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sábado, 4 de noviembre de 2023

Boom / Literatura sin complejos

Julio Cortázar





Literatura sin complejos

Nadie se parecía a nadie pero todos fueron –son- escritores magistrales

El grupo del boom era consciente de la necesidad de nombrarse e identificarse en el mercado literario y político

Un margen de libertad e intención y unos mecanismos de fabulación simplemente inéditos en lengua española.


JORDI GRACIA 
Barcelona , 9 de noviembre de 2012

jueves, 28 de mayo de 2020

Elvira Lindo / Desnudo de invierno


Elvira Lindo en Nueva York


Desnudo de invierno

Elvira Lindo relata en forma de diario en 'Noches sin dormir' sus últimos meses en Nueva York


Jordi Gracia
25 de enero de 2016







Desnudo de invierno

A pesar de Ventanas de Manhat­tan y a pesar de Como la sombra que se va, última novela de su pareja, Antonio Muñoz Molina, yo no había visto nunca desnuda a Elvira Lindo hasta hace unas horas. La he visto mientras leía este diario de autora sin miedo y lo que he visto me ha gustado, como me ha gustado la tímida inclusión de la incertidumbre de la literatura como tema central y la metáfora involuntaria del insomnio como hilo conductor o leve pauta desasosegante. Me conmueve la naturalidad de la voz que detalla sentimientos y sensaciones, que glosa sus propias fotografías de una Nueva York intrigante y caprichosa, y hasta me asombra la libertad con que narra partes de su biografía afectiva y familiar sin exhi­bicionismo, a pesar de los hijos de uno y de otro, y a pesar de las edades, a pesar de las coqueterías y los desplantes, o quizá gracias a todo ello.

miércoles, 3 de abril de 2019

Rafael Sánchez Ferlosio / La embestida del jabalí



Rafael Sánchez Ferlosio: la embestida del jabalí

El que sienta la intriga de ver funcionar a toda máquina la inteligencia de larga zancada e implacable del autor tiene sus 'Ensayos reunidos'


Jordi Gracia
1 de abril de 2019

La obstinación monomaníaca y la ira diferida y a la vez explosiva anduvieron de la mano desde el primer atisbo de una voz literaria tan insólita como única. Nadie lo encontraba en enero de 1956 para decirle que El Jarama había ganado el premio más importante de novela en España, el Nadal, y lo había hecho por unanimidad por primera vez en su historia. Probablemente andaba perdido con su novia Carmen Martín Gaite por tierras de Andalucía, cuando ya había dejado a todos, empezando por su padre Rafael Sánchez Mazas, boquiabiertos con las cabriolas subversivas de su delicada imaginación en Las industrias y andanzas de Alfanhuí... Hasta que se cansó, de sí mismo y de los demás, de la pantomima de la vida literaria y la celebración efusiva de todos, de las entrevistas y los camelos de la fama. Rafael Sánchez Ferlosio —fallecido hoy a los 91 años— se abroncaba a sí mismo para evitar incurrir en la especie aborrecida del literato y se autoprogramó contra la enfermedad de la petulancia intelectual y las pretensiones extraviadas de ser algo o alguien: vino a ser la contrafigura óptima del literato profesional, Camilo José Cela.

lunes, 27 de julio de 2015

Juan Marsé / Materiales para una biografía








Juan Marsé según Sciammarella
Juan Marsé
BIOGRAFÍA
Materiales para una biografía

El libro de Josep Maria Cuenca sobre Juan Marsé recoge una cantidad de datos inédita, adictiva y oceánica. El exceso, sin embargo, desplaza la construcción de su historia


Jordi Gracia
27 de julio de 2015

Hasta hace una década fue verdad que Juan Marsé (1933) era el novelista con más lectores y menos premios; desde entonces ha dejado de ser verdad que carezca de premios institucionales, pero ha seguido siendo el novelista con más lectores naturales, sin ruido, seguro y fiable. Hasta 1982 había publicado al menos tres novelas que son clásicos vivos,Últimas tardes con Teresa, Si te dicen que caí y Un día volveré; desde 1982, al menos otras tres, Ronda del Guinardó, El embrujo de Shanghai y Caligrafía de los sueños (además de un irresistible libro de relatos, Teniente Bravo). Pero es novelista y narrador, no intelectual, ni articulista, ni conferenciante, ni charlista. La única actividad que ha alternado con la novela ha sido el articulismo literario —las espléndidas semblanzas que agrupó bajo diversos títulos y en diversos medios— y la colaboración en proyectos cinematográficos como guionista.
¿Hay detrás de ese perfil de novelista puro una biografía de algún interés? Incontestablemente, la hay, y eso pensó Josep Maria Cuenca cuando desde 2006 empezó a fabular con redactarla. Lo primero que buscó fue la aquiescencia de Juan Marsé, lo segundo que encontró fue a un editor, Jorge Herralde, cuya única condición fue “el sí de Marsé”. Que lo obtuvo es completamente seguro porque es abrumadora e irresistible, oceánica y adictiva la cantidad de información inédita, de primera mano, que aporta el libro. No atañe sólo a Marsé y a sus primeros borradores, a manuscritos y a confidencias; afecta a muchos otros autores porque Marsé no ha escatimado material ni lo han escatimado otros amigos: las páginas de los diarios inéditos de Jaime Gil de Biedma lo hacen un poco más omnipresente en el libro, y son conmovedoras las cartas tempranas de Paulina Crusat (como lo es su misma peripecia vital), y lo son por otras razones las de Juan García Hortelano, Carlos Barral o Víctor Erice (y las de Robles Piquer, Ricardo de la Cierva, Pío Cabanillas o José Manuel Lara padre), además de múltiples declaraciones de infinidad de personajes relacionados con cada uno de los círculos culturales y personales que ha habitado Marsé entre Barcelona, L’Arboç y Calafell, incluido el prodigioso círculo que fue la revista Por Favor.




Materiales para una biografía


En la virtud de este formidable material está el origen de la carencia: la documentación ha desplazado la construcción de la biografía del escritor. Con implacable método cronológico, el libro sigue año tras año la vida de Marsé a través de esa documentación casi nunca integrada en un relato, casi nunca dispuesta como argumento o matiz para comprender las decisiones, los temas y los pasos de la vida, las emociones, las perplejidades o las terquedades de un novelista. A menudo reproduce por extenso no sólo las cartas, con sus encabezamientos y sus despedidas, sino también numerosísimos textos de Marsé y de otros, en citas larguísimas de artículos, prólogos, reseñas o entrevistas que dejan la historia del personaje sincopada y sin armar.
Pero sin este libro no habrá modo de comprender su biografía porque la información que ofrece es innumerable y gustosamente infinitesimal. Por fin están explicados los detalles sobre su adopción y la relación con su padre biológico (y con su hermana), pero también hábitos de un novelista que ha cambiado de piso muchas veces pero no ha visitado ninguno de ellos para decidir (porque las decisiones las ha tomado su esposa, Joaquina Hoyas). Conocemos la mestiza ley del catalán y el castellano entre los distintos miembros de la familia, o leemos en riguroso directo tantas páginas de su diario de 2004 o el vastísimo y muy entretenido anecdotario con protagonistas que van desde Ángel González o Carlos Barral a Carmen Balcells, Carlos Pujol o Ana María Moix, incluida la aparición marginal de Adriano Celentano, de al menos una quiebra sentimental y hasta de la emoción “irrepetible”, dice Marsé, de recoger en Madrid el Premio Sésamo de cuentos en 1958, e incomparable con la alegría de cualquier otro posterior.
Quizá la estructura más secreta está marcada por el deseo de Cuenca y, me parece, del propio Marsé, de desenredar algunos de los equívocos que han pesado años y años en la trayectoria del escritor. Y uno a uno se aclaran y desmontan los embustes o las maledicencias sobre la enemistad con Juan Goytisolo desde 1965, la muy secundaria intervención de Gil de Biedma enÚltimas tardes con Teresa, la tirria contra Baltasar Porcel (por aprovechado y oportunista) o la antipatía ante Francisco Umbral (pese a la dedicatoria personal de Si te dicen que caí), la desafección por las adaptaciones cinematográficas de sus libros, su resistencia a comulgar con ningún nacionalismo o su inflexible voluntad de decir la verdad cuando de libros y premios literarios se trata (sea en el Premio La Sonrisa Vertical, para acabar echando del jurado a Camilo José Cela, sea en el Premio Planeta, para acabar dimitiendo él). La sensación última, sin embargo, es haber recorrido sin respiro los estupendos materiales para una biografía antes que la biografía misma.
Mientras llega la felicidad. Una biografía de Juan Marsé. Josep Maria Cuenca. Anagrama. Barcelona, 2015. 749 páginas. 29,90 euros.

martes, 30 de diciembre de 2014

Jordi Gracia / Fulgurante Ortega y Gasset

Ortega y Gasset según Fernando Vicente

Fulgurante Ortega

Con su obra, el pensamiento conquista la superación del idealismo de Occidente y postula una alianza entre irracionalidad y racionalidad como única vía de comprensión del hombre, su mundo y sus límites



RAQUEL MARÍN
Al lado de Victoria Ocampo, tan alta y señorial, Ortega tira invenciblemente a bajito. Pero fue quien puso en orden de batalla a sus soldados cuando todavía no eran soldados pero él ya era su capitán. No sólo emperador,como entre los aborrecidos jesuitas de la infancia, sino directamente capitán que llama al arma a sus mesnadas para seguir propinando descargas escritas y orales sin freno, sin dios, sin miedo y sobre todo contra todo y contra todos. Ortega es una descarga de fusilería ideológica casi desde niño, en calzón corto, cuando todavía en privado todos rezongan contra la Restauración y su sistema viciado y envilecido, contra Maura y contra Romanones, contra el Partido Conservador y contra el Partido Liberal.
La diferencia es que Ortega levanta el listón y predica la radicalidad democrática del socialismo liberal como único recurso contra la injusticia social, contra el retraso intelectual, contra la inconsistencia de una democracia fraudulenta. Estamos apenas en 1908, tiene 25 años, es visiblemente calvo y en su hermano Eduardo tiene un aliado crucial, pero pronto se sumará el resto. Ortega crece a vista de todos en progresión incontenible en el Ateneo y en la Universidad, en la Residencia de Estudiantes y la Junta de Ampliación de Estudios, en la redacción de El Imparcial y en el Centro de Estudios Históricos. Está desde siempre en boca de todos por su tono, por su jovialidad, por su acometividad y por su infinita y casi angustiosa petulancia. Y sin embargo lo quieren, lo quieren y lo admiran desde santos laicos como Francisco Giner de los Ríos hasta gente de su misma edad, como Juan Ramón Jiménez o Ramón Pérez de Ayala, o algo mayores, como Antonio Machado, Azorín y Pío Baroja. Pero el que más le quiere es el mayor de todos, y mayor en todos los sentidos, Miguel de Unamuno, rendido a la chispa y la veracidad sin acartonamiento del muchacho de veintipocos que aun no es catedrático, que aun no ha escrito un libro y sin embargo a quien confía Unamuno el manuscrito de su libro filosófico más importante, Del sentimiento trágico de la vida, varios años antes de publicar el texto. Y así sigue la biografía arrebatada de Ortega hasta 1936, cuando ha sido ya el puntal ideológico de El Sol desde 1917, ha fundado el semanario España y ha puesto en marcha una cuña de revolución cultural que se llamó Revista de Occidente armada con tres lanzaderas: una tertulia en forma de chequeo intelectual de la actualidad, una revista mensual en forma de observatorio de la Europa contemporánea y una editorial con funciones de carcoma tenaz del tradicionalismo católico de la España rancia.
Siguió siendo bajo —por eso forzaba la verticalidad de su pose— pero siguió metiendo miedo, aunque él no lo tuvo hasta las balas perdidas y las violencias de 1934-1936. Él sí da miedo, incluso antes de que nadie sepa las fantasías de redención colectiva que fabrica su rotunda cabeza. Es un luchador casi físico en las peleas en las que cree hasta 1921, cuando la experiencia y los fracasos políticos empiezan a inclinar el plano de su vida hacia el desengaño y el rencor, hacia el desdén acre que destilan tantas páginas de España invertebrada de 1922 y que intoxican la peor parte de un libro lleno de hallazgos y observaciones luminosas como La rebelión de las masas, entre 1929 y 1930.



Es un luchador casi físico en las
peleas en las que cree hasta 1921; luego cayó en el desengaño
Estuvo tan vivo para aquellos jóvenes como lo está hoy para el lector con afán de pensar por libre, conocer sin anteojeras y comprender con honradez. A veces basta con dejarse atrapar por una prosa vivaz y brillante, y a veces hay que resignarse al párrafo rematadamente cursi y hasta delicuescente a ratos. Pero eso es nada, porque Homero también duerme: el todo, lo que importa de veras, es la vibración de autenticidad de un pensamiento hiperactivo y efusivo, combativo y comprometido, perspicaz y desprejuiciado, jugoso y beligerante: fundamentalmente honrado aunque se equivoque, convincente aunque yerre, siempre estimulante al menos hasta los primeros años treinta, cerca ya de sus cincuenta años, cuando abandona la confección de esos libros misceláneos y confesionales, dietarios disfrazados de ensayos, que tituló desde 1916 El Espectador.
Por supuesto, cuando Ortega se enamora se enamora de verdad, aunque sus disparatadas ideas sobre la mujer le sitúen en el pleistoceno de la especie. Pero por tres veces se enamora, y las tres a fondo: de Rosa, su mujer desde 1910 y compañera hasta su muerte en 1955; de Victoria Ocampo, perdición austral y quimérica de un hombre que se descubre frágil y desarmado en 1917, y de una joven condesa diez años más tarde, hipnótica para un Ortega con la guardia baja y la autoestima lesionadísima. Para entonces, sin embargo, en los años veinte toda su maquinaria intelectual se vuelca en la ratificación de sí mismo, cuando la filosofía de la razón vital va de camino a ser razón histórica y siente que con él el pensamiento conquista por fin la superación del idealismo de Occidente y postula una alianza entre irracionalidad y racionalidad como única vía de comprensión integral y resignada del hombre, su mundo y sus límites. Resignada, sí, pero sin tristeza ni amargura; al revés: feliz de desenmascarar falsos consuelos, feliz de saber qué hacer con la vida como proyecto, feliz de identificar lo iluso como ilusión inútil y cultivar como posible la ilusión de lo real: un Nietzsche civilizado.
¿Hay un Ortega fósil? Lo hay, claro que lo hay, y es a veces patéticamente vulnerable: la sustancia que lo fosiliza se llama resentimiento recrudecido de rencor y mesianismo abortado. Las heridas del amor propio deforman su prosa hacia el desdén contra la inopia bovina de las masas y sobre todo de los suyos. Y eso es lo peor, la incredulidad de quienes debían constituir las bases del futuro culto, educado, civil y europeo soñado. No atienden como deberían a sus visiones del hombre y la sociedad contemporánea, aunque él sea ya desde El tema de nuestro tiempo de 1923 el paraguas filosófico para el nuevo mundo que ha descubierto Albert Einstein. Ni están a la altura ni aciertan a detectar, como detecta él, el nivel que exige el presente: un pensador de la contingencia, una visión empírica de la condición humana, un dinamitador de las fantasías falseadoras, un ateo irrenunciable y primordial.

Cuando se olvida de sí mismo, es el más sugestivo intérprete de sucesos en movimiento
Demasiadas veces los verdaderos fósiles hemos sido nosotros, los lectores y los comentaristas, una y otra vez atados al Ortega más caduco y vulnerable —más visceral—, el de España invertebrada, el de sus cábalas sobre asuntos mal conocidos, el de los delirios, o revanchistas o apocalípticos, contra la villanía ética e ideológica de las masas ignaras. Pero ese es un Ortega ya turbado: el peor enemigo de Ortega fue Ortega mismo, sobre todo tras leer a Heidegger en 1928 y descubrir en él un asteroide filosófico completamente imprevisto. Por dentro le cambió la vida y unos años después la cambió por fuera, desde 1932: dejó de actuar como el insolente, provocativo, disperso y feliz ensayista de lo real para reencauzarse en una ruta que le había sido ajena, la filosofía profesional, la filosofía académica.
Pero incluso ese grave percance de su biografía intelectual se salda con una última resistencia al contagio teológico y religioso de Heidegger en dos fases: una breve y contundente en 1929 y otra prolongada y minuciosa, incluso furiosa, en La idea de principio en Leibniz, que es un manuscrito abandonado en 1947 tras rematar por fin su pelea privada con Heidegger, y con más razón que un santo. Cuando Ortega se olvida de sí mismo, cuando desiste de ser quien es y escribe en libertad, desatado y brioso, entonces es un ensayista arrebatado y arrebatador: el mejor antídoto contra el idealismo embaucador, el más sugestivo intérprete de sucesos en movimiento, el más apto para fabricar en silencio, rumiando, personas libres y contingentemente felices, como lo fue él mismo: un escritor del siglo XXI.
Jordi Gracia es profesor y ensayista. 



Jordi Gracia / José Ortega y Gasset / Reseña

José Ortega y Gasset
Ortega desde Ortega

La biografía del filósofo escrita por Jordi Gracia sigue muy de cerca sus libros y su acción política


    ANTONIO ELORZA 20 JUN 2014 - 12:48 CET


    José Ortega y Gasset visto por Sciammarella
    La fascinación ejercida por Ortega sobre el historiador Jordi Gracia quedó de manifiesto en el artículo Fulgurante Ortega, publicado hace un mes en estas páginas: “Cuando Ortega se olvida de sí mismo —escribe—, cuando desiste de ser quien es, desatado y brioso, entonces en un ensayista arrebatado y arrebatador: el mejor antídoto contra el idealismo embaucador, el más sugestivo intérprete de sucesos en movimiento, el más apto para fabricar en silencio, rumiando, personas libres y contingentemente felices, como lo fue el mismo: un escritor del siglo XXI”. El artículo, brillante síntesis del libro que comentamos, reúne ya, en una lectura cronológica, los principales hitos del pensamiento y de la actividad del filósofo, y anticipa para el lector de este modo los supuestos en que el historiador sustenta su valoración.
    Una interpretación lúcida de las obras de Ortega, por fin disponibles en una edición crítica gracias a la Fundación y a Zamora Bonilla, el trabajo de investigador sobre un archivo ahora abierto de par en par, y la atención al contexto, a fuentes y bibliografía complementarias se funden para dar vida a esta biografía sensacional. Pienso cómo hubieran disfrutado con su lectura discípulos como Julián Marías y el bueno de Paulino Garagorri (un poco menos, Maravall y Díez del Corral por las caracterizaciones limitadas al falangismo que Gracia hace de ambos en los años 1940, lo cual es insatisfactorio: El liberalismo doctrinario es de 1945). Para reconstruir la trayectoria vital de Ortega, Jordi Gracia no se limita a sus escritos y actuaciones filosóficas y/o políticas, sino que precisa cuidadosamente la complejidad de su formación y relaciones intelectuales, sin olvidar la sensibilidad amorosa de ese hombre bajito y cabezón a quien sin embargo Conchita Montes encontrara “tan flamenco”.

    Aunque lógicamente habla de Ortega en tercera persona, es tal la minuciosidad, el ritmo y la precisión con que el autor desarrolla su reconstrucción que el lector se siente inmerso en el curso de la narración, al modo de esas filmaciones de fórmula 1 donde las imágenes proceden de la cámara instalada en el vehículo del conductor. Tampoco faltan los comentarios recurrentes de Ortega sobre sus éxitos, frustraciones, propósitos y reacciones ante esta o aquella postura de un amigo o de un contemporáneo, similares a las que expresa el piloto en el desarrollo de la carrera sobre sus propios problemas y la amenaza de sus competidores.
    El único reproche que cabe realizar a este enfoque es que de vez en cuando, en momentos cruciales, resulta imprescindible no solo dar cuenta puntual de una actitud, una declaración o, sobre todo, de una reflexión teórica, sino distanciarse para tratar de elaborar un cuadro de situación. A veces es suficiente con una inteligente pincelada, como cuando Gracia explica el sentido del viraje hacia la filosofía al fundar la Revista de Occidente en 1923, respecto de los años anteriores en que se sucedieron los proyectos políticos fallidos: “La elección del imperativo de intelectualidad no deja de ser causada por el fracaso de la acción”.

    El lector se siente inmerso en el curso de la narración, al modo de esas filmaciones de fórmula 1 donde las imágenes proceden de la cámara instalada en el vehículo del conductor
    En cambio, no bastan las cuidadas paráfrasis ni la exactitud de la crónica para dar cuenta, en un momento inmediatamente anterior, del significado de la condena a la lectura escolar del Quijote, puesto que Ortega cree necesario inculcar en el niño “la posibilidad del heroísmo”. A ello se une su reivindicación de la nobleza en una España donde la miseria moral de los privilegiados resulta evidente, y sobre todo la conversión de su juvenil propuesta de la movilización del país por minorías cargadas de modernidad, de la patria comoKinderland, en una ordenación jerárquica regida por “unos cuantos hombres” frente a las masas ignorantes y rencorosas. Ortega nunca fue fascista, ni prefascista —en todo caso “un Nietzsche civilizado” (Gracia)—, pero hasta que la dictadura de Primo de Rivera le mostró su verdadera cara, distó de ser un opositor. Entonces, como más tarde en los años 1930, la orientación de su pensamiento no fue ir hacia una democracia reformadora, ni al socialismo liberal de 1910.
    El pensador hizo la lectura de la crisis orgánica que siguió a la Gran Guerra en un doble sentido: de reflexión penetrante, excepcionalmente penetrante, sobre las nuevas implicaciones de una política y de una mentalidad ligadas a la ampliación del sujeto de la historia (La rebelión de las masas), y de rechazo terminante a que esas “masas ignaras” se hicieran dueñas de la escena. No es que Ortega se fosilizase, sino que pasaba a adoptar una postura defensiva, en plena sintonía con su visión previa del orden social. Cuando llega la República, la historia se repite y la propuesta orteguiana de articulación entre la nación y el trabajo se enfrenta ya a cuanto propone el nuevo régimen. No es cuestión de actitud, sino de incompatibilidad. El contraste con Urgoiti hubiese sido aquí útil. El “no es eso” aparece de inmediato.
    Vista desde el siglo XXI, la grande bellezza de la personalidad de Ortega debe pasar a primer plano, según propone Jordi Gracia. Pero eso no invalida que desde generaciones de estudiosos anteriores se viera justamente en Ortega, como se pudo ver en Azaña, al protagonista del brillante y trágico fracaso de la modernización política de España, lo cual no borra, sino que resalta, su grandeza. Y el legado no fue solo filosófico: en octubre de 1955, el cortejo fúnebre de Ortega se convirtió en la primera expresión del movimiento estudiantil contra el régimen, anticipo de su salida a la luz en febrero de 1956. En torno a la figura del pensador, la historia retomaba con nuevos aires el camino de la modernidad.
    José Ortega y Gasset. Jordi Gracia. Taurus. Madrid, 2014. 687 páginas. 20 euros (electrónico, 10,99)

    EL PAÍS


    lunes, 29 de diciembre de 2014

    Vargas Llosa / El fracaso de Ortega y Gasset

    José Ortega y Gasset

    El fracaso de Ortega y Gasset

    El filósofo quiso democratizar España, volverla europea mediante la persuasión; en eso consistía su liberalismo. Pero la desilusión con la República y la sublevacion fascista enterraron su proyecto


    Ortega y Gasset según Fernando Vicente
     Me hubiera gustado escuchar una conferencia de Ortega y Gasset, o, mejor todavía, seguir alguno de sus cursos. Todos quienes lo oyeron dicen que hablaba con la misma elegancia e inteligencia que escribía, en un español rico y fluido, muy seguro de sí mismo, con ciertos desplantes vanidosos que no ofendían a nadie por la enorme cultura que exhibía y la claridad con que era capaz de desarrollar los temas más complejos. La doctora Margot Arce, que fue su alumna, me contaba en Puerto Rico, medio siglo después de haberlo oído, el silencio reverencial y extático que su palabra imponía a su auditorio. Me lo imagino muy bien; incluso cuando uno lo lee —y yo lo he leído bastante, siempre con placer— tiene la sensación de estarlo oyendo, porque en su prosa clara y frondosa hay siempre algo de oral.
    La biografía que acaba de publicar Jordi Gracia (Taurus), muestra un Ortega y Gasset mucho menos recio y firme en sus ideas y convicciones de lo que se creía, un intelectual que de tanto en tanto experimenta crisis profundas de desánimo que paralizan esa energía que, en otras épocas, parece inagotable, y lo lleva a escribir, estudiar y meditar sin tregua, durante semanas y meses, produciendo artículos, ensayos, una correspondencia ingente, dando clases y conferencias y desarrollando al mismo tiempo una labor editorial que dejaba una huella importante en la cultura de su tiempo. Muestra, también, que ese trabajador infatigable era, como un Isaiah Berlin, prácticamente incapaz de planear y terminar un libro orgánico, pese a tener la intuición premonitoria de tantos, que nunca llegaría a escribir, porque la dispersión lo ganaba. Por eso fue, sobre todo, un escritor de artículos y pequeños ensayos, y, sus libros, todos ellos con excepción del primero —las Meditaciones del Quijote— recopilaciones o inconclusos. Nada de eso empobrece ni resta originalidad a su pensamiento; por el contrario, como ocurre con los textos casi siempre breves de Isaiah Berlin, los artículos de Ortega son generalmente algo mucho más rico y profundo que lo que suele ser un artículo periodístico, planteamientos, exposiciones o críticas que a menudo abordan temas de muy alto nivel intelectual y cargados de sugestiones a veces deslumbrantes y, sin embargo, siempre asequibles al lector no especializado.

    La impotencia lo condujo al silencio, pero nunca traicionó su propio ideal de coexistencia ilustrada
    Por eso ha hecho muy bien Jordi Gracia rastreando como un sabueso toda la trayectoria de los artículos de Ortega y Gasset ; es la más segura manera de acercarse a su intimidad de pensador y de escritor, de averiguar cómo discurría en él su vocación de filósofo y de literato. Todo comenzaba por una idea o una intuición que volcaba en un artículo (a veces en varios). De allí, ese embrión pasaba la prueba de una clase o una charla pública y, enriquecido, cuajaba en un ensayo. Aunque muchas veces tenía la idea de prolongarlo en un libro, por lo general no pasaba de allí, porque otra intuición, hallazgo o invención genial lo desviaba a otro artículo, que, luego, siguiendo el mismo itinerario, terminaba desembocando en uno de esos ensayos —con frecuencia excelentes y a menudo soberbios— que son la columna vertebral de su obra y que ocuparon gran parte de su vida.
    Jordi Gracia muestra también que la vocación política fue tan importante en Ortega como la intelectual. En su juventud, en su temprana y media madurez, ambas vocaciones se fundían en una sola ; quería ser un gran pensador y un gran escritor para cambiar a España de raíz, volverla europea, modernizarla, democratizarla, lo que para él —como para los intelectuales que atrajo a la Agrupación al Servicio de la República— significaba llevar a gobernar el país a sus hijos más cultos, inteligentes y decentes, en vez de esa clase política que desprecia por mediocre, falta de ideas y de creatividad, acomodaticia y cínica. A tratar de formar un movimiento que materialice ese proyecto dedica buena parte de su tiempo, pues él está convencido que se trata de una acción cultural, de diseminación de ideas nuevas y fértiles, y eso explica que se vuelque de ese modo a una tarea periodística, en diarios y revistas, convencido de que esa es la mejor manera de cambiar la política en uso, contagiando entusiasmo por unas ideas y unos valores que deben llegar al gran público de la misma manera que llegaban a sus estudiantes: a través de la persuasión. En eso consistía lo que él llamaba su “liberalismo”, aunque, muchas veces, le añadiera la palabra socialismo, para indicar que aquella revolución cultural de la vida política no estaría exenta de un fuerte contenido social. La República le pareció que era el régimen más propicio para aquella transformación política de España.
    Sin embargo, aquellos no eran tiempos para la sana controversia de las ideas como quería Ortega, sino la de los fanatismos encontrados en la que los insultos y las pistolas reemplazaban rápidamente los debates y los diálogos entre los adversarios. Este será el gran fracaso de Ortega, la absoluta inoperancia de aquella pacífica revolución cultural que proponía y que, primero la violenta experiencia republicana y luego la sublevación fascista y la guerra enterrarían por más de medio siglo.

    Fue un gran error de su parte volver en plena dictadura creyendo que el régimen se abriría
    El libro de Jordi Gracia da cuenta pormenorizada y con admirable objetividad de la traumática experiencia que significó para Ortega el desmoronamiento de todos sus anhelos políticos. Primero, la desilusión que tuvo con la República que no se parecía en nada a aquella ilustrada coexistencia en la diversidad que había previsto, y, luego, la sublevación militar y la Guerra Civil. La impotencia lo condujo al silencio. Pero nunca traicionó su propio ideal, aunque admitiera que, en esa circunstancia, era simplemente impracticable, desprovisto de toda realidad. El silencio que guardó en tantos años de exilio, en Francia, en Portugal, en Argentina, desprestigió a Ortega a los ojos de muchos. Yo creo que fue un acto de gran coraje tratar de mantenerse al margen, sin tomar partido, por dos opciones que le parecían igualmente inaceptables: el fascismo y una república muy poco democrática, dominada por los extremismos sectarios.
    Creo que fue un gran error de su parte volver a España en plena dictadura, creyendo ingenuamente que con la posguerra el régimen se abriría; y la verdad es que lo pagó caro, pues, como muestra con lujo de detalles Jordi Gracia, a la vez que seguía siendo atacado (y silenciado) con ferocidad por el nacional catolicismo, ciertos sectores falangistas trataban de apropiárselo, sembrando la confusión en torno de él, al extremo de que seguidores suyos tan fieles como María Zambrano llegaran a creer que había traicionado sus viejos ideales. Nunca los traicionó; hasta el fin de sus días fue laico y ateo y defensor de una democracia liberal signada por la tolerancia. Al mismo tiempo, pese a la incomodidad política permanente en la que pasó sus últimos años, su vitalidad intelectual nunca cesó de manifestarse, en ensayos y artículos que recobraban a veces el vigor expresivo y la riqueza creativa de antaño. El reconocimiento que tuvo en los últimos años fue en el extranjero, en Alemania sobre todo, pero también en Inglaterra y en Estados Unidos. En España, en cambio, y hasta hoy día, nunca se le ha reivindicado del todo, porque, para unos, es una figura ambigua y reticente, que mantuvo durante la Guerra Civil y la inmediata posguerra un silencio cobarde que constituía una discreta complicidad con los fascistas, o un conservador de viejo cuño, inadaptado e irremisiblemente enemistado con la modernidad.
    Uno de los grandes méritos del libro de Jordi Gracia es que, sin excusarle ninguna de sus equivocaciones y errores políticos, ni dejar de señalar cómo a veces la vanidad lo cegaba y lo llevaba a exagerar sus exabruptos, hecho el balance, Ortega y Gasset es uno de los grandes pensadores de nuestra época, y que, precisamente en el tiempo en que vivimos —no en el que él vivió— sus ideas políticas han sido en buena medida confirmadas por la realidad. Leerlo ahora no es un quehacer arqueológico, sino una inmersión en un pensamiento candente, muy provechoso para encarar la problemática actual, a la vez que disfrutar del placer exquisito que produce un escritor que pensaba con gran libertad y originalidad y expresaba sus ideas con la belleza y la precisión de los mejores prosistas de nuestra lengua.



    miércoles, 24 de diciembre de 2014

    Javier Marías / Así empieza lo malo / El libro de 2014



    ‘Así empieza lo malo’, 

    de Javier Marías, 

    libro del año de Babelia


    La verdad imprudente

    Ambientada en la Transición, la nueva novela de Javier Marías utiliza los secretos de un matrimonio para reflexionar sobre la oportunidad de la memoria histórica



      Javier Marías, visto por Sciammarella
      Ésta es la historia de dos desgracias y un final feliz: la desdicha de una mujer, la desdicha de un "país sucio" (que es España, y así lo llama un personaje) y la felicidad de un espectador escarmentado, reflexivo y egoísta, que es el narrador de la historia. Pero Eduardo Muriel es el maestro: un prolífico director de cine raro, supongo que con elementos de Jesús Franco o Jess Frank (tío de Javier Marías), y quizá algún reflejo de Juan Benet, que contrata a un joven de 23 años para asesorarlo en tareas de traducción y secretaría en 1980. Mucho tiempo después, ese joven necesita contar esa breve temporada de convivencia con Muriel y su mujer (dos desgracias juntas), tan decisiva en su vida y también en su modo de asumir y entender la madurez. Así empieza lo malo es quizá la novela de Marías con trama más compacta, y quizá por eso se remata con un epílogo que recapitula y acaba la historia: la vida del narrador ha venido a reproducir diabólicamente las condiciones de la vida de Muriel y su mujer, aunque sin los errores ni el dolor de ellos: callando. Pero no hay sermón ni doctrina, obviamente: este Marías es Marías, impávido y suculento, incluidos algunos de sus manierismos (en particular en la primera mitad de la novela) e incluidas esas magistrales suspensiones narrativas que dejan absorto al lector mientras nada sucede pero todo está pasando.

      miércoles, 1 de julio de 2009

      Javier Marías / Jordi Gracia



      JAVIER MARÍAS
      CIEN ESCRITORES DEL SIGLO XX
      Por Jordi Gracia



      […]
      La voz narrativa de la mayoría de sus mejores narradores no transige con la estupidez y es endiabladamente incisiva tanto en la apreciación de sujetos como en la complejidad de los problemas que medita.
      […]
      Lo que de veras ha hecho de Javier Marías un escritor atípico, raro en la literatura española (como raro en ella es Álvaro Pombo), y es la fabricación de un estilo capaz de promediar la meditación reflexiva y la secuencia narrativa, apto para la reflexión casi neuróticamente obsesiva y al mismo tiempo dotado del suficiente empuje narrativo para no inmovilizar la página o sacarla fuera del río novelesco.
      […]
      Y nada menos que los principios de sus relatos están entre los grandes momentos del escritor: no sólo por las escenas iniciales, como en el caso tanto de Corazón tan blanco (1992) como en el de Mañana en la batalla piensa en mí (1994), sino incluso por las mismas frases que abren un curso novelesco que piensa por su cuenta y ensimismado. «Nunca he querido saber pero he sabido» era el antológico inicio de Corazón tan blanco mientras que «No debería uno contar nunca nada» lo es de su obra maestra, la extensa novela en tres partes Tu rostro mañana (2002-2007). Ambas tienen que ver con saber y con el precio de saber, con la intriga moral que se urde con lo que sabemos o sospechamos saber o creemos intuir con seguridad pero no con solvencia suficiente y sin embargo opera en nuestro ánimo como si supiésemos bien sin saber realmente bien (¿realmente?) […] Las secuelas de saber y descubrir son el auténtico argumento central de sus novelas, como si escribiese la biografía del saber mismo, y ese impulso ha sido mayor y definitivo en Tu rostro mañana.
      […]
      La matriz vital y biográfica que puebla sus novelas de esos intereses reflexivos se explaya con amplitud y a menudo con insolencia en numerosos textos ensayísticos o de articulista desde hace muchos años, y no son textos irrelevantes: han construido un mapa moral e intelectual exigente y animado por una vocación desengañadora o veraz que acerca su articulismo a su mundo novelesco, aunque ambos lleguen al lector en estilos tan distintos.
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      Domingo Ródenas (coordinador), 100 escritores del siglo XX. Ámbito hispánico, Ariel, 2008