
A propósito de Woody Allen
Ha tardado veinte años —en parte, a causa del cheque que quería cobrar— y un cambio de editorial a principios de año por las protestas de los trabajadores de Hachette, pero la autobiografía de Woody ya está aquí. Y no es para tanto. Me explico: no es para tanto en lo que le afecta a Mia Farrow y a su familia. Es decir, a la parte de su familia que todavía se habla con Mia Farrow. Al menos un cuarto de sus páginas cuentan lo que ya estaba contado y que parece aún más irrelevante en el libro, aunque personalmente se pueda entender que a Allen le importe re-re-reexplicar la acusación de abuso de su expareja a su hija común, Dylan. Una acusación que fue descartada —no llegó ni a juzgarse— por los tribunales neoyorquinos y la agencia de bienestar infantil del estado de Nueva York y que, por tanto, no ha impedido que Allen adopte con su actual mujer, Soon-Yi, a dos niñas, hoy veinteañeras, después del escrutinio de las autoridades norteamericanas. Esa sería toda la historia si el director no se hubiese convertido en una pieza de caza para una turba sentimental al amparo de eslóganes “hashtagueables”. En un mundo acelerado de blancos y negros, algunos le señalan como “pederasta” e “incestuoso”, crímenes condenados socialmente con más dureza que el asesinato. Allen celebra su propia cacería, quizá después de mucho psicoanálisis: “Hay, de hecho, algunos beneficios en ser un paria. Para empezar, dejan de pedirte todo el tiempo que te subas a una tarima, que hagas un comentario elogioso para la contracubierta de un libro, que salves alguna ballena o que des un discurso en alguna ceremonia de graduación”.














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