Gabriel García Márquez
La noche caliente de Ámsterdam
14 de julio de 1982
Había sido el viernes más cálido de Ámsterdam y tal vez de toda Holanda en 152 años, y no era necesario sentirlo para saberlo. “Todo el mundo se ha vuelto loco”, me dijo el servicial empleado del hotel, empapado de sudor dentro de su librea de paño. “Hasta las computadoras”, dijo. Las hermosas valquirias venidas del Norte en su éxodo migratorio anual hacia las playas del Mediterráneo, andaban descalzas por las calles con las sandalias al hombro, se sentaban durante horas en el borde de los canales para refrescarse los pies, y una de ellas se quitó la poca ropa que llevaba encima y se echó al agua en pelotas, cuan larga y dorada era, en medio de los aplausos de los turistas adormilados bajo los toldos de las cafeterías. No la rescató la policía, sino una ambulancia de la Seguridad Social, preocupada de lo que pudiera ocurrirle a quien bebiera aquellas aguas apacibles y venenosas. Había músicas improvisadas en las calles, había predicadores y maromeros, había profetas y atracadores, y había un mimo que se ganó en tres horas más que un conductor de taxi en una semana, imitando el modo de andar de los transeúntes. Era una parodia tan admirable que no se podía creer. Alguna vez he dicho que lo que más me gusta de Ámsterdam es lo mucho que se parece a Curazao, y aquella tarde eran idénticas. Había un aire lunático, un olor de frutas podridas y pájaros muertos que revolvía las nostalgias del Caribe. Las únicas que no disfrutaron del calor fueron las pobres muchachas que se exhiben en las vitrinas, y que en tiempos normales constituyen el atractivo mayor de los visitantes. Se quedaron en sus casitas de muñecas haciendo el chocolate en sus cocinitas de muñecas, tomándoselo con pan ensopado en las camitas de muñecas donde no vino nadie a hacer el amor. A nadie se le hubiera ocurrido venir, por supuesto, si todo el que quiso hacer el amor aquella tarde babilónica lo hizo sin que le molestara nadie en los recodos otoñales de los parques, agonizando de un amor verdadero y gratis entre los tulipanes y las avestruces. Fue algo tan insólito, que los universitarios se echaron a las calles en una jubilosa manifestación de protesta contra todo, menos contra el calor, y quemaron automóviles y se pelearon a palos con la policía, y pidieron a gritos lo que no parecía posible que fuera pedido por alguien en Holanda: “Afuera la reina”. En medio de tantos desafueros, un globo amarillo y enorme con letreros pintados daba vueltas en el cielo, y sus tripulantes, impávidos en la canasta colgante, le decían adiós con la mano a la muchedumbre como si de veras se fueran para siempre. “Volar es natural en los holandeses”, pensé. El globo siguió dando vueltas en el cielo hasta que se hizo de noche como a las once, y sólo quedó la luz malva del verano nórdico, y todavía no encontraban a alguien en el hotel que fuera capaz de componer las computadoras enloquecidas por el calor.
