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jueves, 30 de enero de 2020

David Huerta / Plegaria




A light in the window
Billy Jacobs



David Huerta
PLEGARIA

Señor, salva este momento.
Nada tiene de prodigo o milagro
como no sea una sospecha
de inmortalidad, un aliento
de salvación. Se parece
a tantos otros momentos...
Pero está aquí entre nosotros
y crece como una luz amarilla
de sol y de encendidos limones
- y sabe a mar, a manos amadas,
huele a una calle de París
donde fuimos felices. Sálvalo
en la memoria o rescátalo
para la luz que declina
sobre esta página,
aunque apenas la toque.




domingo, 26 de enero de 2020

David Huerta / “México es una comunidad tan desgarrada que ya casi no es comunidad”


David Huerta

David Huerta: “México es una comunidad tan desgarrada que ya casi no es comunidad”

El poeta mexicano, que recibe hoy el gran premio de la FIL, habla en su casa de su trayectoria, sus influencias y la relación entre hermetismo y claridad




David Huerta, en su casa de Ciudad de México la semana pasada.Ampliar foto
David Huerta, en su casa de Ciudad de México la semana pasada. HÉCTOR GUERRERO

Tardes de salón con Nicolás Guillén, David Siqueiros, Alí Chumacero y hasta paseos por el parque comiendo helados de la mano de José Emilio Pacheco. “De niño, mi primer contacto con la poesía fue con las personas mismas de los poetas, pintores y artistas”, cuenta sentado en el sillón de su casa David Huerta (Ciudad de México, 1949), último ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances. El jurado destacó en septiembre su “dominio y asimilación de las más diversas tradiciones”. A Huerta, la tradición literalmente venía a verle a casa.
A unos pocos kilómetros al norte de este sillón, en la colina del Periodista. Un “gueto gremial”, lo recuerda Huerta. Un barrio nacido de una cooperativa de reporteros, fotógrafos, pintores y escritores donde “prácticamente todas las familias se conocían”. Allí aterrizó su padre, Efraín Huerta, uno de los poetas de cabecera de México. Coetáneo de Octavio Paz —ambos nacieron en 1914—, fueron compañeros de bachillerato y de militancia comunista hasta la caída del caballo del autor de Laberinto de la soledad.

sábado, 25 de enero de 2020

David Huerta / No leer poesía es vivir una vida pobre, gris y desabrida


David Huerta


David Huerta: No leer poesía es vivir una vida pobre, gris y desabrida

Para el ganador del Premio FIL, los gobiernos mexicanos no tienen un especial interés en que la población entienda, piense, analice, discierna, sea capaz de criticar

Considerado como una de las voces fundamentales de la poesía actual mexicana, David Huerta es poeta, narrador, ensayista y traductor y ha desempeñado su labor profesional siempre alrededor de los libros; ha reconocido que la poesía le llega “por la vía genética” y que su padre, el también poeta Efraín Huerta, tuvo un peso específico en sus inicios literarios.
Autor de una vasta obra poética, su libro Incurable (1987), es considerado uno de los mejores de la poesía en lengua española.

viernes, 20 de junio de 2014

Poetas invisibles de América Latina

Raúl Gómez Jattin
Poetas invisibles de Latinoamérica

La poesía en castellano al oeste del Atlántico es relativamente conocida en España.

Repasamos algunos poetas a tener en cuenta


Bogotá 16 ENE 2013 - 08:51 CET


Ilustración de la portada de 'Cuerpo plural. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea'.
Gracias a los premios y a la labor de algunas editoriales españolas, entre las que se destacan Visor, Renacimiento y Pre-Textos, la poesía escrita en castellano en la orilla occidental del océano Atlántico es más o menos conocida en España. Los principales nombres del canon actual, por lo menos, son familiares en la república poética. Es difícil que la poesía supere esos límites de difusión. Incluso la gente de la literatura, de la academia y de la prensa cultural se mueve con más familiaridad con los nombres de los narradores y hasta de los ensayistas que en el iniciático mundo de los poetas. Pero, hoy por hoy, poetas como Nicanor Parra (1914), Álvaro Mutis (1923), Fina García Marruz (1923), Ernesto Cardenal (1925), Tomás Segovia (1927-2011), Rafael Cadenas (1930), Juan Gelman (1930) y José Emilio Pacheco (1939), son conocidos gracias al Premio Reina Sofía, al Premio Cervantes y al Premio FIL de literatura.
Los que hay más allá es pura niebla. Nombres familiares en cada país e ignorados en el resto del vecindario, poetas secretos, de culto, individuos de todas las edades que, no obstante su valor, apenas son mencionados. A Fina García Marruz, por ejemplo, la saca del anonimato el Premio Reina Sofía; pero su esposo, otro grande poeta, Cintio Vitier (1921), permanece a la sombra. Y, sin salirme de Cuba, todavía más secreto es el simpar Rafael Alcides Pérez (1933). Entre la generación de los nacidos en el tercer decenio del siglo XX están las uruguayas Ida Vitale (1923) e Idea Vilariño (1920-2009), los peruanos Jorge Eduardo Eielson (1924-2006), Blanca Varela (1926-2009) y Carlos Germán Belli (1927), los argentinos Perla Rotzait (1920) y Joaquín Giannuzzi (1924-2004) y los mexicanos Eduardo Lizalde (1929), Ramón Xirau (1924) y Rubén Bonifaz Nuño (1923).
Entre los nacidos después de 1930 hay algunos poetas que murieron sin alcanzar el cenit de reconocimiento que tanto merecían y que, ahora, son cada vez más leídos y admirados, como el venezolano Eugenio Montejo (1938-2008) y el colombiano José Manuel Arango (1937-2002). Entre los vivos de esta misma generación destaco, en México, a Gabriel Zaid (1934), de quien sus magistrales ensayos han opacado la excelente obra poética; están también los chilenos Oscar Hahn (1938) y Pedro Lastra (1932) y el colombiano Jaime Jaramillo Escobar (1932).


Eugenio Montejo, en la Residencia de Estudiantes. / GORKA LEJARCEGI
Por obvias razones, conozco más el paisaje colombiano que el de otros países. El mío, ha sido un país autista, mediterráneo, volcado hacia adentro. El más interesante poeta colombiano del siglo XX, Aurelio Arturo (1906), muerto en 1974, es todavía de consumo interno. Algo parecido sucede con el nadaista que comenzó firmando como X-504 y después con su nombre propio –no es mi pariente- Jaime Jaramillo Escobar, un poeta veriscular, de una inusitada fuerza, de un humor único.
Ya las generaciones nacidas en el decenio de 1940 tienen sus propios mártires: los colombianos Raúl Gomez Jattin (1945-1997) y María Mercedes Carranza (1945-2003), los peruanos José Watanabe (1945-2007) y Antonio Cisneros (1942-2012). Y acaso sea en este segmento en donde haya más grandes poetas desconocidos o casi. Pienso, sobretodo en los mexicanos Francisco Hernández (1946), que acaba de ganar el Premio Nacional de Literatura de México, y David Huerta (1949), en el boliviano Eduardo Mitre (1943), en el colombiano Juan Manuel Roca (1945), en los venezolanos Alejandro Oliveros (1948) y Armando Rojas Guardia (1949), en los argentinos Arturo Carrera (1948) y Daniel Samoilovich (1949).
A medida que avanzo en el recorrido se me aparece más reveladora la imagen de que recorro un camino lleno de neblina, donde los nombres son desconocidos y los textos son borrosos. Entre los nacidos en el decenio de 1950 destaco al colombiano Rómulo Bustos (1954), a los chilenos Diego Maquieira (1954) y Raúl Zurita (1950), a los venezolanos Yolanda Pantin (1954) y Gustavo Guerrero (1958) –además de poeta, autor de la más completa antología de poetas hispanoamericanos nacidos después de 1960, Cuerpo plural-, al argentino Alejandro Bekes (1959), al uruguayo Rafael Courtoisie (1958), a los mexicanos Coral Bracho (1951), Vicente Quirarte (1954), Jorge Esquinca (1957), José Luis Rivas (1950) y Fabio Morábito (1955)


El escritor colombiano Álvaro Mutis. /GORKA LEJARCEGI
A medida que avanzo hacia los más jóvenes, desde un principio, el enunciado tiende más a parecerse a una conjetura y la sensación del redactor es que puede estar omitiendo nombre que olvidó o que, simplemente, desconoce. No están todos los que son, pero los que están, son. Después de 1960 nacieron los mexicanos María Baranda (1962), Jorge Fernández Granados (1965), Julio Trujillo (1969), Luis Felipe Fabre (1974) y Hernán Bravo Varela (1979); el costarricense Luis Chaves (1969); los colombianos Ramón Cote (1963), John Galán (1973), Juan Felipe Robledo (1968) y Catalina González (1976); el salvadoreño Jorge Galán (1973), el peruano Eduardo Chirinos (1960), el cubano Antonio José Ponte (1964), los argentinos Edgardo Dobry (1962) y Fabián Casas (1965), los argentino-españoles Andrés Neuman (1977) y Mariano Peyrou (1971); el guatemalteco Alan Mills (1979); los venezolanos Luis Pérez Oramas (1960), Luis Moreno Villamediana (1966), Erika Reginato (1977) y Jorge Vessel (1979); el dominicano Frank Báez (1978)… Imposible abarcar todos los nombres que se insinúan como excelentes poetas y, por eso, este párrafo destaca a algunos y comete involuntarias injusticias.
Enunciada mi –incompleta- lista, la que aparece como primera y mejor conclusión, es la diversidad de voces y de tendencias. Hay de todo. Desde autores de sonetos hasta las más informales formas, con el mérito de que hay versos libres que, no por ser libres, dejan de ser versos. Hay poesía conversacional, narrativa, barroca, surrealista, en fin, un extenso y contradictorio menú. Y, en todos, talento; más visible, más comprobable con la obra consolidada de los mayores. Pienso que una poesía tan personal en todos sus registros, tan poseída de un lirismo hondo y claro a la vez, como la de Francisco Hernández, está en las vísperas de su consagración definitiva y de su más amplia divulgación, al que ha dado impulso un premio recién recibido en México. Y, aunque distinta, mis afirmaciones también caben para referirse a la poesía de David Huerta.
Entre los muy jóvenes no caben juicios tan nítidos como los que pueden hacerse alrededor de Hernández y de Huerta. Son más bien apuestas, intuiciones, acaso reflejos del gusto personal. En todo caso se distingue por su reconocimiento y por las ediciones en varios países –cuatro- de su libro Postales (premio nacional de su país), la voz desenfadada y lírica, imaginativa y lúdica del dominicano Frank Báez.