sábado, 12 de septiembre de 2026

1983 Gabriel García Márquez / Regreso a México




Gabriel García Márquez

Regreso a México

26 de enero de 1983

Alguna vez dije en una entrevista: “De la ciudad de México, donde hay tantos amigos que quiero, no me va quedando más que el recuerdo de una tarde increíble en que estaba lloviendo con sol por entre los árboles del bosque de Chapultepec, y me quedé tan fascinado con aquel prodigio que se me trastornó la orientación y me puse a dar vueltas en la lluvia, sin encontrar por dónde salir”.

1982 García Márquez / La noche caliente de Ámsterdam


Amsterdam



Gabriel García Márquez 

La noche caliente de Ámsterdam

14 de julio de 1982

Había sido el viernes más cálido de Ámsterdam y tal vez de toda Holanda en 152 años, y no era necesario sentirlo para saberlo. “Todo el mundo se ha vuelto loco”, me dijo el servicial empleado del hotel, empapado de sudor dentro de su librea de paño. “Hasta las computadoras”, dijo. Las hermosas valquirias venidas del Norte en su éxodo migratorio anual hacia las playas del Mediterráneo, andaban descalzas por las calles con las sandalias al hombro, se sentaban durante horas en el borde de los canales para refrescarse los pies, y una de ellas se quitó la poca ropa que llevaba encima y se echó al agua en pelotas, cuan larga y dorada era, en medio de los aplausos de los turistas adormilados bajo los toldos de las cafeterías. No la rescató la policía, sino una ambulancia de la Seguridad Social, preocupada de lo que pudiera ocurrirle a quien bebiera aquellas aguas apacibles y venenosas. Había músicas improvisadas en las calles, había predicadores y maromeros, había profetas y atracadores, y había un mimo que se ganó en tres horas más que un conductor de taxi en una semana, imitando el modo de andar de los transeúntes. Era una parodia tan admirable que no se podía creer. Alguna vez he dicho que lo que más me gusta de Ámsterdam es lo mucho que se parece a Curazao, y aquella tarde eran idénticas. Había un aire lunático, un olor de frutas podridas y pájaros muertos que revolvía las nostalgias del Caribe. Las únicas que no disfrutaron del calor fueron las pobres muchachas que se exhiben en las vitrinas, y que en tiempos normales constituyen el atractivo mayor de los visitantes. Se quedaron en sus casitas de muñecas haciendo el chocolate en sus cocinitas de muñecas, tomándoselo con pan ensopado en las camitas de muñecas donde no vino nadie a hacer el amor. A nadie se le hubiera ocurrido venir, por supuesto, si todo el que quiso hacer el amor aquella tarde babilónica lo hizo sin que le molestara nadie en los recodos otoñales de los parques, agonizando de un amor verdadero y gratis entre los tulipanes y las avestruces. Fue algo tan insólito, que los universitarios se echaron a las calles en una jubilosa manifestación de protesta contra todo, menos contra el calor, y quemaron automóviles y se pelearon a palos con la policía, y pidieron a gritos lo que no parecía posible que fuera pedido por alguien en Holanda: “Afuera la reina”. En medio de tantos desafueros, un globo amarillo y enorme con letreros pintados daba vueltas en el cielo, y sus tripulantes, impávidos en la canasta colgante, le decían adiós con la mano a la muchedumbre como si de veras se fueran para siempre. “Volar es natural en los holandeses”, pensé. El globo siguió dando vueltas en el cielo hasta que se hizo de noche como a las once, y sólo quedó la luz malva del verano nórdico, y todavía no encontraban a alguien en el hotel que fuera capaz de componer las computadoras enloquecidas por el calor.

1980 García Márquez / El nuevo oficio más viejo del mundo



El nuevo oficio más viejo del mundo


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
01 DIC 1980 - 18:00 COT

El otoño de París empezó de pronto y tarde este año, con un viento glacial, que desplumó a los árboles de sus últimas hojas doradas. Las terrazas de los cafés se cerraron al mediodía, la viada se volvió turbia y el verano radiante que se había prolongado más de la cuenta pasó a ser una veleidad de la memoria. Parecía que en pocas horas hubieran pasado varios meses. El atardecer fue prematuro y lúgubre, pero nadie lo lamentó de veras, pues este tiempo de brumas es el natural de París, el que más le acompaña y el que mejor le sienta. La más bella de las mujeres de alquiler que hacen su carrera de rutina en las callejuelas de Pigalle era una rubia espléndida que en un lugar menos evidente se hubiera confundido con una estrella de cine. Llevaba el conjunto de chaqueta y pantalón negros, que eran la fiebre de la moda, y a la hora en que empezó el viento helado se puso un abrigo legítimo de nucas de visón. Así estaba, ofreciéndose por doscientos francos frente a un hotel de paso de la calle Dupere, cuando un automóvil se detuvo frente a ella. Desde el puesto del volante, otra mujer hermosa y bien vestida le disparó de frente siete tiros de fusil. Esa noche, cuando la policía encontró al asesino, ya aquel drama de arrabal había retumbado en los periódicos, porque tenía dos elementos nuevos que lo hacían diferente. En efecto, ni la víctima ni el victimario eran rubias y bellas, sino dos hombres hechos y derechos, y ambos eran de Brasil.

Esperando el tifón / Gabriel García Márquez entrevista al director de cine Akira Kurosawa


Esperando el tifón

Gabriel García Márquez entrevista al director de cine Akira Kurosawa

 GARCÍA MÁRQUEZ
15 JUL 2015 - 10:22 COT

El texto que sigue es parte de dos conversaciones que el escritor Gabriel García Márquez sostuvo en Tokio con el director de cine japonés Akira Kurosawa, en octubre de 1990. Se habló de muy diversos temas en algo más de seis horas, y la conversación fue grabada por un amigo de ambos, por pura curiosidad. Uno de los temas fue la película que Kurosawa filmaba en ese momento, Rapsodia en agosto, que ha sido presentada en el Festival de Cannes con gran éxito de público y de crítica y con el disgusto de algunos periodistas de Estados Unidos, que la consideraron agresiva contra su país. El fragmento que se publica aquí es el que corresponde a esa parte de la conversación.

viernes, 11 de septiembre de 2026

1982 García Márquez / Roma en verano





Roma


Gabriel García Márquez

Roma en verano

9 de junio de 1982

He vuelto a Roma, al cabo de una muy larga ausencia, y la he vuelto a encontrar como siempre: más bella, y más sucia, y más loca que la vez anterior. El verano estalló de pronto la semana pasada, con ese calor que parece de vidrio líquido, y la moda femenina, que este año dejó las puertas abiertas a toda clase de desafueros de formas y colores, convirtió a la ciudad eterna en la más moderna y juvenil del mundo. Creo que fue Julio Cortázar quien observó en alguno de sus libros que después de conocer una ciudad seguía recordándola para siempre, no como era en la realidad, sino como se la imaginaba antes de conocerla. Esto me parece cierto, salvo con Roma, pues es la única ciudad que siempre me imaginé tal como fue cuando la conocí, que es como sigue siendo siempre. Tal vez la única de la que puedo decir que la recordaba sin conocerla.

1983 García Márquez / Viendo llover en Galicia

La ría de Arosa



Gabriel García Márquez

Viendo llover en Galicia

11 de mayo de 1983

Mi muy viejo amigo, el pintor poeta y novelista Héctor Rojas Herazo —a quien no veía desde hacía mucho tiempo— debió sufrir un estremecimiento de compasión cuando me vio en Madrid abrumado por un tumulto de fotógrafos, periodistas y solicitantes de autógrafos, y se acercó para decirme en voz baja: “Recuerda que de vez en cuando debes ser amable contigo mismo”.

1982 García Márquez / La dura vida del turista

Caleta de la isla de Zante.

Gabriel García Márquez
LA DURA VIDA DEL TURISTA

23 de junio de 1982

Tan pronto como subimos a bordo, una voz untuosa de mujer bien servida ordenó en cuatro idiomas por los altavoces que los visitantes bajaran a tierra porque el barco se disponía a partir, y no había acabado de decirlo cuando el barco partió sin ningún otro anuncio. Al cabo de tantos años sin navegaciones ni regresos sentí revivir una emoción casi olvidada viendo borrarse en las brumas de junio las casas apelotonadas y descoloridas del Pireo, y permanecí allí con el ánimo dispuesto para no pensar en nada durante varios días. Aquellos fueron los únicos cinco minutos de descanso a fondo en todo el viaje. Apenas habíamos salido del puerto cuando la misma voz de mujer, con un énfasis más perentorio que el anterior, ordenó a todos los pasajeros reunirnos en cubierta para una maniobra simulada de salvamento. De modo que acudimos en masa con los chalecos salvavidas colgados del cuello y mirándonos unos a otros con nuestras caras de imbéciles, mientras la sirena del barco lanzaba bramidos de naufragio y el primer oficial impartía instrucciones precisas y alarmantes que ninguno de los quinientos turistas de aquella catástrofe de mentira escuchaba con la atención debida. Cinco minutos después todo había terminado. Pero sólo por breves minutos, pues no bien nos habíamos quitado los salvavidas cuando ya nos estaban convocando al salón principal para una conferencia sobre las incontables islas del mar Egeo que íbamos a conocer en los próximos días. Así empezó una semana frenética, que si nos sirvió para algo fue para darnos cuenta en carne propia de que no hay oficio más ingrato y agotador que el de turista de cuerpo entero. Esto es más grave en Grecia que en ninguna otra parte.

jueves, 10 de septiembre de 2026

1981 García Márquez / Caribe mágico


Gabriel García Márquez

BIOGRAFÍA

Caribe mágico


6 de enero de 1981

Surinam —como no todo el mundo lo sabe— es un país independiente sobre el mar Caribe, que fue hasta hace pocos años una colonia holandesa. Tiene 163.820 kilómetros cuadrados y un poco más de 384.000 habitantes de origen múltiple: indios de la India, indios locales, indonesios, africanos, chinos y europeos. Su capital, Paramaribo —que en castellano pronunciamos como palabra grave y que los nativos pronuncian como esdrújula—, es una ciudad fragorosa y triste, con un espíritu más asiático que americano, en la cual se hablan cuatro idiomas y numerosos dialectos aborígenes, además de la lengua oficial —el holandés—, y se profesan seis religiones: hinduismo, católica, musulmana, morava, holandesa reformada y luterana. En la actualidad, el país está gobernado por un régimen de militares jóvenes, de los cuales se sabe muy poco, inclusive en los países vecinos, y nadie se acordaría de él si no fuera porque una vez a la semana es la escala de rutina de un avión holandés que vuela de Ámsterdam a Caracas. Había oído hablar de Surinam desde muy niño, no por Surinam mismo —que entonces se llamaba Guayana Holandesa—, sino porque estaba en los límites de la Guayana Francesa, en cuya capital, Cayena, estuvo hasta hace poco la tremenda colonia penal conocida, en la vida y en la muerte, como la Isla del Diablo. Los pocos que lograron fugarse de aquel infierno, que lo mismo podían ser criminales bárbaros que idealistas políticos, se dispersaban por las islas numerosas de las Antillas hasta que conseguían volver a Europa o se establecían con la identidad cambiada en Venezuela y la costa caribe de Colombia. El más célebre de todos fue Henri Charrière, autor de Papillón, que prosperó en Caracas como promotor de restaurantes y otros oficios menos diáfanos, y que murió hace pocos años en la cresta de una gloria literaria efímera, pero tan meritoria como inmerecida. Esa gloria, en realidad, le correspondía, con mejores títulos, a otro fugitivo francés que describió mucho antes que Papillón los horrores de la Isla del Diablo, y sin embargo no figura hoy en la literatura de ninguna parte, ni su nombre se encuentra en las enciclopedias. Se llamaba René Belbenoit, había sido periodista en Francia antes de ser condenado a cadena perpetua por una causa que ningún periodista de hoy ha podido recordar, y siguió siéndolo en Estados Unidos, donde consiguió asilo y donde murió de una vejez honrada.

1981 García Márquez / "María de mi corazón"


"María de mi corazón"


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
5 DE MAYO DE 1981

Hace unos dos años, le conté un episodio de la vida real al director mexicano de cine Jaime Humberto Hermosillo, con la esperanza de que lo convirtiera en una película, pero no me pareció que le hubiera llamado la atención. Dos meses después, sin embargo, vino a decirme sin ningún anuncio previo que ya tenía el primer borrador del guión, de modo que seguimos trabajándolo juntos hasta su forma definitiva. Antes de estructurar los caracteres de los protagonistas centrales, nos pusimos de acuerdo sobre cuáles eran los dos actores que podían encarnarlos mejor: María Rojo y Héctor Bonilla. Esto nos permitió además contar con la colaboración de ambos para escribir ciertos diálogos, e inclusive dejamos algunos apenas esbozados para que ellos los improvisaran con su propio lenguaje durante la filmación. Lo único que yo tenía escrito de esa historia -desde que me la contaron muchos años antes en Barcelona- eran unas notas sueltas en un cuaderno de escolar, y un proyecto de título: «No: yo sólo vine a hablar por teléfono». Pero a la hora de registrar el proyecto de guión nos pareció que no era el título más adecuado, y le pusimos otro provisional: María de mis amores. Más tarde, Jaime Humberto Hermosillo le puso el título definitivo: María de mi corazón. Era el que mejor le sentaba a la historia, no sólo por su naturaleza, sino también por su estilo.

1980 García Márquez / Cuento de horror para la Nochevieja

 






Gabriel García Márquez
CUENTO DE HORROR PARA LA NOCHEVIEJA

30 de diciembre de 1980


    Llegamos a Arezzo un poco antes del mediodía, y perdimos más de dos horas buscando el castillo medieval que el escritor Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles invadidas por los turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos —como lo teníamos previsto— que sólo íbamos a almorzar. «Menos mal», dijo ella, «porque esa casa está llena de espantos». Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos a pleno sol, nos burlamos de su credulidad. Pero los niños se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.

1980 Gabriel García Márquez / El fantasma del Premio Nobel II / Los grandes que nunca fueron

León Tolstoi

Gabriel García Márquez
BIOGRAFÍA
EL FANTASMA DEL PREMIO NOBEL II

Los grandes que nunca fueron

El País 9 OCT 1980

Se ha dicho muchas veces que los más grandes escritores de los últimos ochenta años se murieron sin el Premio Nobel. Es una exageración, pero no demasiado grande. Leon Tolstoy, cuya novela Guerra y paz es, sin duda, la más importante en la historia del género, murió en 1910, a la edad muy nobiliaria de 82 años, cuando ya el Premio Nobel se había adjudicado diez veces. Su libro magistral llevaba ya 4.5 años de gloria, con numerosas traducciones y reimpresiones en el mundo entero, y ningún crítico dudaba de que estaba destinado a existir para siempre.En cambio, de los diez escritores que obtuvieron el Premio Nobel mientras Tolstoy vivía, el único que permanece vivo en la memoria es el inglés Rudyard Kipling. El primero que lo obtuvo fue el francés Sully Prudhomme, que era muy famoso en su tiempo, pero cuyos libros no se encuentran ahora, sino en librerías muy especializadas. Más aún, si uno busca su nombre en un diccionario francés, se encuentra con una definición previa que parece una mala jugada del destino: «Prototipo moderno de la nulidad satisfecha y la trivialidad magistral». Otro de los diez primeros laureados fue el polaco Henryck Sienkiewicz, que se había colado de contrabando en la gloria con su ladrillo inmortal, Quo Vadis. Otro había sido Federico Mistral, un poeta provenzal que escribió en su lengua vernácula y que tuvo el triste honor de compartir el premio con uno de los dramaturgos más deplorables que parió la madre España: don José Echegaray, ilustre matemático a quien Dios tenga en su santo reino.
En los dieciséis años siguientes murieron sin obtener el premio otros cinco de los grandes escritores de todos los tiempos: Henry James, en 1916; Marcel Proust, en 1922; Franz Kafka, en 1924; Joseph Conrad, en el mismo año, y Rainer Maria Rilke, en 1926. También durante esos años estaban sentados en el escaño de los genios nadie menos G. K. Chesterton, que murió sin su premio en 1936, y James Joyce, que murió en 1941, cuando su Ulysses había cambiado el curso de la novela en el mundo, diecinueve años después de su publicación.

1980 García Márquez / El fantasma del Premio Nobel I



Gabriel García Márquez
El fantasma del Premio Nobel / 1

El País, 8 OCT 1980

Todos los años, por estos días, un fantasma inquieta a los escritores grandes: el Premio Nobel de Literatura. Jorge Luis Borges, que es uno de los más grandes y también uno de los candidatos más asiduos, protestó alguna vez en una entrevista de Prensa por los dos meses de ansiedad a que lo someten los augures. Es inevitable: Borges es el escritor de más altos méritos artísticos en lengua castellana, y no pueden pretender que le excluyan, sólo por piedad, de los pronósticos anuales. Lo malo es que el resultado final no depende del derecho propio del candidato, y ni siquiera de la justicia de los dioses, sino de la voluntad inescrutable de los miembros de la Academia Sueca. No recuerdo un pronóstico certero. Los premiados, en general, parecen ser los primeros sorprendidos. Cuando el dramaturgo irlandés Samuel Beckett recibió por teléfono la noticia de su premio, en 1969, exclamó consternado: «¡Dios mío, qué desastre!». Pablo Neruda, en 1971, se enteró tres días antes de que se publicara la noticia, por un mensaje confidencial de la Academia Sueca. Pero la noche siguiente invitó a un grupo de amigos a cenar en París, donde entonces era embajador de Chile, y ninguno de nosotros se enteró del motivo de la fiesta hasta que los periódicos de la tarde publicaron la noticia. «Es que nunca creo en nada mientras no lo vea escrito», nos explicó después Neruda con su risa invencible. Pocos días más tarde, mientras comíamos en un fragoroso restaurante del Boulevard Montparnasse, recordó que aún no había escrito el discurso para la ceremonia de entrega, que tendría lugar 48 horas después en Estocolmo. Entonces volteó al revés la hoja de papel del menú, y sin una sola pausa, sin preocuparse por el estruendo humano, con la misma naturalidad con que respiraba y la misma tinta verde, implacable, con que dibujaba sus versos, escribió allí mismo el hermoso discurso de su coronación.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Aladino, Frankenstein y la IA: una entrevista con Jeanette Winterson

 


Jeanette Winterson © Jean-Luc Bertini

Aladino, Frankenstein y la IA: 

una entrevista 

con Jeanette Winterson

Steven Sampson
2 de septiembre de 2026

«Aladino y yo» , un ensayo de Jeanette Winterson, relata su encuentro con el personaje de Aladino y con Las mil y una noches . Se trata de un libro híbrido, a la vez íntimo, erudito y teórico, en el que la autora combina recuerdos personales con reflexiones sobre la historia de la ciencia, los estilos narrativos orientales y occidentales, los grandes mitos —como Drácula y Frankenstein—, la inteligencia artificial y el código binario, tanto en el ámbito de la sexualidad como en la informática. Su ensayo es cautivador.

Jeanette Winterson / La vida mejora a medida que envejeces

 

Jeanette Winterson


Jeanette Winterson
LA VIDA MEJORA A MEDIDA QUE ENVEJECES
Este artículo tiene más de 16 años.

¿Cómo me relajo? Corriendo. Teniendo sexo. (Pero odio tener sexo mientras corro).


Rosanna Greenstret
5 de diciembre de 2009

Jeanette Winterson fue criada por padres adoptivos en Accrington. A los 23, escribió Oranges Are Not The Only Fruit, obra que ganó un premio Whitbread , y posteriormente la adaptó para una serie de la BBC que obtuvo tres premios BAFTAEn 2006, recibió la Orden del Imperio Británico (OBE) por sus servicios a la literatura. Vive entre Gloucestershire y Londres.    

De genios, monstruos y mitos

 

Fotograma de '20.000 leguas de viaje submarino'.

De genios, monstruos y mitos

La lectura de Henry James conserva la virtud de desintoxicarme y de poner en su lugar a la mayor parte de la ficción que me veo obligado a leer

01. James

Así como mi amigo (supongo) Marías selecciona de vez en cuando una docena de películas de su completísima videoteca, y se regala con un ciclo de, por ejemplo, Joseph Mankiewicz (incluyendo, desde luego, El fantasma y la señora Muir, 1947), a mí me da por montarme de cuando en vez pequeños ciclos de los novelistas que adoro. En la última quincena he releído algunas de las mejores novelas cortas de Henry James (1843-1916), casi todas por debajo de las cien páginas. Aunque James publicó, además de sus grandes libros de ficción, más de 120 novelas cortas y cuentos, en esta ocasión me he limitado a algunas nouvelles publicadas durante la década de 1890, una de sus más prolíficas en lo que se refiere a ficción breve.


En esa época, el autor norteamericano (que se nacionalizó británico en 1914 como protesta a la no intervención de Estados Unidos en la primera fase de la guerra “europea”) se empeñó (en vano) en conquistar la escena teatral londinense, dedicando a ello la mayor parte de su tiempo, mientras se financiaba publicando narraciones cortas en revistas y recopilaciones. A ellas pertenecen las cuatro que he releído últimamente: El alumno (1891), La vida privada (1892), La figura en la alfombra (1896) y Los amigos de los amigos (1896). Mientras las revisaba (con subrayados y alguna nota de diferentes épocas) volvía a colocar a su autor en mi personal panteón de los más grandes narradores de la edad moderna: la lectura de James conserva todavía la virtud de desintoxicarme y de poner en su lugar a la mayor parte de la ficción que me veo obligado a leer.

James no necesita de “acción” o de complejas intrigas espectaculares para contar historias “interesantes” (una cualidad que juzgaba imprescindible en la novela): las suyas, siempre un prodigio de profundidad narrativa, de dominio del punto de vista y de capacidad para penetrar con sugerencias y elipsis en el interior de unos personajes sin juzgarlos —una tarea que deja siempre al arbitrio del lector— constituyen, además de un placer para la inteligencia, la mejor recomendación para los novelistas en ciernes. El pretexto para volver a James me lo dio la recuperación por Gatopardo de Lo que Maisie sabía (1897), una gran novela (y muy apropiada para acercarse al autor) que viene precedida de un estupendo prólogo de Nora Catelli, una de las críticas más perspicaces e informadas de la obra de James. Y, para mis improbables lectores que quieran leer algunos de sus mejores relatos, resultan muy asequibles, entre otras, las recopilaciones publicadas por Penguin Clásicos y Cátedra. De nada, acuérdense de mí si los disfrutan.

02. Animalitos

A la moda del nature writing se añade últimamente el subsector más especializado de lo que podríamos llamar animal writing. En las últimas semanas se han incorporado a la pila adyacente a mi sillón de orejas dos de las muestras zoológico-editoriales que, tras franquear una criba minuciosa, me han parecido más significativas. Adiós al caballo (Taurus), de Ulrich Raulff, es una elegíaca historia natural-cultural de este extraordinario animal que ha acompañado, como bestia de carga o de transporte, a casi todas las culturas de la tierra. Raulff traza una muy legible epopeya transversal, con eruditas incursiones en el cine, la literatura y el arte, acerca de lo que, a lo largo de la historia —desde el neolítico hasta el automóvil— el caballo ha representado para la humanidad.

Más insólito, pero igualmente agradecido, me ha resultado El alma de los pulpos (Seix Barral), de Sy Montgomery, con prólogo “amigo” de Donna Leon. Sin pretender ser un consumado malacólogo, el pulpo es una criatura ante la que siempre he sentido un contradictorio sentimiento de amor-terror. De jovencito pescaba pulpos pequeños buceando entre las rocas hundidas del mar de Calafell, al tiempo que me estremecía con las películas (20.000 leguas de viaje submarino, de Richard Fleisher, por ejemplo) y libros en los que pulpos y calamares gigantes y otros monstruosos kraken irrumpían en la aventura de esforzados exploradores. De mayor, ya más maleado, disfruto más bien con el exquisito bocado de un buen pulpo a la brasa o, si no hay más remedio, a feira. La naturalista Sy Montgomery construye su ensayo literariamente pulposo (así te atrapa su lectura) como si fuera una novela de aventuras cuyo protagonista es ese fascinante y antiquísimo cefalópodo que puede cambiar de color, tiene boca (con pico) en una axila y envenena a sus presas antes de devorarlas.

03. Navideños

Con el “planeta” ya concedido, y celebrado con la acostumbrada pompa y promiscuidad político-social, se oficializa la temporada del libro navideño, muchas de cuyas muestras han ido llegando a las librerías en las últimas semanas. Los hay de todo tipo y condición, aunque en todos predomina, como “filosofía” subyacente, el deseo de hacer caja para cuadrar el final del ejercicio; claro que, con el mercado atiborrado, muchos son los llamados y pocos los escogidos.

Entre los últimos que he recibido selecciono, para empezar, dos que me han parecido estupendos. La Luna (Atalanta, 58 euros), de la analista junguiana Jules Cashford —a quien los lectores interesados en los mitos primordiales recordarán por su monumental El mito de la diosa, publicado también por Jacobo Siruela cuando aún era director editorial del sello al que prestó su nombre—, es una fascinante enciclopedia bellamente ilustrada de los mitos, símbolos y representaciones a los que la Luna, ese astro que tanto influye en nuestros humores, ha dado lugar desde los orígenes de la humanidad.

Más explícitamente navideño es el volumen Días de Navidad (Lumen, 22,90 euros), de Jeanette Winterson, en el que se recogen 12 narraciones imaginarias (y una felicitación autobiográfica) acompañadas de otras tantas recetas de manjares muy apropiados para la estación.

EL PAIS


martes, 8 de septiembre de 2026

El último día de Borges y los seis meses de destierro en Ginebra

 Jorge Luis Borges y María Kodama en Nueva York en 1985.

PRESENTE ETERNO – Jorge Luis Borges y María Kodama, en Nueva York en 1985.

 

El último día de Borges y los seis meses de destierro en Ginebra


José María Plaza
13 de junio de 2026

El sábado 14 de junio de 1986, sobre el mediodía (o esa es mi memoria), los altavoces de la Feria del Libro de Madrid anunciaron la muerte del escritor Jorge Luis Borges. Fue como un latigazo para los paseantes, que unánimes se dirigieron a las casetas para adquirir algún título del fallecido, como un último homenaje. Esa mañana se agotaron su libros. Algunos recordarían que el año anterior —en ese mismo Paseo de Coches del Retiro—, un anciano pero aún verosímil Borges había estado presentando su último poemario, Los conjurados (Alianza Tres), y por la tarde no cesó de firmar libros hasta que, llegado al número 333, como un homenaje a su querido Dante, se frenó. Ya era de noche, aunque Borges llevaba treinta años viviendo en esa borrosa luminosidad que era su ceguera. No era un mal número, 333, nueve veces más que 37, que fueron los ejemplares que vendió de su libro de ensayos Historia de la eternidadjusto medio siglo antes.