Olvidada por el stablishment del arte durante más de dos décadas, la azarosa vida de Yayoi Kusama podría servir de modelo a una de esas películas basadas en hechos reales. No en vano su autobiografía, La red infinita (2011), aún no traducida al español, es un superventas en Japón. Pintora, escultora, instaladora, cineasta, performer, poeta, novelista y diseñadora de moda, la autodenominada «princesa de los lunares» es la artista viva más valorada del planeta. Si a finales de los 90 la galerista Paula Cooper conseguía, en una tienda de despojos neoyorquina, una de sus esculturas-silla cubiertas de furúnculos fálicos por unos 250 dólares, una década después sus lienzos se subastaban en Christie’s por algo más de cinco millones. Otra anécdota más para la historia de esos outsiders que pasan de la marginalidad al reconocimiento mundial.
Con su obsesión por los lunares, las calabazas y las flores, esta artista japonesa se ha convertido en una de las más conocidas del mundo. Repasamos sus mejores obras.
Nacida en la ciudad de Matsumoto, cerca de Nagano (Japón) en 1929,Yayoi Kusamaes la artista japonesa más cotizada del mundo. Conocida como la princesa de los lunares, Kusama ha llevado a cabo obras de arte de todo tipo desde que comenzó a crear en su más tierna juventud y adolescencia. Así, a lo largo de su dilatada carrera, ha sido artífice de pinturas, esculturas,performancese instalaciones gigantes en las que ha plasmado algunas de sus obsesiones de manera reiterada. Una mujer que ha hecho historia y a la que, al igual que otrasartistas mujeres que han marcado un antes y un después en el mundo del arte, debes conocer. Así,su sello de identidad es inconfundible: la gran mayoría de las obras de arte de Yayoi Kusama más famosas están marcadas por un elemento (o varios, mejor dicho): los lunares, de forma repetitiva e incansable.
Se hizo célebre en los años sesenta, cuando solía protagonizar performances cubiertas de lunares que acompañaba con una larga melena morena con flequillo.
Muere a los 97 años la artista japonesa Yayoi Kusama
La artista japonesa Yayoi Kusama, famosa por cubrir sus coloridas instalaciones con lunares, ha muerto a los 97 años, según una publicación realizada el jueves en el sitio web oficial de la artista.
BNacida en Japón, Yayoi Kusama, de 87 años, estudió pintura en Kioto antes de mudarse a Nueva York en 1957. Ha organizado orgías de lunares y protestas de desnudos contra los impuestos; su obra abarca la pintura, el dibujo, la escultura y la performance, así como la literatura, la moda y el diseño de productos. Sus últimas pinturas, esculturas de calabazas y salas de espejos se exhiben en la galería Victoria Miro de Londres a partir del 25 de mayo. Desde 1977, ha vivido voluntariamente en un hospital psiquiátrico en Japón.
Una mujer semidesnuda encabeza a una multitud de personas, cubiertas únicamente por círculos perfectos de acrílico fosforescente en la piel. Son los años 60 en Estados Unidos: la década de la revolución, de la persecución de ideales magníficos que traen un sentido de cambio a las calles de Nueva York. La multitud la ha seguido hasta Central Park, y en ese momento se congela esta escena inaudita. Parece uno de los happenings con más éxito del año: la mujer, una japonesa joven, sonriente, de cabello oscuro y largo, se para en uno de los puntos más importantes de la ciudad, en medio de la masa interminable de personas, y se aclara la garganta. Desdobla un papel que trae entre las manos, y en el momento en el que parece que va a decir algo, se paraliza.
Un palestino llora mientras equipos de defensa civil y residentes buscan a personas atrapadas bajo los escombros de un edificio derruido tras los ataques aéreos israelíes que afectaron al campo de refugiados de Al-Shati, en la ciudad de Gaza, el 24 de octubre de 2023. A principios de octubre, Israel declaró la guerra a Hamás tras los ataques por sorpresa perpetrados por militantes de Hamás el 7 de octubre, que dejaron 1.200 muertos en Israel y más de 200 personas tomadas como rehenes. En las semanas transcurridas desde entonces, más de 15.000 palestinos han muerto en las hostilidades posteriores, según el Ministerio de Sanidad de Gaza, y más de un millón han sido desplazados.
A medida que se acerca el final del año, repasamos algunos de los principales acontecimientos y momentos de 2023. Militantes de Hamás lanzaron un ataque sorpresa en el sur de Israel, seguido de miles de ataques aéreos israelíes en Gaza; un presunto globo de vigilancia chino fue derribado sobre Estados Unidos; fenómenos meteorológicos extremos afectaron a personas de todo el mundo; un terremoto devastador sacudió partes de Turquía y Siria; y mucho más. Aquí presentamos las 25 mejores fotos de noticias de 2023.
Un hombre habla por teléfono mientras mira a través de la bruma el puente George Washington desde Fort Lee, Nueva Jersey, el 7 de junio de 2023. Los intensos incendios forestales de Canadá cubrieron el noreste de EE.UU. de una niebla tóxica distópica, tornando el aire acre y el cielo gris amarillento, y provocando advertencias para que las poblaciones vulnerables permanecieran en sus casas.
Yayoi Kusama, la artista que se enfrentó a su horror al sexo con topos, colores y calabazas
La artista japonesa es a sus 94 años un referente con sus 'Infinity rooms', cuadros y esculturas. Releemos su autobiografía cuando su gran antológica llega a Bilbao
La niña Yayoi Kusama presenció un acto sexual cuando aún era muy pequeña; la escena la dejó completamente turbada y volvería una y otra vez a su mente, pero no habló con nadie. No era sólo que su entorno considerara el sexo como algo sucio, vergonzoso, algo que había que ocultar. Estaba también la cuestión de sus padres, de su padre, quien después de contraer matrimonio siguió manteniendo relaciones fuera de este, frecuentaba casas de geishas y desaparecía con una, o varias, prostitutas durante semanas.
La vida de Yayoi Kusama ha transcurrido en el interior de una especie de burbuja que le ha impedido vivir abiertamente lo que llamamos realidad. La artista viva más importante de Japón tiene hoy 82 años y desde hace 34 reside, por voluntad propia, en un hospital psiquiátrico. Dice que el único arte que le interesa y que conoce es el que ella realiza, y que sus obras proceden de las alucinaciones que sufre desde la infancia. Sin embargo, hubo un momento en el que fue la chica de moda en la escena neoyorquina del pop art en los años sesenta. No solo por sus obsesivos cuadros de puntos, sino por sus performances callejeras y sus fotografías, películas experimentales y happenings en los que aparecía desnuda. Nunca ha temido exhibirse. Solo Andy Warhol la superaba en notoriedad, y otros artistas como Frank Stella, Yves Klein o Donald Judd alabaron sus obras. Joseph Cornell cultivó una estrecha relación con la joven, bella y enigmática japonesa. Hoy ya no recuerda nada de eso, o no quiere hacerlo. Yayoi Kusama tendrá a partir del próximo 10 de mayo una gran exposición en el Museo Reina Sofía de Madrid. Una muestra que irá después al Centro Pompidou (París), la Tate Modern (Londres) y el Whitney (Nueva York). La artista, que no viajará a Madrid, accedió a contestar algunas preguntas por correo electrónico.
Podemos hacer lecturas popizantes de Yayoi Kusama, la artista japonesa que expresa su universo a través de lunares multicolores que invaden formas ―esculturas, instalaciones, pinturas o performances― y crean un mundo artificial y pop. Podemos hacer lecturas feministas porque se resistió al futuro que la esperaba como mujer en un Japón alejado de la modernidad en sus primeros años como estudiante de arte. Podemos hablar de esa vida suya fascinante entre Nueva York y el Japón rural y hacer incluso las interpretaciones que suelen hacerse de las mujeres rebeldes que han nacido en el seno de una familia posesiva y tienen una relación compleja con la madre, al estilo de otra creadora, Louise Bourgeois, otra vez de vuelta al psicoanálisis.
La prolífica y original artista inaugura, a los 88 años, su museo en Tokio
Andrea Aguilar
12 de octubre de 2017
Desde la fábrica donde fue movilizada durante la Segunda Guerra Mundial a los 13 años, para coser paracaídas, hasta el flamante museo de Tokio dedicado a su obra, e inaugurado hace apenas una semana, la artista Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929) ha habitado y, sobre todo, creado una larga lista de particulares espacios.
Al fin y al cabo, las instalaciones envolventes —que ella bautizó como “infinity rooms” o cuartos infinitos— son una de las obsesiones y/o especialidades de la octogenaria japonesa, como también lo son los lunares que inundan su universo desde hace más de medio siglo y las calabazas, otro motivo recurrente en su prolífica obra. Esta artista lleva seis décadas pintando y acumula decenas de miles de obras. También ha tenido tiempo de escribir 18 libros.
Diligente y aplicada, en línea con el alto nivel de entrega al trabajo que se presupone a sus compatriotas, Kusama no para. Lo suyo, por otro lado, parece tener una vertiente patológica puesto que lleva 40 años viviendo voluntariamente en una clínica psiquiátrica, próxima a su estudio. Ahora, en el mismo vecindario, ya tiene su propio museo: un edificio de cinco plantas diseñado por el estudio Kume Sekkei, con lunares hasta en el ascensor y en los espejos de los aseos, que admite tan solo un total de 200 visitantes diarios, es decir, a 50 personas cuatro veces al día, cada una de las cuales puede disfrutar del paseo hasta un máximo de 90 minutos. Las entradas ya están agotadas para los próximos meses.
La experiencia que Kusama propone necesita de cierta soledad, y estas restricciones en el número de visitantes ya fueron impuestas en algunos de los centros de arte donde fue expuesto el trabajo de esta artista que arrastra a las masas. La Tate de Londres, el museo Louisiana de Copenague, el Broad de Los Ángeles, el Whitney de Nueva York, el Hirshhorn de Washington o el Reina Sofía de Madrid han sido algunos de los museos donde han recalado en los últimos años las coloristas, psicodélicas y alucinógenas creaciones con las que Kusama arrasa.
Desde que regresó a su país en los años 60 vive en una clínica psiquiátrica muy próxima a su estudio
En 2014 una de sus piezas fue subastada por siete millones de dólares en Christie’s. Ese mismo año fue señalada como la artista favorita del mundo en una encuesta realizada entre visitantes a museos, por delante incluso de la máxima performer celebrity Marina Abramovic. El público, no hay duda, ama a Kusama. La innegable fotogenia de sus hipnóticas creaciones la convierten en la etiqueta perfecta para el arte contemporáneo en esta era de la red social Instagram. Según el Art Newspaper ella es la poster girl, o chica de anuncio de la globalización del arte. Y lo cierto es que sus creaciones han incluido colaboraciones con el diseñador de moda Marc Jacobs.
La original y llamativa creadora, cuyas pelucas de colores chillones vienen a ser lo que los bigotes fueron para Dalí, lleva décadas creando espacios en los que la presión visual, magnificada por espejos, es tal que permite fantasear con la fusión total, con la desaparición. Perderse, sentir que quedas borrado en un mundo multicolor y caleidoscópico es el gran tema en la idiosincrasia de la menuda japonesa que conquistó Nueva York mucho antes que Yoko Ono. De hecho, la viuda de Lennon y el novelista Murakami se cuentan entre su amplia legión de confesos admiradores.
En sus libros (novelas, poesía y autobiografía) Kusama ha contado que su madre le incitaba a hacer de vigilante con su adúltero padre, y que ver aquellas escenas generó una extraña relación que rozaba el rechazo hacia el sexo. Empezó a pintar, ha dicho, para desaparecer, para volverse invisible y también para plasmar las visiones alucinatorias que ha tenido desde niña. “Todavía veo alucinaciones”, declaraba la semana pasada a la prensa durante la presentación de su museo. “Los lunares vienen volando y caen en mi vestido, en el suelo, por la casa, por el techo. Y yo los pinto”. Ha contado que las sesiones de psicoanálisis freudiano a las que se sometió en Nueva York han sido lo único que paralizó su nervio creativo. Las ideas salían de su boca, y no acababan en el lienzo sino en el aire
A Estados Unidos llegó en 1957 tras mantener una larga correspondencia con la pintora Georgia O’Keefe, su mentora y principal influencia. En su primera instalación inmersiva en una galería neoyorquina, en los sesenta, llenó el suelo de un cuarto forrado de espejos con falos hechos de trapo y pintados con lunares rojos. Aquel mar de falos de trapo con pintas atrapaba al visitante en un espacio con un punto naïf e infinito, y arrancó una etapa en la que pegaba falos a sofás, mesas, barcas de remos, ropa de segunda mano.
En 2014 fue elegida como la artista favorita del mundo en una encuesta entre visitantes a centros de arte
Conquistó la escena neoyorquina, organizó happenings en los que pintaba (cómo no) lunares en gente desnuda en señal de protesta contra la guerra de Vietnam, frecuentó la factory de Andy Warhol. Y fue vecina y amiga de Donald Judd y Eva Hesser en aquel Soho bohemio, plagado de artistas. Su círculo también incluía a Frank Stella y a Joseph Cornell, con quien tuvo una relación y cuya muerte en los setenta la llevó de vuelta a Japón.
Poco después de su regreso ingresó voluntariamente en 1977 en la clínica psiquiátrica de donde ya no ha querido salir, salvo para acudir cada día a su estudio. “Desde los cinco o 10 años he estado pintando desde la mañana hasta la noche. Incluso hoy, no hay un solo día en que no pinte. Aún dibujo lunares en todas partes”, declaraba en la apertura de su museo. Las exposiciones en el nuevo centro cambiarán cada seis meses, la primera se titula La creación es una búsqueda solitaria, el amor es lo que te acerca al arte. Puede que no sea un mal sitio para perderse. Kusama insiste en su mensaje hippie: “Todo esto es a favor de un mundo de paz y amor”.
La exposición Obsesión Infinita está por estrenarse en el DF, en el Museo Tamayo. Se trata de una retrospectiva de las obras de Yayoi Kusama, una de las artistas visuales más importantes de Japón.
A simple vista su trabajo se antoja sencillo por repetitivo, pero hay mucho más de lo que parece. Ya hablaremos más sobre la forma en que su trabajo afecta los sentidos cuando se abra al público, pero por ahora resultaría importante saber quién diablos es Yayoi Kusama.
"Presencié un acto sexual que me dejó una profunda cicatriz emocional", escribió en su autobiografía la artista japonesa, que actualmente exhibe una muestra en la Tat
Yayoi Kusama, la "alta sacerdotisa de los lunares" que protestaba con orgías y ofició la primera boda gay de los Estados Unidos
Cuando era niña, la madre de Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929) la hacía espiar los encuentros amorosos de su promiscuo padre. Ella era la menor de cuatro hermanos en una familia adinerada dedicada al comercio de semillas y ha reconocido en diversas ocasiones que la relación con su progenitora fue sumamente difícil y que de niña vio escenas que la marcaron para siempre. "Presencié un acto sexual que me dejó una profunda cicatriz emocional. El miedo que entró por mis ojos se expandió dentro de mí", escribió la artista japonesa en su autobiografía, Infinity Net .
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Desde 1977 Kusama reside en un psiquiátrico en Tokio, donde trabaja en sus obrasFuente: Archivo - Crédito: AP
Los desencuentros con su madre la llevaron a romper con todo, quemar 2000 de sus cuadros y dejar Japón por Estados Unidos en 1958. Lo hizo siguiendo los consejos de su admirada Georgia O'Keeffe, con quien mantuvo una relación epistolar para pedirle ayuda para abrirse camino como mujer artista. A Kusama le costó encontrar su hueco en la escena neoyorquina, pero finalmente lo logró y recibió críticas favorables de Donald Judd, quien afirmó que era "una artista muy original". Entonces -mucho antes de retirarse del mundo para vivir en un psiquiátrico en Tokio, donde reside desde 1977- ya pintaba lunares de forma compulsiva y la repetición era una constante en su obra.
«Un día estaba mirando el estampado de flores rojas de un mantel. Y, de repente, lo vi también cuando miré al techo, cubría las ventanas, todo el cuarto. Hasta a mí misma. Me asusté, sentí que comenzaba autodestruirme». No era la primera vez que Yayoi Kusama tenía alucinaciones. Sufría un trastorno obsesivo compulsivo desde pequeña y utilizaba el arte para canalizar la neurosis provocada tanto por su entorno familiar como por los horrores perpetrados por la II Guerra Mundial (tenía 16 años cuando estallaron las bombas atómicas). Esta vez, sin embargo, era diferente.
Sheila Hicks, sentada en su instalación inicial de la exposición 'Sheila Hicks: Foray into Chromatic Zones' en Londres en 2015.NICK ANSELL
La hora de las abuelas del arte
Tras décadas de olvido y menosprecio, toda una generación de mujeres de más de 70 años invaden museos, bienales, ferias y subastas
ALEX VICENTE
París, 28 de agosto de 2017
Carmen Herrera tiene 102 años,pero no logró vender su primer cuadro hasta que cumplió los 89. Seguía pintando por placer y por compulsión, pero no esperaba ni el dinero ni la fama, que le parecían cosas tirando a vulgares. Hasta que, de un día para otro, tras haber sido tozudamente ignorada por los guardianes del canon pictórico, galeristas y compradores empezaron a interesarse por su abstracción geométrica. La artista, que nació en Cuba en 1915 pero se instaló en Estados Unidos desde los cincuenta, empezó a ver llegar miles de dólares a su cuenta corriente.
Por aquel entonces, sus cuadros más caros se vendían por unos 40.000 dólares (33.000 euros). Un precio que se convirtió en risible el pasado otoño, cuando Cerulean, composición azul sobre un lienzo en forma de diamante que firmó en 1965, fue vendido por la casa de subastas Phillips por una cifra récord: casi un millón de dólares (850.000 euros). El reconocimiento no fue solo monetario. Casi al mismo tiempo, el Whitney Museum le dedicaba una retrospectiva que la situaba entre los grandes nombres de la abstracción estadounidense. Lejos de toda intención de jubilarse, este otoño Herrera protagonizará otra retrospectiva en Dusseldorf y presentará nuevas obras en su galería londinense.
UN MUSEO PARA YAYOI KUSAMA
La japonesa Yayoi Kusama, en 2016 delante de su pieza 'Flowers that Bloom Tomorrow' en Tokio.TOSHIFUMI KITAMURAAFP
En el subgrupo de las artistas más veteranas del planeta, la japonesa Yayoi Kusama puede parecer la excepción que confirma la regla. Sus obras, en las que abundan las calabazas, los lunares y los espejos, son conocidas alrededor del mundo y sus exposiciones suelen crear colas y colapsos en todo museo donde expone. Pese a todo, Kusama también ha vivido sus travesías del desierto. Precursora del pop art, vivió su primer momento de gloria en el Nueva York de los sesenta, cuando frecuentó a Andy Warhol, influyó en Claes Oldenburg y salió con Donald Judd. Después sería olvidada durante décadas, hasta su participación en la Bienal de Venecia de 1993, que la volvió a situar en el mapa. Desde entonces, se ha convertido en la artista viva con una obra más cara (White No. 28, de 1960, vendida por cerca 7 millones de euros en 2015). Además, en octubre inaugurará un museo dedicado a su obra en el barrio tokiota de Shinjunku, a la vez que protagonizará una gran retrospectiva en The Broad, en Los Ángeles. En febrero pasado, preguntaron a Kusama cuál había sido el mejor momento de su carrera. “Todavía no ha llegado”, respondió la artista a pocos días de su 87º cumpleaños.
La revancha de esta artista fue solo la punta del iceberg. Toda una generación de artistas maduras, condenadas durante décadas a los márgenes del arte por puro sexismo, lleva meses invadiendo museos, bienales y salas de subastas. En la pasada Art Basel, celebrada en junio, la italiana Carol Rama batió otro récord al vender una de sus obras por 700.000 euros. De nuevo, su auge en el mercado vino acompañado por el impulso de las instituciones del arte: el New Museum de Nueva York le dedica hasta septiembre una gran retrospectiva. Por desgracia, el reconocimiento llega tarde: Rama falleció en 2015 a los 94 años, dicen que en la miseria. Lo mismo le sucedió a Ruth Asawa, californiana de origen japonés, que murió hace cuatro años a los 87. Sus esculturas colgantes de los sesenta, desconocidas durante mucho tiempo, ahora causan sensación.
Por su parte, Sheila Hicks, estadounidense de 83 años que ha desarrollado la mayor parte de su carrera en París, fue uno de los nombres celebrados por la Bienal de Venecia de este año. Sus obras textiles de gran formato, ignoradas durante décadas, han terminado recibiendo una justa reevaluación. “Fue menospreciada por proceder de las artes decorativas, pero vive un momento de hipervisibilidad gracias al trabajo de conservadores jóvenes, que no fueron educados con la estrechez de miras que solían imponer las categorías artísticas”, explica la comisaria de la Bienal, Christine Macel, conservadora jefa del Centro Pompidou. “El final de la modernidad nos ha permitido alejarnos de los dictados innegociables y liberarnos de los prejuicios de otro tiempo. Eso nos ha permitido volver a evaluar obras que antes ni siquiera habríamos contemplado”.
Macel también incluyó a otras veteranas en su muestra para esta bienal. Por ejemplo, Anna Halprin, pionera de la danza conceptual que suma 97 años, o Zilia Sánchez, artista plástica cubana de 83, conocida por el sensual minimalismo de sus composiciones abstractas. Por si fuera poco, Macel concedió el León de Oro a Carolee Schneemann, precursora de la performance feminista, que este otoño celebrará sus 78 años con la primera retrospectiva de su carrera, que abrirá en octubre en el PS1 de Nueva York.
ampliar fotoCarmen Herrera, en su estudio en Nueva York.
En los pabellones venecianos, donde cada país manda a un artista a defender sus colores en una competición internacional, tampoco faltaron las artistas maduras. Geta Bratescu, de 91 años, representó a Rumanía. Y luego formó parte de la Documenta de Kassel, la otra cita central del arte contemporáneo en Europa, junto con otras incombustibles como la austriaca Elisabeth Wild, de 95 años, o la colombiana Beatriz González, de 79. Por su parte, Phyllida Barlow, escultora de 73 años conocida por sus instalaciones monumentales, ocupó el pabellón británico. Tanto Gratescu como Barlow están representadas por la galería Hauser & Wirth, que se ha especializado en estas artistas maduras de reconocimiento tardío. Desde 1996, también defienden la obra de la difunta Louise Bourgeois, el mejor ejemplo de este fenómeno: logró su primera retrospectiva en el MoMA (la primera que el museo dedicaba a una mujer) en 1982, cuando ya superaba los 70 años.
“Trabajar con mujeres brillantes, infrarrepresentadas y de una cierta edad se ha convertido en un elemento muy consciente de nuestra identidad, y casi en una responsabilidad”, explica el galerista Iwan Wirth en un correo electrónico. Confía en que no sea solo una moda pasajera, como ha habido tantas en los últimos años, ni tampoco una cuestión de simple corrección política. “Espero que sea un giro en la historia del arte. Empezamos a prestar atención a prácticas históricamente subestimadas, reevaluando el canon a gran escala y esforzándonos por elevar el perfil de mujeres que merecen el mismo reconocimiento, si no más, que sus compañeros de sexo masculino”, sostiene Wirth.
ampliar fotoPhyllida Barlow, en su obra 'Screestage' en 2013.ANTHONY DEVLINPA WIRE/PA IMAGES / CORDON PRESS
En su reciente ensayo La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres (Seix Barral), Siri Hustvedt dedica unos párrafos a este fenómeno y denuncia que es cuando una mujer deja de contar con “una sexualidad deseable” cuando llega ese reconocimiento, citando a ejemplos como Joan Mitchell, Alice Neel, Lee Krasner o la misma Bourgeois. “La cara vieja y arrugada se ajusta mejor al artista que es mujer. Esa cara vieja no carga con la amenaza del deseo erótico”, escribe Hustvedt.
A Camille Morineau, nueva directora del centro de arte La Monnaie en París y presidenta de la asociación AWARE, que aboga por dar un lugar justo a las mujeres en la historia del arte, ese punto de vista le resulta “excesivamente pesimista”. “Las cosas cambian lentamente, pero cambian. Todavía hay un retraso considerable en los museos y en las universidades, pero se ha producido una evolución. Entre otras cosas, a causa de la llegada de mujeres a los cargos directivos de los museos”, asegura. Morineau habla con conocimiento de causa. En 2009 reorganizó la colección permanente del Pompidou para conceder más de la mitad de su espacio total a mujeres artistas. “Trabajé en un clima de inquietud y ansiedad. Se consideró prácticamente un escándalo. Ocho años más tarde, puedo presentar una programación parcialmente centrada en las mujeres artistas sin que salten las alarmas. Se ha aceptado que se trata de una cuestión no solo importante, sino también interesante”.