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miércoles, 10 de marzo de 2021

Caprichosas efemérides / Raúl Castro y el hombre que se negó a comer


Raúl Castro


Caprichosas efemérides

RAÚL CASTRO Y EL HOMBRE QUE SE NEGÓ A COMER

YOANI SÁNCHEZ
24 FEB 2011

Cuando el 24 de febrero de 2008 Raúl Castro se sentó finalmente en la silla presidencial, no imaginaba que su efeméride de ascensión se vería ensombrecida 24 meses más tarde. El día de la investidura del general no fue elegido al azar, sino seleccionado dentro del calendario independentista, ubicado justamente en la misma jornada que 113 años antes se había reanudado nuestra guerra de machete y manigua. Esta vez, en lugar de situarse en el poblado oriental de Baire, todo ocurría en los cómodos sillones del capitalino Palacio de las Convenciones. De aquella sala no brotó un sonido de acero entrechocado, sino el predecible coro de centenares de aplausos coordinados. Tampoco hubo sorpresas, todos sabíamos que la dirección del Consejo de Estado y de Ministros se heredaría por vía sanguínea, se otorgaría a aquel hombre que llevaba el mismo apellido del Comandante en Jefe. El feudo insular había sido traspasado.

sábado, 2 de junio de 2018

La farsa electoral / Cuba, la revolución congelada








Raúl Castro junto a su vicepresidente Miguel Díaz-Canel durante la sesión de la Asamblea en La Habana el pasado miércoles.
Raúl Castro junto a su vicepresidente Miguel Díaz-Canel durante la sesión de la Asamblea en La Habana el pasado miércoles.  AFP

LA FARSA ELECTORAL

Cuba: la revolución congelada

Poco significa la farsa electoral mientras Raúl Castro conserva partido y ejército


ANTONIO ELORZA
22 ABR 2018 - 17:00 COT

Cuba, 1968. En Memorias del subdesarrollo, Tomás Gutiérrez Alea dibuja un cuadro ácido de la Cuba revolucionaria. El protagonista parece una ilustración de La chinche de Maiakovski, emblema de la agonía inexorable del mundo burgués. Pero no se limita a reflejar la propia crisis y la de su medio, sino que presenta una sociedad carente de vida propia, de sentido de la comunicación y por tanto dispuesta a aceptar que “alguien piense por ella”. Nada que ver con la imagen utópica de la Revolución.

Dos fogonazos apuntan al futuro. Uno es el lúcido pronóstico del amigo a punto de emigrar, quien compara la perspectiva de una Cuba socialista con el antecedente de Haití, donde ya una revolución acabó en la miseria. Otro es la reflexión en off sobre las imágenes de escaparates vacíos: La Habana fue el París del Caribe; ahora es la Tegucigalpa del Caribe. Cuando Titón presenta Memorias, Fidel apoya la invasión soviética de Checoslovaquia, impone una socialización general del comercio y la censura a Padilla anuncia la represión de la cultura. Su cine se aleja de la realidad cubana hasta 1993, con Fresa y chocolate.

sábado, 21 de abril de 2018

Yoani Sánchez / Adiós a los Castro


Adiós a los Castro

El sueño de la normalización en Cuba ha durado poco. Ante el dilema de conservar todo el poder o ceder una parte, para evitar una fractura dramática, Raúl no se diferenció mucho de su hermano y eligió el control absoluto


YOANI SÁNCHEZ
20 ABR 2018 - 17:00 COT

Uno impulsivo y otro pragmático, uno carismático y el otro carente de cualquier magnetismo, los hermanos Fidel y Raúl Castro han dejado su apellido marcado a sangre y fuego en la historia cubana de los últimos sesenta años. Esta semana el relevo generacional llama a la puerta del poderoso clan familiar que planea salir del foco central pero no alejarse demasiado del poder.

martes, 20 de junio de 2017

Yoni Sánchez / El rey, el presidente y el dictador

Raúl Castro
David Farnun

El rey, el presidente y el dictador

La anunciada visita, “lo antes posible’, de los reyes Felipe y Letizia a Cuba servirá para que las máximas autoridades españolas comprueben que un totalitarismo no se ablanda ni se democratiza, solo cambia de piel



YOANI SÁNCHEZ
22 ABR 2017 - 17:00 COT




El rey, el presidente y el dictador
EDUARDO ESTRADA

En el palacio de los Capitanes Generales de La Habana hay un trono que espera por su rey. Fue preparado cuando Cuba era aún una colonia española y nunca se ha sentado un monarca en su imponente estructura. La visita de Felipe VI quizás ponga fin a tan prolongada espera, pero la isla necesita más que gestos simbólicos y protocolares.
El Rey y el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, llegarán al país pocos meses antes de que Raúl Castro abandone el poder. La visita oficial, largamente preparada, tiene todas las trazas de una despedida. Será como el adiós de la Madre Patria a uno de sus descendientes de ultramar. Alguien que comenzó como un revolucionario de izquierdas y terminó siendo parte de una dinastía inmovilista.

Zoé Valdés / Diálogo con un muro





DIÁLOGO CON UN MURO
POR ZOÉ VALDÉS
abril 12, 2015



Empezaré por el presidente Barack Obama, quien ayer sostuvo un diálogo público con un dictador al que llamó presidente, y quien protagonizó una de las frases más desafortunadas de la historia. ¿Le importa a Obama los conflictos históricos como la 1ra y la 2da guerra mundial donde tantas muertes e injusticias se cometieron y de lo que hoy todavía seguimos hablando y recordando? A juzgar por sus palabras de ayer, no le importan. Puesto que él no había nacido cuando estas guerras tuvieron lugar. Obama dijo ayer, todo sonrisa, que no estaba interesado en seguir sosteniendo un conflicto que había tenido lugar cuando él no había nacido todavía, el de Cuba y EEUU -amén de las muertes y las injusticias cometidas por parte del castrismo. Es el banal pretexto de un ignorante. ¿Habrá que recordarle a Obama que como máximo representante de su país también representa el pasado y el futuro, la historia de ese país? ¿Habrá que demostrarle a Obama que el conflicto aún no se ha terminado cuando vemos cómo se comportan los oficialistas cubanos en un parque de Panamá o en la sala de conferencias de un evento frente a la oposición cubana?

sábado, 27 de mayo de 2017

Yoani Sánchez / El Kremlin ha vuelto



El Kremlin ha vuelto
Eva Sánchez

El Kremlin ha vuelto

La avanzadilla rusa toma posiciones en América Latina con negocios en varios países, apoyo petrolero a Cuba y hasta la restauración del Capitolio de La Habana. Trump, mientras, mira hacia otro lado con indiferencia


YOANI SÁNCHEZ
27 MAY 2017 - 17:12 COT


Después de décadas de intenso contacto, los rusos dejaron escasas huellas en Cuba. Algunos jóvenes con el nombre de Vladimir o Natacha y las matrioskas decorando unas pocas salas son los últimos vestigios de aquella relación. Sin embargo, en los últimos años los vínculos entre La Habana y Moscú han ganado fuerza. El Kremlin ha vuelto.
Rusia lleva tiempo desembarcando en América Latina de la mano de esos mismos Gobiernos que reclaman en los foros internacionales por un mayor respeto a la soberanía y a “la libre elección de los pueblos”. Sus líderes populistas, en parte para molestar a Estados Unidos, hacen alianzas con Vladimir Putin bajo la premisa de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.
 Ese tipo de asociación permitió al Palacio de Miraflores, en Venezuela, pertrecharse con 5.000 sistemas de defensa aérea portátil (Manpads, por sus siglas en inglés), según un documento publicado recientemente por la agencia Reuters. El arsenal comenzó a acumularse en la época del fallecido presidente Hugo Chávez, pero resulta ahora más peligroso en medio de la inestabilidad política que hace tambalearse a Nicolás Maduro.
En Centroamérica, Nicaragua funciona como la puerta de entrada para la voraz superpotencia. Daniel Ortega cuenta con medio centenar de tanques de combate enviados por Moscú y su territorio sirve de emplazamiento para asesores militares rusos. El corrupto sistema en que ha derivado el sandinismo crea un escenario propicio para las ansias de expansión del exoficial del KGB.


Esta vez, Moscú se ha quitado la máscara ideológica que envolvía sus ansias geográficas

Sin embargo, La Habana sigue siendo el principal aliado en este lado del mundo. La suspicacia que surgió entre ambos países, tras el desmembramiento de la Unión Soviética y la llegada al poder de Boris Yeltsin, se ha ido despejando. Con Putin al mando, algo de aquella URSS ha renacido y los vínculos diplomáticos vuelven a estrecharse.
En la barriada de Miramar, al oeste de la capital cubana, la embajada de Rusia parece haber ganado en importancia en el último lustro. Con la forma de una espada clavada en el pecho de la ciudad, la construcción es llamada jocosamente “la torre de control”, desde donde la severa madrastra escruta todo lo que ocurre en su antiguo y añorado dominio.
Rusia acaba de sacar del atolladero a Raúl Castro tras el recorte de los envíos petroleros desde Caracas. En los años del idilio con Chávez, Cuba recibió unos 100.000 barriles diarios de crudo venezolano, pero en los últimos meses esa cantidad se ha reducido en más de un 40%. El Gobierno se vio obligado a recortar la entrega de combustible a los vehículos del sector estatal y restringir la venta de gasolina premium o especial.
La petrolera rusa Rosneft ha llegado en auxilio de Castro y se comprometió a proveer a la Isla con 250.000 toneladas de petróleo y diésel, unos dos millones de barriles. La operación de salvamento deja un reguero de dudas sobre la forma en que la Plaza de la Revolución pagará a Moscú, en medio de la falta de liquidez y de la recesión que padece el país.


Rusia está recibiendo en la zona información de inteligencia que la hará “más grande otra vez”

Se le suman a las señales alarmantes el hecho de que en los últimos días el hijo del presidente cubano, el coronel Alejandro Castro Espín, se reunió con el secretario del Consejo de Seguridad de Rusia, Nikolái Pátrushev para abordar la cooperación entre ambas naciones en la esfera de la seguridad informática. En 2014, el delfín había firmado en Moscú un memorando de cooperación en el área de inteligencia. 
El reencuentro entre los viejos aliados lo ha sellado un gesto simbólico. Rusia se está ocupando de la reparación de la cúpula del Capitolio de La Habana a la que cubrirá con piedra natural, nuevas planchas de bronce y láminas de pan de oro que relucirán bajo el sol tropical. Un desafiante mensaje dirigido directamente a Washington, la ciudad donde se erige el hermano -casi gemelo- del imponente edificio cubano. 
Mientras la avanzadilla rusa se despliega en varios puntos de América Latina, Donald Trump mira hacia otro lado. Envuelto en el escándalo de una posible interferencia de Putin en las elecciones que favoreció su llegada a la Casa Blanca, el magnate se muestra más interesado en el Medio Oriente o en levantar un muro fronterizo con México que en acercarse a esa región que discurre más allá del Río Bravo.
Su indiferencia se evidencia no solo en sus palabras. El mandatario estadounidense acaba de proponer sustanciales recortes presupuestarios a la asistencia proporcionada a todos los países del continente, una postura que contrasta con el terreno que gana el Kremlin en la esfera económica y militar, apuntalando regímenes autoritarios y decadentes. La Guerra Fría está renaciendo en tierras latinoamericanas.
Pero esta vez Moscú ha vuelto sin aquella máscara con la que envolvía sus ansias geopolíticas y que adornaba con frases al estilo del “apoyo a los proletarios del mundo” o “la desinteresada ayuda al desarrollo de las naciones más pobres”. Ahora muestra una diplomacia más descarnada y directa. No está dispuesta a subsidiar sino a comprar. No se esconde ya bajo el ropaje ideológico, sino que se exhibe con ese crudo pragmatismo que rezuma el capitalismo que terminan por hacer los comunistas.
Si una vez perdió posiciones y debió refugiarse -puertas adentro de su propio orgullo- para lamerse las heridas, ahora Rusia quiere apurar el paso y recuperar el terreno perdido en América Latina. Sabe que cuenta con aliados en la región dispuestos a saltarse todos los considerandos éticos y patrióticos para ayudarla a plantar cara a los Estados Unidos. Debe apurarse, porque muchos de esos compadres cada día se vuelven más impresentables.
Sus compinches de este lado necesitan a un Moscú que les provea de armamentos y les cuide las espaldas en los organismos internacionales. Lo ven como un fornido oso dispuesto a enseñarle los dientes a Washington todas las veces que haga falta. A cambio, le están dando posicionamiento en el terreno, información de inteligencia y la calculada fidelidad de quien espera mucho a cambio. Ellos sueñan con hacer a Rusia “grande otra vez”. 
Yoani Sánchez es periodista cubana y directora del diario digital 14ymedio.





jueves, 14 de enero de 2016

Las otras exclusivas de Sean Penn

Sean Penn
Poster de T.A.

Las otras exclusivas de Sean Penn

El actor estadounidense se reunió con Raúl Castro y Hugo Chávez en 2008



El actor estadoundiense Sean Penn con Hugo Chávez. / MIRAFLORES PALACE (REUTERS)
La de El Chapo no fue la primera entrevista exclusiva de Sean Penn. La conversación entre el actor estadounidense y el capo del cártel de Sinaloa, que tuvo lugar el pasado mes de octubre en México y ha sido publicada ahora por la revista Rolling Stone, ¿,tampoco es la primera incursión de Penn en el mundo del periodismo. Éstos son los antecedentes:

Raúl Castro

En otro mes de octubre, en 2008, Sean Penn entrevistó al presidente cubano poco después de que sucediera a su hermano Fidel. La cita, relatada para la revista The Nation, ocurrió además poco antes de las elecciones presidenciales en Estados Unidos y en las que venció Barack Obama. En “una charla de siete horas, con una cena y té, que duró hasta la madrugada”, Penn no desaprovechó la ocasión para preguntar a Castro si estaría dispuesto a conversar con el mandatario estadounidense si llegaba a la Casa Blanca.
“Tendría que pensarlo”, respondió Castro. “Personalmente, creo que no sería justo que yo le visitara primero porque siempre son los líderes latinoamericanos quienes van a Estados Unidos. Pero también sería justo esperar que un presidente americano viniera a Cuba. Deberíamos encontrarnos en terreno neutro”.

Hugo Chávez

El actor escribió que entre las motivaciones para reunirse con el presidente venezolano estaba “profundizar su entendimiento sobre el mandatario y sobre Venezuela”, pero también para pedirle ayuda y lograr entrevistar a los hermanos Castro en La Habana. “Sé que están pensando en invadir Venezuela”, le dijo Chávez acerca de los planes del Pentágono estadounidense. “Pero nadie puede venir aquí y exportar nuestros recursos naturales”. El mandatario añadió que “Venezuela debe ser una democracia socialista”, y calificó a Fidel Castro como “un maestro para mí. No en ideología, sino en estrategia”.

Fidel Castro

Penn narró en su entrevista con el presidente cubano que también se había reunido anteriormente con su hermano Fidel. En 2009 regresaría a La Habana para intentar hablar con él después de encontrarse con Hugo Chávez. La revista Vanity Fair había sido la elegida para publicar el relato del encuentro y, a pesar de que varios medios revelaron la presencia del actor en la isla, no se sabe si la entrevista llegó a producirse.

Irán

Hace más de una década el actor estadounidense visitó Teherán para el diario San Francisco Chronicle que después sería publicado como una serie de cinco reportajes. El trabajo, titulado “Sean Penn en Teherán” fue realizado en los días previos a las elecciones presidenciales en el país de 2005.

Irak

Un año antes, y también para el San Francisco Chronicle, Penn compartió su visión personal de la guerra de Irak y aseguró que la ocupación estadounidense podía convertir la región en “un polvorín”.



martes, 6 de octubre de 2015

Dictadores / ¿Pero Raúl Castro tiene un hermano?

Fidel Castro y Raúl Castro

¿Pero Raúl Castro tiene un hermano?

El líder cubano deja atrás la sombra de Fidel y experimenta un proceso de canonización gracias a Francisco, el acuerdo de las FARC y su paseo en la ONU


FERNANDO VICENTE
“No sabía que Manuel tuviera un hermano”, respondió Jorge Luis Borges al preguntársele por Antonio Machado. Era una reivindicación de Manuel Machado frente a la notoriedad del hermanísimo, aunque la anécdota, con sus distancias y sus matices, puede extrapolarse al fenómeno pujante de Raúl Castro. Que tiene, por lo visto, un hermano llamado Fidel y que acaudilla una insólita campaña de reputación planetaria, extasiada con los abrazos de Francisco, jalonada con la mediación entre el Gobierno colombiano y las FARC, reflejada en el trato de iguales con Obama, incluso coronada también esta semana en la Asamblea de las Naciones Unidas.
Fue allí donde pronunció su primer discurso en cuanto líder supremo contingente y donde reclamó a EE UU una suerte de indemnización retroactiva a cuenta del embargo, exagerando el victimismo como si estuviera leyendo un editorial de Juventud rebelde: “56 años ha resistido heroica y abnegadamente el pueblo cubano”.
Podría decirse que el heroísmo concierne a la resistencia de sus compatriotas a la dictadura, pero las lágrimas de Raúl brotaron en el contexto del libertador represaliado. Un discurso de 18 minutos que evocaron la primera vez que su hermano Fidel compareció ante la misma “cámara”. Lo hizo en 1960 y se eternizó la arenga delante de los embajadores en un hito de cuatro horas y media.

lunes, 5 de octubre de 2015

Yoani Sánchez / La rebelíón de Liliput


Gulliver.
Gulliver siendo maniatado por los liliputienses (CC)






Yoani Sánchez

La rebelión de Liliput


Llamar a la austeridad mientras viven en la opulencia ha sido práctica común de los gobernantes cubanos durante más de medio siglo. Los reclamos a “apretarse el cinturón” son enarbolados por funcionarios de cuello gordo y semblante sonrosado, que hace décadas no saben lo que es un refrigerador con más escarcha que comida. Esa contradicción molesta, sin dudas, a quienes deben dividir el pan del racionamiento con un familiar o trocear con ingenio un jabón para que les dure varias semanas.
El malestar popular ante el contraste entre los discursos y los hechos podría haber llevado al periodista Alexander A. Ricardo a publicar en la sección de opinión de Tribuna de La Habana un texto metafórico pero certero. Con el título de Los viajes de Gulliver , la columna de opinión hace referencia a alguien a quien “se le ve de gigante disfrutando en costas del Mediterráneo, o de enano aventurero sin problema en su vida, en su visa”.
La alusión ha sido publicada a pocos meses de que Antonio Castro, uno de los hijos del expresidente cubano, fuera descubierto por una cámara indiscreta mientras se encontraba de vacaciones en Bodrum, Turquía. Un lugar al que llegó proveniente de la isla griega de Mykonos, a bordo de un barco de 50 metros y donde se habría hospedado en lujosas suites junto a sus acompañantes.
Es difícil no relacionar la opulenta vida del hijo de Fidel Castro (…) con la irónica frase del periodista: “Una vez en casa no cuenta nada. Engaña a los coterráneos con anécdotas sobre naufragios”
Es difícil no relacionar la opulenta vida del hijo de Fidel Castro y los llamados al ahorro que lanza hoy su tío desde la tribuna, con la irónica frase del periodista: “Una vez en casa no cuenta nada. Engaña a los coterráneos con anécdotas sobre naufragios”. Las similitudes entre la historia simbólica y la vida real han convertido al artículo en un fenómeno viral que se está transmitiendo a través del correo electrónico dentro de Cuba.
Las coincidencias aumentan cuando A. Ricardo escribe “vuelve a levar el ancla, esta vez parte al norte, donde la frialdad del clima lo distanciaba tiempo atrás”, que concuerda con el posterior viaje del hijo del expresidente a Nueva York, donde fuera también captado enfundado en ropa deportiva de marca y un oso de peluche entre las manos.
“Gracias a su padre Gulliver junior viaja bastante seguido”, se lee en el texto aparecido en el periódico de la capital cubana. O sea, por el sistema de precariedades económicas que su progenitor le impuso a millones de cubanos, ahora él puede darse lujos que superan lo que podría pagarse con una pensión del padre retirado. Pero los liliputienses también se cansan. ¿Habrá sido el artículo de este periodista una muestra de esa indignación para nada diminuta?



martes, 24 de marzo de 2015

Yoani Sánchez / El día que estalló la paz

Rojo
La Habana, Cuba, 2015
Foto de Triunfo Arciniegas


El día que estalló la paz

La recuperación de las relaciones entre Cuba y EE UU tuvo todas las connotaciones del armisticio alcanzado después de una larga guerra


Yoani Sánchez
24 de marzo de 2015

"¡Estalló la paz!”, se le oyó decir a un viejo maestro el mismo día en que Barack Obama y Raúl Castro informaron del restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos. La frase recogía el simbolismo de un momento que tuvo todas las connotaciones del armisticio alcanzado después de una larga guerra.
Tres meses después de aquel 17 de diciembre, en Cuba los soldados de la concluida contienda no saben si deponer las armas, brindar con el enemigo o reprocharle al Gobierno tantas décadas de inútil conflagración. Cada cual vive el alto al fuego a su manera, pero una indeleble marca temporal ya se ha establecido en la historia de la isla. Los niños nacidos en las últimas semanas estudiarán el conflicto con el vecino del Norte en los libros de texto y no lo tendrán como centro de la propaganda ideológica de cada día. Esa es una gran diferencia. Hasta la bandera de barras y estrellas ha ondeado estos días en La Habana, sin que el fuego revolucionario la haya hecho arder en la hoguera de algún acto antiimperialista.
Para millones de personas en el mundo, este es un capítulo que pone fin al último vestigio de la Guerra Fría, pero para los cubanos es una interrogante aún sin resolver. La realidad va más despacio que los titulares de prensa desatados por el acuerdo entre David y Goliat, pues todavía los efectos del nuevo talante diplomático no se han notado sobre los platos, en los bolsillos ni en la ampliación de las libertades ciudadanas.
Vivimos entre dos velocidades, latimos en dos diferentes frecuencias de onda. Por un lado, la lenta cotidianidad de un país atorado en el siglo XX, y por otro, la prisa que parece dispuesto a imprimirle a todo el proceso el gigante del Norte. Las medidas aprobadas el 16 de enero pasado, que flexibilizaban el envío de remesas, los viajes a la isla o la colaboración en telecomunicaciones y muchos otros sectores, dan la idea de que la Administración de Obama parece dispuesta a seguir rindiendo al contendiente a fuerza de ofrecimientos. Obligarlo a izar la discreta bandera blanca de la conveniencia material y económica.
La sensación de que todo puede acelerarse ha hecho que dentro de Cuba algunos reevalúen el precio del metro cuadrado de sus viviendas, otros proyecten dónde se ubicará el primer Apple Store que se abrirá en La Habana y no pocos comiencen a vislumbrar la silueta de un ferri que unirá la isla con Florida. Las ilusiones no han hecho, sin embargo, que se detenga el flujo migratorio. “¿Para qué voy a esperar que los yumas lleguen aquí, si yo puedo ir a conocerlos allá?”, decía pícaramente un joven que a finales de enero aguardaba en la fila para una visa de reunificación familiar a las afueras del consulado de Estados Unidos en la capital cubana.


Millones de cubanos se aferran a la ilusión de que EE UU nos salvará de las penurias

El temor a que durante el restablecimiento de relaciones pueda derogarse la Ley de Ajuste cubano, aprobada por el Congreso estado­unidense en 1966 y que ofrece considerables beneficios migratorios a los cubanos, ha multiplicado las salidas ilegales. Quienes no quieren partir, se aprestan a sacarle ventaja al nuevo escenario.
Si hace unos años la fiebre migratoria hizo a miles de compatriotas desempolvar sus ancestros españoles en aras de obtener un pasaporte comunitario, ahora el que tenga algún pariente en Estados Unidos se siente con ventaja en la carrera por la Cuba futura. De allí puede venir no solo el ansiado alivio económico, piensan muchos, sino también la necesaria apertura política. A falta de una rebeldía popular que obligue al cambio de sistema, los cubanos vuelven a poner sus esperanzas en las transformaciones condicionadas desde afuera. Ironías de la vida, en un país cuyo discurso público se ha apoyado tanto en la soberanía nacional.
Quienes han tenido más dificultad para tramitar lo sucedido son aquellos cuya vida y energías giraron alrededor del diferendo. Los más recalcitrantes militantes del Partido Comunista sienten que Raúl Castro los ha traicionado. Dieciocho meses de conversaciones secretas con el adversario es demasiado tiempo para quienes en sus centros laborales estigmatizaron a un colega porque se carteó con un hermano que vivía en Miami o porque gustaba de la música norteamericana.
A las afueras de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana (SINA, por sus siglas en inglés), el oficialismo no ha vuelto a colocar aquellas feas banderas negras que se interponían entre las ansiosas miradas de los cubanos y el protegido edificio. Nadie puede ubicar siquiera el momento en que se retiró la valla que a pocos metros de allí alardeaba: “Señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo”. Hasta la programación televisiva se percibe un tanto vacía, ahora que los presentadores no tienen que dedicar largos minutos a emprenderla contra Obama y la Casa Blanca.
Miriam, una de los periodistas independientes que vapulea a la televisión oficial, se pregunta si ahora ya no satanizarán a nadie por acercarse a diplomáticos norteamericanos o por traspasar el umbral de la temida –pero seductora– SINA. Muchos se cuestionan lo mismo después de ver a funcionarios cubanos, como Josefina Vidal, sonriendo a Roberta Jacobson, secretaria de Estado adjunta para Asuntos del Hemisferio Occidental. El mito de la discordancia se ha quebrado.


La Plaza de la Revolución no quiere hacer notar su fracaso y ha rodeado el restablecimiento de relaciones con EE UU con una aureola de victoria

En una casa de la barriada del Cerro, donde han abierto un punto de ventas de pizzas, un hombre de unos 50 años apagó el radio nada más escuchar el discurso de Raúl Castro aquel miércoles. Chasqueó la lengua con molestia y le gritó a su mujer: “¡Mira tú, después que nos jodieron tanto!”. Santiago, que así se llama, no pudo graduarse de médico porque toda su familia se fue por el Puerto del Mariel en 1980 y él fue declarado “no confiable”. Aunque desde mediados de los noventa retomó el contacto con sus hermanos exiliados, no deja de sentirse incómodo porque ahora se aplaude lo que antes estuvo prohibido.
Veinticuatro horas después de aquel histórico anuncio, los alrededores del capitalino parque de la Fraternidad eran un hormiguero. Ahí convergen los viejos autos norteamericanos que recorren La Habana como taxis colectivos. El dueño de un Chevrolet de 1954 pontificaba en una esquina que ahora “los precios de estos carros se van a disparar”. De seguro, concluía el hombre, “los yumas van a comprar esta chatarra como pieza de museo”. Un país a remate aguarda por los amplios bolsillos de los que hasta ayer eran sus rivales.
Esa sensación de que EE UU salvará a la isla de las penurias económicas y el desabastecimiento crónico apuntala una ilusión a la que se aferran millones de cubanos. Hemos pasado de ¡Yankee go home! a ¡Yankee welcome!.
Cuanto más negro pintaba la propaganda oficial el panorama en EE UU, más ayudaba a fomentar el interés por ese país. Cada intento de provocar rechazo hacia el poderoso vecino trajo su cuota de fascinación. Entre los más jóvenes ese sentimiento ha crecido en los últimos años, apoyado también por la entrada al país de producciones audiovisuales y musicales que ensalzan el modo de vida norteamericano. “A veces para molestar a mi abuelo me pongo este pañuelo con la bandera de Estados Unidos”, confiesa Brandon, un adolescente que los fines de semana espera las madrugadas sentado en algún banco de la calle G. Alrededor de él, una fauna de emos, rockeros, frikis a destiempo y hasta imitadores de vampiros se juntan para conversar en voz alta y cantar a coro. Para muchos de ellos, sus sueños parecen más cercanos de concretarse después del abrazo entre la Casa Blanca y la Plaza de la Revolución.
“Tenemos un grupo de jugadores de Dota 2”, cuenta Brandon sobre su pasatiempo favorito, un videojuego que causa furor en Cuba. Él y sus colegas llevaban meses preparándose para un torneo nacional, pero después del 17 de diciembre han empezado a soñar en grande. “El campeonato internacional será en el mes de agosto en Seattle, ­Washington, así que ahora quizá podamos participar”. El año pasado, el equipo de China se coronó campeón, por lo que los gamers cubanos no pierden la esperanza.
El primer usuario de Netflix en Cuba fue un extranjero, un diplomático europeo que corrió a hacerse una cuenta en el reconocido servicio de streaming nada más saber que ya era posible. Costeó una tarifa de apenas 7,99 dólares mensuales, pero el ancho de banda necesario para reproducir vídeo lo obligó a pagarle a la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba otros 380 dólares al mes por una conexión a Internet. Ahora disfruta en su mansión del Netflix más caro del mundo.


Hemos pasado de ¡Yankee go home! a ¡Yankee welcome!.

Partidos de béisbol con equipos de las grandes ligas; célebres bandas de rock que llegan a la isla; tarjetas MasterCard que funcionan en los cajeros de todo el país; empresas de telecomunicaciones que establecen llamadas directas desde EE UU; granjeros colorados dispuestos a ofrecer insumos a los atribulados guajiros cubanos; presentadores de televisión made in USA que vienen a filmar sus shows en las calles habaneras, y atractivas modelos –con varios escándalos sobre los hombros– que se hacen un selfie con el primogénito de Fidel Castro. Cuba cambia a la velocidad de una jicotea que vuela agarrada a las patas de un águila.
A pesar de todo, la Plaza de la Revolución no quiere hacer notar su fracaso y ha rodeado el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos con una aureola de victoria. Dice haber ganado el pulso sostenido por más de cinco décadas, pero lo cierto es que ha perdido la más importante de sus batallas. No importa que la derrota se enmascare ahora con frases fanfarronas y alardes de tenerlo todo bajo control; como dice un hastiado santiaguero, “después de tanto nadar han terminado por ahogarse en la orilla”. En busca de esa imagen de control, Raúl Castro no ha disminuido la represión contra disidentes, que en febrero alcanzó la cifra de 492 arrestos arbitrarios. El castrismo tiende su mano hacia la Casa Blanca, mientras mantiene la bota presionada sobre los inconformes del patio.
No obstante, la desproporción de fuerzas para la negociación entre ambos Gobiernos se ha hecho notar incluso en los chistes populares. “¿Sabes que EE UU y Cuba volvieron a romper relaciones?”, le espetaban burlonamente a los incautos en diciembre. Ante un incrédulo “¿Noooo?”, respondían con cara muy seria: “Sí, Obama se molestó porque Raúl lo llamó por teléfono a pagar allá”. Toda la indigencia material de nuestra nación contenida en esa frase.
Ahora bien, para que nadie vaya a creerse que el castrismo terminará aplastado ante los McDonald’s y los Star­bucks, la propaganda oficial reaviva de vez en cuando un antiimperialismo de cartón que ya no convence a nadie. Como en el altisonante discurso de Raúl Castro ante la III Cumbre de la CELAC en Costa Rica, en el que ponía duras exigencias para el restablecimiento de relaciones con Washington. Pura fanfarria. O como el último mensaje de Fidel Castro a Nicolás Maduro, brindándole su apoyo “frente a los brutales planes del Gobierno de EE UU”. O como los llamamientos a defender la Revolución “ante el enemigo que intenta nuevos métodos de subversión”.
Lo cierto es que aquel día de San Lázaro, la diplomacia, el azar y hasta el venerado santo milagroso se ocuparon de las llagas del país. Habíamos necesitado medio siglo de doloroso caminar de rodillas por el asfalto de la confrontación para que nos llegara un poco del bálsamo del entendimiento. Nada está solucionado todavía y todo el proceso para la tregua es precario y lento, pero aquel 17 de diciembre el alto el fuego llegó para millones de cubanos que solo habíamos conocido la trinchera.
EL PAÍS