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lunes, 20 de enero de 2025

Escritores en busca de alma gemela

 

Michel Houellebecq (izquierda) y H. P. Lovecraft.
Michel Houellebecq (izquierda) y H. P. Lovecraft.CRISTÓBAL MANUEL / WIKIPEDIA

Escritores en busca de alma gemela

En 1991, un desconocido Michel Houellebecq publicaba una brevísima pero intensa biografía de H. P. Lovecraft y se sumaba a una corriente que ha existido siempre: la de los autores que dedican biografías a sus maestros

Laura Fernández
LAURA FERNÁNDEZ
Barcelona - 06 ABR 2021 - 22:30 COT

Los escritores tienden a enamorarse de otros escritores. John Fante, explicaba su hijo Dan, cogía al azar los libros de su biblioteca y ensayaba en ellos la firma de Knut Hamsun, su escritor favorito. Jugaba Fante a meterse en su cabeza. Su obra cumbre, Pregúntale al polvo, es de hecho un intento de reformular la marginalmente canónica Hambre. Fante no escribió sobre Hamsun, pero podría haberlo hecho. Es probable que hablase sobre él con quien quisiera escucharle y que entendiese exactamente por qué había hecho lo que había hecho y cómo lo había hecho. Después de todo, como dice Lorrie Moore, “nadie como un escritor para entender a otro escritor”. Y esto podría aplicarse a cualquier artista, pero el escritor, dice Moore, es el único que puede expresarlo, además, en el arte que practica. Lamentablemente, añade, “no se puede bailar una reseña de una obra de arte”.

jueves, 14 de noviembre de 2024

Michele Houellebecq / El mapa y el territorio


Michel Houellebecq
El mapa y el territorio

Daniel Mansuy 
12 de enero de 2015

“Yo quiero dar cuenta del mundo… Quiero simplemente dar cuenta del mundo ”. Esta es una de las últimas frases pronunciadas por Jed Martin, el extraño protagonista de El mapa y el territorio. Como suele ocurrir con los personajes de Michel Houellebecq, Martin no es sino una de las posibilidades existenciales del propio autor. Cada uno a su manera, los héroes houellebecquianos habitan una doble posición: la del observador lúcido de una modernidad agonizante y la del habitante (y actor) de ese mundo desolado. Esta perspectiva doble y ambigua permite que los personajes observen la decadencia al mismo tiempo que la encarnan. Si el arte, como sugiere una y otra vez el mismo Houellebecq, es sobre todo el sometimiento absoluto a una intuición primigenia, no le podemos reprochar la falta de fidelidad. El célebre escritor francés pertenece a la raza de los erizos, si siguiéramos la taxonomía de Isaiah Berlin, pues sus textos son continuas variaciones sobre un mismo tema: la exploración exhaustiva (y patética) de los límites últimos de la experiencia moderna.

sábado, 6 de noviembre de 2021

La ‘rentrée’ literaria: pasión por las historias, espejo de Francia

Amèlie Nothomb

 

La ‘rentrée’ literaria: pasión por las historias, espejo de Francia

Las relaciones felices o traumáticas y abusivas entre padres e hijas son una de las tendencias en el inicio del curso que ha traído 521 novelas a las librerías francesas


MARC BASSETS
París - 

Pasan las pandemias, los gobiernos y las modas en Francia, pero hay una institución inamovible, fiel a la cita anual: la rentrée, el inicio del curso literario.

miércoles, 6 de octubre de 2021

Los escritores favoritos para el Premio Nobel de Literatura

Haruki Murakami


Los escritores favoritos para el Premio Nobel de Literatura

Haruki Murakami, Javier Marías, Michel Houellebecq, Margaret Atwood, Ngugi wa Thiong’o... son muchos los autores en las quinielas del Premio Nobel de Literatura de 2021. Hagan sus apuestas, que aquí van las nuestras.

Alberto Hernández
5 de octubre de 2021


Estamos en la semana de los Premio Nobel y, con ella, vuelve la anual lista de los favoritos al Premio Nobel de Literatura. ¿Quién se lo llevará? A lo largo de estos días y hasta el 11 de octubre se darán a conocer los nombres de los ganadores en las seis categorías: Medicina, Química, Física, Literatura, de la Paz y Economía.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Michel Houellebecq y Gérard Depardieu / El fin del hombre blanco en albornoz

Michel Houellebecq y Gérard Depardieu, en un fotograma de 'Thalasso'.

El fin del hombre blanco en albornoz


Michel Houellebecq y Gérard Depardieu protagonizan la película 'Thalasso', donde disertan sobre lo divino y lo humano en un centro de terapias en Normandía


Marc Bassets
París, 22 de agosto de 2019

Podría ser la escena de una película postapocalíptica titulada El fin del hombre blancoLa decadencia de Occidente, o algo similar. O, visto desde otra perspectiva, un documento excepcional de nuestro tiempo: el actor y el escritor más aplaudidos y vilipendiados de su generación en Francia, juntos durante cuatro días, disertando sobre lo divino y lo humano en un centro de talasoterapia en Normandía.





Michel Houellebecq y Gérard Depardieu son los protagonistas de Thalasso, dirigida por Guillaume Nicloux y estrenada ayer miércoles en Francia, la historia de dos hombres —el Gordo y el Flaco, don Quijote y Sancho— en un espacio cerrado y sin escapatoria. Es la historia de una amistad mezclada con una vaga trama policiaco-sentimental. Aunque en los créditos finales se especifica que todo es ficción, Houellebecq y Depardieu se interpretan a sí mismos, o mejor dicho, se parodian a sí mismos. El autor de Plataforma y El mapa y el territorio frente al actor de Novecento, El último metro, la saga de Astérix y Cyrano de Bergerac. El novelista del malestar francés frente al admirador de Putin.
La película comienza con un prólogo referido a El secuestro de Michel Houellebecq (2013), del mismo Nicloux y protagonizada por Houellebecq. En seguida la acción se traslada al Thalazur, un hotel en una playa brumosa y crepuscular donde los clientes se someten a un rígido tratamiento con productos del mar y a una dieta espartana.
La esposa de Houellebecq, Qianyum Lysis Li, le despide en el lobby, como una madre dejando a su hijo en un internado, desamparado, solo ante el mundo. Las terapias —con barro, con duchas a chorros, dentro de un tubo frío donde el escritor teme que se congelen los genitales— parecen sesiones de tortura. Houellebecq no puede beber alcohol ni fumar. Como ocurre en las historias de internados, encuentra un compinche todo parece más soportable.
El compinche es Depardieu. No se conocían, pero a partir de un encuentro fortuito ante la playa, donde ambos han ido a fumar, la complicidad es total. Depardieu le invita a su habitación donde guarda botellas de vino. Hablan de Dios, de la muerte y de la resurrección, de sexo, de la obesidad. Son, en general, reflexiones banales.
Houellebecq se emociona hasta las lágrimas al recordar a su abuela. “Aunque sea una película coja, este simple instante es uno de los más bellos que hayamos visto en el cine desde hace tiempo”, escribe el crítico de Libération. En varias ocasiones el escritor se refiere al secuestro narrado en la anterior película, y que él atribuye al expresidente François Hollande para torpedear una imaginaria candidatura a la presidencia. “Debería haberme presentado. No pensaba que Macron iba a romperse la crisma tan rápido”, declara. “La muerte no existe”, dice en otro momento el escritor, siempre lacónico, tímido, angustiado.
El actor, en cambio, es expansivo, un hombre de mundo que ha conocido a mil actrices, habla varios idiomas y se tutea con los grandes actores y directores, pero al mismo tiempo es la imagen viva del ‘has been’, la vieja gloria en decadencia. “Mi carrera es una mierda”, dice. Parecen dos adolescentes perdidos, uno de 63 años (Houellebecq) y el otro de 70 (Depardieu), vagando por los pasillos, habitaciones y piscinas en albornoz y bañador slip. “Si hubiese que presentar Francia a unos extraterrestres, escogeríamos a estos dos”, escribe Le Monde.
Michel y Gérard se cruzan con admiradores, Houellebecq tímidamente intenta ligar con una empleada del establecimiento, afrontan situaciones tensas. “Sois la vergüenza de Francia, la vergüenza integral”, les dice otro inquilino. El centro de talasoterapia se encuentra en Cabourg, el Balbec ficticio de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, pero este hotel es un reflejo pálido del Grand Hotel de la Belle Époque donde veraneaba el pequeño Marcel.
La desaparición de una mujer de 80 años, un amiga de Houellebecq que ha abandonado a su marido y se ha fugado con un hombre más joven, quiebra la paz. Llega al hotel el hijo de la mujer acompañado de su novia vidente y de unos matones, personajes de El secuestro de Michel Houellebecq. Aparece un doble de Sylvester Stallone. Y el enigmático final tiene tanto de Rambo como de arte y ensayo francés.


domingo, 21 de abril de 2019

Macron condecora a Houellebecq, “un romántico perdido en un mundo materialista”



Macron condecora a Houellebecq, “un romántico perdido en un mundo materialista”

El autor de 'Serotonina' recibe del presidente la Legión de Honor, máxima condecoración de la República


MARC BASSETS
París 20 ABR 2019 - 08:01 COT

Un presidente con ambiciones literarias, autor en su adolescencia de una novela sobre la conquista de México guardada en un cajón y proclive a envolverse en la épica y en la lírica. Un escritor que probablemente sea el más político de sus coetáneos en Francia, dotado de un olfato privilegiado para detectar y reflejar en sus novelas las angustias de la época. Emmanuel Macron y Michel Houellebecq mantienen una relación peculiar. Se aprecian y respetan, aunque ideológicamente no coincidan. El primero entregó el jueves al segundo, en una ceremonia privada en el Palacio del Elíseo, la Legión de Honor, máxima distinción de la República. 
“Usted es visceralmente europeo, yo soy el más europeo de los presidentes franceses. Le acusan de ser reaccionario, misógino, islamófobo, mientras que yo lucho por el progresismo, los derechos de las mujeres y el rechazo de las discriminaciones”, sonrió Macron al entregarle la medalla, según el diario Le Monde. Ambos se conocen desde hace años. En 2006, cuando Macron era ministro de Economía, la revista cultural Les Inrockuptibles publicó un extenso diálogo entre ambos. Ahí ya se veían las discrepancias pero también parecía haber sintonía personal. Entonces se tuteaban. Después Houellebecq comentó sobre Macron: “Es raro. Parece un mutante”.

jueves, 17 de enero de 2019

Michel Houellebecq / Serotonina / Lamentaciones del macho occidental


Michel Houellebecq

BIOGRAFÍA


Lamentaciones del macho occidental

Más que un polemista, Houellebecq es la última encarnación del dandi romántico. ‘Serotonina’ no es su novela más trabajada, pero conserva toda la fuerza del autor francés


Carlos Pardo
14 de enero de 2019

Michel Houellebecq (1958) lanza en Serotonina un anzuelo periodístico que ayudará a posibles lecturas sociológicas: el Captorix, una pastilla antidepresiva que ayuda a liberar serotonina, responsable de nuestra feliz integración en la comunidad, pero que conlleva un temible efecto secundario, la disminución de la testosterona y la desaparición del apetito sexual. Así, pueden proliferar artícu­los a propósito de Serotonina como retrato de una sociedad en cuidados paliativos, atiborrada de calmantes e impotente; y sin duda éste es el deseo de un polemista como Houellebecq. Aunque quizá debemos matizar que Houellebecq no es exactamente un polemista, sino la última encarnación de una figura romántica con larga tradición en las letras francesas: el dandi. Es decir, el cínico, imperturbable, amoral y raro que realiza un ejercicio de plusvalía y devaluación de su imagen pública y de su obra (voluntariamente confundidas) como símbolo de la moderna sociedad de mercado. Unos versos de otro dandi, Baudelaire, citados en el clímax de Serotonina, ayudan a mirar detrás del anzuelo. “Una vez su vendimia hizo ya el corazón, / el vivir es un mal”. Después del amor, sólo es posible la infelicidad. Y no es otra la lectura de fondo de esta radiografía de la muerte del deseo, tan bruta en sus maneras, pero tan romántica en su fondo: la nostalgia de un amor como el de nuestros padres… Y algo más, claro.
En una gasolinera de Almería, ayudando a dos chicas en shorts a tomar la presión de las ruedas, Florent-Claude Labrouste, ingeniero agrónomo de 46 años, tiene una iluminación: su vida, aparentemente envidiable, no merece la pena. Tras regresar a París, abandona su trabajo para el Gobierno (intermedia entre los productos agrícolas franceses y Europa) y deja a su joven novia japonesa (acaba de descubrir sus vídeos porno con las élites parisienses). Florent-Claude comienza una huida de sí mismo por los pocos hoteles en los que aún permiten fumar y revisa los capítulos que han determinado su fracaso. Es decir: Kate, Claire y Camille; sus tres “vendimias del corazón”.
Protagonistas de perfil técnico, pornografía, turismo sexual, imperativo ascético, el fin de Europa por un exceso de normatividad… Es fácil reconocer la deuda de Serotonina con Lanzarote (2000), Plataforma 2001) o La posibilidad de una isla (2005), y Houellebecq exagera aquí la caricatura de sus tópicos. Pero Serotonina se entre­laza, sobre todo, con el retrato triste e intimista (claustrofóbico) de sus dos primeras novelas; cuando el escritor realizaba, si se me permite la expresión, el salto mortal de su escritura como un atleta y no como un saltimbanqui. En cierto sentido Serotonina clausura la educación sentimental del antihéroe de Ampliación del campo de batalla(1994). Donde dejaba a aquel “prisionero de sí mismo”, encerrado en su piel y en un profundo spleen popularizado por la cultura del ocio, comienza ahora la bajada a los infiernos de la vulgaridad de Florent-Claude.
Serotonina tiene además voluntad de novela de formación; lo demuestra la sucesión de peripecias rememorativas del protagonista: sus tres amores puros, sus traiciones a sus ideales como ingeniero agrónomo. No es una de las novelas más trabajadas de Houellebecq, que a veces hilvana los mínimos pespuntes de verosimilitud para permitirse intercalar su diatriba antimoderna. No obstante, puede permitírselo, e incluso autoparodiarse: uno sabe en dónde se mete cuando abre un libro de Houellebecq y agradece la familiaridad de unas fórmulas repetidas con gracia. Pero además, una vez cumplido ese pacto con lo reconocible,­ Serotonina contiene un núcleo maestro que está entre lo mejor que ha escrito Houellebecq. Florent-Claude pasará la Navidad con su amigo ­Aymeric, un aristócrata que ha regresado al campo de su familia a trabajar la tierra; reanuda, invirtiéndola, la relación amo y lacayo. Durante este tramo, que ocupa más de la mitad de la novela, el chiste autorreferencial desaparece, el humor se amarga; y las dos tramas, el final de Europa en manos del gentil monstruo de Bruselas (la pérdida de las cuotas agrícolas) y “la desaparición de la libido occidental”, sueltan sus cargas de profundidad.
Houellebecq retoma un prestigioso topoi de nuestro tiempo (pensemos en el éxito de una película como La gran belleza): el réquiem del macho blanco y heterosexual. Para el narrador de Serotonina nos acercamos de nuevo a un tiempo prerromántico y “oral”. Si la carne venció a la literatura (Mann y Proust serían el canto del cisne del amor cortés), la abstracción vence ahora al cuerpo. Es interesante analizar cómo trabaja Houellebecq las metáforas, pues da en la misma raíz de esta mutación moderna de los símbolos. Convierte un concepto abstracto, digamos, la falta de deseo, en un producto concreto, el Captorix. Para después, siguiendo la lógica del mercado que otorga a los productos valores absolutos, convertir una pastilla en una alegoría. Así, sin renegar del potencial de las metáforas, les da nueva vida y esquiva su ambigüedad (en la que sí caería, por ejemplo, Marguerite Duras en El mal de la muerte; mismo tema, distinta encarnación).
Serotonina es una novela contra la abstracción del mundo y nostálgica de una cultura de los cuerpos: que huelen, fuman y aman. Houellebecq elige a un héroe que refleja las miserias de la cultura, un hombre subterráneo que lamenta la pérdida de algo que puede no haber existido, un amor puro, o quizá tan sólo una “adhesión tardía a los códigos de la especie”. Gracias a ello, recupera el terrorismo cultural de los orígenes del romanticismo, su hambre de realidad.
Serotonina. Michel Houellebecq. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama, 2019. 282 páginas. 19,90 euros.

EL PAÍS





Serotonina / El Houellebecq más enamorado

Michel Houellebecq



El Houellebecq más enamorado


Serotonina’, publicada ayer en Francia, admite una lectura como novela de amor inspirada por su nuevo matrimonio

Alex Vicente
París, 4 de enero de 2019

La frase llega a medio libro y es de las que atragantan. "El mundo exterior era duro, implacable con los débiles, no cumplía nunca sus promesas, y el amor seguía siendo lo único en lo que todavía se podía, quizá, tener fe", escribe Michel Houellebecq en su nueva novela, Serotonina. Pese al adverbio de duda, ¿es ese el mismo escritor al que teníamos por pesimista nato, discípulo ferviente de Schopenhauer, creyente en una nada inalterable y partidario de "quedarse tranquilo en un rincón, esperando el envejecimiento y la muerte, que terminarán solucionando el asunto?".

Michel Houellebecq / A su aire

Michel Houellebecq

A su aire

Me asegura gente que ha conocido a Houellebecq que a partir de la segunda copa su expresividad oral se torna no solo inconexa sino también inaudible


Michel Houellebecq
En las novelas de Michel Houellebecq siempre está flotando el suicidio sobre sus desesperados protagonistas, que se llamen como se llamen siempre identificamos con su inconfundible autor, pero los muy cobardes se las ingenian para seguir en la tierra echando pestes sobre su devastada existencia y la del prójimo. Como máximo, en la trama de El mapa y el territorio, su audaz autor se atreve a que el escritor Houellebecq sea asesinado.

sábado, 28 de mayo de 2016

Vargas Llosa / La medialuna sobre el Sena







Mario Vargas Llosa


LA MEDIALUNA SOBRE EL SENA

Vivir con la sensación de la derrota en la boca, como viven los personajes de ‘Sumisión, la novela de Michel Houellebecq, da una lastimosa imagen del ser humano

MARIO VARGAS LLOSA
28 MAY 2016 - 17:00 COT



Acaba de haber elecciones generales en Francia y la “Fraternidad musulmana” ha ganado con comodidad; socialistas y republicanos, temerosos de que el Frente Nacional de Marine Le Pen pudiera acceder al poder en estos comicios, han asegurado aquel triunfo. La Francia que fue antaño cristiana, luego laica, tiene ahora, por primera vez, un presidente musulmán, Mohammed Ben Abbes.
Ilustración de Fernando Vicente
Contrariamente a lo que se temía, los “grupos identitarios” (nacionalistas y xenófobos) no han entrado en zafarrancho de combate y parecen haberse resignado a lo ocurrido con unos cuantos alborotos y algún crimen, algo que, por lo demás, los discretos medios de comunicación apenas mencionan. El país muestra una insólita pasividad ante un proceso de islamización que empieza muy deprisa en el ámbito académico. Arabia Saudí patrocina con munificencia a la Sorbona, donde los profesores que no se convierten deben jubilarse, eso sí, en condiciones económicas óptimas. Desaparecen las aulas mixtas y los antiguos patios se llenan de jovencitas veladas. El nuevo presidente de la universidad, Rediger, autor de un best sellerque ha vendido tres millones de ejemplares: Diez preguntas sobre el islam,defiende la poligamia y la practica: tiene dos esposas legítimas, una veterana y otra de apenas 15 años.



Quien cuenta esta historia, François, es un oscuro profesor de Literatura que se pasó siete años escribiendo una tesis sobre Joris-Karl Huysmans y ha publicado un solo libro, Vértigo de neologismos, sobre este novelista decimonónico. Solterón, apático y anodino, nunca le interesó la política pero esta entra como un ventarrón en su vida cuando lo echan de la universidad por no convertirse y pierde a su novia, Myriam, que, debido al cambio de régimen, debe emigrar a Israel con toda su familia al igual que la mayoría de judíos franceses.

François observa todos estos enormes cambios que suceden a su alrededor —por ejemplo, que la política exterior francesa se vuelque ahora a acercar a Europa y en especial a Francia a todos los países árabes— con un fatalismo tranquilo. Este parece ser el estado de ánimo dominante entre sus compatriotas, una sociedad que ha perdido el elan vital, resignada ante una historia que le parece tan irremediable como un terremoto o un tsunami, sin reflejos ni rebeldía, sometida de antemano a todo lo que le depara el destino. Basta leer unas pocas páginas de esta novela de Michel Houellebecq para entender que el título le viene como anillo al dedo: Sumisión. En efecto: esta es la historia de un pueblo sometido y vencido, que, enfermo de melancolía y de neurosis, se va viendo desaparecer a sí mismo y es incapaz de mover un dedo para impedirlo.
Aunque la trama está muy bien montada y se lee con un interés que no decae, a ratos se tiene la impresión no de estar enfrascado en una novela sino en un testimonio psicoanalítico sobre los fantasmas macabros de un inconsciente colectivo que se tortura a sí mismo infligiéndose humillaciones, fracasos y una lenta decadencia que lo llevará a la extinción. Como este libro ha sido leído con avidez en Francia por un enorme público, cabe suponer que en él se expresan unos sentimientos, miedos y prejuicios de que es víctima un importante sector de la sociedad francesa.


Esta es la historia de un pueblo sometido y vencido, que se va viendo desaparecer a sí mismo









Es simplemente inverosímil que alguna vez ocurra en Francia aquello que parece profetizar Sumisión, un retroceso tan radical hacia la barbarie del país que entronizó por primera vez Los Derechos del Hombre, cuna de las revoluciones que, según Marx, se proponían “asaltar el cielo”, y de la literatura más refractaria al statu quo de toda Europa. Pero tal vez semejante pesimismo se explique recordando que la modernidad ha golpeado de manera inmisericorde a Francia, que nunca ha sabido adaptarse a ella —por ejemplo sigue arrastrando un Estado macrocefálico que la asfixia y unas prestaciones generosas que no tiene cómo financiar—, al mismo tiempo que el terrorismo se ha encarnizado en su suelo impregnando de inseguridad y desmoralización a sus ciudadanos. Por otra parte su clase política, que ha ido decayendo y parece haber perdido por completo su capacidad de renovarse, no sabe cómo enfrentar los problemas de manera radical y creativa. Esto explica el crecimiento enloquecido del Frente Nacional y el repliegue tribal al nacionalismo de orejeras que proponen sus dirigentes como remedio a sus males.

La novela de Michel Houellebecq da forma y consistencia a esos fantasmas de manera muy eficaz y seguramente contribuye a difundirlos. Lo hace con pericia literaria y una prosa fría y neutral. Es difícil no sentir cierta simpatía por François y tantos infelices como él, sobre los que se abate la desgracia sin que atinen a ofrecer la menor resistencia a unos acontecimientos que, como diría el buenazo de Monsieur Bovary, parecen “la falta de la fatalidad”. Pero todo esto es puro espejismo y, una vez concluida la magia de la lectura, conviene cotejar la ficción con la realidad.
Verdad que la población musulmana en Francia es, comparativamente, la más numerosa de Europa, pero, también, que se trata de la menos integrada y que la tensión y violencias que a veces estallan entre ella y el resto de la sociedad se deben en buena parte al estado de marginación y desarraigo en que se encuentra. Por otro lado, es importante recordar que el mayor número de víctimas del terrorismo de los islamistas fanáticos son los propios musulmanes y que, por tanto, presentar a esta comunidad cohesionada e integrada política e ideológicamente como hace la novela de Houellebecq es irreal. Y, también, suponer que una de las sociedades que está más a la vanguardia en el mundo en cuestiones sociales —de sexo, de religión, de género y derechos humanos en general— podría involucionar hacia prácticas medievales como la poligamia y la discriminación de la mujer con la facilidad con que describe Sumisión. Semejante conjetura va más allá de cualquier licencia poética.


El mayor número de víctimas del terrorismo de los islamistas fanáticos son musulmanes










Y, sin embargo, entre tantas mentiras hay unas verdades que se insinúan y prevalecen en el libro de Michel Houellebecq. Son los prejuicios, la xenofobia y la paranoia que inspiran esa siniestra fantasía, aquella sensación mentirosa de que el futuro está determinado por fuerzas contra las cuales el hombre común y corriente es impotente y no tiene otra opción que la de acatarlo o suicidarse. No es cierto que la libertad no exista y los seres humanos sean ciegos intérpretes de un guión preestablecido. Siempre hay algo que se puede hacer para enfrentarse a derroteros adversos. Si el fatalismo que postula Sumisión frente a la historia fuera cierto, nunca habríamos salido de las cavernas. Gracias a que es posible la insumisión ha habido progreso. Vivir con la sensación de la derrota en la boca, como viven los personajes de esta novela, da una lastimosa imagen del ser humano. François acata lo que considera su sino y se somete; al final de libro, se tiene la sospecha de que, pese a su secreta e invencible repugnancia contra todo lo que ocurre, terminará por convertirse también, de modo que pueda volver a enseñar en la Sorbona, prepare la edición de la Pléiade de las novelas de J. K. Huysmans y acaso, como Rediger, hasta se case con varias mujeres.