sueca al anunciar el galardón.

lunes, 28 de octubre de 2013

Alice Munro / La vocación definitiva

Alice Munro según Triunfo Arciniegas
Fotografía ajena

ALICE MUNRO

La vocación definitiva


Por Juan Fernando Merino
Cali, 17 de octubre de 2013


El Premio Nobel a Alice Munro ha sido celebrado por miles de lectores. Sus cuentos delicados exploran la fragilidad de la memoria, así como la intimidad de las relaciones entre hombres y mujeres.

Alice Munro según Triunfo Arciniegas
Fotografía ajena


Y de repente, a sus ochenta y dos años, la vida irrumpió como un torbellino en la cotidianidad de la escritora canadiense Alice Munro: en lo que va del 2013, de hecho en los últimos siete meses y medio, la autora anunció que después de más de seis décadas se retiraba definitivamente del oficio de la escritura, falleció su segundo esposo, el geógrafo Gerald Fremlin, con quien había compartido los pasados treinta y siete años, y recibió, finalmente, el Premio Nobel de Literatura.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Juan Fernando Merino / El espectro de Bush

George Bush
Caricatura de Neil K. Kempsell


Juan Fernando Merino

El espectro de Bush

Univision, 28 de septiembre de 2011

Estoy en Disney World empujando la silla de ruedas de mi padre cuando de sopetón, en el umbral de la Mansión Embrujada, me encuentro con el espectro de George Bush. Es decir, del  mayor de sus errores.
Mi anciano padre sólo necesita la silla para distancias largas, pero el vecino con quien esperamos junto a la entrada de minusválidos –un hombre de una treintena de años, fuerte, musculoso– la va a necesitar el resto de su vida para distancias largas o cortas: es veterano de Irak y según nos cuentan él y la esposa que empuja, perdió el uso de la mitad del cuerpo tras la explosión de un artefacto improvisado.
Una vez más tengo que pensar en la catástrofe masiva –en términos de vidas y sufrimiento humano, así como de gastos multibillonarios, de prestigio internacional, de solidez económica y de mil otras cosas– que han significado las guerras inganables en Afganistán e Irak que iniciaron Bush, Cheney y Rumsfeld. A quienes habría que sumar en la cúspide a sus principales cómplices: Blair, Aznar, Powell, Rove, Condoleeza, la oposición demócrata acobardada y cientos, miles de individuos y organismos que se dejaron arrastrar por el espejismo de que estas invasiones sí serían exitosas. ¡Ilusos! ¡Ideólogos de pacotilla! ¡O mercachifles!
Cuando parecía que después del descalabro de Vietnam este país había aprendido la lección y aplicaba la regla, si no de oro por lo menos de platino, de invadir sólo naciones pequeñitas y con fuerzas armadas insignificantes como Granada y Panamá, a Bush y compañía se les ocurre ir a meterse en los berenjenales de Afganistán e Irak. Además a ciegas como describe un visionario artículo que publicó Atlantic Monthly en febrero del 2004: Blind into Baghdad
Las consecuencias de estas desastrosas invasiones nos perseguirán por décadas, encarnadas en decenas de miles de víctimas, un agujero gigantesco en el déficit de Estados Unidos del que tanto se habla ahora, un germen de cultivo del encono árabe y musulmán y la desconfianza del resto del mundo hacia las empresas bélicas norteamericanas. Y para Stephen D., de Akron, Ohio, mi vecino en la Mansión Embrujada, las consecuencias lo perseguirán día a día por el resto de su vida.
¿Y todo ello para qué?

http://blog.univision.com/noticias/2011/09/28/el-espectro-de-bush/
http://www.nocturnar.com/forum/bellas-artes/273661-caricaturas-de-famosos-del-futbol-y-tv.html












martes, 1 de noviembre de 2011

Juan Fernando Merino / De la Primavera Árabe al Otoño Neoyorquino


Juan Fernando Merino
De la Primavera Árabe al Otoño Neoyorquino
Univision, 4 de octubre de 2011


Ya el mundo entero está al tanto de su existencia y de su creciente presencia en las conversaciones y en los medios de comunicación, incluso desde que hace un par de días 700 de sus integrantes fueron arrestados por la policía neoyorquina en pleno puente de Brooklyn. Se trata por supuesto del ya célebre movimiento Occupy Wall Street, como se le llama en los países de habla inglesa, o Los Indignados de Nueva York, como se les ha denominado en España y Latinoamérica en referencia y homenaje a los iniciadores en Madrid de este movimiento, que luego se propagaría a más países de Europa y a otros continentes.
Pero la cuestión viene aún de más lejos. Los Indignados de uno y otro lado del océano reconocen que una de sus grandes inspiraciones es la serie de revueltas en Oriente Medio conocida como la Primavera Árabe,  cuya chispa inicial se produjo cuando se inmoló al estilo bonzo el joven tunecino Mohamed Bouzizi después de que la policía cerrara a la fuerza su puesto callejero de verduras, con el que se ganaba la vida. Su muerte provocó la ira de decenas de miles de tunecinos, sobre todo jóvenes, hartos ya de la falta de empleos y libertades, los precios crecientes de comida, medicinas y la corrupción del régimen de Abidine Ben Ali, en el poder desde hacía 23 años.

Después de 28 días de movilizaciones masivas y de una represión que no daba abasto, Ben Ali se vio obligado a huir del país. La Primavera Árabe cobraría así un impulso inusitado y la ola de malestar y protestas callejeras se expandiría primero a Argelia, luego a Egipto y a varios otros países del Medio Oriente (algunos de los cuales continúan envueltos en cruentos conflictos), se trasladaría a España con los naturales cambios y adaptaciones a una situación tan diferente y terminaría por llegar a Nueva York, donde se ha centrado hasta el momento en una protesta contra el abuso de las grandes corporaciones así como el poder y la avaricia de Wall Street. 
En un principio este “otoño neoyorquino” parecía casi insignificante y destinado al fracaso (a la convocatoria inicial en lugar de los miles de personas que se esperaban llegaron sólo un par de cientos), pero poco a poco ha ido creciendo de una manera imparable –con mayor razón después del arresto masivo– y algunos comentaristas políticos empiezan a hablar del arranque de una fuerza con consecuencias imprevisibles tanto social como cultural y políticamente al  estilo del Partido del Té, aunque por supuesto de signo contrario, pues estos últimos en lugar de culpar a los grandes capitales achacan la culpa de todo al gobierno en general y el presidente Obama en particular.
La prensa de derecha con frecuencia ha caracterizado al movimiento Occupy Wall Street como hippies o extremistas. Y desde luego que puede haber entre sus filas hippies, extremistas, anarquistas, “manifestantes profesionales” y lo que sea. Pero esto no le quita peso a la indignación y al deseo de organizarse y hacerse oír de tanta y tanta gente sin perspectivas, desempleada, viviendo en la pobreza, harta de Wall Street o harta de que el sector financiero y los inversores multimillonarios se estén quedando con una tajada cada vez mayor de los beneficios económicos del país mientras los ciudadanos de a pié encuentran cada día más difíciles las condiciones de existencia. Recordemos por ejemplo que según los datos del último censo el 15 % de la población de Estados Unidos vive por debajo del índice pobreza.
A partir de este otoño neoyorquino, que ya se ha ido extendiendo a otras ciudades y ha ido ganando adeptos día tras día, puede pasar casi cualquier cosa. Podría ser que las manifestaciones callejeras y el ímpetu se fueran diluyendo poco a poco a causa del cansancio y del frío creciente, sobre todo cuando se acerque el invierno. Como también podría ocurrir que el movimiento se extienda y se transforme de maneras impredecibles, tal como ha ocurrido con sus antagonistas del Partido del Té y con Los Indignados de España. A veces las acciones decididas de unas cuantas personas, o incluso de una sola, pueden traer consecuencias  trascendentales. Pensemos lo que sucedió después de la inmolación y la muerte del tunecino Bouazizi. Y pensemos también en la respuesta que un manifestante en Madrid le dio a un periodista del diario El Peso: “No hay nada más peligroso que un hombre sin nada qué perder”.

Juan Merino es escritor, periodista y traductor literario. Durante siete años fue redactor de El Diario La Prensa de Nueva York y recibió varios premios nacionales José Martí de periodismo hispano.

http://blog.univision.com/noticias/2011/10/04/de-la-primavera-arabe-al-otono-neoyorquino/










martes, 14 de septiembre de 2010

Juan Fernando Merino / Laura Restrepo o la indagación permanente

Laura Restrepo
o la indagación permanente
Por Juan Fernando Merino


La escritora colombiana Laura Restrepo (Bogotá, 1950), ganadora entre muchos otros galardones de los premios Sor Juana Inés de la Cruz en México y del Prix France Culture que concede la crítica francesa a la mejor novela extranjera, es sin duda una de las voces narrativas más importantes en el actual panorama de las letras latinoamericanas y una de las conciencias más lúcidas e informadas a la hora de examinar la encrucijada  que atraviesa Colombia y el continente.
Después de estudiar Filosofía y Letras y de obtener un postgrado en Ciencias Políticas, Restrepo fue profesora en la Universidad Nacional de Colombia, periodista, editora de un semanario e integrante de la Comisión de Paz nombrada por el presidente Belisario Betancur, antes de volcarse con entusiasmo y pasión a la literatura, en cuyo ejercicio, por cierto, nunca ha dejado de lado su bagaje periodístico, su visión política y su conciencia crítica.
La autora, cuya novela más reciente, La multitud errante, acaba de aparecer en inglés bajo el título "The wandering crowd", visitó recientemente Nueva York para ofrecer una charla en Barnard College, ocasión que aprovechamos para conversar de nuevo con ella, indagar algunos momentos de su trayectoria y repasar brevemente sus principales obras.


Periodista, novelista, viajera, política... ¿Podríamos empezar por cualificar brevemente los términos para tener una mejor idea de quién es Laura Restrepo?

"Periodista... Sí, durante años lo ejercí en los medios y ahora lo sigo ejerciendo en mis novelas, porque lo que estoy escribiendo ahora es ficción pero se apoya en reportajes y en un tipo de trabajo similar: una primera etapa periodística y una segunda parte de elaboración literaria".

 ¿Escritora?

"Bueno, considero la ficción como una manera de complementar la realidad. Una primera aproximación a través de los hechos que recojo con el periodismo y una segunda versión ya complementada y pasada por la interioridad y la subjetividad, por los sueños, por los deseos, lo cual es la ficción".

¿Viajera?

"Por placer, por vocación... pero a veces también por obligación. A los colombianos a veces nos toca hacerlo forzosamente".

Y participante activa  en la política colombiana...

"Fui miembro de la comisión de Paz, una comisión negociadora que por primera vez en Latinoamérica intentó una salida pacífica al conflicto armado entre las fuerzas insurgentes y el gobierno colombiano. Esto fue del 82 al 86. Y hablar de paz, hablar de salida negociada era algo prácticamente innombrable en América Latina. Un poco lo que está sucediendo ahora aquí. La negociación era un término sospechoso y entonces eso me significó el exilio, persecución política y otras cosas. Pero  lo que yo siempre propugné fue  una salida negociada al conflicto armado. Detesto las armas, de cualquier lado, vengan de donde vengan".

¿Una combatiente sólo con la palabra?

"No sólo con la palabra. También con la movilización, con la política. Me encantan la política como expresión de la conquista de un futuro y de una vida digna y mejor por parte de la gente, pero sí creo que tiene que ser por la vía democrática, por la vía política".

Rastreando un poco la historia familiar, encontré referencias a aquel abuelo autodidacta...

"Ah, sí. Se llamaba don Enrique Restrepo. No fue a colegio. Desde los 12, 13 años ya estaba ganándose la vida, y sosteniendo a sus hermanos, y aprendió inglés, francés, italiano, alemán, latín, griego... y tenía una biblioteca que cada día crecía... todavía se conserva en la casa de mi mamá, con tomos y tomos, por ejemplo de los metafísicos  franceses... ¡Una cosa extraordinaria! No se imagina uno cómo era la mente de esta gente, esa avidez de conocimiento que los llevaba del analfabetismo a una compenetración grande con los idiomas, con la cultura universal. Un personaje apasionante: fue escritor, fotógrafo, hacía perfumes... Tenía una vocación de universalidad que estaba tan vigente en esa generación de los abuelos".

En muchos escritos tuyos he encontrado menciones de tu  padre...

"Sí, era un personaje encantador, con una vitalidad muy grande, muy heterodoxo, muy desapegado a las instituciones, muy inclinado a vivir la vida con mucha libertad, pero siempre teniendo la familia como punto de referencia importante. Para él la felicidad estaba allí, en su mujer, en sus dos hijas... Tuve una infancia dichosa, conocí la felicidad durante la infancia."

En cambio pocas menciones de la madre...

"Éramos las tres tan fascinadas con mi padre... y él murió hace más de veinte años. Pero ahí está la presencia extraordinaria de mi madre, que me está acompañando aquí en Nueva York, que me ha acompañado en muchos de estos viajes que hay que hacer para esto de los libros. Los libros te llevan a muchos lados, y mi mamá me acompaña y es una viajera encantadora, muy vital, muy divertida. ¡No!, ¡qué tal yo viajando sin ella!

Y seguramente por la herencia paterna también una educación muy ecléctica...

"Sí, mucho, porque mi papá no creía en los colegios. Le parecía que era la mejor manera de hacer que los niños perdieran el tiempo... Además se movía mucho porque era comerciante, por muchos países. Y un hombre que creía mucho en lo de aprender por cuenta propia. Él también era un gran lector y nos hacía leer a mi hermana y a mí, nos llevaba a teatro, nos llevaba a conciertos, a conocer ruinas, ciudades, volcanes... Él creía mucho más en eso que en la rutina de un colegio y pienso que no le faltaba razón".

Otra experiencia importante debió ser la de profesora en un barrio humilde de Bogotá...

"Fue algo crucial. Entré muy jovencita a la universidad, a los quince años, precisamente por esto, porque terminé presentando todos los exámenes en el Ministerio.  Y a los 16 era profesora de una escuela pública en Bogotá, una escuela para varones. Los alumnos eran por lo general mayores que yo, sabían mucho más, habían leído más, entonces yo corría a tomar mis clases en la Universidad y lo que me enseñaban allá volaba al colegio y lo repetía. Y si me preguntaban algo en el colegio, les decía 'mañana les digo' y entonces les preguntaba a mis profesores en la universidad. Lo que les dije a mis alumnos desde un principio  fue: 'no sé tanto como ustedes' pero nos leímos un  montón de libros y los discutimos. Ellos me enseñaron mucho a mí. Fueron unos años extraordinarios".

Y supongo que también fue importante el hecho de salir del propio entorno...

"En las ciudades nuestras, como es bien sabido, las diferencias entre ricos y pobres son insondables. Hay tal vez mayor cercanía entre Nueva York y París que en una misma ciudad entre los sectores ricos y los sectores pobres, algo que es casi imposible de atravesar. De modo que la posibilidad de trabajar tan joven en una escuela pública con muchachos de otra clase social era como descubrir un mundo, algo que en esa época me resultaba fascinante. Mucho más duro, más difícil, pero también más rico en contenido. El mundo que yo había vivido era el mundo de los afectos, el mundo de la felicidad y el de la cultura, pero ese de allá me parecía que de pronto sí era el mundo real".

Una experiencia que llevaste casi a un extremo durante el tiempo que viviste en las comunas de Medellín.

"Eso fue sólo un mes... De todos modos fue una ventana insospechada. La oportunidad de salir de tu propio terreno, decidirte a entrar en los terrenos de los demás... y no sólo en términos geográficos sino también en términos morales, políticos, en términos de entender por qué los demás hacen lo que hacen... tal vez el ejercicio mental más difícil que puede hacerse. Y el más apasionante".

Que ha influido, supongo, en tu rechazo a  la injusticia, la explotación...

"Sí, claro; es que la experiencia de ver sufrir a la gente te marca para siempre. Y te hace consciente de que los países latinoamericanos tenemos que ponerle fin a la desigualdad en la cual vivimos. Y ahora también la desigualdad entre Norte y Sur, algo que no veo justificado".

Colombia sigue sumergida en una guerra intestina... como si no pudiera salir del pasado...

"Pero yo creo que la guerra en Colombia también tiene mucho que ver con el futuro. Nuestro país es escenario de guerras futuras. No sólo la nuestra. Muchas de las cosas que están pasando en nuestro país tienen que ver con nuestro atraso, pero también en gran parte con la globalización. Hay que tener en cuenta que todas estas guerras del narcotráfico están moviendo millones de dólares que no sólo están en Colombia sino  también en los bancos suizos, en la economía norteamericana. Colombia es un escenario donde se está dirimiendo una batalla mundial. Desde luego es mucho lo que está en juego."

Abandonando el terreno político... o mejor, trasladándonos a la conjunción política, periodismo y literatura hablemos de tus obras. Empezando por la primera de largo aliento, Historia de un entusiasmo...

”Es una especie de crónica del primer intento de negociación como solución del conflicto armado que se daba en América Latina. Y que ocurrió en Colombia".




En tu primera novela, La isla de la pasión, permanece un elemento periodístico...

"Es una novela histórica. Unos capítulos que corresponden a la investigación propiamente dicha, bien en los archivos o personalmente, y otros capítulos que ya son de recreación literaria, o sea que ya empezaba a verse la mezcla que después retomaría en todas las novelas, de elementos ficticios y elementos reales, de literatura y de periodismo, como en un juego permanente con el lector, un juego del gato y el ratón, de tratar de discernir dónde termina la realidad y dónde empieza la ficción, que yo pienso que es un juego lícito y que además es divertido. Y que si el lector está dispuesto a jugarlo se  presta para pasar un buen rato con un libro".


La investigación también está muy presente en Leopardo al sol. ¿Nos puedes contar un poco del génesis de esta obra?
Leopardo al sol, sobre los orígenes de la mafia en Colombia, es un tema que empecé a investigar inicialmente como reportera de televisión, después fue un artículo para una revista, a raíz de eso una programadora de televisión me llamó y me dijo que quería hacer una miniserie. Entonces empezamos a trabajar en los libretos, pero ya en ese punto, los personajes reales de quienes estaba contando la historia se negaron. Me mandaron decir que ellos no querían que sus historias aparecieran por televisión y que pondrían una bomba en la programadora. Y un abogado de ellos me dijo que televisión nada, porque sus mujeres y sus hijas veían televisión. Propuse entonces escribir una novela, y contestaron: "Sí, si es libro escriba lo que quiera que ellas no leen".



En la siguiente novela, Dulce Compañía, aunque la protagonista es una periodista, ya no está comprometida con la investigación política, sino con algo mucho más íntimo.

"Sí, claro, es más interior, de todas maneras se mantiene esa forma de ficción de una narradora que es periodista. En mis libros siempre hay una figura que es periodista o que investiga por alguna razón. El elemento común es una persona que llega a un lugar sin saber cómo son las características y que empieza a preguntar. Siempre hay alguien que empieza a indagar. En Dulce compañía se hace la misma investigación pero es la historia de una periodista que ha llegado a los 40  al margen de la fe religiosa y que tiene un reencuentro con esa fe de su infancia cuando la mandan a un barrio a investigar la aparición de un ángel".


En la novela siguiente, La novia oscura, se mezcla la parte de la intimidad de las personas con la parte política, económica...

"En esta novela yo quería que la investigación se diera desde la intimidad de la alcoba y por eso también era interesante unas protagonistas como las prostitutas que tienen una relación tan particular con sus propias almas y sus propios cuerpos. Está ese elemento, está la investigación del mundo del petróleo, de la explotación de las compañías extranjeras, los particulares códigos de la relación entre hombre y mujer que pasa por lados muy distintos a los que la moral ha decidido. Y la dimensión política de todo esto, que es la lucha antiimperialista en los países nuestros en los años 40 y 50, vinculado con la situación política actual. Yo quería ir desde lo más íntimo de la alcoba hasta una especia de visión panorámica".


La novela más reciente, La multitud errante, retoma otro de nuestros grandes dramas....

"Es una novela corta sobre el desplazamiento. En Colombia hoy en día tenemos internamente más de dos millones de desplazados huyendo de un lugar a otro, tratando de encontrar un lugar dónde asentar la vida. Y ese, yo creo, es el gran drama del mundo contemporáneo... las hordas que andan buscando la tierra prometida. Es también una historia de amor, un hombre que anda buscando a una  mujer que se ha refundido en el tráfago de la guerra y como trasfondo, todo el drama humano del desplazamiento".

¿Qué ocupa ahora tu escritorio?

"Estaba en Madrid hasta hace un par de días, y fui testigo, participé en movilizaciones enormes en contra de la invasión y la ocupación de Irak. En este momento, contemplando lo que el gobierno de este país está haciendo, en Irak, aquí,  en muchas partes, no logro concentrarme en la escritura. Es muy difícil escribir en medio de la barbarie".

Cronopios   

cronopios@cable.net.co







lunes, 13 de septiembre de 2010

Juan Fernando Merino / El vecino de mis vecinos

Noticias de la niebla
Nueva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Juan Fernando Merino
EL VECINO DE MIS VECINOS

Nada más crucial cuando habitas una ciudad tan impredecible y riesgosa como Nueva York que conocer minuciosamente a tus vecinos. Íntimamente. Con mayor razón cuando el destino te ha llevado a vivir en el tercio inferior de Manhattan y a comienzos del nuevo siglo.
    No me refiero por supuesto a los vecinos de oficina, fábrica o aula, a los cuerpos que te rodean en el autobús o el subway o a los individuos que usurpan tu aire y tu espacio dentro de un elevador atestado, sino a esos vecinos: los habitantes del mismo piso en el edificio que ocupas: aquellos desconocidos que comparten contigo la latitud y la longitud de tus coordenadas exactas, tu rincón mínimo en el mundo: los únicos que escuchan tus sollozos o risotadas detrás de las paredes o por entre las rendijas de los ventanales que dan al patio interior: los únicos que podrían activar la llave de gas en la cocina una de aquellas madrugadas en que se queda entreabierta la puerta de tu apartamento.
    Cuando Nueva York es tu ciudad y tus coordenadas se inscriben en los parámetros mencionados no queda más opción que conocer rigurosamente a tus compañeros de piso y determinar el grado de riesgo que corres y las precauciones que debes asumir. Confiar en las personas que te rodean podría ser al peor de tus errores. Mis experiencias fallidas en edificios de varias ciudades de Estados Unidos y en un pueblo de Chile que en aquel entonces no tenía edificios me han enseñado la importancia de la secuencia, el método y la disciplina para llevar a cabo la indagación meticulosa de tus vecinos.
    Lo más importante es la disciplina.
    Lo más importante es la supervivencia.
    Esta vez no voy a fallar.

***

Ha llegado el momento de tomar cartas en el asunto. Ya no me quedan pretextos para aplazar la tarea: el jueves a mitad del día me despidieron del trabajo. De aquella oficina en el Upper West Side a la que no había faltado un solo día laboral en los últimos diez años. Nueve años, cuatro meses y cinco días para ser precisos. Dicen los periódicos y las emisoras de radio que la mitad de la ciudad se está quedando desempleada y eso fue justamente lo que repitió el jefe de mi jefe. De mi ex jefe. Lo cual no justifica en absoluto que me hayan despedido sin darme tiempo a vaciar los cajones y borrar del computador los mensajes y las fotos que nadie más debería ver. ¡Nadie! Pero no voy a permitir que una cosa afecte la otra. Al contrario, debería pensar que se trata de un guiño del destino, de una indicación patente de que no puedo posponer un solo día la tarea de seguimiento. ¿Qué es un despido más o menos en el gran esquema de las cosas? Poco. Los trabajos van y vienen, los jefes se jubilan, los despide alguien más o se suicidan... En cambio la indagación minuciosa del vecindario podría ser tu tabla de salvación, la clave para asegurar tu supervivencia.
    Entonces, ¿por cuál de los vecinos empezar la pesquisa? ¿Por el apartamento de la izquierda inmediata? ¿El segundo de la derecha? (el contiguo está desocupado, o eso parece). ¿Por la veterana actriz de teatro off-off-Broadway que siempre me dice hello, de vez en cuando esboza una sonrisa y una vez me deseó que tuviera un buen día? ¿O por la joven analista financiera del 7-H (o ejecutiva, o empresaria o manejadora de dineros ajenos; en todo caso con suscripción al Wall Street Journal, el Financial Times y Business Week) que nunca me saluda, jamás me mira más arriba del botón medio de la camisa y una mañana de junio incluso me dio la espalda en el elevador? También podría empezar por la viuda polaca que cinco veces al día saca a pasear por la avenida al perro lanudo (y mal peinado), por el cabrón del 7-D que todos los martes de tres y media a cuatro y media recibe en el dormitorio a mujeres que no llegan a la mitad de su edad, o a un tercio, algunas ni siquiera a la edad legal. O por el suizo de la bicicleta, la coleccionista de plantas y bonsáis del 7-B, el ajedrecista búlgaro...
    Por supuesto que hubiera querido investigar en primera instancia al viejo lujurioso del 7-D. Pero antes de concretar la metodología, el seguimiento, los horarios y las coartadas de emergencia, lo pienso mejor y decido cambiar de prioridades. Empezar por la actriz. Tiene que ser así: resulta muy sospechoso que un vecino te demuestre tanta cordialidad cuando te has quedado solo y con el ánimo por el piso. Si no estaba escrito, ya lo está: desconfía de la amabilidad ajena cuando te duele hasta el alma.

***

Han pasado seis días desde que me vi obligado a conocer íntimamente a mis vecinos. En vano. Una de las pocas conclusiones útiles de esta primera parte de la misión es lo poco útil que resulta la observación directa de otros ocupantes de un edificio. Después de tres días seguidos de sus noches —con breves intervalos para dormir diez minutos aquí, veinte allá, para comer un bocado, acercar o vaciar el balde con las necesidades humanas— vigilando la sala-comedor-alcoba de la actriz veterana, el sofá-cama de la suscriptora del Wall Street Journal, y las porciones de los cuatro dormitorios que se alcanzan a divisar desde mi ángulo, la información servible que he recopilado es muy limitada. Casi desdeñable. Porque la verdad es que me tiene sin cuidado que el lituano del 7-E y la novia del empleado del mta que alquila el 7-J ensayen posiciones eróticas múltiples mientras el pobre funcionario se gana el pan diario con el sudor de la monotonía. ¿Y qué me importa que la pareja serbia del 7-M consuma algunas noches botella y media de vodka y que luego intercambien ropas, roles y accesorios sexuales? ¡No es para eso que me desvelo! ¡Desde luego que no! Tampoco me interesa que el senegalés del quinto piso, la vecina franco-canadiense del 7-E y el dominicano barbado de quién sabe qué piso y qué edificio estén tratando de formar un grupo de rock. O de fusión-electro-pop-caribe. O de lo que sea. ¡Si son malísimos! Y además no tienen en su repertorio ni una canción original.
    Tantas horas en vela, comiendo alimentos extraídos de latas o ya fríos, sin estirar las piernas al sol y tan sólo para descubrir nimiedades como éstas. Enterarme de pequeñas miserias personales, secretos que no tienen importancia fuera del recinto en que ocurren, traiciones a sí mismos, coitos interruptus o desastrosos, banalidades, tristezas... Pero ni el menor aporte a la misión de ponerme a salvo. De protegerme de tal o cual vecino y de ese otro no tanto. Ni la más mínima pista que me indique cuál de ellos tarde o temprano se va a colar en mi apartamento para dejar abierto el gas, va a tratar de envenenar la pizza a domicilio de Domino’s, a introducir cristal molido en las botellas de Coca-Cola o de jugo Tropicana que Emilio el de la minitienda de la esquina me deja junto a la puerta los martes y los viernes.
    Tantas horas de observación exhaustiva y ni siquiera he logrado aclarar quién escribió aquella nota miserable que un amanecer hace doce días apareció clavada contra mi puerta.

Si Ud. no reduce el volumen de la música después de las ocho de la noche, de la máquina de escribir después de las diez y media y no deja de hacer ruidos guturales al amanecer, nos veremos obligados a acusarlo ante el supervisor del edificio. El piso Séptimo merece consideración y respeto.

Atentamente
Grupo de vecinos responsables

¡Grupo de vecinos! ¡Eso es falso! Con seguridad que no es un grupo. Que es un solo vecino. O vecina. Detrás de esa nota había uno pero no había dos. La dificultad es que puede ser cualquiera de ellos y son doce apartamentos, algunos con dos y unos pocos con tres ocupantes (los bebés, los niños menores de 11 y los inválidos están prohibidos en estas unidades habitacionales). Cualquiera de ellos pudo haber dejado la nota infame. Menos la franco-canadiense, que hace más ruido que yo y hasta más altas horas.
    Es indispensable pasar a otra etapa de mis investigaciones. Más moderna y tecnológica.

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Si la observación visual y directa de mis vecinos resultó deficiente, la fase tecnológica fue aún menos fructífera. A pesar del comienzo prometedor. En la primera hora y cuarto de la nueva etapa de observación por internet reuní los nombres con que aparecen mis vecinos en el listado de arrendamiento del edificio y los respectivos sitios de estudio, empleo o desempleo. Sin embargo, el posterior seguimiento electrónico resultó nefasto. Siento vergüenza ajena de sólo pensar en las estupideces que descubrí sobre mis vecinos en googlepunto, librodecara.com, romancespunto, etcéterapuntonet. Lo cual a su vez resulta poca cosa si se compara con las banalidades con que me topé al entrar a sus cuentas de correo electrónico. No sabría por dónde empezar a burlarme, a insultarlos, así que no empiezo. Ni siquiera voy a revelar la ridiculez de los mensajes que le envía Rita, la novia del funcionario de Metro Transit Authority, a Kolicius el lituano. Desde una cuenta privada y confidencial de internet que sólo los dos conocen. Cierro sus comillas.

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Me he visto en la obligación de hacer un paréntesis. De salir del edificio y del vecindario antes de que las cosas se compliquen aún más. Es por ello que tengo alquilado desde hace día y medio un cuarto de hotel en otro condado, fuera de Manhattan, lo más lejos posible de Union Square. No me importa que sea casi un albergue de ínfima categoría, un cuarto sin ventanas en los confines más desangelados entre Brooklyn y Queens. Al menos no se encuentra demasiado cerca de ninguno de los cementerios, que abundan en esta zona. De eso me aseguré desde un principio. No me gustan los cementerios. Ni el olor de sus árboles y arbustos; menos aún las flores para sus muertos. Es un olor que siempre me pone nervioso. ¿El nombre del hotelucho? No. En las páginas que siguen no voy a escribir el nombre ni el barrio ni la ubicación aproximada. En este momento no confío ni en ti.
    La desazón de fondo, el error grave que no me deja dormir, es que al salir tan precipitadamente del apartamento me calcé un mocasín marrón en el pie izquierdo y un zapato negro de cordones negros en el derecho. Lo grave es que en la sala de mi apartamento quedaron juntos y solos un mocasín derecho y un cuero izquierdo. Espero que aquello no despierte las sospechas de los detectives, bomberos y policías que a estas horas estarán revisando todos y cada uno de los apartamentos del séptimo piso. O de sus escombros.
    ¿Tendría por fuerza que haber pasado así? No lo sé. De verdad que no lo sé. Tal vez no.
    El caso es que esta vez, al igual que me sucedió en Saint Louis, en Alburquerque y en Vilcún, las cosas no salieron como había planeado. En parte por culpa mía, sí, por mi culpa, no lo voy a negar, pero sobre todo por el cansancio. Por culpa del agotamiento después de tantos días y tantas noches de desvelo.
    Pero volvamos al día D, del desastre.

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Había suspendido la vigilancia directa de mis vecinos, aunque con ocasionales reincidencias. La electrónica-cibernética no iba tan bien; tampoco tan mal. Avanzaba. Pero todo se complicó cuando uno de los vecinos cometió un error garrafal y entonces no me quedó más remedio que pasar a la acción. Con o contra mi voluntad.
    Ocurrió más o menos así: una tarde que tuve que bajar al sótano a arrojar mi basura y mis desperdicios —que llevaban tres días y medio acumulándose— se rompió la bolsa de plástico por su propio peso y salieron rodando escalera abajo latas de aluminio, cartones vacíos, cáscaras de huevo y cortezas de fruta. Después de agrupar en el rellano lo que alcancé a recoger, volví corriendo a mi piso en busca de nuevas bolsas.
    ¡Fue allí cuando la pillé in fraganti! Una mujer joven y rubia que llevaba de la traílla un gato persa con la pelambre recientemente peluqueada excepto por la cabeza y la cola. Tenía los ojos clavados a la altura de la mirilla, hacía gestos extraños y mascullaba algo.     Un monólogo sin sentido, una oración, una letanía... ¡No! Nada de eso. De repente lo vi claro: lo que esta mujer hacía, aprovechando mi ausencia temporal (que debería haberse prolongado diez u once minutos si hubiera bajado hasta el sótano), era un conjuro. No había duda: la vecina del 7-E estaba lanzando contra mi puerta, mi apartamento, mi persona y mis pocas pertenencias un conjuro envenenado. Una maldición por estrofas.
    ¿La vecina del 7-E?
    Sí, sí, era ella; por supuesto que era ella. La rubia alta y esbelta del 7-E, la franco-canadiense aspirante a compositora y flautista de una banda, la vecina trasnochadora que se lanzaba a cantar, entre tema y tema de rock ácido, antiguas baladas irlandesas en lengua gaélica, a la una, dos, tres de la madrugada. Sí, claro que era ella. La del 7-E. Hélène.
    ¡Hélène!
    Sólo entonces recordé que una noche congelada, cuando regresábamos muy tarde y muy ebrios de sendas fiestas (o sea, ella de una fiesta con amigos o conocidos y yo de una libación larga y solitaria), me invitó a entrar a su apartamento. No recuerdo bien lo que se dijo, pero por la razón, los impulsos o las carencias que sean, aquella noche nuestros cuerpos se encontraron y se encajaron. Tuvimos o fingimos los orgasmos, da igual, pero antes de separarnos nos dimos un beso en la boca.
    ¡Lo juro!
    Mis labios lo recordarán hasta que todo lo demás sea el pasado. O hasta que sea un tanatorio.
    Fue un beso.
    Después ella nunca volvió a invitarme, a saludarme, a mirarme. Ni siquiera respondió a la postal de Aruba (comprada en un quiosco; nunca he estado en el Caribe) ni a la nota que introduje con dos alfileres en su buzón de correos.
    La verdad es que en su momento aquello me dolió, debo confesarlo. Me dolió muchísimo. Pero todo pasa. Ahora el episodio se me había olvidado por completo. Son ya semanas, o meses, quizás incluso un año desde que pasó aquello.
    Es tan sólo una coincidencia más. Hélène y yo coincidimos una noche en la cama (en realidad el suelo) como coinciden tantas personas en este edificio, lícita o ilícitamente, con voluntad y deseo o por pura inercia. O hábito. A veces por confusiones de la noche o zancadillas del alcohol. Poco más. Y casi nunca se besan, como he podido constatar durante estos días de observación y vigilancia.
    Pero llegado a este punto de mi misión, los sentimientos y la nostalgia no tienen absolutamente nada que ver.
    Porque la pillé in fraganti. Sin vuelta de hoja. De modo que era ella el vecino que pretendía hacerme mal. Hundirme más. Acabarme.
    Las cosas salieron mal. Lo siento. De verdad que lo siento. Lo repito por última vez: lo siento. Sólo que llegados a ese punto, entre la vecina del 7-E y yo el asunto no tenía otra solución posible. Era sólo cuestión de días. O menos. Quizás sólo de horas.
    Su estufa de gas o la mía. Había que decidirlo esa misma tarde.