Supongamos que usted decide escribir un ensayo y le sale un relato fantástico. Imaginemos que se matricula en una ingeniería y le dan la licenciatura en Filosofía. Póngase, si no, en la situación de alguien que, detestando las novelas sentimentales, acaba haciendo de su vida un melodrama. Tal es el problema del protagonista de esta novela, Walter Faber, un técnico que, cuanta más racionalidad aplica a su existencia, más disparatada le sale. Decía Freud que el hombre ha soportado tres afrentas casi insoportables a lo largo de su historia: la cosmológica, infligida por el descubrimiento de que la Tierra no era el centro del universo; la biológica, representada por la teoría evolucionista, que nos equipara al mono, y la psicológica, por la que se demuestra que somos víctimas de nuestro inconsciente, frente al que el "yo" consciente es un pobre diablo.
Al principio de este libro autobiográfico cuesta un poco habituarse a la narración fragmentaria y plagada de saltos hacia adelante y hacia atrás de su autor, pero poco a poco uno le coge el tranquillo y termina por asumir que Montauk es una novela maravillosa. Max Frisch la publicó a mediados de los 70 y, sin embargo, parece escrita en este siglo. Es así de fresca y de actual. Un fin de semana en el que, junto a una chica, Lynn, viaja a Montauk, al norte de Long Island, le sirve a Frisch para engarzar con el pasado y contarnos otras relaciones con diversas mujeres, su visión del éxito y la fama y la escritura, su deriva no sólo sentimental sino geográfica, su amistad con escritores de reconocido prestigio (Philip Roth, Uwe Johnson, Samuel Beckett…), aspectos de su infancia… La mirada de Max Frisch sobre los Estados Unidos, donde vivió algunos años, no es muy distinta a la de, por ejemplo, Wim Wenders. Frisch se fija en aquellos detalles que a los autóctonos no les llaman la atención, les pasan desapercibidos porque tal vez estén hartos de verlos: una Coca-Cola vacía sobre la hierba, el color de las moquetas y de las lámparas de un motel de carretera, la suciedad de los vidrios, las mierdas de perro en las aceras...
Cuarenta y siete años después de su primera edición española, en la misma editorial, vuelve a las librerías una novela emblemática de la literatura europea de la segunda mitad del siglo pasado. No soy Stiller cuenta la historia de un hombre que responde al nombre de Michael White y no al del que las autoridades suizas creen que es: Anatol Stiller, un mediocre escultor que desapareció años atrás. La policía de Zúrich no tiene duda al respecto y le procesa mientras él sostiene contra viento y marea que no es Stiller. Su abogado defensor le sugiere que escriba en unos cuadernos la verdad acerca de su vida. La novela consta de siete cuadernos, que transcurren en el tiempo de detención y procesamiento, y un epílogo del fiscal.
Sabido es que Suiza y los suizos ofrecen algunas peculiaridades históricas, de organización, de comportamiento y de carácter que no dejan de llamar la atención de sus vecinos europeos. Es una anécdota, pero es curioso que, en el pequeño país de Heidi, los tres escritores más relevantes del siglo XX sean los conspicuos Robert Walser, Friedrich Dürrenmatt y Max Frisch, exponentes, en su conjunto, de la delgada línea que puede llegar a separar la farsa de la tragedia.
Idioma original: alemán Título original: Montauk Año de publicación: 1975 Valoración: Imprescindible
Como ya dije en su día, llegué a esta novela a través de Martutene, de Ramon Saizarbitoria, una novela que es un ejercicio práctico de intertextualidad, hasta el punto de que Martutene es al mismo tiempo una reescritura y una reinterpretación del clásico de Frisch. Personalmente, creo que entré a Montauk muy contaminado por Martutene, y que eso condicionó hasta cierto punto el modo en el que lo leí, al menos al principio: como una novela romántica y autobiográfica (y nada más). Y en realidad, es mucho más.
Max Frisch nació en Zúrich en 1911 y allí murió casi ochenta años más tarde. En su juventud escribió varias obras de teatro inspiradas por los dramas de Ibsen, y en 1930 comenzó sus estudios de historia del arte y filología germánica, pero tuvo que abandonarlos al morir su padre para trabajar como periodista. Publicó su primera novela en 1934 y volvería a editarla, revisada, en 1943 con el título Los difíciles días o j'adore ce qui me brule. En 1936 se matriculó en la escuela de Arquitectura de Zúrich, graduándose en 1941.
Stellan Skarsgard y Nina Hoss Regreso a Montak, deVolker Schlöndorff
Max Frisch
MONTAUK
Fragmento
Un cartel que promete una vista panorámica de la isla: OVERLOOK. Ha sido él quien ha propuesto pararse aquí. Un aparcamiento para cien coches por lo menos, a esta hora vacío. El coche de ella es el único sobre las rayas divisorias pintadas en el asfalto. Es la mañana. Día de sol. Arbustos y maleza alrededor del aparcamiento vacío; nada de vistas panorámicas, por tanto, pero hay un sendero que conduce a través de la maleza y no han necesitado largas deliberaciones: el sendero los llevará hacia la gran vista panorámica. Luego ella ha vuelto al coche. Él espera. Tienen tiempo. Un fin de semana entero. Él permanece de pie e ignora lo que en este preciso instante está pensando... En Berlín serán ahora las tres de la tarde... Por lo general, no le gusta esperar. A ella se le ha ocurrido que para ver el Atlántico no le hace falta, en realidad, su bolso de mano. A él todo le resulta un tanto inverosímil, pero transcurrido un rato lo ve como una simple certeza: susurros en los arbustos, a continuación los pantalones de ella (el azul claro ajado, por supuesto) y sus pies en el sendero, detrás de muchas ramas y tallos su pelo bastante rojo. Su marcha al coche ha merecido la pena: YOUR PIPE. Y luego echa a andar de nuevo por delante. Se agacha aquí y allá bajo las ramas enmarañadas, y él se agacha bajo las mismas ramas cuando ella camina de nuevo erguida, aún por medio de la espesura. Es una especie de sendero, no siempre distinguible, un sendero silvestre. Primero ha ido él delante: como hombre que está tan poco familiarizado con el terreno como ella. De pronto una zanja cenagosa donde ha tenido que prestarle ayuda, y desde entonces va ella delante. Él también lo prefiere. A ella le causa alegría, así muestra su andar ligero y ágil. El Atlántico no puede quedar lejos. En la altura, una gaviota solitaria. Mientras camina, él carga la pipa y se admira sin querer saber de qué se admira. En algunos lugares huele a flores. Ni idea de lo que florece por aquí. Se trata de plantas extrañas. Él se ha comprometido a encontrar el coche en cualquier momento y ella parece confiar en él. Para encender después la pipa tiene que detenerse un instante. Sopla viento. Le han hecho falta cinco cerillas y ella, entretanto, ha continuado la marcha, de forma que durante unos momentos él no alcanza a verla. Durante unos momentos le parece una fantasía o un recuerdo lejano: ese caminar en compañía de una mujer joven. A decir verdad, hay muchos senderos o lo que tiene apariencia de sendero. Por eso ella se ha parado: ¿hacia dónde, ahora? El mapa que él compró ayer está en el coche. Tampoco sería de gran ayuda en este paraje. Se dirigen hacia donde hay sol. No es un sendero adecuado para entablar diálogo. Donde no hay espesura se ve el terreno en rededor: no resulta extraño, por más que él no ha estado aquí en toda su vida. Esto no es Grecia. La vegetación no se parece en nada. Sin embargo, él piensa en Grecia, después otra vez en Sylt. Le molesta que le vengan de continuo los recuerdos. Los dos llevan ya media hora de camino. Quieren ver el Atlántico. No tienen otra cosa que hacer; tienen tiempo. Tampoco esto es Bretaña, donde él estuvo hace un año junto al mar por última vez. El mismo aire costeño. Puede ser que lleve la misma camisa, los mismos zapatos, todo un año más viejo. Sabe dónde se encuentran:
MONTAUK
un nombre indio. Designa la punta norte de Long Island, distante ciento diez millas de Manhattan, y él podría precisar también la fecha:
11.5.1974
No sólo hay ramas que cuelgan sobre el sendero, haciendo que uno tenga que agacharse; aquí y allá, una rama seca caída en tierra. Entonces ella salta por encima. Es muy delgada, pero no huesuda. Tiene los vaqueros recogidos hasta las pantorrillas; su pequeño trasero en los pantalones ceñidos que lleva sin cinturón, y, metido en un bolsillo lateral, un peine. No es más alta ni más baja que él, pero sí ligera. Sus cabellos, cuando los lleva sueltos, le llegan hasta las caderas. Ahora se los ha anudado arriba. Una roja cola de caballo que oscila al caminar. Como hay que estar atentos al sendero, si es que esto merece tal nombre, y como además él tiene que andar con ojo para adivinar por dónde convendría tal vez avanzar para salir de la espesura...
Volker Schlöndorff rodó El viajero en una etapa muy confusa de su carrera. Los ochenta supusieron un cambio radical en su siempre combativo y políticamente incorrecto cine. Quizás el inesperado triunfo internacional que supuso El tambor de hojalata abrió un pequeño punto de inflexión. Fue el decenio de Círculo de engaños, su película más identificable de estos años. Tras ella decidió viajar a Francia para dirigir un ostentoso drama de época con un cartel repleto de estrellas, El amor de Swann. Para finalmente desembocar en la televisión estadounidense, donde rodó dos telefilmes muy recordados como La muerte de un viajante y Viejos recuerdos de Luisiana. Eran los tiempos en los que la TV parecía iba a sustituir al cine. Produciendo películas de calidad ideadas para ser exhibidas en el medio televisivo. Y Volker parece fue seducido por esos cantos de sirena. Luego todo esto sería mutilado por las degradantes piezas de consumo vespertino que todos conocemos a raíz de la programación de Antena 3 los fines de semana. La experiencia americana no fue por tanto nada positiva para el autor de Tiro de gracia, retornando a su país en 1990 para sacar adelante una pieza tan extraña como magnética: El cuento de la doncella. Una cinta que aún permanece como uno de los trabajos más vilipendiados del germano si bien contenía algunas trazas de bastante interés.
La novela más popular del dramaturgo y escritor suizo
Andrés Padilla
28 de noviembre de 2002
Frisch es, con Dürrenmatt, probablemente, la pareja más importante de los dramaturgos en lengua alemana surgidos tras la Segunda Guerra Mundial y, sin ninguna duda, los dos creadores más universales de la literatura suiza del mismo periodo. Si hubiera que completar la terna, habría que incluir a Robert Walser, si bien este último realiza su obra más significativa en la primera mitad del siglo pasado. En el caso de Frisch, todo parece indicar que el conocer a Bertolt Brecht en el transcurso de la mencionada Segunda Guerra Mundial condicionó su dedicación y concepto de la dramaturgia, y ratificó su obsesión por los problemas de la identidad humana y las relaciones entre individuo y sociedad. Sus primeros textos de teatro aparecen entre 1945 y 1953 (Ahora vuelven a cantar, La muralla china, Don Juan o el amor a la geometría y Los incendiarios). En 1954 publica No soy Stiller, y en 1957, Homo Faber, la novela que adaptaría al cine en 1991 el realizador alemán Volker Schlöndorf con el título de El viajero. En cierta ocasión, el propio Frisch comentó que "cada vez con más frecuencia me asaltan recuerdos que me horrorizan. Por lo general, estos recuerdos no son horrendos en sí mismos, sino nimiedades que uno no relataría en la cocina, o si va de pasajero en un coche. Lo que me horroriza es, más bien, el descubrimiento de que he estado ocultándome a mí mismo mi propia vida", una reflexión que suscribiría Walter Faber, el protagonista de su novela.
El viernes 4 de agosto de 2017 se estrenó en las carteleras españolas "Regreso a Montauk", dirigida por Volker Schlöndorff y protagonizada por Stellan Skarsgård, Nina Hoss y Susanne Wolff.
La premisa se centra en el escritor Max Zorn, que regresa a Nueva York para la promoción de su última novela. Allí le espera su joven esposa Clara, quien lleva unos meses trabajando en la ciudad neoyorkina. Por otro lado, el libro cuenta una historia de amor que ocurrió en esta misma ciudad hace 17 años. Max vuelve a ver a Rebecca, la mujer de la que se enamoró entonces. Ella, reticente al principio, le invitará a acompañarla a Montauk, al final de Long Island, donde vivieron su romance: un lugar donde solo quedan el mítico faro, el cielo y una playa interminable.
Su director Volker Schlöndorff, responsable de haber dirigido la estimable "Diplomacia", nos habla largo y tendido sobre su interesante última película, a través de una entrevista proporcionada por Golem.
"Ella fue mi gran oportunidad, la que importaba." "Cuando estoy en esta ciudad, las esquinas de todas las calle me recuerdan a ella."
Volker Schlöndorff
"Regreso a Montauk" tuvo un largo periodo de gestación.
Así es. Hace unos cinco o seis años, RainerKölmel me propuso por primera vez hacer una película basada en Montauk, de Max Frisch. Si hubiera sido posible adaptar la novela, hace mucho que lo hubiera hecho. Max y yo habíamos hablado de ello cuando trabajábamos en la adaptación de El viajero, a partir de su novela Homo Faber, y ambos estábamos de acuerdo: demasiado autobiográfica, demasiado próxima a un ensayo. No es un relato cinematográfico. Sin embargo, unos años después pensé: "¿Y si solo usamos la trama?" Un escritor llega a Nueva York para promocionar su nueva novela. Durante su estancia se cruza con personas del pasado y del presente, dando pie a una historia bastante sencilla que transcurre durante una semana, sin mensaje, como la novela de Max Frisch. Este fue el punto de partida.
Pasarán varios años antes de que quede satisfecho con el guion.
Max Frisch dijo: "Basta con echar una mirada atrás para tener la sensación de que la vida de cada uno es una novela". Necesitaba que me ayudara un escritor para este guion y recurrí a Colm Tóibín, al que conozco desde hace varios años. Después de las primeras conversaciones, Colm escribió un primer tratamiento todavía muy próximo a Max Frisch. El proyecto nos rondó - puede que no me crea - cinco años. Nos reuníamos los dos en Nueva York, en Berlín, y escribíamos "a cuatro manos", probábamos los diálogos a gritos. Con el tiempo, acabamos decidiendo, gracias a una sugerencia de Peer von Matt, el albacea de Max Frisch, que nos alejaríamos completamente de la obra del autor para que "Regreso a Montauk" se convirtiese en un trabajo independiente. Y a medida que se independizaba, se hacía más personal. Acabamos por crear el doble retrato de un escritor porque tanto Colm Tóibín como yo integramos experiencias que habíamos vivido.
Carlos Rodríguez Martínez de Carneros
26 de octubre de 2017
La nostalgia en un reencuentro con un amor perdido constituye el leitmotiv de la última película de Volker Schlöndorff, Regreso a Montauk. Basada en la novela titulada Montauk, de Max Frisch (1975), la película adapta el tono autobiográfico literario de una forma que hace reflexionar sobre el mismo aspecto autobiográfico que el director quiso impregnar en su obra. Y es que a ratos la maquinaria con la que se mueve el ritmo del filme parece estar estructurada como si de un diario audiovisual de Volker Schlöndorff se tratara. La premisa argumental remite al segundo episodio que dirigió Richard Linklater en su trilogía amorosa europea, Antes del atardecer (2004). Los diversos subtextos que rodean la cinta alemana y el fuego lento que incrementa la tensión sexual entre los personajes principales tampoco son muy diferentes de la relación que establecían Jesse y Celine nueve años después de su primer encuentro en Viena. También puede recordar al Woody Allen de Interiores (1978) por su melodrama europeo profundamente americanizado.
"ABRIL ES el mes más cruel". El célebre verso del poeta anglosajón T. S. Eliot viene a resumir la impresión que en el mundo de la cultura literaria europea han dejado las muertes sucesivas de dos de los escritores que con su obra y su testimonio han ayudado a formar la conciencia crítica del continente, los dos desde perspectivas diferentes, uno con el arma del pesimismo, Max Frisch, y el otro, Graham Greene, con el convencimiento de que no está todo perdido porque queda la fe. Ninguno de los dos mereció, sin embargo, el galardón más importante que se da en este mundo a aquellos que son capaces de trasladar con palabras la emoción de una época. Max Frisch y Graham Greene fallecieron desposeídos del Premio Nobel, y acaso ha sido esa cicatería de la cultura oficial la que ha engrandecido aún más el sentido de la independencia con que crearon su obra.
Marx Frisch, 1967
Ilustración de Otto Dix
Los de estos escritores muertos en abril fueron libros en los que se reflejaba la perplejidad ante la miseria humana, en un universo donde los adelantos técnicos y económicos iban siempre por delante de la compasión y de la solidaridad. Tanto Frisch como Greene fueron personajes comprometidos con su tiempo, y los dos combatieron a favor de la libertad cuando el continente se partió en dos y conoció el centro de la barbarie. El escepticismo de ambos nunca fue consecuencia del abandono de los principios por los que lucharon como europeos: su literatura consolidó también una manera de ser que es hija del repudio de aquella barbarie, y en todas sus obras se puede rastrear el desprecio común por los tiranos. El humor -la paradoja de Max Frisch, el distanciamiento de Greene- era, por otra parte, consecuencia de su conocimiento de la cultura, y ésta fue siempre reflejo de una sensibilidad europea.