Lucy Truman
VENECIA
3 de julio de 2026
3 de julio de 2026
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Griselda Gambaro. Foto: Enrique Cervera.
Figura primordial de la dramaturgia argentina, Griselda Gambaro murió a los 98 años, dos meses después de su marido, el escultor Juan Carlos Distéfano.
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“Desde chica leía un poco a escondidas porque en mi casa no se estilaba. Creo que decidí escribir porque nunca tuve muchos talentos. Ni para cantar, ni para bailar, ni para pintar. Vengo de familia muy humilde. Y la cultura no era para la gente con problemas de subsistencia, con muchos hijos. Así que los primeros libros los compró mi hermano. Luego fui muy frecuentadora de bibliotecas, así que leí lo que me caía en las manos. Pero desde que aprendí a leer ya sabía que quería escribir”.
Le clavaba las espuelas en los ijares, no sabía por qué razón con más fuerza en el flanco izquierdo. Y de tanto clavarle las espuelas, el filo había producido en ese mismo lado una herida de feo aspecto. Descansaba mal porque la herida le provocaba un ardor, una quemazón dolorosa cuyas ramificaciones le subían a veces hasta el muslo, y qué decir cuando recorrían distancias. Si el caballo hubiera podido pensar, se habría preguntado por qué ese clavar de espuelas para que galopara si estaba dispuesto a hacerlo solo con sentir aflojarse las riendas, incluso con una leve presión de las piernas. Un propietario anterior, aficionado al vino, así lo había entendido, y la concordia entre jinete y cabalgadura había sido total. Pero ese jinete, en una de sus borracheras durante un partido de cartas, había jugado su caballo como apuesta y la había perdido.
Cuatro semanas han pasado, pero aún me resisto a creer que Sandor Needleman haya muerto. Estuve presente en la incineración y, por expreso deseo de su hijo, llevé ostras y caviar, pero unos pocos de nosotros pensábamos sólo en el dolor que nos embargaba.Needleman vivía obsesionado con su funeral, y en cierta ocasión me dijo:—Prefiero que me incineren a que me sepulten, y ambas cosas a un fin de semana con la señora Needleman.Decidió, por último, que le incineraran y donó sus cenizas a la Universidad de Heidelberg, que las esparció a los cuatro vientos y obtuvo un depósito a cuenta de la urna.
Woody Allen
Mi apología
De todos los hombres célebres que han existido, el qué más me habría gustado ser es Sócrates. Y no sólo porque fue un gran pensador, pues a mí también se me reconocen varias intuiciones razonablemente profundas, si bien las mías giran invariablemente en torno a una azafata de la aviación sueca y unas esposas. No, lo que más me atrae de este sabio entre los sabios de Grecia es su valor ante la muerte. No quiso renunciar a sus principios, sino que prefirió dar su vida para demostrarlos. Personalmente, la idea de morir me asusta, y cualquier ruido inconveniente, tal como el escape de un automóvil, me sobresalta hasta el punto de echarme en los brazos de la persona con la que estoy conversando. Al final, la valerosa muerte de Sócrates confirió a su vida auténtico significado, algo de lo que mi existencia carece totalmente, aunque posea una mínima pertinencia para el departamento de Impuestos sobre la Renta. Confieso que muchas veces he querido ponerme en el lugar del insigne filósofo, y en todas ellas me he quedado inmediatamente traspuesto y he tenido el siguiente sueño.

Ha tardado veinte años —en parte, a causa del cheque que quería cobrar— y un cambio de editorial a principios de año por las protestas de los trabajadores de Hachette, pero la autobiografía de Woody ya está aquí. Y no es para tanto. Me explico: no es para tanto en lo que le afecta a Mia Farrow y a su familia. Es decir, a la parte de su familia que todavía se habla con Mia Farrow. Al menos un cuarto de sus páginas cuentan lo que ya estaba contado y que parece aún más irrelevante en el libro, aunque personalmente se pueda entender que a Allen le importe re-re-reexplicar la acusación de abuso de su expareja a su hija común, Dylan. Una acusación que fue descartada —no llegó ni a juzgarse— por los tribunales neoyorquinos y la agencia de bienestar infantil del estado de Nueva York y que, por tanto, no ha impedido que Allen adopte con su actual mujer, Soon-Yi, a dos niñas, hoy veinteañeras, después del escrutinio de las autoridades norteamericanas. Esa sería toda la historia si el director no se hubiese convertido en una pieza de caza para una turba sentimental al amparo de eslóganes “hashtagueables”. En un mundo acelerado de blancos y negros, algunos le señalan como “pederasta” e “incestuoso”, crímenes condenados socialmente con más dureza que el asesinato. Allen celebra su propia cacería, quizá después de mucho psicoanálisis: “Hay, de hecho, algunos beneficios en ser un paria. Para empezar, dejan de pedirte todo el tiempo que te subas a una tarima, que hagas un comentario elogioso para la contracubierta de un libro, que salves alguna ballena o que des un discurso en alguna ceremonia de graduación”.
Hace casi 20 años, Monica Lewinsky se vio envuelta en una tormenta política. Ahora ha transformado ese oscuro período en una fuerza para el bien.
Una noche de 2005 en Londres, una mujer le dijo algo sorprendentemente inquietante a Monica Lewinsky. Lewinsky se había mudado de Nueva York unos días antes para cursar una maestría en psicología social en la London School of Economics. El primer fin de semana, salió a tomar algo con una mujer que pensó que podría convertirse en su amiga. «Pero de repente me dijo que conocía a gente muy influyente», cuenta Lewinsky, «y que no debería haber venido a Londres porque no era bienvenida allí».

Ficción
Llegaron tarde.
Olive Kitteridge odiaba a la gente que llegaba tarde. Un poco después de la hora del almuerzo, habían dicho, Olive había sacado los alimentos para el almuerzo: mantequilla de maní y mermelada para los dos niños mayores, y sándwiches de atún para su hijo, Christopher, y su esposa, Ann. En el caso de los más pequeños, no tenía ni idea. El bebé tenía solo seis semanas y aún no comería nada sólido; el pequeño Henry tenía más de dos años, pero ¿qué comían los niños de dos años? Olive no recordaba qué había comido Christopher cuando tenía esa edad.
Para escribir una historia tienes que confiar en ti mismo, tienes que confiar en la historia y tienes que confiar en el lector.
Francisco de Zurbarán, junto con Diego Velázquez y Bartolomé Esteban Murillo, es considerado uno de los más grandes pintores españoles del siglo XVII. Inicialmente considerado un caravaggista centrado en el ascetismo monástico, fue reconocido gradualmente en el siglo XX como un prodigioso colorista y célebre por su singular estilo personal, que combinaba un tratamiento sencillo de los volúmenes con un naturalismo impactante. Si bien Zurbarán ha sido objeto de numerosas exposiciones en los últimos diez años, la última gran muestra internacional dedicada a su obra fue la exposición conjunta «Zurbarán», organizada por el Museo Metropolitano de Arte y el Grand Palais entre 1987 y 1988. Ahora, la National Gallery de Londres, el Museo del Louvre y el Instituto de Arte de Chicago han unido fuerzas para ofrecer a sus visitantes una retrospectiva que les permite redescubrir las pinturas de Zurbarán (o descubrirlas por primera vez), comprender mejor su obra y maravillarse ante la modernidad y la fuerza visual de sus composiciones.

‘The End of Tom Six’, disponible en YouTube y rodado durante un año porque el cineasta no puede trabajar más de una hora diaria, ajusta cuentas con la industria por su falta de apoyo

El director de cine de culto habla sobre terapia y algunas sorprendentes reglas de etiqueta para dar regalos.
Ariel Leve
domingo 13 de noviembre de 2011
H
Qué desconcertante debió haber sido para los pasajeros que llegaban a la estación de tren de Baltimore ver al cineasta John Waters , apodado el "Papa de la Basura" por William Burroughs, de pie allí, reconocible al instante por su fino bigote y su delgada figura, con gafas de sol y un traje de seda color arena oscurecido por las salpicaduras de lluvia, como si acabara de ser sorprendido por un aguacero.
21 de noviembre de 1980
Hace cuatro años, la Conferencia General de la Unesco, reunida en Nairobi, le pidió a su director general, Amadou-Mahtar M’Bow, que emprendiera un estudio a fondo sobre la comunicación y la información en el mundo contemporáneo. El señor M’Bow delegó el espinoso mandato en una comisión de dieciséis personas, escogidas por él mismo según su propio criterio, en distintos países del mundo, bajo la presidencia del honorable Sean MacBride, antiguo ministro de Relaciones Exteriores de Irlanda, Premio Nobel de la Paz y Premio Lenin de la Paz, y quien —al margen de todo esto— ha venido haciendo una gestión silenciosa y vana para liberar a los rehenes norteamericanos en Teherán.
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| Ronald Reagan |
Gabriel García MárquezDEL MALO CONOCIDO AL PEOR POR CONOCER
11 de noviembre de 1980
Siempre se ha dicho que entre dos males hay que escoger el menos malo, y que en el arte de preferir a los hombres es más seguro el malo conocido que el bueno por conocer. Estados Unidos —al término de una campaña electoral que durante casi un año mantuvo al mundo con el último aliento— ha hecho dos veces lo contrario en una sola vez: eligió al peor desconocido.
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| Charles de Gaulle |
Gabriel García MárquezEL CUENTO DE LOS GENERALES QUE SE CREYERON SU PROPIO CUENTO9 de diciembre de 1980
Cuando el general Charles de Gaulle perdió su último plebiscito, en 1969, un caricaturista español lo dibujó frente a un general Francisco Franco minúsculo y ladino que le decía, con un tono de abuelo: «Eso te pasa por preguntón». Al día siguiente, el que fuera el hombre providencial de Francia estaba asando castañas en su retiro de Colombey-les-deux-Églises, donde poco después había de morirse de repente y solo mientras esperaba las noticias frente a la televisión. El periodista Claude Mauriac, que estuvo muy cerca de él, describió las últimas horas de su vida y su poder en un libro magistral, cuya revelación más sorprendente es que el viejo general estaba seguro de perder la consulta popular. En efecto, desde la semana anterior había hecho sacar sus papeles personales de la residencia presidencial y los había mandado en varias cajas a unas oficinas que tenía alquiladas de antemano. Más aún: algunos de sus allegados piensan ahora que De Gaulle había convocado aquel plebiscito innecesario sólo para darles a los franceses la oportunidad que querían de decirle que ya no más, general, que el tiempo de los gobernados es más lento e insidioso que el del poder, y que era venido el tiempo de irse, general, muchas gracias. Su vecino, el general Francisco Franco, no tuvo la dignidad de preguntarles lo mismo a los españoles, y poco antes de su mala muerte convocó a los periodistas que su propio régimen mantuvo amordazados durante cuarenta años y también a los que su propio régimen pagaba para que lo adularan, y los sorprendió con una declaración fantástica: «No puedo quejarme de la forma en que siempre me ha tratado la prensa».