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lunes, 13 de julio de 2020

Mujeres encerradas / La secuestrada de Poitiers

La Terrible Historia de Blanche Monnier — Steemit
Blanche Monnier

MUJERES ENCERRADAS LA SECUESTRADA DE POITIERS

La terrible historia de la bella joven encerrada 25 años en su cuarto

En 1901 Francia descubrió con horror el caso de Blanche Monnier, secuestrada en una habitación a oscuras y maltratada por su familia


Madrid, 26 MAY 2020


Al principio, su acomodada y prestigiosa familia excusaba la ausencia en sociedad de la joven Blanche diciendo que estaba en un internado en el Reino Unido. Como pasaban los años, el pretexto cambió a que se había mudado a Escocia. 25 años después de que alguien en Poitiers la hubiera visto en público por última vez, el fiscal general de París recibe un anónimo:

Mujeres encerradas / Emily Dickinson

Emily Dickinson a los 16 años, en el seminario de Mount Holyoke, entre diciembre de 1846 y principios de 1847






Emily Dickinson a los 16 años, en el seminario de Mount Holyoke, entre diciembre de 1846 y principios de 1847

Emily Dickinson, una mujer encerrada en el lenguaje

Luciano Sáliche
12 de diciembre de 2017

Es un miércoles cualquiera de 1842 en Amherst, un pequeño pueblo de Massachusetts. Emily Dickinson tiene once años y está en su cuarto, en la planta de arriba, mirando por la ventana cómo los rayos del sol se filtran por entre los árboles. Es una casona inmensa, a seis kilómetros del sinuoso río Connecticut, construida por sus antepasados. Ahora su mirada vuelve hacia una hoja sobre el pequeño escritorio donde está sentada y continúa —como hará el resto de su vida y sin parar— escribiendo. "Hoy es miércoles, y ha habido clase de oratoria. Un joven leyó una composición cuyo tema era 'Pensar dos veces antes de hablar'. Me pareció la criatura más tonta que jamás haya existido, y le dije que él debiera haber pensado dos veces antes de escribir".

Mujeres encerradas / El calvario de Leonor de Aquitania / La reina promiscua a la que su marido encerró 20 años en una torre




MUJERES ENCERRADAS

El calvario de Leonor de Aquitania, la reina promiscua a la que su marido encerró 20 años en una torre

Fue, con permiso de Juana La Loca, la reina más carismástica de la Edad Media. Adorada como icono feminista y reconvertida a "femme fatale" por una historia escrita por hombres, esta mujer culta supo disfrutar de sus dos grandes pasiones: el amor y la política.

SILVIA VARELA
06 MAY 2020 18:42

La imagen más recurrente que tenemos de Leonor de Aquitania es la de Katharine Hepburn, vestida de escarlata intenso, en su papel de reina para la película de Anthony Harvey El León en Invierno (1968). Sucede en una Europa medieval de la segunda mitad del siglo XII, concretamente entre Francia e Inglaterra y es la historia de una crisis dinástica. La película comienza con una actividad imprescindible para sobrevivir en cualquier época violenta: un entrenamiento de lucha entre Enrique II, rey de Inglaterra, y su hijo, dicen que favorito, Juan sin Tierra, el hermano neurótico que usurpa el reino al cruzado Ricardo Corazón León en las aventuras de Robin Hood. Tras la “pelea”, Enrique se dirige hacia Aelis, su joven amante, que le espera cantarina en un bucólico paisaje con estética del siglo XIX; recordemos que en esta época reciente surgió una fuerte admiración por la Edad Media.

lunes, 4 de mayo de 2020

Mujeres encerradas / Zelda Fitzgerald / Vivir en llamas y morir calcinada

Ilustración de Ana Regina García


MUJERES ENCERRADAS

Zelda Fitzgerald, la primera ‘it girl’: vivir en llamas y morir calcinada

'Mujeres recluidas’- capítulo XII: pintora, bailarina y escritora, Zelda murió en el incendio del enésimo sanatorio mental en el que estuvo internada. Su trágico final fue la triste alegoría perfecta de la complicada existencia de la primera 'it girl' de la historia.

SILVIA LÓPEZ
27 ABR 2020 23:59
Tan talentosos como Rooney Mara y Joaquin Phoenix, tan indómitos como Kate Moss y Johnny Depp y tan atractivos como Angelina Jolie y Brad Pitt, así debían resultar para prensa y público Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald, la pareja que tan (trágicamente) simboliza la juerga de la era del jazz y la resaca que vino después. El escritor murió prematuramente a causa de su mórbido alcoholismo. Y ella, calcinada en un incendio en un sanatorio mental. Más alegórico imposible. Hasta las fechas de sus biografías están llenas de significado: se conocieron el año en que acabó la Primera Guerra Mundial, se casaron cuando empezaron los locos 20 y se derrumbaron en 1929. Se ha dicho que Scott la saboteaba porque tenía celos de su talento (Hemingway inició el rumor y la genial primera biógrafa de Zelda, Nancy Mitford lo apuntaló), que ella era una flapper sin sustancia y que en realidad nunca se quisieron. La más completa recopilación de cartas entre ellos, Querido Scott, querida Zelda (Lumen), desmiente prácticamente todos esos mitos o, al menos, demuestra que la realidad era mucho compleja. Tanto como la personalidad de ambos.

Mujeres encerradas / Enya en un castillo de Irlanda

El tortuoso camino que llevó a la cantante superventas Enya a recluirse en un castillo en Irlanda

MUJERES ENCERRADAS

El tortuoso camino que llevó a la cantante superventas Enya a recluirse en un castillo en Irlanda

'Mujeres recluidas’- capítulo XIII: es una de las artistas más ricas de Reino Unido. Lo ha conseguido sin dar conciertos, sin ofrecer entrevistas y viviendo aislada desde hace dos décadas en un castillo victoriano con una decena de gatos.

 | 29 ABR 2020 23:59

«Llevo aquí quince años y te puedo asegurar que no la he visto nunca. La puerta está siempre cerrada», contaba un vecino en 2001 al diario The Independent. «A Bono y a su mujer siempre se les ve pasear por aquí. A ella nunca. El otro día vi a una mujer en chándal y zapatillas y creo que era ella, pero no lo sé», añadía otro. En los primeros años del siglo XXI, la prensa se preguntaba dónde estaba Enya; la artista llevaba una década en la cresta de la ola y, de repente, había dejado de producir (lanzó el album A day without rain en 2000 y pasaron cinco hasta que se supo de ella, con el siguiente, Amarantine, en 2005). Después se dieron cuenta de que no tenía sentido preguntárselo: Enya haría muchos más parones y desaparecería muchas veces más después de aquello, a encerrarse en un castillo victoriano de altísimos muros de piedra y puertas de acero.

Mujeres encerradas / Big y Little Edie, las primas de Jackie Kennedy que enloquecieron en su mansión en ruinas

Big y Little Edie: las ‘primas’ de Jackie Kennedy que enloquecieron aisladas (y envueltas en visones) en su mansión en ruinas
Ilustración de Ana Regina García


MUJERES ENCERRADAS

Big y Little Eddie

Big y Little Edie: las ‘primas’ de Jackie Kennedy que enloquecieron aisladas (y envueltas en visones) en su mansión en ruinas




 Adoradas por la alta sociedad neoyorquina, reinas de las fiestas en los Hamptons y familiares directas de Jackie Onassis y Lee Radziwill, las Beale Bouvier vivieron recluidas y olvidadas hasta que un documental de culto retrató su decrepitud y las convirtió en las estrellas que siempre desearon ser.



LETICIA GARCÍA 
22 ABR 2020 23:59


“Si Little Edie estuviera aquí esta noche, probablemente haría su típico baile”, contestó Drew Barrymore al recibir el Globo de Oro por interpretar su vida en 2010. Pero no estaba. Little Edie murió en 2002 y, pese al culto que le profesaron miles de personas en las últimas décadas de su vida, lo hizo sola y arruinada. Eso sí, lejos de Grey Gardens, la casa en la que permaneció décadas confinada (no queda muy claro si a su pesar) y que le dio, por fin, la popularidad que ansiaba desde pequeña, aunque por el camino su vida cambiara radicalmente.

Mujeres encerradas / Elizabeth Báthory, La condesa sangrienta

La condesa sangrienta
Ilustración de Santiago Caruso


MUJERES ENCERRADAS

La condesa sangrienta se quedó sin suministros

Considerada la Drácula femenina, la aristócrata húngara a la que se atribuye bañarse en sangre de doncellas fue emparedada en su castillo


Jacinto Antón

20 de abril de 2020

Es tentador decir que la condesa sangrienta se quedó durante su confinamiento sin productos de baño, pero probablemente sería una broma gruesa y además no del todo exacto. La aristócrata húngara Elizabeth Báthory (Nyirbátor, 1560-Csejthe, 1614), también conocida como la Alimaña y la Loba, que son motes como para ir a visitarla, ha pasado a la historia por los horrendos crímenes de que la acusaron y en general se la recuerda sobre todo en la imaginación popular por bañarse en sangre de doncellas para mantenerse joven. Condenada en 1610 al confinamiento para el resto de sus días en su castillo de Csejthe, actual Chactice, Eslovaquia -murió cuatro años después, con el aburrimiento que hoy no nos cuesta nada imaginar-, evidentemente dejó de poder echar mano de las jóvenes con las que daba salida a sus pulsiones criminales. Pero en realidad, aunque nos fascine la imagen de la mujer solazándose en su rojo baño producto del asesinato, no está acreditado que ese fuera uno de los delitos que cometió y por los que la castigaron.

La condesa sangrienta
Ilustración de Santiago Caruso



La inmersión en sangre es de hecho una adherencia posterior a su leyenda, un siglo después de su muerte, que no aparece en las acusaciones de su tiempo ni en los documentos procesales de su caso. Según los testimonios usados en su contra, la noble húngara sería una asesina en serie sádica que torturaba y mataba por placer a las chicas que eran sus víctimas (se llegó a citar la cifra de 650 muertes), pero no había en ello componente vampírico ni cosmético (lo que no empequeñece sus crímenes). No obstante, la imagen, alimentada por el cine y la literatura (Valentine Penrose ha evocado en La condesa sangrienta, que ahora ha reeditado WunderKammer, como nadie a la aristócrata “ordeñando la sangre para recibirla en su estática belleza”), es tan poderosa que resulta igual de imposible sacar a Elizabeth Báthory de su baño de sangre como a Cleopatra del suyo de leche de burra. No sabría decir si bañarse en sangre tiene algún beneficio real; en leche, al parecer sí: no hace falta que sea de burra, ni tampoco verter 300 cartones en la bañera, basta con tres tazas, eso sí, ha de ser leche entera.






Elizabeth o Erzsébet Báthory pertenecía a una de las familias de más añeja nobleza de Europa. Procedían de Suabia, pero la leyenda les suponía descendientes de los míticos siete jefes magiares que llevaron a sus tribus hasta las llanuras húngaras y cuya patria era la bárbara Escitia. Algunos remontaban su origen hasta el mismísimo Atila, significativamente el ancestro que reivindica el conde Drácula en la novela de Bram Stoker. Los destinos de ambos, el conde vampiro y la condesa sangrienta, se han mezclado de manera fértil en la ficción. En Countess Dracula, producción clásica de la Hammer de 1971, por ejemplo, una turgente Ingrid Pitt (sic) era una trasunta de Elizabeth Báthory que sin su baño de sangre devenía una anciana con una fea verruga en la barbilla, a veces en pleno acto amoroso, lo que resultaba un engorro. La aristócrata húngara fue posiblemente una influencia en la creación del escritor irlandés, y ella misma se ha puesto la capa del príncipe de los no muertos adquiriendo connotaciones vampíricas que jamás tuvo en vida. En realidad, el mundo de Drácula, el de los voivodas tardomedievales como Vlad Tepes (Vlad Dracula o Vlad el empalador), es anterior al de Elizabeth Báthory. Curiosamente, en este mundo de influencias y mezclas de sangre (valga la palabra) históricas y literarias, Drácula y Vlad Tepes también han cruzado influencias: el primero adquiriendo carta de nobleza transilvana y el segundo una relación con el vampirismo que tampoco tuvo nunca (y mira que no sería porque no cometió barbaridades el voivoda).

Mujeres encerradas / María Antonieta en La Conciergerie


Maria Antonieta
Ilustración de Benjamin Lacombe

MUJERES ENCERRADAS

MARÍA ANTONIETA EN LA CONCIERGERIE

Un encierro realmente para perder la cabeza

La depuesta reina de Francia fue recluida en condiciones muy duras antes de su cita con la guillotina


Jacinto Antón
14 de abril de 2020



No es por desanimar, pero es sabido que el encierro de la reina de Francia María Antonieta no acabó muy bien. En realidad, fatal: su reclusión finalizó con un paseo en carro, que no debió de disfrutar mucho, hasta la Place du Carrousel donde la esperaban el maestro verdugo Sanson y su afilada pareja, Madame Guillotina.

sábado, 25 de abril de 2020

Mujeres encerradas / Djuna Barnes, la amiga de Joyce que vivió encerrada 41 años en un apartamento del Village



Djuna Barnes.
ILUSTRACIÓN DE ANA REGINA GARCÍA

MUJERES ENCERRADAS

Djuna Barnes, la amiga de Joyce que vivió 41 años encerrada en un apartamento del Village

'Mujeres recluidas'- capítulo 8: Amiga de James Joyce y estrella de círculos bohemios y lésbicos. Susan Sontag y Anaïs Nin hacían guardia fuera de su casa para poder verla y hablar con ella.

En De Profundis, la epístola dirigida desde la prisión de Reading a Alfred Douglas, el que fuera su amante, Oscar Wilde se lamentaba de haber «escogido los árboles de lo que me parecía ser la franja soleada del jardín y esquivar los otros por su sombra y su oscuridad». En la zona luminosa, los frutos codiciados: los placeres carnales, el brillo social, el éxito literario, la riqueza; en la zona sombría, su envés: el sufrimiento, el escarnio público, el olvido, la pobreza. Esta dicotomía, prefigurada en muchos de los cuentos de Wilde, parece uncida a la vida y la obra de muchos escritores. Está el caso de los escritores que se retiran de la vida para poder escribirla. Un caso paradigmático es el de Proust, que después de derrochar su juventud en saraos con la ‘crema’ del quartier Saint-Germain, sin apenas obra publicada, abandona toda vida social y se encierra en casa para embarcarse hacia la que será una de las galaxias más fascinantes de la literatura universal, En busca del tiempo perdido. Nunca sabremos si a Proust lo recluyó en su habitación (y en la escritura) el asma o si, más bien, fue el cansancio por la vida lo que le condujo a encerrarse, so pretexto de estar enfermo, para recobrar el tiempo perdido (re)escribiéndolo. Ya lo dijo Semprún en uno de sus títulos: la escritura o la vida.
Existe otro tipo de escritores que, tras una vida profusa, obra considerable y gran reconocimiento por parte de sus cofrades, se sumergen en el silencio. Me viene a la cabeza Rimbaud. Y también la que, en sus propias palabras, fue la escritora desconocida más famosa del siglo XX: Djuna Barnes.
Djuna Barnes
La escritora, en 1922 a su regreso a Nueva York desde Francia en el trasatlántico SS La Lorraine. FOTO: GETTY
Barnes nació en Cornwall-on-Hudson (Estado de Nueva York) en 1892, año en el que un todavía exitoso Wilde estrenaba en Londres El abanico de Lady Windermere. A los 20 años se muda a la ciudad de Nueva York con su madre y tres de sus hermanos y asiste durante una breve temporada al prestigioso Instituto Pratt de Brooklyn, donde estudia arte y literatura. Como sustento económico de su familia pronto se ve obligada a buscarse la vida como periodista en el Brooklyn Daily Eagle, un periódico amarillista de la época. Su presentación ante la redacción fue: «Sé escribir y dibujar; si no me contratáis, seríais idiotas». Para esa gaceta escribe artículos llamativos como Qué se siente siendo alimentada a la fuerza, experiencia a la que se ofrece como cobaya, texto al que acompaña una fotografía de ella misma en una camilla rodeada de doctores que, mientras le sujetan las extremidades, le hacen ingerir alimento a través de un rudimentario sistema de tubos, una técnica a la que por entonces se sometía a las sufragistas en huelga de hambre. Otras veces escolta los artículos con sus propios dibujos, bajo la influencia del decadentista Aubrey Beardsley, ilustrador de la Salomé de Wilde. En muchos de estos escritos para la prensa, que tocan temas como el boxeo o las ball parties e incluyen una entrevista a James Joyce para Vanity Fair, Djuna descifra, de manera desenfadada y atrevida, algunos de los puntos clave de la represión femenina.
En poco tiempo, se hace un nombre entre la bohemia de Greenwich Village y publica ficción y poesía. Entre las obras de esta época está el poemario en forma de chapbook The Book of Repulsive Women, muy influido por el decadentismo fin de siècle, cuyas protagonistas son mujeres socialmente consideradas ‘repugnantes’, como una cabaretera o los cadáveres de dos suicidas en la morgue. Más tarde renegaría de esta obra, considerándola «estúpida», mera juvenalia.
Djuna Barnes
Dos imágenes de los años treinta que reflejan el estilo de la autora. FOTO: GETTY
En 1921 Barnes se traslada a París, capital mundial de la vanguardia artística y literaria y refugio de la ‘generación perdida’ estadounidense. Llega a la ciudad con una carta de recomendación de James Joyce, del que se ha hecho amiga, escritor cuya influencia será notable y del que llegó a decir, tras leer su Ulises, que nunca volvería a escribir una sola línea, porque «quién osaría». Por suerte no fue así, y en esos años redacta Ryder, novela de autoficción inspirada en la peculiar historia de su familia (con escabrosos episodios donde se cuenta lateralmente la posible violación de su padre y la relación incestuosa con su abuela), y El almanaque de las mujeres, pastiche inspirado en el círculo sáfico del célebre salón literario de Natalie Barney, abierta «lesbiana de letras» cuya obra es un referente temprano del feminismo, el pacifismo y la promiscuidad, tanto sexual como sentimental. Ambas obras, publicadas en 1928, son atrevidas en temática y en estilo, mezclando el modernismo de Virginia Woolf, Nathanael West o su admirado Joyce con formas arcaicas y paródicas de clásicos como Chaucer y Rabelais.
Durante sus años parisinos, Barnes, además de relacionarse con muchos de los grandes nombres, en su mayoría expatriados, que vivían en la ciudad y de escribir los dos libros anteriormente mencionados, se volvió una frecuentadora de los espacios noctámbulos y, tras ser presentadas por la fotógrafa Berenice Abbott, inició una relación con la escultora estadounidense Thelma Wood, el gran amor de su vida. La ruptura, acontecida a finales de los años veinte, sumió a Barnes en una profunda depresión, literariamente silente, e hizo arreciar su adicción a la bebida, compañía de la que no se separaría hasta mucho más tarde. Toda su historia con Thelma se cuenta à clef en la que es su novela más conocida e importante, El bosque de la noche, redactada durante los veranos de 1932 y 1933 bajo el auspicio de Peggy Guggenheim, amiga y mecenas, en su casa de campo de Inglaterra, Hayford Hall, conocida entre sus residentes, vividores y bebedores, como Hangover Hall. La novela fue publicada por Faber & Faber en 1936, con prólogo de T. S. Eliot, que calificó a su autora como «el genio más grande de nuestros días».
Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Barnes regresó a los Estados Unidos. Alquiló un pequeño apartamento en el número 5 de Patchin Place, en pleno Village neoyorquino, y allí permaneció 41 años, hasta su muerte en 1982 –gracias al estipendio de Peggy Guggenheim, de otros amigos y de una beca tardía de la National Endowment for the Arts–.
Durante este segundo período de descubrimiento de los secretos en la franja oscura del jardín, Barnes se convirtió en una ermitaña. En 1950, mientras escuchaba un programa de la radio, se dio cuenta de que su alcoholismo le imposibilitaba trabajar. Así logró abandonar su adicción y se puso a escribir, aunque su afán perfeccionista y el sol negro que teñía de sombra sus días hicieron que solo viesen la luz The Antiphon (1960), una obra de teatro escrita en verso de imbricado estilo neoisabelino, y una colección de poemas, Creatures in an Alphabet, publicada un par de años antes de su fallecimiento. A lo largo de sus años de confinamiento voluntario, el carácter de Barnes se agrió, volviéndose una misántropa que solo recibía, o atendía por correo, a sus muy conocidos.
Djuna Barnes
Algunos de los libros de Barnes publicados en español. FOTO: GETTY
Entre las nuevas generaciones de escritores, especialmente entre las lesbianas, «la Garbo de las letras», como era conocida, se convirtió en un mito, con todos los estímulos de los misterios velados. A la puerta de su edifico hizo guardia Carson McCullers, que fracasó varias veces en su intento por verla surgir de entre los muertos. Tampoco fueron fructuosos los intentos de Anaïs Nin –a uno de cuyos personajes llamó Djuna, algo que molestó profundamente a la homenajeada– por que participase en el debate de una revista a propósito de la escritura femenina. Bartha Harris le dejaba rosas acompañadas de notas en su buzón, pero jamás recibió respuesta. Susan Sontag, que tras leer El bosque de la noche escribió en sus diarios que no solo había sido una «lectura imprescindible, sino un hechizo», se desviaba de sus itinerarios habituales por el Village hasta llegar a Patchin Place, donde merodeaba con la única intención de cruzársela y ser testigo del milagro.
Si alguna vez Barnes asomaba la cabeza por su ventana era para gritar: «Quien sea que esté llamando al timbre, que se vaya al infierno». Otras veces, pocas, respondía a las cartas de sus admiradores en tono irritado, concluyéndolas con peticiones de dinero. Entre sus escritos no publicados, en su mayoría poemas, hay un sinfín de borradores, que desvelan una reescritura obsesiva, nunca satisfactoria.
Djuna Barnes
Uno de los últimos retratos de Barnes. FOTO: GETTY
En El pensamiento heterosexual y otros ensayos, obra referencial del lesbofeminismo, Monique Wittig, reflexionando sobre el canon literario, afirma que un texto escrito por un escritor minoritario solo es eficaz si consigue que el punto de vista minoritario se haga universal, es decir, si logra ser un texto literario importante. En busca del tiempo perdido es un monumento de la literatura francesa a pesar de que la homosexualidad es el tema del libro. La obra de Barnes es una obra literaria importante a pesar de que su tema central es el lesbianismo. Y continúa Wittig: «Por una parte, el trabajo de estos dos escritores ha transformado –como debe ser en todo trabajo importante– la realidad textual de nuestro tiempo. Pero como obras de miembros de una minoría, sus textos logran cambiar el criterio de categorización, afectando la realidad sociológica de su grupo, al menos afirmando su existencia. Antes de Barnes y Proust, ¿cuántas veces han sido elegidos personajes homosexuales o lesbianas como tema de la literatura en general? ¿Qué ha habido en literatura entre Safo y El almanaque de las mujeres y El bosque de la noche de Barnes? Nada».
Djuna Barnes murió en su casa de Nueva York seis días después de cumplir los 90 años. Parece ser que de inanición. Nadie pudo alimentarla forzosamente. El silencio de sus 40 años de clausura produce el abismo de los paréntesis abiertos en el tiempo, entre los que vienen a situarse tantos días, uno tras otro, sin apenas registro.
EL PAÍS


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Mujeres encerradas / Teresa Wilms Montt, la poeta chilena encerrada por adulterio en un convento



Ilustración de Ana Regina García

MUJERES ENCERRADAS

Teresa Wilms Montt, la poeta chilena a la que encerraron en un convento tras acusarla de adulterio

'Mujeres recluidas'- capítulo X: Sospechosa de espionaje durante la I Guerra Mundial, inmortalizada en un cuadro por Julio Romero de Torres y miembro de la bohemia de Buenos Aires, Madrid y París a principios del siglo XX, la autora nació muchos años antes de que la sociedad pudiera aceptar un alma tan libre como la suya.

-¿Qué hubiera querido ser usted?
-Lo que soy. De cualquier otro modo me habría aburrido más.
Así respondió Teresa Wilms Montt a la periodista Sara Hübner meses antes de su muerte. Y lo recoge Alejandra Costamagna en el maravilloso perfil que escribe sobre ella en Preciosa Sangre, diarios íntimos de Teresa Wilms Montt (La Señora Dalloway, 2017). Según todo lo que dejó escrito esta poeta chilena, en sus 28 años de vida se aburrió poco. Pero no lo tuvo fácil. Nació en Viña del Mar en 1893 en una familia de la aristocracia chilena. Su padre era descendiente de la realeza prusiana y su madre estaba emparentada con varios presidentes de la república. Teresa fue la segunda de siete hermanas y siempre sintió un trato diferente. En sus diarios cuenta cómo de pequeña la castigaban a copiar cientos de veces el verbo obedecer. «Lo sabía de sobra gramaticalmente sin haber pensado nunca en practicarlo», escribió.
Aunque pronto aprendió inglés y francés, no la dejaban leer todo lo que ella deseaba. «Me han prohibido los libros. ¡Está bien! Los robaré ahí donde los encuentre y los leeré, de noche, cuando duerme todo el mundo», contaba. Sin el consentimientos de sus progenitores, se casó a los 17 años con Gustavo Balmaseda. Tuvo dos hijas y se fueron a vivir a la ciudad norteña de Iquique. Allí Teresa escribía en prensa con el pseudónimo de Tebal, participaba en la vida bohemia intelectual y conquistó ese espacio público reservado solo para los hombres. «Yo era la única del sexo femenino en aquellas reuniones (…) abusaba del licor, de los cigarrillos, del éter, etc. (…) También me gastaba ideas anarquistas y hablaba con el mayor desparpajo de la religión (en contra), y participaba de las ideas de la masonería. Escribía para los diarios, daba conciertos. Mis visitas eran a los hospitales, a las imprentas, acompañada de una tropa de médicos pijes y de pijes sin oficio, que me adulaban y ponían por las nubes».
Teresa Wilms Montt
Teresa Wilms Montt, hacia 1920. 
Su inteligencia, actitud y belleza eclipsaban cualquier reunión. Los celos no tardaron en aflorar en Balmaseda y, según retratan algunos libros y la película Teresa: Crucificada por amar, empezó el maltrato. Teresa buscó refugio en Vicente, primo de su marido y se enamoró de él. Al descubrir una correspondencia privada entre ambos, Balmaseda convocó un tribunal familiar con sus padres y suegros. Entre todos decidieron encerrar a Teresa en el convento de la Preciosa Sangre de Santiago de Chile en octubre de 1915 y la tutela de sus hijas recayó en los abuelos paternos.
El convento contaba con una sección para enfermas mentales y otra para recluidas por castigos morales. Teresa permaneció ocho meses en segundo grupo y, durante este tiempo, no cesó de escribir en sus diarios. En ellos narra las visitas que recibe de sus amigos, sus cartas de amor a Vicente, sus angustias existenciales y su gestión del divorcio procurando no firmar ningún papel que acreditara la locura que su familia deseaba atribuirle. «Han querido hacer de mí una pervertida y se encontrarán con que puedo darles lección de nobleza», dejó escrito en aquellos días. En junio de 1916, gracias a la ayuda del poeta Vicente Huidobro, escapó del convento disfrazada de viuda. Los dos escritores eran de la misma edad, pertenecían a una aristocracia que no les comprendía y juntos pusieron rumbo a Argentina con el anhelo de dedicarse a vivir de sus palabras.
Teresa Wilms Montt
Dos ediciones actuales de su obra.
En Buenos Aires se plantó en la redacción de la revista Nosotros, famosa entonces por publicar a escritores consagrados de la talla de Gabriela Mistral, Unamuno o Azorín y se convirtió en colaboradora. En 1917 publicó sus primeros libros, Inquietudes sentimentales y Los tres cantos, ambos con el nombre de Thérèse Wilms Montt. Y la crítica aplaudió su prosa poética alzándola como la figura literaria del momento. Entonces sucedió uno de los episodios que marcaron la vida de la escritora. Un joven al que bautizó como Anuarí se enamoró perdidamente de ella. Y al no ser correspondido como él esperaba, se suicidó delante de la escritora. Tras este hecho, Teresa sintió que necesitaba huir y cambiar radicalmente de vida. Y se subió a un barco rumbo a Nueva York para hacer prácticas en un hospital de la Cruz Roja en plena Primera Guerra Mundial.
El primer día del año de 1918 intentó tirarse por la borda pero un pasajero lo impidió. Y nada más pisar suelo estadounidense fue detenida policía. Sus apellidos, el pelo rubio, los ojos azules y el hecho de viajar sola hicieron sospechar a los agentes de la policía estadounidense de que se encontraban frente a una espía alemana (Mata Hari había sido fusilada por eso mismo meses antes en Francia). La retuvieron dos días en Ellis Island. «Les perdono, después de todo me han proporcionado momentos de emoción», recogió en sus diarios. Pero esas 48 horas fueron suficientes para darse cuenta de que no quería pasar ni un minuto más en ese país. Y se subió a otro barco con destino a España. En el Madrid de principios del siglo XX alcanzó notoriedad en los círculos bohemios. Valle-Inclán prologó su tercer poemario Anuarí en 1918 (reeditado Ediciones Torremozas en 2009), en el que comenzaba diciendo: «¿De qué mundo remoto nos llega esta voz extraña cargada de siglos y juventud?». Julio Romero de Torres inmortalizó la exótica belleza de la chilena en un cuadro. Y ella continuó publicando en prensa con pseudónimos.
Teresa se entera de que sus hijas vivirán en París con su abuelo al que destinan allí y rápidamente se muda a la Ciudad de la luz para poder verlas. En la capital francesa contacta con Max Ernst, Bretón y Paul Éluard. Se halla de nuevo en el epicentro de las vanguardias aunque lo que la mantiene viva es la ilusión de los encuentros semanales con sus hijas. Duran poco. Al año, la familia tiene que regresar a Chile y se llevan a las niñas. Teresa Wilms Montt no soporta esta última despedida y cae en depresión. El 22 de diciembre de 1921 ingiere un frasco de veronal y fallece dos días después en el hospital Laënnec de París. Tenía solo 28 años y un pasado lo suficiente extraordinario (y escrito por ella) como para alimentar su mito que sigue vivo.

DE OTROS MUNDOS

viernes, 24 de abril de 2020

Mujeres encerradas / Leonora Carrington

El dramático encierro español de la pintora surrealista Leonora Carrington
Ilustración de Regina García

MUJERES ENCERRADAS

El dramático encierro español de la pintora surrealista Leonora Carrington

La artista británica fue encerrada contra su voluntad en un sanatorio de Santander al acabar la Guerra Civil. Esta es la historia de una rebelde que pudo entrar en la realeza británica pero optó por vivir sin poner freno a sus pasiones.


«Un viejo topo que nada en los cementerios». Así se definía a sí misma Leonora Carrington (Lancanshire, Inglaterra, 1917- Ciudad de México, 2011), la pintora y artista surrealista que vivió en España uno de los encierros y confinamientos más alucinantes (literalmente) del género autobiográfico. Sus Memorias de Abajo –la edición más reciente es la de la colección Héroes Modernos en Alpha Decay en 2017, traducida del francés original por Francisco Torres– es la prueba de un prodigioso ejercicio de memoria escrito durante cinco tardes de agosto en 1943, tres años después de su confinamiento forzoso, maniatada y drogada a base de inyecciones de luminal y cardiazol, en un sanatorio de Santander al acabar la Guerra Civil.

Mujeres encerradas / Greta Garbo / Tres décadas escondida en un apartamento del Upper East Side

Greta Garbo

Greta Garbo: tres décadas «escondida» con su ama de llaves en un apartamento del Upper East Side

'Mujeres recluidas'- capítulo 6: Se forjó una leyenda como la diva más misteriosa e inaccesible del Hollywood dorado. Desde niña sintió que necesitaba estar sola y tras el fracaso de 'La mujer de las dos caras' decidió ocultarse del mundo. Ahora se cumplen 30 años de su muerte.

viernes, 10 de abril de 2020

Mujeres encerradas / Yayoi Kusama / Cuarenta años de manicomio

Yayoi Kusama
Ilustración de Ana Regina García

MUJERES ENCERRADAS

Yayoi Kusama o por qué encerrarse voluntariamente durante 40 años en una institución mental

La artista viva más famosa del mundo decidió ingresar en un hospital psiquiátrico para dedicarse exclusivamente a crear (y alejar así sus traumas).



LETICIA GARCÍA | 25 MAR 2020 23:59
«Un día estaba mirando el estampado de flores rojas de un mantel. Y, de repente, lo vi también cuando miré al techo, cubría las ventanas, todo el cuarto. Hasta a mí misma. Me asusté, sentí que comenzaba autodestruirme». No era la primera vez que Yayoi Kusama tenía alucinaciones. Sufría un trastorno obsesivo compulsivo desde pequeña y utilizaba el arte para canalizar la neurosis provocada tanto por su entorno familiar como por los horrores perpetrados por la II Guerra Mundial (tenía 16 años cuando estallaron las bombas atómicas). Esta vez, sin embargo, era diferente.