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martes, 24 de diciembre de 2013

Raymond Carver / Dos poemas


Raymond Carver
DOS POEMAS
Traducción de Mirta Rosenberg  y Daniel Samoilovich

Madre
Mi madre me llama para desearme feliz navidad.
Y para decirme que si esta nieve sigue
se va a matar. Yo deseo decir
que no soy yo mismo esta mañana, por favor
dame un respiro. Tal vez tenga que recurrir otra vez
a un psiquiatra. Al que siempre me hace la más fértil
de todas las preguntas: ¿pero qué está sintiendo en realidad?
En cambio, le digo que uno de nuestros tragaluces
tiene una gotera. Mientras hablo, la nieve
se licúa sobre el divàn. Le digo que ahora consumo salvado
así que ya no hay necesidad de que se preocupe
porque me pesque un cáncer y acabe con todo su discurso.
Ella me escucha hasta el final. Después me informa
que se va de este maldito lugar. De algún modo. La única vez
que quiere volver a verlo, o a verme, es desde su ataúd.
De repente, le pregunto si se acuerda de la vez que papá
Estaba muy borracho y le trenzó la cola al cachorro de Labrador.
Sigo un rato así, hablando
de aquellos tiempos. Ella escucha, esperando su turno.
Continúa nevando. Nieva y nieva
cuando cuelgo el teléfono. Los árboles y los techos
están cubiertos de nieve. ¿Cómo puedo hablar de esto?
¿Cómo podría explicar lo que estoy sintiendo?

El fenómeno
Me desperté destruido. Dios sabe
dónde anduve toda la noche, pero me duelen los pies.
Más allá de mi ventana, se está produciendo un fenómeno.
El sol y la luna penden lado a lado sobre el agua.
Dos caras de la misma moneda. Me levanto de la cama
lentamente, casi como un viejo que maniobra
para salir de su cama mustia en el invierno y que por un momento
ni siquiera puede orinar. Me digo
que ésta debe ser una situación transitoria.
En unos años, ningún problema. Pero cuando vuelvo
a mirar por la ventana, el sentimiento me da una estocada.
Una vez más, la belleza de este sitio me arrebata.
Mentía si alguna vez dije lo contrario.
Me acerco al vidrio y con lo que ha pasado
entre uno y otro pensamiento. La luna
se ha ido. Se ha puesto, al fin.





martes, 11 de agosto de 2009

Mirta Rosenberg / Retrato terminado


Grow
Daria Endresen
Mirta Rosenberg
RETRATO TERMINADO

Es una manera de decir
quiero quedarme sin palabras,
perder sin comentarios.

Hasta cuándo voy a hablar
de lo que ya no está.

De la que ya no está
viéndome escribir de ella.
¡Y con esos ojos!

También yo de noche los abro
y miro el silencio
en la oscuridad
donde el retrato termina
sin que lo alcance a ver

y pienso
y pienso
y pienso

en temas como vos
que no parecen tener
vencimiento,

en tu deseo de llegar a casa:
con la llave preparada,
aferrada a la puerta del taxi,
te dejabas caer en tu puerta
casi con la voluntad incierta
de una hoja en otoño,

esa clase de vencimiento,

y esos ojos más bien dorados
de los que decías en las descripciones
ojos verdes. Para mirar
cada ocasión con buenos ojos
que no me miran más,
aunque los recuerde.

Y ahora
quiero quedarme
sin palabras. Saber perder
lo que se pierde.

O eso parece.

Parece que las dos
nos hemos quedado sin madre:
yo sin vos
vos sin ella,

y sucesivamente,
como eslabones perdidos
y encontrados por un rato
con los padres,

pero ésa es otra historia
que está mejor contada
en la foto de casamiento
para la que palabras
nunca tuve,

como si fuera anticipo
de mi propio vencimiento.

De los padres decías que el tuyo
tenía ojos verdes,
como vos, tu nieto Juan,
y nadie los tenía del todo
aunque merecían tenerlos:
tu manera
de embellecer el retrato
era tu manera de verlo.

De ella decías en cambio
desde su muerte no fui la misma,
y ésa sería tal vez tu manera
de no terminar el retrato.

La palabra no.

Lo mismo digo yo.

Aunque también se diría una ocasión
más bien vulgar: en general,
todos nos quedamos sin ella,
y esa ausencia de luz parece
descansar los ojos
sin vaciarlos. Los anima,

o los vuelve hacia la oscuridad,
que es donde el retrato termina.

Dijo mi padre de la suya:
nací con ella y ahora
voy a tener que morirme
solo. Y después
lo hizo.

Dijo mi maestro de la suya:
me pasé toda la vida para tener
la letra de mamá. Y después
la tuvo.

Era un dolor perfecto:
hablando de ella,
hablaban de sí mismos.

O eso parece.

Parece que perder
no es un arte difícil:
los muertos de verdad de uno
son víctimas amadas de los vivos.

De lo que cada uno dijo.


Mirta Rosenberg
El Arte de Perder
Bajo La Luna Nueva, Buenos Aires, 1998



lunes, 10 de agosto de 2009

Mirta Rosenberg / Etérea materia

Untitled, 2009
Daria Endresen
Mirta Rosenberg
ETÉREA MATERIA

Los hijos son por lejos mi mayor revolución.

Dos veces orbité completa
como grávido planeta
alrededor del sol. Escribí nombres nuevos
en un renglón celeste, con inquietud,
alboroto, sedición.

Brindé por ellos con otras mujeres,
con whisky y con cerveza,
en el planeta donde brindamos las mujeres
por las cosas que crecen, y a pesar de ellas.

Feliz y desdichada, hice de mi revolución
una conquista, y una herida abierta
de aquellas veces que orbité completa.

La mantengo fresca para que entre en mí
cierto irreconocible aire familiar
que ahora mis hijos exhalan
con la mayor naturalidad.


Mirta Rosenberg
El árbol de palabras
Bajo la luna, Buenos Aires, 2006



domingo, 9 de agosto de 2009

Mirta Rosenberg / Una elegía

Autumn
Daria Endresen

Mirta Rosenberg
UNA ELEGÍA

En la época de mi madre
las mujeres eran probables.
Mi madre se sentaba junto a mi abuela
y las dos eran completamente de carne y hueso.

Yo soy apenas una secuela estable
de aquel exceso de realidad.

Y en la ansiedad del pasado indefinido,
en el aspecto durativo de elegir,
escribo ahora: una elegía.

En la época de mi madre
las mujeres eran perdurables,
completamente hueso y carne.
Mi madre se ponía el collar
de plata y de turquesas
que mi padre le había traído de Suecia
y se sentaba a la mesa como una especia exótica,
para que todo se volviera más grande que la vida,
y cualquier ficción fuera posible.

En la época de mi madre, las mujeres
eran un quid: mi madre nos contó
a mi hermano y a mí: ‘cuando salía de la escuela,
iba a buscar a mi padre al trabajo,
en Santa Fe, y los compañeros le decían es un biscuit,
tu hija es un biscuit, y nunca supe qué querían decir,
qué era un biscuit’, un bizcocho estando muy enferma,
una porcelana exquisita todavía para nosotros,
y mi hermano apurándola: ‘¿Y?’

No sé qué es un biscuit, ¿una especia exótica.
algo de todos modos, especial? Igual
andaba delicadamente por la casa, rozando los ochenta
como se roza una herida
con una gasa.

En la época de mi madre
las mujeres eran muy visibles.
Mi madre se miraba en los espejos
y yo no llegaba a abarcar
su imagen con mis ojos. Me excedía,
la intuía a lo lejos como algo que se añora.

Como ahora,
una elegía.

A la criatura adorable
fijada en lo remoto de la foto,
que ya a los ocho años parecía
más grande que la vida: te extraño,
aunque no te conocía. Eso fue antes
que a mí me dieras vida
en un tamaño apenas natural.

Igual,
una elegía.

Y a la otra de la foto que espero
conservar, la mujer bella que sostiene
el libro ante la hija de un año
en el engaño de la lectura:
te quiero por lo que dura, y es suficiente
leer en el presente, aunque se haya apagado
tu estrella.

Por ella,
una elegía.

Ahora soy la fotografía
y vos el líquido revelador. Tu muerte
me convierte en yo: como una ciencia aplicada
soy la causa y el efecto,
el ensayo y el error, este vacío
de la nada que golpea el corazón
como cáscara vacía.

Una elegía,
cada vez con más razón

Mirta Rosenberg
El arte de perder
Bajo la luna nueva, Buenos Aires, 1988


Mirta Rosenberg nació el 7 de octubre de 1951 en la ciudad de Rosario, Santa Fe. Es poeta y traductora. Es miembro fundador del periódico trimestral Diario de Poesía, cuyo Consejo de Dirección integra hasta la actualidad. Ha publicado los libros de poemas "Pasajes", "Madam", "Teoría sentimental", "El arte de perder", "Poemas" y "El árbol de palabras". Como traductora, ha publicado poemas de Katherine Mansfield, William Blake, Walt Whitman, Emily Dickinson, Anne Sexton, Dereck Walcott, Marianne Moore, W.H. Auden, Seamus Heaney, Anne Talvaz, D.H. Lawrence y Ruth Fainlight. Recibió la Beca Guggenheim (2003) y el Premio Konex Diploma al Mérito (2004).





sábado, 8 de agosto de 2009

Mirta Rosenberg / Bestiario íntimo


Daria Endresen
Mirta Rosenberg
BESTIARIO ÍNTIMO

Si alguien querría ser una tortuga
sería yo:
hacer de una sección cónica
mi propia sede prehistórica
alojada en la espina dorsal.

Ser tortuga
tiene algo de ideal:
desde joven luce arrugas
y en sentido literal
se hace mayor con los años
– a más edad
más tamaño.
Post-matrimonial,
sin lazos familiares
después de desovar,
igual a todas y cada una,
naturalmente hija de la luna,
sin embargo
no hay cisma
entre ella misma y sus lares.

Entre tantos avatares,
para mí
que estoy en mí
– puro apremio sin molicie –,
poco cuenta que sea lenta
su marcha en la superficie:
eso
me haría durar
y capaz de entrar al mar,
– que cubre dos tercios del mundo –
sabiendo que si me hundo
gano velocidad.



viernes, 7 de agosto de 2009

Raymond Carver / De mañana, pensando en el imperio



Raymond Carver
DE MAÑANA, PENSANDO EN EL IMPERIO
Traducción de Mirta Rosenberg  y Daniel Samoilovich

Oprimimos nuestros labios contra el borde enlozado de las tazas
y sabemos que esta grasa que flota
sobre el café un día nos detendrá el corazón.
Los ojos y los dedos caen sobre la vajilla de plata
que no es de plata. Más allá de la ventana, las olas
baten contra los descascarados muros de la vieja ciudad.
Tus manos se alzan del rústico mantel
como para profetizar. Tus labios tiemblan...
Deseo decir al demonio con el futuro.
Nuestro futuro está profundamente enterrado en la tarde.
Es una calle estrecha con un coche y un cochero,
un cochero que nos mira y que vacila,
después sacude la cabeza. Mientras tanto,
con toda frialdad casco el huevo de una hermosa gallina Leghorn.
Tus ojos se velan. Dejas de mirarme y miras el mar
por encima de los techos. Hasta las moscas están quietas.
Casco el otro huevo.
Sin duda nos hemos disminuido uno a otro.

Raymond Carver
Diario de Poesía No. 12
Otoño de 1989



jueves, 6 de agosto de 2009

Anne Sexton / Alimento

Diálogo I
Sergio Martínez Cifuentes

Anne Sexton
ALIMENTO
Traducción de Mirta Rosenberg  y Daniel Samoilovich

Quiero leche de madre,
esa buena sopa agria.
Quiero pechos que canten como berenjenas
y arriba una boca que forme besos.
Quiero pezones como frutillas tímidas
porque necesito chupar el cielo.
También necesito morder
como con la vara de una zanahoria.
Necesito brazos que acunen,
dos limpias valvas de almejas cantando océano.
Además necesito malezas para comer
porque son la espinaca del alma.
Estoy hambrienta y me das
un diccionario para descifrar.
Soy un bebé envuelto en su aullido rojo
y vuelcas sal en mi boca.
Tus pezones están cosidos como suturas
y aunque succiono
chupo aire
y hasta la gran azúcar gorda se aleja.
¡Dime! ¡Dime! ¿Por qué es?
Necesito alimento
y te alejas leyendo el diario.

Anne Sexton
The Complete Poem
Houghton Mifflin Company, Boston, 1981