La llamada de… Theodor Kallifatides
Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de los escritores, es decir, en el origen de sus vocaciones, en el germen de sus despertares al mundo de las letras, en las circunstancias en que recibieron la llamada no precisamente de Dios, sino de esa otra entidad acaso un pelín más abstracta: la literatura.
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También la guerra convierte a los niños en escritores. A los cinco años, por ejemplo, Theodor Kallifatides presenció la ejecución de un vecino a manos del invasor nazi. Un oficial alemán le pegó un tiro y su cuerpo se desplomó como si no tuviera esqueleto. Un segundo antes de recibir el impacto, el condenado cruzó la mirada con la del niño que observaba la escena; cuando un instante después yacía en el suelo, seguía mirando al pequeño. El chaval echó a correr hacia su casa y se refugió en el despacho de su padre, un maestro de escuela en ese momento en presidio. Se sentó a su mesa, cogió papel y lápiz, y escribió algo que ya no recuerda, pero que sin duda hablaba de la forma en que miran los muertos. Cuando meses después su progenitor fue liberado, Theodor le enseñó el escrito. Su padre lo leyó, y a continuación dobló el papel y se lo guardó en un bolsillo. Nunca le dio su opinión sobre el texto, pero siempre lo llevó consigo, incluso cuando vino la muerte y lo metió en un féretro. Kallifatides ha cumplido los ochenta y seis años, y a veces se pregunta si no será que todos los libros que ha escrito, desde el más importante hasta el más chiquito, no son más que un intento de recordar el contenido de la nota que sumió a su padre en el silencio.











