Donald Ray Pollock
Los combates
Jim me echó una ojeada por encima de su taza blanca.
—¿Cómo está tu viejo? —me preguntó.
Jim me echó una ojeada por encima de su taza blanca.
—¿Cómo está tu viejo? —me preguntó.
La mitad del tiempo, todo cuanto a Howard Bowman se le pasa por la destartalada cabeza es esa palabra de cuatro letras, el único taco que su mujer ya no permite en casa. Cuando todavía estaba en forma, Peg le dio un ultimátum.
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| Silent Passenger Ilustración de David Lee |
Estaba yo un día hablando por teléfono, intentando endilgarle un cuatro por cuatro robado a un cazador de ciervos que conocía en Massieville, cuando Tex Colburn llamó a la puerta y se presentó como si estuviera vendiendo aspiradoras Kirby o seguros State Farm. Yo ya sabía quién era aquel cabrón, pero estaba decidido a hacerme el tonto, de manera que me limité a quedarme mirándolo. Se sacó las manazas enormes de los bolsillos de la chaqueta de cuero y encendió un cigarrillo.
Lo ha visto todo el mundo, ese anuncio donde un viejo va corriendo por la playa iluminada por la luna junto a una hermosa starlet con el pelo rosa y un tanga plateado; el que dice que nunca es tarde para empezar desde cero. El tío va dando brincos como una puta gacela, apenas toca con los pies en la arena y tiene un bulto del tamaño de un mazo dando tumbos dentro del bañador a cuadros. Y la chavala apenas puede seguirle el paso de tan deprisa que va él. Son patrañas, otra mentira que te venden, confiando en que te tragues los efectos especiales y llames al número gratuito con la tarjeta de crédito entre los dientes. Y es como todos esos anuncios artísticos que hay hoy en día, que ni siquiera te dicen qué te están vendiendo. O sea, puede que te cuenten una historieta sobre un elefante y un girasol, pero al final te acabas enterando de que es un simple anuncio de toallitas sanitarias o algo parecido.
Me desperté creyendo que había vuelto a mearme en la cama, pero no era más que una mancha pegajosa de cuando Sandy y yo habíamos follado la noche antes. Son las típicas cosas que te pasan cuando bebes como yo: que te cagas en los pantalones en el Wal-Mart y terminas viviendo a expensas de una adicta al crack y de sus padres hundidos en la miseria. Levanté un poco la manta y reseguí con el dedo el tatuaje de KNOCKEMSTIFF, OHIO que Sandy se había hecho en el culo flaco como si fuera un letrero de carretera. Jamás llegaré a entender por qué hay gente a quien le hace falta tinta para acordarse de dónde es.
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Era la una de la madrugada de un domingo de lluvia y Sharon estaba sentada a la mesa de la cocina, debatiéndose entre si meterse o no en la boca otra loncha de queso procesado de supermercado, cuando su tía Joan la llamó para suplicarle que la acompañara al pueblo.
Plantado en ropa interior delante del dúplex descolorido de color rosa en el que Geraldine y él vivían de alquiler, Del recobró la conciencia mientras estaba echando una meada entre la hierba seca de agosto. Aquello era lo malo de despertarse: que uno estaba como una de esas carpas estúpidas que mastican porquería felizmente en el fondo del Paint Creek y de pronto, zas, había un destello y volvía a retorcerse en tierra firme, paralizado en medio de otra metida de pata embarazosa. Y últimamente parecía que le pasaba cada vez que se colocaba.
Nos fuimos a Parkersburg a pillar más esteroides —cincuenta centímetros cúbicos de Deca mexicano por cuatrocientos veinticinco dólares americanos— y le pinché a mi hijo, en el mismo aparcamiento del Gold’s, un centímetro cúbico en la cadera. El Deca es espeso como la melaza y cuesta un huevo de inyectar, pero por lo menos no te infla como si fueras un puto jamón amish. Él se puso a lloriquear como una niña antes incluso de que encontrara el sitio donde pincharle.
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Llevaba una temporada viviendo en Massieville con el lisiado de mi tío porque no tenía dinero y no me querían en ningún otro lado, y me pasaba la mayor parte del tiempo cambiándole el cubo de la mierda y metiéndole cigarrillos en el agujero de fumar. Cada veinticuatro horas lo limpiaba con un paño húmedo y daba la vuelta a su cuerpo roto para airearlo bien. Se había quedado inválido del todo en un accidente raro de coche y había terminado cobrando una indemnización enorme que lo condenaba a tener el dinero suficiente para pasarse vegetando el resto de su vida de mierda.
Era la víspera del funeral de su primo y Del terminó en el Suds lavándose los vaqueros negros a medianoche. Eran los únicos pantalones que tenía para la ocasión. Hasta Randy, el muerto, a quien ya se la traía floja todo, tendría mejor pinta que él. La única camisa decente que llevaba en la bolsa de basura tenía estampada por toda la espalda la inscripción LA TIENDA DE CEBOS DE TROY.
En Knockemstiff, Ohio, todo el mundo creía que aquella noche, por primera vez, Duane Myers iba a tener una cita con una mujer de verdad, pero lo cierto era que Duane se lo había inventado. Primero se dedicó a propagar el rumor por toda la hondonada y después se encargó de los detalles en el autocine Torch: dejó un manchurrón de kétchup en el asiento trasero del Chrysler de su padre, derramó vino sobre unas bragas viejas de su hermana y hasta se hizo dos chupetones en el cuello con una cuchara metálica que calentó con un Zippo. Luego se pasó el resto de la velada encogido como un perro detrás del volante y esperando el momento de volver a casa. Se bebió un pack de seis cervezas calientes y vio Women in Cages y Female Moonshiners . El olor a carne quemada flotaba en el coche como el de las palomitas con mantequilla.
Nettie Russell murió en primavera y le dejó a su nieto, Todd, un viejo Ford Fairlane y un bote de café Maxwell House con dos mil dólares dentro, que en 1973 eran un buen pellizco de dinero. Su hija, Marlene, era una chica salvaje que había tirado su vida a la basura una noche nevada cuando Todd no tenía más que dos años. La había encontrado un ayudante del sheriff en el asiento trasero de un coche aparcado en el borde del huerto de Harry Frey, con un desconocido del pueblo tumbado encima de ella, los dos rígidos y azules e hinchados como sapos por el monóxido de carbono. Y como en el funeral ninguno de los novios de Marlene tuvo pelotas de ofrecerse para ayudar con el huérfano, ni siquiera después de que el predicador hiciera una súplica especial, a Nettie no le quedó más remedio que criarlo ella.
Aquella noche había llovido a cántaros, y por la mañana todo lo que crecía a lo largo de la verja era de un verde húmedo y brillante, salvo el montículo marrón de aquel hormiguero. Por mucho que no hiciera más que una semana que lo habíamos allanado a lo bestia, el cabrón ya volvía a ser del tamaño de una cesta de una fanega. Parecía que nunca hubiéramos pasado por allí. Joder, si hasta habían enterrado el bloque de cemento que William había dejado plantado como monumento a sus muertos de guerra.
Cuando los del pueblo lo llamaban «tarado», lo que en realidad querían decir era «solitario». O por lo menos a Daniel le gustaba fingir eso. Necesitaba el pelo largo. Sin él, no era más que un siniestro adefesio rural de Knockemstiff, Ohio: gafas de viejo, brotes de acné y un pecho de pollo esmirriado. ¿Alguna vez habéis probado a ser alguien así? Cuando tienes catorce años, es peor que estar muerto. Y es por eso por lo que cuando su viejo le serró el pelo con un cuchillo de carnicero, el mismo que usaba su madre para cortar la salchicha ahumada roja en rodajas y raspar las papadas de cerdo, fue como si le hubiera cortado también su fea cabeza.
Tina Elliot se marcha mañana. Boo Nesser y ella se van a vivir juntos a una caravana al lado de un yacimiento de petróleo, y yo me siento igual de mal que cuando murió mi madre. Después de hacer caja y cerrar, salgo a sentarme junto a la autocaravana donde vivo, detrás de la tienda de Maude Speakman, y me pongo hasta arriba de Blue Ribbons. Me inclino hacia delante en el asiento y vomito un poco de espuma. La garganta me arde mientras enciendo otro cigarrillo y miro cómo un enjambre de mosquitos negros se congrega sobre el vómito. Oigo a Clarence Myers montarle un número tremendo a su mujer por un cuchillo para el maíz que se ha perdido, a un par de casas de distancia, y me pregunto cuánto puede llegar a aguantar una persona. Myers lleva todo el verano dando la murga con ese machete, y yo confío en que si Juney lo termina encontrando se lo clave a su marido en toda su cara estúpida y desdentada. Un coche lleno de chavales de la hondonada no para de pasar traqueteando de un lado para otro de la carretera. Es un Chevy del 56 con la capa base de pintura, y por la manera en que están quemando los neumáticos ya veo que esta noche va a haber otro accidente por aquí.
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| Ilustración de Frédéric Forest |
Volvía yo de las Mitchell Flats con tres puntas de sílex en el bolsillo y una serpiente mocasín muerta y echada al cuello como si fuera la estola de una vieja cuando pillé a un chaval llamado Truman Mackey follándose a su hermana pequeña en el Hoyo de la Dinamita. Yo me había pasado toda la mañana buscando pedernales por los viejos hornos indios y ya iba camino de la tienda de Knockemstiff para canjearlos por algo de carne enlatada y galletas saladas. Maude Speakman me daba cuarenta centavos por cada punta, y luego las revendía a un tipo de Meade que le llevaba gasolina todos los martes.
Me estaba escondiendo en el coche de Frankie Johnson, un Super Bee del 69 de color amarillo canario que tiraba que te cagas. Íbamos a saco y robábamos todo lo que pudiéramos pillar: radiocasetes y baterías de coche, gasolina y cerveza. Mi cumpleaños había sido hacía un par de días y llevaba una semana sin pasar por casa. Y aunque mi viejo se dedicaba a decirle a todo el mundo de Knockemstiff que confiaba en que yo estuviera muerto, se pasaba el día dando vueltas por las carreteras municipales con el coche, asomando la cabeza por la ventanilla y buscándome como si yo fuera un sabueso que se le hubiera perdido.
Mi padre me enseñó a hacer daño a la gente una noche de agosto en el autocine Torch cuando yo tenía siete años. Era lo único que se le dio bien alguna vez. Fue hace muchos años, cuando la experiencia de ver películas al aire libre todavía era de lo más popular en el sur de Ohio. Ponían Godzilla , junto con una peli cutre de platillos volantes que demostraba que los moldes de tartas podían conquistar el mundo.
1. ¡Bienvenidos!
Bienvenidos a Knockemstiff, Ohio. Lo de «bienvenidos» es un decir. Nadie ha sido jamás bienvenido aquí, y los que vinieron no piensan en otra cosa que en marcharse. Pero ustedes ya están aquí (sin duda, por culpa de un error a la hora de mirar el mapa de carreteras) y, ya puestos, habrá que sacarle el máximo partido a esto; a Knockemstiff, Ohio. Pero tengo que avisarles de algo: una vez aquí, nadie consigue salir. Esto es para siempre. Esto es un agujero negro. Un cepo en forma de pueblo de mierda en medio de la nada que les agarrará los tendones y los sujetará de una dentellada metálica y oxidada; y sólo desgarrándose su propia piel, sólo dejando su tejido muscular atrás, podrían algún día abandonarlo. Es lo que tiene Knockemstiff, ése es uno de sus atributos (es un decir): su calidad de trampa atrapamoscas, su superficie imantada a base de sucesivos desastres y decepciones que se adhiere a la suela de los zapatos de uno y le impide dejar el pueblo, y todo lo que éste trae consigo, atrás.
Knockemstiff, Ohio, es una pequeña aldea en el sur de Ohio. En la década de 1950, Knockemstiff tenía tres tiendas, un bar y una población de unas 450 personas. La mayoría de estas personas, según el escritor de ficción Donald Ray Pollock, estaban "conectadas por lazos de sangre a través de alguna calamidad infernal".
En esta entrevista Donald Ray Pollock, nos cuenta como él, operario de una fábrica situada en un pueblo perdido de Ohio, decide a los 45 años aprender a escribir, y sin imaginar que sus relatos llegarían a los ojos de los lectores, se transforma en uno de los escritores norteamericanos más reconocidos de la literatura norteamericana actual.
Además, Netflix lanzará en septiembre la serie basada en su novela El diablo a todas horas, donde el veterano de guerra Willard Russell asiste impotente a la inevitable muerte de su mujer.
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| Donald Ray Pollock |
Puede que me esté trastornando. No lo sé. Lo que si sé, o al menos tengo constancia de ello, es que soy un claro devoto de esas historias que surgen desde las mismísimas entrañas del escritor para ofrecer infinitas situaciones hostiles, descorazonadoras, autodestructivas, aunque también graciosas y estimulantes. Perturbadores relatos donde no existe lugar para la redención, cargados de una tristeza que encogen el corazón, de una violencia y sordidez que te dejan con la lágrima en el ojo, crueles y sinceros.
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| Donald Ray Pollock |
Por Elizabeth Ellen
Me cuesta mucho leer un libro entero. Compro, pido prestado y robo libros a cientos, pero los que leo de principio a fin son muy pocos. En los últimos siete años, probablemente he leído diez: [aquí es donde puse los diez, pero el editor de Hobart sabiamente los borró diciendo: "¿A quién le importa qué diez libros has leído?"]. La mayoría de las veces prefiero leer un libro que ya conozco y me encanta antes que arriesgarme con uno nuevo. Me pasa lo mismo con las películas. Y la música. Y las bebidas alcohólicas. Pero me estoy desviando del tema.

A poco de cumplirse 40 años de la muerte del escritor argentino, se revaloriza su obra oral y un nuevo libro recupera un curso dictado en 1966
La actriz protagoniza con Haley Lu Richardson la serie ‘Ponies’, en la que interpreta a una secretaria convertida en espía en el Moscú de los años setenta

El macartismo se propuso hundirla con una reputación de borracha y loca. Décadas más tarde, Kurt Cobain la rescataría como musa.
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| Frances Farmer |
Más allá del mito, existió un mujer sumamente bella, talentosa y, sobre todo, rebelde. Frances Farmer, una actriz que tuvo todo Hollywood a sus pies y trascendió a la historia como el “ángel caído” de la industria. Vivió en carne propia una de las caídas más estrepitosas que se conocen hasta ahora.
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