Mostrando entradas con la etiqueta Rafael Conte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rafael Conte. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de enero de 2020

Henry Miller / Un hombre contra la historia

Henry Miller

Henry Miller

Un hombre contra la historia


¿Pornógrafo o profeta? A estas alturas ya sabemos que reducir la obra de Henry Miller a sus escándalos eróticos, a sus procesos por pornografía o a sus obsesiones sexuales es no solamente no entenderla, sino deformarla gravemente. Hay que recordar a respecto que entre los grandes escritores liberadores del sexo en este siglo las relaciones no estaban demasiado claras: James Joyce decía que El amante de lady Chatterley era un libro repleto de basura, mientras D. H. Lawrence pensaba que el Ulises era un libro pornográfico. Para arreglar las cosas, Henry Miller repetía, cuando se le quería oír, que tanto Lawrence como Joyce eran dos puritanos descompensados.En realidad, el sexo es, en la obra de Miller, uno de los caminos de los más importantes, desde luego para defender al individuo frente a la historia y la colectividad. Este autodidacta que devastaba bibliotecas, lector incansable de Nietzsche, Bergson, Dostoievsky, Elie Faure o Spengler, conectó primero con grupos anarquistas y teósofos, frecuentó las doctrinas místicas tibetanas, los mormones, los cuáqueros y los adventistas, leyó también a Swedenborg, Jacob Böhm y Eckhart, para concluir que entre Dios y él no necesitaba intermediarios. Este iconoclasta fue siempre un espíritu perfectamente religioso.

lunes, 19 de enero de 2015

Michel Houellebecq / Plataforma / De la oportunidad a la provocación



De la oportunidad a la provocación

Michel Houellebecq se ha convertido en el enfantterrible de las letras francesas. Plataforma, la historia de un viaje a un paraíso de turismo sexual, es una crítica a las costumbres de la nueva sociedad globalizada.
Ya se sabe que la economía dejó de ser una ciencia exacta cuando la ley de la oferta y la demanda dejó de ser su base canónica, desde que se descubrió que todo el mundo podía manipularla sin cesar, bastaba con tener el arma necesaria -el dinero, o ahora su imagen- para hacerlo. La única ley del mercado es que ya sólo vive en función de su propia supervivencia, y en este sentido funciona el de la industria cultural, del que forma parte -cada vez menos- la industria editorial, que incluye al mercado literario que se aleja inexorablemente de la literatura propiamente dicha. El último gran best seller (junto a Catherine Millet) de la literatura francesa, Michel Houellebecq, es todo un modelo -junto al anterior- de este tipo de productos que se presentan como literarios sin serlo del todo, quizá porque nuestra relativa pobreza nos proporciona cierta independencia de los modelos exteriores, lo que todavía seguimos llamando 'libertad'. Entre otras cosas, la recienterentrée literaria francesa (costumbre en vías de extinción, que la industria editorial heredó de la escuela pública y que este año en vista de su caos estético ha intentado autocanonizarse a través del mercado de primeras novelas -lo ha hecho el diario Le Monde que a su vezextinguió su suplemento de libros durante el mes de agosto- pues nadie sabe cómo se adquiere valor artístico por ser lo primero que se produce) todavía buscaba a su modelo ausente. '¿Dónde está nuestro Houellebecq?', clamaba en el desierto.

PLATAFORMA

Michel Houellebecq
Traducción de Encarna Castejón
Anagrama. Barcelona, 2002
316 páginas. 

PLATAFORMA

Michel Houellebecq. Traducción al catalán de Sergi Matarín
Empúries. Barcelona, 2002
346 páginas. 

Su contundencia es legendaria y más si se mezcla con erotismo al borde de la pornografía
Nosotros podemos lanzarnos a devorar dos años después su tercera novela y segundo gran éxito que arrasó el año 2000, provocó infinidad de protestas, quejas y equívocos, pero que funcionó como un modelo industrial indiscutible y convirtió a su autor en una figura mediática que al final ha huido de su país para refugiarse en las costas irlandesas. Tras Ampliación del campo de batalla,su primera novela -la más indecisa y simpática, pues era la más ingenua y sincera- llegó la más contundente y eficaz Las partículas elementales, con la que alcanzó el éxito total, una novela que si hubiera combinado mejor sus malas intenciones con su calidad estética hubiera sido memorable, pero no supo compaginar sus dos partes internas: la crítica de las conductas -sexuales- 'ex sesentayochistas' y unas inciertas investigaciones sobre la clonación que desembocaban en vagas utopías. Con una mayor contundencia todavía (y las mismas editora y buena traductora para las tres) nos llega la tercera, Plataforma, la más provocadora de todas, a la que poco se le puede reprochar en cuanto a sentido de la oportunidad y acercamiento a la realidad más o menos virtual en la que vivimos. Pues si algo se le debe reconocer a Houellebecq es ese realismo de acertar en sus temas como si fueran dianas de verdad.

miércoles, 9 de abril de 2014

Marguerite Duras o el don de Dios

Marguerite Duras

Duras o el don de Dios


Al pensar en esta escritora otrora célebre -también entre nosotros- lo primero que me viene a la cabeza es traducir su verdadero nombre, pues lo de "Duras" era un seudónimo que ocultaba su auténtico patronímico de "Donnadieu", que quiere decir algo así como "don de Dios" en francés, lo que no está tan mal para definirla al fin y al cabo. Pues esta escritora, nacida en Vietnam cuando era una colonia francesa en 1913, y muerta en París en 1996, licenciada en Derecho, casada con un resistente difícilmente rescatado de Dachau, con un hijo nacido de otra relación y repleta de aventuras, llegó a publicar cuarenta novelas, doce obras teatrales y a realizar veinticinco películas, más varios libros de artículos y entrevistas, antes de alcanzar el olor de santidad literaria diez años antes de morir, consiguiendo un premio Goncourt espectacular, El amante, que se vendió por doquier a millones de ejemplares. Y éste puede ser también un ejemplo de la vertiginosa rapidez con que la fama literaria desaparece hoy en manos de un mercado ansioso y voraz en busca de nuevos filones, por banales y vulgares que sean. ¿Sigue siendo la literatura un valor permanente en nuestros desdichados días?
"Desde muy temprano [desde los 18 a los 20 años, aludiendo a las arrugas que destruyeron su rostro juvenil] todo fue en mi vida demasiado tarde", dice Duras al principio de El amante, libro si no directamente autobiográfico, sí en buena medida inspirado en hechos de su propia vida, o en buena parte en comentarios surgidos en torno a fotografías de la época. Pues la larguísima obra de Duras está inspirada en las propias raíces de su existencia, arroja cables anclados en Oriente y Occidente. Sus primeras novelas -Los impúdicos es un intento existencial y Un dique contra el Pacífico, testimonial- revelaban su tendencia autobiográfica y su base existencialista, aunque poco después derivó hacia las vanguardias de la época, esto es, la moda delnouveau roman, en libros de gran fuerza y sencillez, El square y Moderato cantabile o Destruir, dice. Al mismo tiempo, escribe el guión de una de las películas más célebres del momento, Hiroshima mon amour, que filmada por Alain Resnais marca el acercamiento de Marguerite Duras al mundo del cine, que alternará desde entonces con la novela, tanto como guionista -en colaboración con Gérard Jarlot- como realizadora, donde plasmó también sus aficiones vanguardistas, más directamente que en la literatura, en 25 filmes muchas veces escritos "a la contra" del público de la época y bastante incomprendidos, pero que ampliaron de manera considerable el mundo de sus amistades y relaciones personales, pues sus libros fueron llevados a la pantalla por René Clément, Peter Brooks, Jules Dassin, Toni Richardson y Peter Handke. Y al respecto recuerdo la impresión que me produjo la lectura de India Song ("texto-teatro-filme"), la visión de la película rodada sobre él del mismo título, y de su complemento Su nombre de Venecia en Calcuta desierta, que rodada en su escenario vacío hace resonar en "voz en off" los diálogos de la anterior.
Después, Marguerite Duras alternó su residencia parisién de la rue Saint-Benoit, donde había nucleado un grupo, primero resistente en torno a François Mitterrand (quien salvó a Robert Antelme, autor después de un libro fundamental, La especie humana) y Dionys Mascolo, el padre de su hijo, luego comunista durante cinco años (de donde fue expulsada) y que luego alquilaría un ático al futuro escritor español Enrique Vila-Matas, quien ha escrito unos buenos recuerdos sobre ella, con una casa que compró en Neauphle-le-Chateau, donde siguió con su trabajo global e incesante, aunque al final se instalaría en Normandía, en la residencia las Rocas Negras, donde residió casi hasta su muerte, que sucedió en su domicilio parisién. Sus últimos años fueron los del trabajo incesante mientras luchaba contra el alcohol, la degeneración física, pues hasta llegó a estar en coma, del que salió cuando escribía los comentarios a sus imágenes que le proporcionaronEl amante, su éxito final. La compañía del joven homosexual Yan Andrea dulcificó los últimos días -le inspiró la magistral novela breve La enfermedad de la muerte y le hizo escribir algunos libros sobre sus imposibles amores-, mientras a su vez ella seguía con todas sus carreras, narrativa y cinematográfica, donde habría que citar, después del Goncourt, los textos maestros de la guerra (El dolor) y la nueva novela con que intentó corregir su éxito reciente, El amante de la China del Norte. Los últimos días en que la vi fue en diversas entrevistas de la televisión francesa, con un micrófono que ocultaba su traqueotomía, deslumbrante de lucidez, poesía y sencillez hasta los últimos momentos, dejándome el recuerdo de una artista conservadora y experimental, que superó con sencillez y poesía todos los misterios y todos los escándalos, que se le deshacían entre las manos. Lo dicho, un misterioso don de Dios, o de quien sea.





viernes, 8 de agosto de 2008

Rafael Conte / Mutis sigue navegando

Alvaro Mutis

Mutis sigue navegando

RAFAEL CONTE 13 DIC 2001


Alguna otra vez lo he dicho: Álvaro Mutis es un lujo de las letras hispánicas de nuestro tiempo, algo que hoy el Premio Cervantes acaba de consagrar del todo, en una concesión que no creo que en esta ocasión vaya a ser muy discutida, dada la calidad de su obra y la discreción, parsimonia y cortesía que la acompañan desde siempre. Cachaco de Bogotá, nacido el día de san Luis Rey de Francia en 1923, descendiente de una estirpe ilustre e ilustrada -fray Celestino Mutis, que describió la flora de sus países en el siglo XVIII, era uno de sus ancestros-, educado en Bruselas, crecido después en Coello, una finca cafetera familiar que fue el paraíso de su adolescencia, disipó sus estudios a través de amistades literarias, las clases del poeta Eduardo Carranza y los billares de los alrededores, hasta que publicó medio folleto poético en 1948, justo la víspera del día en el que la revuelta popular denominada el bogotazo arrasó la capital de su país con motivo del asesinato del candidato presidencial Jorge Gaitán Durán. Se acercó después a los medios literarios de los diarios La Razón y El Espectadory al grupo de la revista Mito -de entonces data su estrecha amistad con Gabriel García Márquez- para trasladarse después a México, donde su labor como poeta llamó la atención de Octavio Paz, que asimismo contribuyó a la difusión de sus primeros poemas, desde Los elementos del desastre y Los trabajos perdidos hasta Reseña de los hospitales de ultramar, que fueron ya penetrando profundamente en todos los ámbitos de las letras hispánicas de aquellos años.
En 1973, Barral Editores le publicaba en España su poesía completa hasta entonces, bajo el título varias veces repetido y aumentado de Summa de Maqroll el Gaviero, pues fue precisamente en uno de sus primeros poemas donde apareció por vez primera este personaje que le haría después famoso y que monopolizaría gran parte de su obra en prosa; ya en su primer folleto aparecía una Oración de Maqroll que terminaba con estas emocionantes palabras: 'Recuerda, Señor, que tu siervo ha observado pacientemente las leyes de la manada. No olvides su rostro. Amén'. Aquel mismo año, la editorial Sudamericana de Buenos Aires publicaba su primer libro de cuentos, La mansión de Araucaíma, un 'relato gótico de tierra caliente' que en su última edición española lleva anejo otro texto primero clandestino y luego célebre, el Diario de Lecumberri (hoy titulado Cuadernos del Palacio Negro), breve y estremecedora descripción de una estancia en la cárcel mexicana de dicho nombre a causa de un calumnioso pleito empresarial del que al final salió justamente absuelto. Pues en aquellos años Álvaro Mutis se ganó la vida de muchas maneras, entre otras cosas doblando al español la célebre serie televisiva de Los intocables,donde su voz era la del célebre narrador.
Ya desde mediados de los ochenta se impone en su obra la recurrente figura de Maqroll el Gaviero, a la que hasta llegó a matar quizá en uno de sus poemas, pero tuvo que dar marcha atrás ante la réplica indignada de uno de sus amigos, el poeta chileno Gonzalo Rojas, que amenazó con llevarle a los tribunales si no lo resucitaba. Maqroll, personaje marinero, vagamente contrabandista, aventurero, solterón, frecuente visitante de burdeles y casas de mala nota, protector de los desvalidos, lector de antiguos libros y viejas ediciones históricas, de las memorias del cardenal de Retz, de Chateaubriand y hasta de Simenon, no es exactamente un alter ego del escritor, ni su portavoz, pero sí un resumen de las cosas en las que siempre ha soñado este lector de Conrad, de Stevenson y de Kipling que es Álvaro Mutis, que se autodefine como un 'gibelino, monárquico y legitimista' (y por cierto, un pelín castrista) que nunca ha votado además. Su personaje viene de Stevenson quizá, atraviesa los marinos de Conrad y llega hasta Corto Maltés, aunque defendiendo siempre las causas perdidas. Su saga -recientemente recopilada en un grueso volumen en Alfaguara- cuenta con seis novelas y tres cuentos, bajo el título de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, que ya ha sido traducida a 11 idiomas y le ha cargado de premios por doquier, de Colombia a México, de París a Roma, del Príncipe de Asturias al Reina Sofía de poesía entre nosotros. Mientras tanto, Álvaro Mutis se pasea por el mundo que va desde el Renacimiento hasta Felipe II, donde su mayor catástrofe fue la de la caída de Constantinopla en 1453. Lo que les dije: un lujo de verdad.


viernes, 12 de mayo de 2006

Las metonimias de Pierre Michon

 



Las metonimias de Pierre Michon


Rafael Conte
12 de mayo de 2006

La editorial Anagrama parece estar convencida de la importancia de Pierre Michon, el "gran patrón" clandestino de las letras francesas en la actualidad, del que publica un cuarto título ya, de los que sólo el primero, su obra maestra Vidas minúsculas, procede de otra editorial. Su autor tardó 37 años en publicarlo y casi otros 15 más en llegar hasta nosotros. Los otros tres vienen traducidos magistralmente por María Teresa Gallego Urrutia, Rimbaud el hijo, Señores y sirvientes y este Cuerpos del rey. En el fondo, sólo el primero es un libro propiamente dicho. Pues los otros dos son una recopilación de otros libros anteriores, de dos o tres, formado por breves textos aparecidos originalmente en las Editions Verdier en diversas fechas. De hecho Cuerpos del rey, de 2002 (el que da el título al libro), se junta ahora con Tres autores, de 1997. En el fondo, los nueve o diez libros de Michon son más bien "folletos", una reunión de textos dispersos que han renovado por completo la prosa narrativa francesa, pero que no son novelas propiamente dichas por mucho que sean narraciones.

CUERPOS DEL REY

Pierre Michon

Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Anagrama. Barcelona, 2006

158 páginas. 10 euros

No parece, pues, que Pierre Michon sea un novelista puro, sino un narrador sólo, pero por encima de todo, original, supremo y fabuloso, que mezcla la literatura con todo lo demás, con la pintura, con la escritura, con la cultura en general, multiplicando así lo que más aprecia, la literatura propiamente dicha, en una serie de tropos, de metáforas, de cascadas de imágenes que la reflejan y espejean de manera deslumbrante. Y a este respecto, voy a dar un detalle significativo, que no es un reproche a la impecable traducción: el cambio en el título de este libro, al suprimir la "l" del título -del "de" original al "el" traducido- convierte la metonimia original en una metáfora, lo que descubre el procedimiento del autor, que prefiere suprimir el pronombre en el tropo rey del anonimato material -la metonimia- pues la literatura multiplicada ya está repleta de todos los nombres propios del mundo entero. De ahí el título que he colocado a este artículo, que me parece lo más adecuado, y sobre todo revelador de los procedimientos de este magistral escritor.


En esta ocasión, Michon ha reunido cinco textos primero, basados en otras tantas imágenes -que también se llaman tropos, en literatura- de escritores, que le fascinan, sobre todo basados en otras tantas fotografías de escritores, introducidos por una de Samuel Beckett, en la que descubre el "cuerpo de rey", la metonimia que todo gran creador integra entre la soberanía del que reina y la miserable realidad humana de la verdad. Beckett es el Rey y a la vez los clochards del Godot que le han hecho triunfar, sin aparentar serlo jamás de verdad. La fotografía de Beckett es fascinante y el rey lo será para siempre de ahí que su imagen le proporcione la metonimia que le llevará al paseo que le permitirá este encadenamiento de las mismas que multiplicará la literatura en una serie de espejos indefinidos, infinitos y contundentes. El procedimiento no se agotará jamás, salvo uno del que no existe imagen, un tratadista egipcio en aves del siglo XIV, pero ahí está el texto para contárnoslo o sustituirlo. Otra agradable sorpresa de este libro es, junto a las reivindicaciones de Beckett, Flaubert, Faulkner, Villon, Victor Hugo o Balzac, la del poco conocido escritor suizo Charles-Albert Cingria, escritor de posturas de bailarinas -obras completas en 17 tomos en L'Age d'Homme, de Lausana- al que describe como de "una alegría cadente" (no "cadenciosa", lo que no sería una metonimia permanente, sino una metáfora transitoria). Y Faulkner por dos veces, pues es allí donde la literatura habla desde dentro, por sí sola, en su propio nombre, e incluso en nombre del diablo, que fue quien primero puso en marcha el motor de las metonimias de Pierre Michon, que se multiplican creando un nuevo "cuerpo de rey", reflejo multiplicador de todos los demás que nos permite redescubrir todos los demás, y hay que ir dándole las gracias por hacerlo tan bien, por revelarnos la historia de la literatura de manera tan original como deslumbrante.


EL PAÍS








sábado, 17 de julio de 2004

Isaac Bashevis Singer / El premio Nobel más solitario

Isaac Bashevis Singer
Poster de T.A.


Isaac Bashevis Singer

El premio Nobel más solitario

Rafael Conte
17 DE JULIO DE 2004

Si se respeta el día que él mismo adoptó como fecha de nacimiento, el pasado miércoles se cumplieron cien años del natalicio de Isaac Bashevis Singer, en Polonia. Con cerca de cincuenta libros y miles de artículos, el escritor en lengua yídish era hijo de un rabino, vivió la Gran Guerra en Varsovia y años después huyó de la persecución nazi rumbo a Estados Unidos. El autor de Sombras sobre el Hudson narró magistralmente el conflicto de los exiliados entre las tradiciones de su fe y el empuje del laicismo moderno.

El último y por ahora más persistente intento por reasegurar a la literatura en su vocación de eternidad ha sido durante el último siglo el Premio Nobel de Literatura. Y lo ha hecho a través de dos características -su cuantía y su independencia- que ha llegado a cobrar, aunque de manera bastante desigual, una relevancia que, a pesar de su prestigio, parece rozar a veces el patetismo, disuelto entre el impacto repentino de su concesión y lo efímero de sus propuestas. Unas propuestas que ni siquiera perviven en los habituales concursos de esas caprichosas preguntas y respuestas con las que nuestras televisiones al uso intentan falsamente autoconvencerse (y de paso a nosotros mismos) de que cumplen una función cultural, pues vaya. Pues nuestra fundamental contradicción está en que la abundancia de la información se autodestruye en una presión donde la densidad de la actualidad desemboca en la pura y simple aniquilación de la cultura, por la falta de reposo, de valoración y estabilidad de los valores que intenta comunicar. La universalización de la información desemboca en la muerte de esa misma información de la que decimos vivir, aunque sólo se pueda vivir en ella descreyendo de ella, para así mordernos la cola sin parar, mientras pensamos enseñarla y mostrarla como una bandera victoriosa que yace siempre en el polvo de la derrota.






Es un judío rebelde contra los dictados de un Yahvé al que siempre se sometió

Los premios llamados "literarios" no tienen en verdad nada que ver con la literatura, ni aun el Nobel: son un reconocimiento social, político y económico, sin más. Ha habido premios Nobel que no lo han sido -de Tolstói a Borges, involuntariamente- o por propia voluntad (Sartre) o no escritores (Churchill), o no reconocidos en su tierra (Gao Xin Jian), que se han quedado sin patria (Ivo Andric en Yugoslavia), que apenas duran (Eucken) y la lista de no reconocidos (Deledda) o protestados (Echegaray), olvidados y efímeros (desde el primero, Sully Prudhomme, hasta Gjellerup, Heyse, Sillanpäa y así sucesivamente) lo niegan sin parar. Aunque se dice que la historia no se repite nunca salvo en forma de autoparodia (ahí está la de los premios Nobel para justificar la moda de la novela histórica) siempre reincide en su sentido y hoy he venido, aunque no lo parezca, para insistir con motivo del centenario de otro Nobel descolocado, y quizá el que más, el del que considero un gran escritor, Isaac Bashevis Singer, galardonado en 1978 (el año siguiente al de nuestro Vicente Aleixandre) y del que aunque ha gozado de muchos lectores y algunos de sus libros siguen todavía vivos (incluso entre nosotros, qué sorpresa) no se está muy seguro de casi nada.
Para empezar, de la fecha misma de su nacimiento, pues si se sabe que fue en 1904, nunca se ha sabido muy bien en qué día. El propio Singer dijo en broma que fue un 14 de julio, pero todo su rastro ha desaparecido de la historia (dicho día, en la escuela, un compañero le dijo que era su aniversario, el niño Singer se entristeció y le preguntó a su madre cuándo era el suyo y ambos decidieron que el mismo). Los más de tres millones y medio de judíos polacos desaparecieron reducidos a 150.000 tras el Holocausto mal llamado "nazi", pues muchos polacos colaboraron alegremente en él, según mostró Claude Lanzmann en su estremecedora Soah (que por aquí seguimos sin ver ni en cine ni en la televisión, ahora que hay tantas y todas iguales). Sabemos el lugar, un pueblecito a treinta kilómetros de Varsovia llamado Leoncin, donde hoy -reconstruido en sus mil quinientos habitantes étnicamente puros- existe un impasse inhabitado que lleva su nombre, de donde su familia de rabinos askenazíes se trasladó a Radcymin y finalmente a la capital, donde su padre trabajó en una escuela judía que también era tribunal como "de paz" o algo así. Y hasta ahí, cuando marchó a Estados Unidos en 1935 de la mano de su hermano mayor, modelo y "patrón" Israel Yeoshua Singer, también escritor importante en su misma lengua, el yídish, todo fue una rápida sucesión de lecturas y escrituras, de periodismo sobre todo, que sin embargo le cargó de contenidos para una larga obra de una no menos larga vida, en la que se casó tres veces, tuvo un hijo, publicó casi cincuenta libros, miles de artículos, obtuvo un premio Nobel inesperado y terminó, rodeado de un respeto a veces bastante reticente, el 24 de julio de 1991.
¿Quién fue Singer, de qué nacionalidad, en qué lengua escribió, quién puede apuntar en su balanza su nombre, por qué y en calidad de qué? Era un judío, desde luego, aunque bastante heterodoxo en ocasiones con relación a sus propias raíces de la pureza askenazi, tan importantes desde luego para él. Un polaco por el lugar de su nacimiento, del que ya ha sido borrado, o casi: nunca escribió en polaco. Terminó su vida siendo ciudadano norteamericano, pero apenas escribió en inglés, la gran mayoría de sus libros fueron escritos en yídish, que no es un idioma canónico de verdad, sino una "lengua", un lenguaje mezcla de alemán y hebreo con aportación de algunos otros: una lengua del exilio apoyada y promocionada por un puñado de centenares de miles de lectores y espectadores, aunque ya en vía de extinción, tras haber alcanzado algún esplendor, sobre todo en el exilio americano. Es un escritor sin duda alguna pero no se sabe -ni se sabrá en el futuro- de dónde, ni en qué, ni por qué. Es pura memoria, sobre todo de su infancia y juventud, que alcanzó fama y popularidad por sus traducciones al inglés en las que él mismo intervenía para al final modificar el original, que conste (y eso le fue y le es reprochado por sus propios compañeros y colegas). Pero Sombras sobre el Hudson es una novela judía y americana maravillosa, que se mantiene pura y dura al lado de aquellas anteriores de La mansión, Un amigo de Kafka, El esclavo, Enemigas, una historia de amor, La familia Moskat, Gimpel el tonto, Satán en Goray, El mago de Lublin y las relatos de Krochmalna, 10 o sus memorias de Amor y exilio tan recientes entre nosotros. Es un judío enamorado de las mujeres, a veces erótico y hasta suavemente pornográfico, rebelde contra los dictados de un Yavhé al que siempre se sometió y defendió hasta de sus propios ataques. Un espectáculo emocionante, al que podrán acercarse, creo, pues algunos de sus libros todavía siguen por ahí, vivitos y más coleando que casi todos los demás.












BIBLIOGRAFÍA


LA OBRA de Isaac Bashevis Singer ha tenido buena suerte editorial en España. Así es sobre todo desde que Rhoda Henelde y Jacob Abecassis la traducen directamente del yídish, aunque el Nobel de 1978 tenía ya varios de sus libros traducidos al castellano, catalán, gallego y euskera. Entre los últimos aparecidos entre nosotros destacan algunos de los más importantes: desde Amor y exilio, sus memorias, hasta El certificado, pasando por Sombras sobre el Hudson, con prólogo de Bernardo Atxaga (todos en Ediciones B). Por su parte, no hace tanto que Debate rescató Los herederos y La casa de Jampol, mientras Lumen había hecho lo propio con Cuentos judíos de la aldea de Chelm, Mazel y Schimazel, y Cátedra, con los relatos de Un amigo de Kafka. Desgraciadamente, por las librerías de viejo andan ya muchos de los títulos publicados por Plaza & Janés: Enemigos. Una historia de amor, El esclavo, El rey de los campos, El Spinoza de la calle Market y El Mago de Lublin. Pero se encuentran. Como se encuentran los libros que contienen algunos de los trabajos sobre Singer debidos a uno de sus mejores lectores, Claudio Magris: desde el ensayo 'La vida y la Ley', en El Anillo de Clarisse (Península), hasta las referencias recogidas en Ítaca y más allá (Huerga & Fierro) y Lejos de dónde (Eunsa). R. B.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de julio de 2004



sábado, 25 de mayo de 2002

Annie Ernaux / Una memoria humillada

Annie Ernaux



Annie Ernaux Una memoria humillada


BIOGRAFÍA

Rafael Conte
25 de mayo de 2002

Los libros de la francesa Annie Ernaux son el lugar de expiación de su propia historia. Fragmentos de una autobiografía sin secretos que la autora cuenta de manera sencilla y clara. En El lugar, su última obra traducida al castellano y Premio Renaudot en 1984, relata la relación con su padre como una traición que expía a través de la propia conciencia.
Con ésta son cinco las novelas que han sido traducidas entre nosotros de las trece que forman hasta hoy la obra de Annie Ernaux (Lille Bonne, Normandía, 1940), una de las escritoras francesas más destacadas del último cuarto de siglo, bastante conocida ya dentro y fuera de su país, y cuyos libros han gozado de cierto éxito, sobre todo en el Reino Unido y Estados Unidos. Sin embargo, su difusión aquí ha sido bastante lenta, pues su primera novela, Los armarios vacíos, data de 1974 y la primera que entre nosotros se tradujo fue la quinta, Una mujer (en Seix Barral, muy bien y por el desaparecido Enrique Sordo), en 1988, sólo un año después de su publicación francesa. Misterios de la industria editorial, desde luego, pues el primer gran éxito en Francia lo había obtenido con su anterior novela La place (1983), que había sido galardonada con el Premio Renaudot del año siguiente, y que es la que con evidente retraso aparece ahora en otra buena versión de Nahir Gutiérrez, bajo el más exacto título de El lugar, pues no se trata de un sitio o lugar físico o geográfico, sino moral o social, de la posición que una persona o un grupo familiar ocupa en la sociedad, esto es, de su lugar, categoría o clase social en resumidas cuentas.





EL LUGAR

Annie Ernaux Traducción de Nahir Gutiérrez Tusquets. Barcelona, 2002 104 páginas. 8 euros

La literatura de Annie Ernaux es de índole autobiográfica, discreta, nada secreta y enormemente sencilla, clara y bastante minimalista podría decirse, aunque nada tenga que ver -por su rechazo de la ficción, que asomaba en sus tres primeras novelas, para desaparecer después- con la tendencia anglosajona del mismo nombre. No se trata de contar cuentos sino de contar historias, mejor dicho, su propia historia por encima de todo lo demás, pero no cayendo en intimismo alguno, alejándose de toda subjetividad, pues considera su literatura como una especie de etnología, como una 'intervención' en la sociedad que le rodea. Y a este respecto, sus libros -cortos en su mayor parte, directos y simples, muy alejados de toda retórica al uso- relatan su propia historia primero como si se tratara de una novela de verdad ficcional (Los armarios vacíos), la de su padre (El lugar), la de su madre (Una mujer), la de un juvenil aborto clandestino (El acontecimiento), la de su matrimonio frustrado (La mujer congelada), la de su adulterio (Pura pasión), hasta llegar, colmando progresivamente sus diversas etapas hasta las más recientes en Perderse (2001) -una historia de seducción sexual- o la más breve, La ocupación (2002), que cuenta la liberación de la fascinación que experimenta la voz narradora por una nueva amante de su antiguo amor, que la 'okupa' de manera bastante total.


El lugar empieza con la muerte del padre de la narradora, acaecida un mes después de que ella haya pasado la oposición a profesora titular, como si de una condena se tratara. Convertirse en funcionaria, después de haberse titulado en la universidad (de Rouen, para más señas), contraído matrimonio, ser madre un par de veces, divorciarse después hasta conseguir una vida independiente al final, ha supuesto para ella y sus padres un 'salto' social evidente, un ascenso que la ha llevado desde los orígenes de campesinos pobres de su familia, al proletariado rural y el pequeñísimo comercio de sus padres (gracias a su propio esfuerzo) al paso final hacia la burguesía de una hija intelectualmente bien dotada y estudiante brillante en escuelas públicas y colegios privados, pues no se le escatimaron las ayudas familiares. Y es este 'salto' social, el que la reciente funcionaria intelectual rememora a través de la memoria de su propio padre, lo que aquí se desgrana desde un punto de vista no exento de un evidente complejo de culpa, casi como si de una traición se tratara, como lo evidencia la cita de Jean Genet que sirve de epígrafe a este libro desolado: 'Escribir es el último recurso cuando se ha traicionado'.

Se trata, por tanto, de la historia de una traición, que Annie Ernaux expía a través de su propia conciencia, alimentada desde sus orígenes por su propia memoria humillada. Aunque, desde mi punto de vista, esa humillación también arranca de su primera formación dentro de su contexto pequeño burgués y 'religioso' pese a su menesterosidad, como una concesión a lo que la escritora califica de lo 'políticamente correcto' de su infancia y juventud (con su colegio de monjas incluido, claro está). Pues la formación intelectual que experimentó fue la de las primeras libertades de los años sesenta, los restos del existencialismo de Sartre y Simone de Beauvoir, del primer feminismo (su aborto ilegal ocurrió en 1963) y de la conquista de la libertad, todo ello presentado como una traición a sus valores familiares y sociales, que la autora ha asumido como si fuera una culpa y sólo ha podido rescatar a través de la escritura de su libro. Del que lo mejor es su técnica, simple, escueta, directa y objetiva hasta una exasperación que borra a la vez todo sentimentalismo y toda actitud justiciera. Pues así Annie Ernaux, la discípula de Sartre y la Beauvoir, la amiga de Pierre Bourdieu, la amante de la filosofía, la izquierdista a ultranza que rechazando a Jospin abrió el paso a Le Pen (espero que lo haya meditado, pues hasta en eso ha resultado representativa) huyendo de la trampa de lo personal encontró la literatura como una expiación y como una redención a la vez, vayámonos pensándolo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de mayo de 2002



RIMBAUD