Gabriel García Márquez
Caribe mágico
6 de enero de 1981
Surinam —como no todo el mundo lo sabe— es un país independiente sobre el mar Caribe, que fue hasta hace pocos años una colonia holandesa. Tiene 163.820 kilómetros cuadrados y un poco más de 384.000 habitantes de origen múltiple: indios de la India, indios locales, indonesios, africanos, chinos y europeos. Su capital, Paramaribo —que en castellano pronunciamos como palabra grave y que los nativos pronuncian como esdrújula—, es una ciudad fragorosa y triste, con un espíritu más asiático que americano, en la cual se hablan cuatro idiomas y numerosos dialectos aborígenes, además de la lengua oficial —el holandés—, y se profesan seis religiones: hinduismo, católica, musulmana, morava, holandesa reformada y luterana. En la actualidad, el país está gobernado por un régimen de militares jóvenes, de los cuales se sabe muy poco, inclusive en los países vecinos, y nadie se acordaría de él si no fuera porque una vez a la semana es la escala de rutina de un avión holandés que vuela de Ámsterdam a Caracas. Había oído hablar de Surinam desde muy niño, no por Surinam mismo —que entonces se llamaba Guayana Holandesa—, sino porque estaba en los límites de la Guayana Francesa, en cuya capital, Cayena, estuvo hasta hace poco la tremenda colonia penal conocida, en la vida y en la muerte, como la Isla del Diablo. Los pocos que lograron fugarse de aquel infierno, que lo mismo podían ser criminales bárbaros que idealistas políticos, se dispersaban por las islas numerosas de las Antillas hasta que conseguían volver a Europa o se establecían con la identidad cambiada en Venezuela y la costa caribe de Colombia. El más célebre de todos fue Henri Charrière, autor de Papillón, que prosperó en Caracas como promotor de restaurantes y otros oficios menos diáfanos, y que murió hace pocos años en la cresta de una gloria literaria efímera, pero tan meritoria como inmerecida. Esa gloria, en realidad, le correspondía, con mejores títulos, a otro fugitivo francés que describió mucho antes que Papillón los horrores de la Isla del Diablo, y sin embargo no figura hoy en la literatura de ninguna parte, ni su nombre se encuentra en las enciclopedias. Se llamaba René Belbenoit, había sido periodista en Francia antes de ser condenado a cadena perpetua por una causa que ningún periodista de hoy ha podido recordar, y siguió siéndolo en Estados Unidos, donde consiguió asilo y donde murió de una vejez honrada.