Freud encuentra a Buda
Juan Forn
19 de abril de 2013
Hasta cierta noche decisiva de 1986, Lucian Freud decía que toda su pintura era producto de dos hechos fortuitos ocurridos en 1940 en el Londres bombardeado de la guerra. El joven Lucian trabajaba por entonces en una galería de arte y era tan confiable (nieto del mismísimo Sigmund, egresado de los mejores colegios, pintor obsesivo y prolijo) que sus empleadores lo mandaron con una tela de Picasso que debía exhibirse en Brighton. El joven Freud fue en tren: así se hacían las cosas en Inglaterra. Puso el Picasso en el asiento enfrente al suyo, se acomodó para el viaje y se pasó de su destino sin darse cuenta porque no podía parar de mirar aquel cuadro, que era uno de los famosos retratos que Picasso hizo de Dora Maar, el más triste y roto de aquellos retratos, el que cancelaba la serie, el que logró que todo el cuerpo y el alma de Dora Maar asomara a su cara. Un día después, el joven Freud conoció a ese huracán pictórico llamado Francis Bacon y se volvió instantáneamente su hermano menor: dejó que le cambiara para siempre su forma de pintar. Hasta ahí era una cruza obediente y lavadita de Otto Dix con Balthus; a partir de entonces se convirtió en el que todos conocemos: el más despiadado retratista del cuerpo humano, el que desnudó como ningún otro a sus modelos.




























