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martes, 26 de abril de 2016

Dos años de la muerte de García Márquez / El último beso de Gabo






Gabriel García Márquez

DOS AÑOS DE LA MUERTE DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

El último beso de Gabo

Tras dos años sin García Márquez, su ausencia se siente como un relámpago de frío entre sus amigos


JUAN CRUZ
Madrid 15 ABR 2016 - 17:00 COT

Juan GossaínFoto de DANIEL MORDZINSKI
El autor de Cien años de soledad murió el 17 de abril de 2014 en México. Lo evocan Juan Gossaín, escritor, periodista, uno de sus más grandes amigos, y su hermano menor, Jaime, que ahora trabaja en la gerencia de la Fundación Nuevo Periodismo que fundó Gabo. Estos monólogos fueron recogidos por Juan Cruz en Cartagena de Indias.

Juan Gossaín 
"En sus libros hay vida y recuerdos"

"¿Sabes qué extraño de Gabo? Que era un factor de unificación de los amigos viejos.Uno no sabe eso cuando los amigos están vivos. Estaba aquí, lo veías, y cuando no estaba también lo veías en los amigos que seguían en Cartagena, pero cuando él venía esto parecía una caja de música, él nos ponía a hablar. Y muerto Gabo es como si nos hubiéramos muerto todos. Yo no he vuelto a ver a los viejos amigos, ni siquiera tengo la pulsión de decir 'voy a llamar a este o al otro'; se fueron todos porque se fue Gabo, es como si nos hubiéramos ido todos con Gabo, eso es lo que más extraño, lo que más me llega…".

“¿Y cómo era? Yo llevo luchando con la gente contra una imagen de Gabo que yo sé que existe, que él buscó sin proponérselo. Es la del arrogante. Y desde que lo conocí, cuando yo tenía 14 años, aquí, en Cartagena, sé que eso no es petulancia ni soberbia: sé que es timidez ante los extraños. Gabo se retraía y la gente lo tomaba como que se distanciaba. Pero cuando estaba solo con los amigos entonces era un bromista. ¿Sabes qué le encantaba? Recordar viejas historias, '¿sabes aquella de cuando en 1959 iba Cepeda Zamudio por las calles de Barranquilla, y apareció una mujer, una putica de la calle…?'… ¡Era feliz! Le gustaba tomar el pelo a los amigos, ponerles apodos. Le gustaba recordar, eso es lo que le gustaba. Se encontraba contigo y te saludaba como si no te hubiera visto en siglos. '¡Ven acá! ¿Cómo era aquel cuento de cuando tú y yo íbamos por el centro de Cartagena…?' Ese hombre era una evocación permanente".

“Yo lo conocí en la puerta de un teatro. Era el primer festival de cine de Cartagena. Él estaba con Ripstein, Lucha Villa, los mexicanos. Ponían la película que hizo con Ripstein, Tiempo de morir. Y en la pantalla dice Juan Sayago el nombre de mi pueblo, San Bernardo del Viento. ¡Di un respingo! Al salir del teatro había un señor con la pierna puesta contra la pared. Era García Márquez. Le pregunté por qué había puesto el nombre de mi pueblo. Elemental, me dijo, 'porque es bonito'. Medio siglo más tarde estábamos almorzando aquí, ya él era un mito, íntimo de reyes y ministros… Entonces le volví a preguntar por qué había puesto en Tiempo de morir el nombre de mi pueblo. Saltó de la silla y me dijo: '¡Otra vez la misma pregunta de aquel día en la puerta del teatro!' ¡Y de nuevo me reprodujo aquella historia de medio siglo atrás! La verdadera gracia de Gabo es que se acordaba de ese y también de todos los episodios de su infancia para poderlos reconstruir y para que fueran alimento de su ternura".

“Por eso creo que el genio de Gabo es el mejor homenaje que la conciencia humana ha hecho al recuerdo, a la evocación. Y no basta con recordar: lo recordaba por el gusto de recordarlo absolutamente todo; y para los detalles nos usaba a los amigos… Por eso desde la primera página del primer libro a la última del último libro lo que hay es una vida, la vida de García Márquez: su pueblo, sus casas, sus amigos, sus parientes, la gente que conoció, la gente que estimó; es decir, recuerdos. Lo único que García Márquez necesitaba para ser un genio era recordarlo y contarlo bien. A eso le ayudó el lenguaje del Caribe. No bastaba con recordar, claro, faltaba esa música, y faltaba quien le ayudara a recordar. Por eso buscaba incansablemente a los amigos. Era el lenguaje de donde ocurrieron las cosas. Por eso suena Gabo a Caribe. Redescubrió el sentimiento, el valor de esta música. El Caribe es el hombre universal que soñaba Aristóteles. El hombre de todos los hombres está en el Caribe. Necesitaba a alguien que echara el cuento y nadie lo contó mejor que García Márquez. La literatura de Gabo en el fondo no es sino la historia mejor contada del Caribe.

“Y, claro, estaba lo que le dio el periodismo. Buscó la fuente siempre, el origen, y eso le sirvió para la ficción y para la realidad. Le dio la exactitud…, pero le sirvió también, en la ficción, para convencer a la gente de que lo que decía era realidad aunque inventara las cifras… Que el lector le crea: esa ambición, y esa manera de lograr la creencia del lector, se la dio el periodismo. El periodismo y el lenguaje de la gente. Por eso, cuando la gente le preguntaba de dónde viene su estilo, él decía: 'De mi abuela'. Ah, y la música, que le vino del origen guajiro de sus antepasados. La brujería, la magia, las leyendas indígenas, las tradiciones… Juan Luis Cebrián publicó hace años un libro en el que estamos Gabo y yo, él tenía 45 años y todo el éxito, y yo era un principiante de 21 en El Espectador… Ahí es donde él dijo aquello que luego quedó canonizado: 'Cien años de soledad es un vallenato de 350 páginas…' Y cuando salió El amor en los tiempos del cólera, aquel memorión me dijo: '¿Te acuerdas de lo que te dije hace años? ¡Pues esta novela es un bolero!".

“¿La última pregunta? No se la hice. Vino a Cartagena, ya estaba enfermo. Preguntó por mí, y me acerqué, trató de hablarme y yo me agaché, era en un almuerzo… Me miró, no dijo nada, me agarró la mano y me la besó. Yo sé que quiso decirme que como había tanta bulla no podíamos hacernos cuentos, y eso fue lo último, un beso en la mano. A los seis meses se murió el amigo más entrañable que he tenido”.

jueves, 24 de abril de 2014

Juan Gosaín / Me quedo con el García Márquez periodista

Gabriel Garcia Márquez
según David Levine

Juan Gossaín

'Me quedo con el García Márquez periodista' 



El Tiempo, 19 de abril de 2014

Gabo, el periodista
García Márquez durante sus primeros años en 'El Espectador'.

La solemnidad del Nobel acabó con la lozanía del muchacho desconocido.


No pudo escoger otro día: tenía que morirse un jueves santo. Escribo agobiado por el peso de semejante noticia. Su fallecimiento demuestra que Gabriel García Márquez es inmortal, pero no era inmorible. La verdad es que se volvió inmortal mucho antes de morirse.
Puesto a escoger entre el novelista genial y el cuentista magistral, prefiero quedarme con el periodista que escribió el relato de aquel náufrago que estuvo doce días a la deriva, pero que además se atrevió a meterse en las selvas del Chocó y en las ciénagas embrujadas de La Mojana buscando historias para sus crónicas.

García Márquez / Treinta años del Nobel

Gabriel García Márquez, 1982
Gabriel García Márquez
BIOGRAFÍA

Y Estocolmo volteó sus ojos al Caribe


Por: JUAN GOSSAÍN
El Tiempo, 10 de Octubre del 2012

Juan Gossaín analiza lo que dejó para el país el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura para Gabo.

¿Para qué sirvió el Premio Nobel? Sirvió para todo: para que el tambor de la cumbiamba se tomara las calles heladas de Estocolmo en aquel diciembre, para que Macondo llegara hasta los arrozales de China, para que los compositores peruanos sacaran canciones nuevas, para que en Panamá abrieran un restaurante de pescado que se llamaba "Mariposas Amarillas", para que a los muchachos nacidos en esa época les clavaran el nombre de Aureliano, aunque, viéndolo bien, hubiera sido peor que les pusieran Gerineldo.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Políticos / Alquiler de carros costará dieciocho mil millones de pesos


Alquiler de carros para representantes costará $18.000 millones

  $ 18 mil millones  costarán carros  de representantes
Según Andrés Villamizar, director de la Unidad de Protección, Senado y Cámara se comprometieron a rematar los carros viejos y reintegrar el dinero al Tesoro. Néstor Gómez / EL TIEMPO

La Cámara firmó un contrato con la Unidad de Protección 

para arrendar 125 vehículos.


Con la firma de un contrato por más de 18.000 millones de pesos con la Unidad Nacional de Protección (UNP), la Cámara de Representantes busca resolver definitivamente el espinoso tema de los carros para los congresistas, que ha generado en el pasado más de un escándalo en el país.

El contrato, firmado el martes y conocido por EL TIEMPO, determina el "arrendamiento" de "125 vehículos blindados" que estarán en poder de los representantes a la Cámara a más tardar en marzo del próximo año.


De acuerdo con Augusto Posada, presidente de la Cámara, "el Congreso tradicionalmente compraba carros (...) y esa no es nuestra función".


"El Congreso no tiene por qué estar metido en problemas y generando escándalos porque compró unos carros más costosos o porque el contrato de mantenimiento era con el taller del amigo de fulanito", dijo el congresista.


Estas consideraciones llevaron a que se descartara pronto la idea de comprar vehículos y se acudiera a la figura del arrendamiento, la cual, según Andrés Villamizar, director de la UNP, "es más barata y eficiente".


El objeto del contrato es que la Cámara le transfiere 18.516 millones de pesos a la UNP para que se encargue de dotar de vehículos a los representantes y otorgarles esquemas de seguridad.


La Unidad de Protección, a su vez, arrienda los carros con operadores con los que ya tiene este tipo de convenios.

Mantenimiento y pólizas
Además del vehículo, los representantes recibirán el mantenimiento, el seguro obligatorio y una póliza de responsabilidad civil extracontractual hasta por 200 millones de pesos.

En cuanto al orden de entrega, el próximo lunes serán adjudicados los primeros nueve, los cuales llegarán a manos de los representantes que hoy día no tienen ninguno.


Después de esto y antes de que termine este año, la UNP le entregará a la mesa directiva de la Cámara 41 más, que serán destinados a quienes cuentan con vehículo, pero sin blindaje.


El próximo año está previsto que se entreguen 75 más para completar en marzo los 125 carros. Aunque los integrantes de esa corporación son 166, la Cámara certificó que 41 vehículos comprados en el 2011 y 2012 están en buenas condiciones, por lo que solo se arrendarán 125.

Gasto suntuoso
Para Alejandra Barrios, directora de la Misión de Observación Electoral, "aquí hay congresistas que no necesitan dos carros ni escoltas".
"Lo que se critica es por qué todos los congresistas tienen que tener carros que no son pagados por ellos", agregó Barrios.

Para el ex zar anticorrupción Óscar Ortiz, el monto del contrato "es un absurdo, es desproporcionado". 

"Con esos recursos se podría hacer mucha inversión. En un Estado con tantas necesidades, los voceros de los ciudadanos no necesariamente deben contar con carros oficiales, blindados y de 7 millones al mes", dijo el experto.


Para Villamizar, "el debate sobre si los congresistas deben tener carro blindado o no está saldado". 


"Sé que la opinión pública se indigna y los medios de comunicación y muchos periodistas avivan esa indignación, pero es un tema superado", dijo el funcionario.


En todo caso, después del lunes, cuando se entreguen los primero carros, se sabrá si los representantes quedan satisfechos y el tema se da por superado o no.

JUAN FRANCISCO VALBUENA G.
REDACCIÓN POLÍTICA

Senador Juan Manuel Corzo gana demanda al Estado por $ 800 millones
Corzo gana demanda al Estado por $ 800 millones
Juan Manuel Corzo fue presidente del Senado.

Recibiría esa indemnización por el secuestro 

que sufrió en 1999. 

Nación apeló.

El senador conservador Juan Manuel Corzo le acaba de ganar una demanda al Estado por casi 800 millones de pesos, como indemnización por los dos años que estuvo secuestrado, entre 1999 y 2001, por la guerrilla del Eln.
El fallo, emitido por el Tribunal Administrativo de Santander hace cerca de cuatro meses, solo se conoce ahora, cuando la Sección Tercera del Consejo de Estado aceptó la apelación de la Nación.
El congresista, que hace un año desató polémica tras afirmar que el sueldo no le alcanzaba para pagar la gasolina de sus carros, fue secuestrado, junto con otras personas, en abril de 1999 por un frente del Eln. En esa ocasión, guerrilleros de civil burlaron la seguridad del aeropuerto de Bucaramanga y plagiaron un avión de Avianca que tenía previsto volar hacia Bogotá.
Corzo le confirmó a EL TIEMPO que la demanda salió a su favor en primera instancia, pero recordó que la interpuso meses después del secuestro, cuando "aún no se hablaba de reparación de víctimas del conflicto".
Lo contradictorio es que la ley de víctimas -sancionada en junio del 2011- indica que las indemnizaciones a los afectados por la violencia no superarán los 21 millones de pesos, pero en este caso asciende a 800 millones por ser una demanda anterior a la entrada en vigencia de la norma.
"En mi caso hubo descuido del DAS, de Avianca y falta de control en el aeropuerto", enfatizó Corzo, quien anunció que si la segunda instancia es a su favor, utilizará esos recursos "en actividades de índole social".
Uno de sus abogados, Édgar Cortés, quien llevó el proceso junto con Roberto Quintero, le dijo a este diario que a Corzo "le reconocerían cerca de $ 500 millones" porque en el proceso hay más personas, "entre ellas la fallecida madre del senador y sus hermanos", quienes también tendrían derecho a ser indemnizados.
Dijo que sueldo no le alcanzaba para gasolina
En septiembre del año pasado, cuando oficiaba como presidente del Senado, Juan Manuel Corzo desató una polémica tras asegurar que su salario como congresista, que supera los 20 millones de pesos, no le alcanzaba para pagar la gasolina de los dos carros que tenía asignados para movilizarse. "Prefiero no robar al Estado y que me paguen la gasolina", aseguró en ese entonces.

http://www.eltiempo.com/politica/corzo-gana-demanda-al-estado-por-800-millones_12400439-4




Desangre de los recursos públicos, 

el cáncer de la rama judicial

Recursos públicos
Informe de la Contraloría deja en evidencia desangre de los recursos públicos de la rama judicial.

Juan Gossaín revela el informe de la Contraloría que denuncia los malos manejos de los dineros.

Conozco a un anciano artrítico que, a pesar de sus quebrantos, tiene que rebuscarse bajo el sol como jardinero de edificios. Lo hace porque se partió el lomo trabajando la vida entera, pero su pensión de salario mínimo no le alcanza para sobrevivir. La misma situación en que se encuentran penosamente millones de jubilados colombianos.
Mientras tanto, la prensa informa que doce jueces se ganaron el 'baloto'. Con solo trabajar tres meses como magistrados auxiliares en el Consejo Superior de la Judicatura, lograron que sus pensiones fueran reajustadas en 400 por ciento: pasaron de ganarse tres millones de pesos mensuales a doce millones.
Sin embargo, y en relación con el dinero que maneja el poder judicial, la historia del 'carrusel' de las pensiones muestra apenas la punta del témpano. O el canto de la cabuya, como dicen los campesinos de mi tierra. La verdad escueta es que los balances de la justicia, como las cuentas de la lechera, no cuadran por ningún lado.
'Esa platica se perdió'
Vayamos por partes y no me acosen, que yo me enredo solo: durante diez años, entre 1993 y el 2003, el Estado destinó 1,2 billones de pesos anuales para el funcionamiento de la justicia. Era un promedio casi invariable.
Pero desde el 2004 se desató una lluvia de plata solo comparable con los inviernos que azotan al país. Por ejemplo: el año pasado esa suma fue de 2 billones y para el actual se sube a 2,2 billones. Aún así, no les alcanza. En materia de nómina la rama judicial no parece una rama sino una selva entera: el 82 por ciento del presupuesto se va en gastos de personal.
Como si fuera poco, y para que se pasmen ustedes, a partir del 2009, el Gobierno empezó a girarle a la justicia unas partidas adicionales para descongestionar el retraso eterno en que viven los juzgados. Fue así como en los tres años siguientes, hasta el 2011, se destinaron a ese propósito 490.000 millones, además de lo contemplado en el presupuesto ordinario. Otro medio billón, como quien dice.
Por si algo faltara, también se ha echado mano de créditos extranjeros. El Banco Interamericano y el Banco Mundial concedieron préstamos por 40 millones de dólares, de los cuales, hasta el año pasado, 11.500 millones más habían ido a parar al barril sin fondo de la descongestión judicial.
Hasta que un día la contralora general de la República, Sandra Morelli, se preguntó en qué pudieron haber invertido semejante cantidad de dinero. Entonces designó su propia comisión para que adelantara una minuciosa auditoría en el Consejo Superior de la Judicatura, cuya vida está agonizando en la reforma del sistema judicial que se discute actualmente. Las conclusiones del informe presentado por la comisión no pueden ser más aterradoras y terminantes: "Esos recursos se perdieron".
Arriendos, retrasos y sobrecostos
Además de la vinculación de personal suplementario -una manera de seguir reforestando la selva burocrática-, en desarrollo del programa de descongestión se contrató también la construcción de nuevos edificios para la justicia. En este campo la Contraloría destapó varios hechos aberrantes: los costos de esos palacios en ciudades como Cali, Manizales, Yopal y Mocoa, entre otras, exceden ya el 200 por ciento del precio que se pactó inicialmente.
Encima de todo, como si la herida necesitara que le echen sal, el plazo para su entrega va retrasado el doble del tiempo establecido. La remodelación del complejo judicial de Paloquemao, en Bogotá, que según el contrato debió hacerse en mes y medio, demoró catorce meses.
La falta de planeación en esas inversiones fue tan grande que ni siquiera se tuvo en cuenta que numerosos despachos judiciales tendrían que mudarse temporalmente a fin de facilitar el adelanto de las obras. Ello condujo a gastos inesperados: pago de arrendamientos, adecuación de locales, alquiler de computadoras, sistemas y redes de comunicaciones, contratos de seguridad y aseo. Por ese solo concepto, los funcionarios de la Contraloría consideran que el bolsillo de los colombianos sufrió un perjuicio adicional de 93.000 millones de pesos.
"Cómo sería el derroche", me dice uno de los funcionarios, "que en una ciudad pagaron 24 millones de pesos mensuales por el alquiler de un local para tres juzgados. Durante la investigación encontramos que en realidad costaba seis millones". Eso era lo que pagaban los inquilinos anteriores, dos almacenes y un restaurante, hasta que los echaron porque era mejor negocio arrendárselo a la justicia.
Aquí es donde uno empieza a preguntarse si el Consejo Superior de la Judicatura merece que le den cristiana sepultura, con misa cantada y responso en latín, o si es preferible que lo entierren sin tantas ceremonias en una fosa común.
¿Las cuentas claras?
Ante la gravedad de tales hallazgos, la Contraloría General pidió al Consejo de la Judicatura que le entregara sus balances para hacer rastreos y comparaciones. "No se nos suministró información confiable", dice la comisión, "en temas como las cuentas de anticipos entregados, acreedores y construcciones en curso". Los investigadores descubrieron que los avances de dinero a contratistas de obra no fueron legalizados en su gran mayoría. Y se encontraron con supuestos proveedores que ni siquiera aparecen identificados.
En la contabilidad figuran, además, unos precios de reajustes de obras que no tienen explicación ni soportes, no dicen de qué obras se trata ni en qué lugar del país se están construyendo.
A guisa de un solo ejemplo, entre muchos otros, los auditores establecieron que hay "algunos saldos sin justificaciones coherentes y técnicas" que valen 7.000 millones en el renglón de activos y 66.000 millones en el de los pasivos. Eso no es todo: descubrieron que grandes partidas, destinadas a supuestos cursos de capacitación para empleados judiciales, se gastaron en festejos y francachelas.
Por todos los obstáculos que tropezaron, y por todas las zancadillas que les pusieron en el camino, los comisionados de la Contraloría tuvieron que consignar en su informe que se abstienen de opinar si son razonables o no los estados financieros del Consejo Superior de la Judicatura.
Pero, como consideran que los resultados de sus pesquisas son "alarmantes", recomiendan que se inicie de inmediato una investigación contra quienes puedan ser los eventuales responsables.
Epílogo con chocolate
El informe de la Contraloría deja en claro que serán investigados quienes desde el 2007 hasta la fecha hayan ocupado los siguientes cargos: magistrados de la Sala Administrativa del Consejo Superior de la Judicatura, directores de las unidades que dependen de esa sala, el director ejecutivo y los directores regionales, sus contadores y, obviamente, los auditores internos, que debieron abrir los ojos en su obligación de vigilar el manejo del dinero.
Tuve oportunidad de consultar a algunos expertos en este tipo de procesos, que se llaman "de responsabilidad fiscal", y ellos me dijeron que en casos como los aquí descritos, y mientras dura la investigación, lo recomendable es suspender de sus cargos a aquellos empleados que representan un peligro para el uso de los recursos destinados a la justicia.
Lo que significa, en plata blanca, que las cuentas no son claras, pero el chocolate sí está espeso. Turbio y amargo, además.
Sobre el autor
Juan Gossaín, por muchos años hombre de radio y de la crónica en prensa, tiene en Cartagena un Centro de Altos Estudios de Periodismo.
Juan Gossaín
Especial para EL TIEMPO
Cartagena de Indias.





martes, 9 de octubre de 2012

Martin Murillo / La Carreta Literaria

Martin Murillo

Martín: el pescador de lectores y la carreta que no es carreta

Martín Murillo
Martín Murillo en compañia de Belisario betancourt y Juan Gossain.

Juan Gossaín cuenta la historia 

del quibdoseño que creó La Carreta Literaria

Los libros son muy orgullosos: si uno los presta, no vuelven nunca más. Los únicos que siempre regresan son los que Martín Murillo reparte con su carreta por las calles históricas de Cartagena, en caseríos y veredas, entre charcos de invierno o bajo el sol impiadoso del Caribe.
El otro día, mientras atravesaba el parque de Bolívar, en cuyo costado todavía se puede oír a medianoche la quejumbre de los torturados que arrastran sus cadenas por el Palacio de la Inquisición, me salió al paso un vendedor ambulante que cargaba un termo caliente y dos papayas bajo el brazo.
-Perdóneme que lo interrumpa -me dijo-, pero quiero hacerle una pregunta: ¿la vida de Dostoievski es más terrible que sus novelas, o es al revés?
Lo miré con cara de petrificado. Aquel muchacho se gana la vida vendiendo frutas en pedazos y café en vasitos plásticos.
-Lo que pasa -fue su explicación- es que Martín, el de la carreta, me prestó una biografía. Y Los hermanos Karamazov.
Martín no se quita nunca el gorro blanco, que es igual al que lucen los príncipes africanos en las grandes ceremonias. Hay algo de tristeza ancestral en su mirada. La carreta de madera, por su parte, es exacta a las que corretean por el mercado público, salvo que en vez de mercancías está repleta de libros que les presta a los niños de una escuela, a los emboladores, al jubilado que cabecea en una banca, a los taxistas que echan cuentos, al chofer de un bus. Martín no cobra un centavo ni exige documentos. "Si no se puede confiar en un hombre que lee -me pregunta-, ¿entonces en quién?".


'Robaron a Martín'
Sus lectores jamás se han quedado con un libro. Ni uno solo. Si no lo encuentran, se los dejan en los escaños del parque o al pie de un árbol. En cierta ocasión, a una muchacha barranquillera, que andaba de vacaciones, le entregó una historia de la Revolución Francesa. Desapareció año y medio. Martín perdió las esperanzas. Hace veinte días, sin darse por vencida, ella misma lo buscó por toda Cartagena hasta encontrarlo al anochecer. Le devolvió su libro. Le contó que está preparando maletas para irse a estudiar un doctorado en Chile. Le dio a Martín un beso en la mejilla y le dijo: "Gracias". Luego se fue.
Pero hace poco hubo una mañana en que Cartagena amaneció estremecida: le habían robado doscientos libros a Martín. Los había dejado a guardar en una caja, y, a lo mejor, el ladrón pensó que era dinero o comida y cargó con ella. En realidad, sí eran joyas y alimentos: una colección completa de literatura infantil.
-Fue el mejor día de mi vida -recuerda Martín, con una sonrisa-: la gente me mandó 600 libros.
La Carreta Literaria, que acaba de cumplir cinco años, tiene en la actualidad 6.000 obras. Los niños son los que más leen. La generación que va de los 45 a los 60 años prefiere los clásicos. Me alegra saber que, según las estadísticas que Martín conserva en la cabeza, debajo del gorro, las mujeres jóvenes son las que más le piden filosofía y poesía. Los hombres, en cambio, son más inclinados a los libros técnicos.


El primer día llovió
Martín Murillo nació en Quibdó y estudió en Medellín. Volvió a su tierra, a ganarse la vida vendiendo unas arepas rellenas que preparaba su mamá, pero un día ella le aconsejó que buscara trabajo estable. Martín se fue para Cartagena.
Lo contrataron para que cuidara un barco que estaba varado en Aruba. Le dijeron que iban a conseguirle el permiso para que se estableciera legalmente. Volvió a Cartagena y se sentó a esperar una visa que nunca llegó. Acosado por la pobreza, consiguió que le prestaran 15.000 pesos y se fue a vender por la calle refrescos en bolsa y agua helada.
-El primer día llovió -me dice- y no vendí ni una bolsa. Martín estaba en quiebra, aunque insistió tanto que llegó a vender más de mil bolsas por día. Pero como los griegos ya dijeron que ningún hombre escapa a su destino, una tarde, sentado en el parque de Bolívar, vio venir a un hombre inconfundible, todo vestido de blanco, incluido el sombrero: Raimundo Angulo Pizarro, presidente del Concurso Nacional de Belleza, que tiene las oficinas al frente. Martín le contó una idea que le estaba dando vueltas en la mollera: que le ayudara a financiar una carretilla para prestarles libros a tantas gentes que mariposean por ahí.
-¿Cuánto vale la carreta? -le preguntó Raimundo.
-Un amigo mío me la hace por un millón de pesos -contestó.
-¿Y los libros? -volvió a preguntarle.
-Esos los consigo yo -se atrevió a contestar Martín.
-Y yo pago la carreta -dijo el señor Angulo Pizarro. Ay, el Estado...
Dicho y hecho. Mientras un artesano pulía las tablas para la carretilla, Martín se paraba en la puerta de tantos congresos y seminarios que se celebran diariamente en Cartagena. Pedía libros. Era lo único que pedía. De modo que cuando el carpintero terminó de clavar la última tabla, ya Martín tenía sus primeras cien obras.
Después se fueron sumando cadenas radiales, fábricas de gaseosas, la Gobernación de Bolívar, el Instituto de Cultura de Cartagena, escuelas de periodismo, revistas. Aquel mismo distribuidor de Postobón, que un día le vendió las primeras bolsas de agua, ahora le ayuda a financiar la compra de libros. Los escritores también le llevan sus obras para que las reparta.
La historia de Martín y su carreta se fue difundiendo por todas partes. Un día, salió en busca de colaboración porque una señora residente en Nueva York, barranquillera ella, le había escrito al parque para anunciarle el regalo de quinientos libros. El problema era la manera de enviarlos a Colombia. La empresa portuaria de Cartagena se ofreció a traerlos gratuitamente.
Martín inició los trámites legales y entonces fue cuando le vio la cara al infierno: el consulado colombiano en Nueva York remitió los documentos a la embajada en Washington, la embajada los envió a Bogotá, "en Bogotá me dijeron que los tenía la secretaria de la secretaria de la secretaria", recuerda Martín. Los libros no aparecieron jamás. Esa triste experiencia le enseñó que es mejor no meterse en tratos con el Estado. "El Estado es papelero y la lectura es acción".
En cambio, muchas personas que compran casas coloniales en el centro amurallado de Cartagena suelen encontrar libros antiguos escondidos en sótanos o desvanes. Llaman a Martín para que se los lleve. Al principio, y a sabiendas de lo que se trataba, él ponía cara de estarles haciendo un favor.
Pero esa actitud cambió hace un mes. "Leí en el periódico lo que hizo el señor Yepes, presidente del Banco de Colombia", me cuenta Martín. "Regañó a unos empleados del banco que se valieron de un precio equivocado en almacenes Éxito para comprar neveras prácticamente regaladas. Les dijo que no es ético aprovecharse de un error ajeno".
Martín aprendió la lección. Desde ese día, les advierte a sus benefactores que le están regalando obras antiguas, muy valiosas, y que lo piensen bien. Ahora le dan las gracias por avisarles, pero, igual, le obsequian los libros. Y Martín quedó en paz con su conciencia.
Epílogo
Hoy tiene 44 años. ¿De qué vive el hombre de la carreta? ¿Con qué paga su almuerzo y el techo que lo cobija? Con un subsidio mensual que le dan sus propios patrocinadores. Y ya que la famosa carreta es desarmable, ha podido llevarla como invitada especial a las ferias literarias de Valledupar, Guadalajara, Caracas, Buenos Aires, Bogotá y por los caminos que conducen a las casitas de Altos del Rosario.
Calcula que ha tenido, hasta hoy, 100.000 lectores. La semana pasada, le rindieron un homenaje en Medellín, por los lados de la comuna 13, en el mismo colegio donde perdió tres veces el primero de bachillerato. A mí, por el contrario, me parece que poco ha cambiado la vida de Martín desde que era vendedor ambulante. Al fin y al cabo, un libro es como una botella de agua fresca...
Acerca del autor
Juan Gossaín periodista, hombre de radio y novelista, es académico de la Lengua.
Juan Gossaín
Especial para EL TIEMPO
Cartagena de Indias.