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jueves, 8 de agosto de 2019

Cinco novelas para conocer mejor a Toni Morrison


Cinco novelas para conocer mejor a Toni Morrison

La premio Nobel ha dejado constancia en sus obras de la dureza de la vida de los afroamericanos


6 de agosto de 2019



OJOS AZULES (1970). La alienación de los afroamericanos en relación a la cultura blanca quedó perfectamente reflejada en esta novela-fabula situada en los años 40 en la que una niña de color de unos 11 años, que desea parecerse a Shirley Temple, acude a un curandero que la convencerá de que sus ojos son ahora azules. 



LA CANCIÓN DE SALOMÓN (1977). Una saga familiar que se inicia con un hombre de negocios que oculta sus orígenes negros para integrarse en la sociedad. Sus descendientes, más conscientes de su identidad, harán el camino contrario, luchando contra la violencia de los blancos en los Estados Unidos de los transformadores años 60.



BELOVED (1989). Una de las novelas más crudas y terribles de la autora. También la mejor considerada. El fantasma de una niña muerta, a la que su madre, una esclava fugitiva, asesinó para que la pequeña no siguiera su camino. Está dedicada a los 60 millones o más de esclavos negros que murieron víctimas de la trata.

JAZZ (1992). Una pareja llega al Harlem neoyorquino de los años 20 desde los campos de trabajo para formar una nueva vida, pero la violencia de la gran ciudad los atrapará en un torbellino del que también formará parte la joven amante del hombre, en un triángulo amoroso que acabará estallando. 

VOLVER (2012). En los años 50, un veterano negro de la guerra de Corea regresa a su hogar para comprobar que el haber luchado por su país no le va a ayudar en nada a la hora de integrarse en la ciudad a la que pertenece y donde vive su hermana. Está dedicada a su hijo Slade, que falleció de cáncer.

DE OTROS MUNDOS
Cinco novelas para conocer mejor a Toni Morrison
Toni Morrison / Fragmentos

DRAGON
The big novels of 2012
The 100 best novels / No 89 / Songs of Solomon by Toni Morrison (1977)
My hero / Toni Morrison by Marlon James
Toni Morrison / Tha national novelist, the conscience of America
Obituaries / Toni Morrison

MESTER DE BREVERÍA
Toni Morrison / Mujer rodeada de pájaros

miércoles, 27 de febrero de 2019

Don Winslow / La frontera / Fragmento



Don Winslow


LA FRONTERA

Fragmento


Keller sale sudando del metro en Dupont Circle.
El verano en Washington suele ser caluroso, húmedo y agobiante. Las camisas y las flores se marchitan, las energías y las ambiciones decaen y las tardes abrasadoras dan paso a noches pegajosas que apenas traen algún alivio. A Keller, el calor le recuerda que la capital de la nación se construyó sobre un pantano drenado y que, según se cuenta, el bueno de George eligió esa ubicación para salvarse de una inversión inmobiliaria poco afortunada.
El verano ha sido feo en todas partes.

jueves, 18 de mayo de 2017

Louise Bourgeois / La niña que no entendía el mundo

Louise Bourgeois

EL CREADOR EN SU GUARIDA 
LOUISE BOURGEOIS
LA GRAN DAMA DE LA IMAGINACIÓN VISUAL

La niña que no entendía el mundo


Eduardo Lago
18 de mayo de 2008



Testigo y protagonista del devenir artístico del siglo XX, la incansable niña de 96 años Louise Bourgeois (París, 1911) recibe algunos domingos, en su casa de Nueva York, a un selecto grupo de seguidores. Éste es uno de esos domingos.

La casa, el jardín, las escaleras, todo tiene un aire de decrepitud. La artista se limita a clavar su mirada en quien le habla. Chelsea, Manhattan, Nueva York, domingo, unos minutos antes de las tres de la tarde. Un grupo de unas 12 personas aguarda en las escaleras de un viejo brownstone. Louise Bourgeois, una de las artistas esenciales del siglo XX, está a punto de dar comienzo a su célebre salón. A las tres en punto, una mujer que lleva el pelo cortado a lo garçon abre la puerta y pide a los invitados que la sigan hasta una sala en penumbra que da a un jardín. La artista, de 96 años de edad, aguarda sentada delante de una mesa. Su postura hierática hace pensar en sus esfinges talladas en mármol. Robert Storr, el prestigioso profesor de Yale, uno de los mejores conocedores de su obra, explica el ritual a seguir en el salón.
No es fácil resumir el universo de Louise Bourgeois. La ritualización de traumas infantiles, como el abandono por parte de su padre y la exploración de los abismos de la sexualidad, son sólo dos aspectos. Robert Mapplethorpe atrapó su enigmática personalidad en una foto en la que la artista, con el rostro acuchillado por las arrugas, sonríe mientras sostiene bajo el brazo una escultura que reproduce la forma de un falo de gran tamaño. Otras tallas igualmente impactantes son los híbridos de felino y mujer, dotadas de numerosos pechos, los miembros ortopédicos, las pesadillas arquitectónicas, las celdas donde los objetos cotidianos adquieren significados siniestros.
Pese a lo inquietante de estos símbolos, el mundo al que remiten no es necesariamente ominoso. Se trata más bien de señales que tratan de orientar a quienes se sienten perdidos en zonas de la experiencia para las que no hay un nombre definido. Uno de sus iconos más reconocibles son las arañas, que pueden alcanzar 10 metros de altura. El espacio que se abre entre sus patas gigantescas se configura como un entorno protector.


Las formas creadas por la imaginación visual de Louise Bourgeois se cuelan por entre las grietas de nuestra percepción, magnificando nuestras angustias más profundas. Sus escritos nos ayudan a acercarnos a los límites de su conciencia desgarrada. "En realidad", leemos en su diario, "nunca he dejado de ser una niña incapaz de entender el mundo, aunque jamás he encontrado a nadie lo suficientemente fuerte como para aceptarlo". Sólo que el mundo no se deja atrapar, no ofrece consuelo ni significado, y la única opción que le queda a la artista es disolver su biografía. "No tengo vida propia, mi autobiografía son mis obras".
Louise Joséphine Bourgeois nació en París el día de Navidad de 1911. Cuando tenía ocho años, sus padres adquirieron una propiedad a orillas del Biévre, río de aguas ricas en taninos, muy apreciadas para teñir telas para tapices. Los primeros en ver florecer su capacidad artística fueron maestros tapiceros. Ellos le encargaron sus primeros dibujos, cuando tenía apenas 12 años de edad. Se formó acudiendo a diversos estudios y academias de París. A los 28 años contrajo matrimonio con Robert Goldwater, conocido historiador del arte, y se trasladó a Nueva York con carácter permanente. Louise Bourgeois se sumergió de lleno en el mundo artístico de la ciudad.
Entre sus amigos figurarían nombres como Clement Greenberg, Leo Castelli, Peggy Guggenheim, Pierre Matisse, John Cage, Willem de Kooning, Franz Kline, Mark Rothko, Marcel Duchamp, Max Ernst, Giacometti, Yves Tanguy, Le Corbusier o Joan Miró, la historia viva del arte del siglo XX. Fue la primera mujer a la que el MoMA dedicó una retrospectiva.
Los invitados se van acomodando en sus lugares. Brigitte, la mujer que les abrió la puerta, les cuenta que la artista siente una gran simpatía por Barack Obama. En una mesa baja hay bombones y licores que nadie toca. Las paredes están llenas de recuerdos artísticos y testimonios fotográficos. La casa, el salón, el jardín, las escaleras, todo tiene un aire de decrepitud. Louise Bourgeois está sentada delante de una mesa. Lleva un gorro frigio, de color blanco, sayo gris, y un grueso arete de oro en la oreja izquierda. Se cubre el regazo con una manta roja. Su cuerpo es frágil y menudo. Su piel ha adquirido una transparencia que borra las arrugas. Más que una anciana parece una niña. Los ojos son dos ranuras finísimas, la boca parece un trazo de carbón.


Uno a uno, los asistentes se van acercando a la mesa desde la que la artista preside el salón para explicarle la razón por la que están allí. Alguien ha venido de París sólo para mostrarle unas fotos que ha sacado de la casa de campo donde la artista aprendió los rudimentos de su arte; una mujer le recita un poema porque hoy es el día de la madre; otra le muestra fotos de una carretera que pintó dejando que unos cubitos de pintura helada se fueran derritiendo al sol.
Joy, una chica muy joven, de rasgos orientales, le entrega un ramo de narcisos. Está tan emocionada que sólo es capaz de decir gracias. Louise Bourgeois se limita a clavar su mirada en quien le habla. Su cuerpo está allí, pero su alma sólo a medias. Tal vez le ocurra lo mismo que a su amigo Willem de Kooning. Cuando lo ponían delante del lienzo, su alzhéimer se aquietaba, y pintaba con una pureza desconocida porque lo hacía desde el otro lado de la vida. Alguien lee una fábula protagonizada por una mosca. Una profesora de literatura que se acaba de jubilar despliega unas láminas llenas de trazos abigarrados. Son obras literarias microscópicamente condensadas: El ser y la nada, de Sartre; el Infierno de Dante; una carta en un idioma inventado, cuya caligrafía remeda el alfabeto árabe. Intrigado, Robert Storr pide que le traigan una lupa. Es cierto, dice, tras examinar cuidadosamente una de las láminas, y le pasa la lente de aumento a la artista, que escruta el texto con la misma minuciosidad con que estudia los rostros de quienes han venido a verla. Anne, una mujer polaca que vive en Berlín y ha cogido un avión sólo para pasar unos minutos frente a ella, desnuda su alma como si no hubiera nadie más en la habitación.
Los ojos de Louise Bourgeois se abren levemente, como almendras cansadas. Nada existe cuando estás delante de ella. El universo se detiene para que la artista entienda qué haces tú allí. Nicole, una chica de Nueva Jersey, le regala una cebra diminuta, tallada en madera, que tiene una pierna humana. Louise Bourgeois sonríe, la única vez en toda la tarde, descubriendo unos dientes muy largos, y hace un comentario elogioso, pero enseguida vuelve a sellar su rostro. "Creo que esto es todo", dice Storr, pero la artista está mirando en mi dirección.
Le digo que he vivido durante 10 años en la misma calle que ella, que en mi novela hay una descripción imaginaria de su salón, en el que nunca había estado hasta hoy, que uno de los personajes es ella, sólo que con otro apellido. Quiere saber cuál. Lamarque, contesto. A las cuatro y veinte llega su hijo Jean Louis con su mujer. Es alto, y tiene el pelo muy largo, recogido en una coleta. Le trae un regalo por ser el Día de la Madre, dos paquetes de tapioca. Al igual que el resto de los objetos depositados en su mesa a lo largo de la tarde, caen en el vacío sin dejar huella, como los minutos de un reloj.
Nos indican que la artista está cansada y se quiere retirar. Durante años, la gente acudía a su salón para escucharla, pero su regalo de hoy ha sido el silencio. Seguramente, es el mejor recuerdo que nos podíamos llevar. Como ella misma escribió en su diario, "la tarea primordial de todo artista es alcanzar la perfección del silencio".
Eduardo Lago es escritor y dirige el Instituto Cervantes de Nueva York.
* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 18 de mayo de 2008


viernes, 3 de noviembre de 2006

Extranjeros en su propia casa


Extranjeros en su propia casa

Octavi Marti
3 de noviembre de 2006

"¡Qué horror! ¡Que una mano blanca y hermosa haya podido fabricar esa negrura!". Es un comentario indignado, escrito en 1800, a la pintura que ilustra esta crónica. ¿Por qué de la indignación? Sencillamente, porque la pintora Marie-Guillemine Benoist retrata a una mujer negra como un modelo de belleza y no lo hace desde el exotismo o el interés antropológico. Además, la artista, por ser mujer, está sometida a una exigencia suplementaria de recato que se contradice con la serena y sin embargo desafiante exposición de un cuerpo desnudo; y también indigna que la pintora, siendo blanca, nunca debiera presentar a una negra como a una igual.


Portraits publics, portraits privés se expone hasta el 8 de enero en el Grand Palais de París -luego va a Londres y después a Nueva York- , en una muestra dedicada a explicar cómo cambia de sentido un arte -el del retrato- entre 1770 y 1830, es decir, cuando los EE UU se proclaman independientes, los franceses le cortan la cabeza al rey, abolen la esclavitud y, de la mano de Bonaparte, lanzan el fantasma de la Revolución a recorrer Europa.
Una mujer que pinta a finales del XVIII y una mujer negra que accede a la ciudadanía o, mejor dicho, a la categoría de ser humano, son personas que han de sentirse "extranjeras en su casa". Es el título de otra exposición pariense, en este caso en el Louvre, concebida por la escritora y premio Nobel Toni Morrison, y que durará hasta el 15 de enero. Morrison es también mujer y negra. Afro-americana, tal y como ella prefiere autodenominarse. Extranjera en tanto que "afro", en su casa porque "americana". A Morrison le han pedido que desarrolle el tema que ella ha elegido, la idea de Foreigner's home, a partir de las colecciones del Louvre. En esa tarea de proponer una visita personal, la escritora ha sido precedida por el jurista Robert Badinter, que se interesó por la representación de la prisión a lo largo de los siglos; por el cineasta Peter Greenaway, que se centró en las nubes, cambiantes y extrañamente significativas -cielos amenazantes, amaneceres prometedores, calmas y tempestades-; por el filósofo Jacques Derrida y su curiosidad por el dibujo que habla del hecho mismo de dibujar, y será seguida por el pintor Anselm Kiefer y el músico Pierre Boulez.
Toni Morrison arranca su reflexión a partir de una tela célebre de Géricault, Le Radeau de la Méduse, que remite a un escándalo político -la incompetencia militar de la restauración monárquica- y a un drama humano. A la novelista la fascina la figura del hombre de color en la que se concentran todas las miradas, las de los espectadores pero también las de los protagonistas de la tela, unos náufragos desesperados que delegan sus escasas posibilidades de supervivencia en ese negro que agita un trapo rojo para reclamar atención y socorro del navío que se perfila en el horizonte.
El Louvre ofrece muchas posibilidades a quien quiere saber más de cómo uno puede ser o sentirse extranjero en su propia casa. En la Grecia antigua, en Egipto o en Asiria. En la calle, en el día a día, la sociedad francesa exige que la "otredad" -religiosa, étnica, cultural, sexual- quede circunscrita a la esfera privada. En la pública todos los ciudadanos son -o eran- iguales. La escuela, la vida laboral y política y el servicio militar servían para fabricar franceses, relegando las diferencias a la intimidad del hogar o del espíritu. Hoy la maquinaria integradora no funciona. Sarkozy habla de incorporar la "discriminación positiva", pero Toni Morrison, invitando al Louvre documentales sobre las llamadas black-divas -cantantes de ópera negras que fueron aceptadas antes en Europa que en EE UU- evidencia hasta qué punto esa famosa "discriminación positiva" puede ser un paso atrás.

El filósofo George Steiner pretende que "el hombre no tiene raíces, sino piernas" pero la historia de la humanidad se cuenta a partir de las mil formas, más o menos dramáticas, que acompañan el sentirse extraño o extranjero. La tolerancia respecto al "otro" acostumbra a ir acompañada de menosprecio e ignorancia: os dejamos existir tal y como sois pero nunca os consideraremos como nuestros iguales. El discurso multiculturalista o es eso, o es un elogio de la fusión de estupideces: Gran Hermano para todos pero cada cual con su bandera. La realidad multicultural ha existido siempre pero conlleva esfuerzo y violencia.
Morrison ha pedido al Louvre que invite ejemplos de supervivientes a ese esfuerzo y violencia: las citadas black-divas, al cineasta negro Charles Burnett, al coreógrafo William Forsythe, o a otros escritores, como Michael Ondaatje o Assia Djebar. Al final, acompañada de todos sus amigos, convierte el Louvre en su propia casa y nos enseña cómo hacérnosla nuestra.Benoist retrata a una mujer negra como un modelo de belleza y no desde el exotismo
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de noviembre de 2006