

Alex Vicente
París, 13 de agosto de 2016


El fotógrafo neoyorquino, conocido por sus imágenes casi abstractas de masas de personas desnudas, planea una acción en Gran Canaria en apoyo de los derechos del colectivo LGTBIQA+

Un día de marzo de 1933, la doctora Hertha Nathorff fue al cine en Berlín con una amiga y vio a Hitler en el palco de honor. Nathorff era una ginecóloga distinguida, con una consulta privada muy próspera y un puesto de dirección en una clínica en la que atendía sobre todo a mujeres. Su marido, también médico, dirigía un hospital importante en Berlín. Tenían un hijo de 10 años. Vivían en un apartamento grande y confortable. Como la doctora era alta y rubia, con los ojos muy claros, los pacientes no pensaban que pudiera ser judía. Un día, una señora a la que Nathorff había salvado la vida unos años atrás en un parto muy difícil vino a visitarla con el hijo nacido entonces, vestido orgullosamente con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas. Muchas personas, observó la doctora, hacían comentarios antisemitas sin ningún tono de maldad, más bien como de oídas, como por distracción, por seguir la corriente. Cuando ella les hacía saber, con educación y firmeza, que también era judía, muchos de esos pacientes, hombres y mujeres, reaccionaban como avergonzados, o sorprendidos, o incómodos. Una señora le mandó después una carta pidiéndole disculpas y un ramo de flores.
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| Hertha Nathorff |
LITERATURASDiario de una alemana, de Hertha Nathorff (Libros de Trapisonda) Traducción de Virginia Maza | por Juan Jiménez García
Tantas aproximaciones al ascenso del nazismo, a la guerra. Tantos libros sobre Weimar, sobre Hitler. Tantos sobre los campos de concentración. Testimonios de aquellos que sobrevivieron o ni tan siquiera. Nunca suficientes. En Diario de una alemana, nos situamos en una posición extraña. Extraña porque no encontramos en él las convulsiones de Weimar ni las armas ni las bombas. No hay países invadidos, ni ciudades convertidas en escombros. Lo que hay, parafraseando a Sebald, es la historia natural de una destrucción, la propia. La de una judía que ni tan siquiera parece judía, alta y rubia, una médica, Hertha Nathorff. La historia de una asfixia, la de ella, pero también la de un mundo. Una historia de la impasibilidad alemana, pero también europea. De cómo llegar hasta las tinieblas más profundas del ser humano no fue cosa de un día ni el sueño de hombre convertido en pesadilla de otros, sino un camino arduamente construido, de cartas sobre la mesa y cobardía por todas partes. Me pregunto si estamos lejos de aquello, si hemos aprendido algo, alguna lección, reconocer algunos gestos. Y no, no hemos aprendido nada.
Una mujer pasea al atardecer
por Chestnut, una calle sin acera donde
las casas con caminos de grava
se encuentran apartadas entre los pinos. Solo la casa
del perro agresivo está cerca de la carretera.
Una cerca eléctrica lo mantiene a raya.
Cuando llega a esa casa, la mujer
siempre cruza al otro lado.
Soy el marido de la mujer. Es un problema
querer demasiado a tu protagonista.
Pronto el perro va a atravesar
la valla, mostrando los dientes, y atacará a mi mujer.
Ella estará indefensa. Yo estoy fuera de la ciudad,
también indefenso. Ahí viene el perro.
¿Qué clase de perro? Un perro rabioso, un perro
como esos adolescentes que pierden el control
en el patio de recreo y matan a un profesor.
Va a ocurrir algo que no puede pasar
en una buena historia: de repente, un coche
atropella al perro. El perro sale
volando y cae en la hierba.
Mi esposa está llorando. La mujer que atropelló
al perro se ha bajado del coche. Se cubre
la cara con las manos. La dueña
del perro ha salido corriendo de su casa. Tres mujeres
llorando en la calle, cada una por un motivo diferente.
Todo esto es tan improbable; es como si
me encontrara en un país de hechos puros,
a kilómetros del reino más exigente de la verdad.
Cuando escuché la historia de mi esposa por teléfono,
supe que la aceptaría, la contaría
de mil maneras hasta que tuviera un orden
y un punto final engañoso. Eso es lo que
siempre hago ante la impotencia:
hacer arreglos si puedo.
¡Bendito sea el mundo, tan peculiar y fortuito!
Nada de lo que yo hubiera imaginado
habría podido detener a ese perro.
Solo los hechos la salvaron.
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| Ilustración de Triunfo Arciniegas |
Porque en mi familia lo primero que falla es el corazón
y casi nadie supera la década de los cincuenta,
creo que me quedaré hasta tarde con unos cuantos sinvergüenzas
de mi elección y me resistiré a los buenos consejos.
Inventaré un secreto pergamino perdido por los egipcios
y revelaré su contenido: las direcciones
que llevan a tu casa, las recetas del perdón.
El historial dice que mis ventrículos son callejones adoquinados,
mi propio corazón una ciudad con un terrorista
atrincherado en el despacho del alcalde.
Estoy de un humor que me lleva a puntuar
sólo con esa fábrica de promesas, los dos puntos:
siguiente, siguiente, siguiente, dicen, Dios los bendiga.
Como podría haber escrito García Lorca: algunas personas
se olvidan de vivir como si una gran langosta de arsénico
pudiera caérseles encima en cualquier momento.
Mañana cumpliré sesenta años.
Venid, jugad conmigo al póquer,
quiero que me desplumen.
Ya estoy harto de hijos de puta pusilánimes.
Un corazón es para gastarlo. En cuanto a mí, compartiré
mi trituradora con cualquiera que necesite triturar.
Es hora de abandonar la búsqueda de lo invisible.
Incluso en los mejores días no contamos más
que con la más vaga de las insinuaciones. El milenio,
querido, nos va a defraudar, seguro.
Creo que seguiré describiendo las cosas
para asegurarme de que en verdad han sucedido.

Hay muchos más allá de los tres que mencionaré: Robert Frost, Wallace Stevens y Theodore Roethke. Pero, individual y colectivamente, creo que son los más importantes y perdurables para mí. En resumen, Frost por sus estrategias de composición y sus investigaciones cotidianas, a la vez que filosóficas. Stevens por enseñarme que, si la música era la adecuada, podía amar poemas que no entendía. Roethke por su sensualidad lúdica, pero sobre todo por sus meditaciones líricas y su fraseo; sí, Roethke por encima de todos.

El periódico está a la mesa haciéndole compañía a una taza de café negro, que todavía expide sus últimos retazos de calor. La mañana se alza en silencio, a la expectativa de una reacción en potencia, anunciada. Están las imágenes, están las palabras; solo hace falta la impresión que habrán de generar. Al poco tiempo, la mujer de la casa abre la puerta del desayunador y se sienta en su lugar. Se lleva la taza caliente a los labios y levanta la primera plana: un hombre ha apuñalado a su pareja —¿esposa?, ¿amante?, ¿concubina?, ¿hastío de una noche sin recuerdos?— veinte veces, a lo largo y ancho de su cuerpo desnudo. La morgue dijo que había muerto desangrada. Las fotografías muestran el cadáver horadado. La mujer de la casa tiene una idea.
El primer número de la revista Quimera. (Cedida por la revista) 
En 2026, el calendario está lleno de efemérides sobre la gran pionera. Hace 100 años de la publicación de El Asesinato de Roger Ackroyd (la novela que lo cambió casi todo) y cincuenta de su muerte, entre otras cosas. No hacen falta excusas, pero ahí tenemos dos muy buenas. Los libros que traigo son un poco diferentes a los del canon de Christie (Muerte en el Nilo, Asesinato en el Orient Express y demás), los más conocidos y adaptados, pero son historias que explican mucho de la autora más vendida de todos los tiempos.

Harry Crews, 1979 © Mark Morrow. Cortesía de la Colección de Fotografías de Mark Morrow, 1977-2010, Departamento Irvin de Libros Raros y Colecciones Especiales, Bibliotecas de la Universidad de Carolina del Sur. Una exposición de fotografías de Morrow se exhibirá a partir de septiembre en el Centro Koger para las Artes de la Universidad de Carolina del Sur, en Columbia.
Una noche a principios de 1941, cuando Harry Crews tenía cinco años, su padre casi mata a su madre con una escopeta de calibre doce. Mirando atrás casi cuatro décadas después, Crews no encontró ese hecho particularmente excepcional. Esto era el condado de Bacon, Georgia, donde en aquellos días "no era inusual que un hombre le disparara a su esposa", como escribió en sus memorias A Childhood: The Biography of a Place. "Solo era inusual si la alcanzaba". Desde su cama compartida, Crews y su hermano mayor oyeron el disparo, que voló la repisa de la chimenea. El disparo, y el silencio que siguió. Huyeron a pie, madre e hijos, por el camino de tierra hasta la casa de un tío, y al día siguiente abordaron un autobús Greyhound a Jacksonville, Florida. En A Childhood, Crews recuerda los detalles de su escape: la maleta de paja preparada a toda prisa, la furia y las súplicas frenéticas de su padre, la imagen de él congelado en la puerta bajo una lámpara de queroseno. Y entonces, en la oscuridad del camino, una visión extraña: “Empecé a sentirme como una imagen pulida y sin sangre que levantaba la vista de una página, vestida de tal manera que todos mis defectos, pero en particular mis huesos malformados, estaban hábilmente ocultos”.

De "El Cantante de Gospel" de Harry Crews, publicado por Penguin Classics, un sello de Penguin Publishing Group, una división de Penguin Random House, LLC. Prólogo Copyright © 2022 de Kevin Wilson.
Al principio me atrajo Harry Crews porque tenía un mohawk y un tatuaje de calavera, y yo tenía veinte años y no tenía ninguno de los dos. Leí a Harry Crews porque quería entender cómo, si eras un escritor sureño, no te limitabas a cubrir el mismo terreno que escritores como Faulkner, Welty, O'Connor y McCullers ya habían agotado. Quería saber cómo te adentrabas en lo que significaba ser sureño cuando ni siquiera estabas seguro de qué significaba exactamente. Y me alejé de Harry Crews sabiendo, en cierto modo, que nunca escribiría como él, que nunca podría abrir las heridas con la ferocidad que solo surge de saber que sobrevivirías, porque has sobrevivido a cosas mucho peores. Y sigo siendo fan de Harry Crews porque todavía no sé si he leído a alguien como él.

Thomas Mann llevó dentro de sí toda su vida la contradicción entre su origen burgués y la vocación por el arte. Una mirada al conflicto que, como ningún otro, atraviesa continuamente su obra.

