Rubem Fonseca
VIDA
En mi caso, el ruido que causa el movimiento de los gases intestinales me pone alerta. Pero hay personas que no tienen la ventaja de esta señal prodrómica? Mi mujer dice que no es una enfermedad y, si no es una enfermedad, no hay pródromo, como el aviso que un epiléptico recibe momentos antes de tener la crisis, como le ocurría a nuestro hijo, que Dios lo tenga en su gracia, pero mi mujer se dedica a contradecirme en todo lo que digo, a hostilizarme constantemente, ese es el pasatiempo de su vida-, pero estaba diciendo que mi flatulencia se anuncia por los ruidos de los gases desplazándose por el abdomen, y eso me permite, casi siempre, retirarme estratégicamente para ir a expulsarlos lejos de los oídos y las narices de los demás. Por cierto, prefiero hacerlo a solas, pues los pedos, al ser expulsados, me causan un gran placer que se manifiesta en mi rostro, sé de esto porque la mayoría de las veces los libero en el baño, el mejor lugar para hacerlo, y puedo notar en mi rostro, reflejado en el espejo, el lenitivo alivio, la delectación provocada por su esencia odorífera, y también una cierta euforia, cuando son bastante ruidosos. Y, tratándose de un ambiente cerrado, tengo otra emoción, tal vez más placentera, que es la de disfrutar con exclusividad ese olor peculiar. Sí, yo sé que para la mayoría de las personas, ciertamente no para quién lo expulsó, el aroma de la flatulencia ajena es ofensivo y repugnante. Mi mujer, por ejemplo, cuando estamos acostados en la cama y escucha el ruido de mis intestinos, me grita, salte de la cama y vete a pedorrear lejos de mí, asqueroso. Salgo corriendo de la cama y me voy al baño, en esas ocasiones, como ya dije, prefiero estar solo, y después de expulsar los gases en el baño, con la puerta cerrada, cuando ni siquiera acabé de gozar la satisfacción que aquello me da, ella grita, Dios mío, estoy sintiendo la peste desde aquí, de veras te estás pudriendo. El olor no es tan fuerte, incluso me gustaría que fuera más intenso pues me causaría mayor placer, pero a veces es tan suave que tengo que agacharme y olfatear con la nariz casi pegada al pubis para sentir el aroma desprendido por el flato, pero aún así, en estos días ella grita palabras injuriosas desde el cuarto, como si un olor tan débil pudiera recorrer un trayecto tan largo sin desvanecerse en el camino. El otro día, durante la cena -por cierto que esto ocurre casi todos los días- al repetir el plato de frijoles, me dijo, come más, llénate las tripas, para que después te eches más pedos, pero también lo dice si repito el postre, soy delgado y no logro dejar de serlo, no importa lo que coma; ella es gorda y no logra dejar de ser gorda, pero vive haciendo pays, pudines de leche y mousses de chocolate, y si repito el pudín o el mouse ella dice, vas a pasar la noche pedorreándote como un caballo, y además me echa la culpa de ser gorda, que la hago infeliz, que come para compensar las frustraciones que le causo, y tiene razón, pues no logro cumplir con mis obligaciones de marido, por más que lo intento, y en realidad ya no lo intento más. Podría irme de la casa, pedir el divorcio, pero me acuerdo de lo que sufrió durante la enfermedad de nuestro hijo, creo que nunca ha existido en el mundo una madre más dedicada que ella, y ella engordó después de la muerte de nuestro hijo, y a veces la descubro llorando con su retrato en las manos, no debo abandonarla en esa situación, no puedo ser tan desalmado y egoísta, y además si soy delgado y elegante podría conseguirme otra mujer, pero ella no lograría encontrar otro hombre y la soledad aumentaría todavía más su sufrimiento, es una buena mujer, no merece esto. Estamos acostados, ella de espaldas a mí, pensé que estaba dormida, pero mis intestinos empezaron a producir esos ruidos y ella, sin darse la vuelta, gritó ¡Ay, Dios mío, que vida la mía!, ve a pedorrearte al baño, y me fui e hice lo que me mandó y contemplé en el espejo la felicidad que el fuerte ruido y el intenso olor estamparon en mi rostro.
Rubem Fonseca
Secreciones