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jueves, 24 de marzo de 2022

Liudmila Petrushévskaia, la gran escritora rusa, cumple 80 años

 

Liudmila Petrushévskaia


Liudmila Petrushévskaia, la gran escritora rusa, cumple 80 años

CULTURA
26 MAYO 2018
ALEXANDRA GÚZEVA


Esta mujer suele llevar extraños sombreros además de escribir una prosa sincera y de montar espectáculos de cabaret.

En una ocasión el Financial Times se refirió a ella como “la última escritora de Rusia”, mientras que el  The New York Times Book Review la considera como “una de las mejores y más queridas autoras contemporáneas”. Escritora, autora de teatro, poeta, pintora y cantante –tiene muchos talentos– Liudmila Petrushévskaia celebra su 80 cumpleaños el 26 de mayo.

lunes, 21 de marzo de 2022

Doce escritoras rusas contemporáneas

 


Doce escritoras rusas contemporáneas 


Durante el siglo XIX y gran parte del XX las mujeres que escribían estuvieron a la sombra de los hombres. Actualmente hay muchas autoras muy reconocidas.

Alexandra Gúzeva
1 de febrero de 2020

1. Liudmila Ulítskaia

Se trata de una de las escritoras contemporáneas rusas mejor valoradas. Es una continuadora de la tradición de la novela decimonónica rusa. En sus obras narra la vida de varias generaciones de la misma familia, con los acontecimientos históricos como telón de fondo. Además le interesa cómo influye la política en el destino y la vida de las personas.

Recomendamos leer Daniel Stein, intérprete, ya que está traducida al español.

Aquí contamos por qué Ulítskaia se merece el Premio Nobel de literatura. 

2. Liudmila Petrsushévskaia

Se trata de una mujer orquesta. Petrushévskaia, que tiene casi 80 años, canta y organiza su propio espectáculo de cabaret. Además le encanta llevar excéntricos sombreros, escribe guiones de cuentos y de espectáculos.

Una de sus obras más famosas es Tiempo de noche. Se trata de una sincera muestra sobre la vida de las mujeres al final de la época soviética: un periodo lleno de horrores domésticos, recuerdos sobre la vergüenza que producían las primeras experiencias sexuales y en la que no había espacios propios.

Además, Petrushévskaia cuenta con varios volúmenes de cuentos llenos de horror y diversión sobre la familia y una divertida autobiografía sobre su infancia en la URSS, titulada Pequeña chica del Metropol.

En español destaca el libros de relatos Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina(Atalanta), traducido por Fernando Otero.

3. Guzel Yájina

Zuleijá abre los ojos, la novela con la que debutó en 2015 esta autora con raíces tártaras, fue todo un acontecimiento en el panorama literario ruso. Recibió varios premios y tuvo una gran tirada. Narra la cruda historia de una chica musulmana cuya familia es “deskulakizada” y enviada a un campo de trabajo estalinista. Se ha grabado una serie basada en la novela. Está publicada en España por Acantilado y traducida por Jorge Ferrer.

Hace no mucho se publicó en Rusia su segunda novela Mis niños, acerca de los alemanes del Volga y también se desarrolla durante la época de Stalin. Antes de la publicación en Rusia, varias editoriales extranjeras se pusieron a la cola para comprar los derechos de la traducción. Si lo que quieres es una trama conmovedora con un marcado acento étnico, las novelas de Yájina son para ti.

4. Alisa Ganíeva

La joven escritora de Daguestán escribe con madurez sobre cómo se compagina la contemporaneidad con las tradiciones caucásicas. El modo de vida de los jóvenes, las bodas y los arreglos matrimoniales, sobre estas cuestiones escribe la autora con un marcado colorido.

Ganíeva debutó con el pseudónimo masculino de Gulla Jirachiov con la historia Salam, Dalmat, que describe un día en la vida de un joven de Majachkalá. Nadie podía imaginar que una chica podía escribir un relato tan potente y veraz sobre el mundo masculino. Desde entonces ya se han traducido varias obras suyas a otras lenguas y es una invitada habitual a las ferias literarias en todo el mundo.

Su novela La montaña festiva (Turner libros) ha sido traducida por Marta Rebón.

5. Anna Starobinets

La llaman “el Stephen King ruso” y “la reina del horror”. Su mezcla de historias para adolescentes y de miedo es poco habitual para la literatura rusa contemporánea.

En Una edad difícil (Nevsky, traducido por Raquel Marqués García) trata sobre un chico al que la reina de las hormigas le ha secuestrado el cerebro y el cuerpo esclaviza la reina de las hormigas y quiere conquistar el mundo con su ayuda. Para Starobinets el horror tiene un aire de mística, de fantasía, incluso de fantasía antiutópica, como por ejemplo, en la novela Los vivos, que entró en la short-list del premio Bestseller Nacional.

6. Tatiana Tólstoi

La primera novela de este lejana descendiente de Lev Tolstói fue un auténtico éxito. La antiutopía Kis muestra un mundo tras el apocalipsis lleno de gente deforme y criaturas extrañas. Pareciera incluso que casi han olvidado el habla.

Y aunque tras esta obra Tolstói no ha publicado grandes novelas sí que han salido ensayos y libros de relatos, que han tenido mucho éxito y se han traducido a muchas lenguas. Cada relato cubre una vida entera y tratan de recuerdos de la guerra y amor, con un lenguaje muy expresivo, lleno de metáforas.

En español se han publicado Sonámbulo en la niebla Fuego y polvo

7. Mariam Petrosián

Netflix o HBO podría hacer una serie de éxito con el libro La casa de los otros, que se desarrolla en un internado para niños inválidos en el que se han borrado las fronteras entre el mundo real y el de fantasía. ¡Como si fuera un nuevo Hogwarts!

La historia surgió de los cuentos de ciencia ficción que la autora escribió en sus cuadernos de escuela. La casa de los otros es un best-seller que se ha sido traducido a diez idiomas y ha ganado varios premios literarios.

El escritor y comediante británico Stephen Fry dijo de ella que es uno de los escritores más interesantes de la “era Putin”.

En España ha sido traducido publicado por Edhasa Miy traducido por Xenia Dyakonova.

8. Dina Rúbina

En sus novelas te puedes sumergir en el colorido mundo oriental de Taskhent y Jerusalem, trasladarte a la calurosa España, caminar por San Petersburgo y Moscú y en ocasiones encontrarte en medio de un lugar judío ucraniano de la posguerra.

Los protagonistas de las novelas de Rúbina siempre son siempre personas poco convencionales: espías, artistas y embaucadores. Sus tramas son siempre intrincadas y su lenguaje, musical, lleno de exuberantes descripciones. Todavía no ha sido traducida el español, aunque recomendamos las siguientes obras: En el lado soleado de la calle (На солнечной стороне улицы), En la calle Vérjiaia Maslovka (На Верхней Масловке), Ahí va el Mesías (Вот идет Мессия), La paloma blanca de Córdoba (Белая Голубка Кордовы) y El Canario ruso (Русская Канарейка).

9. Olga Slavinikova

Todas las novelas de esta escritora son diferentes, incluso en género. Por ejemplo, 2017, es una antiutopía con una catástrofe ecológica, un género tan querido por los autores rusos, en la que hay una sangrienta guerra civil con paisajes postapocalípticos. En otras obras aparecen claros trazos de realismo mágico. En el libro Inmortales, la mujer y la hija de un hombre paralizado crean para él una nueva realidad y le esconden que la URSS se ha desmoronado. En su última novela El largo salto trata de un atleta, que tiene la capacidad para desaparecer y puede ascender por el aire.

10. Elena Chizhova

La traducción alemana de El tiempo sin ventanas ( De libros, Yulia Dobrovolskaia y José María Muñoz) se titula La silenciosa fuerza de las mujeres, y recoge con más claridad la  esencia de la novela. Las mujeres (incluso las enclenques bábushkas ) son capaces de soportar muchas cosas, y cuando coinciden, resulta que han vivido y sobrevivido a tantas  cosas, es poco probable que la mayoría de los hombres lo podrían soportar. Pero callan y llevan su cruz en silencio.

El carácter de las mujeres está muy bien descrito en las novelas de Chizova. La autora presta especial atención a la época soviética: la vida durante la Revolución, la guerra civil y la Segunda Guerra Mundial, los años de la posguerra, como por ejemplo El pequeño Chajes. En sus obras se “pinta” con detalle su Leningrado natal. Su trabajo más reciente, Ciudad escrita de memoria es un homenaje a la ciudad, en el que cuenta la historia de su familia y recuerda su infancia.

11. Marina Stepnova

Filóloga de formación, Stepnova creció en una familia de médicos y ella fue cuidadora de enfermos. Quizá por eso disecciona el alma humana de manera quirúrgica, al igual que sus ilustres predecesores, Antón Chéjov y Mijaíl Bulgákov. Su primera novela, acertadamente titulada El cirujano, ha sido comparada con El perfume de Patrick Suskind.

La obra más conocida de Stepnova, Las mujeres de Lázaro, detalla el amor de un hombre por tres mujeres de diferentes generaciones y destinos, y lo lejos que está dispuesto a llegar por este amor que todo lo abarca.

Sus obras no han sido publicadas todavía en español.

12. Ksenia Buksha

La novela más famosa de Buska Fábrica: ‘Libertad’ se desarrolla en la URSS, al igual que ocurre con muchos autores jóvenes. En 2014, nada más cumplir los 30, obtuvo el prestigioso galardón Bestseller Nacional y recientemente se ha traducido al inglés.

En la novela, Buksha aborda los primeros años de formación del poder soviético a través de una serie de monólogos de trabajadores de una fábrica de Petrogrado. La autora mezcla con maestría una fina prosa con la forma de hablar de la época y crea un libro que podría decirse que es una “novela "industrial”.

Buksha también escribe poemas y cuentos. Además, ha publicado una biografía del artista Kazimir Malévich en la popular serie rusa Vida de personas extraordinarias.


RUSSIA BEYOND




Las mujeres conquistan el Olimpo literario ruso

 

Liudmila Ulítskaya

Las mujeres conquistan el Olimpo literario ruso

CULTURA
03 ENERO 2013
PHOEBE TAPLIN
RUSIA HOY


Autoras consagradas como Liudmila Ulítskaya jóvenes como Irina Bogatyreva se asientan en el panorama literario ruso, tradicionalmente poblado de hombres.

El mes pasado el premio Russian Booker anunció su lista de candidatos para este año. No sorprendió a nadie que tres de los seis finalistas fuesen mujeres: en la actualidad la mitad de los libros publicados están escritos por ellas y los editores aseguran que en muchas ocasiones venden más que sus colegas hombres. 

sábado, 19 de marzo de 2022

Liudmila Petrushévskaia / Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina / Humanismo de sueño y muerte


Liudmila Petrushévskaia

ÉRASE UNA VEZ UNA MUJER QUE QUERÍA MATAR AL BEBÉ DE SU VECINA, LIUDMILA PETRUSHÉVSKAIA: HUMANISMO DE SUEÑO Y MUERTE


Francisco Martínez Hidalgo
14 de septiembre de 2012



Cualquier lector que se acerque con asiduidad a los títulos de Atalanta sabe que se enfrenta a una caja de sorpresas. Entre las páginas de portada y contraportada se esconden historias inquietantes de plumas poco pródigas en el sistema literario español. Quizás por eso sus libros me llaman tanto la atención. Para mí son como un ventanuco desde el que asomarme a otros mundos. Una oportunidad fugaz de acercarme a experiencias literarias que ningún otro proyecto editorial será capaz de aportarme. Ahora depende de cada uno la dosis de esa experiencia que necesite. Yo, lo confieso sin pudor, soy de los adictos.

Por necesidad llegué hasta Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina (Atalanta, 2011). Lo elegí sin mirar. Al azar entre todos los de Atalanta que todavía me quedan pendientes. No conocía a Liudmila Petrushévskaia (Moscú, 1938), ni sabía que había sido galardonada en 2010 con el Premio Mundial de Fantasía por esta colección de relatos. Tampoco me importó. Ahora que lo cerré, pienso que hay algo en estos diecinueve relatos que no me encaja. Un je ne sais quoi latente y machacón que me conmueve e inquieta. La sensación de que, tras todas estas historias de sueño y muerte, se oculta un mensaje de fondo del que apenas alcanzo a oír un ligero rumor.
Mentalmente, intentando saber qué es ese algo, hago repaso de los relatos que más han llamado mi atención. Me acuerdo sobre todo de “Los nuevos Robinson”, en el que el hijo de un prócer del régimen soviético inicia un camino de huida y renuncia, nada quiere poseer sino su libertad: para protegerla, renunciará a todo lo demás, independientemente de su presunto valor o importancia. Recuerdo también “El milagro, que trata sobre cómo una madre angustiada por el porvenir de su hijo hará de todo para asegurar su futuro y prosperidad, aun siendo éste un sátrapa miserable, introduciéndose en un proceso de cambio que sólo al final se desvelará de autodescubrimiento. O resalto asimismo “La casa de la fuente”: un padre desesperado por la presunta muerte de su hija, recurre a los más extraños hábitos para demostrarles a los demás que todavía sigue viva.
La amenaza de la muerte está en todos estos relatos impregnada como una gran fuerza. La muerte sobrevenida inesperadamente. La muerte del suicida que se quita la vida atado a una lámpara o a una viga. La muerte en vida del sufriente o del sacrificado, de aquel que se ata la vida de los demás a las espaldas renunciando a la suya.
Este pensamiento me trae a la memoria otros relatos de similar pelaje. Como los dos últimos con los que se cierra el libro. “El testamento del anciano monje” tiene por protagonista a un monje miserable y harapiento quien, con su actitud y ejemplo, a través de su propia muerte, da una lección vital de tal fuerza que es capaz de devolver al camino recto a dos temidos bandoleros o hacer que un joven niño recupere la movilidad. “El abrigo negro” es una reflexión inteligentísima sobre lo absurdo del suicidio como recurso para eludir las responsabilidades y los problemas de una vida que, independientemente de sus condiciones y circunstancias, merece en todo caso ser vivida hasta que su último aliento se agote.
En Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina se reivindica la vida a través de la muerte. La máscara más cruel y hierática sirve de telón para representar las historias más tétricamente vitalistas jamás contadas. Donde las condiciones en que se vive no importan, mientras se siga respirando. Donde las perspectivas del futuro no importan, mientras se viva el día a día. Donde los motivos por los que se vive no importan, mientras sean tuyos y no de ningún otro individual o colectivo. Nada importa mientras tú, o yo, sigamos aquí vivos y coleando.
Este mensaje vitalista es el máximo aliento de este libro pero también, al mismo tiempo, su máximo peso. No porque no sea éste un mensaje necesario o hermoso –que lo es- sino porque algunas veces (pocas) resulta tan evidente que termina por absorber y devorar la forma de los relatos. Un síntoma sobre todo evidente en aquellos más breves. Como, por ejemplo, en “El brazo”: un aviador del ejército pierde un brazo a consecuencia de obedecer antes al ejército que a la voluntad de su mujer difunta; en “Venganza”, relato que narra la historia que tan gráficamente titula este volumen, o en “La sombra de la vida”, en el cual una joven busca a su madre hasta que un suceso extraño la convence de que ya no va a obtener nada más de ella salvo su recuerdo.
Con todo, Érase una vez una mujer que quería matar al bebe de su vecina destila una imaginación desbordante y un mensaje denso y profundo, enraizado en el humanismo, orientado hacia el individualismo, y anclado en el simbolismo de unas muy reconocibles figuras populares rusas. Liudmila Petrushévskaia nos enseña nuevas posibilidades y nuevos límites en el intento por trascender a la fantasía. Y demuestra, de esta manera, que, tras un género mayoritariamente asociado a magos y hechizos, se puede hacer literatura gruesa para todos los públicos, incluidos los lectores más selectos.


Liudmila Petrushévskaia / Erase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina



Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina

GERMÀN GULLÓN
20 de mayo de 2011
El uso de la imaginación suele ser evocado por los autores mediocres de cuentos como la pértiga para saltar en sus textos sobre la vida. Sin embargo, la prueba de calidad de un relato proviene del hueco que un certero disparo narrativo ocasiona en nuestro ser.

La celebrada novelista rusa Liudmila Petrushévskaia (Moscú, 1938), ganadora del Premio Mundial de Fantasía (2010), sabe apuntar con la pluma al ser humano. Describe siempre con detalle una situación límite, y luego da el vuelco al argumento propio del género, para dejar al lector lleno de preguntas. El prologista del tomo, Jorge F. Hernández, afirma que la autora recuerda a Chéjov, y, en efecto, tiene esa capacidad de los grandes cuentistas de aislar una vivencia, un sentimiento, afincarla en un momento y en un lugar, para acto seguido ofrecer una percepción iluminada de una circunstancia vital.
El título del libro alude a un cuento, “Venganza”, el segundo de esta colección. Relata cómo dos jóvenes amigas comparten un apartamento. La menor se queda embarazada de una niña, y Petrushévskaia se centra en contarnos el odio irracional sentido por la otra hacia el bebé. La celosa acabará intentando envenenar a la recién nacida, en una reacción cainita.
La mano cariñosa de la autora aparece en cada uno de los 19 cuentos del libro. “El padre” ofrece un tratamiento especial del tema del deseo de tener descendencia. Un hombre iba por todas partes preguntando a la gente si habían visto a sus hijos, pero cuando le pedían una descripción o su nombre, no podía darla. El lector enseguida nota que el espacio tiene una consistencia algodonosa. Tras diferentes episodios, encontramos al protagonista feliz, pues la mujer que le acompaña lleva un niño. El narrador jamás dice si estamos del lado de acá o de allá de los sueños. Tampoco importa, pues ese momento de felicidad consuela al hombre.

Liudmila Petrushévskaia / Amor inmortal




Liudmila Petrushévskaia 
Amor inmortal

Alianza. Madrid (1993). 282 págs. 2.200 ptas.


Begoña Lozano

1 de septiembre de 1993

La obra literaria de la rusa Liudmila Petrushévskaia (n. 1938) inició su andadura pública en 1987 cuando comenzó a ver representadas sus obras de teatro. A pesar de que esos años hacían previsible una literatura de denuncia política, los caminos estéticos de Petrushévskaia van por otros derroteros. La autora escribe sobre menudencias cotidianas que le sirven para resaltar el sinsentido existencial que acomete a sus personajes.
Amor inmortal ofrece una selección de cuentos unidos temáticamente por la anécdota amorosa, que generalmente concluye -si lo hace- en desolación. Se trata de un nutrido manojo de historias sencillas condicionadas por la miseria del pueblo ruso y animadas por una multitud de personajes fracasados que se dejan atrapar por el dolor de sus desdichadas existencias.
Los relatos de Petrushévskaia se insertan en la tradición del cuento ruso -Gogol y Chéjov- en lo que a técnica se refiere, pero sus temas se acomodan a los nuevos tiempos; los personajes se desenvuelven en ámbitos urbanos, preferentemente moscovitas y, por tanto, modelados por el comunismo. Son historias de mujeres habituadas a callar las infidelidades del marido, a sobrevivir en viviendas comunales, a someterse al abandono y desprecio del hombre...
Todos los cuentos se abordan desde la perspectiva femenina, lo que da, junto a la difícil niñez que vivió la autora, un carácter muy preciso al libro, configurado en torno a una visión de la vida personalísima -indiscutiblemente femenina- que no ha sido ajena a las críticas de sus compatriotas.
Hay en estos relatos exceso de buena literatura, pero acaso presenta una realidad demasiado desolada, en la que lo sexual, cuando aparece, lo hace con una dignidad a veces enturbiada por algunos comentarios circunstanciales.
ACEPRENSA





sábado, 22 de febrero de 2020

Liudmila Petrushévskaia / Bohemia



Liudmila Petrushévskaia

BOHEMIA 

En la ópera La Bohème hay alguien que ama a una persona, que vive absorbido por algo y que luego abandona al ser amado, o éste lo abandona a él. Sin embargo, en el caso de Klavdia todo fue mucho más sencillo, aunque de ella sí que se podía decir con todo fundamento que era una bohemia, porque no tenía dinero ni refugio, llevaba ocho años estudiando por correspondencia para bibliotecaria, comía tres veces por semana y no hacía otra cosa que ir de casa en casa en compañía de holgazanes como ella, con los que nunca tenía romance. Y eso que ella era la única mujer de aquel pequeño círculo de bohemios -los bohemios más selectos de la ciudad, porque realmente no tenían nada, ni techo, ni con qué abrigarse en invierno; unos iban en gabardina, otros sin gorro-. En verano los talones de Klavdia hacían ruborizar a la gente decente; pero así habían de ser los talones de una joven que caminaba mucho por las calles, y así también tenían que ser sus piernas, su cara y su cabello, y así, sin pretensiones y callada, había de ser aquella bohemia que no permanecía en ningún sitio, sino que siempre estaba de paso y de la que nunca se sabía cuándo ni dónde comía y pernoctaba. Klavdia escribía poesía o novelas largas que leía a veces en su círculo en voz alta, y no era allí peor consideraba que las demás poetisas de otros círculos de cualquier tiempo y condiciones que fuesen. Los veranos abandonaban la ciudad de repente, bruscamente, y buscaban refugio en algún lugar del norte, en las isbas, y recopilaban canciones o cantaban ellos mismos en las bodas. En todo caso, Klavdia había pasado el verano viajando mucho, haciendo auto-stop a los camiones, por Dios sabía qué caminos -incluidos esos que hacen que uno vaya dando saltos hasta el techo del camión o golpeándose los talones con el suelo de la caja-. Y había sido precisamente entonces cuando a la bohemia Klavdia le había sucedido algo que resultaba imposible de explicar: había empezado a sentir un fuerte dolor en el vientre. Pero, como habían salido de la ciudad, tenían que seguir viajando: esa era la norma. Klavdia tuvo que seguir adelante con sus dos compañeros de viaje, sentarse en podridas cunetas de carreteras que cruzaban bosques pantanosos, dormir en henares, hacer sus necesidades entre los arbustos y en los huertos traseros de las casas. Klavdia, con todo y eso, ya no podía comer. Si alguien la hubiera contemplado, habría visto que se debilitaba a ojos vistas; pero nadie se preocupaba de ella, porque sus compañeros habían decidido abandonarla y lo habían hecho, y Klavdia no se veía a sí misma y no sabía cómo se había quedado. Pero, de todas formas, consiguió llegar hasta un embarcadero, y allí cogió un barco, viajó en cuarta clase, en un rincón de la sentina, bajo el nivel del agua, en donde apestaba a gases de escape del barco; hasta se metieron con ella unos inspectores, que acabaron dejándola en paz porque se distrajeron con unos extranjeros que lanzaban gritos fuertes acerca de algo relativo a los billetes. Cuando el barco llegó a su destino, Klavdia, medio dormida, salió a la luz del día y consiguió llegar al tren eléctrico, y así viajó -el vientre seguía doliéndole- hasta que, por fin, se vio en el andén de N., su pueblo natal. Su madre la encontró tirada en la parcela de junto a la casa. Después de tanto peregrinar, Klavdia pudo por fin acostarse en una cama limpia. Y, al ponerse una mañana temprano a hacer sus necesidades en un retrete situado fuera de la casa, junto a un rosal silvestre, soltó de pronto un chorro de sangre y todo se aclaró de inmediato: el hecho era que había abortado -y, por cierto, un feto bastante grande-. La madre, que había acompañado a Klavdia hasta el rosal, le dijo que se trataba de un niño. Y Klavdia contaba luego a la gente que el mes tal debería haber parido un niño. Más adelante, contaba que hacía unos meses podría haber tenido un niño; barajaba las fechas como una madre de verdad, aunque siempre añadía que la cosa había sido de pura casualidad y que con anterioridad no sospechaba absolutamente nada. Pero todos sentían una extrema sensación al oír los cálculos y la historia de Klavdia, y todos respondían exactamente de la misma manera, con el silencio, como si no supieran qué decir de aquel hecho. Por eso, con el tiempo, también Klavdia dejó de contarlo. Y lo único que pasó fue que su madre, no se sabe por qué, y gastándose un dineral, trasladó el retrete a un nuevo lugar, cubrió con tierra el lugar en que había estado el viejo retrete y plantó allí un pequeño serbal y un abedul.

Liudmila Petrushévskaia
Amor inmortal

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Liudmila Petrushévskaia / El país




Liudmila Petrushévskaia

EL PAÍS




¿Quién podría decir cómo vivía, con su hija, en un apartamento de una sola habitación, aquella silenciosa mujer alcohólica, invisible para todos, que cada noche, por muy borracha que estuviera, ordenaba las cosas que su hija había de llevar a la guardería, para tenerlo todo a mano por la mañana?

Ella conservaba en el rostro huella de pasada belleza -cejas arqueadas, fina nariz-, pero la hija, en cambio, era una niña delicaducha, blancuzca y alta para su edad, que ni siquiera se parecía al padre, porque éste era muy rubio y con los labios de color rojo vivo. Habitualmente, la hija jugaba en silencio en el suelo mientras la madre bebía sentada en la mesa o echada en la cama turca. Luego se acostaba y apagaban la luz; se levantaban como si tal cosa por la mañana y, en medio de la helada y la oscuridad, corrían a la guardería.