Todos los años, por estos días, un fantasma inquieta a los escritores grandes: el Premio Nobel de Literatura. Jorge Luis Borges, que es uno de los más grandes y también uno de los candidatos más asiduos, protestó alguna vez en una entrevista de Prensa por los dos meses de ansiedad a que lo someten los augures. Es inevitable: Borges es el escritor de más altos méritos artísticos en lengua castellana, y no pueden pretender que le excluyan, sólo por piedad, de los pronósticos anuales. Lo malo es que el resultado final no depende del derecho propio del candidato, y ni siquiera de la justicia de los dioses, sino de la voluntad inescrutable de los miembros de la Academia Sueca. No recuerdo un pronóstico certero. Los premiados, en general, parecen ser los primeros sorprendidos. Cuando el dramaturgo irlandés Samuel Beckett recibió por teléfono la noticia de su premio, en 1969, exclamó consternado: «¡Dios mío, qué desastre!». Pablo Neruda, en 1971, se enteró tres días antes de que se publicara la noticia, por un mensaje confidencial de la Academia Sueca. Pero la noche siguiente invitó a un grupo de amigos a cenar en París, donde entonces era embajador de Chile, y ninguno de nosotros se enteró del motivo de la fiesta hasta que los periódicos de la tarde publicaron la noticia. «Es que nunca creo en nada mientras no lo vea escrito», nos explicó después Neruda con su risa invencible. Pocos días más tarde, mientras comíamos en un fragoroso restaurante del Boulevard Montparnasse, recordó que aún no había escrito el discurso para la ceremonia de entrega, que tendría lugar 48 horas después en Estocolmo. Entonces volteó al revés la hoja de papel del menú, y sin una sola pausa, sin preocuparse por el estruendo humano, con la misma naturalidad con que respiraba y la misma tinta verde, implacable, con que dibujaba sus versos, escribió allí mismo el hermoso discurso de su coronación.
PRESENTE ETERNO – Jorge Luis Borges y María Kodama, en Nueva York en 1985.
El último día de Borges y los seis meses de destierro en Ginebra
José María Plaza
13 de junio de 2026
El sábado 14 de junio de 1986, sobre el mediodía (o esa es mi memoria), los altavoces de la Feria del Libro de Madrid anunciaron la muerte del escritor Jorge Luis Borges. Fue como un latigazo para los paseantes, que unánimes se dirigieron a las casetas para adquirir algún título del fallecido, como un último homenaje. Esa mañana se agotaron su libros. Algunos recordarían que el año anterior —en ese mismo Paseo de Coches del Retiro—, un anciano pero aún verosímil Borges había estado presentando su último poemario, Los conjurados (Alianza Tres), y por la tarde no cesó de firmar libros hasta que, llegado al número 333, como un homenaje a su querido Dante, se frenó. Ya era de noche, aunque Borges llevaba treinta años viviendo en esa borrosa luminosidad que era su ceguera. No era un mal número, 333, nueve veces más que 37, que fueron los ejemplares que vendió de su libro de ensayos Historia de la eternidad, justo medio siglo antes.
FOTO: EDUARDO COMESAÑA CASA DE CITAS Jorge Luis Borges
«El tiempo es el mejor antologista, o el único, tal vez»
«La duda es uno de los nombres de la inteligencia»
«La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido»
«Uno está enamorado cuando se da cuenta de que otra persona es única»
«No hables a menos que puedas mejorar el silencio»
«Cada escritor crea a sus precursores»
«La felicidad no necesita ser transmutada en belleza, pero la desventura sí»
«El libro es una extensión de la memoria y la imaginación»
«La verdad nunca penetra en una mente no dispuesta»
«Soñar es la actividad estética más antigua»
«El arte debe ser como ese espejo que nos revela nuestra propia cara»
«Solo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece»
«El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho»
«La biblioteca es una de las formas más bellas de la felicidad»
«Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído»
«Hay cosas que solo pueden decirse en un idioma y no en otro»
«La memoria del hombre forma su propio Edén interior»
«Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres»
«La poesía nace del dolor. La alegría es un fin en sí misma»
«Aceptamos la realidad tan fácilmente, tal vez porque sentimos que nada es real»
«Hay derrotas que tienen más dignidad que la victoria»
«El universo espera, inagotable, invitador»
«Enamorarse es crear una religión que tiene un dios falible»
«Nada está construido en piedra; todo está construido sobre arena, pero debemos construir como si la arena fuera de piedra»
«La Historia Universal es la de un solo hombre»
«Todos caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes»
«La censura es la madre de la metáfora»
«No estoy seguro de existir, en realidad. Soy todos los escritores que he leído, todas las personas que he conocido, todas las mujeres que he amado; todas las ciudades que he visitado»
«La mente estaba soñando. El mundo fue su sueño»
«He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz»
«La paternidad y los espejos son abominables porque multiplican el número de los hombres»
«Las tiranías fomentan la estupidez»
«El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo»
Al Borges lector del Borges poeta le gustaban “Poema conjetural”, “Poema de los dones”, “Everness”, “El Golem” y “Límites”. Son poemas de los años 60 (su madurez, marcada por la vuelta al verso) concentrados en dos libros: El hacedor y El otro, el mismo, poemas donde se enlazan tres de sus temas predilectos, según su propio decir: la perplejidad metafísica, la perduración en mí de los muertos y el destino paradójico de los poetas.
Supongamos que alguien lee Los miserables, de Victor Hugo, pero se salta ciertos párrafos descriptivos que —al parecer— no le interesan. ¿Podrá decir que ha leído la obra cuando llegue al final? ¿Podrán decirlo quienes la hayan leído sin saltarse nada si se han fiado de una traducción y no del original en francés? Me temo que no, que nadie podrá asegurar nada de forma rotunda. Ni siquiera el propio Victor Hugo. Quizás su versión definitiva sufrió revisiones por parte del editor, como los primeros cuentos de Raymond Carver. Y seguramente tenía erratas de todo tipo que precisaron del trabajo de un corrector concienzudo. Puede que él mismo hiciese cambios de última hora o que hiciese supresiones o añadidos para la segunda edición. Sus biógrafos o los filólogos podrían aclarar ciertas cosas a ese respecto. Lo malo es que así sería fácil quedar atrapado para siempre en las páginas de la novela. Habría que cotejar el manuscrito original, asegurarse de que no existen más, ver sus diferencias con respecto a la edición que se maneja… Estos procedimientos, por desgracia, no servirían para afianzar la seguridad de conocer la obra sino más bien para dejar claras las limitaciones que existen para conseguirlo. Al fin y al cabo, el autor ya no está aquí, de modo que cualquier posible duda se tendría que despejar con hipótesis, y aun en caso de que estuviese podría tratarse de un desmemoriado o un embustero. Javier Marías, por ejemplo, cuenta en un texto recogido en Pasiones pasadas que, antes de traducir El enterramiento en urnas de Thomas Browne, revisó la parte que habían traducido Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, donde abundaban las libertades y los libertinajes, además de un bellísimo párrafo inventado por ellos.
Este último estuvo, por cierto, en la casa de Mara una vez que tuve la suerte de estar por allí, escuchándolo. Era impresionante cómo hablaba aquel nombre propio de la cultura literaria de uno de los países más cultos del globo. Por encima de las voces de los otros, Piglia se elevaba con la autoridad de una enciclopedia y nos dejaba a todos callados y alegres, como si estuviéramos en el día en que se inventaron el cine y la escritura.
El primer número de la revista Quimera. (Cedida por la revista)
En este país hubo una época en la que una revista literaria triunfaba: "Había ansia por leer"
La revista 'Quimera' lanzó su primer número en 1980 y se convirtió en un gran éxito gracias a sus entrevistas a grandes escritores. Fue el reflejo de una década y país que ya no existen
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De Cajal a Borges: el peso de recordarlo todo
En ‘Desgracias de un memorioso’ el científico español reflexiona sobre los riesgos de una memoria excesiva. Resulta llamativo que, años después, el autor argentino desarrollara una idea similar en ‘Funes el memorioso’
Borges conoció a Estela Astete en 1929, pero se casaron varias décadas después (Foto: Getty Images)
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En 1967 se casó con Elsa Astete Millán, con quien había estado de novio en 1929; estuvieron juntos casi tres años hasta que decidieron separarse
Luján Berardi
Borges sabía amar y fracasar en el intento. Se enamoró de muchas mujeres, fue correspondido por pocas. En muchos casos, dejó como testigos de esos flechazos dedicatorias, poemas que, como su yo narrador, podrían ser uno y todos al mismo tiempo. “La dicha que me diste y me quitaste debe ser borrada; lo que era todo tiene que ser nada”, escribió en “1964” para, estima la crítica, la escritora Estela Canto. Pero podría haber sido para cualquier otra: Cecilia Ingenieros, Norah Lange, su hermana Haydée, María Esther Vázquez, Concepción Guerrero.
Jorge Luis Borges, en octubre de 1977.SOPHIE BASSOULS (GETTY IMAGES)
“Llame mañana”: un testimonio sobre escribir con Borges
La escritora, que fue subsecretaria de Cultura de la ciudad, cuenta la “experiencia reveladora” que vivió junto al más grande de los autores argentinos
Josefina Delgado 14 de junio de 2026
Más allá de lo anecdótico, haber participado de la escritura junto a Borges significó para mí una experiencia reveladora. Si quiero trasmitirla a otros, lejos de la pretensión de decir algo nuevo sobre su obra, es porque creo sin lugar a dudas que la persona de un escritor es su escritura y viceversa.
Jorge Luis Borges, en su despacho de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, en 1971.EDUARDO COMESANA (GETTY IMAGES)
El Libro de Arena: la verdadera profecía digital de Borges
Cuarenta años después de su muerte, una de las metáforas más certeras del escritor parece describir menos una biblioteca que una pantalla de móvil
JORGE MORLA
13 JUN 2026 - 22:30 COT
Hoy hace cuarenta años que moría Jorge Luis Borges, dejando huérfana a la literatura mundial. Moría, o “entraba en el gran mar”, como solía preferir María Kodama, a quien dejaba viuda. Cuatro décadas es una efeméride quizá más pertinente pero igual de buena como cualquier otra para releer sus cuentos, sin duda una de las empresas literarias más estimulantes de la historia. Y, si el lector se acerca hoy a su obra, comprobará con pasmo que sus metáforas siguen ofreciendo nuevas lecturas que entroncan incluso con el presente digital más inmediato.
“Me gusta la descripción del Aleph. Pero el resto del cuento es banal”
La escritora y profesora argentina María Kodama, viuda de Borges, presenta un libro que radiografía la biblioteca del genio
JORGE MORLA
Madrid - 17 MAY 2018 - 23:01 COT
Cuando tenía 10 años, una revista de literatura cayó en manos de María Kodama (Buenos Aires, 1937). Un cuento. Una frase: Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche. “Me quedé sin aire. Dije: ¿Pero esto qué es?”. Fueron las primeras palabras que leyó de quien con el tiempo se convertiría en su esposo y en uno de los escritores más importantes de la historia de literatura, Jorge Luis Borges. Kodama presentó esta semana La biblioteca de Borges (Paripé Books), un libro de Fernando de Flores en el que se fotografían y escudriñan los apuntes del argentino sobre sus obras favoritas. 2.000 libros que reflejan al escritor de los espejos y entre los que —aunque hay poca literatura y mucha filosofía, religión e historia— no faltan Dante, Homero, Kafka, Ovidio o William Blake.
A mi, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus barrios porque el sabía tallar más bien por el Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y la Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero es noche que no se me olvidará, como que en ella vino la Lujanera porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo Juárez dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes, claro que les falta la debida esperiencia para reconocer ése nombre, pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más fuerte por Villa Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los hombres de don Nicolás Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata; los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también; nadie inoraba que estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la Villa le copiábamos hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos ilustró la verdadera condicion de Rosendo.