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sábado, 27 de febrero de 2021

Lee Miller / Mucho más que la musa de Man Ray o la mujer en la bañera de Hitler


Lee Miller
Lee Miller fotografiada en 1928 por Edward Steichen, con un vestido de Lucien Lelong

Lee Miller: mucho más que la musa de Man Ray o la mujer en la bañera de Hitler

Fue epítome de la belleza en los años veinte, en los que triunfó como modelo; coqueteó con la fotografía más experimental y se convirtió en una de las primeras mujeres corresponsales de guerra. El documental Lee Miller: musa y corresponsal de guerra (Movistar+) repasa sus logros.


Posó para fotógrafos como Edward Steichen o George Hoyningen-Huene, exploró las posibilidades de la solarización en fotografía junto a Man Ray y cubrió la Segunda Guerra Mundial para Vogue. El día que Hitler se suicidó, ella se retrataba en la bañera de su casa de Múnich, Pablo Picasso la pintó seis veces y Jean Cocteau la incluyó en su cinta La sangre de un poeta. Pero para su único hijo, Anthony Penrose, Elizabeth Lee Miller (1907-1977) era solo una mujer borracha y depresiva: “Su muerte me afectó muy poco. No lloré por ella hasta que empecé a escribir su biografía”, cuenta en el documental Lee Miller: musa y corresponsal de guerra. Las muchas vidas de la fotógrafa hoy protagonizan novelas o biografías, pero permanecieron olvidadas durante años. La propia Miller se encargó de enterrar su pasado en cajas en el ático de la casa de Sussex en la que pasó sus últimos años, reconvertida en cocinera. Hasta su obituario en The New York Times desechó su apellido y la redujo a ‘Lady Penrose’.

sábado, 26 de mayo de 2018

Hugo Hiriart / Dos barbas


Marcel Proust
Foto de Man Ray


Hugo Hiriart

Octubre 2001
Letras Libres

La primera foto es un gozne: el tiempo gira ahí, podríamos decir: una época se acaba, otra empieza. Porque el retratado en su lecho de muerte es el señor Marcel Proust, y el fotógrafo no es cualquiera, sino Man Ray, avecindado en Montparnasse (Monte Parnaso) en "una edad de oro de la juventud del mundo".
Alguien difícil de contentar (fastidious, se dice en inglés) podría alegar que toda instantánea marca el fin de una época y el principio de otra. Y es cierto, la palabra época es vaga en extremo, pero esta instantánea fúnebre es más emblemática que otras, id est, representa con más fuerza y claridad la coyuntura, la articulación de tiempos diferentes.
La otra barba, oscura también, semítica, pide para su consideración un tiempo más amplio, más laxo: siglos, no meses y días. El relieve es asirio y fue hallado en la ciudad de Nimrud. Es una imagen que guarda detrás de ella estruendo de batallas; no es apacible, hasta donde cabe, como la del señor Proust. "La ciudad fue abatida, hubo gran matanza, y las mujeres y niños sobrevivientes fueron vendidos como esclavos". 
Ashurnasirpal ii levantó la ciudad de Nimrud y se sintió tan satisfecho de su esplendor que dio una fiesta,oilo bien, para 69,574 invitados (¿te imaginas que tú fueras el único que no recibió invitación?: eso sí sería desgracia de sociabilidad proustiana), y dice la inscripción correspondiente —escúchalo, es inesperado en un imperio militar como el asirio: "A la feliz gente de todas las tierras, junto a la gente de Kalhu, por diez días se la festejó, se le dio bebida, baño, honores, y se la envió de regreso a sus regiones en paz y alegría".
Prometedor comienzo. Trescientos años floreció la ciudad, hasta que en 614 a.C. fue sometida por una coalición de medos y babilonios. Nunca volvió a su gloria. Entró en deterioro y olvido. Cuando Jenofonte pasó por ahí en 401 a.C., en su retirada de Persia, Nimrud estaba virtualmente abandonada. 
Ahí están los dos perfiles, los dos medallones. Uno es individuo clavado, el señor Proust, nada menos, cuya precisa individualidad destiló él mismo, con maestría, en sus libros.
El otro es más genérico o universal, porque ante todo es un rey. No sé si los reyes asirios eran, como los egipcios, endiosados en apoteosis, pero bien podría suceder, porque esa era la singular y desaforada costumbre común en aquel tiempo.
Aquí se genera una paradoja: en un sentido, sabemos más de este rey, del que no sabemos nada, que del individuo Proust, del que tanto sabemos. Justamente porque en un rey no hay individualidad y todo se puede suponer: su persona entera está troquelada por su condición de rey, responde a exigencias exteriores, de ceremonial, objetivas, no interiores de volubilidad y vacilación subjetiva, como el señor Proust. No hay, pues, en este rey dudas ni extravagancias, no hay laberinto psicológico, sino, como en el friso, sólo majestad. En cambio en Proust el laberinto psicológico es inagotable: mientras más lo conocemos pareciera que estamos menos seguros, hay más y más interpretaciones y menor certidumbre.
Shattuck, en su último libro sobre el maestro, sostiene, por ejemplo, que la gran novela suya "no esprimarily sobre la memoria y sobre sentimientos concernientes al pasado", y que el estereotipo de Proust como esteta melifluo, decadente, dandi impecablemente vestido y peinado, que se reclina en la chaise-longue y conversa, mundano y exigente, tampoco se sostiene ni tiene que ver, a la larga, ni con el señor Proust ni con su arte robusto, muy crítico. Dice Shattuck que en cambio Proust es un genio del humorismo y que su libro es uno de los más chistosos que se han escrito jamás.
En octubre de 1922 Proust está ya muy enfermo de los pulmones. Pero se niega a llamar a su médico, el doctor Bize. Celeste, su sirvienta, se preocupa. Poco después cae resfriado. Con la fiebre alucina la famosa gorda enorme vestida de negro que viene por él: "Es muy gorda, Celeste, y toda vestida de negro. Tengo miedo".
Casi no come. Toma cerveza helada que se hace traer del Ritz por Odilón, su chofer. El 18 de noviembre, Celeste lo ve tan enfermo que, desoyendo órdenes expresas del maestro, llama a Bize y al hermano de Proust, el profesor Robert Proust, médico. Cuando éstos llegan, Proust está agonizando. Sin embargo, se comporta con ellos —cosa rarísima en él, tan exquisito en su cortesía— en forma que podemos calificar de grosera. Llega Odilón con la habitual cerveza del Ritz. Proust da unos tragos. Bize lo inyecta. Robert trata de acomodarlo en las almohadas. "¿Te estoy lastimando al moverte?" "Sí, me estas lastimando". Esas son sus últimas palabras. 
Jean Cocteau, amigo de Proust, le sugiere a Robert que haga venir a un fotógrafo para captar la última imagen de Marcel, y sugiere a Man Ray. Se le avisa a la mañana siguiente al fotógrafo surrealista, quien se traslada de inmediato a la casa de Proust. Y toma la foto. Era un día domingo. 



Hugo Hiriart (ciudad de México, 1942) es filósofo, narrador y dramaturgo. Su publicación más reciente es el libro de ensayos El arte de perdurar (Almadía, 2010). 



miércoles, 25 de septiembre de 2013

Alvaro Mutis / Poema de lástimas a la muerte de Marcel Proust


Marcel Proust
Fotografía de Man Ray
Álvaro Mutis
POEMA DE LÁSTIMAS A LA MUERTE
DE MARCEL PROUST

¿En qué rincón de tu alcoba, ante qué espejo,
tras qué olvidado frasco de jarabe,
hiciste tu pacto?
Cumplida la tregua de años, de meses,
de semanas de asfixia,
de interminables días del verano
vividos entre gruesos edredones,
buscando, llamando, rescatando,
la semilla intacta del tiempo,
construyendo un laberinto perdurable
donde el hábito pierde su especial energía,
su voraz exterminio;
la muerte acecha a los pies de tu cama,
labrando en tu rostro milenario
la máscara letal de tu agonía.
Se pega a tu oscuro pelo de rabino,
cava el pozo febril de tus ojeras
y algo de seca flor, de tenue ceniza volcánica,
de lavado vendaje de mendigo,
extiende por tu cuerpo
como un leve sudario de otro mundo
o un borroso sello que perdura.
Ahora la ves erguirse, venir hacia ti,
herirte en pleno pecho malamente
y pides a Celeste que abra las ventanas
donde el otoño golpea como una bestia herida.
Pero ella no te oye ya, no te comprende,
e inútilmente acude con presurosos dedos de hilandera
para abrir aún más las llaves del oxígeno
y pasarte un poco del aire que te esquiva
y aliviar tu estertor de supliciado.
Monsieur Marcel ne se rend compte de rien,
explica a tus amigos
que escépticos preguntan por tus males
y la llamas con el ronco ahogo del que inhala
el último aliento de su vida.
Tiendes tus manos al seco vacío del mundo,
rasgas la piel de tu garganta,
saltan tus dulces ojos de otros días
y por última vez tu pecho se alza
en un violento esfuerzo por librarse
del peso de la losa que te espera.
El silencio se hace en tus dominios,
mientras te precipitas vertiginosamente
hacia el nostálgico limbo donde habitan,
a la orilla del tiempo, tus criaturas.
Vagas sombras cruzan por tu rostro
a medida que ganas a la muerte
una nueva porción de tus asuntos
y, borrando el desorden de una larga agonía,
surgen tus facciones de astuto cazador babilónico,
emergen del fondo de las aguas funerales
para mostrar al mundo
la fértil permanencia de tu sueño,
la ruina del tiempo y las costumbres
en la frágil materia de los años.


Álvaro Mutis, Los trabajos perdidos


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