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viernes, 6 de septiembre de 2024

Juan Marsé: "La política cultural me tiene sin cuidado; de los políticos sólo espero estupideces"

 


Juan Marsé presenta su novela 'La muchacha de las bragas de oro' ganadora del Premio Planeta 1978. (Europa Press)
Juan Marsé presenta su novela 'La muchacha de las bragas de oro' ganadora del Premio Planeta 1978. (Europa Press) 


Juan Marsé: "La política cultural me tiene sin cuidado; de los políticos sólo espero estupideces" 

Empezamos una colaboración con la revista 'Quimera' y las entrevistas que publicó en los años ochenta a grandes escritores. La primera, con Juan Marsé, que apareció en septiembre de 1984


Ramón Freixas

7 de agosto de 2024

Este es el primer capítulo de la colaboración de El Confidencial con la revista Quimera a través de las entrevistas que publicó en los años ochenta a grandes escritores. Un rescate de la mejor tradición de las entrevistas literarias, que son también un reflejo de cómo era entonces el país y de las ideas que aparecían en los debates. Esta fue realizada por Ramón Freixas a Juan Marsé cuando el escritor, que ya ha fallecido, tenía 51 años. Apareció en el número de septiembre de 1984.

jueves, 25 de marzo de 2021

Juan Marsé también era humano



Juan Marsé también era humano

El nuevo libro póstumo del escritor barcelonés, ‘Notas para unas memorias que nunca escribiré’, será una decepción para los lectores ajenos al mundillo de la literatura



Javier Rodríguez Marcos
16 de marzo de 2021

Historia de la literatura española reciente según Juan Marsé: “Prosistas. Camilo José Cela: prosa campanuda. Francisco Umbral: prosa sonajero. Javier Marías: prosa pringada. Javier Cercas: prosa resabiada. Carlos Ruiz Zafón: prosa insolvente. Juan Manuel de Prada: prosa ensotanada”. El autor de Últimas tardes con Teresa redactó esta lista en 2009, meses antes de recibir el Premio Cervantes, pero ve ahora la luz junto al diario que llevó en 2004 contra viento y marea y contra su propio desinterés por el género, por pura disciplina. Lumen acaba de publicar esos materiales, revisados por él antes de morir en julio pasado, en impecable edición de Ignacio Echevarría y con el título de Notas para unas memorias que nunca escribiré.

martes, 11 de agosto de 2020

Eduardo Mendoza / Juan Marsé en su cine de barrio

Cultura | Retrato íntimo de Juan Marsé entre fotos de poetas ...

Juan Marsé en su cine de barrio

No fue un novelista social o un escritor de denuncia. Iba a su bola. Entendió desde el principio que el séptimo arte no era solo técnica narrativa


Eduardo Mendoza
31 de agosto de 2020


No hay que ser muy perspicaz para detectar la influencia del cine en la obra de Marsé. Explicar el mecanismo de traslación ya no es tan fácil. En un artículo reciente (Babelia, 25 de julio) Antonio Muñoz Molina desarrollaba esta tesis con el acierto de quien sabe de lo que está hablando. Añado ahora una observación para corroborarla. Muchas novelas de Marsé fueron llevadas al cine. Ver o volver a ver en la actualidad esas películas demuestra el peligro a que se expone el que cree ingenuamente que Marsé contaba aventis, es decir, que sus historias podían pasar tal cual a la pantalla. La palabra aventi ya debería avisar del doble juego: la inocencia impostada y la disimulada sofisticación. Al contar la peripecia se pierde lo esencial.

Juan Marsé / Un día volveré








El escritor Juan Marsé, en su casa de Barcelona en 2014. El escritor Juan Marsé, en su casa de Barcelona en 2014. CONSUELO BAUTISTA

Un día volveré

Como en la novela de Juan Marsé, la historia de España esconde aún demasiados secretos que es necesario desenterrar



Julio Llamazares
24 de julio de 2020



La desaparición de Juan Marsé ha compartido espacio estos días en los periódicos con noticias muy diversas, entre ellas la del propósito del Gobierno de aprobar una ley de memoria democrática que sustituya a la de Memoria Histórica, cuya principal novedad —aparte de impulsar desde el Estado la apertura de fosas comunes, ahora en manos de asociaciones particulares y voluntaristas, y de crear un banco de muestras de ADN con el fin de identificar al mayor número posible de desaparecidos— sería que en las escuelas se enseñe a los alumnos la época franquista. El Gobierno reconoce así que durante los 45 años que llevamos ya en democracia (más que los que duró el franquismo) la historia de este no se nos ha enseñado a los españoles.

Juan Marsé / Pijoaparte



Reivindicación de Juan Marsé – Espacio Público


Pijoaparte

La prosa de Marsé prosa era tan evocadora como lírica, siempre hablaba de derrotas, de sueños inalcanzables, de lo imaginado y lo sufrido



Carlos Boyero
22 de julio de 2020

Fue el iconoclasta Groucho Marx el que planteó este interrogante y su respuesta: “¿Mi juventud? Podéis quedaros con ella”. Pero también parece ser incontestable aquella frase hecha y cursi de: “Juventud, divino tesoro”. Al parecer, abundantes delincuentes juveniles que andan contagiando el monstruo, convencidos de que ellos son invulnerables y de que se jodan los inservibles viejos, lo hacen por motivos tan inapelables como la urgencia de sexo, de colocón, de fiesta. Normal. Cuando sean ancianos tal vez recordarán con gratitud sus satisfechos ardores de ahora. Y su memoria dará palmas asociando su adolescencia a los primeros videojuegos, al teléfono multiuso, al paraíso de las redes sociales, a su inserción gozosa en el mundo que les tocó vivir.

Carlos Ordoñez / Marsé en el teatro


Juan Marsé, en Barcelona en 1982.
Juan Marsé, en Barcelona en 1982.PILAR AYMERICH

Marsé en el teatro

Pocas veces se representaron las novelas del recientemente fallecido escritor. 'Adiós a la infancia', una remezcla de cinco de sus libros, es una excepción



Carlos Ordoñez
22 de julio de 2020



Ayer por la tarde, brindando a la memoria de Juan Marsé (que falleció el pasado 18 de julio a los 87 años), un amigo se quejaba de que nadie hubiera llevado al teatro ninguna novela del escritor. Error: hace siete años, a finales de diciembre de 2013, Pau Miró y Oriol Broggi adaptaron y llevaron a la escena, con el título de Adiós a la infancia, nada menos que una remezcla de cinco novelas compuesta por fragmentos de Si te dicen que caí, El embrujo de Shangai, Un día volveré, Rabos de lagartija y Caligrafía de los sueños. El espacio, reinventado por el escenógrafo Sebastià Brosa, era el adecuadísimo Lliure de Gràcia, donde Marsé bailó muchos domingos de su adolescencia, cuando el lugar era la Cooperativa La Lealtad.

Adiós a la infancia / Marselona capital

Xavier Ricart, a la izquierda, y Jordi Oriol, en una escena de 'Adiós a la infancia'.rn
Xavier Ricart, a la izquierda, y Jordi Oriol, en una escena de 'Adiós a la infancia'. 

Marselona Capital

Oriol Broggi ha logrado llevar al teatro la narrativa de Juan Marsé.

'Adiós a la infancia', adaptación de Pau Miró, llena cada noche el Lliure



Marcos Ordoñez
20 de diciembre de 2013

Nunca pensé que el mundo de Marsé pudiera trasladarse al teatro, y menos en un encaje de bolillos que entrevera cinco novelas (Si te dicen que caí, El embrujo de Shangái, Un día volveré, Rabos de lagartija y Caligrafía de los sueños) y arma carambolas a muchas bandas: viendo Adiós a la infancia parece que Marsé y Sisa hubieran jugado en la misma calle, y que Pau Miró (adaptador), Oriol Broggi (director) y los entregadísimos intérpretes les contemplaran desde un terrado de otra época.

viernes, 31 de julio de 2020

Arturo Pérez-Reverte / Últimos años con Marsé


Últimos años con Marsé

Últimos años con Marsé


Artículo sobre Juan Marsé de Arturo Pérez-Reverte publicado el 23 de noviembre de 2003 en XLSemanal.


22 de julio de 2020



No había nadie, rediós. O casi nadie. Estaba allí Juan Marsé en persona, y se habían juntado cuatro gatos: medio centenar de alumnos de la universidad de Barcelona, algún profesor y dos o tres periodistas. Hacíamos más bulto los invitados, los amigos del escritor y los estudiosos europeos y norteamericanos especialistas en la obra del homenajeado. Y al contar cabezas me quedé de pasta de boniato. Anda la leche, pregunté. Dónde carajo están todos. Profesores, catedráticos, concejales de cultura. Gente así. Hasta ese momento había creído que un simposio internacional de tres días y quince conferencias y mesas redondas, una detrás de otra, sobre la obra del autor de Últimas tardes con Teresa, en la ciudad que tiene el privilegio de contarlo entre sus vecinos, sería un tumulto de gente dándose de hostias en la puerta para conseguir un asiento desde el que asistir al despiece minucioso de la obra de quien, con el buen abuelo Delibes, es uno de los dos grandes novelistas españoles vivos de la segunda mitad del siglo XX. Pero nasti de plasti. A pocos metros de allí, por los pasillos de la universidad, me había cruzado con profesores y alumnos que salían de clase. Algunos de esos profesores, pensé, enseñarán Literatura. Supongo. Cobrarán un sueldo por eso. Y en vez de estar ahora sentados aquí con sus alumnos, zascandilean por ahí tomando un café o rascándose los académicos huevos. Imbéciles.
Marsé, por supuesto, estaba a lo suyo. Impasible, con su cara de tipo duro, que a mí me gusta asociar con la de un viejo boxeador marcado por la vida, respondía a las preguntas de los conferenciantes y del público con la cachaza tranquila de quien lo tiene todo muy claro. Oyéndolo hablar de su personalísimo territorio novelesco, de cómo sus voces narrativas, hijos, sobrinos o nietos de héroes cansados cuentan el ocaso de hombres curtidos en cien batallas que terminan llorando como niños por las tabernas, no pude menos que recordar unas palabras de Rafael Chirbes aplicando a Marsé lo que el poeta Cernuda dijo en cierta ocasión del novelista Galdós: es tan grande que sabe colocarse a la altura de sus personajes, incluso de los más abyectos, poniéndose con ellos tan a ras del suelo que los tontos y los pedantes lo toman por pequeño.
"No pude menos que recordar unas palabras de Rafael Chirbes aplicando a Marsé lo que el poeta Cernuda dijo en cierta ocasión del novelista Galdós: es tan grande que sabe colocarse a la altura de sus personajes, incluso de los más abyectos"
Y nada más cierto, oigan. Que de tontos y pedantes Marsé sabe un rato largo. A estas alturas nadie discute ya su talla literaria, ni el peso decisivo que su obra tiene en la literatura española contemporánea —mis favoritas son Últimas tardes con Teresa, Si te dicen que caí, Un día volveré, La oscura historia de la prima Montse y el cuento Teniente Bravo—. Pero no siempre fue así. En las hemerotecas hay pruebas clamorosas del ninguneo al que lo sometieron, en su día, los mandarines de la alta literatura y las bellas letras. Pero, claro. En otro tiempo comunista —del Pecé francés de Francia, ojo, un sitio serio— incómodo para los pijos de la alta burguesía catalana y las chochitos locos que jugaban a ser izquierda de barra de bar, Marsé tuvo y tiene, encima, el descaro de escribir en español y de seguir ejerciendo de mosca cojonera para el nacionalismo pujolista, sus epígonos y derivados; que, en la obsesión por tener a toda costa un Nobel que escriba en catalán, llevan años promocionando a un paniaguado mediocre llamado Baltasar Porcel. Que no tiene nada que decir, y a quien, además, nadie hace ni puñetero caso.
"Esperan, como siempre, a que palme. Entonces se volcarán en incienso al novelista ausente e imprescindible"
Lo cierto es que Marsé dejó atrás hace tiempo la línea de sombra a partir de la cual la envidia y la mala fe ajenas dejan de hacer daño a un novelista, sometido ya al juicio inapelable de sus lectores. Por eso llama tanto la atención que los presuntos responsables culturales de la ciudad donde vive —una ciudad que siempre hizo de la cultura su emblema— miren hacia otro lado en momentos como éste. Y claro. Te preguntas si saben lo que tienen. O si lo merecen. Me refiero al lujo de decir a los jóvenes estudiantes: mirad, en esta calle, en esa casa, vive Juan Marsé. Un escritor grande con quien todavía se puede hablar, porque está vivo. Pero no. Esperan, como siempre, a que palme. Entonces se volcarán en incienso al novelista ausente e imprescindible. Gran pérdida, etcétera. Lo que ignoran esos oportunistas es que Marsé y yo hemos discutido ya el asunto, entre uno y otro vaso de vino. Si le sobrevivo —aunque nunca se sabe— he prometido escribir un largo y detallado artículo, aquí o en donde toque. Se titulará: «A buenas horas, hijos de la gran puta».
ZENDA LIBROS


Juan Marsé, Premio Cervantes / Desagravio a la memoria robada
El otro premio de Marsé
Juan Marsé / El escritor, o es memoria o no es nada
Juan Marsé / Un narrador frente a los intelectuales
Juan Marsé / Soy catalán y escribo en castellano, y no veo nada anormal en ello
Juan Marsé / Peliculeros
Miguel Delibes / Discrección y autoridad
Madame Bovary o Fortunata son más reales que Esperanza Aguirre
Silvia Hernando / Cuéntame qué cuento leer
Juan Marsé / España sigue siendo un país inculto
El don de Cervantes / El oficio de regalar libros
Juan Marsé / España es un país de cabreros
Mientras llega la felicidad / Marsé, con la puerta abierta
Juan Marsé / Me he pasado media vida diciendo que no
Juan Marsé / Materiales para una biografía
Juan Marsé / Antes y después de Carmen Balcells
Charnegos, pijas y chonis / Un paseo por el Carmelo de Últimas tardes con Teresa
Juan Marsé / La persistencia del deseo
Últimas tardes con Teresa / La chica del descapotable cumple cincuenta años
El franquismo censuró Últimas tardes con Teresa por "inmoral"

Cuentos

DANTE
Juan Marsé, morto lo scrittore spagnolo / «La letteratura è un gioco di spartiti con la vita»


martes, 28 de julio de 2020

Opiniones sobre Lezama Lima / Un par de medias de nylon

Lezama Lima en su 'Paradiso' | Babelia | EL PAÍS
Lezama Lima

Opiniones sobre Lezama Lima

Un par de medias de nylon 

ÁNGEL S. HARGUINDEY
10 AGO 1976 - 17:00 COT




Embriaguez lírica


Profesor Guido Castillo: «Indudablemente Lezama Lima es uno de los grandes escritores hispanoamericanos. El y con él otros. transformó la narrativa superando el estilo de la anterior generación, la de Rómulo Gallegos. Alguien dijo, y concretamente Luis Alberto Sánchez, que en la generación anterior al gran novelista era América y no el escritor. Escribían sobre un tema nuevo y atractivo para Europa. En cambio los nuevos escritores -que empiezan con Juan Carlos Onetti en 1939 y entre los que se incluye LEZAMA Lima- imponen su condición de creadores sobre el propio tema del que escriben. Lezama es sin duda unos de los narradores que se preocupa más por el lenguaje, de ahí el barroquismo de sus textos aunque es un barroco más frondoso que el español. Pone en su estilo una gran carpa lírica, casi podíamos hablar de una embriaguez. La carne lírica predomina sobre el hueso ético, y perdóneme la metáfora.

lunes, 27 de julio de 2020

Juan Marsé / Adiós Marselona

El libro perdido de Juan Marsé que verá la luz en septiembre ...
Juan Marsé

Juan Marsé

Adiós, Marselona

A Juan Marsé, fallecido hace ahora una semana, le bastó con el espacio reducido de una ciudad para contar todo lo que nos interesaba saber sobre la Barcelona que él conoció y sufrió y amó

Eduardo Jordá
26 de julio de 2020


–Tú siempre rumiando aventis, Sarnita, acabarás majara.

Sarnita era Antoñito Faneca, alias Ñito, un charnego de Córdoba (en realidad un alter ego del niño Juan Marsé) que tenía un puesto de venta de tebeos en una calle pringosa del Guinardó, en Barcelona, en los peores años de la posguerra. Y las aventis eran las historias con que Sarnita y sus amigos –el Java, la Juani, el Mingo– se entretenían inventándose una vida que fuera un poco más digna y más emocionante que la triste vida de hijos de derrotados de la guerra civil que les había tocado en suerte. Todo esto se contaba en Si te dicen que caí (1973), que quizá sea la mejor novela de Marsé, si no fuera porque antes había escrito Últimas tardes con Teresa (1966) y La oscura historia de la prima Montse (1970), y después escribiría Un día volveré (1982) y Ronda del Guinardó (1984) y El embrujo de Shanghai (1994), sin olvidarnos, eh, de Rabos de lagartija (2000), que también es una gran novela.

Y lo bueno de todas esas novelas de Marsé, muerto hace ahora una semana, a los 87 años, es que todos sus lectores también se vuelven majaras cuando se dejan arrebatar por las aventis, de tal manera que cualquier lector de Juan Marsé que suba, por ejemplo, por la gentrificada carretera del Carmelo, en Barcelona, no podrá dejar de ver a Manolo el Pijoaparte conduciendo a toda pastilla la moto robada que le lleva a los barrios altos de Sant Gervasi, donde ha quedado con la niña pija de la que cree estar enamorado porque él es pobre (e inmigrante andaluz que tiene que vivir en las barracas del Carmelo), y como muchos pobres, lo único que quiere es dejar de serlo con un buen braguetazo o con un buen golpe de suerte. Y cualquiera que se fije bien en las curvas que llevan un poco más abajo, hacia el Guinardó, podrá encontrarse con el puesto de tebeos que tenían Sarnita y el Java en una de las aceras, bajo la luz leprosa –el adjetivo es típicamente marseniano– del rótulo desvaído de un cine donde se proyectan películas de aventuras y donde las viudas de guerra se ganan miserablemente la vida en las últimas filas, haciendo lo que buenamente pueden a los hombres solitarios que les pagan con una sucia peseta.
Gracias a Juan Marsé, la siniestra posguerra española ha quedado fijada para siempre en un universo memorable –y triste y fantasmal y decrépito– que ahora ya podemos llamar Marselona. En realidad, el perímetro de Marselona es muy limitado y está comprimido en el triángulo formado por el Carmelo, la plaza Lesseps y el paseo de San Juan, con algunos desvíos hacia el puente de Vallcarca. Pero a Marsé le bastó con ese espacio tan reducido –y tan asociado a su infancia– para contar todo lo que nos interesaba saber sobre la Barcelona que él conoció y sufrió y amó. De hecho, la vida del Marsé real –que no se llamaba Juan Marsé sino Juan Faneca Roca– tuvo mucho de una aventi que él mismo se inventó a partir de las aventis que sus mayores le habían contado, ya que nadie sabe si fue real la historia del taxista que se había quedado viudo porque su mujer murió en el parto, dejándole un bebé que al final entregó a una pareja que acababa de perder a su hijo, de modo que el niño Juanito Faneca, huérfano de madre, se convirtió en Joan Marsé Carbó, niño adoptado.







NADIE HA CAPTURADO MEJOR ESE MUNDO DE SUEÑOS CORROMPIDOS Y DE IDEALES DESTROZADOS
El padre adoptivo de Marsé era militante de la izquierda independentista y durante la posguerra entraba y salía de la cárcel. Marsé recuerda haberlo visto un día, en camiseta imperio, machacando almendras para una escalivada con la culata de un revólver. Nadie como Marsé ha retratado mejor ese mundo de antiguos anarquistas y combatientes de la guerra civil que acabaron reconvirtiéndose en atracadores de bancos o en chuloputas o en delatores de la policía para conseguir unas pesetas. Nadie ha capturado mejor ese mundo de sueños corrompidos y de ideales destrozados. Nadie ha reflejado mejor ese castellano totalmente contaminado por el catalán –con palabras como "chafardeo", "meuca", "tifa" o "amagatotis"– que se hablaba en las calles mugrientas de Marselona. Y nadie ha sabido describir mejor a esos hombres solitarios que volvían al barrio –después de una larga estancia en la cárcel– como esos taciturnos héroes del Oeste que nadie sabía lo que habían hecho con su pistola (ahora perdida) ni si tenían aún cuentas pendientes con la justicia. Si alguien ha sabido introducir la estética del western clásico en una novela, ese escritor es Juan Marsé. Y su mejor novela –o su mejor western– se llama Un día volveré.
Todos los que conocieron a Marsé lo recuerdan como un personaje afectuoso –aunque gruñón– que procuraba ayudar a todo el mundo y que no quería que nadie metiera las narices en su vida. A veces le gustaba hablar de su experiencia pasada –aunque no mucho–, y contaba alguna anécdota de cuando trabajaba en un taller de joyería –donde empezó a trabajar a los 13 años– o de cuando vivía en París y trabajaba de ayudante de disección en un laboratorio. A veces –no muchas– contaba cómo su amigo Jaime Gil de Biedma cantaba una copla, con un hilo de voz, en sus últimos meses de enfermo de sida. A veces –no muchas– contaba un chismorreo sobre las largas noches de la discoteca Boccaccio. Y a veces –no muchas– contaba cómo le gustaba sentarse al fresco en su casa de Calafell, donde su amigo Jaime Gil de Biedma pasó el último verano de su vida. Y por supuesto, Marsé siempre estaba dispuesto a contar la historia de cómo vio –o creyó ver– el coche donde mataron a Carmen Broto, la puta roja que apareció muerta en un descampado allá por el año 1948. En sus últimos años, Marsé no faltaba a su tertulia del bar Bauma con Joan de Sagarra y María Jesús Ivars, con Javier Tomeo y su fiel Ramón –ese personaje que llevaba una patata en el bolsillo como talismán de la buena suerte y que nadie sabía si era real o un personaje de las novelas de Tomeo que se había escapado al otro lado de la realidad– y con Enrique Vila-Matas y Paula Massot y algunos colegas más. Y sí, amigos, allí estaba Marselona, la ciudad que nadie podrá profanar jamás porque es intocable e inalterable y ya nadie sabe si es una aventi o una ciudad o un sueño o un delirio o una pesadilla. Y si quieren comprobarlo, suban por la carretera del Carmelo y no tardarán en ver la moto del Pijoaparte bajando a toda pastilla rumbo a su cita con Teresa Serrat en una cálida noche de San Juan.
DIARIO DE SEVILLA


Juan Marsé, Premio Cervantes / Desagravio a la memoria robada
El otro premio de Marsé
Juan Marsé / El escritor, o es memoria o no es nada
Juan Marsé / Un narrador frente a los intelectuales
Juan Marsé / Soy catalán y escribo en castellano, y no veo nada anormal en ello
Juan Marsé / Peliculeros
Miguel Delibes / Discrección y autoridad
Madame Bovary o Fortunata son más reales que Esperanza Aguirre
Silvia Hernando / Cuéntame qué cuento leer
Juan Marsé / España sigue siendo un país inculto
El don de Cervantes / El oficio de regalar libros
Juan Marsé / España es un país de cabreros
Mientras llega la felicidad / Marsé, con la puerta abierta
Juan Marsé / Me he pasado media vida diciendo que no
Juan Marsé / Materiales para una biografía
Juan Marsé / Antes y después de Carmen Balcells
Charnegos, pijas y chonis / Un paseo por el Carmelo de Últimas tardes con Teresa
Juan Marsé / La persistencia del deseo
Últimas tardes con Teresa / La chica del descapotable cumple cincuenta años
El franquismo censuró Últimas tardes con Teresa por "inmoral"

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Juan Marsé, morto lo scrittore spagnolo / «La letteratura è un gioco di spartiti con la vita»