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martes, 21 de junio de 2022

Hablando de malditos / Welles y Hopper

 

Orson Welles, en el rodaje de 'Al otro lado del viento'.
Orson Welles, en el rodaje de 'Al otro lado del viento'.GARY GRAVER (NETFLIX)

Hablando de malditos: Welles y Hopper

Son dos señores que alborotaron en distintas épocas la forma de hacer películas. Es cruel comparar la poderosa ‘Ciudadano Kane’ y la desquiciada ‘Easy Rider’



Carlos Boyero
10 de septiembre de 2020

Leo con interés en la edición de papel de este periódico las crónicas de la Mostra de Venecia que firma el modélico periodista cultural Álex Vicente. Y me sorprende la abundancia y el protagonismo de documentales, retratos caseros sobre la pandemia, o ese mediometraje que ha rodado el artista de La Mancha adaptando La voz humana de Cocteau. No dudo del atractivo que desprenderán esas cosas, pero sospecho que la casi totalidad de ellas están destinadas a su visión en las plataformas. Y me pregunto qué tipo de películas se van a estrenar durante la próxima temporada en los cines, cuáles van a ser los señuelos para que el público salga de sus casas y paguen nueve o 10 euros por la entrada. La sensación de parálisis en la industria es lamentablemente real. Tendrá que reinventarse para sobrevivir.

martes, 7 de septiembre de 2021

Dennis Hopper / Easy Rider


Dennis Hopper
EASY RIDER
Por Javier Serrano


Como no es fácil traducir la expresión Easy Rider al español, a alguien se le ocurrió la peregrina idea de subtitular la película, al menos en España, con aquel añadido de Buscando mi destino, continuando así con esa costumbre tan española (y tan estúpida) de cambiar los títulos. Por cierto, descubro que nuestros hermanos argentinos tienen una costumbre parecida: allí se estrenó como Busco mi camino.

domingo, 28 de junio de 2015

Fernando Savater / Americanos inquietos

James Salter

Americanos inquietos

FERNANDO SAVATER 8 JUN 2010


Con motivo del fallecimiento de Dennis Hopper -que a fin de cuentas no ha muerto de cirrosis o sobredosis, sino de cáncer de próstata como usted o como yo- es buen momento para recordar al easy rider original de la narración americana, Jack Kerouac. El original de En la carretera,ahora rescatado en buena traducción as usual de Jesús Zulaika por Anagrama, fue mecanografiado como un párrafo único de una extensión equivalente a 400 páginas en un larguísimo rollo continuo de papel ajustado al carro de la máquina (muchos años después Juan Benet hizo algo parecido en Una meditación). Esta versión no disfraza los verdaderos nombres de los protagonistas -Neal Cassady, Allen Ginsberg, William Borroughs, etcétera...- ni alivia con puntos y aparte el vértigo rítmico del relato, como en el texto oficial que se editó. Lo leí -lo leímos- hace más de 30 años y ahora volvemos a encontrarlo todo, pero mejor: la agobiante celeridad del vagabundeo, la fascinación por el príncipe que más destroza y menos retiene, las largas veladas incómodas y borrachas, la inquietud del deseo que casi nunca se remansa en goce, las chicas que se desvanecen con los demás, los chicos que se descuelgan, la vida como pasmo y perdición.


Jack Kerouac


A mí me parece haber estado también hace años en la carretera, al modo de Jack Kerouac
También Anagrama publica como complemento Kerouac en la carretera,una gavilla de ensayos de Howard Cunnell y otros que procuran ilustrar aspectos de ese libro clásico del pasado siglo -quizá aún más en lo vital que en lo meramente literario- así como aspectos históricos y biográficos de la generación beat en que se encuadra. Sin dudar de su interés para los más fanáticos del autor y sus amigos, a mí me resulta más significativo como complemento otro libro autobiográfico de un coetáneo: Quemar los días (Salamandra), de James Salter, que nació tres años después de Kerouac y publicó estas especialísimas memorias en 1997, cuando el beat llevaba ya casi 30 muerto.
En Quemar los días Salter recuerda fugazmente a Kerouac como un ex alumno que venía ocasionalmente para reforzar en los partidos importantes el equipo de fútbol americano de su colegio en Riverdale, "fornido y veloz, paticorto, parecía una especie de matón. Para recibir una pelota se echaba atrás y una vez la tenía salía disparado como una flecha". La sorpresa fue que el aguerrido jugador también mandaba de vez en cuando relatos literarios a la revista colegial... Salter no habló nunca con él, le admiraba de lejos. La trayectoria biográfica que cuenta en Quemar los días es mucho menos localista que la de Kerouac y evidentemente menos autodestructiva: termina asegurando "su gran deseo de seguir viviendo" y por el momento lo consigue, ya con 85 años. Su relato es cándido y lírico, aventurero, rico en batallas aéreas sobre los cielos de Corea y de fascinación por Europa: Francia, Inglaterra, Italia... Se cruza con muchos hombres más o menos conocidos (también Dennis Hopper aparece un instante, aunque para mal) y con aún más mujeres, a las que visita y rememora con envidiable entusiasmo carnal. Otro tipo de inquietud, menos obsesiva que la de losbeat y literariamente más lograda, aunque quizá menos intensa y emocionante.
A pesar de la enorme distancia en el tiempo y el espacio, a mí me parece haber estado también hace muchos años en la carretera, al modo de Jack Kerouac. Siento mucha más desazón que nostalgia al rememorarlo. Fue casi una pesadilla, pero necesaria: la vacuna contra cualquier solemnidad de lo respetable. No el alocamiento previo a convertirse en persona de provecho, sino el entrenamiento para no llegar a serlo jamás. Nadie nunca me quitará de la cabeza ese concepto anticuado y probablemente estéril de que en ello, y en lograr sobrevivir a ello, consiste el encanto aciago de la juventud.