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lunes, 1 de noviembre de 2021

Jorge Edwards / Antes y después de Swann


Charles Swann

Jorge Edwards
ANTES Y DESPUÉS DE SWANN

Letras Libres
31 de enero de 2001

Marcel Proust se preparó toda la vida para escribir A la recherche du temps perdu, En busca del tiempo perdido. Todo lo que escribió antes de la Recherche —crónicas mundanas, ensayos literarios y sobre cuestiones de arte, la novela inconclusa Jean Sauteuil e incluso las traducciones de John Ruskin—, no fue más que un primer borrador, una exploración preliminar, un anuncio de la obra definitiva. Después de vacilaciones que parecían interminables, de aproximaciones insatisfactorias, Proust descubrió el tono preciso que le permitiría escribir la Recherche. Al hacerlo se transformó en otro escritor y en otra persona. El error garrafal de André Gide al rechazar, en su calidad de lector para la NRF y para Gallimard, el manuscrito de la novela, consistió en haber conocido al Proust de antes, el de los salones y las duquesas, y no comprender que el autor de El camino de Swann era otro. Porque Proust, al emprender la tarea de escribir su obra definitiva, se identificó en forma completa con la obra, fue la Recherche, así como la Recherche, uno de los mayores monumentos verbales de toda la historia literaria, formó al Marcel Proust definitivo, al Proust transformado en sí mismo, al fin, para la eternidad, de acuerdo con el verso de Stéphane Mallarmé que conocía tan bien y que a menudo citaba. 

lunes, 22 de febrero de 2021

Jorge Edwards / «El capricho tomaba en Neruda la apariencia de la necesidad»



Jorge Edwards: «El capricho tomaba en Neruda la apariencia de la necesidad»

De nuevo tras el rastro de Neruda, su amigo Jorge Edwards acaba de publicar 'Oh, maligna', memoria poética del amor más desconocido del poeta y celebración del nacimiento de esa gran poesía de nuestra lengua




EL CULTURAL
10 de diciembre de 2019

¿Qué libro tiene entre manos?
Estoy leyendo una casi novela que narra el viaje del pianista Claudio Arrau a un villorrio del interior de Uruguay a dar un concierto. Al final descubrirá que en ese lugar nunca existió un piano y que al lado hay una laguna llena de barro llamada Estigia.

martes, 28 de julio de 2020

Jorge Edwards / Los olvidados

José Lezama Lima

LOS OLVIDADOS

Los escritores que luchan por ser conocidos y recordados me dan un poco de risa


Los olvidados suelen ser mejores que los recordados, más interesantes. La lista de los olvidados disminuye por un lado y aumenta por el otro. En una época no existía en la memoria común José Lezama Lima, el autor cubano de Paradiso; después empezó a existir, y ahora lo hemos olvidado de nuevo. Caprichos de la memoria, se podría decir. O de la justicia literaria. Los escritores que luchan por ser conocidos y recordados, los que difunden por internet la menor de sus producciones, los que corren y sudan la gota gorda, me dan un poco de risa. Es decir, no me infunden verdadero respeto. Hay que aguantar, hay que tener paciencia. Hay que hacer como Fernando Pessoa, el poeta portugués, que declaraba que la fama era una cuestión plebeya (con este adjetivo preciso), y que cuando salía de su oficina para tomarse una copa de vino, le decía a su jefe que tenía una reunión importante con el señor Perales. El señor Perales era el mesonero del bar de la esquina. Si usted huye del mal gusto, como decía el joven Pablo Neruda, cae en el hilo. Si usted se toma en serio, cae en el más completo ridículo.

domingo, 2 de febrero de 2020

Jorge Edwads / Uno o dos recuerdos de Graham Greene


Graham Green
Ilustración de T.A.

Uno o dos recuerdos de Graham Greene

Jorge Edwards
5 de abril de 1991

Los restos mortales del escritor británico Graham Greene, muerto el pasado miércoles a los 86 años, reposarán a partir del próximo 8 de abril en la pequeña localidad suiza de Corseaux, en el cantón del Vaud. El sacerdote español Lepoldo Durán, amigo personal de Greene, pronunciará en inglés la oración de despedida en la iglesia Saint Jean de Vevey, lugar donde murió el autor de El poder y la gloria. Hacía un año que Graham Greene, debido a su delicada salud, había dejado su domicilio de la Costa Azul francesa para instalarse en los parajes del lago Leman, cerca de su hija Caroline. Greene estaba considerado como uno de los más importantes escritores contemporáneos.

viernes, 4 de enero de 2019

Jorge Edwards / “Neruda veía las cosas del estalinismo, pero se las tragaba”

Jorge Edwards
Foto de Inma Flores

Jorge Edwards: “Neruda veía las cosas del estalinismo, pero se las tragaba”

El premio Cervantes publica 'Esclavos de la consigna', segundo tomo de sus memorias en el que no deja títere con cabeza


Juan Cruz
10 de diciembre de 2018

Con Persona non grata (Barral Editores, 1973) Jorge Edwards dinamitó la placidez con la que se aceptaba cualquier cosa que venía de Cuba. Ese libro lo convirtió no sólo en un personaje non grato en ese país. Lo hizo despreciable a los ojos de los que, como Fidel, consideraban que “con la Revolución todo, contra la Revolución nada”. Pablo Neruda, para el que trabajó y del que fue amigo, le aconsejó que guardara ese libro, “y hoy seguiría pidiéndomelo”. Julio Cortázar, también su amigo, le declaró a un periodista que preferiría no verlo. Ese libro repudiado y masivamente leído reflejaba lo que sucedió, entre otras cosas, con el caso Heberto Padilla, poeta cuyo encarcelamiento por el régimen motivó la protesta de intelectuales de varios paísesmientras él fue encargado de Negocios del Gobierno de Allende en la isla.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Jorge Edwards / El hombre templado

El hombre templado

Jorge ­Edwards es una de esas personas con gran sentido de la justicia que son inmunes a cualquier arrebato colectivo


ANTONIO MUÑOZ MOLINA
28 DIC 2018 - 18:04 COT

Jorge Edwards, en su casa en Madrid el 6 de diciembre.
Jorge Edwards, en su casa en Madrid el 6 de diciembre de 2018. Foto de Irma Flores 

La memoria viva preserva con una inmediatez de verdad las figuras lejanas de los muertos. Muy joven todavía, estudiando en la Universidad de Princeton, a finales de los años cincuenta, Jorge Edwards salió a dar un paseo una mañana de invierno y vio venir a una pequeña figura por el campus nevado. “Era”, cuenta, “un hombre más bien bajo de estatura, de mostachos grises, de capa, de sombrero con plumita de estilo de cazador inglés. Cuando estuve cerca, lo miré a los ojos claros, severos, miré la nariz aguileña, y comprobé sin una sombra de duda que era William Faulkner”. En el Madrid de ahora, a los ochenta y tantos años, Jorge Edwards recuerda el momento en que su ojos se cruzaron con los de Faulkner hace más de medio siglo, y esa imagen que permanece en su memoria y que él invoca escribiendo saca al viejo maestro de su pasado ya casi imaginario y lo acerca a nosotros. Esa es la tarea, el privilegio, casi la obligación de quien ha vivido lo que casi nadie más puede recordar: dar testimonio de lo que de otro modo se perdería, dejar constancia de su condición irreemplazable de testigo.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Vargas Llosa / Jorge Edwards, partidario de la nada

Mario Vargas Llosa

Partidario de la nada

La prosa de Jorge Edwards está cargada de una fina ironía que da un encanto especial a todo lo que cuenta en ‘Esclavos de la consigna’, por donde desfilan personajes fascinantes como Rubem Braga o Carlos Fuentes


El País, 22 de diciembre de 2018


Partidario de la nada”, se declara Jorge Edwards en el segundo tomo de sus memorias, que acaba de publicar (Esclavos de la consigna, Lumen). La frase es muy bonita, pero no es cierta, porque él tiene sus ideas políticas y literarias bastante claras y las defiende con entereza. Pero siempre ha habido en él una objetividad y una mesura que se reflejan muy exactamente en ese estilo sereno, demorado, claro e inteligente con el que escribe sus espléndidas crónicas y memorias.

lunes, 24 de abril de 2017

William Faulkner / Leyendas del Misisipi

William Faulkner

William Faulkner

Leyendas del Misisipí


JORGE EDWARDS
13 SEP 1982


Estábamos en el pueblo de Oxford, Misisipí, en el sur de Estados Unidos, reunidos en una conferencia internacional sobre Yoknapatawpha y William Faulkner, conmemorativa de los veinte años de la muerte del novelista. Yoknapatawpha sólo existió en la imaginación de William Faulkner y constituye el espacio ficticio de casi todos sus cuentos y novelas. Todas las regiones imaginarias de la narrativa moderna -la Santa María, de Juan Carlos Onetti, y el Macondo, de García Márquez- provienen de esta idea faulkneriana, concebida un poco antes de 1930, en ese pueblo de Oxford, de inventar, además de un conjunto de personajes, toda una geografía novelesca. En la literatura, la capital del condado se transformó en Jefferson, pero Jefferson, el pueblo de Mientras yo agonizo, de Luz de agosto, de Sartoris, se parece notablemente a Oxford. Tiene la misma corte de justicia en el centro de la plaza, el mismo banco en la esquina, fundado en la realidad por un coronel que fue abuelo del escritor, y un esbelto monumento al soldado de la Confederación, el bando sureño derrotado en la guerra civil de 1861. Los lugareños pronuncian "Yoknapatofa", y éste era el nombre indígena de uno de los ríos vecinos, afluente del Misisipí.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Truman Capote / El talento y el látigo

Truman Capote
Fotografía de Richard Avedon
Poster de T.A.

Truman Capote

Biografía

El talento y el látigo

JORGE EDWARDS
9 OCT 1984

En su conocido prólogo a Música para camaleones, el último de sus libros publicados, Truman Capote dice que cuando Dios entrega un don, entrega al mismo tiempo un látigo, un látigo que sólo sirve para autoflagelarse. Lo dice a propósito de toda su experiencia literaria. Porque desde niño, desde los ocho o nueve años de edad, fue un escritor asombrosamente consciente, obsesionado por la idea de dominar el oficio. Sentía, sin duda, el peso de una generación brillante y que se hallaba en pleno trabajo creativo: la de William Faulkner, sobre todo, de quien iba a ser un continuador directo. En ese prólogo dice que sus principales intereses infantiles consistían en leer, ir a ver películas, bailar zapateado y dibujar. Uno advierte que de la lectura, sin darse demasiada cuenta, pasó a la escritura, adquiriendo así eso que después definiría como un látigo: la exigencia de la persona que sabe distinguir entre el simple trabajo literario de calidad y la obra de arte. Truman Capote adquirió la calidad superior, excelente, en plena adolescencia, al escribir sus primeros cuentos, y luchó durante el resto de su vida para crear la verdadera obra de arte. Probablemente no lo consiguió, o lo consiguió sólo a medias, en algunas páginas. Se sabe que el día de su muerte había vuelto a revisar el final de Answered prayers (Oraciones contestadas), título que reconoció haber tomado de una idea de santa Teresa: se derraman más lágrimas por las oraciones contestadas que por las que no obtienen respuesta.

viernes, 22 de abril de 2016

Gamoneda, Edwards y Sánchez Ferlosio / Tres ‘cervantes’ sobre Cervantes




De izquierda a derecha, Antonio Gamoneda, Rafael Sánchez Ferlosio y Jorge Edwards,
ayer en la Universidad de Alcala de Henares.
  EL PAÍ

PREMIO CERVANTES

Tres ‘cervantes’ 

sobre Cervantes

Jorge Edwards, Sánchez Ferlosio y Antonio Gamoneda homenajean en Alcalá al autor del ‘Quijote’


JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS
Alcalá de Henares
21 ABR 2016 - 09:34 COT

Antonio Gamoneda
Aunque parezca mentira, el Paraninfo de la Universidad de Alcalá es casi un siglo más antiguo que el Quijote. Una inscripción en la puerta recuerda escuetamente que en 1518 lo construyó el arquitecto Pedro Gumiel. Por esa puerta volvieron a entrar ayer Jorge Edwards, Rafael Sánchez Ferlosio y Antonio Gamoneda, que retornaban al lugar en el que recibieron el Premio Cervantes para hablar, cómo no, de Cervantes. Lo hicieron en una tarde entrelluviosa y ante un público escaso que apenas alcanzaba a llenar un auditorio en el que el próximo sábado leerá su discurso el mexicano Fernando del Paso, último galardonado.
Sentados en mesa aparte, un poco como tres sabios y otro poco como tres estudiantes castigados a dar la lección, Edwards, Ferlosio y Gamoneda llenaron una sesión a la que faltó el cuarto convocado, José Jiménez Lozano. El escritor abulense, premiado en 2002, se recupera de una caída que dio al traste con su cadera y con sus intenciones. Abrió el fuego Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931), galardonado en 1999, que comenzó advirtiendo que es un “lector antiguo” de Cervantes pero no un cervantista. Lo descubrió, dijo, a través de los escritores del 98, fundamentalmente Azorín y Unamuno. Por eso quiso evocar la tesis del rector salmantino de que el Quijote es más importante que su autor antes de matizar: “Yo he descubierto también la importancia de Cervantes. Soy gran aficionado a sus Novelas ejemplares. Cada una de ellas es una película”.

Miguel de Cervantes Saavedra





El escritor chileno discrepó también de la lectura cervantina de Victo Hugo poco después de darle parcialmente la razón. Se la dio porque, apuntó, Cervantes es, como dice Hugo, un “escritor océano”, es decir, “sin límites, profundo, con monstruos”. Discrepó de él por compararlo con Rabelais y por decir que tanto el creador de don Quijote y Sancho como el de Gargantúa y Pantagruel son “dos Homeros bufones”. Edwards admitió lo que ambos tienen de carnavalesco y de inversión de las jerarquías pero trazó una frontera: “Rabelais es un escritor del vientre; Cervantes, de la cabeza y el corazón”. Por no abandonar los paralelismos, terminó con otra lectura ajena: la de Borges. No lo hizo esta vez recurriendo al socorrido Pierre Menard, que reescribe palabra por palabra lo escrito por el escritor alcalaíno, sino invitando a leer El Aleph como una parodia del episodio quijotesco de la Cueva de Montesinos. En ambos casos sus protagonistas llegan a un punto que resume la totalidad del mundo, aunque en el caso de Borges fuera después de beber un coñac argentino, “cosa que como chileno”, apostilló Edwards socarrón, “considero muy peligrosa”.
Por la relación entre el vientre y el Quijote empezó su lección Rafael Sánchez Ferlosio(Roma, 1927), que señaló el episodio de las bodas de Camacho como “el momento cumbre de la novela”. Luego sacó unas “paginitas” y las leyó con ayuda de una lupa. “Soy muy cegato”, se excusó. Si en su discurso de recepción del premio de 2004 Ferlosio señaló que “la naturaleza de don Quijote estaba en ser un personaje de carácter cuyo carácter consistía en querer ser un personaje de destino” –algo así como ser un prototipo que termina yendo por libre-, ayer glosó la idea de que “todo juicio estético guarda relación con una antigua ética” para apuntar que la de Alonso Quijano es “una aventura estética o literalmente artística”. También él sugirió una lectura paralela para el Quijote: el Cantar de Mío Cid. Partiendo de la épica y de su parodia, terminó señalando la nobleza con la que Cervantes soluciona esa tensión estética por la vía de un personaje que recurre al “encarecimiento de un ayer éticamente digno de añorar”.
Jorge Edwards
También Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) también sumó ética y estética en un “parlamentillo” en el que abundó en algunos de los asuntos de su discurso del Cervantes de 2006. El autor leonés empezó recordando los 10 años transcurridos antes de subrayar que el escritor que da nombre al galardón se equivocó al lamentar que “el cielo” no hubiera hecho de él un poeta. ¿Por qué? Porque lo era, pero no por los versos que escribió sino por el ritmo poético de su prosa narrativa, algo que, dijo, estaba ya en La Celestina como estaría luego en Valle-Inclán, Kafka, Joyce o Faulkner. Tras glosar el compromiso de don Quijote con los menesterosos frente a los poderosos, Gamoneda cerró con unos versos del turco Nazim Hikmet dedicados al Caballero de la Triste Figura, aquellos que dicen que seguirá viviendo “como una llama” y que “Dulcinea será cada día más hermosa”. Aunque ninguno de los dos exista.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Heberto Padilla / Disidente despistado


Heberto Padilla, en 1994. Foto de 

HEBERTO PADILLA

Disidente despistado

Heberto publicó los poemas de 'Fuera de juego' y su condena fue cuidadosamente preparada con efecto retardado


Jorge Edwards
20 de diciembre de 2014


Durante su tiempo de funcionario cubano en Moscú, a mediados de los 60, Heberto Padilla (1932-2000) se hizo amigo de Eugenio Evtuchenko, se interesó en los disidentes soviéticos y soñó con encabezar una disidencia cubana. Creyó que podía ocupar ese lugar sin demasiado riesgo, protegido por su prestigio de poeta traducido a lenguas extranjeras, pero no comprendió la magnitud de la crisis interna de Cuba en los días de su regreso, la del viraje prosoviético de la revolución y la del fracaso de la zafra de los 10 millones de toneladas de azúcar. La URSS había iniciado un camino irreversible de regreso, que desembocaría en la perestroika, pero el castrismo seguía el camino inverso: se alineaba con el campo socialista, aplaudía la invasión de Checoslovaquia por los rusos, endurecía la vigilancia interna en todos los terrenos.
Los comienzos habían sido los de la espontaneidad y las vanguardias estéticas, los de Lunes de Revolución y la revista Pensamiento crítico. Pero había que escuchar el lenguaje oficial con atención, sin ilusiones. Dentro de la revolución, todo, había declarado Fidel Castro: Fuera de la revolución, nada. Heberto publicó los poemas de Fuera de juego, cuyo título era una evidente provocación, obtuvo un premio de doble filo, gracias a los votos extranjeros del jurado, y su condena fue cuidadosamente preparada con efecto retardado.
Después creyó que mi llegada a La Habana como representante diplomático del gobierno de Salvador Allende, con la misión breve de reabrir la embajada de Chile, podría ayudarlo, y sucedió exactamente lo contrario. Heberto me dijo demasiadas cosas, con información detallada, con humor negro, con exclamaciones provocativas, y eso sirvió para reforzar las acusaciones en contra suya. Me visitó un viernes en la tarde, en vísperas de mi salida de Cuba, en compañía de Saverio Tutino, corresponsal de L’Unitá de Roma, y de Norberto Fuentes, que ya hacía méritos discretos, más bien solapados, para que lo expulsaran de la isla. Heberto fue detenido esa misma noche, al regresar a su departamento, junto con su mujer, la poeta Belkis Cuza. El título suyo había sido un anuncio. El mío, Persona non grata, no fue una declaración formal, como pensaron algunos, sino una comprobación desencantada y una metáfora.


lunes, 22 de abril de 2013

Un don de Cervantes / El oficio de regalar libros

José Emilio Pacheco
Premio Cervantes 2009
Gijón, Asturias


Un don de Cervantes

Los ganadores del prestigioso premio escogen un libro que regalarían a los lectores



Decenas de lectores en la Rambla de Barcelona en el día de Sant Jordi de 2011. / JOAN SÁNCHEZ




Un solo libro. Todo un reto para quien, a lo largo de su vida, habrá escrito y leído cientos (¿miles?). Pero la pregunta no deja espacio para las excepciones, ni siquiera para los premios Cervantes: ¿qué obra regalarías en ocasión del Día del Libro? Algunos intentan escaquearse y proponen una lista más larga. Dos, tres o hasta siete opciones. El conde de MontecristoLa isla del tesoro, el Calila e Dimna en su edición original de 1252, Pedro Páramo y Reloj de príncipes, de Fray Antonio de Guerra, salen a lo largo de las conversaciones, pero quedan descartados ante la obligación de quedarse con un único regalo.
Todos, eso sí, avanzan que es “muy complicado” escoger solo una opción. Y José Emilio Pacheco subraya que, por encima de todo, es importante que se lea “por placer, no por obligación”. Y sin prejuicios, como le explicó una vez García Márquez. “Los escritores suelen despreciar los bestsellers, pero Gabo me dijo que al leerlos me fijara en cómo están contados más que en el estilo. Y, por ejemplo, con la trilogía de Stieg Larsson me ocurrió que no podía dejar de leerla”, asegura el mexicano, que recibió el Cervantes en 2009.
Alguna novedad, muchos clásicos, sobre todo novela pero también poesía. Es lo que se obtiene de la lista de respuestas ofrecidas por los ganadores del premio más prestigioso de las letras en lengua española, junto con una receta perfecta para coger un sillón, varias horas de tiempo y pasarse el Día del Libro en los Estados Unidos de principios de siglo con Jay Gatsby o en la Francia ocupada por los prusianos de 1870.
Jorge Edwards (Santiago de Chile, 1931), Cervantes de 1999. Escojo Los ensayos de Michel de Montaigne, en una edición reciente publicada por la editorial Acantilado. Se trata de una obra muy libre y moderna en el contexto del siglo XVI francés. Lo único parecido de aquella época es El Quijote. La escritura de Montaigne y Cervantes es una mezcla muy sabia y divertida de narración y reflexión.
José Jiménez Lozano (Langa, 1930), Cervantes de 2002. La verdad es que no suelo regalar libros. Nunca sabes si a la otra persona le va a gustar como a ti, ni tampoco quiero ponerle en un compromiso. Prefiero, a lo mejor, recomendar a alguien que se compre un libro. De todos modos, elijo lo último que he leído, Antimemorias de André Malraux, una obra muy interesante.
Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927), Cervantes de 2004. Un entremés de Cervantes titulado El viejo celoso, por su esplendor. En la obra aparece una de las frases más bonitas del castellano. Una muchacha burla a su marido, pero con la verdad. Finge que está con un amante; él no se lo cree, aunque en la habitación hay un muchacho que ella ha metido con la ayuda de una vecina cómplice. Y entonces la muchacha le dice: “Lavar quiero a un galán las pocas barbas que tiene con una bacía llena de agua de ángeles porque su cara es como la de un ángel pintado”.
Sergio Pitol (Puebla, México 1933), Cervantes de 2005. Misericordia, de Benito Pérez Galdós. Aún ahora Benito Pérez Galdós me parece uno de los novelistas más vivos y complejos de la lengua castellana. Mi generación aprendió a leerlo de la mano de comentaristas excepcionales: Luis Cernuda, Buñuel, Bergamín, Alfonso Rejes, Max Aub, María Zambrano y Octavio Paz, quien dedicó su discurso de aceptación al Premio Cervantes al novelista madrileño, supieron insuflar en nosotros la desmedida vitalidad de su obra, que ha alcanzado incluso a novelistas tan disímiles como Antonio Tabucchi o César Aira.
Durante décadas, cierta crítica malintencionada o de plano cegatona, quiso ver al Maestro como al exponente de un realismo áspero, monolítico e incluso costumbrista. Nada más lejano de la verdad. Pocas novelas como las suyas han sido susceptibles a esa grieta de lo real de la que emanan los personajes y situaciones más disparatadas, excéntricas y rabiosamente humorísticas; el punto en que todo se deshace y vuelve caricatura. Misericordia es, entre muchas otras cosas, la suma de todo esto. Una novela fundamental, humana y profundamente divertida.
Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931), Cervantes de 2006.Si se puede dar una analogía lectora entre yo que regalo el libro y quién lo recibe, porque la sensibilidad más o menos inteligente que tengo la supongo en el lector, escojo mi vicio, La celestina. Es mi predilección, casi una obligación, ya que lo leo todos los años.
Juan Gelman (Buenos Aires, 1930), Cervantes de 2007. Los poemas humanos del autor peruano César Vallejo. El libro es una muestra de cómo, sin perder la humanidad ni dejar de producir emoción en el lector, se propuso romper los límites de la lengua, como ya hizo Cervantes que los ensanchó y como Lope de Vega. Los poemas de Vallejo dan una visión de todas las posibilidades que ofrece este maravilloso idioma castellano.
Juan Marsé (Barcelona, 1933), Cervantes de 2008. El gran Gatsby. Jay Gatsby encarna el sueño americano del siglo XX y entronca con la gran novela del siglo XIX de los Balzac, Stendhal y Tolstói.
José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939), Cervantes de 2009. Lo más importante es que nunca hay que ver la lectura como una obligación, sino como un placer. Si un libro no te gusta, déjalo, y a lo mejor retómalo en 10 años. Hay dos ejemplos brillantes de novela corta: los relatos Bola de sebo de Guy de Maupassant y Corazón sencillo de Gustave Flaubert. Tienen una forma excelente, son completas, y además son dos grandes novelas con protagonistas femeninas, que defienden la figura de la mujer en un siglo, el XIX, que la ataca constantemente.
Ana María Matute (Barcelona, 1925), Cervantes de 2010. Los poemas de San Juan de la Cruz. Me parecen impresionantes, me estremecen. Es una obra extraordinaria, de una espiritualidad honda y auténtica.
José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926), Cervantes de 2013. Intemperie, de Jesús Carrasco. Es una obra sorprendente, con una prosa admirable, sobre las aventuras de un niño que huye de su casa por la miseria material y moral que allí se vive.