Alberto Moravia
Fanático
Una mañana de julio dormitaba en la Plaza Melozzo da Forli, a la sombra de los eucaliptos, cerca de la fuente seca, cuando llegaron dos hombres y una mujer y me pidieron que los llevara al Lido de Lavinio. Los observé mientras discutíamos el precio: uno era alto y grueso, rubio, con una cara descolorida, como gris, y ojos de porcelana celeste en el fondo de unas sombrías ojeras, de unos treinta y cinco años. El otro era más joven, moreno, de cabello rizado, con gafas de concha, desgalichado, delgado, quizás un estudiante. En cuanto a la mujer, era muy flaca, con un rostro afilado y largo entre dos ondas de cabellos sueltos y el cuerpo delgado enfundado en un trajecito verde que le hacía parecer una serpiente. Pero tenía una boca roja y llena, semejante a un fruto, y unos ojos hermosos, negros y brillantes como carbón mojado. Me miró de una forma que me entraron ganas de combinar el negocio. En efecto, acepté el primer precio que me ofrecieron; subieron, el rubio a mi lado y los otros dos detrás, y partimos.