Gabriel García Márquez
BIOGRAFÍA
LA
HUELGA
La huelga grande
estalló. Los cultivos se quedaron a medias, la fruta se pasó en las cepas y los
trenes de ciento veinte vagones se pararon en los ramales. Los obreros ociosos
en un sábado de muchos días, y en el salón de billares del Hotel de Jacob hubo
que establecer turnos de 24 horas. Allí estaba José Arcadio Segundo, el día en
que se anunció que el ejército había sido encargado de restablecer el orden
público. Aunque no era hombre de presagios, la noticia fue para él como un
anuncio de la muerte, que había esperado desde la mañana distante en que el
coronel Gerineldo Márquez le permitió ver un fusilamiento. Sin embargo, el mal
augurio no alteró la solemnidad. Hizo la jugada que tenía prevista y no erró la
carambola. Poco después, las descargas de redoblante, los ladridos del clarín,
los gritos y el tropel de la gente le indicaron que no sólo la partida de
billar sino la callada y solitaria partida que jugaba consigo mismo desde la
madrugada de la ejecución, habían por fin terminado. Entonces se asomó a la
calle, y los vio. Eran tres regimientos cuya marcha pautada por tambor de
galeotes hacía trepidar la tierra. Su resuello de dragón multicéfalo impregnó
de un vapor pestilente la claridad del mediodía. Eran pequeños, macizos,
brutos. Sudaban con sudor de caballo, y tenían un olor de carnaza macerada por
el sol, y la impavidez taciturna e impenetrable de los hombres del páramo.
Aunque tardaron más de una hora en pasar, hubiera podido pensarse que eran unas
pocas escuadras girando en redondo, porque todos eran idénticos, hijos de la
misma madre, y todos soportaban con igual estolidez el peso de los morrales y
las cantimploras, y la vergüenza de los fusiles con las bayonetas caladas, y el
incordio de la obediencia ciega y el sentido del honor. Úrsula los oyó pasar
desde su lecho de tinieblas y levantó la mano con los dedos en cruz. Santa
Sofía de la Piedad existió por instante, inclinada sobre el mantel bordado que
acababa de planchar, y pensó en su hijo, José Arcadio Segundo, que vio pasar
sin inmutarse los últimos soldados por la puerta del Hotel de Jacob.

