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viernes, 19 de febrero de 2016

Patricia Highsmith / La perfeccionista


Patricia Highsmith
BIOGRAFÍA
LA PERFECCIONISTA

El padre de Margot Fleming, a quien ella había admirado mucho, siempre le había dicho: "Cualquier cosa que valga la pena hacer, vale la pena hacerla bien". Margot creía que cualquier cosa que valiera la pena hacer bien, valía la pena hacerla perfectamente.

jueves, 18 de febrero de 2016

Patricia Highsmith / La ñoña

Ilustración de Viktor Sheleg
Patricia Highsmith
BIOGRAFÍA
La ñoña

Sharon jamás se consideraría, y nunca se había considerado, una ñoña. Se consideraba sencillamente respetable. Su madre siempre le había dicho: "Sé pura en todo", y cuando Sharon alcanzó la adolescencia, su madre resaltó la importancia de llegar virgen al matrimonio. "¿Qué otra cosa puede ofrecer una mujer a un hombre?", era la pregunta retórica de su madre. Así lo hizo Sharon, y dio la casualidad, o puede que fuese un destino inevitable, de que su marido, Matthew, también llegó virgen al matrimonio. Cuando Sharon le conoció, Matthew era un estudiante de Derecho muy aplicado.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Patricia Highsmith / La prostituta autorizada o la esposa

Ilustración de Fernando Vicente


Patricia Highsmith
BIOGRAFÍA
La prostituta autorizada o la esposa
Traducción de Maribel de Juan

“The Fully Licensed Whore, or, The Wife”
Little Tales of Misogyny

Sarah siempre se había dedicado a eso en plan de aficionada, y a los veinte años se casó, con lo que obtuvo la licencia. Para remate, el matrimonio se celebró en una iglesia en presencia de la familia, amigos y vecinos, puede que incluso tuviera a Dios como testigo, ya que, desde luego, El estaba invitado. Iba toda de blanco, aunque ciertamente no era virgen, dado que estaba embarazada de dos meses y no del hombre con quien se casaba, el cual se llamaba Sylvester. Ya podía convertirse en una profesional, contando con la protección de la ley, la aprobación de la sociedad, la bendición de los clérigos y el apoyo económico garantizado por su marido.

viernes, 23 de enero de 2015

Patricia Highsmith / La suegra silenciosa


Patricia Highsmith
BIOGRAFÍA

LA SUEGRA SILENCIOSA

THE SILENT MOTHER IN-LAW
The Little Tales of Misogyny

Esta suegra, Edna, ha oído todos los chistes sobre suegras y no tiene intención de ser el blanco de tales bromas, ni de caer en ninguna de las trampas tan abundantemente esparcidas en su camino. Lo primero de todo es que vive con su hija y su yerno, por lo que ha de ser doble o triplemente cuidadosa. Ni se le pasa por la cabeza criticar nada. Los jóvenes podrían volver a casa borrachos perdidos, y Edna nunca haría el menor comentario. Podrían fumar hierba (a veces lo hacen), pelearse y tirarse los trastos a la cabeza, y Edna no abriría la boca. Ha oído demasiadas cosas sobre las suegras que se entrometen, así que mantiene la boca cerrada. De hecho, lo más extraño de Edna es su silencio. Dice “Sí, gracias” cuando le ofrecen una segunda taza de café, y “Buenas noches, que durmáis bien”,  pero nada más.

Patricia Highsmith / La evangelista


Patricia Highsmith
BIOGRAFÍA
LA EVANGELISTA

THE EVANGELIST 
Little Tales of Misogyny
 
Dios vino tarde a Diana Redfern… pero vino. Diana tenía cuarenta y dos años cuando, caminando por su calle encharcada sobre la que caían gotitas desde los olmos, por la lluvia que muy poco antes había cesado, experimentó un cambio… una revelación. Esta revelación afectó a su mente, a su cuerpo y también a su alma. Notó la presencia de la naturaleza y de un Dios todopoderoso penetrando en ella. En ese mismo instante el sol, que había estado tratando de salir entre las nubes, se derramó sobre su rostro y su cuerpo y sobre la toda la calle, que se llamaba la calle del Olmo.

Patricia Highsmith / Ama de casa de clase media


Patricia Highsmith
BIOGRAFÍA
AMA DE CASA DE CLASE MEDIA

THE MIDLE-CLASS HOUSEWIFE
Little Tales of Misogyny

Pamela Thorpe consideraba que el Women's Lib era uno de esos estúpidos movimientos de protesta sobre los cuales les gusta escribir a los periodistas para llenar sus páginas. Las del Women's Lib afirmaban que "querían independencia" para las mujeres, mientras que Pamela pensaba que, de todas formas, las mujeres dominaban a los hombres. Por eso, ¿para qué armar tanto jaleo?

domingo, 16 de septiembre de 2012

Patricia Highsmith / La artista

Patricia Highsmith
BIOGRAFÍA
LA ARTISTA
Little Tales of Misogyny


En la época en que Jane se casó, no parecía haber nada extraño en ella. Era regordeta, bonita y muy práctica: capaz de hacer la respiración artificial en un abrir y cerrar de ojos, reanimar a una persona desmayada, o detener una hemorragia nasal. Era ayudante de un dentista y no se inmutaba ante una crisis o un dolor. Pero sentía entusiasmo por las artes. ¿Qué artes? Todas. Empezó, durante el primer año de casada, con la pintura. Esto ocupaba todos sus sábados, o suficientes horas del sábado como para impedirle hacer la compra del fin de semana, pero la hacía Bob, su marido. También era él quien pagaba el enmarcado de los retratos al óleo, sucios y con los colores corridos, de sus amistades. Las sesiones de posado de los amigos también consumían buena parte del tiempo durante el fin de semana. Al fin, Jane admitió el hecho de que no lograba evitar que los colores se corriesen, y decidió abandonar la pintura por la danza.
La danza, enfundada en un leotardo negro, no mejoró mucho su maciza figura, únicamente su apetito. Luego vinieron las zapatillas especiales. Estaba aprendiendo ballet. Había descubierto una institución llamada La Escuela de las Artes. En este edificio de cinco plantas se enseñaba piano, violín y otros instrumentos, composición musical, a escribir novela o poesía, y danza y pintura.
—¿Ves, Bob? Se puede y se debe hacer que la vida sea hermosa —decía Jane con su amplia sonrisa—. Y todo el mundo quiere contribuir un poquitín, si puede, a la belleza y la poesía del mundo.
Mientras tanto, Bob vaciaba la basura y se encargaba de que no se quedaran sin patatas. El ballet de Jane no progresaba más allá de cierto punto, así que lo dejó y se dedicó al canto.
—Yo creo que la vida es bastante hermosa tal y como es —dijo Bob—. Por lo menos, yo soy bastante feliz.
Esto fue en la temporada del canto, a consecuencia del cual habían tenido que meter un piano vertical en el ya abarrotado cuarto de estar.
Por alguna razón, Jane dejó sus lecciones de canto y empezó a estudiar escultura y talla en madera. El cuarto de estar quedaba hecho una pena, lleno de trocitos de barro y astillas con las que no siempre podía la aspiradora. Jane estaba demasiado cansada para hacer nada después de un día de trabajo en la consulta del dentista y de permanecer de pie luchando con el barro y la madera hasta medianoche.
Bob llegó a odiar La Escuela de las Artes. La había visto unas cuantas veces, cuando iba a recoger a Jane a eso de las once. (El barrio era peligroso para andar sola.) A Bob le parecía que todos los alumnos eran un montón de optimistas mal encaminados y los profesores un montón de mediocridades. Aquello le daba la impresión de un manicomio de esfuerzos desviados. ¿Y cuántos hogares, hijos y maridos estaban trastornados porque la mujer de la casa —la mayoría de los alumnos eran mujeres— no estaba en el hogar haciendo algunas tareas esenciales? A él le parecía que no había inspiración en La Escuela de las Artes, solamente el deseo de imitar a las personas que la habían tenido, como Chopin, Beethoven y Bach, cuyas obras oía destrozar mientras esperaba a su mujer sentado en un banco del vestíbulo.
La gente llamaba locos a los artistas, pero estos alumnos parecían incapaces de esa clase de locura. Los estudiantes parecían locos, en cierto sentido de la palabra, pero no en el sentido adecuado. Considerando el tiempo que La Escuela de las Artes le privaba de su mujer, Bob estaba dispuesto a hacer saltar el edificio en cachitos.
No tuvo que esperar mucho, pero no fue él quien voló el edificio. Alguien —más tarde se comprobó que había sido un instructor— puso una bomba debajo de La Escuela de las Artes, lista para estallar a las cuatro de la tarde. Era el día de Nochevieja y, a pesar de que era media fiesta, los estudiantes de todas las artes estaban practicando laboriosamente. La Policía y algunos periódicos habían recibido aviso de la bomba. El problema era que nadie la encontraba y también que la mayoría de la gente no creía que fuese a estallar ninguna bomba. Debido al ambiente del barrio habían sufrido sustos y amenazas con anterioridad. Pero la bomba estalló, evidentemente, desde las profundidades del sótano, y debía ser de buen tamaño.
Dio la casualidad de que Bob estaba allí, porque tenía que recoger a Jane a las cinco. Había oído el rumor de la bomba, pero no sabía si creérselo o no. Por precaución, sin embargo, o por una premonición, estaba esperando al otro lado de la calle en lugar de hacerlo en el vestíbulo.
Un piano salió por el tejado, un poco separado del pianista que seguía sentado en el taburete, tecleando en el vacío. Una bailarina logró al fin dar unas pocas vueltas completas sin que sus pies tocaran el suelo, ya que se hallaba a una altura de cuatrocientos metros, y además sus pies apuntaban hacia el cielo. Un alumno de pintura fue lanzado a través de una pared, el pincel en suspenso, dispuesto a dar la pincelada maestra mientras flotaba horizontalmente camino del verdadero olvido. Un instructor, que se refugiaba tan a menudo como podía en los lavabos de La Escuela de las Artes, salió disparado junto con parte de las cañerías.
A continuación apareció Jane, volando por los aires con un mazo en una mano, un cincel en la otra, y una expresión de éxtasis en la cara. ¿Estaba pasmada, concentrada aún en su obra, o ya muerta? Bob no pudo saberlo. Las partículas fueron cayendo con un suave y decreciente estrépito, levantando una polvareda gris. Hubo unos segundos de silencio, durante los cuales Bob permaneció inmóvil. Luego, dio media vuelta y se dirigió a casa. Surgirán otras Escuelas de las Artes, de eso estaba seguro. Curiosamente, esta idea cruzó su mente antes de que se diera cuenta de que su esposa se había ido para siempre.


sábado, 15 de septiembre de 2012

Patricia Highsmith / La paridora

Ilustración de Triunfo Arciniegas
Patricia Highsmith
LA PARIDORA
THE BREEDER 
Little Tales of Misogyny
 

Para Elaine el matrimonio significaba niños. Por supuesto, el matrimonio significaba un montón de cosas más, como crear un hogar, ser un apoyo moral para su marido, alegre compañía, todo eso. Pero sobre todo niños... para eso servía el matrimonio, de eso trataba la cosa.
Elaine, cuando se casó con Douglas, trató de convertirse en la criatura que había soñado, y en cuatro meses lo había conseguido con bastante acierto. Su casa centelleaba limpia y encantadora, sus fiestas eran un éxito, y Douglas obtuvo un pequeño ascenso en su empresa, Seguros Atenas S.A. Sólo faltaba una cosa: Elaine todavía no estaba embarazada. Una consulta al médico pronto arregló el problema, algo que no había funcionado bien, pero después de otros tres meses todavía no había concebido. ¿Podría ser problema de Douglas? A regañadientes, con cierta timidez, Douglas visitó al médico y fue declarado sano. ¿Qué podría estar fallando? Hicieron pruebas más detenidas, y se descubrió que el huevo fertilizado (al menos un huevo fue de hecho fertilizado) había viajado hacia arriba en vez de hacia abajo, en una aparente desafío a la gravedad, y en vez de desarrollarse en alguna parte, simplemente se había desvanecido.
—Debería levantarse de la cama y ponerse cabeza abajo — dijo un bromista en la oficina de Douglas, tras tomar un par de copas en un almuerzo.
Douglas sonrió educadamente. Pero igual tenía algo de razón. ¿No había dicho el médico algo por el estilo? Esa noche Douglas sugirió a Elaine hacer el pino.
Sobre medianoche, Elaine saltó de la cama y se mantuvo cabeza abajo, con los pies contra la pared. Su cara se puso rosa brillante. Douglas se alarmó, pero Elaine aguantó espartana, desplomándose finalmente sobre el suelo, en una masa sonrosada, después de casi diez minutos.
Su primer hijo, Edward, nació así. Edward puso a rodar la maquinaria, y en algo menos de un año llegaron gemelos, dos niñas. Los padres de Elaine y Douglas estaban encantados. Convertirse en abuelos fue una alegría tan grande como ser padres, y las dos parejas de abuelos organizaron fiestas. Douglas y Elaine eran sólo unos chiquillos, así que los abuelos se alegraron de que sus apellidos fueran a tener continuidad. Elaine no tuvo que ponerse bocabajo nunca más, y diez meses después nació un segundo hijo, Peter. Luego llegó Philip, luego Madeleine.
Eran ya seis niños pequeños en la casa, y Elaine y Douglas tuvieron que mudarse a un apartamento algo mayor, con una habitación más. Se mudaron con prisas, sin advertir que su casero odiaba profundamente a los niños (le mintieron y le dijeron que tenían cuatro), especialmente a los pequeños que berrean por las noches. A los seis meses les pidió que se marcharan… siendo entonces bastante obvio que Elaine iba a tener pronto otro niño. Por entonces Douglas estaba un poco justo de dinero, pero sus padres le dieron 2000 euros y los padres de Elaine se presentaron con 3000 euros, y Douglas dio la entrada de una casa a quince minutos en coche de su trabajo.
—Estoy contento de tener una casa, querida —le dijo a Elaine—. Pero me temo que tendremos que controlar los gastos si queremos pagar la hipoteca. Creo que, al menos por un tiempo, tendríamos que dejar de tener niños. Después de todo, siete…— había llegado el Pequeño Thomas.
Antes Elaine le había dicho que la planificación de la familia dependía de ella, y no de él.
—Lo entiendo, Douglas, tienes toda la razón.
Ay, Elaine reveló un día nublado de invierno que estaba de nuevo embarazada.
— No me lo esperaba. Me estoy tomando la píldora, tú lo sabes.
En realidad Douglas suponía que era así. Se quedó sin habla durante unos instantes. ¿Cómo se las arreglarían? Hacía tiempo que se notaba que Elaine estaba embarazada, aunque llevaba días convenciéndose de que sólo lo imaginaba a causa de su ansiedad. Sus padres ya repartían regalos de cincuenta y cien dólares en los cumpleaños ―con nueve cumpleaños en la familia, éstos eran bastante frecuentes―, y sabía que no podrían contribuir mucho más. Era asombroso sólo lo que costaban los zapatos para siete chiquillos.
No obstante, cuando Douglas vio la beatífica, la alegre sonrisa en la cara de Elaine, echada entre almohadas en el hospital, con un niño en sus brazos y una niña en la otra, no pudo arrepentirse de estos nacimientos, que ya llegaban a nueve.
Pero se habían casado hacía algo más que siete años. Si esto se mantenía…
Una mujer de su círculo social observó en una fiesta:
—¡Oh, Elaine se queda preñada cada vez que Douglas la mira!.
A Douglas no le divirtió el implícito tributo a su virilidad.
—¡Entonces deberían hacer el amor con las luces apagadas!— respondió el bromista—. ¡Ja, ja, ja! ¡Es fácil de comprobar que la única razón es que Douglas la mira!
—¡Esta noche ni una sola miradita a Elaine, Douglas! —gritó otro, y hubo un vendaval de risas.
Elaine sonrío con gracia. Imaginaba, qué digo, estaba segura de que las mujeres la envidiaban. Las mujeres con un niño sólo, o sin niños, eran en opinión de Elaine vainas de guisantes desecadas. Vainas de guisantes inmaduras.
Las cosas empeoraban por momentos a ojos de Douglas. Hubo un intervalo de seis meses completos en los que Elaine estuvo tomando la píldora y no se quedó embarazada, pero de pronto se quedó.
—No puedo entenderlo —le dijo a Douglas y también a su médico. Elaine realmente no podía entenderlo, porque había olvidado que había olvidado acordarse de la píldora… un fenómeno con el que su médico se había tropezado antes.
El médico no hizo comentarios. Sus labios estaban éticamente sellados.
Como en venganza por la ausencia temporal de fecundidad de Elaine, por su intento de tapar el cuerno natural de la abundancia, la naturaleza le endosó quintillizos. Douglas ni siquiera pudo acudir al hospital, y se metió en cama durante cuarenta y ocho horas. Entonces tuvo una idea: telefonearía a algunos periódicos, les pediría un dinerillo por las entrevistas y por algunas fotografías que también podrían tomar de los quintillizos. Lo intentó con todo el dolor de su corazón, ya que esta forma de explotación iba contra sus principios. Pero los periódicos no picaron. Dijeron que mucha gente tenía quintillizos en aquellos tiempos. Los sextillizos sí podían interesarles, pero los quintillizos no. Tomarían alguna foto, pero no pagarían nada. La fotografía sólo consiguió que les enviaran información de organizaciones de Planificación Familiar y desagradables, groseras e insultantes cartas de ciudadanos privados que le decía a Douglas y Elaine cuánto estaban contribuyendo a la contaminación. Los periódicos habían mencionado que sus niños ya eran catorce, después de aproximadamente ocho años de matrimonio.
Puesto que la píldora no parecía funcionar, Douglas propuso hacerse algo. Elaine se opuso completamente.
—¡Pero las cosas no serán ya lo mismo! —gritó.
—Cariño, todo será igual. Sólo que…
Elaine lo interrumpió. No llegaron a ningún acuerdo.
Tuvieron que mudarse de nuevo. La casa era bastante grande para dos adultos y catorce niños, pero los gastos añadidos de los quintillizos hicieron imposible pagar la hipoteca. Así que Douglas, Elaine y Edward, Susan y Sarah, Peter, Thomas, Philip y Madeleine, los gemelos Ursula y Paul, y los  quintillizos Louise, Pamela, Helen, Samantha y Brigid se mudaron a una casa de vecinos en la ciudad… una casa de vecinos tenía una serie de condiciones legales para cualquier estructura que albergara más de dos familias, pero en lenguaje coloquial una casa de vecinos era una pocilga, como ésta. Ahora estaban rodeados de familias que tenían casi los mismos niños que ellos. Douglas se llevaba a veces papeles de la oficina a casa, se tapaba los oídos con algodones y pensaba que se volvería loco.
—No habrá peligro de que me vuelva loco si ya creo que estoy loco —se decía a sí mismo, y trataba de alegrarse. Después de todo, Elaine estaba otra vez tomando la píldora.
Pero se volvió a quedar embarazada. A estas alturas, los abuelos ya no se sentían tan encantados. Estaba claro que el número de retoños había disminuido la calidad de vida de Douglas y Elaine… la última cosa que los abuelos hubieran deseado. Douglas vivía con un ardiente resentimiento hacia el destino, y con el desesperado anhelo de que algo, algo desconocido y quizás imposible pudiera ocurrir, mientras veía a Elaine engordar día a día. ¿Serían otra vez quintillizos? ¿Incluso sextillizos? Terrorífico pensamiento. ¿Qué pasaba con la píldora? ¿Era Elaine alguna excepción en las leyes de la química? Douglas dio vueltas en su cabeza a la ambigua respuesta que el médico dio a la pregunta que le hizo al respecto. El médico había sido tan vago, y Douglas había olvidado no sólo las palabras del médico, sino incluso el sentido de lo que dijo. De todas formas, ¿quién podía pensar con todo aquel ruido? Enanos con pañales tocaban pequeños xilófonos y soplaban una variedad de bocinas y silbatos. Edward y Peter reñían sobre quién se montaría primero en el caballito mecedor. Todas las niñas estallaban en llanto por nada, esperando obtener la atención de su madre y el apoyo a sus causas. Philip era propenso a los cólicos. Todos los quintillizos estaban echando los dientes a la vez.
Esta vez fueron trillizos. ¡Increíble! Tres habitaciones del apartamento sólo tenían dentro cunas, más una cama individual en cada una de ellas, en las que dormían al menos dos niños. Con sólo que sus edades variasen un poco más, pensó Douglas, sería en cierto modo más tolerable, pero la mayoría de ellos todavía gateaban por el suelo, y al abrir la puerta principal se diría que uno entraba por error en una guardería. Pero no. Todos los diecisiete eran tarea suya. Los nuevos trillizos colgaban en un ingenioso parque suspendido, porque no había espacio en el suelo para ellos. Los alimentaban y les cambiaban sus pañales a través de los barrotes del parque, lo que hizo pensar a Douglas en un zoo.
Los fines de semana eran un infierno. Sus amigos ya no aceptaban sus invitaciones. ¿Y quién podía culparlos? Elaine tenía que pedirles a los invitados que estuvieran muy quietos, e incluso así, algo despertaba siempre a uno de los pequeños sobre las nueve de la noche, y entonces el lote entero empezaba a aullar, incluso los de siete y ocho años, que querían unirse a la fiesta. Así, su vida social llegó a ser cero, lo que no dejaba de estar bien, porque no tenían dinero para entretenimientos.
—Pero yo me siento realizada, querido —dijo Elaine una tarde de domingo, posando una tranquilizadora mano sobre la frente de Douglas, mientras él se sentaba enfrascado en papeles de la oficina.
Douglas, transpirando por los nervios, trabajaba en un pequeño rincón de lo que llamaban su salón. Elaine estaba a medio vestir, su estado habitual, porque en el acto de vestirse siempre había un niño que la interrumpía pidiendo algo, y además Elaine estaba amamantando aún a los recién llegados. De pronto, algo se rompió en Douglas, y se levantó y se encaminó al teléfono más cercano. Él y Elaine no tenían teléfono, y también tuvieron que vender su coche.
Douglas telefoneó a una clínica y preguntó por la vasectomía. Le dijeron que había una lista de espera de cuatro meses si quería la operación sin cargos. Douglas dijo que sí y dio su nombre. Entretanto, la castidad estuvo a la orden del día. Nada de apuros. ¡Dios santo! ¡Ya eran diecisiete! Douglas inclinó la cabeza en la oficina. Incluso los chistes se habían hecho reiterativos. Sintió que la gente sentía pena de él, y que evitaban el tema niños. Sólo Elaine era feliz. Parecía estar en otro mundo. Incluso comenzó a hablar como los niños. Douglas contaba los días hasta la operación. No iba a decirle nada a Elaine sobre ello, simplemente se la haría. Llamó una semana ante de la fecha para confirmarla, y le dijeron que tendría que esperar otros tres meses, porque la persona que le había dado cita se había equivocado.
Douglas colgó el teléfono con un golpe. No era la abstinencia el problema, sino la maldita fatalidad, sólo el fastidio de esperar otros tres meses. Tenía un miedo enfermizo de que Elaine pudiera queda embarazada una vez más pero por sus propios medios.
Ocurrió que lo primero que vio al entrar en el apartamento aquella tarde fue a la pequeña Ursula andando como un pato por aquí y por allá con sus calzones elásticos, empujando diligentemente un carrito en miniatura en el que estaba sentada una pequeña réplica de ella misma.
¡Mira qué bien! —gritó Douglas dirigiéndose a nadie—. ¡Ya es madre y apenas puede andar!
Sacó bruscamente la muñeca del carro de juguete y la arrojó por una ventana.
—¡Doug! ¿Qué te pasa?
Elaine se le acercó con rapidez y un pecho fuera, con el pequeño Charles adherido a él como una lamprea.
Douglas incrustó un pie en el lateral de una cuna, y luego agarró el caballito balancín y lo estampó contra la pared. De una patada, levantó por los aires la casita de una muñeca, y cuando cayó se derrumbó con un estrépito.
—¡Mamiii… mamiiii!
—¡Papi!
—Uuuuuu… uuuu.
—¡Bu-huuu-uu-uu-huu-uu! ―de media docena de gargantas.
Entonces el casero montó un jaleo con quince niños al menos gritando, más Elaine. El objetivo de Douglas eran los juguetes. Pelotas de todos los tamaños salieron a través de los cristales de las ventanas, seguidas de trompetas de plástico y pequeños pianos, coches y teléfonos, luego ositos de peluche, sonajeros, pistolas, espadas de goma y cerbatanas, chupadores y rompecabezas. Exprimió dos biberones preparados y rió con ojos de lunático mientras la leche salía a chorros de las tetinas. La expresión de Elaine cambió de la sorpresa al horror. Se asomó por una ventana rota y gritó.
A Douglas tuvieron que arrastrarlo lejos de un set de construcción Erector, al que estaba golpeando con la pesada base de un payaso tentetieso. Un médico le dio un golpe en el cuello que lo tumbó. Lo siguiente que Douglas supo fue que estaba en una celda acolchada quién sabe dónde. Pidió la vasectomía. En vez de eso, le trajeron una aguja. Cuando despertó, volvió a pedir la vasectomía. Su deseo fue satisfecho ese mismo día.
Entonces se sintió mejor, más tranquilo. Sin embargo, estaba lo suficientemente cuerdo como para advertir que, por así decirlo, había perdido la cabeza. Se daba cuenta de que no quería volver a trabajar, que no quería hacer nada. No quería ver a ninguno de sus amigos, a los que, de todas formas, sentía que había perdido. Especialmente, no quería seguir viviendo. Débilmente, recordó que tenía una alegre descendencia, por haber procreado diecisiete niños en bastante menos años. ¿O eran diecinueve? ¿O veintiocho? Había perdido la cuenta.
Elaine vino a verlo. ¿Estaba de nuevo embarazada? No. Imposible. Era sólo que estaba tan acostumbrado a verla embarazada. Parecía distante. Se sentía realizada, recordó Douglas.
—Haz el pino de nuevo. Ponlo todo boca abajo —dijo Douglas con una estúpida sonrisa.




viernes, 14 de septiembre de 2012

Patricia Highsmith / La perfecta señorita


Patricia Highsmith
BIOGRAFÍA
LA PERFECTA SEÑORITA


BIOGRAFÍA DE PATRICIA HIGHSMITH
Little Tales of Misogyny 

Theodora, o Thea como la llamaban, era la perfecta señorita desde que nació. Lo decían todos los que la habían visto desde los primeros meses de su vida, cuando la llevaban en un cochecito forrado de raso blanco. Dormía cuando debía dormir. Al despertar, sonreía a los extraños. Casi nunca mojaba los pañales. Fue facilísimo enseñarle las buenas costumbres higiénicas y aprendió a hablar extraordinariamente pronto. A continuación, aprendió a leer cuando apenas tenía dos años. Y siempre hizo gala de buenos modales. A los tres años empezó a hacer reverencias al ser presentada a la gente. Se lo enseñó su madre, naturalmente, pero Thea se desenvolvía en la etiqueta como un pato en el agua.
─Gracias, lo he pasado maravillosamente ─decía con locuacidad, a los cuatro años, inclinándose en una reverencia de despedida al salir de una fiesta infantil. Volvía a su casa con su vestido almidonado tan impecable como cuando se lo puso. Cuidaba muchísimo su pelo y sus uñas. Nunca estaba sucia, y cuando veía a otros niños corriendo y jugando, haciendo flanes de barro, cayéndose y pelándose las rodillas, pensaba que eran completamente idiotas. Thea era hija única. Otras madres más ajetreadas, con dos o tres vástagos que cuidar, alababan la obediencia y la limpieza de Thea, y eso le encantaba. Thea se complacía también con las alabanzas de su propia madre. Ella y su madre se adoraban.
Entre los contemporáneos de Thea, las pandillas empezaban a los ocho, nueve o diez años, si se puede usar la palabra pandilla para el grupo informal que recorría la urbanización en patines o bicicleta. Era una típica urbanización de clase media. Pero si un niño no participaba en las partidas de «póquer loco» que tenían lugar en el garaje de algunos de los padres, o en las correrías sin destino por las calles residenciales, ese niño no contaba. Thea no contaba, por lo que respecta a la pandilla.
─No me importa nada, porque no quiero ser uno de ellos ─les dijo a sus padres.
─Thea hace trampas en los juegos. Por eso no queremos que venga con nosotros ─dijo un niño de diez años en una de las clases de Historia del padre de Thea.
El padre de Thea, Ted, enseñaba en una escuela de la zona. Hacía mucho tiempo que sospechaba la verdad, pero había mantenido la boca cerrada, confiando en que la cosa mejorara. Thea era un misterio para él. ¿Cómo era posible que él, un hombre tan normal y laborioso, hubiese engendrado una mujer hecha y derecha?
─Las niñas nacen mujeres ─dijo Margot, la madre de Thea─. Los niños no nacen hombres. Tienen que aprender a serlo. Pero las niñas ya tienen un carácter de mujer.
─Pero eso no es tener carácter ─dijo Ted─. Eso es ser intrigante. El carácter se forma con el tiempo. Como un árbol.
Margot sonrió, tolerante, y Ted tuvo la impresión de que hablaba como un hombre de la edad de piedra, mientras que su mujer y su hija vivían en la era supersónica.
Al parecer, el principal objetivo en la vida de Thea era hacer desgraciados a sus contemporáneos. Había contado una mentira sobre otra niña, en relación con un niño, y la chiquilla había llorado y casi tuvo una depresión nerviosa. Ted no podía recordar los detalles, aunque sí había comprendido la historia cuando la oyó por primera vez, resumida por Margot. Thea había logrado echarle toda la culpa a la otra niña. Maquiavelo no lo hubiera hecho mejor.
─Lo que pasa es que ella no es una sinvergüenza ─dijo Margot─. Además, puede jugar con Craig, así que no está sola.
Craig tenía diez años y vivía tres casas más allá. Pero Ted no se dio cuenta al principio de que Craig estaba aislado, y por la misma razón. Una tarde, Ted observó cómo uno de los chicos de la urbanización hacía un gesto grosero, en ominoso silencio, al cruzarse con Craig por la acera.
─¡Gusano! ─respondió Craig inmediatamente.
Luego echó a correr, por si el chico lo perseguía, pero el otro se limitó a volverse y decir:
─¡Eres un mierda, igual que Thea!
No era la primera vez que Ted oía tales palabras en boca de los chicos, pero tampoco las oía con frecuencia y quedó impresionado.
─Pero, ¿qué hacen solos, Thea y Craig? ─le preguntó a su mujer.
─Oh, dan paseos. No sé ─dijo Margot─. Supongo que Craig está enamorado de ella.
Ted ya lo había pensado. Thea poseía una belleza de cromo que le garantizaría el éxito entre los muchachos cuando llegara a la adolescencia y, naturalmente, estaba empezando antes de tiempo. Ted no tenía ningún temor de que hiciera nada indecente, porque pertenecía al tipo de las provocativas y básicamente puritanas.
A lo que se dedicaban Thea y Craig por entonces era a observar la excavación de un refugio subterráneo con túnel y dos chimeneas en un solar a una milla de distancia aproximadamente. Thea y Craig iban allí en bicicleta, se ocultaban detrás de unos arbustos cercanos y espiaban riéndose por lo bajo. Más o menos una docena de los miembros de la pandilla estaban trabajando como peones, sacando cubos de tierra, recogiendo leña y preparando papas asadas con sal y mantequilla, punto culminante de todo esfuerzo, alrededor de las seis de la tarde. Thea y Craig tenían la intención de esperar hasta que la excavación y la decoración estuvieran terminadas y luego se proponían destruirlo todo.
Mientras tanto a Thea y a Craig se les ocurrió lo que ellos llamaban «un nuevo juego de pelota», que era su clave para decir una mala pasada. Enviaron una nota mecanografiada a la mayor bocazas de la escuela, Verónica, diciendo que una niña llamada Jennifer iba a dar una fiesta sorpresa por su cumpleaños en determinada fecha, y por favor, díselo a todo el mundo, pero no se lo digas a Jennifer. Supuestamente la carta era de la madre de Jennifer. Entonces Thea y Craig se escondieron detrás de los setos y observaron a sus compañeros del colegio presentándose en casa de Jennifer, algunos vestidos con sus mejores galas, casi todos llevando regalos, mientras Jennifer se sentía cada vez más violenta, de pie en la puerta de su casa, diciendo que ella no sabía nada de la fiesta. Como la familia de Jennifer tenía dinero, todos los chicos habían pensado pasar una tarde estupenda.
Cuando el túnel, la cueva, las chimeneas y las hornacinas para las velas estuvieron acabadas, Thea y Craig fingieron tener dolor de tripas un día, en sus respectivas casas, y no fueron al colegio. Por previo acuerdo se escaparon y se reunieron a las once de la mañana en sus bicicletas. Fueron al refugio y se pusieron a saltar al unísono sobre el techo del túnel hasta que se hundió. Entonces rompieron las chimeneas y esparcieron la leña tan cuidadosamente recogida. Incluso encontraron la reserva de papas y sal y la tiraron en el bosque. Luego regresaron a casa en sus bicicletas.
Dos días más tarde, un jueves que era día de clases, Craig fue encontrado a las cinco de la tarde detrás de unos olmos en el jardín de los Knobel, muerto a puñaladas que le atravesaban la garganta y el corazón. También tenía feas heridas en la cabeza, como si lo hubiesen golpeado repetidamente con piedras ásperas. Las medidas de las puñaladas demostraron que se habían utilizado por lo menos siete cuchillos diferentes.
Ted se quedó profundamente impresionado. Para entonces ya se había enterado de lo del túnel y las chimeneas destruidas. Todo el mundo sabía que Thea y Craig habían faltado al colegio el martes en que había sido destrozado el túnel. Todo el mundo sabía que Thea y Craig estaban constantemente juntos. Ted temía por la vida de su hija. La policía no pudo acusar de la muerte de Craig a ninguno de los miembros de la pandilla, y tampoco podían juzgar por asesinato u homicidio a todo un grupo. La investigación se cerró con una advertencia a todos los padres de los niños del colegio.
-Sólo porque Craig y yo faltáramos al colegio ese mismo día no quiere decir que fuésemos juntos a romper ese estúpido túnel -le dijo Thea a una amiga de su madre, que era madre de uno de los miembros de la pandilla. Thea mentía como un consumado bribón. A un adulto le resultaba difícil desmentirla.
Así que para Thea la edad de las pandillas ─a su modo─ terminó con la muerte de Craig. Luego vinieron los novios y el coqueteo, oportunidades de traiciones y de intrigas, y un constante río, siempre cambiante, de jóvenes entre dieciséis y veinte años, algunos de los cuales no le duraron más de cinco días.
Dejemos a Thea a los quince años, sentada frente a un espejo, acicalándose. Se siente especialmente feliz esta noche porque su más próxima rival, una chica llamada Elizabeth, acaba de tener un accidente de coche y se ha roto la nariz y la mandíbula y sufre lesiones en un ojo, por lo que ya no volverá a ser la misma. Se acerca el verano, con todos esos bailes en las terrazas y fiestas en las piscinas. Incluso corre el rumor de que Elizabeth tendrá que ponerse la dentadura inferior postiza, de tantos dientes como se rompió, pero la lesión del ojo debe ser lo más visible. En cambio Thea escapará a todas las catástrofes. Hay una divinidad que protege a las perfectas señoritas como Thea.