martes, 6 de enero de 2026

Lucía Solla Sobral / Comerás Flores / Fragmento




Lucía Solla Sobral
Comerás flores

FRAGMENTO

El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiese quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más. Escuchaba sus zapatillas arrastrándose por el pasillo a la misma hora a la que él se levantaba de madrugada para ir al baño, pero papá ya estaba muerto y sus zapatillas guardadas en el neceser que trajimos de vuelta del hospital. Su teléfono seguía sonando, porque su operador no sabía aún que papá estaba muerto. Al principio, no quisimos dar de baja la línea. No por si volvía, sino porque la muerte es contagiosa y se nos quitaron un poco las ganas de vivir o, al menos, las de continuar con los trámites. A veces, contestaba esas llamadas. Eran de algún conocido despistado que decía: jefe, ¡que hace mucho que no te molesto! Y tenía que decirle que papá había muerto y que sí, que ya fue el funeral y que sí, que llevaba unos meses muy mal y que sí, que era normal que no se hubiese dado cuenta si no lo había visto últimamente por la calle con veinte kilos menos, un bastón y un parche en el ojo. Otras veces, era un amigo con alzhéimer que lo quería invitar a comer lamprea. Algunos días le explicaba que papá ya no estaba y otros le decía que le pasaría el recado. Mamá, aún hoy, cuando se encuentra a alguien que no se ha enterado todavía, se bloquea y se desangra y escarba y se va, porque siente que al decir que papá ha muerto lo está volviendo a matar. No dice muerto. Nunca. Yo tampoco fui capaz hasta muchos meses después. Mientras tanto, dije mi padre no está, se fue, nos dejó, no tengo padre, falleció. No sé si es verdad eso de que no tengo padre, pero sí que tardé mucho en decir que el padre que yo tenía murió.

Antes de morir, papá me dijo: piojita, el amor es lo más importante que hay en la vida. Y yo le creí tanto que casi me quedo sin aire. Tanto le creí que no le pregunté el amor de quién, qué amor, papá, ¿el de Diana vale o tiene que ser otro? ¿Un amor como el de mamá y tú, que nunca discutís, o un amor como el de Alberto y Bea, que se odian, pero se defienden? ¿Un amor como el de la tía Loli hacia la abuela, aunque le tenga que recordar cada tarde que es su hija, o como el de mis tíos los que no quisieron tener hijos y viajan todo el rato y mamá tuerce el morro no sé si porque vosotros tenéis tres hijos o porque tú solo quisiste viajar a Portugal? Antes de morir, papá estuvo casi un año ingresado en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela. Mis hermanos y yo hacíamos turnos. Yo dormía con él los domingos, lunes y martes. Tres días y tres noches que me tiraban de los párpados hacia arriba y que me llenaban el estómago de murciélagos y de restos de puré. Desde mis siete años, esperaba la muerte de mis padres imaginándome una y otra vez qué edad tendría yo cuando ellos fueran viejos. Cuatro angelitos tiene mi cama, cuatro angelitos que me acompañan, cuarenta y ocho que tiene mamá menos siete míos son cuarenta y uno, con Dios me acuesto con Dios me levanto, ochenta y cinco, que es la edad con la que murió la abuela, menos cuarenta y uno son. Necesito un papel. Cinco menos uno, cuatro, y ocho menos cuatro, cuatro. La Virgen María y el Espíritu Santo. Si papá o mamá mueren con ochenta y cinco años, yo tendré cuarenta y cuatro y Alberto y Bea todavía podrán cuidarme para que no esté triste y me dejarán ver La pajarería de Transilvania siempre que quiera y comer regalices de los gordos, de los rellenos de blanco, siempre que quiera también. Amén.


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