La aplicación que me está permitiendo hablar soluciona un problema de la enfermedad, pero crea otros. Por ahora, me acostumbro al hecho de escuchar al extraño que habla por mí.
Mi hija –ingeniera de sistemas– me acaba de bajar de internet una aplicación que se ha vuelto mi juguete preferido: convierte los caracteres en voz. Para el español, solo dispone de dos acentos: el ibérico y el mexicano. Me decidí por el último. Así que, cuando hablo en las visitas y estas tienen la paciencia de esperar mis tecleos, hablo como si fuera un doblaje de mí mismo hecho en Los Ángeles.
