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| Bioy Casares y Borges |
MEMORIA INÉDITA DE DOS ESCRITORES
BORGES & BIOY CASARES
Una amistad
Alberto Manguel
14 de octubre de 2006
La primera vez que los vi juntos fue en el vasto departamento que Bioy y Silvina Ocampo ocupaban cerca del cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires. Yo los había conocido separadamente: a Borges en la librería en la que yo trabajaba, a Bioy en un café cerca de su casa. Esa tarde, yo había ido a ver a Silvina, a quien le había pedido un texto para una antología que preparaba la editorial Galerna. Estábamos hablando en el salón (Silvina hacía preguntas íntimas que yo no sabía cómo contestar) cuando de pronto escuchamos a dos hombres riéndose a carcajadas en una de las habitaciones del fondo. "Esos dos se divierten como chicos malos", comentó Silvina. Cuando al rato aparecieron, las sonrisas no se habían borrado. La de Borges era la más contagiosa, quizá porque era la más visible. Al reírse, abría la boca, cerraba los ojos, y la cara se le arrugaba como si tratase de contener algo a punto de explotar. La sonrisa de Bioy era más discreta, quizá porque era más joven. "Siempre se portan así cuando escriben juntos", me explicó Silvina. "En cambio yo, si algo de lo que escribo me divierte, me tengo que reír sola".
Oímos a dos hombres riendo. "Estos dos se divierten como chicos malos", comentó Silvina
Es fama que Bioy y Borges se conocieron gracias a Victoria Ocampo. La madre de Bioy, amiga de Victoria, le confesó un día que le inquietaban las veleidades literarias de su hijo adolescente y quería saber si Victoria sabía de alguien, con cierta experiencia en el mundo de las letras, que pudiera guiarlo. Sin dudarlo, Victoria nombró a Borges. Adolfito, como lo llamaban entonces, tenía 17 años; Borges, 32. Su primera conversación, según recuerda el mismo Bioy, fue en el trayecto de regreso de la casa de Victoria. Con la torpeza del joven escritor ante el ya consagrado, Bioy emprendió "el elogio de la prosa desvaída de un poetastro que dirigía la página literaria de un diario porteño".