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jueves, 3 de noviembre de 2022

Julio Ortega / En defensa de María Kodama



María Kodama
Julio Ortega
UNA DEFENSA DE MARÍA KODAMA 

1 de noviembre de 2011

Le debo a Borges la amistad de María Kodama. Los conocí a ambos en 1982, cuando visitaron la Universidad de Texas, en Austin, donde él había sido profesor visitante en 1961, y en 1968 había dictado una memorable conferencia sobre el Quijote, que finalmente recuperé y acaba de ser publicada por Claudio Pérez Míguez en Ediciones del Centro con el título propicio de Mi amigo Don Quijote. Lamentablemente, la presentación del libro, que contó con María, ha sido interrumpida por una serie de falsas imputaciones y malentendidos que me veo obligado a responder.  María, hay que decirlo, es víctima de la poca fe periodística, pero  no puede pasarse la vida respondiendo a las falsificaciones sentimentales de la obra de Borges, los errores de información sobre su papel de albacea de la herencia de su marido, y las agresiones que, de pronto, alguien le dirige sin concederle el derecho a réplica.  La obra de Borges estuvo pésimamente editada (hay erratas hasta en la edición de Alianza Editorial), y a cuidar su larga  restauración ha dedicado pasión atenta. Ha dado también batalla contra un penoso poema que se le atribuyó a Borges y circuló en el Internet hasta que, por fin, parece que ha dejado de ser observado.  Gracias a la Agencia Andrew Wylie la obra borgeana está mejor editada en inglés y en francés.  Borges recibía 200 dólares por una conferencia, sus derechos de autor fueron modestos, y por demás austera su vida. Sólo al final conoció cierto alivio, lo que le permitió elegir el lugar donde morir.  María tuvo que dar otras largas batallas legales para que su matrimonio, que algunos pretendieron no reconocer, fuese ratificado.  El juicio tomó seis años, cortes distintas y varios países. Quienes disputaban la herencia querían declarar senil a Borges, pero en cada lugar donde buscaron pruebas los desmentía su legendario ingenio vivo. Dedicó ella no pocos años, yo creo que demasiados, a refutar los errores y disparates en las biografías, memorias, usos y abusos del hombre y su nombre. Y los derechos que por fin Wylie puso en orden, los fue ella utilizando en esas batallas de amor perdidas, porque aun si las ganaba todas, los difamadores no valían la pena.

María Kodama / Viuda se nace

Borges y María Kodama


María Kodama, viuda se nace


ANA PRIETO

Los barrabravas de Jorge Luis nunca vieron con buenos ojos a la viuda. Si Borges es fútbol, Kodama es la FIFA. Por eso no creímos que nos fuera a abrir la puerta. Pero nos abrió.
Imaginemos a una María Kodama de cinco años escuchando a su maestra particular de inglés recitarle “Two English Poems” de Jorge Luis Borges.

martes, 12 de mayo de 2020

Las cuatro musas de Ingmar Bergman

Ingmar Bergman



Las cuatro musas de Ingmar Bergmanue 

EL FETT
13 de julio de 2018


Según la mitología griega, el término “musa” corresponde a las divinidades del Olimpo inspiradoras del arte. Dicha expresión subsistió a través de los tiempos para referirnos a aquellas doncellas (por lo general) que a través del enamoramiento, hacen que los artistas se dirijan hacia ellas como su “fuente de inspiración”, su iluminación. En cuanto al quehacer cinematográfico, en la historia han existido casos sonados de dicha estimulación artística, por ejemplo el de Steven Spielberg con su musa Kate Capshaw, el de Kubrick con su esposa Christiane o hasta el de Hitchcock con sus coquetas rubias KellyHeddren o Leigh, sin embargo, nadie mejor para simular fuera del mito a la figura de Apolo, el representante y eterno acompañante de las musas, como el sueco Ingmar Bergman.

jueves, 20 de septiembre de 2018

María Kodama / “Me gusta la descripción del Aleph. Pero el resto del cuento es banal”



María Kodama
Foto de Carlos Rosillo
María Kodama

“Me gusta la descripción del Aleph. Pero el resto del cuento es banal”

La escritora y profesora argentina María Kodama, viuda de Borges, presenta un libro que radiografía la biblioteca del genio


Cuando tenía 10 años, una revista de literatura cayó en manos de María Kodama(Buenos Aires, 1937). Un cuento. Una frase: Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche. “Me quedé sin aire. Dije: ¿Pero esto qué es?”. Fueron las primeras palabras que leyó de quien con el tiempo se convertiría en su esposo y en uno de los escritores más importantes de la historia de literatura, Jorge Luis Borges. Kodama presentó esta semana La biblioteca de Borges (Paripé Books), un libro de Fernando de Flores en el que se fotografían y escudriñan los apuntes del argentino sobre sus obras favoritas. 2.000 libros que reflejan al escritor de los espejos y entre los que —aunque hay poca literatura y mucha filosofía, religión e historia— no faltan Dante, Homero, Kafka, Ovidio o William Blake.  
En Casa de América, en Madrid, Kodama recuerda estar con Borges en el cercano museo del Prado. Y una figura de dos metros que se les acerca. “Borges, es Cortázar”, le dijo. “Y usted querrá saludarlo”, le reprochó Borges, que por cuestiones políticas le había puesto la cruz al autor de Rayuela, que se acercó, le agradeció que Borges hubiera criticado Casa tomada y le abrazó llamándole maestro. “Fue frente al Perro semihundido de Goya. Nunca olvidaré esa estampa”, recuerda Kodama.
Dígame un sitio que le inspire.
El desierto.
¿Cuándo fue la última vez que lloró?
Nunca.
¿Cuál es el mejor regalo que ha recibido?
Borges (sonríe).


"¿La última vez que lloré? Nunca"

¿Qué significa ser escritor?
Para mí es como bailar. La liberación.
Borges tiene un texto, Borges y yo, a caballo entre el cuento y el poema, en el que se describe: “Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café...”. ¿Qué sabor le gusta a María Kodama?
El del café, sí (ríe). Me encanta.
¿Y qué tacto?
Acariciar un gato.
¿Dígame un libro que le haya hecho reír a carcajadas?
El amante de la psicoanalista, de Mario Mactas. Tenía que ser erótico, pero nunca me reí tanto como con ese libro.
Si yo le digo “Borges”, ¿qué le viene a la mente?
Los viajes, la diversión.
¿Cuál es su cuento favorito de Borges?
El más importante, si no puediera salvar más que uno, es Las ruinas circularesEl inmortal también está bien. De El Aleph me gusta la descripción del Aleph, pero el resto del cuento es muy banal, como yo le decía a Borges.




“Me gusta la descripción del Aleph. Pero el resto del cuento es banal”


¿Le decía que El Aleph era banal? Suena osado.
Ah, sí. Pero yo le decía lo que pensaba. Si me gustaba, me gustaba. Si no me gustaba, pues no. Por eso funcionábamos tan bien.
Presenta un libro que se adentra en la biblioteca de Borges. Una curiosidad: ¿Qué relación tenía él con sus propios libros?
¿Los de él, los escritos por él? No los quería, no los tenía en su biblioteca. Cuando publicó la obra completa le dijo a la madre —yo estaba presente—: “Madre, aquí te traigo mi obra completa. Que no salga de tu cuarto. Si lo veo fuera de tu cuarto, lo tiraré”.
Con esa relación telúrica, casi mágica, que tenía Borges con los libros, es curioso. ¿Qué piensa del desapego que se vive hoy con el libro como objeto?
Es una pena. Al fin y al cabo, los libros son un placer. En la pantalla del ordenador se pueden perder las cosas, te pueden hackear… Con todo guardado en esa nube, temo que en algún momento nos quedemos… sin nada.
¿Dónde no querría usted vivir jamás?
Donde haga frío.
¿Qué siente cuando ve su foto en los diarios?
Horror.
¿Una noticia que siempre haya querido leer?
Que el hombre llegue pronto a Marte.
¿Y cómo ve el futuro de Argentina?
Si no dejan de estar “o conmigo o contra mí”, como en toda América Latina, de terror. Lo positivo de ahora es que se reconocen los errores, cosa importante, y hay como un diálogo que no existía. Veremos adónde nos lleva.




jueves, 9 de agosto de 2018

Marie-José Tramini / Un collage en una caja

Marie-José Tramini


Marie-José Tramini

Un collage en una caja

Es el tiempo de celebrar los poemas que firmaba con seudónimo, la sombra que levitaba detrás del hombre al que se entregó en cuerpo y alma

JORGE F. HERNÁNDEZ
26 JUL 2018 - 19:59 COT


Habrá testimonios diferentes o divergentes, pero tengo ya grabado en piel que Marie José Tramini, diré mejor: MarieJo Paz siempre me habló con sonrisa. En la primavera de 1989, en una semana de homenaje al poeta Luis Cernuda, me hice amigo de MarieJo y Octavio Paz y a no pocos consta que fue la dama francesa, mexicanizada en no pocos gestos y palabras, la que fomentó, fertilizó y fortaleció mi amistad con ambos, hasta el Sol de hoy. Gracias a ella, se abrían espacios en la agenda del inmenso poeta –antes y después del Nobel, con o sin relación a los temas de la revista que dirigía— y gracias a ella, pude ser comensal de confianza en sobremesas donde los manteles olían a pólvora o a flores. Era una pareja ejemplar, pero es el tiempo de celebrar las cajas que hacía Marie Jo y los poemas que firmaba con seudónimo, la sombra que levitaba detrás del hombre al que se entregó en cuerpo y alma, la Musa con mayúscula del grandísimo Poeta y Ensayista que, cabellera rubia al vuelo, tenía una sensibilidad genuina y propia, una inspiración particular y un pequeño universo de símbolos y lentejuelas, hojas secas y postales diminutas que acomodaba en cajas como quien amueblaba los paisajes de la memoria, los recuerdos de toda una vida y el paisaje de la India.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Edith Aron / Cortázar me dijo que tenía ganas de escribir un libro mágico


Julio Cortázar, por Sábat.
Cortázar según Sábat
Edith Aron: 
"Cortázar me dijo 

que tenía ganas de escribir un libro mágico"



A 50 años de la publicación de "Rayuela", habla Edith Aron, la persona que inspiró el personaje de la Maga y viajó en el mismo barco, el Conte Biancamano, que llevó a Cortázar por primera vez a París. 



POR ALBERT LLADÓ

La Vanguardia

27 de junio de 2013








Edith Aron nació en el Sarre, en la frontera alemana con Francia, en 1927. De origen judío, emigró con su madre a Buenos Aires, cuando era una niña y sus padres se separaron. Pasada la Segunda Guerra Mundial, decidió volver a visitar a su padre, que se había salvado de la persecución nazi. Era 1950 y viajaba en el mismo barco, en el Conte Biancamano, que llevaría a Cortázar por primera vez a París. Nos atiende en su pequeño piso de Londres, donde vive envuelta de libros y recuerdos. Tocamos el timbre y nos abre su hija. Edith Aron está escuchando jazz y sigue el ritmo silbando. Es octogenaria pero en todo momento se arregla el pelo y se pinta los labios. Pasamos dos días hablando de París, de Cortázar y del azar. La siguiente transcripción es un resumen del encuentro.

-¿Cuándo vio por primera vez a Julio Cortázar?

-En la oficina de cambio del barco.

-¿Se fijó en él?

-Sí, era un hombre alto, delgado, joven. Oí cómo hablaba con acento argentino, pero no pronunciaba bien la erre.

Edith Aron / Y quién pagará esta llamada

Edith Aron
París, 1952

Edith Aron

¿Y quién pagará esta llamada?


JUN 9 de 2013



POR YANET AGUILAR SOSA


Hay muchos asuntos que Edith Aron ha superado: ser llamada “la Maga de Cortázar” y que un “desgraciado” le robara su traducción De cronopios y de famas sin que Julio saliera a respaldarla; sin embargo, hay cosas que la traductora no ha podido evitar: seguir fumando Gauloises, los famosos cigarrillos franceses presentes en Rayuela, y que al hablar, reír y recordar, deje en sus interlocutores la certeza de que conversan con Lucía, la Maga.
En una carta fechada en agosto de 1951 el escritor argentino le anuncia a la bella alemana de ojos claros y sonrisa soñadora, que regresará a París en noviembre y le pide “que siga siendo brusca, complicada, irónica, entusiasta”.
Más de 60 años después, Edith está lastimada de las rodillas, prepara la celebración de sus 90 años en Sarre, Alemania, su ciudad natal, donde planea leer sus cuentos y disfrutar del estreno de la película sobre su vida que un grupo de jóvenes alemanes filmó. Ellos le preguntaron: “¿Cómo es que dicen que usted ha influido a un escritor argentino para un personaje?” Y ella volvió a decir: “Para mí es muy lindo decir la Maga porque tiene algo mágico, pero no soy yo”.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Dora Maar / La musa doliente


Dora Maar

Dora Maar, la musa doliente

Un libro reconstruye la enigmática figura de la fotógrafa y pintora, más allá de su relación con Picasso

ÁNGELES GARCÍA Madrid 8 SEP 2013 - 23:17 CET


Pablo Picasso y Dora Maar, fotografiados por Man Ray.
Cuando Pablo Picasso y Dora Maar se conocieron, ella tenía 29 años y él 55. Fue en París en el mítico café Deux Magots en 1936, poco antes del comienzo de la guerra civil española. Ella arrastraba una tormentosa relación con el filósofo Georges Bataille y con el actor Louis Chavance. Él, ya un dios indiscutido en todo el mundo del arte, seguía casado con la rusa Olga Khokhlova, madre de su hijo Paulo, y compartía casa con la sueca Marie-Thérèse Walter, madre de Maya. La pasión amorosa entre ambos estalló con tal furia que parecía que nada de lo que ocurría a su alrededor importaba. Como a sus anteriores (y posteriores) mujeres, Picasso la retrató decenas de veces. Era su modelo y su musa. Hasta que, en 1943, todo acabó. Él la sustituyó por Françoise Gilot mientras que Dora inició un descenso a los infiernos en una dolorosa caída durante la que recaló en hospitales psiquiátricos, con aplicación de electroschocks incluida, hasta terminar refugiada en la religión en su apartamento parisino, alejada y apartada de un mundo en el que durante unos años había sido una de sus reinas imprescindibles. Murió en 1997 completamente sola, a los 89 años
Aunque su personaje ha servido de inspiración literaria en varias ocasiones y algunos historiadores del arte se han aproximado a su vida, pocas certezas se tienen de ella al margen del tiempo durante el que estuvo vinculada al artista malagueño. La leyenda en torno a su persona ha ido creciendo con el tiempo hasta adueñarse de la realidad. Los enigmas son muchos y atañen a sus orígenes, a su valía como fotógrafa y pintora, a su peso dentro del Surrealismo, a su actitud política durante la guerra civil española y la Segunda Guerra mundial, a su locura. Victoria Combalía (Barcelona, 1952), historiadora y crítica, ha dedicado veinte años a desentrañar los muchos misterios que rodean la vida de la musa más desesperada de Picasso. El resultado de este trabajo es la biografía titulada sencillamente Dora Maar (Circe) en la que a lo largo de 358 páginas vuelca los descubrimientos obtenidos en más de 2000 documentos inéditos y las numerosas entrevistas telefónicas que Combalía mantuvo con Maar en 1994.
Dueña de unos deslumbrantes ojos claros cuyo color definía la luz del día, Dora Maar era una mujer de presencia imponente y porte elegante. Nacida en París en 1907 como Henriette Markovitch, era hija de un arquitecto croata y una madre francesa dedicada a la familia. La posición económica era elevada debido a los años durante los que el padre construyó numerosos edificios en Argentina. En ese tiempo, Dora aprendió español, una ventaja para su aproximación a Picasso.
Maar tuvo una gran preparación intelectual y artística, primero en la pintura y luego en la fotografía, por la que, desde muy joven, formó parte de los círculos más vanguardistas del París de los años 20 y 30. Combalía advierte en su libro que Dora Maar no es una de las muchas modelos que se acercan a Picasso para acabar siendo devoradas sexualmente por el artista. La investigadora mantiene que junto a la pasión enloquecida que ambos vivieron, hubo un entendimiento intelectual que Picasso no alcanzó con ninguna de sus muchas otras amantes.

A finales de los años 20, Maar formaba parte del círculo de los surrealistas. Era amiga y colega de Brassaï y de Cartier Bresson. Sus fotografías de personajes de perdedores y excluidos de la sociedad eran aplaudidas y valoradas entre los expertos.
Amante del mundo de la alta costura, se movía como pez en el agua en los ambientes de la alta burguesía y entre las mesas de los cafés que frecuentaban los artistas de toda índole. Ideológicamente simpatizaba con los partidos políticos de izquierda, aunque, a diferencia de Picasso, no llegó a militar en ninguno de ellos.
Su manera de entender la fotografía y su popularidad entre los surrealistas le sirvieron a Dora para entrar en la vida de Picasso. Muy segura de sí misma en aquellos años, Dora Maar llamó la atención del artista con una curiosa anécdota que Combalía cuenta en el libro y que también da pistas sobre el carácter masoquista de Dora. Ocurrió en el café Les Deux Magots. Ella se puso a jugar con una navajita que habitualmente llevaba en el bolso. Haciendo saltar la hoja entre los dedos, no detuvo el juego pese a que la sangre chorreaba por su mano. Picasso quedó hipnotizado y le pidió sus guantes moteados de sangre.
Con los guantes, Dora le entregó su vida.
Dedicada en cuerpo y alma a Picasso, Dora documenta con su cámara la compleja realización del mural más famoso del mundo: el Guernica. Su objetivo detalla la metamorfosis de los personajes que ocupan la tela, un trabajo por el que nunca llegó a cobrar nada, ni siquiera los derechos de reproducción que tan bien le hubieran venido en sus difíciles años posteriores.
Picasso
Ambos comparten amistades, veranos, viajes, trabajo y vida. Y especialmente sexo, algo en lo que Picasso parecía ser tan insuperable como en su pintura.
Pero mientras que para ella no había más mundo, él seguía viendo a otras mujeres. A sus anteriores amantes y a las nuevas. Y la bellísima y deslumbrante Dora pasó a ser la mujer desencajada, rota y llorosa que acabó ingresada en un psiquiátrico.
En 1943 Picasso se enamoró de Françoise Gilot y para Dora se acabó el mundo. La musa divina se convirtió en una loca a la que muchos fueron abandonando. Su amigo Paul Eluard fue una de las pocas excepciones entre los que mantuvieron su amistad hasta el final.
Con el paso de los años, Dora Maar volvió a la pintura pero muy esporádicamente a la fotografía. No se le volvió a conocer ninguna relación amorosa. Para sorpresa de muchos, abrazó el catolicismo con una intensidad que ya nunca abandonaría. Después de Picasso, solo Dios.
Lea, además



sábado, 15 de junio de 2013

Joyce / Tres cartas a Nora Barnacle




James Joyce




TRES CARTAS
DE JAMES JOYCE
A NORA BARNACLE

2 de diciem­bre
de 1909
44 Fon­te­noy Street, Dublín.
Que­rida mía, qui­zás debo comen­zar pudiéndote per­dón por la increí­ble carta que te escribí ano­che. Mien­tras la escri­bía tu carta repo­saba junto a mí, y mis ojos esta­ban fijos, como aún ahora lo están, en cierta pala­bra escrita en ella. Hay algo de obs­ceno y las­civo en el aspecto mismo de las car­tas. Tam­bién su sonido es como el acto mismo, breve, bru­tal, irre­sis­ti­ble y diabólico.
Que­rida, no te ofen­das por lo que escribo. Me agra­de­ces el her­moso nom­bre que te di. ¡Sí, que­rida, “mi her­mosa flor sil­ves­tre de los setos” es un lindo nom­bre¡ ¡Mi flor azul oscuro, empa­pada por la llu­via¡ Como ves, tengo toda­vía algo de poeta. Tam­bién te rega­lare un her­moso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y den­tro de este amor espi­ri­tual que siento por ti, hay tam­bién una bes­tia sal­vaje que explora cada parte secreta y ver­gon­zosa de él, cada uno de sus actos y olo­res. Mi amor por ti me per­mite rogar al espí­ritu de la belleza eterna y a la ter­nura que se refleja en tus ojos o derri­barte debajo de mí, sobre tus sua­ves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta una puerca, glo­ri­fi­cado en la sin­cera peste que asciende de tu tra­sero, glo­ri­fi­cado en la des­cu­bierta ver­güenza de tu ves­tido vuelto hacia arriba y en tus bra­gas blan­cas de mucha­cha y en la con­fu­sión de tus meji­llas son­ro­sa­das y tu cabe­llo revuelto.
Esto me per­mite esta­llar en lagri­mas de pie­dad y amor por ti a causa del sonido de algún acorde o caden­cia musi­cal o acos­tarme con la cabeza en los pies, rabo con rabo, sin­tiendo tus dedos aca­ri­ciar y cos­qui­llear mis tes­tícu­los o sen­tirte fro­tar tu tra­sero con­tra mí y tus labios ardien­tes chu­par mi polla mien­tras mi cabeza se abre paso entre tus rolli­zos mus­los y mis manos atraen la aco­ji­nada curva de tus nal­gas y mi len­gua lame voraz­mente tu sexo rojo y espeso. He pen­sado en ti casi hasta el des­fa­lle­ci­miento al oír mi voz can­tando o mur­mu­rando para tu alma la tris­teza, la pasión y el mis­te­rio de la vida y al mismo tiempo he pen­sado en ti hacién­dome ges­tos sucios con los labios y con la len­gua, pro­vo­cán­dome con rui­dos y cari­cias obs­ce­nas y haciendo delante de mí el más sucio y ver­gon­zoso acto del cuerpo. ¿Te acuer­das del día en que te alzaste la ropa y me dejaste acos­tarme debajo de ti para ver cómo lo hacías? Des­pués que­daste aver­gon­zada hasta para mirarme a los ojos.
¡Eres mía, que­rida, eres mía¡ Te amo. Todo lo que escribí arriba es un solo momento o dos de bru­tal locura. La última gota de semen ha sido inyec­tada con difi­cul­tad en tu sexo antes que todo ter­mine y mi ver­da­dero amor hacia ti, el amor de mis ver­sos, el amor de mis ojos, por tus extra­ña­mente ten­ta­do­res ojos llega soplando sobre mi alma como un viento de aro­mas. Mi verga esta toda­vía tiesa, caliente y estre­me­cida tras la última, bru­tal enves­tida que te ha dado cuando se oye levan­tarse un himno tenue, de pia­doso y tierno culto en tu honor, desde los oscu­ros claus­tros de mi cora­zón.
Nora, mi fiel que­rida, mi pícara cole­giala de ojos dul­ces, sé mí puta, mí amante, todo lo que quie­ras (¡mí pequeña pajera amante! ¡Mí putita folla­dora!) Eres siem­pre mi her­mosa flor sil­ves­tre de los setos, mi flor azul oscuro empa­pada por la lluvia.
JIM
—————- o ————-
3 de diciem­bre de 1909
44 Fon­te­noy Street, Dublín.
Mi que­rida niñita de las mon­jas: hay alguna  estre­lla muy cerca de la tie­rra, pues sigo presa de un ata­que de deseo febril y ani­mal. Hoy a menudo me dete­nía brus­ca­mente en la calle con una excla­ma­ción, siem­pre que pen­saba en las car­tas que te escribí ano­che y ante­no­che. Deben haber pare­cido horri­bles a la fría luz del día. Tal vez te haya des­agra­dado su gro­se­ría. Sé que eres una per­sona mucho más fina que tu extraño amante y, aun­que fuiste tú misma, tú, niñita calen­tona, la que escri­bió pri­mero para decirme que esta­bas impa­ciente por­que te culiara, aún así supongo que la sal­vaje sucie­dad y obs­ce­ni­dad de mi res­puesta ha supe­rado todos los lími­tes del recato. Cuando he reci­bido tu carta urgente esta mañana y he visto lo cari­ñosa que eres con tu des­pre­cia­ble Jim, me he sen­tido aver­gon­zado de lo que escribí. Sin embargo, ahora la noche, la secreta y peca­mi­nosa noche, ha caído de nuevo sobre el mundo y vuelvo a estar solo escri­bién­dote, y tu carta vuelve a estar ple­gada delante de mí sobre la mesa. No me pidas que me vaya a la cama, que­rida. Déjame escri­birte, querida.
Como sabes que­ri­dí­sima, nunca uso pala­bras obs­ce­nas al hablar. Nunca me has oído, ¿ver­dad?, pro­nun­ciar una pala­bra impro­pia delante otras per­so­nas. Cuando los hom­bres de aquí cuen­tan delante de mí his­to­rias sucias o las­ci­vas, ape­nas son­río. Y, sin embargo, tú sabes con­ver­tirme en una bes­tia. Fuiste tú misma, tú, quien me des­li­zaste la mano den­tro de los pan­ta­lo­nes y me apar­taste sua­ve­mente la camisa y me tocaste la pinga con tus lar­gos y cos­qui­llean­tes dedos y poco a poco la cogiste entera, gorda y tiesa como estaba, con la mano y me hiciste una paja des­pa­cio hasta que me vine entre tus dedos, sin dejar de incli­narte sobre mí, ni de mirarme con tus ojos tran­qui­los y de santa. Tam­bién fue­ron tus labios los pri­me­ros que pro­nun­cia­ron una pala­bra obs­cena. Recuerdo muy bien aque­lla noche en la cama, en Pola. Can­sada de yacer debajo de un hom­bre, una noche te ras­gaste el cami­són con vio­len­cia y te subiste encima para cabal­garme des­nuda. Te metiste la pinga en el coño y empe­zaste a cabal­garme para arriba y para abajo. Tal vez yo no estu­viera sufi­cien­te­mente arre­cho, pues recuerdo que te incli­naste hacia mi cara y mur­mu­raste con ter­nura: “¡Fuck me, dar­ling!”
Nora que­rida, me moría todo el día por hacerte uno o dos pre­gun­tas. Permítemelo, que­rida, pues yo te he con­tado todo lo que he hecho en mi vida; así, que puedo pre­gun­tarte, a mi vez. No sé si las con­tes­ta­rás. Cuándo esa per­sona cuyo cora­zón deseo vehe­men­te­mente dete­ner con el tiro de un revól­ver te metió la mano o las manos bajo las fal­das, ¿se limitó a hacerte cos­qui­llas por fuera o te metió el dedo o los dedos? Si lo hizo, ¿subie­ron lo sufi­ciente como para tocar ese gallito que tie­nes en el extremo del coño? ¿Te tocó por detrás? ¿Estuvo hacién­dote cos­qui­llas mucho tiempo y te viniste? ¿Te pidió que lo toca­ras y lo hiciste? Si no lo tocaste, ¿se vino sobre ti y lo sentiste?
Otras pre­gunta, Nora. Sé que fui el pri­mer hom­bre que te folló, pero, ¿te mas­turbó un hom­bre alguna vez? ¿Lo hizo alguna vez aquel mucha­cho que te gus­taba? Dímelo ahora, Nora, res­ponde a la ver­dad con la ver­dad y a la sin­ce­ri­dad con la sin­ce­ri­dad. Cuando esta­bas con él de noche en la oscu­ri­dad de noche, ¿no des­abro­cha­ron nunca, nunca, tus dedos sus pan­ta­lo­nes ni se des­li­za­ron den­tro como rato­nes? ¿Le hiciste una paja alguna vez, que­rida, dime la ver­dad, a él o a cual­quier otro? ¿No sen­tiste nunca, nunca, nunca la pinga de un hom­bre o de un mucha­cho en tus dedos hasta que me des­abro­chaste el pan­ta­lón a mí? Si no estás ofen­dida, no temas decirme la ver­dad. Que­rida, que­rida esta noche tengo un deseo tan sal­vaje de tu cuerpo que, si estu­vie­ras aquí a mi lado y aún cuando me dije­ras con tus pro­pios labios que la mitad de los pata­nes peli­rro­jos de la región de Gal­way te echa­ron un polvo antes que yo, aún así corre­ría hasta ti muerto de deseo.
Dios Todo­po­de­roso, ¿qué clase de len­guaje es este que estoy escri­biendo a mi orgu­llosa reina de ojos azu­les? ¿Se negará a con­tes­tar a mis gro­se­ras e insul­tan­tes pre­gun­tas? Sé que me arriesgo mucho al escri­bir así, pero, si me ama, sen­tirá que estoy loco de deseo y que debo con­tarle todo.
Cielo, con­tés­tame. Aun cuando me entere de que tu tam­bién habías pecado, tal vez me sen­ti­ría toda­vía más unido a ti. De todos modos, te amo. Te he escrito y dicho cosas que mi orgu­llo nunca me per­mi­ti­ría decir de nuevo a nin­guna mujer.
Mi que­rida Nora, estoy jadeando de ansia por reci­bir tus res­pues­tas a estas sucias car­tas mías. Te escribo a las cla­ras, por­que ahora siento que puedo cum­plir mi pala­bra con­tigo. No te enfa­des, que­rida, que­rida, Nora, mi flo­re­ci­lla sil­ves­tre de los setos. Amo tu cuerpo, lo añora, sueño con él.
Háblenme que­ri­dos labios que he besado con lágri­mas. Si estas por­que­rías que he escrito te ofen­den, hazme recu­pe­rar el jui­cio otra vez con un lati­gazo, como has hecho antes. ¡Qué Dios me ayude!
Te amo Nora, y parece que tam­bién esto es parte de mi amor. ¡Per­dó­name! ¡Perdóname!
JIM
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Mi Dulce y pícara putita, aquí te mando otro billete para que te com­pres cal­zo­nes o medias o ligas. Com­pra cal­zo­nes de puta, amor, y no dejes de rociar­los con un per­fume agra­da­ble y tam­bién des­co­lo­rea­los un poquito por detrás.
Pare­ces inquieta por saber que aco­gida di a tu carta, que, según dices, es peor que la mía. ¿Cómo que es peor que la mía, amor? Sí, es peor en una o dos cosas. Me refiero a la parte en que dice lo que vas a hacer con la len­gua (no me refiero a chupármela) y a esa encan­ta­dora pala­bra que escri­bes con tan gran­des letras y sub­ra­yas, bri­bon­zuela. Es emo­cio­nante oír esa pala­bra (y una o dos más que no has escrito) en los labios de una mucha­cha. Pero me gus­ta­ría que habla­ras de ti y no de mí. Escríbeme una carta muy larga, llena de esas otras cosas, sobre ti, que­rida. Ahora ya sabes cómo ponerme arre­cho. Cuéntame hasta las cosas más míni­mas sobre ti, con tal de que sean obscenas y secre­tas y sucias. No escri­bas más. Qué todas las fra­ses estén lle­nas de pala­bras y sonidos inde­cen­tes e impú­di­cos. Es encan­ta­dor oírlos e incluso ver­los en el papel, pero los más inde­cen­tes son los más bellos. Las dos par­tes de tu cuerpo que hacen cosas sucias son las más deli­cio­sas para mí. Pre­fiero tu culo, que­rida, a tus tetas por­que hace esa cosa sucia. Amo tu coño no tanto porque sea la parte que jodo cuanto por­que hace otra cosa sucia. Podría que­darme tum­bado todo el día mirando la pala­bra divina que escri­biste y lo que dijiste que harías con la len­gua. Me gus­ta­ría poder oír tus labios sol­tando entre chis­po­rro­teos esas pala­bras celes­tia­les, exci­tan­tes, sucias, ver tu cuerpo, soni­dos y rui­dos inde­cen­tes, sen­tir tu cuerpo retorciéndose debajo de mi, oír y oler los sucios y sono­ros pedos de niñas haciendo pop pop al salir de tu bonito culo de niña des­nudo y follar, follar, follar y follar el coño de mi pícara y arre­cha putita eternamente.
Ahora estoy con­tento, por­que mi putita me dice que le dé por el culo y que la folle por la boca y quiere des­abro­charme y sacarme el cim­bel y chu­parlo como un pezón. Más cosas y más inde­cen­tes que estas quiere hacer, mi pequeña y des­nuda folla­dora, mi pícara y ser­peante pequeña culia­dora, mi dulce e inde­cente pedorrita.
Bue­nas noches, putita mía, voy a tum­barme y a cascármela hasta que me venga. Escribe más cosas y más inde­cen­tes, que­rida. Hasta cos­qui­llas en el mon­don­guito, mientras escri­bes para que te haga decir cosas cada vez peo­res. Escribe las pala­bras inde­cen­tes con gran­des letras y subrá­ya­las y bésa­las y res­trié­ga­te­las un momento por tu dulce y caliente coño, que­rida, y tam­bién leván­tate las fal­das un momento y res­trié­ga­te­las por tu que­rido culito pedorro. Has más cosas así, si quie­res, y des­pués envíame la carta, mi que­rida putita de culo marrón.
JIM
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Car­tas Sucias de Joyce
Epí­logo
La des­pe­dida de una de las tan­tas car­tas sucias, de las car­tas celo­sas y dis­pa­ra­ta­das que solo cabrían en un buzón bien rojo, ser­virá de epi­logo para los fis­go­nes de la corres­pon­den­cia entre Jim y Nora. Una página fechada el 15 de diciem­bre de 1909, vís­pe­ras de la novena de agui­nal­dos en la cató­lica Dublín. Con esto que­dan cla­ras las dul­ces fati­gas del amante y corres­pon­sal, el can­san­cio de los amo­res lejanos.
" (…) Que­rida, acabo de venirme en los pan­ta­lo­nes, por lo que he que­dado para el arras­tre. No puedo ir hasta la ofi­cina de correos a pesar de que tengo tres car­tas por echar.
¡A la cama…a la cama !
¡Bue­nas noches, Nora mía!"