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lunes, 13 de abril de 2026

El realismo sucio

 

Raymond Carver según David Levine



EL REALISMO SUCIO

Hubo un momento, a finales de los años 70, en que los lectores se hartaron de los laberintos de espejos y las selvas mágicas. En Estados Unidos, un grupo de escritores decidió que no había nada más fantástico —ni más aterrador— que la vida de un hombre que acaba de perder su empleo o de una mujer que espera una llamada que sabe que no llegará. Bill Buford, editor de la revista Granta, le puso nombre al fenómeno en 1983: Realismo Sucio. No era una etiqueta de prestigio; era una descripción de la mugre emocional que goteaba de aquellas páginas.

miércoles, 10 de junio de 2020

150 años sin Dickens / 15 escritores opinan sobre su legado e influencia


'Dickens' Dream', cuadro inacabado del pintor Robert W. Buss (1804-1875).
'Dickens' Dream', cuadro inacabado del pintor Robert W. Buss (1804-1875). 

150 años sin Dickens: 

15 escritores opinan 

sobre su legado 

e influencia

Javier Marías, Jonathan Coe, Dave Eggers, Salman Rushdie, Margo Glantz, Junot Díaz y Colm Tóibín, entre otros, analizan el influjo del autor inglés, fallecido hace un siglo y medio, en su educación como lectores y su manera de escribir


Alex Vicente
9 de junio de 2020



Javier Marías

“Su realidad jamás es plana, porque no la ofrece en bruto, sino destilada”

Empecé a leer a Dickens en la infancia, tal vez me estrené con Historia de dos ciudades y seguí con Oliver Twist y David Copperfield (Cuento de Navidad siempre me aburrió). Nunca he dejado de frecuentarlo, y, ya adulto, conocí Casa desolada, acaso su mejor novela. Creo que si su obra pervive es por lo que perviven cuantas lo logran, desde Cervantes, Shakespeare y Sterne a Proust y Faulkner: era un extraordinario estilista, y sus textos, bajo su apariencia melodramática o humorística, contienen una profundidad que aún nos hace pensar y nos revela lo que ignorábamos que quizá intuíamos. Parecen entretenimiento y lo son; parecen historias adictivas mientras uno las lee, y lo son; parecen realistas y hasta costumbristas en ocasiones, y lo son, pero en escasa medida, porque la realidad que presentan es una realidad estilizada y rayana en lo inverosímil, como demuestran los propios nombres de sus personajes. Su realidad jamás es plana, porque no la ofrece en bruto, sino destilada.

viernes, 4 de julio de 2014

Tobías Wolff / Di que sí


Tobias Wolff
DI QUE SÍ
Estaban fregando los platos; su mujer lavaba mientras él secaba. Él había lavado la noche antes. A diferencia de la mayoría de los hombres que conocía, él arrimaba el hombro en las tareas de la casa. Unos meses antes había oído casualmente que una amiga de su mujer la felicitaba por tener un marido tan considerado, y pensó: «Lo intento». Ayudar con los platos era un modo de demostrar lo considerado que era. Hablaron de diferentes cosas y por algún motivo trataron el asunto de si los blancos deberían casarse con los negros. Él dijo que, considerándolo todo, creía que era una mala idea.
—¿Por qué? —preguntó ella.
A veces su mujer ponía aquella expresión en que fruncía las cejas, se mordía el labio inferior y miraba fijamente hacia abajo. Cuando la veía así, él sabía que debía mantener la boca cerrada, pero nunca lo hacía. En realidad le llevaba a hablar más. Ahora tenía esa expresión.
—¿Por qué? —preguntó ella otra vez, y se quedó parada con la mano dentro de un cuenco, no lavándolo sino sólo sosteniéndolo sobre el agua.
—Escucha —dijo él—. Yo fui al colegio con negros, he trabajado con negros y vivido en la misma calle que negros, y siempre nos hemos llevado bien. No me vengas ahora tú dando a entender que soy un racista.
—Yo no he dado a entender nada —dijo ella, y se puso a lavar el cuenco de nuevo, haciéndolo girar en la mano como si le estuviera dando forma—. Lo que pasa es que yo no veo qué hay de malo en que un blanco se case con una negra, o un negro con una blanca, eso es todo.
Él le echó una ojeada. Ella le estaba mirando, y tenía los ojos brillantes.
—Mira —dijo él, adoptando un tono razonable—, esto es estúpido. Si fueras negra, no serías tú —al decir eso se dio cuenta de que era absolutamente cierto. No existía argumento posible en contra del hecho de que ella no sería la misma si fuera negra. Así que repitió—: Si fueras negra, no serías tú.
—Lo sé —dijo ella—, pero vamos a suponerlo.
Él respiró hondo. Había ganado la discusión pero todavía se sentía acorralado.
—¿A suponer qué? —preguntó.
—Que yo soy negra, pero siendo yo, y nos enamoramos. ¿Te casarías conmigo?
Él pensó en eso.
—¿Bien? —dijo ella, y se acercó a él. Sus ojos todavía estaban más brillantes—. ¿Te casarías conmigo?
—Lo estoy pensando —dijo él.
—No te casarías, lo puedo asegurar. Vas a decir que no.
—No vayamos tan deprisa —dijo él—. Hay que tener en cuenta muchas cosas. No queremos hacer algo que podríamos lamentar el resto de nuestra vida.
—No lo pienses más. Sí o no.
—Si lo planteas de ese modo…
—Sí o no.
—Dios santo, Ann. De acuerdo… no.
—Gracias —dijo ella, y salió de la cocina entrando en el cuarto de estar. Un momento después él la oyó pasar las páginas de una revista. Sabía que estaba demasiado enfadada para leerla de verdad, pero no pasaba las páginas bruscamente como habría hecho él; las pasaba despacio, como si estuviera estudiando cada palabra. Le estaba demostrando su indiferencia, y tenía el efecto que él sabía que pretendía ella. Le dolía.
Él no tenía más opción que demostrarle también indiferencia. En silencio, con cuidado, fregó el resto de los platos. Luego los secó y los guardó. Secó la encimera y la cocina, y fregó el linóleo donde había caído la gota de sangre. Mientras estaba en eso, decidió que pasaría la fregona a todo el suelo. Cuando terminó, la cocina parecía nueva, justo como cuando les enseñaron la casa, antes de que vivieran en ella.
Agarró el cubo de la basura y salió. La noche era clara y pudo ver unas cuantas estrellas al oeste, donde las luces de la ciudad no las ocultaban. En El Camino la circulación era constante y ligera, pacífica como un río. Se avergonzó de que su mujer le hubiera empujado a reñir. Dentro de otros treinta años o así estarían muertos los dos. ¿Qué importaría entonces todo esto? Pensó en los años que habían pasado juntos, y lo unidos que estaban y lo bien que se conocían el uno al otro, y se le hizo un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar. La cara y el cuello le empezaron a hormiguear. El calor le inundó el pecho. Se quedó allí un rato, disfrutando de esas sensaciones, luego agarró el cubo y salió por la puerta de atrás del jardín.
Los dos chuchos del final de la calle le habían vuelto a volcar el cubo de basura colectivo. Uno de ellos estaba revolcándose en el suelo y el otro tenía algo en la boca. Cuando le vieron venir se alejaron con pasos cortos, afectados. Normalmente les habría tirado una piedra o dos, pero esta vez los dejó irse.
La casa estaba a oscuras cuando volvió a entrar. Ella se encontraba en el cuarto de baño. Él se quedó delante de la puerta y la llamó. Oyó ruido de frascos, pero ella no le respondió.
—Ann, de verdad que lo siento —dijo—. Te compensaré por ello, lo prometo.
—¿Cómo? —preguntó ella.
Él no se esperaba aquello. Pero por el sonido de su voz, un tono claro y definitivo que le resultó extraño, supo que tenía que dar la respuesta adecuada. Se apoyó contra la puerta.
—Me casaré contigo —susurró.
—Ya veremos —dijo ella—. Vete a la cama. Estaré contigo en un momento.
Él se desnudó y se metió a la cama. Por fin oyó que la puerta del cuarto de baño se abría y se cerraba.
—Apaga la luz —dijo ella desde el umbral.
—¿Qué?
—Que apagues la luz.
Él estiró la mano y tiró de la cadenita de la lamparilla de noche. La habitación quedó a oscuras.
—Ya está —dijo. Permaneció allí tumbado y no pasó nada—. Ya está —dijo de nuevo. Entonces oyó movimiento en la habitación. Se sentó pero no podía ver nada. La habitación estaba en silencio. Su corazón latía con fuerza como la primera noche que pasaron juntos, como todavía latía cuando le despertaba un ruido en la oscuridad y esperaba oírlo de nuevo… el sonido de alguien que se movía por la casa, un extraño.



ANTOLOGÍA DE CUENTO NORTEAMERICANO





martes, 29 de abril de 2008

Realismo sucio / En voz baja


Raymond Carver


REALISMO SUCIO

En voz baja

RAY LORIGA

26 ABR 2008 

Tres escritores distintos, Carver, Wolff, Ford, y un mismo epígrafe, Realismo Sucio. Un nombre que ni es exacto ni dice nada y que seguramente provenía de un término anterior, Realismo de Fregadero, que se utilizó para definir a un grupo de cineastas de los años setenta, encabezados por Sidney Lumet, que desde las calles de Nueva York crearon un cine nuevo alejado del lustre de las producciones de Hollywood. Hubo otras muchas definiciones para Carver y sus amigos, Realismo de K-Mart, tomado del nombre de una popular cadena de supermercados de bajo precio, minimalismo... pero el más popular acabó siendo el más sucio. El padre de esta supuesta corriente vendría a ser Charles Bukowski, y los nietos incluirían a Frederick Barthelme, Ann Beattie, Bobbie Ann Mason (más primos que nietos en función de sus partidas de nacimiento), y ya a finales de los ochenta, a jóvenes escritores como Jay McInerney, o incluso Easton Ellis, que luego, con la llegada de Douglas Copland, pasaron a ser Generación X, en fin, un lío. Hasta aquí la historia oficial. La realidad es bastante más limpia, y lo cierto es que estos tres escritores, Carver, Wolff, Ford, no tenían mucho que ver entre ellos y apenas nada con sus supuestos padres, primos o hijos. Carver, el que primero saltó a la fama, era un escritor de relatos breves que siempre reconoció la influencia de Chéjov. Había sido alcohólico y pobre pero su escritura fue siempre precisa e inmaculada. Puede decirse que descubrió un bello atajo para reducir una visión muy personal de América y de sí mismo y dotarla de una naturaleza simbólica. En las pequeñas historias de Carver, como en las de Chéjov, se encontraban los ecos de un mundo que se hacía enorme precisamente por su ausencia. Los tonos de Carver han sido muy copiados pero difícilmente igualados. Su trabajo de reducción de la realidad, su microscópica obsesión, y su buen gusto a la hora de manejar la elipsis y un minúsculo pero certero efectismo, invitaron a muchos a copiar una receta que no era en absoluto tan sencilla como pudiera parecer. Su temprana muerte le convirtió en leyenda, y nos condenó a un silencio forzado muy apropiado para un escritor al que le gustaba tejer las historias en voz baja y terminarlas con un profundo silencio.







MÁS INFORMACIÓN



Tobias Wolff ha sido siempre un autor más conradiano, un hombre de acción y reflexión, un escritor más realista y más cerca del rumor de todas las cosas y, sin duda, el más dotado para el humor y la alegría de los tres. Mientras Carver metía la vida por un embudo, Wolff la cocinaba en un gran caldero. Su entusiasmo y su tono, que acepta por igual la tragedia, la comedia, el acertado análisis literario, y una sincera preocupación por las cosas de los demás, le alejan de la bella y tiránica letanía carveriana. 


Richard Ford es, asimismo, un escritor propio y diferente. Lo que Carver reduce, y Wolff observa con gracia y cautela, Ford lo expande hasta conseguir crear un universo de lo inmediato. Su atención por el detalle y sus maneras de prolijo cronista consiguen mostrarnos las cosas aparentemente sin intervención. Ford es a menudo el escritor invisible y su mundo parece forjado por quien ve lo que ve, en lugar de imponer la memoria y el acento de quien ya lo ha visto. Por supuesto sabemos que tal cosa no es posible, y eso habla mucho y bien del talento de Richard Ford. Conseguir que lo inventado sea, o parezca, el mundo real, con su exacta cadencia y sus paisajes reconocibles, extraer de su propia experiencia el reconocimiento de la nuestra como lectores, es una tarea nada sencilla y al alcance de pocos y elegidos escritores. La carretera nunca es aburrida, nos dice Ford, pero su carretera no es la de Kerouac, sino una carretera no distorsionada por la histeria de su autor. Esto no es una puñalada al gran Jack, sino la constatación de una personalidad literaria muy diferente. Si hay algo que une a estos tres magníficos escritores es su renuncia voluntaria al ruido y la bravuconería que caracterizó a los grandes osos armados, Faulkner, Hemingway, y su descaro a la hora de narrar desde posiciones sensatas tan alejadas del narcisismo Beat. Poco más tienen en común sus enormes logros literarios que la voluntad de hacerse oír, hablando a menudo en voz baja.

Ray Loriga es autor de El hombre que inventó Manhattan (El Aleph)

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de abril de 2008


EL PAÍS



Ray Loriga / “No voy a pedir perdón por la suerte. ¿Se pide perdón por la desgracia?”