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| My bed Tracey Emin |
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| My bed Tracey Emin |
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| Tracey Emin |
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| Tracey Emin |
Javier Díaz-Guardiola
23 de junio de 2019
Posiblemente, «escabroso» sea el término que mejor defina el pasado de Tracey Emin (1963). «Tierra extraña», sus memorias, publicadas con un retraso de una década en España por Alpha Decay, nos descubrieron a una adolescente disfuncional, violada con 13 años, que durante meses se alimentó de vodka y pollo frito... El exceso continuó como artista, cuando saltó a la palestra como «Young British Artist» de la mano de Saatchi con «Everyone I Have Ever Slept With», la tienda que llevaba bordados los nombres de todos aquellos con los que se había «acostado» hasta esa fecha, o, tiempo después, con «My Bed», con la que quedó finalista del Premio Turner en 1999, autorretrato de una mujer 15 días aislada en su devastación tras sufrir un aborto.
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| Tracey Emin |
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| Tracey Emin, 2019 Foto de MANUEL BRAUN |
Tracey Emin (Croydon, 1963) no quiere ser fotografiada en plena calle. “No quiero parecer una prostituta”, anuncia sin dejar margen a la negociación. Tampoco en la habitación de su hotel, tras inspeccionarla en busca de un ángulo aceptable. “No quiero que se vea la cama”, dice la artista británica, por lo grosero que resultaría un guiño tan literal a su obra más conocida, My Bed (1998), el lecho en el que pasó días fumando, comiendo y llorando tras una ruptura sentimental, entre botellas de vodka vacías, preservativos usados y ropa interior manchada de sangre. El miércoles cumplirá 56 años, pero sigue siendo esa joven airada que zarandeó el arte británico hace casi tres décadas. La diferencia con otros young british artists es que ella se aburguesó, pero no se acomodó. Tropezó y se equivocó, pero nunca se convirtió a la producción en cadena. Siguió teniendo una relación carnal y desgarrada con el arte, mientras algunos de sus correligionarios preferían hacer el amor con la ropa puesta.
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| Tracey Emin y José Pizarro, retratados en Londres en el estudio de la artista. JORGE MONEDERO |
EL CHEF cacereño José Pizarro, quien, con sus tres restaurantes en Londres, es uno de los grandes exponentes de la cocina española en la capital británica, siempre había soñado con tener una obra de Tracey Emin. Pero el destino le depararía algo mucho mejor: una estrecha relación con ella. “Mi galería, la White Cube, está en la misma calle que el local de José. Sabía quién era él y pensaba que, al tratarse de un cocinero famoso, sería distante, casi intocable. Pero resultó ser muy amable y sonriente. No recuerdo en qué momento pasó de ‘ese chef tan agradable’ a convertirse en un amigo”, explica la artista británica, célebre por obras como la instalación My Bed (1999). Seis años después de su primer encuentro, Pizarro la considera “casi una mentora” y es el orgulloso poseedor de cinco emins, “y ya hay otro de camino”: ella está barruntando una pieza que creará ex profeso para su restaurante. “No quiero simplemente darle algo para que lo cuelgue en la pared, sino hacer algo especial”, tercia la artista. Pizarro es una de las pocas personas a quienes Emin ha permitido ser testigo de su proceso creativo: “Pintar es un proceso muy íntimo, no es algo que normalmente haga delante de otros. Pero a él le entusiasma, y su energía alimenta la mía”. “Con la comida pasa algo parecido”, añade el español. “A la gente le gusta sentarse a nuestro lado y vernos cocinar”. Pizarro ha guisado para Emin en varias ocasiones y hasta en países diferentes. Una de esas veces, ella padecía un jet lag espantoso y se sentía incapaz de probar bocado. Él le dijo que le prepararía cualquier cosa, lo que más le apeteciera. “Lo miré y le contesté: ‘Una tostada con alubias’. José no se lo podía creer, ¡es comida de niño!”. Pero, por supuesto, Pizarro improvisó una tostada. Para eso están los amigos.
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Tracey Emin to turn Margate studio into a museum for her work when she dies
“Me suena el móvil. Es David Bowie, que viene en su jet privado, ¿hace falta que se pase a buscar a alguien? Me llaman de la Tate Gallery: me han vuelto a nominar al premio Turner, cuya dotación han subido a las cien mil libras. Rechazo la nominación, no porque no me interese sino porque no estoy de humor para gestionar el tema. En todo caso, Nick Serota se pone para desearme feliz cumpleaños.
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| My Bed, 1998 Tracey Emin |
Hay artistas cuya obra se centra en un extraordinario amor a la vida, por dura que ésta sea. Su esteticismo es su religión, la adoración de una plástica no como algo cosmético sino como una valiente lucha contra los monstruos del patriarcado y de esos espacios de calma familiares, desiertos helados sin vientos ni penumbras. La búsqueda de paraísos lábiles y efervescentes llevó a autoras como Eva Hesse o Louise Bourgeois por acantilados de extrañeza sólo por el placer, auténtico y difícil, de la poesía. En los años en que estas autoras comenzaron a circular por los museos no como rarezas sino como algo común -lo que suponía que la sociedad había entendido de verdad su valor intrínseco- en Inglaterra irrumpían sin apenas mediación los trabajos de mujeres artistas que recreaban sus experiencias vitales despojadas de cualquier compromiso y elaboradas de nuevo en términos de provocación. El caso más notorio fue el de la londinense Tracey Emin (1963), que consiguió llegar a la final de los premios Turner en 1999. Pocos años antes había abierto su Tracey Emin Museum en un pequeño local de Waterloo Road, donde ejercía de artista, crítica, comisaria y galerista, adelantándose a esa tendencia que el propio sistema institucionalizó con “artistas-orquesta” como Maurizio Catellan o Damien Hirst, en un momento en que la demanda de trabajos con un toque chic narcisista se disparaba por las nubes. La obra por la que Emin consiguió popularidad, My Bed, hoy en poder de la Tate Britain (2,5 millones de libras), reproducía su propio dormitorio en el límite de la impudicia y el vacío deliberado, y hasta consiguió que viéramos el cuartucho arlesiano de Van Gogh como una sobria y convencional idealización del malditismo artístico.
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| My Bed, 1998 Tracey Emin |