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domingo, 12 de mayo de 2024

Elsy Rosas Crespo / Carolina Sanín y la caca

 

Carolina Sanín 


Elsy Rosas Crespo

Carolina Sanín y la caca

En 1982 empecé a leer a Freud y desde ese tiempo me he divertido de lo lindo con las especulaciones tan descabelladas en las que a veces cae el Maestro. He vivido temporadas de admiración, de asombro y de desprecio con el padre del psicoanálisis tanto como con Nietzsche; a los dos los siento un poco locos y más machistas que algunas letras de vallenatos clásicos, es obvio que los dos tenían serios problemas para comprender a las mujeres y eran demasiado subjetivos cuando se trataba de especular sobre ellas, sobre lo que son, piensan, sienten y desean. Que un hombre pretenda teorizar sobre las mujeres es tan absurdo como los deseos de Carolina Sanín para los hombres: que se metan un palo en el culo en la noche y no olviden sacárselo antes de irse a dormir porque todos los hombres son cacorros y cuando penetran a una mujer y le miran el ojo del culo sueñan con ser penetrados y si no han sido penetrados por un pene o por un palo no son hombres dignos de confianza. 

martes, 7 de mayo de 2024

Carolina Sanín y la envidia

 

Irene Vallejo

Elsy Rosas Crespo

Carolina Sanín y la envidia

La envidia se da entre iguales: hermanos, empleados, vecinos, gente de la misma edad, estudiantes universitarios, escritores, usuarios del transporte público, asistentes a eventos masivos y todo aquel que aspire a tener lo que tiene otro de su mismo nivel, el que concurre en el mismo lugar, tiene el mismo rango, devenga el mismo salario y sueña con ascender y por lo mismo le limpia los zapatos al jefe y es el sapo de la oficina. 



El envidioso sufre porque está seguro de que él merece los aplausos, los premios y el reconocimiento que tiene el otro y en la feria del libro de Bogotá que está terminando nuestra Carolina Sanín se atrevió a desafiar a Irene Vallejo no precisamente en el recinto, cara a cara, sino que -como la buena cobarde que es- lo hizo desde su cuenta de Twiter amparada en un texto publicado en El Tiempo, un texto de su profesora de Primaria, la fracasada, la deslavada, la nada deslumbrante Yolanda Reyes.

Un buen envidioso tiene que estar en el mismo nivel del envidiado y por eso es fácil envidiarse entre vecinos de conjunto residencial o entre profesores catedráticos y hasta para escoger al envidiado hay que ser inteligente y la pequeña Carolina Sanín nos volvió a sorprender con su humor involuntario al decidir montarle competencia a Irene Vallejo, la reina de las superventas desde 2019 gracias a El infinito en un junco. 

Carito se envalentonó con una doctora en literatura (su igual) que escribe libros (su igual), va a ferias y fiestas (su igual), ama la literatura y la lectura (su igual) y es un poco más joven que ella (su igual) pero nunca ha abierto la boca para criticar a su amiga Amalia Andrade, escritora de esperpentos vomitivos por obvios y superficiales que se venden como pan en todo el mundo, libros para gente mucho más estúpida que los admiradores del humor deslumbrante de Daniel Samper Ospina, el humorista sin sentido del humor que en todo caso es más chistoso que la escritora envidiosa que no supo escoger al sujeto envidiado y es porque Carito no tiene nivel ni siquiera para competirle a Mario Mendoza, Ricardo Silva Romero o Héctor Abad Faciolince. Esa es la verdad pura y simple y no es porque sea mujer, es porque no es inteligente ni tiene talento.

Nuestra lumbrera con apellidos y contactos lleva más de veinte años intentando ser escritora y llegó a la vejez carcomida de dolor porque ni siquiera la leen en Colombia, la doctora es más reconocida por divertir al público con sus ocurrencias virtuales escritas en tiempo real, cada dos o tres meses cae en un nuevo delirio o se ensaña en contra de alguien a quien antes idolatraba. Pensemos, por ejemplo, en las cuatro mutaciones que ha padecido en los últimos cuatro años hacia nuestro amado Gustavo Petro: pasó de la admiración desmedida al desprecio absoluto.

Carito dice que juzgarla como envidiosa no es lo correcto: «El chantaje social para no criticar al exitoso es la acusación de «envidia». Cuánta gente no evita objetar, juzgar, reírse o matizar por miedo a que la tachen de «envidiosa». Tiene que dejar de importarnos esa imputación» (hoy en su cuenta de Twitter), pero ella misma dice todo el tiempo que quienes la critican la envidian, la desean o la confundieron con su madre.






sábado, 5 de octubre de 2019

Agresión en la literatura colombiana


Agresión en la literatura colombiana
Foto: Facebook Carolina Sanín - Andrés Mauricio Muñoz

Agresión en la literatura colombiana

A propósito de lo ocurrido entre Carolina Sanín y Andrés Mauricio Muñoz, un enfrentamiento que merece ser entendido con una lectura diferente
Por: Albeiro Arciniegas octubre 02, 2019

Lectura bajo los árboles fue un evento literario que convocó Idartes el pasado 29 de septiembre en Bogotá, el cual estuvo salpicado por un escándalo mediático que involucra al escritor payanés Andrés Mauricio Muñoz y la escritora y columnista bogotana Carolina Sanín.
La situación se presentó cuando Andrés Mauricio quiso ingresar a un conversatorio sobre Gabriel García Márquez, que sostendrían el galardonado escritor Evelio Rosero, Joaquín Matos y Carolina Sanín, académica con estudios de doctorado en la Universidad de Yale.

Cómo estaremos de mal que Carolina Sanín es nuestra gran intelectual



Cómo estaremos de mal que Carolina Sanín es nuestra gran intelectual

Cómo estaremos de mal que Carolina Sanín es nuestra gran intelectual

“En un país machista, que cree que la mujer debe permanecer en la cocina o no es capaz de ser inteligente, está más que claro por qué su figura resulta llamativa”
Por: Alejandra Santacruz junio 19, 2019


En un país con los doctores contados y con una pobre oferta de profesores especializados es normal que una persona que haya adquirido un doctorado sea vista con buenos ojos como una autoridad en su materia y, a veces también, como un faro público. Algo parecido sucede con Carolina Sanín, quien, tras su despido de la Universidad de Los Andes, goza de presencia en medios de comunicación por escándalos, pero también por su redacción de columnas (¡es una excelente columnista!). Y mi queja frente a la profesora Sanín reside precisamente en que ser figura pública conlleva consigo una responsabilidad pública.

Carolina Sanín / Nuestro haber



Nuestro haber

OPINIÓN | “La advertencia gramatical no me limita, sino que me recuerda que yo estoy en la lengua, y me da movilidad dentro de ella”.

CAROLINA SANÍN
17 de octubre de 2018

Haber es un verbo que parece varios. Uno de ellos se usa como auxiliar para formar los tiempos del perfecto (“Nunca lo he dicho”, “Ellos ya se habían cansado de oírlo”) y se conjuga en todas las personas, en singular y plural. Hay otro haber que no es auxiliar, que significa existencia y solo se conjuga en la tercera persona del singular: “Hubo una confusión”, “Había muchos malentendidos”. Es un verbo impersonal, como el verbo llover. Que sea impersonal significa que no tiene sujeto; no hay nadie que realice la acción que el verbo señala. En la oración “Hay tiempo”, no solo el tiempo no está haciendo nada, ni siendo nada, sino que tampoco se está diciendo nada de él. No se está afirmando que él mismo exista, aunque se esté diciendo que él es lo que hay. En el uso del verbo haber que indica existencia, oímos que la existencia no es una acción ni un atributo ni un predicado de lo existente; que lo existente no es lo que existe, sino el complemento del existir (el objeto sobre el que recae la acción del verbo). En el uso siempre singular del verbo haber, podemos quizás observar, además, que la presentación de lo múltiple se resuelve en la existencia singular de lo único. Toda oración que se forma con el verbo haber se disuelve ante nuestros ojos si prestamos la suficiente atención. Nos deja ante la pregunta de qué es existir. Nos deja ante un misterioso ser. Nos deja ante el misterio del ser, por así decirlo. Nos deja en la oscuridad, conscientes de nuestra ignorancia.

miércoles, 6 de julio de 2016

Fernando Vallejo y Carolina Sanín / El histrionismo intelectual


Fernando Vallejo y Carolina Sanín
El histrionismo intelectual
Por Oscar M Corzo 



Aceptémoslo, somos una sociedad que no escucha a los intelectuales. La palabra técnico, hasta la nefasta llegada de Peñalosa, inspiraba mucha más confianza que el nada modesto calificativo de intelectual. Puede que en principio, los intelectuales no sepan hablar, o como se dice coloquialmente “no sepan comunicarse con el pueblo” Puede también que sus preocupaciones, abstractas e idealistas, no se sintonicen con nuestras necesidades cotidianas, concretas y pragmáticas. Abiertamente nadie podría desestimar el papel intelectual que Fernando Vallejo y Carolina Sanín desempeñan dentro de la academia. El primero, como escritor reconocido y experimentado, como un verdadero representante de las letras colombianas, y la segunda, como docente y columnista. Intelectuales, sí, pero no es gratuito que las polémicas más ruidosas durante la feria del libro fueran las palabras de Fernando Vallejo, la visita de Germán Garmendia y hoy, la pelea de Carolina Sanín. ¿Y qué tienen en común estos tres personajes además de tener sus nombres firmando la cubierta de un libro?

Son histriónicos. Por eso mismo son el centro de atención allí a donde van. 

Sacando de este artículo a German Garmendia, a quien el histrionismo le es muy útil en su papel de actor solitario frente a la webcam, tengo la sensación de que existen dos Vallejos, dos Carolinas, dos personas que se desdoblan y buscan peleas ( a veces, sin resultado) para llamar la atención. Allí donde va Vallejo, hay polémica, insultos, homofobia, herejías, y ya entrados en los tiempos de las redes sociales, tendencias nacionales, por dos, tres, siete días. Como sociedad no podemos ser indiferentes a Fernando Vallejo. Nos divide, nos obliga a apoyarlo o a repudiarlo, y ese es precisamente el juego, la magia editorial y publicitaria de la personalidad histriónica. 

Obligar a la sociedad a que te responda es en realidad bastante fácil. La provocación acude a las fibras sensibles, a los defectos, a las vergüenzas de una sociedad. Vallejo, que conoce muy bien esas fibras, las toca y exagera; de ahí viene gran parte de nuestra molestia.

Sanín, una pequeña discípula de Vallejo, ha optado por tratar el tema del feminismo, el machismo y el patriarcado como fibras sensibles. Son temas complicados, dolorosos, que merecen un heraldo (me fue imposible, por cierto, encontrar un femenino para la palabra heraldo. ¡Maldito patriarcado idiomático!) Pero que pueden caricaturizarse con muchísima facilidad. Con las intenciones más finas y loables del mundo Sanín, al igual que otras jóvenes intelectuales del país, cae con facilidad en la caricatura. 

No sé si en este punto coincida con un escrito que publiqué hace algunos días, pero quiero insistir en que la confrontación directa ciertamente es inútil. El discurso de Vallejo, en cierta medida, sigue siendo cierto, pero no por ello deja de ser fatigoso. Y con el tiempo generará indiferencia y repulsión. Personalmente creo que el Vallejo que se pone talentosamente frente al público para insultar y ser insultado no es más que un actor que le ayuda al otro Vallejo (al escritor) a mantener su vigencia pública. Sé a la perfección que el resultado sigue siendo eficaz a nivel de marketing, y que nuestros niveles de falsa sensibilidad mediática no parecen estar dispuestos a bajar, pero temo que un día no escuchemos, por cansancio, a los intelectuales que gritan, y que por ende ya no escuchemos a nadie. Los gritos cansan. Eso lo sabemos todos. Como sociedad hemos privilegiado un método de difusión histriónico, escandaloso y artificial. Hay quienes lo asumen y quienes lo repudian, pero no podemos negar su efectividad inmediata, no podemos negar que un histriónico intelectual absolutamente nunca pasa desapercibido. 

En mi opinión es grave que no escuchemos a los intelectuales a menos que se vistan de polémica ¿Acaso en los debates importantes la academia no importa a menos que exista una confrontación pública que raye con la vulgaridad y el insulto? Ciertamente existen otros escritores, otros intelectuales que pueden tocar las mismas fibras, los mismos hilos con mejor tacto, con talento, con mayor inteligencia, pero indudablemente no los escuchamos.

La sordera, parcial o total, parece ser el destino obvio de un país que insiste en comunicarse gritando.







miércoles, 11 de mayo de 2016

Carolina Sanín / Una defensa

Carolina Sanín

Carolina Sanín

 UNA DEFENSA

El Espectador, 10 de mayo de 2016


La semana pasada, en El Espectador, apareció una columna sobre mí.Lleva el misterioso título de “La intelectual mesiánica”; misterioso porque en el texto que sigue no se alude ni a que yo sea una intelectual (que para la autora debe de ser un término de ridiculización suficiente) ni a mi mesianismo (término que la autora parece adoptar como sinónimo de apasionamiento, sin tomarse en serio su significado). Está firmada por Melba Escobar, una mujer que demuestra haber coleccionado durante meses mis publicaciones de Facebook. Basándose en ese material, habla de mi “creciente fundamentalismo” y se suma a “personas que escriben diciendo que esto ya es demasiado, que la bandera del feminismo corre el riesgo de estar teniendo un uso errado, pues a algunos hombres les causa temor ser tachados de machistas, anulados, silenciados por estar en desacuerdo con las afirmaciones de Sanín (…)”. Habla de sus sentimientos: dice que le causo “más miedo que otra cosa” y aduce que no permito la discusión, sin que haya jamás buscado discutir conmigo, ni en las redes sociales ni por ningún otro medio.

domingo, 8 de mayo de 2016

Tomás González / La luz pareja

Tomás González
Bogotá, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Tomás González

La luz pareja


Por Carolina Sanín
El Espectador, 10 de septiembre de 2011

Leí la nueva novela de Tomás González, La luz difícil, entre anoche y esta mañana. No "me la devoré", como se dice, pues esa escritura me deslumbraba y podía devorarme a mí.

viernes, 6 de mayo de 2016

Melba Escobar / Carolina Sanín, la intelectual mesiánica

Carolina Sanín
Carolina Sanín

La intelectual mesiánica

Por Melba Escobar
El Espectador, 4 de mayo de 2016

"No es "El corazón de las tinieblas" sino "El corazón de la oscuridad”. No es “La tierra baldía” sino “El erial”. No es “Esperando a Godot” sino “A la espera de Godot”. Amigos editores, pregúntenme antes de seguir reproduciendo orgullos y prejuicios (en este caso, el título al que se alude está bien traducido)”.

viernes, 6 de mayo de 2011

Carolina Sanín / Reinas y reinas

Diez escritores colombianos
París, 2010

Carolina Sanín
REINAS Y REINAS

Vi el reinado nacional de belleza buscando el consuelo de la indignación, que me fue elusivo
Quizás es que, para producir indignación, el concurso habría tenido que contrastar con una realidad distinta de él, y lo que vi fue sólo la constatación de la misoginia colombiana, una condición normal y cotidiana. Lo que la televisión mostraba no era denigrante sino apenas aquiescente: aquellas mujeres interpretando personajes ingenuos y artificiales, imaginados por hombres temerosos; adultas jugando a ser niñas que juegan a ser adultas y que, entre tanto, se prestan a la farsa de una monarquía femenina como alegoría de la discriminación de las mujeres en la vida republicana. De una de las candidatas se decía en la prensa que “sus rasgos indígenas la ayudaron”, de otra que tenía “baja estatura y el cuello muy corto” y de otra que tenía “cara de papaya calentana”. Y en una revista se imprimió una foto de las “niñas”, todas con el mismo vestido, alrededor del presidente Santos, Belisario Betancur y Felipe González: la vulgaridad rubricada por el poder.
Hay que admitir que la idea de los cuerpos como estandartes de territorios ofrece cierto interés intelectual, y que el drama del concurso, con su concepto de destino (“lo que es para uno es para uno”, decía suspirando la ganadora), con la tensión provocada por las envidias que están en juego, con el suspenso de las finalistas que van reduciendo su número, y con su cadena de representaciones (“elegí un traje que representara mi personalidad”) teje una especie de narrativa que, en un día lábil, habría podido arrancarme una lágrima. Sin embargo, me es demasiado familiar su vanidoso sistema de clasificaciones: es el mismo que prevalece en todos los ámbitos de la cultura nacional y que se constituye en burdo edificador de cánones estéticos (ya juzguen éstos tetas o novelas).
Justamente el día antes del reinado vi en acción ese sistema en la primera página de este diario, donde se mostraba la foto de los principales (¿candidatos? ¿elegidos? ¿finalistas?) escritores de Colombia, quienes, por cierto —y como ya apuntaron otros—, resultan ser todos hombres y blancos. Pues bien; como las mujeres colombianas servimos eminentemente para juzgar de peinados y pintas, me permití hacer mi propio reinado con la foto.
En el centro aparece Antonio Caballero, que es un rey y no sólo por ser el más guapo. Junto a él, por supuesto, se sentó Juan Gabriel Vásquez, con un mohín de celosa virreina y una pose ensayada para imitar a Proust, que más bien le salió a Wilde. Luce meditabundo. Estará pensando que, en su gira por Francia, será sensacional conocer a escritores importantes para tener tema para sus columnas. Luego están Tomás González y Evelio Rosero, otros de mis favoritos aunque, con su bufanda de lana y su melancolía rulfiana, Evelio se haya llevado el premio al peor traje típico. Atrás está Gamboa, con mirada de determinación a pesar de haber sido eliminado por el desatino de ponerse suéter con corbata. Lo abraza Héctor Abad, que sale canchero y chiquito, como si estuviera lejos: como si ya fuera ex reina. Luego viene Gonzalo Sánchez, que nunca ganará por no usar retoques. Roca aprovechó para abrirse la camisa un botón de más, a ver qué tan sexy. Lo codea William Ospina: meritorio es el rizo cuando crece en calvicie. Y en la esquina aparece Vallejo, pero quiero pensar que es un montaje; que él no permitiría que le tomaran esa foto de irrelevante película de Tom Ford.
Lo que no se les ve y que yo sé, salvo de mis cuatro o cinco favoritos, es que, en su afanosa carrerita por salir en la foto, estos finalistas se desprecian mutuamente con la entraña, lambonean de lo lindo y hacen cada pequeña zancadilla que pueden, igual que sus equivalentes, las candidatas del Reinado de Belleza.

Bogotá, El Espectador, 20 de noviembre de 2010