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miércoles, 14 de mayo de 2025

Arthur Miller y Tennessee Williams / Dramas que llevan dentro los dramaturgos

Tennessee Williams


Dramas que llevan dentro los dramaturgos 

La fortaleza moral y las contradicciones de Arthur Miller frente a la pasión desbordante y el delirio de Tennessee Williams, dos gigantes del teatro estadounidense


Manuel Vicent
MANUEL VICENT
29 MAR 2025 - 05:15 CET

domingo, 14 de abril de 2024

Marlon Brando / «Un tranvía llamado deseo»

Vivien Leigh y Marlon Brando
Un tranvía llamado Deseo


Cómo Brando llegó a protagonizar «Un tranvía llamado deseo»


BASSOFIA
5 de octubre de 2015

En 1948 un joven actor relativamente desconocido, Marlon Brando, hizo autostop desde Nueva York hasta la casa de Tennessee Williams en Provincetown, Massachussetts, con el fin de presentarse a la prueba para la producción de Broadway y encontró al célebre dramaturgo en un estado de terrible ansiedad.

domingo, 10 de diciembre de 2023

Cuadernos de delicada locura (1)

 

Cuadernos de delicada locura
Sylvia Plath. 

Cuadernos de delicada locura (1)



Antonio Yelo
17 de febrero de 2022

El detective de homicidios Somerset, de la policía de Nueva York, entra en una habitación. Las paredes están ocupadas por estanterías que llegan hasta el techo. En ellas se apilan miles de cuadernos. Somerset coge uno. Portada sin etiqueta. En el interior se apelotonan las frases escritas a mano, diminutos y borrosos dibujos y fotos pequeñas, aparentemente recortadas de la sección de contactos del periódico. Los dibujos, imágenes y textos ocupan cada pulgada de las páginas. Somerset toma otro cuaderno y lo hojea. Igual que el primero, lleno hasta el borde. Somerset se acerca a otro estante y saca otro cuaderno. Lo mismo. El detective mira a su alrededor. Están en el domicilio del asesino. Su compañero, el detective Mills, entra en el cuarto.

martes, 5 de julio de 2022

El fantasma que torturó a Tennessee Williams

Tennessee Williams
Andy Warhol


El fantasma que torturó a Tennessee Williams

El trabajo del más famoso dramaturgo del siglo XX quedó marcado por la presencia de una hermana esquizofrénica y paranoica




Rose Williams en una imagen de archivo.
Rose Williams en una imagen de archivo.

“No te rías jamás de la locura. Es peor que la muerte”. La escalofriante sentencia no sería olvidada por Tennessee Williams. Anotó las palabras espetadas a modo de consejo de su hermana Rose en su diario y volvería una y otra vez a ellas, a modo de letanía. En breve se convertirían en lema por el que guiar su obra literaria.
¿Quién fue Rose Williams? Cuando murió en 1996, era apenas una anciana que había pasado más de 50 años recluida en instituciones. Desde la muerte de sus familiares más allegados apenas la visitaba nadie. Sin embargo, el trabajo del más famoso dramaturgo del siglo XX quedó marcado por la presencia de esa hermana sin memoria.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Françoise Sagan / Entre recuerdos

Françoise Sagan

Françoise Sagan, entre recuerdos

  • La escritora francesa recorre las grandes pasiones de su vida en una recopilación de textos publicada por la editorial El Cobre · Orson Welles, Jean-Paul Sartre y Billie Holiday, entre otros, desfilan por sus páginas

Alfredo Asensi
26 de enero de 2009

Vivió deprisa, con riesgo, literariamente. Una vida de excesos, libros, divorcios, viajes, alcohol e irreverencia. De sobredosis, contradicciones, fraudes fiscales. Era lúcida, burguesa, vertiginosa, distinta. Françoise Sagan, una de las más pasionales y brillantes escritoras francesas del siglo XX, regresa a la actualidad literaria con la publicación de Desde el recuerdo (El Cobre Ediciones), una recopilación de estampas autobiográficas por primera vez traducidas al español. Sagan, fallecida hace cinco años, relata en la obra sus encuentros con grandes mitos del siglo XX como Orson Welles, Billie Holiday o Jean-Paul Sartre. Con desprendimiento y cinismo, con sinceridad y entusiasmo, la autora de Buenos días, tristeza repasa algunas de las aficiones y adicciones a las que se entregó sin reservas, entre ellas el juego, la velocidad y la lectura.

lunes, 27 de julio de 2020

Gustavo Martín Garzo / La bondad de los desconocidos

Un tranvía llamado Deseo

La bondad de los desconocidos

Los escritores no pueden vivir sin esos seres, los lectores, que alguna vez llaman a su puerta. Pero el mundo de la crítica está lleno de gente empeñada en tratar a escritores y lectores como si fueran alumnos a los que llevar por el buen camino


Gustavo Martín Garzo
12 de junio de 2015



La bondad de los desconocidos
EVA VÁZQUEZ

Jamás contestes a una mala crítica, tal es el consejo que Truman Capote da a los escritores. Y es un buen consejo, ya que lo mejor que puede hacer el escritor ante una crítica adversa es guardar silencio y aparentar que no le importa demasiado. Pero claro que le importa, y mucho. Una mala crítica puede dejarle varias noches sin dormir, quitarle el apetito, llevarle a evitar en los días siguientes a familiares y conocidos ante el temor de que puedan haber comprado el periódico o la revista donde su libro es vapuleado y la hayan podido leer. ¿Son conscientes los críticos de la magnitud de su poder, del disgusto que pueden dar a ese pobre escritor que ha tenido la comprensible pretensión, si tenemos en cuenta el esfuerzo que supone terminar un libro, de ser leído amorosamente por alguien? El crítico puede objetar que ese es su oficio y que si le pagan —bastante poco, para complicar más las cosas— es para que opine sobre las virtudes o los defectos de los libros que se publican y separar así el grano de la paja, que por cierto, y según él, es lo que abunda más. Aún más, podría añadir ese crítico insobornable al atribulado escritor, ¿por qué supone usted que los demás deben leer sus libros? Nadie le ha pedido que los escriba, y si a pesar de todo se empeña en seguir haciéndolo no puede extrañarle que tengamos el derecho a protestar cuando nos hace perder nuestro tiempo y nuestro dinero.




OTROS ARTÍCULOS DEL AUTOR



Todos estamos expuestos a la mirada crítica de los otros, y pretender no ser valorados por nuestros actos es un acto de supremo infantilismo. Andersen tuvo un extraordinario éxito en su vida de escritor y era recibido en todas las cortes europeas para que leyera públicamente sus cuentos. Pero se cuenta que soñaba con tener éxito como dramaturgo y que pataleaba como un niño cuando sus obras fracasaban en la escena, lo que pasaba una y otra vez. ¿Era Andersen tan infantil e inmaduro que solo vivía para lograr la adoración sin límites de los demás? Puede que lo fuera, pero no creo que la razón por la que los escritores escriban sus libros sea para exhibir el tamaño de sus egos. Lo hacen porque les gusta escribir, porque anhelan contar algo que no saben bien qué es, porque persiguen sueños que raras veces se realizan. O porque tal vez buscan en los libros una felicidad que la vida real no les da. Puede que Andersen tuviera un ego monumental, pero en ningún caso eso explica la maravilla de sus cuentos.
Y si es raro que alguien dedique su tiempo a inventar historias más o menos disparatadas, ¿no es más raro aún dedicarlo a meterse con los que las escriben, y aspirar a ser algo así como un guía espiritual, ese faro que orienta a los siempre influenciables lectores en el proceloso mar de la mala literatura? Aún más, ¿no abundan entre los críticos también los grandes egos, los pedagogos airados, los exquisitos que confunden la literatura con el rincón del gourmet, los integristas que hacen del libro una religión sacrosanta cuyos sumos sacerdotes son ellos, o esos otros eternamente malhumorados que creen que las novelas o los libros de poesía se escriben con la única intención de perturbar su digestión? Pero ¿es comprensible que alguien dedique años, meses enteros a escribir pacientemente un libro con el único propósito de incomodar a un crítico en la hora de su siesta? No, claro, esto no tiene ningún sentido. Además, ¿no son todos los libros, incluso los más grandes, en cierta forma un fracaso? “La palabra humana —escribe Flaubert— es como caldera rota en la que tocamos música para que bailen los osos, cuando querríamos conmover a las estrellas”.


¿Es comprensible que alguien escriba un libro con el único propósito de incomodar a un crítico?

W. H. Auden solía decir que criticar un libro malo no solo era una pérdida de tiempo sino también un peligro para el carácter. “Si un libro me parece realmente malo, entonces el único interés que puedo tener para escribir sobre él es la exhibición de mi inteligencia, mi ingenio y mi malicia. Es imposible que alguien reseñe un mal libro sin pavonearse”. Auden también decía que no necesitaba el consejo de nadie acerca de lo que le debía gustar o no, ya que solo suya era la responsabilidad de sus lecturas. Sin embargo, el mundo de la crítica está lleno de gente empeñada en tratar a los escritores y a los lectores como si fueran alumnos a los que tienen que llevar como sea por el buen camino. Tal vez por eso es un espacio abierto a la perversidad. Y no me refiero solo a la perversidad de los juicios que con tanta ligereza se emiten sino a la de los lectores que acuden presurosos a los suplementos y revistas culturales para ver cómo despellejan en ellos la novela del escritor que conocen. Aún más, escribe Juan Goytisolo: “¿Cómo pueden los críticos escribir en un par de días sobre novelas que, si valen, no tienen tiempo de analizarlas con seriedad, y si no valen, no merecen tal empeño?”.
George Steiner dice que la literatura es un vendaval que se cuela por la ventana y nos desordena la casa. Es decir, nos enfrenta no tanto a lo que conocemos como a lo que no sabemos explicar. Un buen libro siempre nos deja perplejos, sin saber qué decir. ¿No es sospechoso que los críticos opinen con tanta facilidad, y con tan poco tiempo de reflexión, acerca de los libros que leen? Son expertos lectores, se puede objetar, con frecuencia profesores universitarios que han dedicado años al estudio de la literatura. Pero ¿haber hecho de la literatura un objeto de estudio garantiza ser un buen lector? Vuelvo a citar a Flaubert: “Los que se llaman ilustrados a sí mismos acaban siendo cada vez más ineptos en materia de arte. Se les escapa incluso qué cosa sea el arte. Para ellos son más importantes las glosas que el texto. Les interesan más las muletas que las piernas”.
Un tranvía llamado Deseo



Abundan en ese ámbito grandes egos, sumos sacerdotes y personas siempre malhumoradas

No, no creo que el escritor sea básicamente un insufrible ególatra. Está solo, se pasa horas y horas encerrado en su cuarto persiguiendo quimeras que raras veces alcanza. Recuerda a esas mujeres neurasténicas que pueblan la obra de Tennessee Williams, con sus torpes ensueños, su temor al fracaso, pero también, a menudo, con su maravilloso candor. Esas mujeres cansadas y un poco lunáticas, que aunque han asistido una y otra vez al fracaso de sus sueños no pueden renunciar a ellos. “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”, dice la inolvidable protagonista de Un tranvía llamado deseo. Sí, los escritores, especialmente cuando no son jóvenes ni famosos, se parecen a esas pobres mujeres. Permanecen desvelados por las noches soñando con locas historias que logren conmover a las estrellas, y todo lo que consiguen es hacer bailar a los osos. Pero ¿pueden vivir sin esos bailes? No, no pueden, por eso solo les queda confiar en la bondad de esos desconocidos que son los lectores que alguna vez llaman a su puerta.
Gustavo Martín Garzo es escritor.




martes, 27 de marzo de 2018

Tennessee Williams / Contar la vida



CONTAR LA VIDA

Después de acostarse por primera vez con alguien,
sin la ventaja o la desventaja de la relación previa,
es muy probable que la otra persona te diga:
háblame de ti, cuéntame tu vida, toda tu vida.
Y de buena fe piensas que realmente tiene interés
en conocer tu historia;
enciendes un cigarrillo y empiezas a contarla,
ambos ya descansados, desparramados sobre la cama
como un par de muñecas de trapo dejadas por una niña aburrida.
Le cuentas tu vida, o lo que el tiempo, o cierta prudencia
te permite contar, y oyes decir:
Oh, oh, oh, oh, oh,
hasta que el último oh es un sonido apenas perceptible,
y entonces, por supuesto, se produce una interrupción.
El camarero, que tardaba en llegar, aparece con un bol
de cubos de hielo que se derriten, o bien uno de ustedes
se levanta para orinar y contemplarse, con suave desconcierto,
en el espejo del cuarto de baño. Y entonces lo primero que adviertes
antes de que hayas tenido tiempo de retomar el hilo
apasionante de tu historia,
es que te están contando ya su propia historia,
tal como pensaban hacerlo desde un principio.
Y tú, a tu vez, también exclamas: oh, oh, oh, oh,
cada vez más débilmente, apenas un suspiro,
mientras el ascensor, hacia la izquierda, a mitad de camino del corredor,
exhala un último, largo y profundo suspiro de postración
y deja de respirar para siempre. ¿Luego?
Bueno, uno de ustedes cae dormido,
y la otra persona hace lo mismo con un cigarrillo encendido en la boca,


Tennessee Williams / Algo de Tolstoi


Tolstói
Ilustración de Iñaki Massini Pontis


Tennessee Williams
ALGO DE TOLSTOI


Estaba cansado y me sentía fracasado: el sitio parecía un agujero silencioso en el que una persona podría ocultarse de un mundo que parecía totalmente en contra de ella; y finalmente, Brodzki quiso que su hijo fuera a la universidad; ésos fueron los motivos por los que me convertí en empleado de la librería. La mañana que llegué al trabajo había recorrido las calles durante varias horas con aire atolondrado. En el escaparate de la librería aquel cartel primorosamente escrito, SE NECESITA EMPLEADO, atrajo mi atención. Entré y encontré al propietario, un hombre lúgubre de aspecto judío, al fondo de la tienda, sentado detrás de una mesa de despacho enorme con libros amontonados encima. Me miró de modo penetrante. Lo que le indujo a contratarme me resulta difícil de imaginar. Yo tenía la cara demacrada y el cuerpo consumido debido al insomnio, difícilmente podría haber ofrecido un aspecto muy atractivo. Quizá algo mío le hizo saber el hecho de que yo trabajaría con aplicación y fidelidad a cambio de sólo la tranquila y sombría seguridad que su pequeña librería me podía ofrecer.

domingo, 13 de diciembre de 2015

John Huston / La noche de la iguana




Los cuatro revólveres 

de ‘La noche de la iguana’

Huston consiguió un reparto tan estelar como repleto de egos: Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon


Alcohol, frustraciones, sexualidad reprimida, miserias... En La noche de la iguana, el dramaturgo Tennessee Williams volvió a combinar el abanico de ingredientes emocionales con los que había estado experimentando a lo largo de toda su carrera. El director John Huston los envolvió en una atmósfera sofocante de aislamiento, calor y humedad, y, entre los dos, cocinaron una obra maestra a fuego intenso.
El guion estaba basado en la obra del mismo título que había triunfado en Broadway con Bette Davis como protagonista. John Huston consiguió un reparto estelar: Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon, que después de haberse dado a conocer en Lolita se había convertido en el icono de la precocidad sexual. Todos estaban en lo más alto de su popularidad. Consciente del impacto que podría tener la presencia de todas aquellas estrellas en el lugar de rodaje y de la revolución mediática que podrían ocasionar, Huston se decantó por una localización aislada. La película se rodó en la localidad mexicana de Puerto Vallarta que, por entonces, no pasaba de ser una remota aldea de pescadores. El elenco de estrellas se instaló allí durante semanas, en una convivencia que puede que sirviera para que los actores se acercaran al estado emocional de sus personajes, pero que a priori era temible. Una reunión de egos en la que todo hacía presagiar que saltarían chispas, más aún teniendo en cuenta que –todo el mundo lo sabía– no era difícil trazar en aquel grupo conexiones de tipo sentimental. Sin ir más lejos, Peter Viertel, marido de Deborah Kerr, había tenido un lío previo con Ava Gardner. Curándose en salud, antes de viajar a Puerto Vallarta, Huston reunió a sus actores y regaló a cada uno de ellos un revólver Derringer. "Dentro hay unas balas doradas en las que están escritos los nombres de los demás", les dijo. "Si las necesitáis durante el rodaje, utilizadlas, y así me evitáis a mí problemas".
Contra todo pronóstico, nadie echó mano de su arma. Y eso a pesar de que, al parecer, el alcohol fluía a oleadas, con un Richard Burton que desayunaba cerveza y una Ava Gardner que trataba de ahogar la inseguridad que le provocaban algunas escenas. A Puerto Vallarta también se trasladó Tennessee Williams, que ayudaba a Huston cuando este se estancaba con algún diálogo; el novio de Sue Lyon, a quien el director prohibió acercarse al plató porque no dejaba de darse arrumacos con la actriz, y también Liz Taylor, que se instaló allí para acompañar a Richard Burton y que trabó una relación tan estrecha con el sobrino de un vecino que, meses después, volvería para asistir a su primera comunión. En sus memorias Ava Gardner sólo tuvo halagos para la Taylor y, ante tanta armonía inesperada en un rodaje que se preveía tumultuoso, la prensa desplazada hasta la zona no tuvo más remedio que entretenerse escribiendo acerca del lugar. La noche de la iguana supuso un antes y un después para Puerto Vallarta que, a partir de entonces, empezó a transformarse en un centro turístico. "Fue una bendición a medias", diría John Huston años después. “Las playas se llenaron de hoteles y grandes y edificios de apartamentos. Los habitantes se convirtieron en camareros, doncellas y policías. La mayoría de las tiendas están orientadas al turismo, pero el agua es potable, la fiebre tifoidea y el tifus casi han desaparecido. Los niños tienen tantas posibilidades de nacer vivos como en cualquier lugar de Estados Unidos y ahora hay escuelas”.
La noche de la iguana ganó en 1965 los Oscar a mejor fotografía, dirección artística y mejor actriz de reparto, para Dorothy Jeakins. Ava Gardner, sin embargo, ni siquiera consiguió una candidatura. Ganó, eso sí, el premio a mejor intérprete femenina en el Festival de San Sebastián, y hoy todo el mundo coincide en que La noche de la iguana es una de sus mejores interpretaciones. Un gran texto de Tennessee Williams. Una de las grandes películas de John Huston.



domingo, 16 de marzo de 2014

Antonio Muñoz Molina / En el manantial de los Ecos

Raymond Carver

Antonio Muñoz Molina

En el manantial de los Ecos

Laing sigue el rastro de seis vidas de escritores alcohólicos marcadas por el talento y el desastre


EL PAÍS


John Cheever, en un retrato de 1979. / THE NEW YORK TIMES
Cada escritor sigue inclinaciones poderosas que se repiten transformándose de un libro a otro. Olivia Laing tiende a escribir sobre los itinerarios geográficos de vidas con finales desastrosos. Su primer libro, To the River, cuenta un viaje a lo largo del río Ouse, donde se dejó morir ahogada Virginia Woolf, adentrándose en él con los bolsillos llenos de piedras. El segundo traza un itinerario mucho más largo, no a través de Reino Unido, sino de toda la amplitud de Estados Unidos. En The Trip to Echo Spring, Olivia Laing viaja de Nueva York a Nueva Orleans, de Nueva Orleans a Key West en Florida, de Florida hacia el Norte, hasta Saint Paul, en Minnesota, y de Saint Paul hacia Port Angeles, en la costa noroeste del Pacífico, donde Raymond Carver murió en 1988 de cáncer de pulmón, después de veinte años de alcoholismo y espanto, y diez años breves de serena felicidad. En avión, en coches alquilados, pero sobre todo en trenes, en los trenes destartalados y eternos de América, que cruzan el país en viajes tan largos como los de sus ríos mayores, Olivia Laing sigue el rastro de seis vidas de escritores alcohólicos, las seis marcadas por el talento y el desastre, solo dos de ellas concluidas en la curación. En Nueva York se aloja en el hotel Elysée, en la zona agitada y turística de la proximidad de los grandes teatros, donde Tennessee Williams murió una noche de junio de 1983, devastado por el alcohol y los barbitúricos, solo como un perro, atragantándose con el tapón de plástico de un bote de colirio para los ojos, rodeado de frascos de medicinas, drogas legales e ilegales, ceniceros llenos de colillas, ropa sucia, papeles desordenados, botellas de vino a medio beber. En esa época Tennessee Williams llevaba más de dos años sin estrenar y todas sus últimas obras habían sido fracasos de público y recibido críticas crueles. En el vestíbulo del hotel, en los restaurantes cercanos, en los bares de chulos que frecuentaba, Williams era un espectro familiar y patético. Tuvo que morirse para que los mismos críticos que se habían ensañado tan sin misericordia en sus obras tardías accedieran a celebrar el mérito indeleble de las mejores que había escrito, las que treinta años después de su muerte perviven con la misma belleza que cuando se estrenaron, con su desmesura y su poesía. En una de ellas,La gata sobre el tejado de cinc caliente, un personaje tullido y borracho dice que va a hacer un pequeño viaje a Echo Spring, el manantial de los Ecos. Es un viaje hasta el mueble bar, y ese nombre que suena a refugio arcádico es una marca de bourbon.

domingo, 8 de mayo de 2011

Tennessee Williams / Citas


Tennessee Williams
FRASES
  • "¿Por qué escribo? Porque encuentro la vida poco satisfactoria."
  • "El tiempo es la distancia más larga entre dos lugares."
  • "El entusiasmo es una de las cosas más importantes en la vida."
  • "El éxito y el fracaso son igualmente desastrosos."
  • "La bohemia no tiene pancartas. Sobrevive por la discreción."
  • "La muerte es un momento, la vida muchos."
  • "La única cosa peor que un mentiroso es un mentiroso hipócrita."
  • "La vida es en parte lo que nosotros hacemos y en parte lo que hacen los amigos que elegimos."
  • "Mata a mis demonios, y mis ángeles morirán también."
  • "No esperes al día en que pares de sufrir, porque cuando llegues sabrás que estás muerto."
  • "Puedes ser joven sin dinero pero no puedes ser viejo sin él."
  • "Si la escritura es honesta no puede ir separada del hombre que la ha escrito."
  • "Siempre hay un tiempo para marchar aunque no haya sitio a donde ir."
  • "Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños."
  • "Toda la gente cruel se describe a sí misma como el parangón de la franqueza."
  • "Todas vuestras teologías occidentales, todo el conjunto de los mitos, está basado en el concepto de un Dios como delincuente senil."
  • "Todo buen arte es una indiscreción."
  • "Todos nosotros somos cobayas en el laboratorio de Dios. La humanidad es simplemente un trabajo en progreso."

Tennessee Williams (1911 - 1983). Dramaturgo, poeta y novelista estadounidense, autor de El zoo de cristal, Un tranvía llamado deseo, La gata sobre el tejado de cinc caliente, entre otras obras.