domingo, 22 de enero de 2023

Miley Cyrus / Flowers

 



Miley Cyrus

FLOWERS

Letra y melodía hacen una canción. Abundan las letras insulsas, con una melodía que se parece más al oficio de empujar una camioneta varada. “Música arrastrada”, ni más ni menos. Como la mayoría de las canciones de Silvio Rodríguez, que lleva décadas cantando la misma canción. La letra está por encima de la melodía en este tipo de canciones, con excepciones memorables, por supuesto. Al parecer, cada compositor tiene un límite de registro y termina copiándose a sí mismo. Al parecer, cada compositor tiene un momento, una época de oro cuya cúspide nunca vuelve a alcanzar. Además, esclavizado por la novedad, el público resulta demasiado volátil y de una pasmosa infidelidad.

Este éxito de Miley Cyrus es un maridaje perfecto de letra y melodía que da gusto escuchar una y otra vez. No sé mucho de esta mujer. O no sé más de lo que sabe todo el mundo: sus escándalos, sus provocaciones, su casa arrasada por un incendio. No he seguido su carrera.

Aparte de las circunstancias de su creación y de todas las referencias a la vida personal de Miley Cyrus, se trata de una canción extraordinaria. ¿Qué hay ahí que nos revuelca todo? La he escuchado veinte o treinta veces, y no me parecen suficientes.

“FLOWERS”, por su belleza, por la manera de interpretar una ruptura, por esa voz un tanto ronca, me ha reconciliado con Miley Cyrus. Cosa que ella ni le va ni le viene. No lo sabrá nunca.

“Puedo quererme mejor de lo que tú puedes.”

Con qué dolor se dicen estas cosas.


Gracias, Miley Cyrus.


Triunfo Arciniegas

22 de enero de 2023



martes, 17 de enero de 2023

Los sustos millonarios de Stephen King


Stephen King


Los sustos millonarios de Stephen King


Protagonizó una intervención sorpresa en un importante pleito editorial y publica un nuevo libro


Antonio Iturbe
13 de noviembre de 2022

Stephen King, uno de los autores vivos con más ejemplares vendidos a sus espaldas y rey indiscutible de las novelas de miedo ( Carrie , El resplandor , La milla verde , Misery …), ha metido un buen susto a dos de las mayores empresas editoriales del mundo. Y es que, a sus 75 años está viviendo una segunda juventud, más activo y guerrillero que nunca. 

Selva Almada / La escritora rural que sale al mundo

 

Almada Selva, fotografiada en Buenos Aires (Argentina) en 2014.DANIEL MORDZINSKI 


Selva Almada, la escritora rural que sale al mundo

Su primera novela, El viento que arrasa (Mardulce), llega a España. Su literatura —tan local y global al mismo tiempo— no deja de trascender fronteras.


VÍCTOR NÚÑEZ JAIME
Madrid - 


Selva Almada (Entre Ríos, 1973) es la escritora que muchos argentinos leen desde hace tres años, cuando se publicó su novela El viento que arrasa (Mardulce). Dice que entre las mujeres de su generación Selva es un nombre común. “Creo que había una telenovela en la que la protagonista se llamaba Selva María. Y a mi papá le gustó y lo eligió para mí”, dice ella, con media sonrisa, en el ocaso de una tarde lluviosa del adelantado otoño madrileño. A esa novela le siguió otra, Ladrilleros (Lumen), y luego las historias de tres mujeres asesinadas reunidas en Chicas muertas (Random House). Con estos tres libros —cortos, certeros y afilados—, que pronto se llevarán al cine y al teatro, esta mujer nacida en un pequeño pueblo llamado Villa Elisa se ha consolidado —ante la crítica y los lectores— como una de las mejores voces narrativas de su país. Pero su literatura —tan local y global al mismo tiempo— no deja de trascender fronteras.

Las autoras hiperventas que apenas salen en los medios de comunicación

 

Desde la izquierda, Elisabet Benavent, Luz Gabás, Alice Kellen y Megan Maxwell.


Las autoras hiperventas que apenas salen en los medios de comunicación

Las jerarquías que ya se pulverizaron hace décadas en la música y el cine persisten en el mundo del libro, donde impera un sistema que mantiene segregados a los ‘best sellers’ de la novela literaria


BEGOÑA GÓMEZ URZAIZ

“Tú has vendido cinco millones de libros. Solo de una de tus sagas vendiste un millón, que es lo mismo que vendió Fernando Aramburu de Patria. Pero yo no te conocía. Nunca había oído hablar de ti”, le confesó Jordi Évole a la escritora Megan Maxwell cuando decidió dedicarle un programa monográfico en horario estelar a esta autora superventas de novela romántica con tintes eróticos.

jueves, 12 de enero de 2023

Triunfo Arciniegas / El antiguo oficio de plagiar






Triunfo Arciniegas
EL ANTIGUO OFICIO DE PLAGIAR

Ambos textos son buenos y, aunque cercanos, tratan distintas temáticas. En el primero, “El diablo es puerco”, el personaje es el demonio del placer, y en el otro el monstruo del miedo. La madre figura como el tercer personaje en ambos textos. Otra coincidencia, aparte de la brevedad, es el narrador en primera persona.

La fuerza del texto, la singularidad del texto, reside en la última frase. Sin este remate es un texto como cualquier otro. Ambos textos tienen el mismo remate y no hay duda que uno se lo copió al otro.



“El monstruo de mi cuarto”, de Miguel Ángel López, de apenas quince años y natural de Medellín, un cuento publicado en noviembre de 2022, es demasiado bueno, demasiado perfecto, para tan breve edad. Se requiere un diestro manejo del lenguaje y del ritmo y de un sabio uso de la puntuación. ¿Hay mano ajena? ¿Qué tanto intervinieron los editores? Temo que la intervención se extiende, si no a todos, a la mayoría de los cuentos publicados. Tan impecables. Tal vez el agua de Medellín viene con ortografía, gramática y sintaxis incorporadas. Treinta años de magisterio en todos los niveles le enseñan a uno que la cosa no es así, tan perfecta. La literatura no es territorio de niños prodigios y un Rimbaud, si acaso, nace una vez cada cien años.

El texto de explicaciones que Miguel Ángel publicó en Twitter, por el contrario, carece de las virtudes del cuento: la redacción es torpe y hasta le falla la puntuación.



“El diablo es puerco” hace parte de Medellín en 100 palabras 2020 (se le adelantó por dos años al otro) y se identifica, aparte del título y la respectiva autora, Lesly Nataly Jácome Sánchez, una paisa de 25 años, con el número 1362. Este libro, publicado por Comfama y el Metro de Medellín en noviembre de 2020, es el número 119 de la colección Palabras Rodantes.

Así que estamos celebrando, como unos imbéciles, un pinche plagio.


Además, como si fuera poco, en ese mismo libro, Medellín en 100 palabras 2020, hay otro texto con la misma temática del texto de Miguel Ángel López, “El monstruo que no habitaba debajo de mi cama”, de Ana Sofía Posada Vélez, de 16 años y también de Medellín. 8814 es su número de identificación. En este breve texto el monstruo es el padre: “Su intención no era hacerme daño; él solamente quería pasar un rato conmigo y, por esto, entraba a mi cuarto”. El remate del cuento de Ana Sofía es extraordinario y, por suerte, “no se le ocurrió” a Miguel Ángel: “El tintineo de las llaves y el sonido de la puerta me hicieron saber que la historia volvía a empezar; mi padre ya estaba en casa”. Toda una novela de terror. A Stephen King se le hubiera escurrido la baba por estas líneas.


De manera que el joven escritor ya tiene dos deudas, y en un sólo libro.

Qué pesar con este muchacho. Tan joven y con esas mañas. Se une demasiado pronto a una lista de ilustres plagiadores como los españoles Camilo José Cela y Arturo Pérez-Reverte, el peruano Alfredo Bryce Echenique y el mexicano Sealtiel Alatriste. A los tres primeros prácticamente no les pasó nada. Cela se ganó el Premio Planeta, el más cotizado de nuestro idioma, con la novela que le robó a una profesora. Pérez-Reverte tuvo que pagar un dinero en un primer caso y, en un segundo, cuando plagió a la mexicana Verónica Murguía, apenas presentó unas lánguidas disculpas. Bryce Echenique, que más que humorista me parece un cínico, ha negado sus numeroso, obvios y descarados plagios, pero el repudio del gremio y el público es unánime. No lo invitan ni a tomar un café y temo que la gente ha dejado de leerlo. El jugoso premio que se ganó en México cuando estaba en el ojo del huracán, tuvieron que entregárselo en su casa, en Lima, casi a escondidas, porque no querían que su presencia desluciera la ceremonia más importante de la Feria del Libro de Guadalajara. En otras palabras, no lo querían ver. El plagio y sobre todo su arrogancia lo transformaron en un apestoso. Alatriste, por su parte, perdió un envidiable puesto en la Unam.

¿Qué harán ahora los organizadores del concurso? ¿Replantearán las bases? ¿Seguirán los editores acomodando los textos, es decir, falseándolos? ¿Alegarán que la edad disculpa los pecados? ¿Le echarán tierra, como suele hacerse en Colombia, o aclararán las cosas? Espero que no se comporten como los gatos.

En fin, citando el dicho que tan sabiamente Lesly Nataly aprovecha para titular su cuento, "el diablo es puerco, por eso tapa y destapa".

9 de enero de 2023

viernes, 6 de enero de 2023

Arturo Pérez-Reverte / Tras la II Guerra Mundial no vino un mundo justo

Arturo Pérez-Reverte




«TRAS LA II

 GUERRA 

MUNDIAL NO VINO UN MUNDO MÁS JUSTO»

Pérez-Reverte reflexiona sobre un sistema que soporta el peso de «demasiados políticos corruptos» y cuya dinámica es «una competición entre la estupidez y la inteligencia» en la que suele ganar la primera.

Esther Peñas
31 de mayo de 2013

Con su última novela –Tango de la Guardia Vieja (Alfaguara)- como hilo conductor de esta entrevista, Arturo Pérez-Reverte reflexiona sobre un sistema que soporta el peso de «demasiados políticos corruptos y mentirosos» y cuya dinámica observa como «una competición entre la estupidez y la inteligencia» en la que, muy a su pesar, suele ganar la primera.

Susan George / El sistema maneja a la perfección el miedo de los ciudadanos

 



«EL SISTEMA MANEJA A LA PERFECCIÓN EL MIEDO DE LOS CIUDADANOS»

La elegancia que transmite es casi tan corpórea como la contundencia de sus reflexiones. Ethic entrevista a la filófosa Susan George.

La elegancia que transmite es casi tan corpórea como la contundencia de sus reflexiones. Dice el poeta que cada cual cuenta la guerra desde donde perdió el corazón. Sin embargo, a sus 79 años, Susan George (Ohio, 1934) no se da por vencida. Sabe que otro mundo es posible, aunque hay que implicarse, y rápido, para que esa otredad tenga un porvenir más sostenible, más humano, más ecológico, más justo.

jueves, 5 de enero de 2023

«Rumbo al Mar Blanco» / La obra maestra que Malcolm Lowry no pudo rescatar de las llamas

 



«Rumbo al Mar Blanco», la obra maestra que Malcolm Lowry no pudo rescatar de las llamas

La novela quemada, de la que su exmujer guardaba una copia, llega hoy a España


Alejandro Díaz-Agero
27 de agosto de 2017


Habrá quien opte por recordar su vida como la de un dipsómano sin solución que desperdició un talento abusivo para la escritura por su amor por la botella. Como también quedarán los que prefieran quedarse con la idea de que Malcolm Lowry (1909-1957) vivió inmerso en la práctica del más exagerado ejercicio de filantropía que estaba a su alcance: sacrificar todo lo demás por hacer de su propia existencia el caldo de cultivo de su obra.

El ‘lowry’ que sobrevivió al fuego

 






El ‘lowry’ que sobrevivió al fuego

Malpaso publica ‘Rumbo al Mar Blanco’, la novela del autor británico que se quemó en 1944 y de la que se conservaba una parte que se creyó perdida durante año



Juan Tallón
Madrid, 28 de agosto de 2017

Las versiones que algunos autores escriben una vez y otra de sus novelas, como si no fuese posible darlas por acabadas, y menos aún abandonarlas, pueden ser su salvación. Nadie como el británico Malcolm Lowry (1909-1957) para hablar de manuscritos perdidos, prodigiosamente encontrados después. El 7 de junio de 1944, en su cabaña junto a la playa de Dollarton (Canadá), en la costa del Pacífico, el escritor se levantó a preparar café, y de pronto gritó: “¡Se está quemando algo!” Al salir, vio el techo en llamas. Mientras corría en busca de ayuda, Margarie Bonner (1905-1988), su segunda esposa, salvó la mayoría de los manuscritos, entre ellos Bajo el volcán. También rescató los discos, aunque no el fonógrafo. Los vecinos la detuvieron cuando intentó salvar En lastre hacia el Mar Blanco. Era la más larga de las novelas en marcha de Lowry, que había empezado a escribir 12 años antes inspirándose en un viaje en un barco como fogonero a Noruega para conocer al novelista Nordhal Grieg.

viernes, 30 de diciembre de 2022

David Levine / Nabokov

 


David Levine
VLADIMIR NABOKOV













Nabokov / Citas


Vladimir Nabokov
Biografia
OPINIONES CONTUNDENTES

Estas opiniones las dio Nabokov durante su intervención en el programa de televisión Apostrophes, de Bernard Pivot.
 “Soy un escritor americano nacido en Rusia, educado en Inglaterra, donde estudié literatura francesa, antes de pasar quince años en Alemania”.
“Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño”.

Nabokov también quiso ser Shakespeare




Vladimir Nabokov escribe en un cuaderno en su cama en 1958.
Vladimir Nabokov escribe en un cuaderno en su cama en 1958.  THE LIFE PICTURE COLLECTION / GETTY IMAGES

Nabokov también quiso ser Shakespeare

Se publica por primera vez en español una obra teatral de juventud del autor de 'Lolita', inédita durante casi un siglo, con gran influencia del dramaturgo inglés


RAQUEL VIDALES
18 JUN 2020 - 17:05 COT

En sus primeros años de juventud, cuando firmaba con el seudónimo de Vladímir Sirin y todavía se estaba probando como escritor, Vladímir Nabokov cultivaba mucho más la poesía y el teatro que la narrativa. No hay que olvidar que el autor de Lolita se crio en San Petersburgo en una familia aristocrática a principios del siglo XX, una época de gran actividad escénica en Rusia, con Chéjov y Stanislavski en plena ebullición. Así que tras exiliarse con su familia a Berlín en 1919 huyendo de la revolución bolchevique, lo primero que escribió fueron poemas, cuentos y obras teatrales, estas últimas muy influidas por los dramas en verso de Pushkin, que no obstante no llegaron a dejar huella en su carrera literaria.

jueves, 29 de diciembre de 2022

Nabokov / Una carta que nunca llegó a Rusia


Vladimir Nabokov
UNA CARTA QUE NUNCA 
LLEGÓ A RUSIA

Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.

Nabokov / Un cuento de hadas


Vladimir Nabokov
UN CUENTO DE HADAS

1


¡La fantasía, el vuelo, los arrebatos de la fantasía! Erwin los conocía muy bien. Al tomar el tranvía, procuraba sentarse sobre la mano derecha, para estar tan cerca de la acera como fuera posible. Así, dos veces al día, en su viaje de ida y en su viaje de vuelta de la oficina, Erwin observaba por la ventanilla y seleccionaba su harén. ¡Dichoso Erwin, dichoso por vivir en una ciudad alemana tan conveniente, tan propia de un cuento de hadas!

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Olafo el Amargado

 


Dik Browne

Olafo el Amargado

QUERIDA LUCY















DIK BROWNE

(Nueva York, 1917 - Sarasota, 1989)

Publicista y humorista gráfico estadounidense, nacido bajo el nombre de Richard Arthur Allan Browne. Trabajo como artista en Newsweek y es autor del logotipo de Chiquita.

En 1973 creó Hägar, the Horrible (también conocida como Olaf, el vikingo), una historieta sobre un vikingo medieval de barba pelirroja y pésimos modales. Una historieta de mucho éxito que apareció en cientos de periódicos durante décadas.


martes, 27 de diciembre de 2022

Triunfo Arciniegas / Querida Lucy

 

Helga y Olafo

Triunfo Arciniegas

            QUERIDA LUCY


En aquel tiempo Lucy estaba triste y lloraba por dentro. Nadie veía sus lágrimas y hasta la consideraban feliz. La veían en la ventana con su gato blanco, vestida como una princesa, el cabello atado por una cinta roja, y entre sus manos un libro de poesía siempre abierto, y la imaginaban feliz. Nadie veía sus lágrimas.
Sólo Olafo, el Amargado, que soñaba que era un pez diminuto y casi invisible en los ojos de Lucy, conocía las dimensiones del dolor. Saltó de la página del periódico dominical que leía Lucy en una pausa de la poesía.
–Deja de llorar para dentro, niña hermosa –dijo Olafo–. Me le escapé a Helga para hablar contigo.
–No lloraré más –dijo Lucy, que se sintió atrapada, y cerró el periódico.
–Por favor, abre el periódico, necesito volver a la historia.
Lucy abrió el periódico y Olafo, el amargado, regresó. Parece que Helga se pilló la escapada de Olafo porque Lucy no lo volvió a ver. 
–Pobre Olafo –pensó Lucy–. Casi pierde la vida por mí.
Sabía que Olafo seguía haciendo de las suyas porque se lo contaron. Mientras este guerrero invencible descubría la redondez de la tierra, sembraba el terror en las orillas de todos los mares y cosechaba riquezas a diestra y siniestra, Lucy no dejó de llorar por dentro.
Tanto lloraba que soñaba que era un árbol de lágrimas. La gente venía a comer sus lágrimas para olvidar las penas de amor. Lucy era el árbol del olvido. La gente se llevaba la lágrima en una botellita y la pellizcaba cada vez que necesitaba del olvido.
Lucy despertaba en su detenido mar de lágrimas. Casi se ahogaba. Barcos de luto la cruzaban. Peces de muerte. Olas heladas. Andaba como sonámbula. Tropezaba con la gente, con las esquinas, con los árboles. Tropezó con Olafo.
–Miércoles, Olafo –dijo Lucy, asustada–. ¿Te echó Helga?
–Salí en otro periódico y no te encontraba –dijo Olafo–. No hago otra cosa que pensar en ti.
–Eso es una canción –dijo Lucy–. ¿Te volviste poeta?
–Líbrame del demonio de la poesía, niña. Prefiero saquear ciudades, incendiar barcos, apedrear enemigos. Diversiones así dan sentido a la existencia.
–La gente te ve raro con esas ropas y esos cuernos. Mira cómo te miran.  ¿Qué haces aquí?
–Ya te dije. No dejo de pensarte. Ya me siento un pez de tanto pensarte. Deja salir el río que eres.
–¿Y volverás a tus terrenos?  ¿Helga te recibirá?
–Helga cree que estoy de parranda. No tengo mucho tiempo. Puedo desvanecerme. No tengo colores firmes, el periódico es una porquería, tú sabes. Ojalá no llueva.
–Mis lágrimas podrían desvanecerte –dijo Lucy.
–Moriría en el río de tus lágrimas.
Entonces Lucy, la enamorada del lenguaje, lloró. "Eres un bárbaro con alma de niño", dijo Lucy y su cara se mojaba. Olafo se inclinó para aceptar el halago. Lucy recordó la frase de alguien: Moriría un poco por él. Y lloró. Recordó los besos de otro día, las cartas, las fotografías, y lloró, y sus lágrimas crecieron como un río. "Hazme un barquito de papel", dijo Olafo. Y en ese barco, por ese río, Olafo se alejó. Y mientras se alejaba, Olafo levantó una pata, luego la otra, cayó sentado, y Lucy se llenó de risa.

lunes, 26 de diciembre de 2022

Triunfo Arciniegas / Toto de Lucy





Triunfo Arciniegas


TOTO DE LUCY



Conocí a Toto mucho antes de saber de Lucy. Orejas de murciélago, nariz de gigante y pies de payaso, colores chillones y corbata de pepitas. Vendía enciclopedias de puerta en puerta, de pueblo en pueblo. Alguien dijo que era dueño de un criadero de conejos. Nunca fuimos amigos pero supe su historia, su desgracia, por diversas fuentes. Alguna vez, mientras la eterna primavera recorría las calles, le ofrecí una limonada en El Moro, en la esquina de Junín con Ayacucho, y paré la oreja porque ya había decidido incluirlo en una historia. El enano tenía ganas de hablar. Aclaró dudas y me confió uno que otro secreto. Ya estábamos en la sombra, apoltronados con cara a la calle, pero seguía sudando. 

–Arciniegas, me mandas el libro apenas lo publiques –insistió–. Y no pongas en mi boca frases que no haya dicho.

Le enseñé la palma de mi mano en señal de juramento. 

–Soy capaz de buscarte hasta en la Patagonia para hacerte un reclamo –dijo–. Soy chiquito pero cumplidor.

Bebía como un caballo. Bebía y sudaba.

Le pregunté por el diablo.

–¿Andas en aprietos, escritor? –dijo.

Le pregunté qué tan cierto era el cuento de los tres pelos.

–Tengo los pelos en la casa –dijo.

No supe si bromeba. Se apartó el sudor de la frente con los dedos. Se levantó y se asomó a la calle. Volvió a sentarse.

–¿Y la historia del cocodrilo?

–Conseguí una lágrima pero se secó.

–¿Y el libro de poemas?

–Lo estoy puliendo para publicarlo el año entrante.

Supe que siempre diría lo mismo. Que nunca publicaría nada y que los secretos de su pasión permanecerían a salvo. 

El enano se consideraba el más grande de todos los desgraciados. Lo manifestaba sin rencor, como si se trataba del color verdoso de sus ojos o el desproporcionado tamaño de su nariz. Lucy había sido un episodio fugaz. 

–Mi nariz la encontró –dijo Toto, contemplando el humeante pavimento de la calle. 

Durante algún tiempo su nariz enloqueció y el desventurado enano se vio en más de un aprieto. La nariz se volvió loca de atar por las flores. El enano no acababa de ver un ramo de astromelias frescas cuando su nariz ya estaba tratando de meterse al jarrón, con enano y todo. En su afán de oler el perfume a plenitud, hasta partía el jarrón. Resultaba caro para el enano vivir con una nariz así.

De los jardines sería mejor no hablar. La nariz se revolcaba de dicha entre las rosas. Los dueños soltaban unos perros negros, grandes, de afilados y relucientes colmillos, que dejaban al enano medio muerto entre una catástrofe de pétalos. Algunas veces terminó en la cárcel. Sólo algunas veces. Las otras, en el hospital.

El enano no podía pasar por las floristerías. Ni en sueños. Tampoco frente a las tiendas de perfumes porque ya estaba la nariz oliendo frasco tras frasco, haciendo regueros aquí y allá. Ciertos gustos exquisitos de la nariz valían más que un ojo.

Y si por desgracia aparecía una mujer perfumada, ni hablar. A veces la mujer corría, a veces se defendía a carterazos. A veces el novio de la víctima dejaba al enano hecho papilla. No tenía suerte con las mujeres.

–Ahora está calmada, pero fue tremendo –dijo Toto, rascándose la punta de la nariz, como quien acaricia a un perro obediente–. ¿Otra limonada? Gracias, señor escritor.

Un día tropezó con Lucy, toda pecosa y pelirroja, alta, delgada y pizpireta. Olía a rosas y acababa de comprarse unos aretes de plata. El enano se acercó emocionado.

–Haces feliz a mi nariz –dijo.

–¿Sólo a tu nariz? –replicó Lucy.

–Me haces todo feliz. Me dicen Toto. Querida, soy Toto feliz.

La nariz bailaba de la impaciencia, como el perro que festeja la llegada del amo. Quería saltar al cuello de Lucy.

–Sólo dejaré que me huelas si me traes una lágrima de cocodrilo –dijo Lucy.

–No puedo. Quisiera pero no puedo. Voy donde diga mi nariz.

Lucy sacó un pañuelo y amarró la nariz loca con un nudo de magia.

–No puedo respirar –se quejó el enano.

–Hazlo por la boca y vuelve pronto.

El enano, con su nariz toda amarrada, fue al pantano de los cocodrilos, más allá del Valle de Aburrá, y se sentó a llorar. Le dolían los pies y el esqueleto. Al cocodrilo viejo que se acercó a preguntar por sus desdichas, le contó toda su vida centímetro a centímetro. El cocodrilo soltó una lágrima y se sumergió en las aguas amarillentas. Toto volvió a la casa de Lucy con la lágrima intacta en la palma de la mano.

–Ahora tráeme tres pelos de diablo –dijo Lucy.

El enano se alejó de la ciudad de la eterna primavera con la nariz amarrada y sin mirar atrás. Caminó día y noche, descansó a ratos debajo de los árboles, bebió en los pozos de los caballos, hasta que llegó a las puertas del infierno y golpeó tres o cuatro veces.

–Hoy es viernes –dijo el diablo desde adentro.

–Sí, ¿y qué pasa con eso? –dijo el enano–. Caminé más de tres días.

–No recibo visitas.

–No soy una visita.

–Tampoco doy limosna –dijo el diablo–. Tienes que ir al cielo. Queda más arriba.

–Sólo quiero tres pelos de diablo.

–Al diablo –maldijo el diablo–. Me estoy quedando calvo. No eres el primero que viene con el cuento.

–No me iré hasta que me des los tres pelos.

–Te voy a dar candela.

–No te tengo miedo –dijo el enano, temblando–. Abre y verás.

El diablo abrió la pesada y chirriante puerta. “Con razón hablas gangoso”, dijo. Tenía la cara llena de espuma porque estaba afeitándose.

–No me tienes miedo pero estás temblando.

–De furia –mintió el enano.

–Eres el primer enano que dice que no me tiene miedo. Has arriesgado tu vida.

–Lo sé. Vale la pena.

–Ajá –dijo el diablo–. Estás buscando que una mujer que te atormente. Estos hombres arriesgan hasta el pellejo por una mujer.  Todos los días me llegan aquí los que pierden la apuesta: tahúres, locos, poetas. 

–Tres pelos del bigote y no me verás nunca más.

–Eso espero. No me lo niegues: todo este lío es un por una mujer. Estás flaco y con los ojos en la nuca. Se nota que viniste a pie. Traes los zapatos rotos y los pies hinchados. No vayas a empolvarme la alfombra. ¿Quieres una crema para la hinchazón?

–Quiero los pelos.

–Pobre enamorado. Toma los pelos y déjame en paz. Tengo trabajo. Me llega mucha gente en diciembre. Ya casi no queda espacio en esta casa. Vete, y no vengas a quejarte si las cosas no resultan.

El enano volvió a la ciudad de la eterna primavera con los tres pelos, y Lucy los examinó con cuidado. Era una experta en pelos de diablo.

–Sólo falta una prueba, la más terrible y difícil, no sé si puedas sobrevivir –dijo Lucy.

–Haré lo que sea si me prestas una bicicleta. Si quieres una pluma de ángel, subiré al cielo en una nube.

–No –dijo Lucy–. ¿Pensabas llegar al cielo en bicicleta?

–Si quieres una casa en el aire se la pediré a Rafael Escalona, que las hace baratas.

–No –dijo Lucy–. Escalona ya las vendió todas.

–Si quieres que te lleve a cine.

–No –dijo Lucy–. ¿Pensabas llevarme a cine en bicicleta?

–No me digas nunca que no –dijo el enano.

–Después de esta prueba de amor, nunca te diré que no.

–Cumpliré aunque me cueste la vida –juró el enano.

–Escríbeme un libro de poemas –dijo Lucy–. Llévate mi bicicleta, aunque no sé cómo puede ayudarte una bicicleta destartalada.

El enano consiguió papel, pluma y tinta y, con la nariz toda amarrada, se retiró a la montaña a escribir los poemas. En la ventana de su pequeña casa se posó una paloma herida, el enano la curó y la echó al aire. "Este es mi corazón herido que vuela hacia ti", pensó el enano y escribió un poema. Bajó al río y contempló las aguas puras que corrían entre las piedras. "Este es mi corazón iluminado que te busca", pensó el enano y escribió otro poema. Las aguas aliviaron sus lastimados pies. Le traqueaban las rodillas porque había pedaleado tres días. Contempló los árboles, desde las raíces hasta las ramas más altas, los árboles que beben del aire y de la tierra, que fabrican los frutos con su cuerpo, y pensó que su amor era un árbol. Trató de explicarlo en un poema.

Lucy era la luna que se asomaba a la ventana, Lucy era el fuego que encendía las noches, Lucy era el viento que golpeaba en la ventana. Lucy era todo. Lucy era de Toto al terminar el libro. El corazón del enano brincaba como una nariz desatada.

Pedaleó sin descanso hasta la ciudad donde la eterna primavera se revolcaba como un perro. Lucy, toda pecosa, toda pelirroja, lo esperaba en la ventana, bebiendo jugo de mandarina

–Creí que nunca volvería a ver mi bicicleta –dijo–. Déjame el libro y vuelve mañana.

El enano volvió al otro día. Lucy temblaba. Un gato se estiraba en el jardín.

–Estoy enamorada de ti.

–Soy Toto tuyo –dijo el enano.

–Eres Toto mío –dijo Lucy–. ¿Qué quieres?

El enano se acercó a su oreja y expresó el deseo. Lucy soltó la risa y le desamarró la nariz.




domingo, 25 de diciembre de 2022

Triunfo Arciniegas / La mujer que vivía dentro de un caballo

 




Triunfo Arciniegas


LA MUJER QUE VIVÍA DENTRO DE UN CABALLO


Lucy, la mujer que vivía dentro de un caballo, leía con pasión a Italo Calvino. Qué caballo más afortunado. ¿Pero cómo sucedió tal maravilla? Es muy sencillo de explicar, señores. Felisberto Hernández, el caballo pecoso que pastaba a la orilla del río de los almendros, se la comió recién bañada, mientras leía el capítulo de los amores de Cósimo Piovasco de Rondó, protagonista de El barón rampante, un loco feliz que pasó toda su vida trepado en los árboles. Felisberto Hernández también se comió el libro, por supuesto. Lucy siguió leyendo como si nada en la barriga del caballo. Sin lámpara ni sol. La barriga estaba toda iluminada porque el caballo se alimentaba de las flores favoritas de las luciérnagas.

Felisberto Hernández relinchaba de dicha con la mujer que leía adentro y a cada rato le preguntaba por sus deseos. Lucy, que entendía el lenguaje de los caballos, solicitaba otro libro. Después de El barón rampante, El vizconde demediado y El caballero inexistente, devoró Los amores difíciles, todos de Italo Calvino. El caballo iba a la biblioteca municipal con un trotecito de caballero.

La bibliotecaria, encantada, brincaba como una niña.

Pequeña, encorvadita, arrugada, con voz chillona y anteojos dorados.

–Cómo estamos de bien –dijo–. Ahora hasta los caballos leen.

–No es para mí, señorita Marcela, sino para la mujer que me habita.

–Estás enamorado –festejó la bibliotecaria–. Los grandes lectores dominan las metáforas y derrochan imaginación.

El caballo preguntó por Las ciudades invisibles.

–Es el único que nos falta de Italo Calvino, qué bien escribe ese hombre –dijo la bibliotecaria con regocijo–. Nos llega la próxima semana. Le apartaré el primer turno.

Lucy también estaba contenta. No sentía frío ni le dolía la cabeza. Dormía cuando quería y leía todo el tiempo. Siempre le gustó la buena vida: el helado de chocolate, el jugo de mandarina, las blusas de seda y las películas de pistoleros. Las buenas historias la hacían reír hasta las lágrimas, y la risa, como un delicioso hormigueo, inundaba la barriga del caballo y se regaba hasta las patas y las orejas. Ningún caballo fue tan feliz como Felisberto.

–¿Cómo está la noche? –dijo Lucy.

–Llenita de estrellas, mírala tú misma.

Lucy veía la noche a través de los ojos del caballo.

–¿Y la brisa?

–Siéntela tú misma.

Lucy sentía la noche a través de la piel del caballo.

–Quién iba a pensar que tenías una barriga tan grande, Felisberto Hernández. Eres una ballena con pinta de caballo. ¿Conociste a Jonás?

–No. ¿Algún amigo tuyo?

–No, pero supe que le gustaba pasar la noche en la barriga de las ballenas.

–El ingenio humano no tiene límites. Conocí a uno que se metía por la oreja de un caballo amigo mío y salía  por la otra.

–¿Y eso por qué?

–Para hacerse invisible. Le debía dinero a mucha gente. ¿También Jonás?

–No, pero tenía una mujer brava.

Todo fue felicidad más de cinco años, señores, hasta que el caballo enfermó. “Vas a tener que salirte, mujer, porque no quiero que te mueras conmigo”, dijo, después de un breve relincho, y Lucy replicó que se dejara de tonterías.

–Me siento débil, casi no veo.

–Necesitas anteojos –diagnosticó Lucy.

El caballo se dejó conducir al optómetra, enfermo de amor por esos días. Una epidemia de amor azotaba al país. El virus que flotaba en el aire atacaba a los más descuidados. Pálidos, ojerosos y ansiosos, los enamorados recorrían las calles y dejaban escapar el corazón por la boca. La televisión y los periódicos comentaban los casos más curiosos. Una mujer salió al patio a extender la ropa recién lavada y, al volver a casa, se sintió total y absolutamente enamorada. “Qué ojos tan bellos”, le dijo a su marido, derretida, al borde del desmayo. El marido, aunque no veía muy bien, siguió remendando una silla. “Ojalá no sea grave”, murmuró. No había dinero para tratamientos. Otra mujer padeció fiebre, tos y dolor de cabeza, pero los especialistas consideraron que sólo se trataba de una gripa.

–Me duele una mujer en todo el cuerpo –dijo el doctor, mordisqueando el borrador del lápiz–. No sé si la frase es de Borges, pero me duele todo el tiempo.

–Tengo una adentro, pero es una maravilla. Nos entendemos, doctor, ambos somos pecosos.

–Otro día nos vemos y hablamos de mujeres. Tengo que trabajar para comprarle a Mary un collar de perlas.

–Lucy sólo pide libros.

–Pero los libros están por los cielos.

–Si estuvieran por los cielos, volaría para atraparlos.

–Quiero decir que están muy caros.

–Nada de eso –dijo Felisberto–. Voy a la biblioteca municipal.

–Lástima que no tengan collares.

–Supe de una sirena con un collar de perlas finísimo, pero perdí su dirección –dijo Felisberto–. ¿El doctor quiere amarrarla de por vida?

–El otro día le di a Mary un atado de besos y reventó la cuerda. Los besos se desparramaron en la sala, escaparon por debajo de la puerta y buscaron dueño. 

–¿Y doña Mary, doctor?

–Voló como una cometa.

–No vaya a llorar delante de un caballo, doctor.

–No –dijo el doctor con firmeza–. Déjeme ver sus ojos.

Felisberto volvió a la calle con unos anteojos inmensos que lo hacían ver como un cantante de rock.

–El doctor dijo que Mary voló como una cometa –dijo Lucy desde dentro–. ¿Se murió o se fue con otro?

–Qué mal pensada eres –dijo Felisberto–. Le va a comprar un collar de perlas.

–¿Para depositarlo sobre la tumba o enviárselo por correo a la casa del otro? El virus del amor es traicionero.

–Ay, Lucy, qué lengua tan venenosa.

–Conque así hablan los hombres de las mujeres.

–De ti sólo dije cosas bonitas –se defendió Felisberto.

–Entonces nos entendemos porque somos pecosos.

–Pecosos y sabrosos.

–Te ves precioso, Felisberto Hernández.

–¿Cómo lo sabes? Parezco un payaso. Sólo me falta el corbatín de pepitas.

–No lo creo. Mira cómo te miran. Seguro que te pareces a Elton John.

–¿Quién es ese tipo?

–Mi cantante favorito.

El mundo se veía hermoso pero el caballo no mejoró. Perdió todas sus fuerzas. Lucy no quería salirse del caballo. Imaginaba que seguiría dentro toda la vida.

–Ya pasó toda la vida –dijo el caballo–. Ya se me reventó el hilo.

Lucy salió y se puso a llorar.

–No llores –dijo el caballo–. Júrame que no vas a llorar.

–Te lo juro –dijo Lucy llorando–. De verdad te pareces al hombre que te digo.

–Te estaré mirando desde las nubes, princesa. ¿Te conté la historia del caballo que comía nubes al desayuno?

–Eres un tonto, Felisberto Hernández. Te leí esa historia el año pasado.

–Y ya que acabaste con Calvino, sigue con Borges y averigua por qué le duele una mujer en todo el cuerpo.

–Borges me sabe a almendras rellenas de chocolate.

–Ya me estoy relamiendo.

El caballo desapareció del aire pero no del corazón de Lucy. 

–Ay, Felisberto Hernández, me salí de tu barriga, pero en mi corazón tienes un cuarto propio.

Lucy extrañaba el calorcito. Sentía la brisa y era como si la sintiera a través de los ojos del caballo. Se acordaba de los libros saboreados en la barriga y se reía. Veía las nubes y se reía. Detrás de una de esas nubes podía estar el caballo. La gente la veía reír y decía:

–Esta es la mujer que vivía dentro de un caballo.