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viernes, 8 de marzo de 2013

Literatura nórdica / Risas gélidas





La literatura nórdica explota su registro humorístico.
La literatura nórdica explota su registro humorístico. GETTY IMAGES / FLICKR OPEN


Risas gélidas

Han llegado los nórdicos para sacudirnos el determinismo negativo que nos invade y levantarnos la moral por medio de la risa.

Del Norte proceden novelas de imaginación, fantasía y hasta desparrame como las de Arto Paasilinna o Jonas Jonasson


Javier Martín del Barrio
8 de marzo de 2013

"El enemigo más poderoso de los finlandeses es la oscuridad, la apatía sin fin. La melancolía flota sobre el desgraciado pueblo y durante miles de años lo ha mantenido bajo su yugo con tal fuerza que el alma de este ha terminado por volverse tenebrosa y grave. Tal es el peso de la congoja, que muchos finlandeses ven la muerte como única salida a su angustia. Una mente taciturna es un enemigo aún más encarnizado y temible que la propia Unión Soviética”. Ahí queda eso.
Aunque suene a un trágico Epitafio para Finlandia, no lo es; tampoco una versión finesa del desgarrador poema de Gil de Biedma (“… De todas las historias de la Historia / sin duda la más triste es la de España, / porque termina mal. Como si el hombre, / harto ya de luchar con sus demonios, / decidiese encargarles el gobierno / y la administración de su pobreza…”). Tan desconsolado párrafo inicial ni pertenece a un ensayo historicista ni al preámbulo de una novela negra que acabará en baño de sangre. Es, por el contrario, el comienzo de la tronchante novela Delicioso suicidio en grupo, del finlandés Arto Paasilinna.
De un tiempo a esta parte parece que todos los sobresaltos nos vienen del Norte. Si hasta hace poco fueron crímenes despiadados, desde esas mismas frías y solitarias tierras nos llega ahora el humor, en su variada gradación. Nos habíamos acostumbrado a las depres del inspector Kurt Wallander, movido magistralmente por el sueco Henning Mankell; luego llegó la trilogía de Stieg Larsson y más tarde una avalancha de suecas, que nada tenían que ver con las que perseguía Alfredo Landa por las playas de Torremolinos. La especialidad de las suecas Asa LarssonAnna JanssonCamilla Lackberg o Tove Alsterdal era/es la sangre, casi siempre alejada del sexo. La carne, y quizás sea esta una diferencia con la literatura negra latina, inspira poco a los nórdicos.



La sonrisa que se desprende de la lectura es de formato íntimo, individual e intransferible

Que descubriéramos que en los países del Norte había violencia más allá del suicidio fue un choque para nuestro estereotipo; de repente no es que se matara, es que Suecia parecía, por virtud de los editores españoles, el país más peligroso de la tierra. Por muy buenos que fueran sus detectives, hasta el cuarto asesinato no daban con la tecla.
Hacerse el sueco, empezaba a tener connotaciones violentas, muy alejadas de la imagen fría, imperturbable, del —vamos— sosainas total, sin sangre en las venas. Y a los suecos siguieron crímenes finlandeses y, sobre todo, islandeses, gracias a Arnaldur Indridason y su magistral La mujer de verde, aunque en su solitario país ya había despuntando antes con Las marismas.
Pero hete aquí que ahora las mismas tierras heladas nos aportan el otro extremo de la literatura, el registro humorístico, cuando no la risa a raudales; porque este verano un abuelo centenario saltó por la ventana y se largó del asilo de ancianos, según nos contaba Jonas Jonasson, otro sueco, sin parentesco alguno con las Jansson o Larsson anteriores. Su primera novela divirtió, cuando menos, a miles y miles de lectores.
Jonasson no era tampoco el primer nórdico que nos hacía reír. Desde unos años antes las locuras de Arto Paasilinna nos iban cautivando con argumentos que, sobre el papel, no habrían superado la primera ojeada de ningún editor con dos dedos de frente. Paasilinna, que lo sepan, no es de fiar. Qué se puede esperar de un exguardabosques y expoeta.
Si Jonasson nos convencía de que el abuelete trepaba por las yedras como si fuera Frank de la Jungla, el finlandés no se arredra en llevar a buen puerto la amistad de un cura tronao con un oso de lo más cuerdo o el viaje en autobús de una peña que busca el mejor lugar donde suicidarse, o el absurdo de El molinero aullador. Todos ellos, argumentos disparatados que Paasilinna los hace crecer, desarrollar y acabar con brillantez y originalidad.
Nos han llegado los nórdicos para sacudirnos el determinismo negativo que nos invade y levantarnos la moral por medio de la risa. De repente, parece que del Norte nos viene la imaginación, la fantasía y hasta el desparrame.



¿Qué tienen los nórdicos que no tengan otros? Sin duda, son originales, sus argumentos son refrescantes y, al menos para el público español, atractivos.

Si alguien creía que el humor, en su más extensa gama de colores, de la sonrisa a la carcajada, era propiedad británica, craso error. Es cierto que ahí tenemos desde hace siglos la ironía sin par de P. G. Wodehouse, con sus personajes esnobs y sarcásticos, o de Evelyn Waugh en Noticia bomba; también las islas dan el humor hilarante de Tom Sharpe, sin olvidar a David Lodge desmontando el chiringuito del mundo académico, siempre adobado con picantuelas escenas de profesores salidos. Pero, obviamente, ni el humor tiene un copyright británico ni todos los crímenes del mundo los había resuelto el inspector Maigret.
No vamos a ser tan ingenuos de pensar que los nórdicos han empezado a reírse ahora, ni siquiera a matarse, mejor es reconocer que nuestros editores han puesto sus ojos más allá de la literatura anglosajona y francófona y, por supuesto, que el consumidor ha respondido positivamente a esta nueva oferta.
¿Por qué? ¿Qué tienen los nórdicos que no tengan otros (a falta de futuros descubrimientos / atrevimientos de los editores)? Sin duda, son originales, sus argumentos son refrescantes y, al menos para el público español, atractivos. Los personajes se mueven y reaccionan por impulsos diferentes de los que estamos acostumbrados. Paasilinna lleva casi cuarenta años divirtiendo a sus paisanos; aunque en España apenas una década traduciéndose con regularidad. Aunque parezca mentira, la literatura absurda de este exdecasitodo provoca las mismas sonrisas en Finlandia que en España, al menos si nos guiamos por su éxito comercial.
Dicen los cómicos que es más fácil hacer llorar al público que hacerle reír. Pues si en la escena resulta difícil arrancar una sonrisa, conseguirlo con la sola escritura es arte de magia. Si la risa puede contagiarse entre el público del cine o del teatro, la sonrisa que se desprende de la lectura es de formato íntimo, individual e intransferible.



Si algún denominador común se puede rastrear entre la novela negra y la novela humorística nórdica, quizás sea la ausencia de pasión.

La risa o la sonrisa de la novela humorística no llega nunca de golpe, algo que sí ocurre en la escena o en las películas, incluso se pueden transgredir géneros en un instante apoyados en las imágenes, los gestos o simplemente la inflexión de la voz.
La literatura solo cuenta con el papel mellado de palabras. La intriga requiere de ambientación, que en la literatura entra por la escritura y en las otras artes por los ojos.
El maestro P. G. Wodehouse retuerce cualquier banal circunstancia hasta convertirla en una placentera y permanente sonrisa, pero una vez que el lector ha aprendido de su incomparable flemática ironía. Es cierto que ya hay personajes, como el mayordomo Jeeves, que necesitan de muy poco para llevarnos a su terreno; pero eso ocurre, como en el caso del inspector de Mankell, porque hay una comunión previa con el lector, que en esos casos, además es un fan empedernido.
La comedia, la novela humorística, discurre sobre un fino alambre que requiere de tanto riesgo como de sangre fría para no pasarse pero a la vez del suficiente arrojo como para llegar. “Tengo dos amigos. Uno bueno y otro malo. Y luego tengo a mi hermano”, así de bonito comienza Naíf. Súper, del noruego Erlend Loe, que se pasa el fino alambre por arriba, por abajo, por derecho y por revés.
Loe es de esos tipos que escriben frases con tres palabras y párrafos con dos frases; es decir, que no se las da de intelectual. Naíf. Súper es la historia de un colgao, un colgao no por culpa de las drogas, sino más bien un colgao por la sociedad del bienestar. La vida solo le ha hecho cosas buenas, sin que él tuviera que esforzarse por nada. El protagonista, sin nombre, sin estudios, sin trabajo, entra en una duda existencial a los 25 años.
El escritor noruego convierte la situación en un ejercicio original, fresco, divertido unas veces, desternillante otras, y luego el lector, si necesita adornarlo, lo puede aliñar con todas las moralejas que quiera sacar de un argumento tan elemental como difícil de mantener durante más de doscientas páginas.



Ni el humor tiene un copyright británico ni todos los crímenes del mundo los había resuelto el inspector Maigret

En el caso de Naíf. Súper pronto el protagonista se nos mete en el bolsillo con su ingenuidad autista. “Las cositas animadas y la comida animada me ponen agresivo. Las galletas que saltan de la caja bailan sobre la encimera de la cocina llamando al queso de finas hierbas que hay en la nevera y que, cuando el queso acude, se lanzan sobre él y se untan a sí mismas… para mí es un trago ver eso. Últimamente los publicistas lo animan todo. Alguien debería pegarles un tiro en un pie. Hay que poner ciertos límites a la estupidez”.
Escrita hace 17 años, Naíf. Súper ha llegado a España gracias a la editorial Nórdica, una prueba más de la ola tragicómica norteña. Bienvenida sea.
No es menos outsider el arranque de Elling, hermanos de sangre, del también noruego Ingvar Ambjørnsen. Otra vez la inadaptación a una sociedad que lo tiene todo hecho o previsto en caso de descarrilamiento personal. En este caso son dos hermanos inadaptados que viven en un piso tutelado por los servicios sociales del Estado y que se gastan el subsidio en una línea erótica telefónica. A partir de ahí no parará el tobogán de la risa, siempre al borde del precipicio humano y social, pero del que asombrosamente salen bien parados los hermanos Elling.
Si algún denominador común se puede rastrear entre la novela negra y la novela humorística nórdica, quizás sea la ausencia de pasión. Ya sea para el crimen o para arrancar la sonrisa no se parte de situaciones impulsivas, propias de sangre caliente, más bien el origen es una época depresiva o desconsolada, alguien que quiere cambiar de vida, se mata o se ríe desde cierta planificación. Es el caso de Goran Borg, el protagonista de Las manos más hermosas de Delhi, de otro sueco, Mikael Bergstrand.



“Soy periodista. Un finlandés normal, un individuo cuya personalidad se caracterizaría por unos rasgos faltos de pretensión: educación mediocre, escasa ambición y una americana ajada”.

Sería una exageración decir que Bergstrans escribe sobre el alambre. Su argumento va sobre un camino trillado —viaje de suecos a India—, el típico choque Norte-Sur, pero en ningún caso se producen situaciones hilarantes o dramáticas, sino más bien una comedia amable, una previsible anécdota sin altibajos que a veces arranca la sonrisa.
Borg, despedido de su empresa de toda la vida, en plena depre existencial es animado por su amigo a que le acompañe en un tour por India. El viaje supone para Borg un antes y un después, que diría aquel, pero todo dentro de un orden, tanto del protagonista, que se adapta sin mayores contratiempos a la cachazuda informalidad de los indios, como de los indios que ven el lado bueno de los cabeza cuadrada.
La fiesta del holy, de por sí una locura (una especie de tomatina a lo bestia), no consigue meternos en ella por mucho bhang que nos tomáramos. Si quería una novela antropológica, llega tarde y si su pensión era entretenernos, la competencia es muy dura. La novela se deja leer, es amable y biempensante. Cubre todos los tópicos del olor, el Ganghes, las castas y el trabajo de niños para multinacionales. Pasa por encima de todo sin ahondar en la herida y, menos aún, sin retorcerla en el sentido dramático o sátiro. No es un sueco para hacernos reír en este caso, sino un sueco amable que nos deja fríos, y que nos arrancará alguna sonrisa en algún momento. Nada que ver con las calenturas de Paasilinna.
“Soy periodista. Un finlandés normal, un individuo cuya personalidad se caracterizaría por unos rasgos faltos de pretensión: educación mediocre, escasa ambición y una americana ajada. Tengo más de treinta años y soy el convencionalismo andante, cosa que de vez en cuando me irrita”, excepto por la edad, parece que Paasilinna se retrata así mismo en su última traca, Prisioneros en el paraíso. Lo que aquí sería un chiste de Lepe, el finlandés ha convertido en novela el desgraciado accidente aéreo en el que sobrevive un popurrí de enfermeras suecas, leñadores finlandeses, médicos noruegos y azafatas inglesas en medio de la jungla indonesia. Nuevamente la locura, que antes nos enseñó a matar con saña y ahora a reír con ganas, nos viene de ese Norte, aparentemente solitario y depresivo. El Norte parece el Sur y el Sur el Norte. Va a ser cosa del cambio climático ese.
Las manos más hermosas de Delhi de Mikael Bergstrand. Traducción de Mayte Giménez y Pontus Sánchez. Alfaguara, 2013. 392 páginas. 18,50 euros (electrónico: 9,99).
Prisioneros en el paraíso de Arto Paasilinna. Traducción de Dulce Fernández Anguita. Anagrama, 2012. 200 páginas. 16,90 euros.
El abuelo que saltó por la ventana y se largó de Jonas Jonasson. Sofia Pascual Pape. Salamandra, 2012. 416 páginas. 19 euros (electrónico: 9).
Naíf. Súper de Erlend Loe. Traducción de Cristina Gómez Baggethun. Nórdica, 2013. 240 páginas. 18,95 euros.
Elling. Hermanos de sangre de Ingvar Ambjørnsen. Traducción de Cristina Gómez Baggethun. Nórdica, 2013. 274 páginas. 19,50 euros.

sábado, 22 de mayo de 2010

Escritores escandinavos que conquistan el Mediterráneo

Hening Mankell
Poster de T.A.

Escritores escandinavos que conquistan el Mediterráneo

Narradores y poetas contemporáneos de Islandia, Suecia, Finlandia, Noruega y Dinamarca ocupan un lugar cada vez más destacado entre las apuestas de las editoriales y las preferencias de los lectores
Jesús Ferrero
22 de mayo de 2010

Per Wahlöö y Maj Sjöwall (Suecia, 1926-1975 y 1935)
La pareja Maj Sjöwall y Per Wahlöö revolucionó la novela nórdica entre los años sesenta y setenta con la serie Novela de un crimen, concebida como un proyecto político. Marxistas -dejaron el partido comunista en 1969-, planificaron minuciosamente cada una de las 10 novelas. Los principales objetivos de la pareja eran criticar el liberalismo capitalista y la socialdemocracia sueca que, denunciaron en sus historias, traicionó a la clase trabajadora. Para llevar adelante este empeño utilizaron la novela negra. El protagonista es Martin Beck, un antihéroe, primero inspector y luego comisario de la Brigada de Homicidios de Estocolmo. La serie es espléndida y plenamente vigente. Incluye títulos como El coche de bomberos que desapareció, El policía que ríe o El hombre del balcón.RBA y Columna, en catalán, las están publicando por orden cronológico. Rosa Mora
Kjell Askildsen (Noruega, 1929)
En esta Europa envejecida y cínica la obra de Askildsen actúa como un espejo roto. "Escribo sobre nuestra época, sobre el espíritu de esta época", explica en una entrevista este maestro indiscutible del relato corto, experto en pulir el texto -con papel de lija- para conservar en la página lo estrictamente esencial. Sus personajes fríos, mezquinos, víctimas crueles que no pretenden caerle bien ni al lector ni al autor ni a sí mismos, se regodean en su miseria existencial. Su rompedor debut literario, Desde ahora te acompañaré a casa (1953), ha sido publicado por Lengua de Trapo, que ha publicado sus principales títulos: Un vasto y desierto paisaje, Últimas notas de Thomas F. para la humanidad y el magnífico Los perros de Tesalónica, disponibles también en un solo volumen: Todo como antes (Debolsillo). Sergio Rodríguez Prieto
Tomas Tranströmer (Suecia, 1931)
Tranströmer es un poeta fundamental que tras un derrame cerebral dejó atrás para siempre las palabras. Se dice que su poesía está vinculada al surrealismo, pero no es cierto, a no ser que pensemos que Eliot y Pound fueron surrealistas. Lo único que hicieron Eliot y Pound fue introducir la ley de la discontinuidad en poesía, de forma que el poema aparecía siempre fraccionado y a ratos más resplandeciente por la pureza molecular de sus fragmentos. Es lo que ocurre en los poemas de Tranströmer, por otra parte admirables porque lo contienen todo: musicalidad exquisita y sabiamente temblorosa. Poemas suyos como 'Soledad', donde el poeta nos confiesa que estuvo a punto de morir, y 'Carrillón' son buena prueba de ello. Es autor de diez poemarios. (Nórdica ha publicado su antología El cielo a medio hacer). Jesús Ferrero
Gudbergur Bergsson (Islandia, 1932)
Nacido en la ínsula más remota de Europa si excluimos Groenlandia, Gudbergur Bergsson conoce muy bien la cultura española, y la conoce bien hasta el punto de poder traducir a Cervantes y a Borges. En 1967 su novela Tomas Jonson, metsölubúk, traducida al español por Tomas Jonson. Best seller (Alfaguara), fue una revelación gloriosa, en un país no demasiado acostumbrado a grandes revelaciones literarias. Los jóvenes islandeses de diferentes generaciones han sido devotos de esta novela enrevesada y audaz en la que se mezclan hiperrealismo y surrealismo en partes iguales, sin llegar nunca a lo que entendemos por realismo mágico, en parte porque todo parece presidido por un humor tan ácido y tan extraño como el humor islandés. Bergsson es un apasionado de la picaresca española, y parte de su humor tendría también ahí su matriz. J. F.
Per Olov Enquist (Suecia, 1934)
Per Olov Enquist ha ido construyendo su obra con inteligencia y sufrimiento, ahondando de forma admirable en el abismo humano, en sus mismos límites, con lirismo y agudeza. Y al hablar de los límites humanos ha de entenderse esa frontera en que la humanidad se ve obligada a convivir con la monstruosidad. Nacido en una región del norte de Suecia de la que suele hablar con melancolía y pavor, ha experimentado dramas personales de mucho calado. En sus obras ha frecuentado el mundo contemporáneo, como en su estremecedora novela El ángel caído (E. de la Torre), pero también la antigüedad clásica, como en su drama Para Fedra (Libros del Innombrable), o el siglo XVII, como en su novela La visita del médico de cámara (Destino). No sería aventurado decir que Enquist es uno de los mejores escritores europeos de nuestro tiempo. J. F.
Lars Gustafsson (Suecia, 1936)
Novelista, poeta y ensayista de formación filosófica que a pesar de la edad y la distancia (vive en Austin, Tejas, desde hace un cuarto de siglo) sigue siendo una figura central de la literatura sueca. Sus novelas se publican en España desde finales de los ochenta y ahora mismo el lector puede encontrar en las librerías Muerte de un apicultor (Nórdica) y una trilogía ambientada en Tejas compuesta por Windy habla, La historia del perro y El decano (Akal). Su obra -abundante, profunda y diversa- cobra auténtico relieve cuando es apreciada desde una perspectiva de conjunto; toda ella es fruto de un lento proceso de sedimentación durante el cual ha ido abordando cuestiones éticas, filosóficas e incluso teológicas que, en lugar de entorpecer la lectura de sus textos, le sirven para vertebrarlos y dotarlos de un equilibrio admirable entre fondo y forma. S. R. P.
Torgny Lindgren (Suecia, 1938)
Lindgren inició su trayectoria literaria como poeta, y sus primeros poemarios inciden en cierta mística del ser, de tonos claramente religiosos, como en Poemas de Vimmerby, donde accedemos a un mundo que evoca de alguna manera el de Sinfonía pastoral de Gide. Lindgren es un novelista notable, autor de obras como El camino de la serpiente sobre la roca (Bassarai), o Betsabé(Nórdica), donde narra, con una profundidad tan asentada como la de Thomas Mann en José y sus hermanos, pero más ágil y vivaz, el episodio bíblico en el que el rey David se desprende de su amigo Urías para acceder a Betsabé y desposarla. Se trata de un melodrama muy hábil y profundamente existencial, donde Lindgren conquista una cierta redondez en la que pone en funcionamiento todo lo que ha aprendido como poeta y narrador hasta ese momento. J. F.
Dag Solstad (Noruega, 1941)
Autor e intelectual de pasado maoísta, a finales de los ochenta dio un giro a su trayectoria para reflejar la crisis de la sociedad noruega como una crisis de la conciencia individual producida, en gran medida, por el fin de las utopías y el paso de una cultura de ciudadanos a un mercado de consumidores. A partir de entonces sus personajes (como el Bjørn Hansen de Novela once, obra dieciocho o el Elias Rukla de Pudor y dignidad, ambas en Lengua de Trapo) luchan consigo mismos, y lo hacen por medio de ejercicios de rebeldía pasiva que justifican misteriosamente los caprichos de su conducta. En este nuevo realismo de la conciencia el discurso fluye de forma sinuosa, con rodeos y reiteraciones a la Bernhard, una de sus principales influencias junto a Ibsen, cuya obra clásica El pato salvaje sirve de inspiración metaliteraria en las dos novelas mencionadas. S. R. P.
Arto Paasilinna (Finlandia, 1942)
Hace seis años Anagrama fichó al autor más popular de Finlandia después de que Ediciones de la Torre publicará su primer libro traducido al castellano: El año de la liebre. Desde entonces este novelista especialmente prolífico -su producción desde 1972 hasta la fecha es de una novela por año- se ha ido ganando progresivamente a los lectores españoles con su prosa sencilla y probadamente eficaz para acometer una sátira social feroz y divertida. Sus dotes cómicas le permiten abordar temáticas tan delicadas para los finlandeses como el suicidio (Delicioso suicidio en grupo), el extravío existencial de un pastor luterano (El mejor amigo del oso) o la estigmatización del diferente (El molinero aullador) a través de historias protagonizadas por espíritus libres y de comportamiento excéntrico que recurren a la fuga para encontrarse a sí mismos. S. R. P.
Henrik Nordbrandt (Dinamarca, 1945)
A principios de este año la colección Debolsillo publicó Nuestro amor es como Bizancio, una extensa antología de este poeta viajero que cambió el Báltico por el Mediterráneo para dejar en el camino una riquísima colección de instantáneas sobre su experiencia y percepción de los grandes temas universales: la distancia, el sueño, la pérdida, el olvido y, cómo no, el amor. La potencia sensorial de su lenguaje le permite trasladar al lector desde el detalle más nimio hasta dimensiones infinitas en poemas fugaces que adereza con una fina ironía para evitar caer en el sentimentalismo. No es casual que su larga carrera haya sido reconocida con galardones de tanto prestigio como el Premio Nórdico de la Academia Sueca (conocido como el pequeño Nobel) y el Premio del Consejo Nórdico. S. R. P.
Henning Mankell (Suecia, 1948)
Henning Mankell es el mejor discípulo de Sjöwall y Wahlöö. Pero hay grandes diferencias entre el comisario Martin Beck y el inspector Wallander. El primero pensaba que aún era posible un mundo mejor; Wallander sabe que es imposible. La primera novela que se publicó en España, La quinta mujer, fue una revelación. Luego Tusquets, en castellano y en catalán, las ha ido publicando todas en orden cronológico. Mankell se ha dedicado en la serie de Wallander -nueve novelas y un libro de relatos- a desmontar nuestras ideas preconcebidas de la Suecia del bienestar. Es implacable. Todas sus novelas atrapan, pero la última, El hombre inquieto, en la que Wallander nos dice adiós, es espléndida. Por sus páginas pasan las excelentes Asesinos sin rostro, Los perros de Riga, La leona blanca, El hombre sonriente... Le echaremos en falta. R. M.
Jostein Gaarder (Oslo, 1952)
Arrasó en 1991 con una novela pedagógica: El mundo de Sofía, que lo convirtió en una celebridad. Casi todas las narraciones de Jostein Gaarder tienden a ser pedagógicas, y ya antes de su éxito, en su novela El misterio del solitario, Gaarder quería ser pedagógico al narrarnos el viaje de un muchacho a Grecia lleno de reflexiones sobre el misterio de la vida. Las intenciones pedagógicas se perciben igualmente en El enigma del espejo, Los niños de Sukhavati y, por supuesto, El libro de las religiones, su última obra narrativo-pedagógica hasta el momento. Sin negar sus habilidades como fabulador y tejedor de tramas deslumbrantes, el problema reside en el vínculo tan tenaz que Gaarder ha establecido entre pedagogía y literatura, sobre todo si pensamos que ya desde el siglo XIX literatura y pedagogía conforman mundos bastante excluyentes. J. F.
Stieg Larsson (Suecia, 1954-2004)
La trilogía Millennium es una historia transversal de esas que gustan a todo tipo de lectores. Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de airetienen todos los elementos para hacerlas explosivas. Dos protagonistas fabulosos, Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander. Unas tramas tremendas en las que puede pasar cualquier cosa, desde el incesto a la tortura y algo tan sencillo y complejo a la vez como la lucha permanente entre el bien y el mal. Un retrato más: Suecia peor que mal. Pasan tantas cosas que el escritor no permite el sosiego al lector. La reflexión sobre la ética del periodismo o sobre las trampas financieras es oportuna y estimulante. Las publica Destino en castellano y Columna en catalán. R. M.
Peter Høeg (Dinamarca, 1957)
A Høeg se le suele relacionar con el realismo mágico, pero es un error, a no ser que consideremos que las ficciones de Borges son realismo mágico, y que sería también un error pues son más bien de una lógica devastadora, como algunas de las ficciones de Høeg. Su relato Retrato de un joven en equilibrio es muy revelador a ese respecto. Høeg consigue una ficción aterradora sobre el mundo de los espejos y sobre el fenómeno de la repetición, la repetición de gestos y de clichés, la repetición de afectos y de deseos, y donde el espejo es visto como una pantalla en la que el hombre proyecta sus añoranzas de equilibrio y de horror, de felicidad y de espanto. Su novela La señorita Smila y su especial percepción de la nieve es una admirable inmersión en la soledad, el tiempo y el deseo. Lo mismo se podría decir de Los fronterizos (ambas en Tusquets). J. F.
Arnaldur Indridason (Islandia, 1961)
Cuando en 2006 se publicó en España Las marismas, de Arnaldur Indridason, no se había producido aún la moda nórdica desatada por los libros de Stieg Larsson. Pero fue La mujer de verde (2008) la que le lanzó a la fama. Le siguió La voz(2010). El escritor se distingue por dos características. Primero, estas novelas narran historias que suceden en el pasado y estallan en el presente. En Las marismas, la exhumación del cadáver de una niña muerta hace 40 años provoca el regreso de viejos fantasmas. En La mujer de verde, el descubrimiento de un cadáver enterrado hace al menos 50 años sacará a la luz un hecho aterrador. En La voz, la tragedia de un niño prodigio que perdió la voz con la adolescencia. La segunda es un auténtico hallazgo: el viejo inspector Erlendur, un hombre honesto, solitario, que no juzga sino que escucha y trata de comprender. R. M.
Sjón (Islandia, 1962)
Bajo el seudónimo Sjón se esconde Sigurjón B. Sigurðsson, una figura central del panorama cultural de Reikiavik, agitador surrealista y polifacético que publicó su primer libro de poemas cuando tenía 15 años y desde entonces no ha parado: además de una decena de poemarios, siete novelas y tres libros infantiles, ha compuesto canciones y vídeos musicales para Björk, pasajes de banda sonora para Lars von Trier o el guión de una parodia de las películas de terror ambientada en un ballenero. Hace algo más de un año irrumpió en España con la novela El zorro ártico (Skugga-Baldur, Nórdica Libros), una historia excepcional inspirada en las sagas y merecedora del Premio del Consejo Nórdico de 2005. Su buena acogida por la crítica internacional explica que ya haya sido traducida a casi una veintena de idiomas. S. R. P.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de mayo de 2010