Estos son los mejores y peores libros Premio Planeta, según los lectores
Estos son los mejores y los peores libros que han ganado el Premio Planeta desde que se crease en 1952.
Javier Mercadal Serrano Zaragoza, 16 de octubre de 2025
El Premio Planeta es fuente de controversia perenne. Sin embargo, no se le puede achacar que no sea relevante. Los nombres de los ganadores son esperados cada edición con ahínco, aunque sea para despotricar contra ellos. Y las obras galardonadas se leen; se leen mucho. Probablemente, el principal problema sea su sistema de elección. O mejor dicho, la performance que en torno a ella se rodea. La participación pública, la entrega bajo pseudónimo… todo para que casi siempre gane alguien consagrado o un nombre conocido. Cuando no ya relacionado con el propio Grupo Planeta.
Albert Camus en 1947. / HENRI CARTIER-BRESSON (MAGNUM PHOTOS/CONTACTO)
¿Camus, filósofo? En todo caso “un filósofo para alumnos de bachillerato”, se burlaron en su día los detractores. Hoy sigue siendo la opinión de no pocos académicos. En efecto, como señaló Sartre desde la primera hora (ni siquiera se conocían personalmente aún) “Camus pone cierta coquetería en citar textos de Jaspers, de Heidegger, de Kierkegaard, que por otra parte no siempre parece entender bien”. ¡Tocado! En “El mito de Sísifo”, añado yo, repite el tópico de un Schopenhauer indecente predicando el suicidio ante una mesa bien servida: pues bien, Schopenhauer no recomendó el suicidio, todo lo contrario. Ese tipo de erudición no es lo suyo, lo cual no le descarta como pensador como aclara el propio Sartre de los buenos tiempos: “Sus verdaderos maestros son otros: el contorno de sus razonamientos, la claridad de sus ideas, el corte de su estilo de ensayista y un cierto tipo de siniestro solar, ordenado, ceremonioso y desolado, todo anuncia un clásico, un mediterráneo”. Más tarde también Czeslaw Milosz, que le estaba agradecido por ser uno de los poquísimos intelectuales que le acogió bien cuando huyó del comunismo, le defendió contra la acusación común de que carecía de doctorado filosófico: “Pero, en primer lugar, ¿qué se entiende por filosofía? Para algunos, como Camus, la filosofía exige una alimentación casi carnal y se rehúsan a hablar de las cosas que no tocan por sí mismos”.
¿Por qué escribes novelas o dramas teatrales?”, pregunta la filosofía; y Camus responde: “Para vivirte mejor…
Entonces ¿era o no era filósofo? Digamos que fue un espontáneo que saltó al ruedo de la filosofía sin llevar nada más que su hambre vital de voyou argelino y la vergüenza torera de no aceptar una existencia irreflexiva. El capote con que dio sus primeros pases en esa faena improvisada (“El mito de Sísifo”) fue elabsurdo, mucho más que una palabra y algo menos que un concepto. El absurdo no es el sinsentido del mundo, sino la falta de sentido en un mundo que nosotros –los inventores y huérfanos del sentido- reclamamos que lo tenga: “El hombre se encuentra ante lo irracional. Siente en sí mismo su deseo de felicidad y de razón. El absurdo nace de esa confrontación entre la llamada humana y el silencio sin razones del mundo”. El absurdo no es un dato elemental sino un divorcio: la demanda de los hombres y la callada por respuesta del universo, un amor imposible. La peculiaridad del absurdo es que deja der serlo si lo aceptamos como tal: es un pensamiento inaceptable y sólo si no lo aceptamos, si nos sublevamos contra él, podemos pensarlo. No es una idea, ni mucho menos una doctrina, ni siquiera algo que pueda explicarse en el aula, como las categorías de Aristóteles o la dialéctica trascendental de Kant. El absurdo… ¡eso hay que vivirlo! Tal como decimos de otros padecimientos. Por eso se presta mejor a la narración que al tratado. Pero se equivocan quienes expulsan a Camus del jardín de la filosofía, porque sin la filosofía no se entienden ni se justifican sus ficciones, que son el modo que utiliza para hacerla comprensible. “¿Por qué escribes novelas o dramas teatrales?”, pregunta la filosofía; y Camus responde: “Para vivirte mejor…”.
Para Camus, la democracia –despreciada por los revolucionarios y por Sartre- tiene el gran mérito de solicitar modestia: nadie puede zanjarlo todo por sí mismo, hace falta el consejo de otros y el acuerdo
Intelectualmente el absurdo es un callejón sin salida aunque la vida consiste precisamente en hacer como si la tuviera. El muro que nos cierra el paso es infranqueable, pero nosotros pintamos voluntariosamente una puerta en él y la puerta se abre…o al menos nos permite imaginar que se abre y salimos por ella. De esa puerta pintada en el muro de la realidad, imposible pero irrenunciable, es de lo que habla “El hombre rebelde”, donde por segunda vez el espontáneo Camus se echa al ruedo de la filosofía. La primera faena se la perdonaron como una manifestación de simpática inexperiencia, pero por esta otra ya fue seriamente sancionado por los comisarios de la plaza. “Me rebelo, luego somos”: ¿habrase visto mayor atrevimiento? Sublevarse entonces no es una consecuencia histórica de la solidaridad, sino que la solidaridad nace a partir de la individualidad que se subleva por impulso metafísico. El ser humano se rebela y al hacerlo descubre la humanidad que le vincula a los demás. Los dogmáticos de la revolución comprendieron que ésta, violenta y totalitaria, forma parte del muro de la realidad contra el que se insurge el rebelde. “Los hombres mueren y no son felices”, resume Calígula. Pero cada hombre puede rebelarse contra lo que impone la muerte y la infelicidad, descubriendo así su camaradería con los demás. Y esa rebelión no es simple grandilocuencia, sino búsqueda de soluciones políticas, es decir, contra el estado de guerra que exige mantenerse en el odio. Para Camus, la democracia –despreciada por los revolucionarios y por Sartre- tiene el gran mérito de solicitar modestia: nadie puede zanjarlo todo por sí mismo, hace falta el consejo de otros y el acuerdo. Rebelarse contra la infelicidad del terror exige evitar el absolutismo decapitador de los principios y a menudo atenerse a los matices, a las medias tintas: ¡qué bien comprendemos hoy, tras las contradicciones de las primaveras árabes, la actitud tentativa y fluctuante de Camus ante el conflicto de Argelia a finales de los años cincuenta!
En Youtube puede verse una breve filmación de Albert Camus en la que, con una sonrisa y aire de pillo, finge ante la cámara muletazos sin toro ni muleta. Es un espontáneo, el maletilla que aspira a la gloria. O que ya la conoce: “Comprendo aquí lo que se llama gloria: el derecho de amar sin medida” (Bodas).
Las promesas incumplidas, las que esclavizan cuando parecen liberar a quienes las hacen, pueblan los relatos de los hermanos Grimm, en una versión primigenia y sin censura antes de pasar por el filtro moral
Fernando Savater
13 de diciembre de 2019
Ampliar fotoLos hermanos Grimm, vistos por Sciammarella.
A finales del siglo XIX, el refinado escritor simbolista Villiers de l’Isle Adam reunió sus mejores cuentos, siempre sofisticados y algunos excelentes, bajo el título Cuentos crueles. Es un rótulo menos significativo de lo que él creía, porque aunque los cuentos de Villiers son intencionadamente crueles de modo moderno, lo cierto es que los cuentos populares son casi siempre espontáneamente crueles y cuanto más antiguos, peor. Para comprobarlo basta echarle una ojeada a esta nueva versión en castellano de los cuentos de los hermanos Grimm, que traslada la primera edición de esa recopilación celebérrima (la de 1812) y no, como es habitual, la mucho más domesticada de 1857. Los Grimm, sobre todo Wilhelm, el cuentista por excelencia, retocaron a lo largo de más de 40 años los relatos de la tradición oral que les habían transmitido sus informantes (mujeres sobre todo), pulieron sus rasgos más feroces o menos cristianos y les añadieron toques profesionalmente “literarios”, no siempre para mejor.
Un canto a la vida a través de la pérdida de la persona amada
30 de agosto de 2019
Ampliar fotoSara Torres y Fernando Savater, en junio de 2014 en Finisterre. TRICÉFALO
Vivir sin alegría ha sido una experiencia nueva para mí, una ruptura con mi yo anterior. Estaba acostumbrado a despertar siempre como cuando era niño, con un latente “¡vaya, otra vez!” gorjeando dentro. Y con el litúrgico “¿qué pasará?” con el que acababa cada episodio de cualquiera de los tebeos que tanto me gustaban y que leía puntualmente cada sábado por la noche. Yo sabía que cabía esperar mil peripecias divertidas, pero que nada irreparable le ocurriría al protagonista, o sea, a mí. Aunque me quejaba, lloraba y maldecía como todo el mundo, jamás me lo creí; la vida me parecía estupenda, a veces algo horrible, sin duda, pero no menos estupenda, como una buena película de terror tipo Alien o La semilla del diablo. Incluso en mis peores momentos, en la tortura del cólico nefrítico, en el hastío de un cóctel formal o una conferencia académica (son las peores experiencias que a bote pronto puedo recordar), sonaba como fondo de mi ánimo el basso ostinato de la alegría, aunque ni siquiera yo pudiese darme cuenta. Ha sido al dejar de oír ese íntimo hilo musical cuando, tras la inicial extrañeza, me he dado cuenta de lo que había perdido. “Reconocí a la alegría por el ruido que hizo al marcharse”, dijo Jacques Prévert (el poeta preferido de Pelo Cohete cuando la conocí), y podría hacer mía esa constatación.
El amor siempre es zozobra y contradicción, una forma de sufrir que nos autentifica más que cualquier placer
No se ha tratado de mudar mi estado de ánimo a otro menos agradable, sino de quedarme sin mi combustible existencial, sin lo que me permitía aguantar, inventar, querer, luchar. Hasta entonces nunca hice nada sin alegría, como de sí mismo dijo Montaigne. Ahora tengo que acostumbrarme a ir tirando, tirando de mí mismo, de residuos del pasado. Puedo jurar con la mano en el corazón que no he vuelto a ser feliz de verdad, íntimamente, como antes lo era cada día, ni un solo momento desde que supe de la enfermedad de Pelo Cohete. No sé cuánto durará esta sequía atroz, porque creo que es imposible vivir así. Para mí, imposible. Cuando me preguntan qué tal me encuentro, siento ganas de contestar lo mismo que aquel torero del XIX al que los de su cuadrilla le hicieron esa pregunta mientras le llevaban a la enfermería tras una cornada mortal:“¡Z’acabó er carbón!”.
Pero el más notable descubrimiento que he hecho a costa de mi desdicha es la intransigencia general que rodea al doliente. Por supuesto, en el momento de la pérdida y en las jornadas inmediatamente sucesivas no nos falta compasión y muestras de simpatía de cuya sinceridad no cabe dudar. Pero tales manifestaciones afectuosas tienen fecha de caducidad, como las felicitaciones de Año Nuevo. Uno no puede estar 365 días deseando felicidad al prójimo; es cosa que sólo tiene sentido a finales de diciembre y comienzos de enero. Después se vuelve ridículo, más tarde apesta y puede parecer un desarreglo mental. Si allá por marzo, cuando saludamos a alguien, le murmurásemos amablemente “felices Pascuas” y esperásemos lo mismo de él, nos tomaría por chalados. Del mismo modo, quien nos da sus condolencias en el momento adecuado, al producirse la pérdida o un tiempo prudencial después, espera haber dejado así zanjado el engorroso asunto. Quizá vuelva algo más adelante a decirnos “¿qué tal estás?” con gesto compasivo, pero desde luego sin mayores efusiones por su parte ni desearlas por la nuestra. El triste asunto ha sido lamentado cuanto corresponde y ya no hay nada que añadir. Los más filosóficos añaden “¿qué quieres?, la vida tiene que continuar”, y esperan con cierta impaciencia que estemos de acuerdo. Como si nuestro remoloneo obstaculizase también su marcha inexorable. Por mucho que hayamos sufrido, no pretenderemos a fuerza de dolor bloquear el paso inclemente de la vida. Si desbordamos en lamentos extemporáneos, retrocederán un paso, consultando mentalmente el calendario y hasta el reloj. “Vaya, todavía sigues así”. “Te veo mal”, ésa es la más común reconvención, en realidad quiere decir: “Lo estás haciendo mal, no sabes cómo se juega a esto, te das demasiada importancia, pareces creer que lo que te ha pasado es algo único, trascendental, cuando en realidad se trata de la cosa más corriente del mundo, la que todos han padecido o están a punto de padecer. A mí no me vengas con monsergas, no querrás que nos pasemos los demás el resto de la vida dale que te pego con tu congoja”.
Para quien de verdad ha amado y ha perdido la persona amada, el amortiguamiento del dolor es la perspectiva más cruel, la más dolorosa de todas
Otros amigos del tópico —los que más consiguen irritarme— me informan para tranquilizarme del analgésico que acabará con mi pena: “El tiempo todo lo cura”. Sí, por ejemplo, la vejez, ¿verdad? ¡Menuda gilipollez! Para empezar, salvo que aludiendo al tiempo se quieran referir a la muerte (medicina que nada sana, pero todo lo extingue: ¡para acabar con las jaquecas, lo mejor es la guillotina!), el paso del tiempo cura tan escasamente como el espacio, según advirtió JeanFrançois Revel. Los días y los años enquistan el dolor, lo esclerotizan, convierten la tumba en pirámide, pero no fertilizan el desierto que la rodea. En algunos casos logran embotar la sensibilidad —lo cual para muchos parece ser suficiente—, pero no cierran la llaga, si es que realmente la hubo; sólo nos familiarizan con el pus. Además, para quien de verdad ha amado y ha perdido la persona amada, el amortiguamiento del dolor es la perspectiva más cruel, la más dolorosa de todas. Como dijo un especialista en la cuestión, Cesare Pavese,“il dolore più atroce è sapere che il dolore passerà”. Y con el dolor se irá empequeñeciendo también el amor mismo, que no puede ser ya sino la constancia sangrante de la ausencia. Desde Platón sabemos que Eros es una combinación de abundancia y escasez, un constante echar de menos que no cambiaríamos por ninguna otra forma de plenitud. El amor siempre es zozobra y contradicción, una forma de sufrir que nos autentifica más que cualquier placer. Ese punto de sufrimiento es lo que le caracteriza frente a la mera complacencia hedonista o al acomodo utilitario a la pareja de conveniencia. La prueba quizá no basta, pero nunca falta: si no duele, no es amor. Y si duele mucho al principio para luego irse diluyendo hasta dejar sólo un leve escozor fácilmente superable, es amor… propio. O sea, narcisismo, la única forma de enamoramiento cuyo objeto, por maltrecho que sea, siempre permanecerá a nuestro alcance. Pero el amor propio es un amor ventajista, aunque sin duda éticamente útil para orientar nuestra conservación humana, lo que no es poco, ni suficiente. Nada sabe de la perdición, del abandono delicioso y atroz a lo que no somos como si lo fuéramos, del arrebato que no dura un instante —como el resto de los arrebatos—, sino que se estira y se estira sobresaltado e imposible desafiando al tiempo, a la dualidad de sujeto y objeto, avasallando al mismísimo amor propio que sin duda estuvo en su origen y que rechina rebelde, pero subyugado bajo su torbellino. Ese amor no quiere amortiguarse tras la pérdida irreversible de la persona amada, sino que se descubre más puro, más desafiante, más irrefutable, al convertirse en guardián de la ausencia. También infinitamente, desesperadamente doloroso. Pero el amante no querría a ningún precio que una especie de Alzheimer sentimental le privase de ese sufrimiento que es como el piloto encendido de su pasión que sigue en marcha, lo mismo que nadie accedería a ser decapitado para curarse una jaqueca. Un amor que no desazona y perturba cuando está vivo, que no aniquila cuando pierde irrevocablemente lo que ama, puede ser afición o rutina, pero no auténtico amor.
La peor parte. Fernando Savater. Ariel, 2019. 264 páginas. 19,90 euros. A la venta a partir del 17 de septiembre.
De la esperada secuela de ‘El cuento de la criada’ a lo nuevo de Vargas Llosa. Un cargamento de lecturas para la nueva temporada
Javier Rodríguez Marcos
31 de agosto de 2019
La literatura busca lectores. La industria literaria, fans; es decir, masas de fieles que esperan cada año el libro de su autor favorito y que aseguran que las cuentas cuadran. Y lo que vale para el autor favorito, vale también para el género favorito: las distopías, el feminismo, el mundo rural, la adolescencia, los libros de duelo, la inagotable novela negra… Para tranquilidad de los industriales, este otoño viene cargado de grandes nombres. Para suerte de los lectores, algunos han escrito obras que se recordarán la temporada próxima.
Rafael Sánchez Ferlosio, 2008
Foto de Bernardo Pérez
La ingenuidad de Rafael
Sánchez Ferlosio era una deidad familiar, el protector de nuestros lares literarios, a la vez sumamente próximo y admirado sin cesar
Fernando Savater 2 de abril de 2019
Para la gente de mi círculo, más o menos de mi edad, decir “Rafael” casi nunca era referirnos al de Urbino, sino invocar a Ferlosio.Una deidad familiar, el protector de nuestros lares literarios, a la vez sumamente próximo y admirado sin cesar, carente de cualquier prosopopeya (yo creo que ni sabía lo que significaba la palabra, él que las conocía todas), pero muy consciente de sí mismo, de los riesgos morales que implica escribir... En la vida cotidiana, Rafael resultaba siempre anecdótico porque improvisaba sus gestos y sus rutinas según le apetecía o se le ocurría, pero sin imitar nunca a nadie. Para bien o para mal todo en su conducta era de fabricación propia, caso único: nadie menos proclive a la producción en serie que él. Por eso podía trabajar o estudiar con el mayor empeño en asuntos que a los demás se nos antojaban peregrinos, pero en cambio le costaba plegarse a la disciplina de lo convencional. Cuando su cuñado Javier Pradera le convencía para que escribiera un artículo en EL PAÍS, lo hacía de 40 páginas. Y si Javier le decía que esa extensión era imposible, Rafael protestaba dolorido: “¡Yo sé hacer punto, pero no jerséis!”. Lo instrumental era para él un reino tan desconocido, tan inimaginable y un poco abominable, como para mí la Santa Sede.
De entrada, instintivamente, detestaba lo útil como empeño activo (en votos y en lo que fuese que tuviera que hacer). Por eso yo siempre me pasmaba ante su ingenuidad genuina. Entiendo la palabra no como simple candidez o falta de malicia, sino en su sentido etimológico: ingenuo es quien ha nacido libre y nunca ha padecido ni tolera atisbo de esclavitud. Todos perdemos con los años la ingenuidad aceptando esclavitudes supuestamente necesarias y más o menos benignas, laborales, políticas, de relaciones públicas. Rafael se mantuvo tozudamente ingenuo, yo diría que hasta peligrosamente ingenuo. La sociedad puede que resultara imposible si todo el mundo fuese como él, pero ya he dicho que no le interesaba la producción en serie. Y además, hace falta que de vez en cuando haya alguien fuera para darnos ejemplo de que la razón instrumental, como decían los frankfurtianos, no es la única posible, ni mucho menos la única deseable. Y si ese alguien es además un escritor enorme, a la altura de nuestros clásicos, mejor que mejor.
El Adamsberg de Fred Vargas es anárquico, sentimental, conflictivo con sus colegas aunque sin mala intención, intuitivo y a la vez resignadamente racional
El inspector Adamsberg, protagonista un poco a pesar suyo de todas las novelas de Fred Vargas, lleva un reloj en cada muñeca y ambos parados. No tiene mas remedio que preguntar la hora a sus subordinados, tan pintorescos como él mismo, a los sospechosos… o inventársela aproximadamente, lo que va con su carácter.
Pero nadie ha destripado la pringue urbana de Londres como él
Fernando Savater
19 de octubre de 2018
Los escritores de literatura fantástica (ese pleonasmo) suelen tener vocación alegórica: nadie es perfecto. No incurren en el vicio de los realistas, capaces de urdir una novela de cierto grosor para explicarnos la Guerra Civil o las ventajas del feminismo: esos más que arte hacen puericultura. Pero también las alegorías son fastidiosas, porque estimulan a lectores y críticos cuyo mayor goce es averiguar lo que el autor “ha querido realmente decir”. ¿A quién le importa tal pretensión? Solo cuenta lo que ha dicho, al diablo con lo demás. De modo que del género solo se salvan las narraciones que cautivan por su imaginación y nervio, dejando a un lado su mensaje: los portentosos relatos de H. G. Wells, las distopías de Orwell y Huxley, cosas de Ray Bradbury, Stanislaw Lem y Arthur C. Clarke, joyas comoEl signo del perrode Jean Hougron…
También ahora las novelas de China Miéville, de estructura general y momentos magistrales, lastradas a veces por excesos de redundancia: le gusta demasiado escribir, afición peligrosa. Pero nadie ha destripado la pringue urbana de Londres como él —su épica y su lírica— en El rey rata o Kraken, ni ha rentabilizado mejor la herencia surrealista en Los últimos días de Nueva París. Su libro del desasosiego es La ciudad y laciudad, relato policiaco que transcurre en la ambigüedad de dos ciudades superpuestas pero maniáticamente forzadas a ignorarse para no reconocer que son la misma. La infiltración terrorista, la imbecilidad del separatismo excluyente, el rechazo al prójimo porque se nos parece demasiado… tentaciones alegóricas sucesivamente descartadas por el brío enigmático de una trama que se apodera del lector sin necesidad de poner en limpio conclusiones ideológicas. Vivimos ya entre esas dos ciudades gemelas y enfrentadas, el resto es la bendita literatura.
Mario Vargas Llosa (izquierda), José Lázaro y Fernando Savater, en Madrid.Foto de CLAUDIO ÁLVAREZ
Divergencias y vidas paralelas de un Nobel y un filósofo
Vargas Llosa y Savater protagonizan un vibrante diálogo con la lucha contra el fanatismo, el erotismo, la creación literaria o las drogas como temas
JUAN CARLOS GALINDO
Madrid 30 MAY 2018 - 17:09 COT
Las vidas de Mario Vargas Llosa y Fernando Savater confluyeron en 1993, cuando el primero ganó el Premio Planeta y el segundo quedó finalista, lo que les unió en una especie de luna de miel promocional en la que “no hubo roces”, según aseguró este miércoles el Nobel y en la que “se consolidó la buena amistad que nos unía”, un sentimiento que se reflejó en Madrid en la conferencia Pensar es cambiar de ideas, organizada conjuntamente por la Fundación Ramón Areces y la Fundación Deliberar. “Conozco casos en los que ha habido asesinatos en estos viajes promocionales” bromeó Savater, al quite, para regocijo de un repleto auditorio. Sin embargo, su perfil de lucha cívica les llevó pronto por caminos mucho menos agradables cuando el totalitarismo se puso en frente y Vargas Llosa defendió a Savater y a la iniciativa ciudadana ¡Basta Ya! en su lucha contra el terrorismo de ETA, tal y como recordaba el José Lázaro, presentador y codirector de la Fundación Deliberar.
Los discípulos de Juan Benet celebran la rebeldía y el enorme legado literario del escritor
500 personas se reúnen en Madrid para rendir homenaje al autor de 'Volverás a Región'
ROSA MORA
Madrid
24 FEB 1993
"Estamos viviendo un mal sueño" dijo ayer Javier Marías. El pasado 23 de noviembre, escritores, editores y políticos se reunían en el Círculo de Bellas Artes de Madrid para rendir homenaje a Juan Garcia Hortelano, fallecido el 3 de abril de 1992. Justo tres meses después, ayer, escritores, editores y políticos volvieron a reunirse para homenajear a Juan Benet, fallecido el 5 de enero de 1993. Nadie pudo ocultar la emoción, pero la tristeza dio paso a la celebración. Los discipulos de Benet tomaron la palabra para recrear su controvertida personalidad: rebelde, inconformista, generoso, buraño, comediante. Destacaron, sobre todo, su enorme legado literario. "Juan Benet renovó el lenguaje literario español" dijo Eduardo Mendoza.