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| Pinocho y Bruno Walpoth |
Matteo Garrone
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| Pinocho y Bruno Walpoth |
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| Guillermo del Toro |
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| Mimo con Pinocho Alfredo Alcalde |
Leí Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi por vez primera hace muchos años, en Buenos Aires, cuando tenía ocho o nueve años, en una imprecisa traducción española que incluía las ilustraciones originales en blanco y negro de Mazzanti. Vi la película de Disney tiempo después, y me molestó descubrir multitud de cambios respecto del original: el asmático Tiburón que devoraba a Geppetto se había convertido en Monstro la Ballena; el Grillo-parlante, en vez de aparecer de forma intermitente, había recibido el nombre de Pepito y se pasaba el tiempo persiguiendo a Pinocho con sus buenos consejos; Geppetto el gruñón se había transformado en un viejo agradable con un pez de colores llamado Cleo y un gato llamado Fígaro. Y muchos de los episodios más memorables habían desaparecido. En ningún momento, por ejemplo, presentaba Disney a Pinocho (como hizo Collodi en una escena del libro que se me antojaba envuelta en un aura de pesadilla) siendo testigo de su propia muerte, cuando, después de rechazar su medicina, cuatro conejos "negros como la tinta" venían a buscarlo para llevárselo en un pequeño ataúd negro. En su versión original, la conversión del Pinocho de madera en un ser de carne y hueso me parecía un itinerario tan excitante como el viaje de Alicia por el País de las Maravillas buscando una salida, o el de Ulises en busca de su amada Ítaca. Excepto por el final: cuando, en las páginas finales, Pinocho se transforma, como premio, en "un lindo muchacho con los cabellos castaños, los ojos celestes", solté un grito de entusiasmo y sin embargo me sentí extrañamente insatisfecho.