da del planeta, la moda ocupó gran parte de su obsesiva búsqueda vital.
La estética Yayoi Kusama
Entre todos los universos creativos de la artista viva más valorada del planeta, la moda ocupó gran parte de su obsesiva búsqueda vital
Guillermo Espinosa 27 de julio de 2014
Olvidada por el stablishment del arte durante más de dos décadas, la azarosa vida de Yayoi Kusama podría servir de modelo a una de esas películas basadas en hechos reales. No en vano su autobiografía, La red infinita (2011), aún no traducida al español, es un superventas en Japón. Pintora, escultora, instaladora, cineasta, performer, poeta, novelista y diseñadora de moda, la autodenominada «princesa de los lunares» es la artista viva más valorada del planeta. Si a finales de los 90 la galerista Paula Cooper conseguía, en una tienda de despojos neoyorquina, una de sus esculturas-silla cubiertas de furúnculos fálicos por unos 250 dólares, una década después sus lienzos se subastaban en Christie’s por algo más de cinco millones. Otra anécdota más para la historia de esos outsiders que pasan de la marginalidad al reconocimiento mundial.
Un cargamento de quimonos fue de lo poco que se llevó a Nueva York cuando, quizá debido a su contumaz deseo de convertirse en una estrella internacional, aterrizó allí con 27 años. Era 1958, y no pudo elegir fecha mejor. La ciudad bullía en creatividad: el expresionismo abstracto deslumbraba al mundo, y fermentaban otros movimientos como el minimalismo, el pop, el op-art, el arte conceptual y hasta el fluxus.
Su obra Flower Overcoat (1962).
Steve Eichner / WWD
Yayoi estaba en el epicentro de la movida. Y lo aprovechó. Ayudada por la pintora Georgia O’Keeffe, con la que mantenía una relación epistolar, pronto se hizo un hueco en la escena, exponiendo y relacionándose de cerca con un nutrido grupo de grandes artistas: Warhol, Donald Judd, Eva Hesse, Claes Oldenburg, On Kawara… La pequeña y frágil muchacha oriental supo destacar desde su llegada. Su primer contacto consciente con la moda fue intervenir sus quimonos con sus característicos lunares, y vestirlos en las reuniones adecuadas. Así atrajo la atención de todos.
«Un aspecto admirable de Kusama, nunca visto antes, fue esa vehemente actitud publicitaria, ese férreo control sobre su imagen y la voluntad de expandirla convirtiéndose en un agente provocador, apoyándose en su look y también en lo que ahora llamamos networking: trataba de conocer a todo el mundo, manejaba sus contactos. En eso inspiró a más de una generación de artistas», explica Frances Morris, jefa de colecciones de arte internacional en la Tate Modern londinense y comisaria de la última gran retrospectiva sobre la artista, vista en Londres, Madrid, Buenos Aires y, actualmente, en São Paulo.
Lo cierto es que, en los casi 15 años que permaneció allí, Kusama se ganó duramente un estatus: definió su pintura abstracta a partir de infinitas redes de lunares (que asociaba con el sol, la luna, la tierra y el ser), imbricó escultura y pintura en sus series de Acumulaciones, con esos reconocibles furúnculos como eje, y fue también pionera ejecutando pinturas como una actividad preformativa. Incluso tanteó el cine experimental. Y creó su propia marca de moda. Su frenética actividad no conocía límites.
Atmósfera para Louis Vuitton en Nueva York (2012).
Cordon Press
El «‘look’ Kusama» se hizo oficial. Dentro de ese universo totalizador y envolvente que la artista quería crear, el interés de Kusama por la moda, por su apariencia, lo que ya se ha denominado oficialmente el «look Kusama», surgió de una forma necesaria. «Era una extensión natural de su trabajo performativo, un paso obligatorio para ese universo cerrado y propio que quería inventar», afirma Agustín Pérez Rubio, recién nombrado director artístico del MALBA de Buenos Aires, que acogió el pasado año su exposición. Ella registró su marca, Kusama Fashion Company Ltd, en 1968. A través de ésta comenzó a producir textiles estampados y también su propia ropa. Llegó a tener uncorner en los almacenes Bloomingdale’s. «Pero su efecto en la moda en aquel momento fue nulo. Los que marcaron un antes y un después eran gente como Mary Quant o los diseñadores de la tienda neoyorquina Paraphernalia. Kusama fue quizá una anécdota en aquel contexto», establece la periodista y experta en moda Silvia Alexandrowitch. Efectivamente, su principal clienta era ella misma. A medida que sus acciones e instalaciones se volvían más ambiciosas, su imagen también adquiría más importancia. «Kusama controlaba los shootings para registrar sus piezas, articulándolos como auténticas sesiones de fotos y siendo muy consciente del resultado final», precisa Morris. Entre su variada producción, y gracias a la eclosión del movimiento hippie, al que rápidamente se sumó (sus redes de lunares alucinatorias tenían efectivamente mucho que ver con la psicodelia), la japonesa empezó a crear ropas en las que estos enfatizaban zonas antes concebidas como tabú: pechos y genitales.
Zapato de la colección Monogram Vernis de Yayoi Kusama para Louis Vuitton.
Cortesía de Louis Vuitton
De la mano de sus performances y happenings, en la que ella y sus colaboradores eran los protagonistas, su trabajo en moda se amplió. En 1968, su acción a favor del matrimonio gay,Homosexual Wedding, la obligó a crear complicadas piezas de diseño: aplicó a la ropa los principios de sus Acumulaciones, creando un orgiástico vestido de boda para ser llevado por dos personas a la vez, donde sus furuncu-falos lo invadían todo. Y, claro, estos saltaron a blusas y zapatos. Siguió experimentando, como otros artistas coetáneos, tipo Franz Erhard Walther, con estas prendas colaborativas: amplias piezas textiles que había que vestir en grupo y que facilitaban cierta intimidad sensual (cuando no estaban directamente vinculadas al amor libre). Hoy resulta obvia también su condición de precursora del feminismo y de la liberación sexual de la mujer, y sus postulados siguen vigentes en movimientos propios de este siglo, como el posporno.
Sube el color. Usando la fotografía como en las revistas de moda e incorporando cada vez más a susperformances acciones cercanas a lo que podía ser una pasarela, un desfile, fue transformando su estilo en función de su trabajo plástico, alternando aquellos primeros quimonos con monos ultraceñidos de un único color, como ese de un intenso rojo que llevaba cuando se fotografió con una de sus obras más significativas, Infinity Mirror: Phalli’s Field (1965), una habitación de espejos infinitos con el suelo cubierto de pseudofalos tentaculares con lunares rojos sobre blanco, que perfilaría definitivamente su universo. Esta tónica se mantiene hoy: creaciones recientes como sus vistosas calabazas moteadas han traído aparejadas vestidos amplios que reproducen la piel de puntos de estas esculturas y que ella misma viste.
A nadie le pasó desapercibido el quimono plateado que llevó en 1966, cuando fue invitada a participar en la Bienal de Venecia con una instalación de bolas plateadas sobre la hierba, Narcissus Garden, que deslumbró al mundo. Estaba en el cenit de su carrera. Pero estos años de actividad febril también se vieron marcados por otras constantes vitales que la llevarían hacia la marginación posterior: crisis de ansiedad y agotamiento, una precariedad económica absoluta que se convirtió en obsesión, relaciones románticas pero sin sexo con multitud de hombres, generalmente mecenas o artistas como Joseph Cornell, y sobre todo claras señas de un incremento de su trastorno obsesivo-compulsivo, que como toda su obra parte de un terrible trauma infantil: de niña, su madre la obligaba a espiar las infidelidades de su progenitor con las geishas del lugar, para relatárselas con detalle después. La ansiedad y alucinaciones que le provocó esto son el origen de sus lunares.
Sus obras más recientes, como Once the Abominable War is Over, Happiness Fills our Hearts (Cuando la abominable guerra termina, la felicidad invade nuestros corazones, 2010) no renuncian a la reivindicación.
Cortesía del Instituto Tomie Ohtake, Sâo Paulo
A la muerte de Cornell, fiel amigo, apoyo y sustento, en 1972, Kusama abandonó definitivamente Nueva York. Ella acusa a su psiquiatra, freudiano, de agravar su estado mental. En Tokio, con una terapia basada en potenciar su creatividad («Si no fuera por el arte, me habría matado hace mucho tiempo», ha reconocido en multitud de ocasiones), siguió trabajando en obras más introspectivas: retomó la pintura y comenzó a publicar poemas y novelas, como Manhattan Suicide Addict (1977). Hoy, a sus 85 años, Yayoi Kusama aún sigue viviendo en el sanatorio mental Siwa, en el barrio de Shinyoku, donde ingresó por voluntad propia en 1974.
Su nombre cayó en un olvido en Occidente sin su acuciante presencia para defenderlo. No en Japón: cuando en 1993 fue invitada de nuevo a la Bienal de Venecia como representante de su país, el mundo la redescubrió. Comenzaron a gestarse nuevas y gigantescas exposiciones. Con ellas, llegaron premios internacionales como la Orden de las Artes y las Letras francesa o la del Sol Naciente en Japón. Y entonces apareció Marc Jacobs, conmovido por el carácter obsesivo y la inocencia de su arte, quien la visitó en su estudio en 2006. El diseñador, director artístico de Louis Vuitton en aquel momento, tenía una propuesta que hacerle. «Jacobs es un hombre muy astuto, no un creador en el sentido antiguo del término, sino un gran estilista: un hombre esponja que se inspira y aprovecha todo lo que le rodea», matiza Alexandrowitch. «Si a esto unimos que la marca de lujo por excelencia tenía en los nuevos ricos orientales –rusos y asiáticos– un mercado cada vez más suculento e importante, pocas dudas caben de los motivos para que le ofreciera una colaboración a la artista, como antes ya había hecho con Takashi Murakami».
Su colección de vestuario, zapatos, accesorios, relojes y joyas para Louis Vuitton fue un éxito –sobre todo en Oriente– e incorporó a la artista a la iconosfera mundial, volviéndola reconocible no solo a la élite del arte, sino también a la gran masa universal de interesados por la moda. Kusama se convirtió en el icono inclasificable que es hoy. «El reconocimiento de los últimos años no es una moda pasajera», afirma Pérez Rubio. «Se la olvidó porque el sistema del arte entonces era claramente patriarcal, anglosajón o eurocentrista. Ella era mujer y oriental, de la periferia. Y tenía problemas mentales. Pero la foto oficial no está completa sin ella. Se la ha recuperado para que se quede: para que forme parte definitiva de la historia del arte».
Se hizo célebre en los años sesenta, cuando solía protagonizar performances cubiertas de lunares que acompañaba con una larga melena morena con flequillo.
Muere a los 97 años la artista japonesa Yayoi Kusama
CNN —
La artista japonesa Yayoi Kusama, famosa por cubrir sus coloridas instalaciones con lunares, ha muerto a los 97 años, según una publicación realizada el jueves en el sitio web oficial de la artista.
“Es con profundo pesar que el fallecimiento de Yayoi Kusama en un hospital de Tokio el 14 de agosto de 2026, a los 97 años”, decía el comunicado, publicado el jueves.
El comunicado decía que la artista dedicó su vida a ser una pionera del arte de vanguardia, cuya práctica abarcó desde las artes visuales y la performance hasta la ficción y la poesía.
“Continuó pintando hasta sus últimos días, sin dejar nunca de lado su pincel, y continuó explorando el amor eterno y el alma inmortal”, decía.
Yayoi Kusama: “Una carta de Georgia O’Keeffe me dio el coraje para irme de casa”
Este artículo tiene más de 8 años.
La artista habla de una infancia miserable, su mudanza de Japón a Estados Unidos y las calabazas
Rosanna Greenstreet
Sábado 21 de mayo de 2016
BNacida en Japón, Yayoi Kusama, de 87 años, estudió pintura en Kioto antes de mudarse a Nueva York en 1957. Ha organizado orgías de lunares y protestas de desnudos contra los impuestos; su obra abarca la pintura, el dibujo, la escultura y la performance, así como la literatura, la moda y el diseño de productos. Sus últimas pinturas, esculturas de calabazas y salas de espejos se exhiben en la galería Victoria Miro de Londres a partir del 25 de mayo. Desde 1977, ha vivido voluntariamente en un hospital psiquiátrico en Japón.
Una mujer semidesnuda encabeza a una multitud de personas, cubiertas únicamente por círculos perfectos de acrílico fosforescente en la piel. Son los años 60 en Estados Unidos: la década de la revolución, de la persecución de ideales magníficos que traen un sentido de cambio a las calles de Nueva York. La multitud la ha seguido hasta Central Park, y en ese momento se congela esta escena inaudita. Parece uno de los happenings con más éxito del año: la mujer, una japonesa joven, sonriente, de cabello oscuro y largo, se para en uno de los puntos más importantes de la ciudad, en medio de la masa interminable de personas, y se aclara la garganta. Desdobla un papel que trae entre las manos, y en el momento en el que parece que va a decir algo, se paraliza.
Un palestino llora mientras equipos de defensa civil y residentes buscan a personas atrapadas bajo los escombros de un edificio derruido tras los ataques aéreos israelíes que afectaron al campo de refugiados de Al-Shati, en la ciudad de Gaza, el 24 de octubre de 2023. A principios de octubre, Israel declaró la guerra a Hamás tras los ataques por sorpresa perpetrados por militantes de Hamás el 7 de octubre, que dejaron 1.200 muertos en Israel y más de 200 personas tomadas como rehenes. En las semanas transcurridas desde entonces, más de 15.000 palestinos han muerto en las hostilidades posteriores, según el Ministerio de Sanidad de Gaza, y más de un millón han sido desplazados.
A medida que se acerca el final del año, repasamos algunos de los principales acontecimientos y momentos de 2023. Militantes de Hamás lanzaron un ataque sorpresa en el sur de Israel, seguido de miles de ataques aéreos israelíes en Gaza; un presunto globo de vigilancia chino fue derribado sobre Estados Unidos; fenómenos meteorológicos extremos afectaron a personas de todo el mundo; un terremoto devastador sacudió partes de Turquía y Siria; y mucho más. Aquí presentamos las 25 mejores fotos de noticias de 2023.
Un hombre habla por teléfono mientras mira a través de la bruma el puente George Washington desde Fort Lee, Nueva Jersey, el 7 de junio de 2023. Los intensos incendios forestales de Canadá cubrieron el noreste de EE.UU. de una niebla tóxica distópica, tornando el aire acre y el cielo gris amarillento, y provocando advertencias para que las poblaciones vulnerables permanecieran en sus casas.
Yayoi Kusama, la artista que se enfrentó a su horror al sexo con topos, colores y calabazas
La artista japonesa es a sus 94 años un referente con sus 'Infinity rooms', cuadros y esculturas. Releemos su autobiografía cuando su gran antológica llega a Bilbao
Isabel Gómez Melenchón 17 de junio de 2023
La niña Yayoi Kusama presenció un acto sexual cuando aún era muy pequeña; la escena la dejó completamente turbada y volvería una y otra vez a su mente, pero no habló con nadie. No era sólo que su entorno considerara el sexo como algo sucio, vergonzoso, algo que había que ocultar. Estaba también la cuestión de sus padres, de su padre, quien después de contraer matrimonio siguió manteniendo relaciones fuera de este, frecuentaba casas de geishas y desaparecía con una, o varias, prostitutas durante semanas.
La vida de Yayoi Kusama ha transcurrido en el interior de una especie de burbuja que le ha impedido vivir abiertamente lo que llamamos realidad. La artista viva más importante de Japón tiene hoy 82 años y desde hace 34 reside, por voluntad propia, en un hospital psiquiátrico. Dice que el único arte que le interesa y que conoce es el que ella realiza, y que sus obras proceden de las alucinaciones que sufre desde la infancia. Sin embargo, hubo un momento en el que fue la chica de moda en la escena neoyorquina del pop art en los años sesenta. No solo por sus obsesivos cuadros de puntos, sino por sus performances callejeras y sus fotografías, películas experimentales y happenings en los que aparecía desnuda. Nunca ha temido exhibirse. Solo Andy Warhol la superaba en notoriedad, y otros artistas como Frank Stella, Yves Klein o Donald Judd alabaron sus obras. Joseph Cornell cultivó una estrecha relación con la joven, bella y enigmática japonesa. Hoy ya no recuerda nada de eso, o no quiere hacerlo. Yayoi Kusama tendrá a partir del próximo 10 de mayo una gran exposición en el Museo Reina Sofía de Madrid. Una muestra que irá después al Centro Pompidou (París), la Tate Modern (Londres) y el Whitney (Nueva York). La artista, que no viajará a Madrid, accedió a contestar algunas preguntas por correo electrónico.
Podemos hacer lecturas popizantes de Yayoi Kusama, la artista japonesa que expresa su universo a través de lunares multicolores que invaden formas ―esculturas, instalaciones, pinturas o performances― y crean un mundo artificial y pop. Podemos hacer lecturas feministas porque se resistió al futuro que la esperaba como mujer en un Japón alejado de la modernidad en sus primeros años como estudiante de arte. Podemos hablar de esa vida suya fascinante entre Nueva York y el Japón rural y hacer incluso las interpretaciones que suelen hacerse de las mujeres rebeldes que han nacido en el seno de una familia posesiva y tienen una relación compleja con la madre, al estilo de otra creadora, Louise Bourgeois, otra vez de vuelta al psicoanálisis.
La prolífica y original artista inaugura, a los 88 años, su museo en Tokio
Andrea Aguilar
12 de octubre de 2017
Desde la fábrica donde fue movilizada durante la Segunda Guerra Mundial a los 13 años, para coser paracaídas, hasta el flamante museo de Tokio dedicado a su obra, e inaugurado hace apenas una semana, la artista Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929) ha habitado y, sobre todo, creado una larga lista de particulares espacios.
Al fin y al cabo, las instalaciones envolventes —que ella bautizó como “infinity rooms” o cuartos infinitos— son una de las obsesiones y/o especialidades de la octogenaria japonesa, como también lo son los lunares que inundan su universo desde hace más de medio siglo y las calabazas, otro motivo recurrente en su prolífica obra. Esta artista lleva seis décadas pintando y acumula decenas de miles de obras. También ha tenido tiempo de escribir 18 libros.
Diligente y aplicada, en línea con el alto nivel de entrega al trabajo que se presupone a sus compatriotas, Kusama no para. Lo suyo, por otro lado, parece tener una vertiente patológica puesto que lleva 40 años viviendo voluntariamente en una clínica psiquiátrica, próxima a su estudio. Ahora, en el mismo vecindario, ya tiene su propio museo: un edificio de cinco plantas diseñado por el estudio Kume Sekkei, con lunares hasta en el ascensor y en los espejos de los aseos, que admite tan solo un total de 200 visitantes diarios, es decir, a 50 personas cuatro veces al día, cada una de las cuales puede disfrutar del paseo hasta un máximo de 90 minutos. Las entradas ya están agotadas para los próximos meses.
La experiencia que Kusama propone necesita de cierta soledad, y estas restricciones en el número de visitantes ya fueron impuestas en algunos de los centros de arte donde fue expuesto el trabajo de esta artista que arrastra a las masas. La Tate de Londres, el museo Louisiana de Copenague, el Broad de Los Ángeles, el Whitney de Nueva York, el Hirshhorn de Washington o el Reina Sofía de Madrid han sido algunos de los museos donde han recalado en los últimos años las coloristas, psicodélicas y alucinógenas creaciones con las que Kusama arrasa.
Desde que regresó a su país en los años 60 vive en una clínica psiquiátrica muy próxima a su estudio
En 2014 una de sus piezas fue subastada por siete millones de dólares en Christie’s. Ese mismo año fue señalada como la artista favorita del mundo en una encuesta realizada entre visitantes a museos, por delante incluso de la máxima performer celebrity Marina Abramovic. El público, no hay duda, ama a Kusama. La innegable fotogenia de sus hipnóticas creaciones la convierten en la etiqueta perfecta para el arte contemporáneo en esta era de la red social Instagram. Según el Art Newspaper ella es la poster girl, o chica de anuncio de la globalización del arte. Y lo cierto es que sus creaciones han incluido colaboraciones con el diseñador de moda Marc Jacobs.
La original y llamativa creadora, cuyas pelucas de colores chillones vienen a ser lo que los bigotes fueron para Dalí, lleva décadas creando espacios en los que la presión visual, magnificada por espejos, es tal que permite fantasear con la fusión total, con la desaparición. Perderse, sentir que quedas borrado en un mundo multicolor y caleidoscópico es el gran tema en la idiosincrasia de la menuda japonesa que conquistó Nueva York mucho antes que Yoko Ono. De hecho, la viuda de Lennon y el novelista Murakami se cuentan entre su amplia legión de confesos admiradores.
En sus libros (novelas, poesía y autobiografía) Kusama ha contado que su madre le incitaba a hacer de vigilante con su adúltero padre, y que ver aquellas escenas generó una extraña relación que rozaba el rechazo hacia el sexo. Empezó a pintar, ha dicho, para desaparecer, para volverse invisible y también para plasmar las visiones alucinatorias que ha tenido desde niña. “Todavía veo alucinaciones”, declaraba la semana pasada a la prensa durante la presentación de su museo. “Los lunares vienen volando y caen en mi vestido, en el suelo, por la casa, por el techo. Y yo los pinto”. Ha contado que las sesiones de psicoanálisis freudiano a las que se sometió en Nueva York han sido lo único que paralizó su nervio creativo. Las ideas salían de su boca, y no acababan en el lienzo sino en el aire
A Estados Unidos llegó en 1957 tras mantener una larga correspondencia con la pintora Georgia O’Keefe, su mentora y principal influencia. En su primera instalación inmersiva en una galería neoyorquina, en los sesenta, llenó el suelo de un cuarto forrado de espejos con falos hechos de trapo y pintados con lunares rojos. Aquel mar de falos de trapo con pintas atrapaba al visitante en un espacio con un punto naïf e infinito, y arrancó una etapa en la que pegaba falos a sofás, mesas, barcas de remos, ropa de segunda mano.
En 2014 fue elegida como la artista favorita del mundo en una encuesta entre visitantes a centros de arte
Conquistó la escena neoyorquina, organizó happenings en los que pintaba (cómo no) lunares en gente desnuda en señal de protesta contra la guerra de Vietnam, frecuentó la factory de Andy Warhol. Y fue vecina y amiga de Donald Judd y Eva Hesser en aquel Soho bohemio, plagado de artistas. Su círculo también incluía a Frank Stella y a Joseph Cornell, con quien tuvo una relación y cuya muerte en los setenta la llevó de vuelta a Japón.
Poco después de su regreso ingresó voluntariamente en 1977 en la clínica psiquiátrica de donde ya no ha querido salir, salvo para acudir cada día a su estudio. “Desde los cinco o 10 años he estado pintando desde la mañana hasta la noche. Incluso hoy, no hay un solo día en que no pinte. Aún dibujo lunares en todas partes”, declaraba en la apertura de su museo. Las exposiciones en el nuevo centro cambiarán cada seis meses, la primera se titula La creación es una búsqueda solitaria, el amor es lo que te acerca al arte. Puede que no sea un mal sitio para perderse. Kusama insiste en su mensaje hippie: “Todo esto es a favor de un mundo de paz y amor”.
La exposición Obsesión Infinita está por estrenarse en el DF, en el Museo Tamayo. Se trata de una retrospectiva de las obras de Yayoi Kusama, una de las artistas visuales más importantes de Japón.
A simple vista su trabajo se antoja sencillo por repetitivo, pero hay mucho más de lo que parece. Ya hablaremos más sobre la forma en que su trabajo afecta los sentidos cuando se abra al público, pero por ahora resultaría importante saber quién diablos es Yayoi Kusama.
"Presencié un acto sexual que me dejó una profunda cicatriz emocional", escribió en su autobiografía la artista japonesa, que actualmente exhibe una muestra en la Tat
Yayoi Kusama, la "alta sacerdotisa de los lunares" que protestaba con orgías y ofició la primera boda gay de los Estados Unidos
Cuando era niña, la madre de Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929) la hacía espiar los encuentros amorosos de su promiscuo padre. Ella era la menor de cuatro hermanos en una familia adinerada dedicada al comercio de semillas y ha reconocido en diversas ocasiones que la relación con su progenitora fue sumamente difícil y que de niña vio escenas que la marcaron para siempre. "Presencié un acto sexual que me dejó una profunda cicatriz emocional. El miedo que entró por mis ojos se expandió dentro de mí", escribió la artista japonesa en su autobiografía, Infinity Net .
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Desde 1977 Kusama reside en un psiquiátrico en Tokio, donde trabaja en sus obrasFuente: Archivo - Crédito: AP
Los desencuentros con su madre la llevaron a romper con todo, quemar 2000 de sus cuadros y dejar Japón por Estados Unidos en 1958. Lo hizo siguiendo los consejos de su admirada Georgia O'Keeffe, con quien mantuvo una relación epistolar para pedirle ayuda para abrirse camino como mujer artista. A Kusama le costó encontrar su hueco en la escena neoyorquina, pero finalmente lo logró y recibió críticas favorables de Donald Judd, quien afirmó que era "una artista muy original". Entonces -mucho antes de retirarse del mundo para vivir en un psiquiátrico en Tokio, donde reside desde 1977- ya pintaba lunares de forma compulsiva y la repetición era una constante en su obra.