Delphine de Vigan
BASADA EN HECHOS REALES
I, 1
Me gustaría relatar cómo entró L. en mi vida, en qué circunstancias, me gustaría describir con precisión el contexto que permitió a L. penetrar en mi esfera privada y, con paciencia, adueñarse de ella. No es tan sencillo. Y en el momento en que escribo esa frase, cómo entró L. en mi vida , calibro lo que tiene de pomposo esa expresión, un tanto trillada, cómo recalca una dramaturgia que no existe aún, esa voluntad de anunciar el viraje o la repercusión. Pero sí, L. entró en mi vida y la desquició profunda, lenta, firme, insidiosamente. L. entró en mi vida como en un escenario de teatro, en mitad de la representación, como si un director de escena se hubiera encargado de que todo se difuminase en derredor para abrirle paso, como si la entrada de L. se hubiera dispuesto para resaltar su importancia, para que en ese momento preciso el espectador y los demás personajes presentes en escena (en este caso, yo) solo repararan en esa irrupción, para que todo a nuestro alrededor se inmovilizara y su voz llegase hasta el fondo de la sala; en resumidas cuentas, para que produjese su pequeño efecto.
Pero corro demasiado.
Conocí a L. a finales de marzo. En la siguiente aparición, L. transitaba por mi vida como una amiga de muy antiguo, en terreno conocido. En la siguiente aparición, teníamos ya nuestros private jokes , una lengua común hecha de sobrentendidos y de dobles sentidos, de miradas que bastaban para entendernos. Nuestra complicidad se alimentaba de confidencias compartidas, pero también de medias palabras y de comentarios silenciosos. Con la distancia, y vista la violencia que revistió más adelante nuestra relación, podría atreverme a decir que L. entró en mi vida por efracción, con el único objetivo de anexionarse mi territorio, pero eso sería falso.
L. entró como quien no quiere la cosa, con una infinita delicadeza, y pasé con ella momentos de sorprendente complicidad.
La tarde anterior a nuestro encuentro, me esperaban para una sesión de firmas en el Salón del Libro de París. Me reuní allí con mi amigo Olivier, a quien habían invitado a un espacio en directo en el stand de Radio France. Me mezclé con el público para oírlo. Luego compartimos un sándwich en un rincón con Rose, su hija mayor, los tres sentados en la moqueta raída del Salón. Mi firma estaba anunciada para las 14.30, lo cual nos dejaba poco tiempo. Olivier no tardó en decirme que parecía agotada de verdad, me preguntó, inquieto, cómo me manejaba con todo aquello, todo aquello significaba a la vez el haber escrito un libro tan personal, tan íntimo, y que ese libro hubiese alcanzado semejante resonancia, resonancia que yo jamás habría imaginado, él lo sabía, y para la que, por lo tanto, no estaba preparada.
Después, Olivier me ofreció acompañarme y nos encaminamos hacia el stand de mi editor. Pasamos ante una cola densa, apretada, intenté averiguar qué autor se hallaba al otro extremo de la fila, recuerdo haber alzado la vista para descubrir el cartel que nos indicaba su nombre, y Olivier me susurró creo que es para ti. La cola, en efecto, se estiraba a lo lejos, y formaba un recodo hasta el stand donde me esperaba el público.
En otros tiempos, y aun unos meses atrás, aquello me habría llenado de gozo y sin duda de vanidad. Me había pasado horas acechando al posible lector en distintos salones, sentada formalmente tras mi pila de libros, sin que se presentase nadie, conocía ese desasosiego, esa soledad un tanto vergonzante. Ahora me invadía una sensación muy distinta, una suerte de aturdimiento, por un instante llegué a pensar que aquello era demasiado, demasiado para una sola persona, demasiado para mí. Olivier me dijo que allí me dejaba.
Mi libro había aparecido a finales de agosto y hacía meses que iba de ciudad en ciudad, de presentación en firma, de lectura en debate, en librerías, bibliotecas, mediatecas, donde me esperaban cada vez más lectores.
Aquello me subyugaba a veces, esa sensación de haber dado en el clavo, de haber arrastrado conmigo a miles de lectores; esa impresión, sin duda falaz, de que me habían entendido.
Era feliz, estaba colmada, atónita.
Orgullosa, y todavía incrédula.
Había escrito un libro cuyo alcance nunca habría imaginado.
Había escrito un libro cuyo efecto entre mi familia y mi entorno se propagaría en varias oleadas, un libro cuyos efectos colaterales no había previsto, un libro que no tardaría en concitarme apoyos indefectibles pero también falsos aliados, y cuyos efectos retardados se prolongarían durante largo tiempo.
No había imaginado la multiplicación del objeto y sus consecuencias, no había imaginado aquella imagen de mi madre, reproducida cientos y miles de veces, aquella foto aparecida en la sobrecubierta que contribuyó sustancialmente a la propagación del texto, aquella foto que enseguida se disoció de ella y que en lo sucesivo pasó a no ser mi madre sino el personaje de la novela, difuso y difractado.
No había imaginado a los lectores emocionados, intimidados, no había imaginado que algunos llorarían ante mí y lo mucho que me costaría no llorar con ellos.
Aquella primera vez, en Lille, donde una mujer débil y visiblemente extenuada por varias hospitalizaciones me contó que la novela le había infundido esa esperanza loca, descabellada, de que a pesar de su enfermedad, a pesar de lo que había sucedido y que sería irreparable, a pesar de lo que les había infligido , tal vez sus hijos podrían quererla…
Y aquella otra vez, en París, una mañana de domingo, cuando un hombre desmejorado me habló del trastorno mental, de cómo los otros los miraban a él, a ellos, a aquellos que daban tanto miedo que los metían a todos en el mismo saco, bipolares, esquizofrénicos, depresivos, etiquetados como pollos bajo papel de celofán según las tendencias del momento y las portadas de las revistas, y Lucile, mi heroína intocable, los rehabilitaba a todos.
Y otros más, en Estrasburgo, en Nantes, en Montpellier, gente a quien a veces me entraban ganas de abrazar.
Poco a poco, fui creando mal que bien una imperceptible muralla, un cordón sanitario que me permitía continuar, estar allí, mantenerme a la distancia adecuada, un movimiento con el diafragma que bloqueaba el aire a la altura del esternón, formando un minúsculo cojín, un airbag invisible, que luego espiraba progresivamente por la boca, una vez pasado el peligro. De ese modo podía escuchar, hablar, comprender lo que se tejía respecto al libro, ese vaivén que se opera entre el lector y el texto, toda vez que el libro remite al lector, casi siempre —y por una razón que no sé explicar—, a su propia historia. El libro era una suerte de espejo cuya profundidad de campo y cuyo límite ya no me pertenecían.
Pero sabía que tarde o temprano todo aquello me rebasaría, el número, sí, el número de lectores, de comentarios, de invitaciones, el número de librerías visitadas y de horas pasadas en los TGV, y que entonces algo cedería bajo el peso de mis dudas y de mis contradicciones. Sabía que tarde o temprano no podría sustraerme a ello, y que tendría que calibrar la exacta medida de las cosas, por no haberlas asumido.
Aquel sábado, en el Salón, no paré de firmar libros. Venía gente a hablar conmigo y me costaba encontrar las palabras para darles las gracias, contestar a sus preguntas, hallarme a la altura de su espera. Notaba que me temblaba la voz y respiraba con esfuerzo. El airbag ya no funcionaba, me veía incapaz de afrontar la situación. Era permeable. Vulnerable.
A eso de las 6, cerraron la cola colocando una cinta elástica entre dos piquetes, con el fin de disuadir a los recién llegados, obligados por lo tanto a dar media vuelta. A unos metros de mí, oía a los responsables del stand explicar que yo lo dejaba ya, tiene que marcharse, lo deja, lo sentimos, se va .
Una vez acabé de firmar los libros de quienes habían sido designados como últimos de la cola, me entretuve unos minutos hablando con mi editora y con el director comercial. Pensé en el trayecto que me esperaba de allí a la estación, me sentía agotada, habría podido tumbarme en la moqueta y quedarme allí. Estábamos en el stand, de pie, yo de espaldas a los pasillos del Salón y a la mesita donde estaba instalada minutos antes. Una mujer se nos acercó por detrás y me preguntó si podía dedicarle su ejemplar. Me oí decirle que no, así, sin pensármelo. Creo que le expliqué que si firmaba su libro, acudirían otras personas para que reanudase las dedicatorias e inevitablemente volvería a formarse la cola.
Advertí en su mirada que no lo entendía, no podía entenderlo, no quedaba ya nadie alrededor de nosotros, los que no habían tenido suerte se habían dispersado, todo parecía tranquilo y apacible, percibí en su mirada que se decía pero por quién se toma esta gilipollas, que más darán un libro o dos, o acaso no ha venido precisamente a eso, a vender y a firmar libros, no irá encima a quejarse.
Yo no podía decirle señora, lo siento mucho, ya no doy abasto, estoy cansada, no tengo la madera, ni el físico, qué le vamos a hacer, ya sé que otros pueden aguantar horas sin beber ni comer nada, hasta que todo el mundo haya desfilado, haya obtenido satisfacción, auténticos camellos, atletas desde luego, pero yo no, hoy no, no me veo ya capaz de escribir mi nombre, mi nombre es una impostura, una mistificación, créame, mi nombre en ese libro no tiene más valor que una mierda de paloma que hubiera caído desafortunadamente en la página de guarda.
No podía decirle si le firmo el libro, señora, me partiré en dos, eso es exactamente lo que pasará, se lo advierto, aléjese, manténgase a distancia, si no el minúsculo hilo que une las dos mitades de mi persona se romperá y entonces me pondré a llorar y tal vez a gritar, y eso puede resultar muy embarazoso para todos nosotros.
Abandoné el salón, ignorando el remordimiento que comenzaba a asaltarme.
Tomé el metro en la Porte de Versailles, el tren estaba abarrotado, aun así pude sentarme. Con la nariz pegada al cristal, empecé a representarme de nuevo aquella escena, que me vino a la mente una y otra vez. Me había negado a firmarle el libro a aquella mujer, cuando yo estaba allí, conversando. No podía creérmelo. Me sentía culpable, ridícula, avergonzada.
Escribo esa escena, hoy, con toda la fatiga y sobrecarga que contiene, porque estoy casi segura de que, de no haber sucedido, no habría conocido a L.
L. no habría hallado en mí ese terreno tan frágil, tan fluctuante, tan quebradizo.

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