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sábado, 3 de enero de 2026

Mariana Enriquez / Los pájaros de la noche

 

Ilustración de Maura Finnan

Mariana Enriquez

Los pájaros de la noche


Bajo influencia de Mildred Burton

A orillas de este río, todos los pájaros que vuelan, beben, se sientan en las ramas y molestan como posesos con sus graznidos demoníacos durante la siesta, todos esos pájaros alguna vez fueron mujeres. Qué bronca cuando los vecinos y los turistas vienen a pasar el fin de semana a la playita y hablan de la paz que les trae la naturaleza, los vuelos en el cielo despejado del verano, los picoteos de las migas de pan que dejan caer cuando toman mate. No tiene sentido explicarles que las aves no son lo que parecen aunque podrían darse cuenta si las miraran a los ojos, directo a esos ojos fijos y enloquecidos que piden liberación.

Mariana Enriquez / Mis muertos tristes

 

Ilustración de Sellchi Terazono

Mariana Enriquez

Mis muertos tristes


Ahora es tiempo de que ustedes vuelvan.

Ya se fueron suficiente tiempo.

LYDIA DAVIS, Ni puedo ni quiero

Primero, creo, debo describir el barrio. Porque en el barrio está mi casa, y en la casa está mi madre. Una cosa no se entiende sin la otra. No se entiende por qué no me voy. Porque puedo irme. Puedo irme mañana.

martes, 9 de diciembre de 2025

Mariana Enriquez / Cuando hablábamos con los muertos




Mariana Enriquez
Cuando hablábamos con los muertos


A esa edad suena música en la cabeza, todo el tiempo, como si transmitiera una radio en la nuca, bajo el cráneo. Esa música un día empieza a bajar de volumen o sencillamente se detiene. Cuando eso pasa, uno deja de ser adolescente. Pero no era el caso, ni de cerca, de la época en que hablábamos con los muertos. Entonces la música estaba a todo volumen y sonaba como Slayer, Reign in Blood .

miércoles, 25 de junio de 2025

Mariana Enriquez / Metamorfosis

 



Mariana Enriquez
METAMORFOSIS


No te lo dicen, no avisan. Me enfurece. La piel se seca, la grasa se acumula en las caderas y las piernas y el vientre, la celulitis se acentúa de un día para el otro, el pelo muerto que es la cana resulta imposible de domar. No le pasa a todas por eso es peor aún, porque deberían advertirte que vas a estar en la minoría deforme y acalorada y llorona. Porque yo salgo a correr y a caminar y ando por la vida a paso rápido; y en el verano de esta ciudad, que es largo e intenso, miro las piernas de las mujeres de mi edad, cuarenta y muchos, y no todas tienen grasa imantada, de ninguna manera, y no todas se ponen matronas; y está lleno de caderas estrechas y pantalones que caen sueltos y vientres más o menos planos. Y deben comer menos queso y carne que yo, estoy segura, todas anoréxicas no son o a lo mejor sí, pero yo no puedo dejar de comer porque tengo migrañas y uno de los disparadores de los dolores de cabeza es tener el estómago vacío porque no sé qué ácido gástrico produce ese martillazo que da en el ojo y duele hasta en el cuello. Capaz se lo aguantan, quizá soy débil, en cualquier caso las odio y quiero que mueran. Se lo dije a una amiga y me dijo no odies, todo vuelve, y no la vi más y ya no es mi amiga, el pensamiento positivo es perverso, lo mismo que la buena voluntad.

domingo, 28 de enero de 2024

Mariana Enriquez / Los peligros de fumar en la cama

 



Mariana Enriquez
Los peligros de fumar en la cama


¿Era una mariposa nocturna o una polilla? Nunca había podido distinguirlas. Pero algo era seguro: las mariposas de la noche se hacían polvo entre los dedos, como si no tuvieran órganos ni sangre, casi como la ceniza quieta del cigarrillo en el cenicero cuando se la tocaba apenas. No daba asco matarlas y se las podía dejar en el piso, porque a los pocos días se desintegraban. Otra cosa: no era cierto que se quemaran automáticamente cuando se acercaban al calor. Alguien le había dicho que era así, se incendiaban ni bien rozaban la luz caliente, pero ella las veía golpearse una y otra vez contra la lamparita, como si disfrutaran de los impactos, y salir ilesas. A veces se aburrían y salían volando por la ventana. Otras, era cierto, se morían adentro de la lámpara de pie: se cansaban o a lo mejor se daban por vencidas o les llegaba la hora; como afuera, se quemaban de a poco, aleteaban golpeando la pantalla hasta que se quedaban quietas. A veces se levantaba en medio de la noche a vaciar la pantalla de mariposas-polillas muertas, cuando el olor a quemado le hacía arder la nariz y no la dejaba dormir. Rara vez se acordaba de apagar la luz antes de irse a la cama.

martes, 19 de diciembre de 2023

Mariana Enriquez / Rambla triste

Two Women with Still Life,1952
Willem de Kooning


Mariana Enríquez

RAMBLA TRISTE

Sabiamente, a traición, esa ciudad se ocupa de vengarse.
Manuel Delgado

Era posible que la nariz tapada por el resfrío –siempre se pescaba algún virus en los aviones—le distorsionara el olfato; tenía que ser eso, pero cuando se sonaba con el pañuelo de papel y podía ingresar aire, el olor era todavía peor. No recordaba que Barcelona hubiera estado tan sucia, al menos no lo había notado en su primer viaje, unos cinco años atrás. Pero tenía que ser el resfrío, a lo mejor el moco estancado que apestaba, porque durante cuadras no olía nada en absoluto, y de pronto el olor atacaba, y le provocaba arcadas violentas. Olía igual que un perro muerto pudriéndose al costado de la ruta, como la carne pasada y olvidada en la heladera cuando se ponía morada color vino tinto. El olor se escondía y con sus ráfagas arruinaba las calles más bonitas, los pasajes pintorescos con la ropa colgando de balcón a balcón que no dejaba ver el cielo. Incluso llegaba hasta las Ramblas. Sofía se dedicó a observar a los turistas, para ver si fruncían la nariz como ella, pero no notó que ninguno se mostrara asqueado. A lo mejor era su imaginación, porque la ciudad ya no le gustaba. Los pasillos estrechos que antes le habían parecido románticos, ahora le daban miedo; los bares habían perdido encanto, y le recordaban a los de Buenos Aires, llenos de borrachos que gritaban o querían empezar conversaciones estúpidas; el calor, que antes le había resultado mediterráneo, seco y delicioso, ahora era agobiante. Pero no quería hablar de estas nuevas impresiones con sus amigos; no quería ser la turista porteña que marcaba con altanera superioridad  los defectos de la ciudad paraíso.

Mariana Enriquez / El carrito




Mariana Enriquez
EL CARRITO


Juancho estaba borracho esa tarde, y se paseaba por la vereda bravucón, aunque ya nadie en el barrio se sentía amenazado, o siquiera inquieto, por su presencia intoxicada. A mitad de cuadra, Horacio lavaba el auto como todos los domingos, en shorts y chancletas, la panza tensa y prominente, el pelo en pecho canoso, la radio con el partido. En la esquina, los gallegos del bazar tomaban mate con la pava en el piso, entre las dos sillas reclinables que habían sacado afuera, porque el sol estaba lindo. Enfrente, los hijos de la Coca tomaban cerveza en el umbral, y un grupo de chicas recién bañadas y demasiado maquilladas charlaban paradas en la puerta del garaje de Valeria. Mi papá había intentado, más temprano, decir buenas tardes y darle charla a los vecinos, pero volvió adentro como siempre, cabizbajo, apenas contrariado, porque era buena gente pero no tenía conversación, cada tarde de domingo decía lo mismo.

domingo, 17 de diciembre de 2023

Mariana Enriquez / Las cosas que perdimos en el fuego

 



Mariana Enriquez
LAS COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO


    La primera fue la chica del subte. Había quien lo discutía o, al menos, discutía su alcance, su poder, su capacidad para desatar las hogueras por sí sola. Eso era cierto: la chica del subte sólo predicaba en las seis líneas de tren subterráneo de la ciudad y nadie la acompañaba. Pero resultaba inolvidable. Tenía la cara y los brazos completamente desfigurados por una quemadura extensa, completa y profunda; ella explicaba cuánto tiempo le había costado recuperarse, los meses de infecciones, hospital y dolor, con su boca sin labios y una nariz pésimamente reconstruida; le quedaba un solo ojo, el otro era un hueco de piel, y la cara toda, la cabeza, el cuello, una máscara marrón recorrida por telarañas. En la nuca conservaba un mechón de pelo largo, lo que acrecentaba el efecto máscara: era la única parte de la cabeza que el fuego no había alcanzado. Tampoco había alcanzado las manos, que eran morenas y siempre estaban un poco sucias de manipular el dinero que mendigaba.

Mariana Enriquez / El chico sucio

 


Mariana Enriquez
EL CHICO SUCIO


    Mi familia cree que estoy loca porque elegí vivir en la casa familiar de Constitución, la casa de mis abuelos paternos, una mole de piedra y puertas de hierro pintadas de verde sobre la calle Virreyes, con detalles art déco y antiguos mosaicos en el suelo, tan gastados que, si se me ocurriera encerar los pisos, podría inaugurar una pista de patinaje. Pero yo siempre estuve enamorada de esta casa y, de chica, cuando se la alquilaron a un buffet de abogados, recuerdo mi malhumor, cuánto extrañaba estas habitaciones de ventanas altas y el patio interno que parecía un jardín secreto, mi frustración porque, cuando pasaba por la puerta, ya no podía entrar libremente. No extrañaba tanto a mi abuelo, un hombre callado que apenas sonreía y nunca jugaba. Ni siquiera lloré cuando murió. Lloré mucho más cuando, después de su muerte, perdimos la casa, al menos por unos años.

Mariana Enriquez / La casa de Adela




Mariana Enriquez 
LA CASA DE ADELA


Todos los días pienso en Adela. Y si durante el día no aparece su recuerdo —las pecas, los dientes amarillos, el pelo rubio demasiado fino, el muñón en el hombro, las botitas de gamuza—, regresa de noche, en sueños. Los sueños con Adela son todos distintos, pero nunca falta la lluvia ni faltamos mi hermano y yo, los dos parados frente a la casa abandonada, con nuestros pilotos amarillos, mirando a los policías en el jardín que hablan en voz baja con nuestros padres.

martes, 28 de noviembre de 2023

Mariana Enríquez / El mirador






Mariana Enríquez
EL MIRADOR


Siempre había querido decirle a la nena, la hija del último y actual dueño, que no tuviera miedo. No había nada que temer. Ella estaba ahí, pero la nena no la percibía, no podía verla; nadie podía percibirla salvo que, claro, tomara forma. Pero sin forma le estaba negada la presencia. La nena no tenía sensibilidad especial alguna: solo estaba aterrada. Pasaba corriendo frente a la escalera que llevaba al mirador del hotel, imaginando que allí, en la torre, que durante años fue la construcción más alta de Ostende, se escondía una loca, una loca de cabello largo que se miraba en el espejo, vestida con un camisón blanco; le tenía miedo al cocinero italiano que echaba leña dentro de la caldera, aun después de que fuera despedido (creía que podía encontrarlo en los pasillos, acechante, y que la echaría al fuego a ella también, junto con la madera). Ahora, ya una mujer, la hija del dueño no pasaba los inviernos en el hotel. Decía que no soportaba la mediocridad del balneario solitario en los inviernos helados, puro viento y sin siquiera un cine abierto en Pinamar; decía que también le tenía miedo a un eventual ladrón. Pero era mentira. Se trataba del mismo miedo que la paralizaba en los pasillos circulares del hotel cuando era chica, que la alejaba del comedor casi monacal del primer piso, o del gran espejo que esperaba su restauración en la habitación-depósito, donde temía ver reflejado algo desconocido.

Mariana Enriquez / Julie


                                                                     


 Mariana Enriquez

JULIE


La trajeron de Estados Unidos directo a mi casa en Buenos Aires. No querían que pasara tiempo en un hotel mientras buscaban un departamento para alquilar. Mi prima gringa Julie: había nacido en Argentina pero, cuando tenía dos años, sus padres, mis tíos, habían migrado. Se instalaron en Vermont: mi tío trabajaba en Boeing, mi tía —la hermana de mi padre— paría hijos, decoraba la casa y secretamente hacía reuniones espiritistas en su amplio y hermoso living. Latinos ricos, rubios, de apellido alemán: sus vecinos no sabían muy bien cómo ubicarlos porque venían de Sudamérica pero se apellidaban Meyer. De todas maneras, la primera hija delataba la sangre morena infiltrada, la de mi abuela india: Julie tenía los ojos oscuros y muertos de un ratón, el pelo implacable siempre erizado, la piel color arena mojada.

lunes, 4 de abril de 2022

Mariana Enriquez / Tela de araña

 



Mariana Enríquez
TELA DE ARAÑA

Spiderweb by Mariana Enriquez

    Es más difícil respirar en el norte húmedo, ahí tan cerca de Brasil y Paraguay, con el río feroz custodiado por mosquitos y el cielo que pasa en minutos de celeste límpido a negro tormenta. La dificultad se empieza a sentir enseguida, ni bien se llega, como si un abrazo brutal encorsetara las costillas. Y todo es más lento: las bicicletas pasan muy de vez en cuando por la calle vacía a la hora de la siesta, las heladerías parecen abandonadas a pesar de los ventiladores de techo que giran para nadie, las chicharras gritan histéricas en sus escondites. Nunca vi una chicharra. Mi tía dice que son unos bichos horribles, unas moscas espectaculares de alas verdes que vibran y te miran con sus ojos lisos y negros. No me gusta el nombre chicharra: ojalá mantuvieran siempre el nombre cícadas, que se usa sólo cuando están en etapa ninfal. Si se llamaran cícadas, su ruido de verano me recordaría las flores violetas de los jacarandás en la costanera del Paraná o las mansiones de piedra blanca con sus escalinatas y sus sauces. Pero así, como chicharras , me recuerdan el calor, la carne podrida, los cortes de electricidad, a los borrachos que miran con ojos ensangrentados desde los bancos de la plaza.

lunes, 8 de noviembre de 2021

Mariana Enríquez / Bajo el agua negra

 


Mariana Enríquez
BAJO EL AGUA NEGRA


    El policía entró con la mirada alta y arrogante, las muñecas sin esposar, la sonrisa irónica que ella conocía tan bien: toda la actitud de la impunidad y el desprecio. Había visto a muchos así. Había logrado que condenaran a demasiado pocos.
    —Siéntese, oficial —le dijo.