viernes, 24 de junio de 2022

Vivian Gornick / “Estar sola es una postura política”

Vivian Gornick: “Estar sola es una postura política”
Vivian Gornick
Foto de Erik Tanner

Vivian Gornick: “Estar sola es una postura política”



Observadora aguda y mordaz, la autora de Apegos feroces repasa su trayectoria feminista, celebra el rol cada vez más poderoso de la mujer y alerta de peligros como el dogmatismo, la corrección política o la “furia” emocional. Le preocupa la “cultura del rollo de una noche” y —dos veces separada— sostiene que estar sola es una postura política.

Andrea Aguilar
29 de febrero de 2020


UNA MAÑANA DE finales de noviembre, ágil y lúcida, Vivian Gornick (Nueva York, 1935) recibe con amplia sonrisa en su apartamento en el corazón del West Village neoyorquino y posa paciente para las fotos. Disfruta de su reciente éxito internacional y acaba de terminar un nuevo libro. Está viviendo un buen momento: las memorias que publicó originalmente en los ochenta, Apegos feroces (Sexto Piso, 2017), se han traducido a 13 idiomas en los últimos cuatro años y han sido aclamadas por la crítica y también, entre otros, por apasionados lectores en español que, al fin, la han descubierto.
Tras la publicación de la segunda parte de sus memorias, La mujer singular y la ciudad, se ha traducido recientemente también una antología, Mirarse de frente —ambas en Sexto Piso—. En los textos reunidos en este último libro recuerda los veranos que pasó trabajando en los Catskills y descubriendo las relaciones de poder que rigen el mundo; explica lo que para ella significa el feminismo; repasa la asfixiante vida académica en los campus universitarios; y reflexiona sobre la postura política implícita en la decisión de vivir sola.
En Estados Unidos, mientras tanto, está a punto de reeditarse una historia oral que escribió hace décadas sobre los comunistas estadounidenses, y tiene nuevo libro. En Unfinished Business: Notes of a Chronic Re-reader Gornick retoma su faceta de certera crítica literaria y hace balance de las lecturas que más la han marcado y de cómo el correr de los años ha cambiado su actitud hacia esos textos. La prensa estadounidense ha señalado como "tiene la claridad del observador imparcial incluso cuando siente el celo de un converso"; sus opiniones nunca son tibias. Mordaz y desarmantemente sincera a sus 84 años, esta autora, que nunca ha ocultado cuánto le costaba escribir, está en racha.






La escritora y ensayista Vivian Gornick, durante la entrevista en Nueva York.
La escritora y ensayista Vivian Gornick, durante la entrevista en Nueva York. 


Como comprometida reportera del legendario semanario The Village Voice, Gornick cubrió en los setenta el mismo movimiento de liberación feminista en el que acabó militando, la llamada Segunda Ola. Dice que aquello le dio la clave para ver y entender el mundo de otra manera, desde un prisma rabiosamente feminista, político y personal. Todo ello lo ha plasmado en su escritura de ensayos memorialísticos, un género —en el que confluyen el análisis del mundo y la subjetividad del punto de vista—por el que ella apostó cuando aún era algo difuso y poco explorado.
Aguda, divertida y directa, Gornick tiene unos inmensos ojos azules que podrían dejar clavado a cualquiera, un acento neoyorquino franco y claro, y una carcajada fácil que subraya el descaro y fuerza, que mantiene intactos. Habla del “síndrome de la respuesta aproximada” para explicar que ante su natural vehemencia ha encontrado muchas veces tibias adhesiones a sus opiniones, algo que la sacaba de sus casillas, y reconoce que, aunque de joven lo único que le importaba era ganar una discusión, hoy prefiere no llevarse la razón y no herir a nadie.
Ha tratado el feminismo como movimiento social, y también a escala íntima y personal. ¿Cómo ve los cambios desde esos años setenta que describe como electrizantes?



“Conozco a hombres que han recibido castigos mucho más severos de lo que merecían, y eso me duele”

Aquellos años fueron un momento revolucionario, descubrimos que ser mujer implicaba ser ciudadano de segunda, y que había una larga historia de subyugación y opresión femenina. Para nosotras ese punto de vista era algo original y nuevo, pero lo cierto es que no estábamos inventando la rueda. Y, sin embargo, creo que fuimos visionarias porque empleamos un marco amplio, existencial y filosófico en nuestro análisis. Es decir, yo veía que nuestra condición de mujeres era emblemática de algo que afectaba al conjunto de la condición humana.
En Mirarse de frente recuerda un verano que trabajó de camarera y la bronca que un cliente le echó a su jefe, y cómo comprendió entonces que todos estamos atrapados en algún tipo de sometimiento.
Sin el feminismo yo no hubiera entendido eso. Profundizar en lo que implicaba la condición de mujer, reconocerlo y descubrirlo, me permitió entender las luchas de poder que rigen la vida. Fue muy estimulante abrir los ojos y tomar una perspectiva amplia de las cosas, de pronto veíamos ejemplos en todas partes. Fue como una conversión.
¿Qué pasó luego?
Luego se apagan los tiempos de revolución, se acaban los sesenta y el momento político de los ochenta se evapora. Aceptamos que lo que fuera que hubiéramos expuesto se quedaba ahí y debía ser desarrollado a nivel individual, persona a persona. No había un movimiento porque no se puede ser activista 50 años. Hicimos lo que hicimos, progresamos lo que progresamos y eso era todo, aunque no fuese ni remotamente suficiente. En las siguientes generaciones fue interesante ver a esas mujeres que por separado entendieron el mensaje y lo vivían cada cual a su manera como mejor podían. Esto ocurrió por todo el mundo, incluso en Europa, donde el sentimiento de injusticia no arraigaba.
¿Cree que el feminismo en Europa ha tardado más en cuajar?
En los últimos años he viajado allí bastante por la publicación de Apegos feroces y en todas partes he visto a jóvenes que me hablan de sus relaciones personales o laborales, como lo hacíamos nosotras hace 40 años. Es verdad que muchas ocupan puestos a los que antes no llegaban; en el sector editorial hoy hay tantas mujeres brillantes y profesionales que podrían dirigir el mundo o empezar la tercera guerra mundial, y esto me hizo sentirme orgullosa, pero todas y cada una de ellas me decían que se sienten subyugadas por los hombres con quienes viven o trabajan. Está todo muy vivo.
También en Estados Unidos ha habido un fuerte terremoto feminista.
Tras los aires de cambio hubo una reacción en contra y un frenazo. Cuando llegó el MeToo me sorprendió lo poco que se había progresado en materia de acoso sexual, algo que es delito desde hace 50 años. Esto no iba solo de Harvey Weinstein, sino de todos esos hombres corrientes que de forma corriente hacían esas mismas cosas que ya hacían en cualquier trabajo cuando yo tenía 20 años. No había una sola oficina en la que algún hombre no estuviera tocándote o haciéndote alguna proposición. Era constante, ibas a la oficina con un nudo en el estómago porque sabías que alguno te entraría. Nos pasaba a todas, lo aceptábamos y no lo hablábamos.
Ese silencio se ha roto.
Al oír a estas mujeres que trabajan en oficinas, fábricas y restaurantes o en Hollywood no me lo podía creer. Estaban enfurecidas porque no había habido suficiente cambio en la cultura, en la forma de relacionarse hombres y mujeres en todo este tiempo. Querían tirar el mundo abajo, querían sangre, las cabezas de estos tipos, ¡degüéllenlos!
¿Y qué opina?






Vivian Gornick: “Estar sola es una postura política”


Estoy sorprendida, pero lo entiendo históricamente. Cuando las cosas no avanzan lo suficiente, el enfado va creciendo, hasta que se convierte en algo asesino. Es como si estuvieran junto al cadalso en la Revolución Francesa pidiendo que corten las cabezas. [Ríe]. Simpatizo con esto inmensamente y al mismo tiempo me horroriza. Conozco a hombres que han recibido castigos mucho más severos de los que merecían, y eso me duele. También hay algo de política parapolicial, de hipervigilancia, cuando en realidad las mujeres a menudo son cómplices.
Parece que nadie se atreve a hablar de eso. Señalar los ­excesos no es políticamente correcto.
Pues yo lo digo. Mira, cuando nosotras empezamos en los años ochenta nos acusaban de ser dogmáticas, y es que nos volvimos dogmáticas muy rápidamente. La corrección política afloró, aunque no era tan fuerte como hoy. Muchas que no eran feministas, mujeres normales y corrientes, se sentían intimidadas porque decíamos que ser ama de casa era no tener vida.
Escribió que una idea pasa a ser teoría, la teoría pasa a ser una postura, y la postura, dogma. ¿Hoy también se da ese dogmatismo?
Cuanto menos se avanzaba, crecía el enfado acumulado y más políticamente correcto se volvía todo. Pero hay que forcejear con estas cosas, cada cual tiene que dar esa batalla. La ensayista Meghan Daum ha escrito ahora un libro sobre el control dominador que ejerce lo políticamente correcto, y es un libro valiente porque, como ella dice, se la está jugando. Yo nunca he dejado de abrir la boca. Desde el principio, hace 40 años, me levantaba y decía lo que me parecía mal si sentía que muchas teníamos tanta culpa como los hombres a los que señalábamos, y explicaba que no estaba en el negocio de odiar a los hombres. Hoy mucha gente no se atreve, pero yo sigo diciendo y escribiendo lo que quiero. El campo está minado, pero hay que hablar.
¿Cree que la victoria de Trump, que presumía de acosar a mujeres, influyó en el MeToo?
Todo lo que le ha llevado a la Casa Blanca ha estado cociéndose en los últimos 40 años. Su base, la derecha religiosa, nos odiaba, clamaban contra el aborto y el matrimonio homosexual. Los Estados conservadores o el Tea Party estaban ahí antes. Eran la oposición, y cuanto peor se ponían las cosas, más aumentaba la corrección política. Trump es el final de eso.
¿El final?
La corrección política empezó con los mismos movimientos de liberación con los que yo me identifico, la lucha de los negros, las mujeres y los homosexuales. Abrimos la caja de Pandora y salieron todos los problemas, pero es que además ese enfado que brotó fortaleció la corrección política. Dos cosas ocurrieron al mismo tiempo: liberación y represión, porque las revoluciones contienen eso, y todo depende de quién gane. En la Unión Soviética había comunistas que creían y eran honestos junto a asesinos y cínicos. Estos últimos se impusieron. En Estados Unidos no sabemos qué pasará.
En la conversación de las mujeres de los últimos tiempos ha habido algunos desencuentros generacionales. ¿Hay algo que la haya sorprendido del feminismo de hoy?
Las jóvenes del movimiento MeToo están furiosas, responden de una manera emocional, pero creo que nosotras teníamos una visión más política. Ellas viven en un mundo que yo no habito porque no estoy en Internet, su cultura es tan diferente de la mía que no puedo criticarlas.



“En el mundo editorial hoy hay tantas mujeres brillantes que podrían dirigir el mundo o empezar la tercera guerra mundial”

Ha reflexionado sobre la renuncia al amor ­romántico. Ese sentimiento aparece como la antítesis de la búsqueda del camino propio. ¿Esto aún es así?
Sigue siendo así para millones de mujeres, pero también hay muchísimas que hoy lo tienen claro, que saben que el trabajo debe ser central; es decir, saben lo que ya sabían los hombres. Cuando yo crecía no había una sola mujer que no dijera que lo más importante en la vida era el matrimonio y los hijos. Había brillantes excepciones en los negocios, la política o las artes, pero, salvo ellas, nadie contradecía ese principio.
Hoy parece que hay que triunfar en varios frentes, en el familiar y en el profesional.
Esa presión por tener éxito siempre ha existido. Es terrible, pero nadie en ninguna sociedad es ajeno a la idea del triunfo.
Describe la vida como un constante recordar cosas que ya sabía.
¿Cuántas veces una se dice a sí misma “no voy a volver a hacer esto” y luego se te olvida y repites ese mismo “nunca voy a hacer esto más”? No podemos evitarlo porque las emociones tiran de ti en seis direcciones distintas al mismo tiempo, es un caos. Eso es a lo que me refiero.
En uno de sus ensayos habla de una amiga que despreciaba a los hombres y al mismo tiempo necesitaba su atención y reconocimiento. ¿Una batalla interminable?
Ella hasta los 70 años quería tener éxito sexual cada minuto. Necesitaba tener un amante todo el tiempo para sentirse viva, algo que, por otro lado, le ocurre a millones de hombres. Mira todos los que se acuestan con mujeres que realmente no les importan para renovarse sexualmente y sentirse vivos y exitosos.
Describe cómo presenció “la muerte del apego sentimental” entre los sexos en una cena, cuando esta misma amiga le dio un corte brutal a un hombre. ¿Qué fue aquello?
Es algo que pasó en los primeros años del despertar feminista como ocurre ahora con el MeToo, porque estoy segura de que las mujeres les están diciendo cosas tremendas a los hombres. Antes de los años ochenta, las mujeres no se atrevían y excusaban el peor comportamiento masculino diciendo que los egos de ellos eran tan frágiles que había que protegerlos. Eso era el apego sentimental. Mi amiga esa noche decidió que no iba a tener eso en cuenta nunca más, estaba dispuesta, si hacía falta, a hacer saltar de una patada la mesa donde cenábamos.
Ese apego, empatía o terreno común, ¿se reconstruyó?
Eso ha mejorado con el tiempo. Al principio todo era enfrentamiento, la gente se odiaba de por vida. Hoy hay más comprensión mutua. Pero, por otro lado, está la cultura del hookup o del rollo de una noche. Se acuestan en dos segundos y luego están enfadados, se sienten dolidos. Uno de los hombres que conozco, que fue acusado por el MeToo y perdió su trabajo, era solo culpable de ser un mujeriego. Nunca salió con una mujer que no quisiera salir con él, ni se acostó con ninguna que no quisiera hacerlo. Iba a una fiesta y rápidamente conocía a alguien, se emborrachaban, se acostaban y al día siguiente o en unas semanas rompía. Él ocupaba un puesto de poder y ellas no, y creo que todas pensaban que podrían sacar algo y cuando las dejaba se enfurecían. La cultura del hookup conlleva mucha permisividad y muchos castigos.
Las dinámicas de poder en las parejas pueden ser bastante complejas, como el arquetipo de hombre poderoso que siente que una mujer ejerce un fuerte control sobre él en la intimidad.
Es complejo porque muchas veces no nos miramos como iguales. Lo prueba hasta que hablemos de “hombre poderoso” y no de ser humano. Nos usamos unos a otros. Y eso es lo que queremos que cambie. Si llegamos a un punto en el que nos percibimos como semejantes y cuando veo a un hombre, antes que nada, le veo como un ser humano equipado con las mismas debilidades que yo, los mismos miedos, las mismas vulnerabilidades…, bueno, pues puede que entonces lo primero que desaparezca del mundo sea la excitación erótica. [Ríe].
Sostiene que fue una actitud política lo que la empujó a combatir el miedo a la soledad. ¿Cómo encaja la política en la decisión de estar sola?
Con el feminismo, una de las primeras cosas que entendimos es que la gente resiste en matrimonios infelices porque tiene miedo de quedarse sola. Lo que planteamos era que, si te quedabas en un matrimonio infeliz, te estabas rebajando. Así que el respeto a una misma era clave para afrontar la infelicidad de estar sola. Eso es una postura política.
¿La infelicidad no es parte de la vida estés sola o en pareja?
Algo tiene que pesar más. Tomas decisiones cada minuto del día y todo tiene un precio, así que hay que pensar con qué puedes vivir y con qué no. Eso es todo. No es que quieras estar sola, es que no quieres estar en una relación en la que te sientes disminuida o exiliada. Me casé con prisas dos veces. Me decían que aguantara, pero yo no podía porque era puro impulso.
Escribe sobre una amiga con la que luego pasaba horas charlando sobre el matrimonio de ella.
Al final se quedó con su marido.
Ha explicado que estar sola le ha permitido pensar y hacer, y que el amor interrumpía eso.
Cuando estás solo tú ocupas todo el espacio sin interrupción. Estar solo es bueno, pero sentirte solo no tanto.
¿Es entonces cuando hay que salir a pasear?
Bueno, las aceras de Nueva York están llenas de teatro callejero y puedes oír todo tipo de cosas. ¿Tú caminas? 

Cuando uno se equivoca de tribu

 



CUANDO UNO SE EQUIVOCA DE TRIBU

Acabo de leer (o de volver a leer) que en la tribu “Bodi”, de Etiopía, los hombres más deseados y atractivos son los que tienen la panza más grande. No sé si sea cierto o no, pero me divierte y no aguanto las ganas de compartir la noticia, sobre todo en estos tiempos de tanta incertidumbre. La realidad no tiene que entorpecer una buena historia y reír es tan necesario como respirar. 

Cito tal cual, y no me digan nada  porque no pertenezco al departamento de reclamos: “Mientras mayor sea la barriga, señores, más atractiva es la persona”.

Así que si usted está panzón, no se preocupe ni se sienta feo. Nada de eso. Piense que solo está en la tribu equivocada.



jueves, 23 de junio de 2022

Max Frisch / Homo Faber / El círculo vicioso


Max Frisch

HOMO FABER


El círculo vicioso


Juan José Millás
28 de noviembre de 2002


Supongamos que usted decide escribir un ensayo y le sale un relato fantástico. Imaginemos que se matricula en una ingeniería y le dan la licenciatura en Filosofía. Póngase, si no, en la situación de alguien que, detestando las novelas sentimentales, acaba haciendo de su vida un melodrama. Tal es el problema del protagonista de esta novela, Walter Faber, un técnico que, cuanta más racionalidad aplica a su existencia, más disparatada le sale. Decía Freud que el hombre ha soportado tres afrentas casi insoportables a lo largo de su historia: la cosmológica, infligida por el descubrimiento de que la Tierra no era el centro del universo; la biológica, representada por la teoría evolucionista, que nos equipara al mono, y la psicológica, por la que se demuestra que somos víctimas de nuestro inconsciente, frente al que el "yo" consciente es un pobre diablo.

Nuestro Homo Faber constituye un magnífico ejemplo de esta última afrenta, pues, aunque intenta dirigir su vida desde el lado consciente (el único en el que cree, por otra parte), es el inconsciente quien toma las decisiones por él conduciéndole con una precisión asombrosa a lo que más miedo le da (que también es, ¿lógicamente?, lo que más desea). Cuanto más se aleja de un destino sentimental, en fin, más se acerca a él. Hay en esta novela una lucha estremecedora entre la escritura de lo manifiesto y la de lo latente, de la que sale vencedora la segunda, dejando perplejo y derrotado a un ingeniero que aún no se ha dado cuenta de que serán las ciencias las que terminarán acercándose a la literatura, y no al revés.

La acción de la novela transcurre en 1957. Los personajes principales han conocido el espanto de la Segunda Guerra Mundial y el horror de la persecución judía por parte de los nazis. Tales referencias conforman en cierto modo el paisaje moral del relato. La actitud del narrador frente a la vida es la de un desgarro existencialista que combate con una fe religiosa en la razón. Vean, sin embargo, la extraña inquietud que causa en nuestro personaje un eclipse de Luna cuando, mediada la novela, comprende que la realidad ha comenzado a escapársele de las manos: "El mero hecho de que tres cuerpos celestes, el Sol, la Tierra y la Luna, coincidieran en una línea recta, lo cual produce irremisiblemente el oscurecimiento de la Luna, me puso inquieto como si no supiera con relativa exactitud lo que es un eclipse de Luna".

Y es que no lo sabe, o ignora al menos lo que simboliza ese oscurecimiento, porque no tiene conciencia de la parte oscura de sí mismo. En esa parte va creciendo un bulto cuya presencia no será capaz de advertir hasta que se manifiesta en toda su plenitud. Por si fuera poco (ironías del destino), la peripecia vital que se narra en la novela arranca gracias a un fallo de la técnica. En efecto, cuando nuestro hombre viaja a Guatemala para instalar unas turbinas, una avería obliga al avión a hacer un aterrizaje forzoso en Taumalipas, México, y a partir de ese fallo técnico comienza a funcionar con una precisión asombrosa la maquinaria del destino.

Faber se convertirá en un Edipo inverso, en cuya vida se cruzará una hija cuya existencia ignoraba y de la que se enamorará perdidamente. No estoy descubriendo nada que perjudique al lector: no es una novela de intriga. Es más, el propio lector se entera muchas veces de lo que está ocurriendo antes que el protagonista, pese a que es también el narrador de la historia. La ignorancia de Walter Faber respecto a sí mismo contrasta con la sabiduría del azar, que no deja un solo cabo suelto, valga la paradoja, a la improvisación.

Homo Faber fue la primera novela de Max Frisch que cayó en mis manos, calculo que en los primeros setenta del pasado siglo, qué vértigo. Entonces no sabía quién era este escritor. Compré el libro porque al olfatear sus páginas me gustó el olor que desprendía su escritura. Cuando me encerré con él en casa, no pude dejarlo hasta que llegué al final y entonces lo comencé de nuevo. Cuando una novela te atrapa de ese modo, sobre todo si eres joven, es porque habla de ti, porque cuenta tu vida, aunque aparente contar la de otro. Yo estaba descubriendo por aquellos días que mi existencia era manejada por fuerzas que, aunque se encontraban dentro de mí, permanecían fuera de mi control. Walter Faber era un cincuentón y yo un joven, pero me identifiqué con él porque a mí también, cuando intentaba hacer un cuadrado, me salía un círculo (generalmente, un círculo vicioso), y cuando intentaba escribir un currículum, me salía un cuento. O cuando iba a Palencia, amanecía en París. Una vez, muchos años después, amanecí en México, en el mismo México que describe Max Frisch en Homo Faber, y sentí que se había cerrado un círculo (un círculo vicioso, por supuesto).

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 28 de noviembre de 2002.


Max Frisch / Montauk / Reseña






Max Frisch
MONTAUK

José Ángel Barrueco
7 de agosto de 2013
Al principio de este libro autobiográfico cuesta un poco habituarse a la narración fragmentaria y plagada de saltos hacia adelante y hacia atrás de su autor, pero poco a poco uno le coge el tranquillo y termina por asumir que Montauk es una novela maravillosa. Max Frisch la publicó a mediados de los 70 y, sin embargo, parece escrita en este siglo. Es así de fresca y de actual. Un fin de semana en el que, junto a una chica, Lynn, viaja a Montauk, al norte de Long Island, le sirve a Frisch para engarzar con el pasado y contarnos otras relaciones con diversas mujeres, su visión del éxito y la fama y la escritura, su deriva no sólo sentimental sino geográfica, su amistad con escritores de reconocido prestigio (Philip Roth, Uwe Johnson, Samuel Beckett…), aspectos de su infancia… La mirada de Max Frisch sobre los Estados Unidos, donde vivió algunos años, no es muy distinta a la de, por ejemplo, Wim Wenders. Frisch se fija en aquellos detalles que a los autóctonos no les llaman la atención, les pasan desapercibidos porque tal vez estén hartos de verlos: una Coca-Cola vacía sobre la hierba, el color de las moquetas y de las lámparas de un motel de carretera, la suciedad de los vidrios, las mierdas de perro en las aceras...

El ritmo narrativo de Montauk le deja a uno clavado: Frisch pasa de la primera a la tercera persona sin despeinarse, y en un mismo fragmento cambia de Roma a Zúrich, de Montauk a Berlín, de París a Nápoles con total naturalidad. Os dejo con uno de los mejores fragmentos del libro (me ha dolido cortarlo, pero era demasiado extenso), en el que se refleja bien esa naturalidad, ese ritmo de saltos geográficos y temporales, pasaje que, además, describe parte de su difícil relación con la escritora Ingeborg Bachmann:

Después de sacudirme el mortero de las manos, me voy antes de que sea de día. Me marcho como alguien que tiene que llevar un mensaje urgente. LA SPEZIA. No avanzo más. Demasiado temprano para que me sirvan un café. Ningún hombre despierto, ninguno que esté en su sano juicio, todas las persianas bajadas. Ni siquiera están montando el mercado de todos los días. Ni un autobús. Se puede andar por el centro de la calzada. Me alegro de tiritar de frío en un banco público, no sirve de nada pensar, no sé en qué dirección queda el futuro. Más tarde, en la estación, después de haber estudiado sin gafas el horario de trenes, compruebo cuánto dinero tengo en el bolsillo. ¿La dejo o vuelvo con ella? A su lado sólo existe ella, a su lado empieza el desvarío. Todo eso yo ya lo sabía. Aún creo poder decidirlo como quien tira una moneda: ¿cara o cruz? Sin embargo, ya está decidido. Sólo por burla tiro de verdad la moneda, 100 liras, la recojo del suelo sin mirar si ha salido cara o cruz. Espero solamente que haya un café en esta ciudad: LA SPEZIA… Exactamente a esta hora gris de la mañana, hace dos meses: PARÍS, los primeros besos en un banco público, luego entramos en los locales donde sirven el primer café del día: a la mesa vecina el carnicero con el delantal ensangrentado, convertido en una burda advertencia. El viaje de ella a Zúrich. La desconcertada en la estación. Su equipaje, su paraguas, sus bolsas. Una semana en Zúrich como amantes y, porque lo vemos claro, la primera despedida. Ocurre de verdad: pelos que se ponen de punta. Lo vi en ella. El claro reconocimiento de que así no se puede vivir más de cuatro semanas. Mi viaje a Nápoles. Ella en la estación. Sus brazos tienen fuerza. ¿Qué podemos hacer? Al final encontramos alojamiento por casualidad. Otra vez demasiado burdo: PORTO VENERE, adonde llegamos en taxi como si viniéramos huyendo… Después he sacado la arena de las alpargatas antes de ponerme de pie, y la moneda la empleo para un café. Durante siete meses vivimos juntos, luego contraigo una enfermedad. (Hepatitis.) Tengo cuarenta y ocho años y nunca hasta entonces me había visto postrado en un hospital, disfruto del ingreso, todo blanco y con servicio. Pero, luego, el temor a perder la memoria. Por primera vez ese temor.




Max Frisch / No soy Stiller / Las grietas de la perfección

Max Frisch

NO SOY STILLER


Las grietas de la perfección




José María Guelbenzú
30 de octubre de 2005

Cuarenta y siete años después de su primera edición española, en la misma editorial, vuelve a las librerías una novela emblemática de la literatura europea de la segunda mitad del siglo pasado. No soy Stiller cuenta la historia de un hombre que responde al nombre de Michael White y no al del que las autoridades suizas creen que es: Anatol Stiller, un mediocre escultor que desapareció años atrás. La policía de Zúrich no tiene duda al respecto y le procesa mientras él sostiene contra viento y marea que no es Stiller. Su abogado defensor le sugiere que escriba en unos cuadernos la verdad acerca de su vida. La novela consta de siete cuadernos, que transcurren en el tiempo de detención y procesamiento, y un epílogo del fiscal.



NO SOY STILLER

Traducción de Margarita Fonteseré
Seix Barral. Barcelona, 2005
480 páginas. 21 euros

No soy Stiller es el discurso de un hombre medio contra una sociedad hiperorganizada en la que la espontaneidad del yo no tiene cabida, pues el ahogo que provoca la reducción del hombre a un orden rutinario y perfeccionista impide que el individuo pueda mostrarse como un ser imperfecto e imperfectamente libre. Frisch utiliza a su detestada Suiza como paradigma de esa fachada de serenidad social y cívica que no es sino otra forma de alienación colectiva. La novela relata la lucha de White por demostrar que no es quien es y, a partir de un momento determinado, el fiscal, un comprensivo hombre de orden amante de su ordenada y bien alimentada patria, bien alimentado y ordenado él mismo, se interesa por las razones que llevan a Stiller a negar tan obstinada y desesperadamente lo que parece evidente.

El relato de la lucha de White por no ser Stiller es el nervio central del libro, pero se compadece bien con las figuras femeninas: Julika, la esposa de Stiller, a la que éste abandonó al desaparecer, y Sybille, su amante, en la actualidad casada con el fiscal del caso. White se encuentra con Julika, recuerda a Sybille y charla con el guardián Knobel a quien relata la vida que ha llevado en Estados Unidos y México, una vida fantasiosa de crímenes y aventuras que el guardián, un simple, acepta a pies juntillas. Todo el autointerrogatorio que son los cuadernos diarios es un recuento casi existencial de su obsesión por desprenderse de Stiller. Ahora bien, si acaso fuera Stiller ¿por qué ha regresado a Suiza bajo otro nombre?, ¿para dejar de ser Stiller?, ¿para probar allí en el centro de un mundo y una vida que niega que ya no es Stiller? Esa lucha, curiosamente, no le llevará a la afirmación sino a la disolución del yo: Stiller vuelve a ser una medianía tras una lucha que pasa por sí mismo y por su relación con las dos mujeres; la primera, Julika, en vivo, tras reunirse con ella; la segunda, Sybille, en la memoria. La reconstrucción de su vida pasada confrontada a su actitud destruye a Julika y lo integra en la indiferencia y la pequeñez total.

Es la relación entre Julika y Stiller -maravillosamente construida y relatada, como corresponde a un concienzudo centroeuropeo- y también la relación de Sybille con Stiller, son claves. Julika es una bailarina y él un escultor, su relación es abrasiva porque ella se comporta con frigidez y él es profundamente egocéntrico; hay un desentendimiento de pareja, casi una tristeza existencial que se baña en esa sociedad perfeccionista que aleja de sí toda clase de imprevisión, el cual se agranda en la convivencia por lo no compartido, lo no expresado, hasta que todo ello actúa como un pozo sin fondo en el que queda sumergida la relación. Stiller compone entonces la figura de un atrapado por el matrimonio y por Julika y así alimenta su frustración. Sybille no es sino otra forma, escapista, de abrasión. Cuando no puede más, huye del agujero en el que él se ha metido. Es un soberbio retrato de una crisis contemporánea.

"Vivimos en la era de las reproducciones", dice White. "La mayoría de las imágenes que tenemos del mundo (...) las hemos visto con nuestros propios ojos, pero no en su propio lugar (...) ¡Qué época ésta! Ya no significa nada decir que uno ha visto peces espada o que ha amado a una mulata. Todo eso se puede haber visto una buena mañana en una película documental (...) ¿a qué tanto hablar, si no demuestro que lo que digo lo he vivido efectivamente?". El regreso de White-Stiller es un regreso perfectamente asimilable por esa sociedad que ha llegado a detestar, la revuelta de Stiller acaba donde empieza. "La huida no es nunca una solución. La única libertad es la sujeción". La relación con Julika quedó pendiente al desaparecer él y ahora, a su vuelta, se la encuentra para darle término tal y como hubiera sido de no haberse marchado, pero el enfermo viaja siempre con su enfermedad. En realidad, piensa, no fue capaz de separarse y huyó, de Julika y de la sociedad que le oprime. La cobardía que hay tras la huída no puede cerrarse más que con la extinción o la indiferencia. Stiller, finalmente, es también una reproducción.

Frisch, novelista y dramaturgo, es un intelectual comprometido con su tiempo. La densidad de sus planteamientos, su lucidez y su energía lo delatan. Esta novela que no se atiene a la ligereza actual y requiere lectores para los que la lucidez sea una premisa de la lectura. Su riguroso pensamiento literario no excluye, naturalmente, la belleza expresiva, como en esta hermosa imagen: "La hora del mercurio resplandeciente ya había pasado, el lago parecía de latón bruñido".

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 30 de septiembre de 2005.

miércoles, 22 de junio de 2022

La vida militar contada por Max Frisch





La vida militar contada por Max Frisch

Manuel Hidalgo
2 de julio de 2019


Sabido es que Suiza y los suizos ofrecen algunas peculiaridades históricas, de organización, de comportamiento y de carácter que no dejan de llamar la atención de sus vecinos europeos. Es una anécdota, pero es curioso que, en el pequeño país de Heidi, los tres escritores más relevantes del siglo XX sean los conspicuos Robert WalserFriedrich Dürrenmatt y Max Frisch, exponentes, en su conjunto, de la delgada línea que puede llegar a separar la farsa de la tragedia.

Max Frisch / Montauk / Reseña



Max Frisch: Montauk

Idioma original: alemán
Título original: Montauk
Año de publicación: 1975
Valoración: Imprescindible

Como ya dije en su día, llegué a esta novela a través de Martutene, de Ramon Saizarbitoria, una novela que es un ejercicio práctico de intertextualidad, hasta el punto de que Martutene es al mismo tiempo una reescritura y una reinterpretación del clásico de Frisch. Personalmente, creo que entré a Montauk muy contaminado por Martutene, y que eso condicionó hasta cierto punto el modo en el que lo leí, al menos al principio: como una novela romántica y autobiográfica (y nada más). Y en realidad, es mucho más.

Max Frisch / Un pesimista brechtiano

Max Frisch
Otto Dix

Max Frisch

Un pesimista brechtiano


Andrés Padilla
28 de noviembre de 2002

Max Frisch nació en Zúrich en 1911 y allí murió casi ochenta años más tarde. En su juventud escribió varias obras de teatro inspiradas por los dramas de Ibsen, y en 1930 comenzó sus estudios de historia del arte y filología germánica, pero tuvo que abandonarlos al morir su padre para trabajar como periodista. Publicó su primera novela en 1934 y volvería a editarla, revisada, en 1943 con el título Los difíciles días o j'adore ce qui me brule. En 1936 se matriculó en la escuela de Arquitectura de Zúrich, graduándose en 1941.

martes, 21 de junio de 2022

Hablando de malditos / Welles y Hopper

 

Orson Welles, en el rodaje de 'Al otro lado del viento'.
Orson Welles, en el rodaje de 'Al otro lado del viento'.GARY GRAVER (NETFLIX)

Hablando de malditos: Welles y Hopper

Son dos señores que alborotaron en distintas épocas la forma de hacer películas. Es cruel comparar la poderosa ‘Ciudadano Kane’ y la desquiciada ‘Easy Rider’



Carlos Boyero
10 de septiembre de 2020

Leo con interés en la edición de papel de este periódico las crónicas de la Mostra de Venecia que firma el modélico periodista cultural Álex Vicente. Y me sorprende la abundancia y el protagonismo de documentales, retratos caseros sobre la pandemia, o ese mediometraje que ha rodado el artista de La Mancha adaptando La voz humana de Cocteau. No dudo del atractivo que desprenderán esas cosas, pero sospecho que la casi totalidad de ellas están destinadas a su visión en las plataformas. Y me pregunto qué tipo de películas se van a estrenar durante la próxima temporada en los cines, cuáles van a ser los señuelos para que el público salga de sus casas y paguen nueve o 10 euros por la entrada. La sensación de parálisis en la industria es lamentablemente real. Tendrá que reinventarse para sobrevivir.