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jueves, 13 de junio de 2024

Elsy Rosas Crespo / La diatriba de Juan Sebastián Lozano

 

David Troncoso


Elsy Rosas Crespo

La diatriba de Juan Sebastián Lozano

El viernes pasado hubo una discusión en Facebook sobre si peca más el que reparte plata para que elogien su libro recién publicado o el que la recibe a cambio de la lisonja aunque el libro halagado no sea precisamente una obra maestra. 

miércoles, 15 de mayo de 2024

Sobre El infinito en un junco


Irene Vallejo


Sobre El infinito en un junco

Por Susana González Marín

14 de mayo de 2024

El problema de El infinito en un junco reside en esta duplicidad genérica. Por un lado, la autora adopta un tono intimista y romántico para tratar con el lector y comunicarle la pasión que el tema le suscita (“Me pareció interesante hablar con el lector en segunda persona; es algo que no solemos hacer en literatura. La voz es habitualmente un poco fría en el ensayo, pero yo me dije: voy a explicarle al lector por qué este tema es apasionante para mí”, palabras de la autora en una entrevista publicada en 20minutos), propósito que creo que consigue; en efecto, hay hermosas páginas sobre los libros, ella es hábil engarzando lo clásico con lo moderno y sus lecturas en este sentido son amplias e interesantes; el libro, a pesar de llegar a las 400 páginas, se lee agradablemente. Pero este carácter subjetivo lastra su propósito divulgativo; en este sentido, es superficial y poco fundamentado en una bibliografía actualizada. Yo no aconsejaría este libro ni a mis alumnos ni a nadie que quisiera acercarse al mundo del libro antiguo. Irene Vallejo, llevada por su apasionamiento, para acercarse al tema parte de dos presupuestos muy comunes, que a mi modo de ver deben ser evitados.

domingo, 12 de mayo de 2024

Elsy Rosas Crespo / Carolina Sanín y la caca

 

Carolina Sanín 


Elsy Rosas Crespo

Carolina Sanín y la caca

En 1982 empecé a leer a Freud y desde ese tiempo me he divertido de lo lindo con las especulaciones tan descabelladas en las que a veces cae el Maestro. He vivido temporadas de admiración, de asombro y de desprecio con el padre del psicoanálisis tanto como con Nietzsche; a los dos los siento un poco locos y más machistas que algunas letras de vallenatos clásicos, es obvio que los dos tenían serios problemas para comprender a las mujeres y eran demasiado subjetivos cuando se trataba de especular sobre ellas, sobre lo que son, piensan, sienten y desean. Que un hombre pretenda teorizar sobre las mujeres es tan absurdo como los deseos de Carolina Sanín para los hombres: que se metan un palo en el culo en la noche y no olviden sacárselo antes de irse a dormir porque todos los hombres son cacorros y cuando penetran a una mujer y le miran el ojo del culo sueñan con ser penetrados y si no han sido penetrados por un pene o por un palo no son hombres dignos de confianza. 

martes, 7 de mayo de 2024

Carolina Sanín y la envidia

 

Irene Vallejo

Elsy Rosas Crespo

Carolina Sanín y la envidia

La envidia se da entre iguales: hermanos, empleados, vecinos, gente de la misma edad, estudiantes universitarios, escritores, usuarios del transporte público, asistentes a eventos masivos y todo aquel que aspire a tener lo que tiene otro de su mismo nivel, el que concurre en el mismo lugar, tiene el mismo rango, devenga el mismo salario y sueña con ascender y por lo mismo le limpia los zapatos al jefe y es el sapo de la oficina. 



El envidioso sufre porque está seguro de que él merece los aplausos, los premios y el reconocimiento que tiene el otro y en la feria del libro de Bogotá que está terminando nuestra Carolina Sanín se atrevió a desafiar a Irene Vallejo no precisamente en el recinto, cara a cara, sino que -como la buena cobarde que es- lo hizo desde su cuenta de Twiter amparada en un texto publicado en El Tiempo, un texto de su profesora de Primaria, la fracasada, la deslavada, la nada deslumbrante Yolanda Reyes.

Un buen envidioso tiene que estar en el mismo nivel del envidiado y por eso es fácil envidiarse entre vecinos de conjunto residencial o entre profesores catedráticos y hasta para escoger al envidiado hay que ser inteligente y la pequeña Carolina Sanín nos volvió a sorprender con su humor involuntario al decidir montarle competencia a Irene Vallejo, la reina de las superventas desde 2019 gracias a El infinito en un junco. 

Carito se envalentonó con una doctora en literatura (su igual) que escribe libros (su igual), va a ferias y fiestas (su igual), ama la literatura y la lectura (su igual) y es un poco más joven que ella (su igual) pero nunca ha abierto la boca para criticar a su amiga Amalia Andrade, escritora de esperpentos vomitivos por obvios y superficiales que se venden como pan en todo el mundo, libros para gente mucho más estúpida que los admiradores del humor deslumbrante de Daniel Samper Ospina, el humorista sin sentido del humor que en todo caso es más chistoso que la escritora envidiosa que no supo escoger al sujeto envidiado y es porque Carito no tiene nivel ni siquiera para competirle a Mario Mendoza, Ricardo Silva Romero o Héctor Abad Faciolince. Esa es la verdad pura y simple y no es porque sea mujer, es porque no es inteligente ni tiene talento.

Nuestra lumbrera con apellidos y contactos lleva más de veinte años intentando ser escritora y llegó a la vejez carcomida de dolor porque ni siquiera la leen en Colombia, la doctora es más reconocida por divertir al público con sus ocurrencias virtuales escritas en tiempo real, cada dos o tres meses cae en un nuevo delirio o se ensaña en contra de alguien a quien antes idolatraba. Pensemos, por ejemplo, en las cuatro mutaciones que ha padecido en los últimos cuatro años hacia nuestro amado Gustavo Petro: pasó de la admiración desmedida al desprecio absoluto.

Carito dice que juzgarla como envidiosa no es lo correcto: «El chantaje social para no criticar al exitoso es la acusación de «envidia». Cuánta gente no evita objetar, juzgar, reírse o matizar por miedo a que la tachen de «envidiosa». Tiene que dejar de importarnos esa imputación» (hoy en su cuenta de Twitter), pero ella misma dice todo el tiempo que quienes la critican la envidian, la desean o la confundieron con su madre.