Egos revueltos
Se dice que los escritores desayunan egos revueltos. Pero, ¿podrían escribir sin ego? El ego los defiende del principio de incertidumbre (nadie te quiere, nadie te va a leer), está en su naturaleza. No es una enfermedad, es parte de su ser. Su desayuno.
JUAN CRUZ 21 MAR 2008 - 13:53 CET
A finales de los sesenta, cuando ya estaba a punto de morir, el viejo poeta Ezra Pound aceptó encontrarse con algunos colegas suyos que querían tocarlo, sin duda para contarlo. Entre ellos estaba el mexicano Homero Aridjis, que les sobrevive a todos, y que fue quien contó esta anécdota.
Ezra Pound no quiso hablar; estaba mustio desde hacía años, vivía un difícil exilio interior, no soportaba la palabra, y no soportaba a sus colegas, que le rodeaban para llevarse alguna reliquia, una palabra, un mirada. Junto a él, en la actitud de adoración lírica que suele darse en estos casos, Octavio Paz, Allen Ginsberg, Charles Tomlinson, Aridjis. Estaban en Spoletto, Italia, acababan de asistir a la representación de Don Giovanni, de Mozart, con escenografía de Henry Moore, y todos querían excitar al maestro con sus historias.
Octavio Paz se identificó a sí mismo, a su modo: "Yo soy Paz". Ginsberg le cantó una mantra, para entretenerlo, Tomlinson le recitó poemas, y el propio Aridjis le habló de un músico, Gerhard Munch, que había sido amigo del poeta, que mantenía un silencio introvertido, hosco. A todos les respondió con silencio, un silencio pesado e incómodo que la historia de cada uno de ellos, con la excepción de Aridjis, convertiría en una conversación inolvidable.
Y en efecto, unos meses después, Ginsberg, Paz, Tomlinson, cada uno escribió sobre lo que que Pound les dijo aquel día en que compartieron la gloria de hablar con el poeta vivo más importante del momento. "Y yo no escribí, fui la excepción", nos dijo Aridjis, "pero tuve la tentación de escribir para decir que lo que allí hubo fue silencio, y nada más".
Aridjis nos lo contó cuando le preguntamos sobre el ego de los escritores. Los escritores se juntan muchas veces para medirse, y si se miden con la altura se sienten altos; en la costumbre de nombrar (a escritores importantes, a políticos, a artistas) hay también un egocentrismo que cultiva muchísima gente, pero que los escritores animan selectivamente: se es más, se piensa, si se está con quien es más.
