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sábado, 2 de marzo de 2024

Raquel Graciela Fernández / Lo nuestro

 



Raquel Graciela Fernández

LO NUESTRO


Lo nuestro prescribió hace años.

Fue un delito menor.

Algo tan trivial

como robarle flores a la primavera.

Tan dolorosamente hermoso

como el canto de un pájaro en cautiverio. 


En estos años

-en estos años sin verte,

sin tocar tu respiración

con  la tersura ardiente de mi espalda-

pasaron tantas cosas.

Pasó la muerte con sus ojos secos

y fui la pálida novia arrebujada

en su letanía de huesos.

Pasó la vida en canto

y en la palma de mi mano

se prometió una línea de futuro.

Los días se rompieron como uvas,

dulces a veces

y a veces tan amargas.

Aprendí a pastar en el silencio,

cordero de un Dios que no me reconoce,

animal más profundo que la noche,

cuerpo de azúcar regido por la luna. 


En estos años

tu nombre se quebró

como una tacita de porcelana

y lo barrí debajo de mi lengua,

un pecado de manzanas húmedas.

Lo empapé de saliva melancólica.

Lo sepulté en la línea azul de mi garganta. 


Fue un delito menor,

lo nuestro,

un olor a violines y claveles

que se apagó inconcluso.

Prescribió hace años,

sin embargo,

hay algo de vos en las constelaciones

y hoy desperté temblando

en tu desnudez imaginada.


Raquel Graciela Fernández / Hablemos de la violación

Mujer
El Malecón, La Habana, 2015
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Raquel Graciela Fernández
HABLEMOS DE LA VIOLACIÓN

A So Sonia

Hablemos de la violación
me dice una pibita irreverente.
Y yo que no soy tan pibita ni tan irreverente
miro para otro lado,
acomodo y desacomodo latas de tomate,
acomodo y desacomodo libros de poesía que no le vendí a nadie,
acomodo náuseas, pelos pegoteados,
acomodo miedo.
Tarareo “Mejor no hablar de sientas cosas”.
Tarareo “Fuera de mi vida”.
Pero la pibita insiste.

Bueno, dale, hablemos.
¿Qué querés que te cuente?
Te puedo contar que yo tenía diecisiete años,
una minifalda roja,
una remera con un dibujo del Pato Donald,
un noviecito del secundario quequeríayyono,
quenoqueríayyosí.
Que estábamos convenciéndonos y desconvenciéndonos
en un lugar más o menos lindo,
más o menos apartado,
más o menos verde.
Que apareció un tipo que dijo ser policía y nos asustó
(los chicos decentes no se besan así,
las chicas decentes no tienen ese culo y esa minifalda roja;
del Pato Donald ni se enteró).
Que obligó al pibe a tomarse un colectivo
y a mí me puso un revólver en la sien
y a tumbarme boca arriba en un yuyal cercano.
Me quedé paralizada, sabés.
Nunca había tenido un revólver en la sien.
Nunca había visto un revólver.
No tenía que gritar pero grité.
Algo me rompió el cuerpo.
Algo inmundo me rompió el cuerpo.
Todavía tiemblo cuando recuerdo ese dolor absoluto
que me atravesó la vagina, el útero, el estómago,
el corazón, la cabeza.
Todavía corro al baño a vomitar cuando recuerdo a ese monstruo
al que nadie invitó
comiendo del banquete de mi cuerpo.


Hablemos.
¿Qué querés que te cuente?
Que casi nadie me creyó
(¿cómo no estás golpeada, reventada, agonizando,
cómo tenés el descaro de seguir teniendo ese culo,
esas piernas, esos diecisiete años?).
Que me llevaron a denunciar al tipo
a la misma comisaría donde supuestamente trabajaba
y me escapé llorando porque todos,
todos,
eran iguales a él,
depredadores que me miraban las tetas,
depredadores azules.
Que me pregunté mil veces si la pollera era demasiado corta,
si besarse así en público era cosa de chicos decentes,
si tendría que haberme dejado matar
porque una minifalda roja muerta,
un culo muerto,
unos diecisiete años muertos
hubieran sido una prueba irrefutable de que sí,
de que me habían violado.
Que costó el amor cuando llegó.
Que nunca me atreví a contárselo a mi hijo.
Que el suicidio con el que fantaseé a los cuarenta
tenía los ojos de papá,
las manos del novio que me arrebató a los veintidós un estúpido accidente
y esa remera azul con un dibujo del Pato Donald.

Hablemos de la violación.
No sé si era esto lo que esperabas que te dijera.
No importa.
Al final pude hacer a un lado las latas de tomate,
los libros de poesía,
las náuseas, el miedo,
y hablar.
Yo, que me sentaba quietecita en el aula
a escuchar como la maestra repetía ese mantra funesto,
el silencio es salud, el silencio es salud.
Yo, que escribo poemas elípticos usando la palabrita rape,
porque suena más suave,
suena a Nirvana,
y por ahí el que la lee no sabe inglés y ni se entera.
Yo, que todavía no puedo dejar de avergonzarme
cuando pienso que me pasó eso.
Hace treinta años.
Ayer.

Apenas ayer.




Raquel Fernández nació en Avellaneda. Ha recibido numerosos premios y es autora de “Ojos que miran el cielo”, “Revelaciones”, “Todos los hombres que me amaron”, “Hermano”, “La antigua enfermedad del otoño”, "Cierta condición nocturna", "Como nosotros", “Once upon a time” e "Interrumpidas". Estos son los enlaces de sus blogs: Pan con cicatrices y Más de cien mentiras.


Raquel Graciela Fernández / Debajo de la campana



Raquel Graciela Fernández
DEBAJO DE LA CAMPANA  


“Siempre puedes pensar que fue el tren el que se arrojó a ti.”
Paula Sinos



¿Nunca pensaste en morir?

¿En morirte? 

Cortarte y verte gotear 

hasta que la luna se ponga roja, 

hasta que la saliva, y la orina, y las lágrimas 

y todos los jugos de tu maldito cuerpo 

se conviertan en motitas de polvo, 

de ésas que perturban el decoro de los muebles.



Déjame que me muera mientras la vida es para mí un libro.*




Hacer un buen caldo con tus huesos 

y alimentar a tus hijos bastardos, 

poemas deformes con olor a lluvia 

y los pies de barro, 

poemas que sólo sirven 

para pudrirte la boca.
  

 
Un rayo a tiempo y se acabó la feria…*



Retorcerte el pescuezo 

como a un pollo triste 

y arrancarte una a una las plumas 

(ya no más rebeliones en la granja, 

a la gente 

los pollos 

le gustan al spiedo 

y a vos 

ya no te importa 

la salsa con la que te sirvan).



Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.*



¿Nunca pensaste en morir? 

¿En morirte? 

Dar el salto definitivo. 

Estrellarte en un túnel parisino 

a 200 kilómetros por hora. 

Desangrarte frente al Dakota. 

Evaporar tu desamparada desnudez 

manoteando un teléfono blanco. 



Morir es un arte, como cualquier otra cosa.*  



A vos los zapatitos no te aprietan.

A vos lo que te vuelve loca es no poder dormir.

La sed te consume

y el agua te da arcadas.

Te vendieron todos los buzones

y las cartas no llegaron nunca.

La vida dejó de ser un milagro

y se convirtió en un proceso infeccioso.



Morir no es fácil, no, pero es lo más correcto.*



¿Nunca pensaste en morir?

¿En morirte?

En un cuartucho en Chelsea,

como la más feliz de las putas.

En París, con aguacero,

o en Buenos Aires,

con la garganta llena de niebla.

En Las Vegas no estaría mal,

aunque ya no te quede nada para apostar.



Mis piernas no responden, y no he amado aún...

Tan sólo fui palabras en un mundo de gestos.*





lunes, 24 de diciembre de 2018

Raquel Graciela Fernández / Nocturno






Raquel Graciela Fernández

NOCTURNO

No estás.
Y sin embargo te siento
arañando mi cintura,
lamiendo el eje vertical de mi tormenta,
doliéndome,
escociéndome
como el fantasma de un miembro amputado.

A veces se me escapa tu distancia.
A veces
me enciendo en tu recuerdo,
en la insaciada penumbra de tu boca.

Una estrella se aquieta entre mis labios.
Un pájaro me roza.

Me desnudo
para abrirte camino.



Raquel Graciela Fernández
Cierta condición nocturna

jueves, 17 de diciembre de 2015

Raquel Graciela Fernández / Happy Christimas

Ilustración de Triunfo Arciniegas a partir de una foto ajena

Raquel Graciela Fernández


“Ev'rybody had a hard year.
Ev'rybody had a good time.
Ev'rybody had a wet dream.
Ev'rybody saw the sunshine.
Oh, yeah. Oh, yeah. Oh, yeah.
Ev'rybody had a good year.
Ev'rybody let their hair down.
Ev'rybody pulled their socks up.
Ev'rybody put their foot down.
Oh, yeah. Oh, yeah. Oh, yeah.”

Lennon – McCartney, “I've got a feeling”*




De pronto y  sin saber

cómo aconteció

semejante calamidad,

estás debajo/ sobre

una pila foránea de hojas de muérdago

tratando de conciliar un verano abrasador

con la idílica postal nevada

que te vendieron los que venden

ilusiones “made in USA”.

Tuviste un año bueno,

tuviste un año malo,

tuviste más años de los que jamás hubieras querido tener

y sos tu madre en el retrato

de la mesa servida,

saciando un ejército de bocas

que jamás dijeron

lo que querías escuchar.

Tuviste tus sueños húmedos,

pero ahora sos tu madre

y el sexo apretado se desperdicia

debajo de tu vestido nuevo.

Se acortaron los sueños

y se alargaron las polleras.



Alguien pide más vitel toné

y vos te preguntás

si de verdad brilló el sol alguna vez,

mientras la noche festiva/ fétida

te cuelga una máscara insulsa

que quizás disuelva la quinta copa de champagne.

O quizás no.

Deberías haberte dejado el pelo largo,

la vida larga,

para seguir siendo la hija de tu madre

y no ser ella

dormida/ despierta

sobre las ruinas del mantel.



En tu puta vida viste un reno

y puede que no lo veas nunca.

No creés en Dios

ni en los viejitos barbados que no fuman

y no extienden la mano
reclamando la limosna del recuerdo.

Pero la ceremonia se repite

diciembre a diciembre,

porque sos tu madre,

tan buena como ella,

tan sola como ella,

con los pies enredados en las guirnaldas

de un estúpido árbol que enciende/ apaga

sus luciérnagas famélicas

“made in Taiwan”

(porque todo es “made in otro lugar”

en este lugar donde estás/ no estás

y en esta hora de rituales baldíos).



El año que viene, no.

El año que viene va a ser distinto.



El año que viene vas a arrastrar tu osamenta

hasta una playa minúscula

donde nadie te quiera vender

el invierno y la alegría.

Y vas a ser vos, mientras tu madre

vegeta en los cajones de la memoria.

Y si se trata de vivir, vas a vivir.

Y si se trata de morir, vas a morir.

Tu propia vida, tu propia muerte.

Lejos del vitel toné y los manteles tribales.

Estrenando colmillos,

estrenado latidos.

Y sin números rojos que delaten

que alguien

-vos, él, ella-


todavía te está debiendo algo.