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viernes, 24 de agosto de 2012

Natalia Junquera / Maleta de vuelta / Colombianos en el Reino Unido


Natalia Junquera
Colombianos en el Reino Unido
MALETA DE VUELTA


“¿Cómo iba a dejar al niño en la calle?”

Alba y José cuidan al hijo de una pareja colombiana que ha ido a Reino Unido a buscar trabajo







Sin trabajo, sin casa, abrasados a deudas, desesperados, Claudia y Juan, colombianos, decidieron, tras 13 años en España, probar suerte en otro sitio: Reino Unido. Primero se adelantó ella, el pasado enero, y alquiló una habitación. Después fue su marido. La abuela y los tres niños de la pareja, de 14, tres y un año, se quedaron en casa de unos amigos, Alba, también colombiana, y José, madrileño, que sin dudarlo, hicieron un hueco en su modesto piso del Puente de Vallecas para tres personas más. Hace dos meses, Jorge, el mayor, despidió también a sus hermanos y a su abuela, que se reunieron en Londres con el resto de la familia. Entre todos decidieron que él se quedara para terminar el curso. Jorge lo entendió. Ni piensa ni habla como un niño de 14 años. Está demasiado acostumbrado a las renuncias y a las despedidas.
“Mi madre se vino a España cuando yo tenía un año, hace 13. Yo vine con tres”, explica. “Aquí, ella trabajaba de cajera y limpiadora y mi padre, en la construcción. Mi abuela limpiaba casas hasta que nacieron mis dos hermanos”. Con la crisis, todos se quedaron sin trabajo. Tres años sin ingresos. Perdieron la casa.
La tasa de paro de la población inmigrante es del 36,95%, casi 15 puntos superior a la de los españoles. Los colombianos, la tercera comunidad extranjera (no comunitaria) más numerosa en España, perdió en un año (de 2010 a 2011, según los últimos datos del INE) 28.507 compatriotas (10,4%). Tras al menos 13 años de subida ininterrumpida —el INE solo tiene datos desde 1998— la población extranjera en España bajó el año pasado por primera vez.
“Me dio mucha pena que se fueran, pero lo entendí. Me explicaron que tenían que buscarse la vida y que en cuanto encontraran un trabajo, me reuniría con ellos. Los echo mucho de menos, pero me da mucha pena irme. Quiero mucho a mis amigos”.
— Jorge, ¿dónde está tu casa?
— “Donde esté mi familia”.
— ¿Y de qué país te sientes?
— “De donde esté viviendo”.
Responde con convicción, pero con lágrimas, porque pese a tener solo 14 años, es muy consciente de su situación, de los sacrificios que ya ha hecho y de los que tendrá que hacer. Como todos los emigrantes, él también había hecho sus planes, tenía su proyecto. Apasionado del fútbol, jugó como portero en la cantera de uno de los cuatro equipos madrileños en primera división, hasta que cambió el entrenador y colocó a un familiar en su puesto. “Esa es la imagen que se va a llevar de los españoles”. José se indigna como se indignaría un padre. Jorge se apuntó entonces en otro equipo del barrio, “pero renunció para ahorrarle el dinero que costaba a su familia”, revela José.
—¿Qué te vas a llevar de España con más cariño?
— “La amistad. Las cartas que me han escrito mis amigos al saber que me voy. Dicen que me echarán de menos, que siempre estaré con ellos, y que esperan que vuelva”.
— ¿Y vas a volver?
— “Espero”, responde secándose las lágrimas con las manos.
Ana y José se emocionan al ver llorar a Jorge. También Ana dejó a sus hijos en Colombia una vez, hace casi 15 años, para ganar dinero en España. “Fue muy duro. Yo me divorcié muy joven y cuando se acercó el momento de que fueran a la universidad, no podía pagarla. Lo hablamos los tres, me prometieron que iban a estudiar, y me vine. Trabajaba 18 horas al día. De lunes a domingo: en una clínica de masaje, ayudando a personas mayores a domicilio, limpiando chalés, planchando... Tardé tres años en volver a verlos porque no pude ir a Colombia hasta que no tuve papeles”.
Su hijo mayor se licenció en informática, y el pequeño en publicidad. Alba había cumplido su misión, pero las cosas no salieron como esperaba y cuando pensaba volver a Colombia, su madre enfermó y volvía a hacer falta dinero. El mayor de sus hijos decidió venir a España porque allí no encontraba trabajo. “Aquí, de lo suyo, tampoco, pero en la construcción no le faltaba. Le animé a comprarse una casa. La perdió el año pasado. Se la quedó el banco y aún les debe dinero. ¿Cómo puedes tener una deuda por algo que te han quitado?”, se indigna Alba. “Sigue en paro y no puede ni comprarse un teléfono por estar en una lista de morosos”.
Alba entiende perfectamente a Claudia, por eso no dudó un momento en cuidar a sus hijos “el tiempo que haga falta”. También entiende a Jorge. “Cuando yo llegué, había impresentables que me gritaban: ‘¡Sudaca de mierda! en el metro. En el colegio de Jorge un chaval se mete con él. Un adulto pude ignorar esas cosas. A un niño le afectan mucho.
Ahora es José el que va a ver a la tutora de Jorge. “Su padre me quiso dar dinero pero le dijimos que ni de broma, donde comen dos comen tres. A los niños los quiero como si fueran mis sobrinos y a sus padres, como mis hermanos. ¿Cómo iba a dejar al niño en la calle? Aquí ya no aguantaban más. Hay gente que le da vergüenza volver así a su país”.
“Conozco familias de colombianos que compraron pisos con créditos de 55 millones por casas que no valían ni la mitad y con dinero además, para muebles. Ahora están desahuciados”, explica Alba. “La clase media ha desaparecido. Veo a clase media en comedores sociales y durmiendo en el monovolumen que se compraron una vez. Nosotros tenemos una estabilidad relativa. Yo llevo cuatro años sin trabajo, pero Jose conserva el suyo, conductor en la EMT, aunque no me fío de Aguirre, ¡quiere privatizar hasta el agua!”.
José y Alba se conocieron en ese autobús. “La cogía todos los días en el mismo sitio, a las seis de la mañana. La miraba por el retrovisor, empezamos a hablar... Un día tomamos un café, y luego otro y otro...”, recuerda José. Después de siete años de cafés, se casaron. “Nunca pensé que me fuera a decir que sí: tan guapa, tan lista, tan, tan trabajadora...”





jueves, 23 de agosto de 2012

Natalia Junquera / Maleta de vuelta / Ahora en mi país están mejor


Natalia Junquera

Ahora en mi país están mejor
MALETA DE VUELTA

“Estoy perdiendo el tiempo. Ahora en mi país están mejor”, dice Andrieus Gusecimas, que regresa a casa diez años después para disfrutar de su hija, a la que ha visto solo dos veces en la vida.







En la cola para facturar maletas a Varsovia (Polonia) en el aeropuerto de Barajas la víspera del España-Italia de la Eurocopa, repleta de españoles que van a ver el partido, desentona un hombre menudo, con el triple de equipaje que el resto. Se llama Andrieus Gusecimas, es lituano, tiene 42 años, y no va al fútbol. En realidad, va camino a su país, haciendo escala en Polonia.
“Me vine porque en mi país la situación estaba muy mal. Llevo diez años en España, pero aquí ya no hay nada. Antes siempre tenía trabajo en el campo, en las campañas de recogida de la fruta en Andalucía, en Cataluña... Ahora, o no hay o no te lo pagan. Estoy perdiendo el tiempo. Me vuelvo. Ahora en mi país están mejor”, explica.
La tasa de paro española, del 24,3%, es la mayor de la Unión Europea, mientras que la lituana experimentó en un año una de las mayores caídas: del 16% al 13,8 %. El país báltico lideró el crecimiento en la UE el año pasado, un 5,8%, según las estimaciones de Eurostat; esto es, casi cuatro veces la media de la eurozona, cuyo PIB creció apenas un 1,5%. Una espectacular remontada, ya que en 2009 el PIB lituano había caído un 14,8%.
Andrieus cuenta que todos sus amigos y compatriotas se han ido ya porque sin trabajo, en España no podían aguantar más. Él también se marcha, pero no se arrepiente de haber venido: “Este país ha sido muy bueno conmigo. Hay gente muy buena. Muchas personas me ayudaron cuando no sabía hablar el idioma”, dice en un castellano atropellado. “La Guardia Civil me ayudó a encontrar trabajo. Y aquí encontré a una mujer muy guapa y..., ¿cómo se dice?, aquí encargué a mi hija”, cuenta entre risas. Se refiere a que fue en España donde la concibió. “Después de encargarla, me casé”, aclara. “Gracias a España tengo una familia preciosa”.
Ahora viaja a Lituania para reunirse con ellas. No ha tenido mucho tiempo para disfrutar de su familia. “Mi hija tiene ahora tres años y medio y no sabe cómo es su padre. Su padre es ‘ese que manda dinero’. La he visto dos veces nada más, un mes en total. Se llama como yo, Adriana. Mi mujer me ha dicho que para lo que gano aquí, me vuelva para que la niña tenga un padre”.
Después de estar en su país, Andreius planea ir a pasar una temporada en Reino Unido porque amigos suyos que estaban con él en España le han dicho que allí hay ahora trabajo. “Al principio, iría yo solo y luego ya se podrían venir mi mujer y mi hija”, explica.


Andrieus Gusecimas, lituano, de 42 años, muestra el objeto más valioso en su maleta de vuelta: unas zapatillas de marca de regalo para su mujer. /BERNARDO PÉREZ
No habla inglés, pero no le asusta. “Al principio tampoco sabía hablar español. Me comunicaba por señas. Y ahora he aprendido bastante”.
Andreius está acostumbrado a ir saltando de país en país según las ofertas de trabajo. Antes de venir a España, ya estuvo en Alemania, trabajando de mecánico, y en Suiza, plantando árboles. Habla ruso, búlgaro, lituano y en español ya se hace entender sin señas.
Cuando le preguntan qué es lo más valioso que lleva en su maleta de estos 10 años en España, Andrieus saca unas llamativas zapatillas deportivas de marca que lleva orgulloso para regalarle a su mujer. Está convencido de que le van a gustar.
Factura todo el equipaje con una enorme sonrisa, entre aficionados al fútbol que van a la Eurocopa. En España ya no hay nada que a Andreius le duela dejar atrás.





miércoles, 22 de agosto de 2012

Natalia Junquera / Maleta de vuelta / Se acabó el sueño español


Natalia junquera
Se acabó el sueño español
MALETA DE VUELTA


“Se acabó mi sueño español”, dice Liz Stella Rozo, una colombiana que luego de diez años en España se va Berlín con sus pequeñas hijas. Y Alemania no será la última parada.




Liz Stella Rozo, de 32 años, y sus hijas, Lisette Leonela, de 13, y Angie Pamela, de 10, volaron el pasado jueves a un país en el que nunca habían estado y cuyo idioma no hablan, Alemania. Liz llevaba diez años en España. A sus hijas se las trajo con dos y seis años, cuando pudo. Su marido, Jesús Álvarez, lleva ya cuatro meses en Alemania. En la emigración siempre hay uno que se adelanta.
“El fin del emigrante es encontrar algo mejor. En España ya no hay posibilidades de mejorar. Ya no podemos hacer lo que hacíamos, es decir, los trabajos que no querían hacer los españoles, porque ahora hay tanto paro que ni siquiera esas plazas están libres”, explica Liz. “Yo estudié comercio exterior y finanzas en Colombia, pero aquí nunca me ha servido de nada. Cuando llegué pensé que iba a ser distinto, tenía mi sueño español, pero tuve que ponerme a trabajar cuidando a personas mayores, y mi marido, en la construcción. Pensé que así mis hijas podrían estudiar un título que les sirviera de algo, no como los nuestros de Colombia. Pero llegó la crisis y estábamos ahogados. Se acabó mi sueño español”.
“Nos tenemos que ir porque aquí no hay trabajo y en Alemania casi no hay crisis y sí oportunidades”, dice de un tirón Lisette, de solo 13 años. “¿Que si me da miedo aprender alemán? No. Nunca hay que tener miedo a aprender cosas nuevas. En seis meses espero poder mantener conversaciones y en dos años cometer solo alguna falta de ortografía. ¡El alemán es un idioma mucho más sencillo que el español!”.
Liz recuerda cómo bromeaba con sus dos mejores amigas, Loli y María Jesús, andaluzas, sobre el mal castellano que hablaban ellas. Lleva sus fotos en su equipaje de mano, es decir, lo más cerca posible, las fotos de sus dos mejores amigas. “Son divertidísimas. Mi segunda familia. Ahora me toca empezar de nuevo”.


El objeto de su maleta al que Angie, colombiana de 10 años, da más valor es esta biblia dedicada por sus compañeros de colegio. / BERNARDO PÉREZ
Las tres llevan en la mano los recuerdos de España a los que más cariño le tienen. Lisette un cartel que le han hecho sus amigas diciéndole que la echarán de menos. Aunque al principio no fue fácil. “Hay veces que España me ha decepcionado. Al principio, se reían de mí en el colegio. Porque era extranjera, porque era más pobre, porque todo lo decía mal. Porque no llevaba ropa de marca, porque no me gustaban los mismos grupos musicales o de cine que ellos. Todos somos diferentes. No hay nadie igual. Antes tenía ganas de irme pero ahora tengo amigos que me han demostrado ser amigos de verdad”.
Las tres saben que Alemania no será la última parada en su viaje. A Liz le gustaría volver a Colombia. Lisette quiere estudiar cine en EEUU y Angie vivir en París y ser “arquitecta o diseñadora de moda”.





martes, 21 de agosto de 2012

Natalia Junquera / Maleta de vuelta / Hemos fracasado aquí


Natalia Junquera
Hemos fracasado aquí
MALETA DE VUELTA



“Para vivir mal aquí, vivo mal en mi país”

Les costó años la reagrupación familiar en España; ahora la crisis vuelve a separarles


Un hombre llora inconsolable en la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas desde hace dos horas. Tiene los ojos rojos, inflados como nueces. La gente le mira, pero él no mira a nadie más que a su hija y sus dos nietas, porque no sabe cuándo va a volver a verlas. “Nunca pensé que la vida pudiera ser tan cruel. La crisis en España me parte el corazón. ¡Me está separando de mi familia!”, grita Andrés Sammuesa, ecuatoriano, de 47 años. Su hija Neli, de 28, y sus nietas, Gisela, de 9 y Naidine, de 7, vuelven a Ecuador porque España, repiten, “ya no es mejor”. Él se siente obligado a quedarse porque conserva su trabajo de limpiacristales y con su sueldo (1.050 euros) tiene que mantener a los otros cinco hijos que viven con él. Se los fue trayendo poco a poco, con mucho esfuerzo. Ahora ha empezado a despedirlos en el aeropuerto porque el único dinero que tienen es el que les ha dado el Gobierno para marcharse, el del plan de retorno: 400 euros por persona y un billete sin vuelta.
“Yo llegué con 17 años, hace 11”, explica Neli. “He pasado casi la mitad de mi vida aquí. Durante mucho tiempo nos fue muy bien. Mi marido trabajaba en la construcción, sin parar, y yo en el servicio doméstico. Pero llegó la crisis y nos despidieron. Él lleva cuatro años sin trabajar y yo dos. La casa que compramos se la quedó el banco. Ya no podíamos pagarla. Nos volvemos con menos de lo que teníamos cuando vinimos. Hemos fracasado aquí”.
José, su marido, ya está en Ecuador. La menor de sus hijas, Naidine, ni siquiera conoce el país. Sin soltar a su muñeca, muestra su maleta, llena de gominolas para 15 primos a los que no ha visto nunca. “Te quiero, eh”, la abraza su abuelo, Andrés. “En cuanto me quede sin trabajo, no lo pienso dos veces y me vuelvo”, le repite. “Yo vine en el año 2000, cuando España aún era en pesetas. España era mucho mejor en pesetas. Vine con la ilusión de sobresalir, pero si llego a saber esto, mil veces me quedo en mi puto país”, dirá luego, tirado frente al control de seguridad del aeropuerto después de haberse despedido de su hija y nietas.
En ese mismo avión, Ana Carchipulla y su marido, Norberto, regresan a Ecuador sin billete de vuelta tras 13 años en España. Les acompañan sus hijas, Daiana, de 14, y Ana Cristina, de 11, y un perro, “lo más valioso” de su equipaje y de su estancia en España. Se llama Curro, fue un regalo y ladra inquieto en una jaula-maleta antes de ser facturado. “Vine con 18 años porque aquí había más oportunidades y me voy porque con la crisis ha dejado de haberlas”, explica Ana. Su caso es casi idéntico al de la familia Sammuesa. Ella, empleada en el servicio doméstico; él, enganchando una obra con otra hasta que estalló la burbuja inmobiliaria y dejó de haber trabajo en la construcción; un banco que les ofreció un crédito en cuanto entraron por la puerta; una casa embargada; nada que llevarse de España, más que recuerdos.
“Me vuelvo igual que me fui. Intento no pensar en el fracaso. Pero para vivir mal aquí,vivo mal en mi país”, zanja Ana. Cuando vino a España, dejó a su hija mayor en Ecuador. “Estuve dos años separada de ella. Era un esfuerzo inmenso, pero ganabas dinero. Ahora no vale la pena estar separado de tu familia”.
Vladimir Paspuel, presidente de la asociación Rumiñahui, una de las 11 ONG que gestionan los programas de retorno, les da los últimos consejos. Ha despedido a muchos compatriotas en el aeropuerto. En 2003, cuando el Gobierno puso en marcha el plan de retorno voluntario de atención social, se acogieron a él 604 inmigrantes, la mayoría, colombianos (190) y ecuatorianos (175). El año pasado esa cifra subió hasta los 2.119 y solo en los tres primeros meses de 2012 lo solicitaron 480. Existe otro plan de retorno, el que el entonces ministro de Trabajo, el socialista Celestino Corbacho, puso en marcha en 2008 para los extranjeros que se hubieran quedado en paro: podían cobrar todo el subsidio de desempleo de una vez (el 40% en España y el resto una vez en su país) con el compromiso de no regresar a España en tres años. Al principio convenció a pocos, pero la cifra ha ido en aumento a medida que se agravaba la crisis. Desde noviembre de 2008 hasta abril de este año lo pidieron 18.265 inmigrantes, la mayoría ecuatorianos. Más de 2.500 se apuntaron en los últimos cinco meses.
“La situación es extrema”, explica Paspuel. “Vienen de desahucios, de comedores sociales, incluso de la mendicidad, después de haber trabajado tanto; de haber ayudado a tantas españolas a reincorporarse al trabajo después de ser madres. Los inmigrantes han sido personas muy importantes en el desarrollo económico de este país. Y ahora, con la crisis se les lanza el mensaje de que sobran”.
Paspuel denuncia que los fondos del plan de retorno se han agotado justo cuando más solicitudes hay. Tras armarse de valor para reconocer el fracaso en España y pedir ayuda para irse, muchos de esos compatriotas están oyendo que tampoco pueden porque ya no hay dinero. El Ejecutivo prepara una nueva subvención para el año que viene pero vista la lista de espera, podría empezar a gastarse ahora, explican fuentes del Ministerio de Empleo. En Ecuador hay un programa de ayuda —Bienvenido a casa— para los retornados. “También se ha quedado sin fondos”, explica Paspuel. Y una vez allí, las cosas no son fáciles. “Hay familias que reciben a los retornados con mucha alegría pero al ver que vuelven sin nada, empiezan a verlos de otra manera. Siempre se ha asociado al emigrante a maletas llenas de dinero. Ahora vuelven con las manos vacías, ya no pueden ayudar a nadie. Son un problema más”.



lunes, 20 de agosto de 2012

Natalia Junquera / Maleta de vuelta / Volver sin nada

 
Natalia Junquera

Volver a casa sin nada
MALETA DE VUELTA

“Vuelvo sin nada, pero no es un fracaso. He ayudado mucho a mi familia”

La crisis fuerza a Isabel Sierra a regresar a su país tras 17 años en España



Isabel Sierra, dominicana, llegó a España hace 17 años. Hoy tiene 54 y, contra todos sus planes, va a regresar a su país. “Nunca me lo había planteado, pero ahora estoy decidida a marcharme. Durante muchos años mandaba 400 euros a mi familia todos los meses. Esa es la cantidad que gano ahora ayudando a personas mayores algunas horas. Y tengo que pagar un alquiler de 200, y el agua, y el gas...”, explica. “Para estar mal aquí, estoy mal en mi casa. Voy a volver con menos de lo que tenía. Más vieja, y con menos posibilidades. He dejado aquí los mejores años de mi vida”.
Durante mucho tiempo le fue muy bien. “Recuerdo que llegué un día 2 y el día 4 ya tenía trabajo. España me ha hecho sentir muy productiva. Trabajaba con personas mayores, que es un trabajo muy gratificante, y ganaba 1.500 euros al mes. Pero aquí, cuando pasas de los 45 y además hay crisis, se te cierran todas las puertas”, prosigue Isabel.
Cree que, además de la edad, le ha perjudicado su origen. “Yo tengo la nacionalidad española desde 1999. Pero solo soy española para la estadística. A la hora de la verdad, sigo siendo una negra, una extranjera. Y el trabajo que el español no quería ayer y que hacíamos los inmigrantes, exactamente igual que en mi país, donde los haitianos hacían lo que no querían hacer los dominicanos, ahora se pelean por él”.
La tasa de paro es mayor entre las mujeres (24,86% frente al 24,09% de los hombres) y entre los extranjeros (36,95%, 15 puntos superior a la española). Y a más edad, más difícil encontrar trabajo. Y si baja la oferta, baja la demanda. España, que llegó a ser el país que más extranjeros recibía, por detrás de EE UU, perdió 85.941 extranjeros no comunitarios en 2011. Según las proyecciones del INE, dentro de diez años la población española será inferior a la de ahora, perderá medio millón de habitantes tras un periodo de intenso crecimiento y en eso tendrán mucho que ver los extranjeros que se van, sobre todo jóvenes, población activa.
Toda emigración es la historia de un sacrificio. Quienes abandonan su tierra y su familia lo hacen porque las oportunidades y el dinero que ganan en otro país se lo compensan. Separarse de la familia es, en determinados lugares, imprescindible para que la familia viva mejor, gracias a las remesas. El retorno se produce cuando ese sacrificio deja de valer la pena. “En septiembre hará cuatro años que me casé. A mi marido, dominicano, lo vi en tres viajes que hice, de 15 días cada vez. Mes y medio en total”, explica Isabel. “Lo que me espera en República Dominicana es una familia muy larga”, añade. Siete de sus 12 hermanos emigraron a España, pero dos han hecho ya el camino de vuelta por la crisis, ella está a punto, y los demás, si la situación sigue empeorando, también.
El sueño de Isabel era comprarse una casa. “Pero 17 años después, me vuelvo sin ella”, lamenta. Sí logró comprar un solar en su país, “pero me lo ocuparon. Una desgracia”, explica. “Pese a todo, no siento que he fracasado porque durante muchos años he podido ayudar mucho a mi familia, enviándoles dinero a mi madre, a mis sobrinos...”
Cuando se le pregunta qué es lo más valioso que meterá en su maleta de estos 17 años en España, responde: “Mi perfume”. Es uno francés que pudo comprarse por primera vez en España. Una de las primeras cosas que adquirió, no porque la necesitara, sino porque le apetecía. Un capricho. “Me costó 8.000 pesetas. Hoy no me lo podría comprar. Ana —una de sus tres compañeras de piso— quiere que se lo deje en herencia, pero ¡este se viene conmigo!”.

http://politica.elpais.com/politica/2012/06/12/actualidad/1339527443_144473.html