Two Women with Still Life,1952
Willem de Kooning
Mariana Enríquez
RAMBLA TRISTE
Sabiamente, a traición, esa ciudad se ocupa de vengarse.
Manuel Delgado
Era posible que la nariz tapada por el resfrío –siempre se pescaba algún virus en los aviones—le distorsionara el olfato; tenía que ser eso, pero cuando se sonaba con el pañuelo de papel y podía ingresar aire, el olor era todavía peor. No recordaba que Barcelona hubiera estado tan sucia, al menos no lo había notado en su primer viaje, unos cinco años atrás. Pero tenía que ser el resfrío, a lo mejor el moco estancado que apestaba, porque durante cuadras no olía nada en absoluto, y de pronto el olor atacaba, y le provocaba arcadas violentas. Olía igual que un perro muerto pudriéndose al costado de la ruta, como la carne pasada y olvidada en la heladera cuando se ponía morada color vino tinto. El olor se escondía y con sus ráfagas arruinaba las calles más bonitas, los pasajes pintorescos con la ropa colgando de balcón a balcón que no dejaba ver el cielo. Incluso llegaba hasta las Ramblas. Sofía se dedicó a observar a los turistas, para ver si fruncían la nariz como ella, pero no notó que ninguno se mostrara asqueado. A lo mejor era su imaginación, porque la ciudad ya no le gustaba. Los pasillos estrechos que antes le habían parecido románticos, ahora le daban miedo; los bares habían perdido encanto, y le recordaban a los de Buenos Aires, llenos de borrachos que gritaban o querían empezar conversaciones estúpidas; el calor, que antes le había resultado mediterráneo, seco y delicioso, ahora era agobiante. Pero no quería hablar de estas nuevas impresiones con sus amigos; no quería ser la turista porteña que marcaba con altanera superioridad los defectos de la ciudad paraíso.