Cees Nooteboom
THOMAS BERNHARD Y BOTHO STRAUSSAhora cruzo al otro lado. Empleo esas palabras casi sin pensar en ellas, luego las oigo y me pongo a pensar en ellas. El otro lado. Como si el Muro fuese un río. Como si hubiese surgido por sí solo en vez de haber sido construido. Un fenómeno natural. Por lo general suele ser fácil cruzar al otro lado. Esta vez no. He cogido el S-Bahn en la estación del Zoo hacia la Friedrichstrasse, donde se encuentra el paso, fronterizo. Cúpula, transparente, hierro fundido, grandes trenes, luz tenue. Se quiera o no el decorado sigue teniendo algo de Graham Greene o de Le Carré, no tengo remedio. Desciendo por las escaleras, el ris-ras de las suelas de mis contemporáneos. Luego se llega a un vestíbulo. Ya lo conozco, sé que ahora tengo que torcer a la derecha.
Andere Staaten, ‘otros países’. Hoy hay cinco taquillas abiertas, pasajes estrechos, se nos estruja por ellas como si fueran un colador. No tienen nada de moderno, ni de práctico, son más bien amateurs, provisionales, como si se contase con que no fuesen a durar mucho. La multitud entre la que me encuentro: polacos, muchos viejos. Me llegan por debajo de los hombros, y eso que no soy muy alto. Son viejos y bajos, van cargados con enormes maletas y cajas. La procesión avanza con una lentitud infinita, hemos de doblar una esquina para entrar por la portilla. Yo estoy en la parte interior de la curva, la exterior va más rápido. También los que se cuelan, los asiduos y los occidentales, que claramente sobresalen de entre la multitud, están estancados.