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jueves, 21 de marzo de 2024

Arturo Pérez-Reverte / El albornoz de Somerset Maugham

William Somerset Maugham

El albornoz de Somerset Maugham


Arturo Pérez-Reverte
21 de marzo de 2024


Creo que ya les conté en alguna ocasión que cuando era un joven lector solía imaginar a los escritores de éxito —Hemingway, Ian Fleming, Somerset Maugham y todos los demás— sentados en la terraza de una habitación de hotel de lujo en Italia, el Caribe o la Costa Azul, vestidos con un albornoz, escribiendo sus novelas con una pluma estilográfica Swan o Conway junto a la bandeja en la que acababan de servirles el desayuno mientras una mujer hermosa —o un hombre, en el caso de Maugham— dormía dentro, entre sábanas revueltas. Lo comenté hace unos días con mi hermano de letras José Carlos Llop, gatopardesco escritor mallorquín cuyos Dietarios son verdaderas obras maestras, y éste hizo un comentario que me lleva hoy a teclear estas líneas: «En realidad, camarada, lo hemos hecho».

lunes, 21 de febrero de 2022

Somerset Maugham / Balzac y Papa Goriot

William Someset Maugham



William somerset maugham

BALZAC Y «PAPA GORIOT»




I

De todos los novelistas que han enriquecido con sus obras los tesoros espirituales del mundo, Balzac es para mí el más grande. Es el único a quien sin vacilar le atribuiría genio. Genio es una palabra que hoy en día se usa con mucha vaguedad. Es atribuido a personas para quienes un juicio más sensato estaría satisfecho con talento. El genio y el talento son dos cosas muy diferentes. Muchas personas tienen talento; no es raro, el genio lo es. El talento es diestro y ágil; puede cultivarse; el genio es innato, y a menudo extrañamente aliado a graves defectos. Pero ¿qué es genio? El Oxford Dictionary nos dice que es «un poder intelectual natural de una clase elevada, como el que se le atribuye a quienes son considerados los más grandes en cualquier departamento del arte, la especulación o la práctica; (una) instintiva y extraordinaria capacidad de creación imaginativa, pensamiento original, invención o descubrimiento». Pues bien, una instintiva y extraordinaria capacidad de creación imaginativa es precisamente lo que Balzac tenía. No era un realista, como lo era en parte Stendhal, y como Flaubert en Madame Bovary, sino un romántico; y veía la vida no como era realmente, sino con los colores, a menudo chillones, de la predisposición que compartía con sus contemporáneos.

domingo, 20 de febrero de 2022

Somerset Maugham / Carnet de un escritor / Reseña



Somerset Maugham
CARNET DE UN ESCRITOR

[A Writer’s Notebook]. Obra de William Somerset Maugham (n. 1874). 


El conjunto de los cuader­nos de notas del novelista inglés viene a representar, como él mismo confiesa en el prólogo del presente libro — publicado el año 1949 —, unos quince gruesos volúmenes. De esta masa de recuerdos, notas y expe­riencias, el autor ha hecho la selección que integra en Carnet de un escritor, suficiente para darnos idea justa y bastante completa de su formación, métodos de trabajo y do­tes observadoras. La obra brinda un par­ticular interés para todos los lectores fami­liarizados con las novelas y cuentos de So­merset Maugham. Aquí se encontrarán con los personajes que el autor ha conocido en sus viajes y conocerá episodios vividos por el propio novelista o que le fueron referi­dos, para inmediatamente irrumpir en su obra imaginativa transmutados, convertidos ya en «materia literaria». La lectura del Diario (v.) de Jules Renard, del que nos habla repetidamente en su libro, vino a confirmar en Somerset Maugham su deseo de retener y fijar de un modo breve y con­ciso cuantas observaciones y datos signi­ficativos pudieran servirle para su propia «filosofía de la vida» o, como material, para la elaboración de obras futuras. A partir de 1892, comienza a «llevar su diario» aun­que no de un modo rutinario y sistemático, sino fijando sólo aquello que por entonces — a los dieciocho años — juzgaba importan­te: ideas originales, observaciones críticas inspiradas por sus lecturas, trozos de obras literarias que ya comenzaba a escribir, en su mayoría de piezas teatrales (es curioso que este escritor, que presenta todas las ca­racterísticas del narrador nato, se creyese en principio con vocación decidida para el teatro: sus comedias y dramas raramente son creaciones originales y, por lo general, provienen de «arreglos» de sus cuentos o novelas). El primer carnet, fechado en 1892, se remonta a la época en que el escritor era estudiante de medicina, y en él se re­gistran anotaciones de tipo psicológico, agu­das, matizadas de una ironía a veces cruel, reveladoras de una facultad de observación viva y lúcida.

El autor permanece durante cinco años estudiando medicina en el hos­pital Saint Thomas. Pero el virus de la lite­ratura se ha infiltrado en él, según pone de manifiesto su diario, lleno de proyectos de libros y fragmentos de relatos. La cu­riosidad acuciante de entrar en contacto con nuevos seres y paisajes le impulsa a viajar, trabando conocimiento con numero­sos personajes célebres y tipos pintorescos. De unos y otros, esboza sus retratos, com­puestos con un arte breve, pero intensa­mente evocadores, así como de cuantos lu­gares visita, sobre todo en los países de Oriente y en las islas de los mares del Sur, escenarios éstos de su predilección y en donde situará la acción de numerosas obras futuras. Sus dibujos ambientales aparecen trazados con un sentimiento muy pintores­co del color local y poseen la virtud evo­cadora del misterio que en ellos se inte­gra. Esta viva curiosidad por los hombres, países y circunstancias parece ganar en avi­dez y concentración a medida que los años se acumulan. Leyendo las páginas de su Carnet, sobre todo las de los años postreros — las últimas anotaciones se remontan al año 1944 — se descubre en Somerset Maugham una especie de irrefrenable pasión por la vida ardorosa y abigarrada, por la mis­teriosa complejidad de destinos y almas. Ansioso de nuevas enseñanzas y descubri­mientos, el autor se vale de todos sus en­cuentros con nuevos desconocidos — sea un gran biólogo o un vulgar aventurero — para tratar de calar más hondamente en el cono­cimiento de los hombres. Incluso se podría afirmar que de su curiosa manera de con­siderar el destino a través de las enseñan­zas que le ha suministrado una existencia fecunda en las más innumerables y varia­das experiencias, se desprende una especie de filosofía. De este modo el libro no se re­vela sólo como un repertorio fortuito de observaciones, y nos permite penetrar en la personalidad de su autor, de manera viva y completa, casi como si él mismo fuese un personaje más de sus novelas.


CRÍTICA DE LIBROS

Somerset Maugham / Cuadernos de un escritor


Somerset Maugham
CUADERNOS DE UN ESCRITOR


Durante las décadas del veinte y del treinta Maugham fue el escritor más exitoso, más leído, más vendido en Europa. Una especie de Stephen King de ahora. Pero la crítica nunca reconoció su verdadero valor literario, y pocos escritores, además de Anthony Burgess y George Orwell, reconocieron la influencia que ejerció sobre ellos, quizá porque siempre estuvo alejado de las experimentaciones formales de sus contemporáneos –Joyce, Woolf, Faulkner…–. La prosa de Maugham es diáfana, directa, y sus mayores alcances están en la observación cínica, en la caracterización perfecta y amarga de personajes. Aun hoy el escritor británico –aunque nacido en París y muerto en Niza– está algo relegado, a pesar de haber escrito verdaderas obras maestras como esa bonita biografía novelada de Gauguin titulada La luna y seis peniques –hágame el favor el título–, o su autobiografía Servidumbre humana, de más de seiscientas páginas y en la que en ningún momento deja ver sus preferencias (bi)sexuales. ¿Amañada? Sí, pero también genial por eso mismo (puede que me equivoque y haya por allí referencias, guiños que no supe percibir cuando la leí, como a los diecisiete). Su novela más celebrada, El filo de la navaja, narra la experiencia de un hombre de alta posición social que deja todo para irse a la India a buscarle sentido a su vida. En 1944, en plena guerra, fue mal recibida por el establecimiento, que la calificó de escapista; si se hubiera publicado 20 años después habría caído en el saco de las novelas fundacionales del movimiento hippie, al lado de En el camino y similares. Con el humor amargo del que siempre hizo gala, el propio Maugham dijo ya viejo: “soy el mejor de los escritores entre los escritores de segunda línea”.

Desde antes de cumplir 20 comenzó a escribir diarios, donde apuntaba sus pensamientos y reflexiones al comienzo, y que luego fueron convirtiéndose en la base para la creación de escenas, la caracterización de personajes en sus obras de ficción. Y eso se nota: al comienzo mucho aforismo, mucho pensamiento, hacia el final más bien descripciones, perfiles, notas de viaje, situaciones que veía por ahí. “Mi intención fue que mis cuadernos de notas fuesen un almacén de materiales destinados a un uso futuro y nada más”. En el 49 se decidió a publicarlos bajo el título Cuadernos de un escritor. “No lo publico porque sea lo bastante vanidoso como para suponer que toda palabra mía merece ser perpetuada. Lo publico porque me interesa la técnica de la producción literaria y el proceso de creación, y si un volumen como este, escrito por otro autor, cayese en mis manos, me arrojaría sobre él ávidamente”. Fue lo que hice cuando vi el volumen en una venta de saldos hace años. Y escogí de aquí y de allá algunas notas. Si hay tantas sobre (¿contra?) las mujeres es porque las consideraba competencia, y en sus anotaciones sobre ellas derramó lo más ácido de su talante. Debo decir como en las publicaciones institucionales aquello de “la opinión de los fusilados no necesariamente refleja las opiniones de el ojo en la paja bla, bla, bla”. Aunque en algunos casos sí.


OJO EN LA PAJA


Somerset Maugham / Lluvia y otros cuentos / Reseña

William Somerset Maugham

William Somerset Maugham
Lluvia y otros cuentos
David Pérez Vega
31 de mayo de 2016

Editorial Atalanta. 422 páginas. 1ª edición de los cuentos: de 1910-1930; esta edición: 2016.
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.
Prólogo de Vicente Molina Foix.

Creo que la primera vez que supe del escritor británico William Somerset Maugham (embajada británica en París, 1974-Niza, 1965) fue a los dieciséis o diecisiete años, cuando leí la novela de ciencia-ficción Doctor moneda sangrienta de Philip K. Dick. En esa novela, tiernamente apocalíptica, un astronauta atrapado en una órbita geoestacionaria sobrevuela la Tierra leyendo fragmentos de Al filo de la navaja de Somerset Maugham. Años después supe que Somerset Maugham fue un escritor de gran renombre (de hecho, fue el escritor mejor pagado de su época), famoso por las novelas Al filo de la navaja y Servidumbre humana. En los años 90 del siglo XX, Maugham era un escritor bastante olvidado, y supuse que sus novelas habían sido bestsellers sin valor literario. Recuerdo un artículo (¿leído en Babelia?) escrito por Vicente Molina Foix –que firma el prólogo del presente volumen– en el que afirmaba que había considerado a Maugham un escritor de novelas sin demasiado valor literario, pero del que alguien le había regalado sus cuentos completos (imagino que en inglés) y éstos le habían sorprendido muy gratamente.

Algún tiempo después, con la lectura del artículo de Molina Foix en la cabeza, compré en un quiosco una edición barata de RBA que recogía cuatro cuentos de Somerset Maugham. Los leí seguramente hace más de quince años y me dejaron un buen recuerdo. Por eso cuando Paula Rosés, que ahora trabaja en la editorial Atalanta, me propuso el envío de este volumen, que antologa doce de los cerca de cien cuentos que escribió Maugham, para que lo reseñara, no pude resistirme al ofrecimiento.

Algunos de los cuentos de este libro superan las cincuenta páginas y por lo tanto podríamos hablar, en más de un caso, de novelas cortas.

Según nos cuenta Molina Foix en su prólogo, Somerset Maugham se resistió a la enorme influencia que ejerció el modelo de relato de Antón Chejov en los escritores anglosajones de principios del siglo XX. Para Maugham, los relatos deben avanzar «en una línea ininterrumpida desde la exposición a la conclusión»; el cuento ha de reconstruir «sólo un hecho, material o espiritual, al que por la eliminación de todo lo que no es esencial para su elucidación se le pueda dar una unidad dramática». Por tanto, según Molina Foix, Maugham es un defensor de la narración que va al grano del sentido, y prefiere acabar sus cuentos «con un punto final antes que con puntos suspensivos».

Muchos de los cuentos de Maugham están ubicados en lugares exóticos, principalmente en el Extremo Oriente, por ejemplo en los Estados Malayos Federados, o en ciudades como Pago Pago o Apia, sometidas al imperialismo británico.

Si bien los relatos situados en el Extremo Oriente acaban siendo los más recordados por el lector, en este libro existen también otros cuentos –en concreto cinco– ambientados en Gran Bretaña o en el continente europeo. En este sentido, el segundo cuento, titulado El sacristán, el segundo más breve de los aquí presentes, recoge con fina ironía una sencilla anécdota sobre un hombre al que nunca le hizo falta saber leer o escribir para que le fuera bien en la vida. Maugham parece desear contradecir los convencionalismos sociales, y por eso este cuento guarda una estrecha relación de planteamientos con otro titulado Cosas de la vida, sobre el malestar de un padre cuyos consejos a su hijo para su primera salida de casa son por completo contradichos por el triunfo del hijo en todos los sentidos. Son cuentos muy británicos, irónicos y encantadores, de anécdota clara y luminosa, y se leen con agrado. Sin embargo, su propuesta palidece en comparación con los logros de los cuentos de Chéjov, que resultan más hondos y trascendentes.

El mexicano lampiño también es poseedor del más puro encanto británico de los relatos de espías. Me ha recordado a las propuestas de autores como Graham Greene, aunque su sorpresa final, que supuestamente debe elevar el valor del relato hacia algún sentido de mayor trascendencia, me ha sabido a resolución ya conocida; un truco que he visto de niño en programas como, por ejemplo, La hora de Alfred Hitchcock.

La joya, sobre la relación de un burgués londinense con su sirvienta, no puede ser más británico, pero no puedo evitar pensar que Chéjov podría haber invadido el relato de un majestuoso aire melancólico y Maugham prefiere dejarlo en una irónica crítica de costumbres de vuelo más bajo.

Me percato de que el comentario de Molina Foix, en el que contrapone la concepción del cuento de Maugham a la de Chéjov, en cierto modo condicionó mi lectura de este libro y está condicionando la redacción de esta reseña. Pero mi comentario sobre Lluvia y otros cuentos no acaba aquí. Aunque considero que Chéjov ganó a Maugham la partida de la modernidad, tengo más cosas que decir sobre Maugham, sobre su redención como escritor porque, y lo voy a decir ya, los dos últimos cuentos (o novelas cortas de este libro), sus últimas cien páginas, son maravillosas.

De los cuentos ambientados en Europa mi favorito es La señora del coronel, que nos habla del impacto que causa el inesperado éxito del libro de poemas de la esposa de un coronel en su matrimonio. La anécdota irónica irrumpe al final, pero el desarrollo del cuento muestra mucha vida, muchas aristas, muchas servidumbres y ángulos oscuros sobre la relación que mantiene la pareja. Estos personajes tienen hondura y Maugham se muestra como un fino observador del alma humana.

El libro empieza con el relato La carta, ambientado en el Extremo Oriente, que plantea el misterio de un asesinato entre blancos. En este relato se despliegan ya los elementos constructivos de los relatos orientalistas de Maugham: la mirada condescendiente sobre los nativos (con un poso de superioridad en los ojos del colono hacia el buen salvaje malayo), el machismo de la época (con mujeres abnegadas cuya función social es, principalmente, la de servir de objeto decorativo a su marido), y la ruptura de las normas de convivencia mediante la irrupción de la pasión, principalmente sexual, en los convencionalismos sociales.

La ambientación de los relatos en el Extremo Oriente es muy seductora y se convierte en un protagonista más de estas narraciones.

La nave de la ira contrapone las costumbres relajadas y escandalosas de Ginger Ted, un blanco borrachín y pendenciero que habita en unas islas de la colonia británica, con el comportamiento de los hermanos Jones, misioneros en las mismas islas. La señorita Jones sufrirá una crisis de atracción-repulsión hacia Ted. Éste es un cuento muy divertido, aunque quizás el cambio de personalidad final de Ginger Ted (supeditado a la trama) sea un tanto exagerado y rompa con la verosimilitud del relato, en aras del efecto final.

Red ya lo había leído en esa colección de RBA que he mencionado al principio. Aquí se usa un recurso que se repite en otros cuentos: el de un narrador que cuenta una historia a otras personas en torno a una mesa o unas copas. Se trata de una historia melancólica sobre el amor y el paso del tiempo, que ofrece estupendas descripciones del entorno natural malayo.

Don Sabelotodo transcurre en un barco (la presencia de los barcos y el mar en estos relatos es prolija) y, si bien he realizado la división arbitraria entre cuentos europeos y orientales, éste (ambientado en un barco que va de San Francisco a Yokohama) sería de composición híbrida. Don Sabelotodo es, con sus nueve páginas, el más corto del conjunto, y vuelve a contraponer los convencionalismos sociales a la verdad de las pasiones humanas.

He buscado información sobre Somerset Maugham en internet y he leído que, a pesar de haber estado casado y ser padre de varios hijos, mantuvo varias relaciones homosexuales, y alguna de ellas duró hasta treinta años. Esto ocurría en un momento en el que la homosexualidad estaba perseguida en Gran Bretaña, y a raíz de este dato creo que se entiende mucho mejor su obsesión por los convencionalismos sociales, las apariencias y las verdaderas pasiones que asaltan la vida de las personas. Es cierto, sin embargo, que aunque en estos cuentos encontramos una relación incestuosa entre hermanos, no hay ningún personaje homosexual, y aventuro que Maugham, al escribir estos cuentos, se identificaba con las mujeres sometidas a sus maridos y deseosas de vivir aventuras eróticas.

Me he dejado para el final el comentario de los que me han parecido los tres mejores cuentos. Empiezo por La bolsa de libros: en él vuelve a utilizarse el recurso del personaje que narra una historia a otro. El argumento es una historia terrible sobre celos e incesto.

Por una tradición personal, cuando se acerca el verano leo literatura de género, normalmente de terror. En algún momento, al leer los relatos de este libro, me daba cuenta de que mi mente, imbuida por el exotismo de los escenarios, me llevaba a pensar que el desarrollo de la historia se iba a acercar al género fantástico o de terror. Estas expectativas subconscientes quedaron colmadas con La bolsa de libros.

Como ya he apuntado antes, las últimas cien páginas de este libro, formadas por los relatos –o más bien, novelas cortas– Lluvia El P. & O., son maravillosas.

Lluvia es el cuento más famoso de Somerset Maugham y puede que su pieza más valorada por la crítica (por encima de sus novelas). En este relato se vuelve a contraponer la lucha entre el decoro social (representado por los Davidson, una pareja de estrictos misioneros) y la pasión por la sexualidad sin represiones (representada por Sadie Thompson, una joven y descarada prostituta). Los Davidson y Sadie se ven obligados a compartir casa en Pago Pago porque su viaje por mar se ha visto interrumpido. Los Davidson comparten estancia con los Macphail, y la estancia de abajo está ocupada por Sadie. El relato refleja la visión del doctor Macphail sobre el resto de personajes. El doctor se siente cada vez más incómodo con la intolerancia del misionero Davidson. La narración está muy bien ajustada y el desenlace deja al lector con un nudo en la garganta. Una gran novela corta.

Antes de empezar a leer el libro ya sabía que Lluvia era el relato más famoso del autor y al leerlo mis expectativas han quedado satisfechas, pero casi me ha gustado más El P. & O., que cierra el libro y describe el viaje desde Oriente hasta Inglaterra de la señora Hamlyn. La protagonista huye al descubrir que su marido, con el que compartía casa en Yokohama, no se ha limitado a serle discretamente infiel, algo que la señora Hamlyn podría soportar, sino que se ha enamorado públicamente de una mujer que hasta entonces era amiga de la familia. La señora Hamlyn tiene ya cuarenta años, y lo que más le duele, por encima de la infidelidad de su marido, es que éste, de cincuenta años, no la haya dejado por una jovencita, sino por una mujer ocho años mayor que ella. En el barco conocerá al señor Gallagher, de cuarenta y cinco años (se insiste en las edades de los personajes), que regresa para instalarse en Irlanda, su tierra natal. Una extraña enfermedad, que irá creando un oscuro estado de ánimo en el barco, postrará en cama al señor Gallagher. El final epifánico de este cuento, con la señora Hamlyn contemplando lo que le queda de vida por delante, es realmente hermoso. Al nivel de las grandes narraciones de Raymond CarverRichard Ford o John Cheever. No se me ocurre mejor elogio.

DESDE LA CIUDAD SIN CINES


Somerset Maugham / El filo de la navaja / Reseña

William Somerset Maugham
Edward Sorel


Somerset Maugham: El filo de la navaja

Publicada en 1944, en plena guerra mundial, esta novela, la primera de Somerset Maughan que tuvo un éxito indiscutible en Estados Unidos, narra la historia de un muchacho, nacido cerca de Chicago, tan idealista y valiente como inadaptado a los tiempos modernos. A los dieciséis años se escapa a Canadá y se alista como voluntario en una escuadrilla de aviación para combatir en Europa. Su vida quedará marcada por la experiencia de la guerra.

sábado, 19 de febrero de 2022

Somerset Maugham / Servidumbre humana / Reseña


William Somerset Maugham Servidumbre humana

José Miguel G. Soriano

7 de noviembre de 2010


Somerset Maugham: Servidumbre humana. Traducción de Enrique de Juan. RBA. Barcelona, 2010. 752 páginas. 32 €


Con motivo de su fallecimiento en 1965, Francisco Alcántara señalaba en un artículo –publicado en el Ya– cómo la otrora exitosa figura de Maugham estaba, en realidad, muerta desde tiempo atrás para buena parte de la crítica y el público. “Yo mismo caí en ese error, incluso después de haber leído algunas narraciones cortas que hubieran justificado, cada una, una existencia literaria. Definitivamente rectifiqué mi juicio cuando conocí el Carnet de un escritor. El tímido, cínico, nómada y displicente Maugham lo era de cuerpo entero. De alma entera (…) Y esa es su aportación. Un escritor no es más que un punto de vista, de voz, de oído y de sentimiento”.

Somerset Maugham / Un escritor de cine



William Somerset Maugham, 

un escritor de cine



Hildy Johnson
21 de septiembre de 2016


Uno de los grandes placeres veraniegos ha sido hundirme en la lectura de novelas y cuentos de William Somerset Maugham, una asignatura que tenía pendiente. Las películas que adaptaban sus obras siempre me habían llamado la atención y llevaba años detrás de leer su legado literario. Así que manos a la obra… y estoy disfrutando de lo lindo. Así he podido ir a las fuentes originales de películas que forman parte de mi memoria cinéfila y sigo buscando los relatos o cuentos que han vomitado películas que me han interesado. Lo que más me ha fascinado de Somerset Maugham como autor es sin duda la psicología de sus personajes. Así sus novelas y relatos trazan un mapa de la naturaleza humana, con sus luces y sus sombras, y la fuerza de sus historias reside en unos personajes perfectamente construidos.

Por qué adoro a Somerset Maugham

William Somerset Maugham
Foto de Irving Penn

Por qué adoro a Somerset Maugham

Daniel Ruiz García

“Cuando pienso en cuántos obstáculos tiene que salvar el novelista, en cuántos escollos debe sortear, no me sorprende que incluso los más grandes autores sean imperfectos; lo que me sorprende es que no sean aún más imperfectos”.
WSM


Se han dicho muchas barbaridades de William Somerset Maugham. Lo pusieron a caer de un burro porque, según la crítica de su tiempo, trabajaba una prosa excesivamente diáfana, donde la metáfora normalmente brillaba por su ausencia. Su gusto por el orientalismo, en el que muchos vislumbraban una estética de souvenir, le granjeó todavía mayores enemigos. Pero lo que sin duda generó en torno a él mayor hostilidad, y sobre todo entre sus colegas del gremio, fue su condición de best-selling author. En los años 30 del pasado siglo no hubo nadie en literatura inglesa que pudiera hacerle sombra.

viernes, 18 de febrero de 2022

Somerset Maugham / Huellas en la jungla


William Somerset Maugham 

HUELLAS EN LA JUNGLA

Footprints in the Jungle by Somerset Maugham



      En toda Malasia no hay sitio más encantador que Tanah Merah. Se halla a las orillas del mar y su costa arenosa está orlada de cocoteros. Las oficinas del Gobierno siguen estando en la antigua Raad Huis, que construyeron los holandeses cuando eran dueños de aquellas tierras, y en una colina se ven las ruinas grises de un fuerte en el que los portugueses mantuvieron su dominio sobre los rebeldes indígenas. Tanah Merah tiene su historia, y en las grandes e intrincadas casas de los comerciantes chinos, próximas al mar para que en los frescos atardeceres puedan sentarse en sus galerías y disfrutar de la brisa marina, habitan familias que viven en el país desde hace tres siglos. Muchas han olvidado su lengua vernácula, y hablan entre sí en malayo o en el inglés chapurrado que se usa en China. Allí la imaginación disfruta a sus anchas, porque en los Estados Federales de Malasia el pasado vive aún en los padres de los actuales habitantes.

Somerset Maugham / El número doce

 



William Somerset Maugham

BIOGRAFÍA

El número doce



      Me gusta Elsom. Es un puerto de mar del sur de Inglaterra, no lejos de Brighton, que parece conservar algo del encanto de la época georgiana. No es un sitio bullicioso ni llamativo. Hace diez años solía ir con cierta frecuencia. Entonces aún se veía alguna vieja y sólida casona con ciertas pretensiones —como un caballero venido a menos y cuyo discreto orgullo por sus antepasados divierte más que ofende—, construidas en el reinado del Primer Caballero de Europa y donde un cortesano en desgracia podía haber pasado muy bien sus últimos años. La calle principal ofrecía un lánguido aspecto y el auto del doctor resultaba un poco fuera de lugar. Las amas de casa se entregaban a sus trabajos domésticos sin ningún apresuramiento. Se entretenían charlando con el carnicero mientras contemplaban cómo les cortaba un excelente trozo de carne, o preguntaban al tendero de ultramarinos por su mujer mientras él les servía media libra de té y un paquete de sal. Ignoro si alguna vez Elsom estuvo de moda; desde luego, en la época a que me refiero no lo estaba, pero era un lugar respetable y barato. Vivían allí señoras de edad madura, señoritas y viudas, funcionarios procedentes de la India y militares retirados. Todos aborrecían los meses de agosto y septiembre en que Elsom se llenaba de veraneantes; sin embargo, no desdeñaban alquilar sus casas, y con lo que obtenían se alojaban durante unos días en una pensión de Suiza. No conocí el Elsom febril de los meses en que las pensiones estaban llenas, los jóvenes abarrotaban el paseo situado frente al mar, vestidos con sus chaquetas de franela, y en el billar del Hotel Delfín se oía el ruido de las bolas hasta las once de la noche. Yo sólo lo conocí en invierno. Entonces, en todas las casas de estuco, de ventanas en arco, construidas hacía un siglo, se veían anuncios indicando que se alquilaban habitaciones, y los huéspedes del Delfín eran atendidos por un solo camarero. A las diez, el conserje aparecía en el salón y se ponía a mirar a la gente de una forma tan insistente, que a uno no le quedaba otro remedio que levantarse e irse a la cama. Entonces Elsom era un lugar muy tranquilo y el Delfín un hotel muy confortable. Me gustaba recordar que el Príncipe Regente había ido allí más de una vez con mistress Fitznerbert a tomar el té. En el vestíbulo había una carta de Thackeray colocada en un marco, encargando dos habitaciones con vistas al mar y una salita, y dando instrucciones para que le mandasen un coche a buscarle a la estación.

jueves, 17 de febrero de 2022

Somerset Maugham / Retrato de un caballero



William Somerset Maugham

BIOGRAFÍA

Retrato de un caballero



The Portrait of a Gentleman by Somerset Maugham



      Llegué a Seúl al atardecer, y después de cenar, hallándome algo cansado por el largo viaje en tren desde Pekín, resolví salir a dar una vuelta para estirar un poco las piernas.

Somerset Maugham / El sacristán


William Somerset Maugham

BIOGRAFÍA

El sacristán 


The Verger by Somerset Maugham


      Aquella tarde se había celebrado un bautizo en la iglesia de San Pedro, situada en la plaza Neville, y míster Albert Edward Foreman no se había despojado aún de su sobrepelliz. Conservaba sus mejores sobrepellices guardadas tan cuidadosamente que los pliegues parecían hechos de metal y no de tela, y las usaba sólo en las grandes ocasiones en que se celebraban funerales o casamientos, porque la iglesia de San Pedro estaba considerada como el templo más aristocrático para tales ceremonias. Aquel día tenía puesta su sobrepelliz de uso diario. La llevaba con orgullo, porque la consideraba un símbolo que dignificaba su ministerio, y cuando tenía que quitársela para regresar a su casa experimentaba entonces la sensación de hallarse insuficientemente vestido. La cuidaba con esmero, planchándola personalmente. Durante los dieciséis años que había sido sacristán de aquella iglesia había reunido una serie de tales vestiduras, y no había querido nunca desprenderse de ninguna, por muy viejas que estuviesen. Las conservaba todas cuidadosamente envueltas en papel de seda en el cajón inferior del armario de su dormitorio.

Somerset Maugham / Sanatorio

Sanatorio
Bruno Schulz

William Somerset Maugham 

BIOGRAFÍA

SANATORIO

Sanatorium by Somerset Maugham



      Las primeras seis semanas que Ashenden pasó en el sanatorio, tuvo que guardar cama. No veía a nadie, salvo al médico que le visitaba mañana y noche, a las enfermeras y a la criada que le llevaba las comidas. Ashenden había contraído una tuberculosis pulmonar, y, existiendo razones que le impedían ir a Suiza, los especialistas le recomendaron un sanatorio en el norte de Escocia. Llegó al fin el anhelado día en que el doctor le autorizó a levantarse. Por la tarde, la enfermera le ayudó a vestirse, lo envolvió en mantas y le acompañó a la galería. Allí le puso unos cojines tras de la espalda y le dejó disfrutar del sol que brillaba en un cielo sin nubes. Era pleno invierno. El sanatorio estaba en lo alto de una colina desde la que se dominaba el paisaje tapizado de nieve. En la galería, extendidos en tumbonas, había varios pacientes, unos conversando y otros leyendo. Algunos, de vez en cuando, sufrían un acceso de tos y miraban con ansiedad sus pañuelos. La enfermera, antes de alejarse, se volvió con profesional afabilidad al hombre acomodado junto a Ashenden.

viernes, 11 de febrero de 2022

Somerset Maugham / La esposa del coronel



William Somerset Maugham

BIOGRAFÍA

La esposa del coronel

The Colonel's Lady by Somerset Maugham



      Todo lo que aquí escribo sucedió tres años antes de empezar la guerra.
       Los Peregrine estaban desayunando. Se hallaban solos y la mesa era larga, pero aun así, cada uno se sentaba a un extremo de ella. En las paredes campeaban los antepasados de Jorge Peregrine, retratados por los pintores de moda en sus tiempos.
       El mayordomo trajo el correo de la mañana. Había varias cartas de negocios para el coronel, así como el Times, y un paquete dirigido a su esposa Evie. Jorge abrió las cartas y después, desplegando el Times, comenzó a leerlo. El matrimonio acabó de desayunar. Ambos se levantaron. El coronel notó que su mujer no había deshecho el paquete.

jueves, 10 de febrero de 2022

Somerset Maugham / El elemento humano

William Somerset Maugham

BIOGRAFÍA

El elemento humano

The Human Element by Somerset Maugham



      Siempre he ido a Roma en pleno verano. En los meses de agosto y septiembre, de paso para un sitio u otro, me quedo un par de días en la ciudad y vuelvo a ver lugares y cuadros a los que van asociados gratos recuerdos de mi vida. En tal época del año hace mucho calor y los habitantes de Roma pasan el interminable día paseándose de un extremo a otro del Corso. El Café Nacional está lleno de gente que permanece sentada ante los veladores durante largas horas teniendo delante una taza de café vacía y un vaso de agua. En la Capilla Sixtina se ven rubios alemanes con pantalones cortos y camisas abiertas, que han venido por las polvorientas carreteras de Italia, con la mochila al hombro, y la Plaza de San Pedro aparece llena de pequeños grupos de piadosos y cansados peregrinos procedentes de países lejanos. Van acompañados de un sacerdote y hablan extrañas lenguas. El Hotel Plaza es fresco y acogedor. En las habitaciones suelen reinar una semioscuridad y un silencio muy agradables; además, son amplias. En el salón, a la hora del té, sólo hay un elegante oficial italiano acompañado de una mujer de hermosos ojos; ambos toman una limonada helada en tanto que hablan en voz baja con la inagotable verbosidad de los de su raza. Uno sube a su habitación, lee y escribe algunas cartas, y cuando vuelve a bajar dos horas más tarde se ve que la pareja continúa charlando. Antes de la cena se congregan algunas personas en el bar, pero durante el día está vacío, de modo que al barman le queda tiempo para decirnos que su madre está en Suiza y contarnos sus aventuras en Nueva York. Se discute sobre la vida, el amor y el elevado coste de los licores.

Somerset Maugham / La fuerza de las circunstancias






William Somerset Maugham

BIOGRAFÍA

La fuerza de las circunstancias

The Force of Circumstance by Somerset Maugham


      Estaba sentada en la veranda esperando a su marido para comer. El criado malayo había bajado las persianas al perder la mañana su frescura, pero había levantado en parte una de ellas para poder contemplar el río. Bajo el agobiante sol del mediodía, tenía la blanca palidez de la muerte. Un indígena remaba en un dugout, tan pequeño que apenas se distinguía sobre la superficie del agua. Los colores del día, cenicientos y pálidos, solo expresaban las varias tonalidades del calor (como una melodía oriental en sol menor, que exacerbaba los nervios con su ambigua monotonía mientras los oídos esperaban impacientes una resolución que no llegaba nunca). Las cigarras cantaban su alegre canción con furiosa energía, y era tan continua y monótona como el murmullo de un arroyo entre las piedras; pero repentinamente todo fue ahogado por el poderoso trino melifluo y rico de un ave, que, por un instante, le hizo pensar, con una sacudida en el corazón, en el mirlo inglés.