Mostrando entradas con la etiqueta Jonny Ruzzo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jonny Ruzzo. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de septiembre de 2022

Salinger / En el bote

Ilustración de Jonny Ruzzo



J.D. Salinger
En el bote



    Era un poco más de las cuatro de la tarde de un veranillo de San Martín. Unas quince o veinte veces, desde el mediodía, Sandra, la criada, se había apartado de la ventana de la cocina que daba al lago, con la boca apretada en un gesto de disgusto. Esta última vez, al apartarse, ataba y desataba distraídamente las cintas de su delantal, aprovechando el escaso juego que le permitía su enorme cintura. Después regresó a la mesa esmaltada y depositó su cuerpo gallardamente uniformado en la silla que estaba frente a la señora Snell. La señora Snell había terminado la limpieza y el planchado y tomaba su habitual taza de té antes de dirigirse a pie por la acera hasta la parada del autobús. La señora Snell tenía el sombrero puesto. Era el mismo e interesante sombrero de fieltro negro que había usado, no sólo durante todo el verano pasado, sino en los últimos tres veranos, pasando por olas monstruosas de calor, transformaciones del sistema de vida, docenas de tablas de planchar y timones de innumerables aspiradoras. Aún tenía dentro la etiqueta de Hattie Carnegie, gastada pero (podríamos decir) invicta.

lunes, 5 de septiembre de 2022

Salinger / El periodo azul de Daumier-Smith

Ilustración de Jonny Ruzzo



J.D. Salinger
EL PERÍODO AZUL DE DAUMIER-SMITH
Traducción de Marcelo Berri

Mi padre y mi madre se divorciaron durante el invierno de 1928, cuando yo tenía ocho años, y mi madre se casó con Bobby Agadganian a fines de esa primavera. Un año más tarde, en el desastre de Wall Street, Bobby perdió todo lo que tenían él y mamá, excepto, al parecer, una varita mágica. De todos modos, prácticamente de la noche a la mañana, Bobby se transformó de difunto comisionista de bolsa y bon vivant incapacitado, en un tasador vivaz, si bien algo falto de conocimientos, de una sociedad norteamericana de galerías y museos de arte independiente. Unas semanas más tarde, a principios de 1930, nuestro terceto algo heterogéneo se trasladó de Nueva York a París, más conveniente para el nuevo comercio de Bobby. Yo tenía a los diez años un carácter frío, por no decir glacial, y tomé la gran mudanza, por lo que recuerdo, sin ninguna clase de traumas. La mudanza de vuelta a Nueva York, nueve años después, a tres meses de la muerte de mi madre, fue lo que me sacudió, y de un modo terrible.

Salinger / Teddy

Ilustración de Jonny Ruzzo


J.D. Salinger
TEDDY



-El día exquisito te lo voy a dar a ti, amiguito, si no te bajas enseguida de esa valija. Y no estoy bromeando -dijo el señor McArdle. Hablaba desde la cama gemela que estaba más lejos del ojo de buey. Furiosamente, con un suspiro que era casi un lamento, se quitó la sábana de los tobillos con un puntapié, como si su cuerpo debilitado y quemado por el sol no tolerara de pronto ni siquiera el peso de la tela. Estaba de espaldas, con nada más que los pantalones de pijama y un cigarrillo encendido en una mano. Tenía la cabeza erguida, lo bastante como para apoyarla en forma incómoda, casi masoquista, contra la base misma del respaldo de la cama. La almohada y el cenicero estaban en el suelo, entre su cama y la de la mujer. Sin levantarse, extendió el brazo derecho desnudo, de un rosa inflamado, y desparramó las cenizas en la dirección general de la mesita de luz.

Salinger / El tío Wiggily en Connecticut

 

Ilustración de Jonny Ruzzo


J.D. Salinger
El tío Wiggily en Connecticut




    Eran casi las tres cuando Mary Jane encontró por fin la casa de Eloise. Le contó a Eloise, quien había salido a la puerta a recibirla, que todo había resultado perfecto, que se había acordado exactamente del camino hasta que dejó la autopista de Merrick. Eloise dijo «Autopista Merritt, nena», y le recordó que en dos oportunidades anteriores ya había encontrado la casa; pero Mary Jane se limitó a gemir algo en forma ambigua, algoreferente a su caja de Kleenex , y corrió otra vez hacia su descapotable. Eloise levantó el cuello de su abrigo de pelo de camello, se puso de espaldas al viento y esperó. Mary Jane volvió en seguida, usando un Kleenex y todavía con aire de estar preocupada, incluso angustiada. Eloise dijo alegremente que se había quemado todo —las mollejas, todo— pero Mary Jane dijo que de todas maneras había comido en el camino. Mientras las dos caminaban hacia la casa, Eloise preguntó a Mary Jane por qué le habían dado el día libre. Mary Jane dijo que no tenía todo el día libre, sino que el señor Weyinburg se había herniado y se había quedado en su casa de Larchmont, y todas las tardes ella debía llevarle la correspondencia y traer alguna que otra carta para despachar. Le preguntó a Eloise:

domingo, 6 de julio de 2014

Salinger / Un día perfecto para el pez plátano

 

J.D. Salinger

UN DÍA PERFECTO 

PARA EL PEZ PLÁTANO

Salinger / A Perfect Day for Bananafish


En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.