Se destruyó la dignidad presidencial
Cuando el poder condiciona oportunidades y contratos a relaciones sexuales, la libertad puede convertirse en sometimiento.
Luis Felipe Henao
7 de noviembre de 2026Simón Bolívar, a quien Petro tanto invocó desde la Presidencia, decía: “Moral y luces son los polos de una República; moral y luces son nuestras primeras necesidades”. Nada más lejano de la conducta de quien terminó mancillando la dignidad presidencial. Los recientes videos de los llamados “sexocontratos” son apenas la punta del iceberg de una sucesión de escándalos sexuales, drogas y abusos de poder que marcaron su gobierno.
Deyci Jiménez ha denunciado que Petro la contactó mediante una página de servicios sexuales desde 2019, que sostuvo encuentros íntimos con él y que, siendo presidente, habría ordenado su contratación. Sus declaraciones apuntan a una presunta red que involucraría a más de 48 mujeres vinculadas mediante contratos estatales. Si estos hechos se comprueban, no estaríamos ante un simple escándalo sexual, sino ante una estructura de explotación sexual, lo cual es nauseabundo.
En Estados Unidos, el caso de Bill Clinton desencadenó un juicio político por las conductas relacionadas con el ocultamiento de una relación sexual consentida. ¿Qué ocurriría si se descubriera que un presidente utilizó recursos públicos para favorecer una red de explotación sexual? La vida íntima de cualquier mandatario merece respeto. Lo inadmisible es utilizar la investidura para obtener beneficios sexuales y convertir los contratos estatales en instrumentos para retribuir favores personales.
Lo denunciado podría configurar delitos como interés indebido en la celebración de contratos, tráfico de influencias y peculado. Pero la gravedad podría ser todavía mayor. Las acusaciones apuntan a una posible red de trata de personas, prostitución forzada y explotación de mujeres, en la que el poder político y los contratos públicos habrían servido como mecanismos de sometimiento. La propia Jiménez denunció “una red de la que decidí no hacer parte y una verdad que merece ser denunciada”. Estas acusaciones exigen una investigación que determine si existieron esas conductas y quiénes fueron sus responsables.
La ironía es demoledora. Petro escribió alguna vez: “Si el poder se mete en la cama íntima, la libertad en el mundo muere inmediatamente y la gente se convierte de nuevo en esclavos”. Hoy sus propias palabras parecen describir la gravedad de las denuncias que lo rodean. Cuando el poder condiciona oportunidades y contratos a relaciones sexuales, la libertad puede convertirse en sometimiento.
Las declaraciones atribuidas a Angie Rodríguez agravan los interrogantes. Según su relato, el propio presidente habría ordenado mantener a Deyci Jiménez contratada en el Ministerio del Interior: “Esta persona necesita que la mantengan allí en el contrato de Mininterior”. Su respuesta habría sido: “Perfecto, señor presidente”. ¿Qué funciones justificaban esa contratación? ¿Quién dio las órdenes y quiénes las ejecutaron?
La vida íntima de cualquier mandatario merece respeto. Lo inadmisible es utilizar la investidura para obtener beneficios sexuales y convertir los contratos estatales en instrumentos para retribuir favores personales
Los ministros, funcionarios y congresistas eventualmente involucrados también deben responder. La senadora María José Pizarro tiene que explicar qué funciones desempeñaba Jiménez en su unidad legislativa y qué justificaba su vinculación. Resulta indignante que quienes se proclaman defensores del feminismo no exijan con la misma contundencia esclarecer posibles casos de explotación sexual cuando las denuncias comprometen a su propio sector político. Los derechos de las mujeres no pueden depender de la ideología del presunto victimario.
Petro afirmó alguna vez que sería inolvidable por lo que hacía en la cama. Quizás tenga razón, aunque por razones muy distintas a las que imaginaba. Si se demuestra que convirtió las instituciones públicas en instrumentos de sus intereses personales, será recordado por haber degradado la investidura que juró honrar.
La dignidad presidencial no se pierde por lo que un mandatario hace en privado. Se destruye cuando utiliza el poder que pertenece a todos para satisfacer sus intereses personales.
Quiero ver cuántas mujeres saldrán a marchar por Petro el 19 de noviembre, eso sería legitimar la explotación sexual.
EL TIEMPO