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miércoles, 14 de agosto de 2024

Robert Mapplethorpe y Patti Smith: “Si no vienes conmigo, me haré homosexual”

 


Robert Mapplethorpe y Patti Smith
Robert Mapplethorpe y Patti Smith, en un club de Kansas City en 1978.ALLAN TANNENBAUM (POLARIS/CONTACTOPHOTO)


Robert Mapplethorpe y Patti Smith: “Si no vienes conmigo, me haré homosexual” 

“Finge que eres mi novio”, le pidió ella al conocerlo para librarse de un hombre. Esa noche dejaron de fingir. Juntos vivieron una historia de amor deslumbrante cruzada por los excesos y el arte hasta que la vida de él se apagó una noche en la que ella, al otro lado del teléfono, se quedó oyendo su respiración, dormido por la morfina


Manuel Jabois

Sanxenxo, 13 de agosto de 2024

El 3 de julio de 1967, Patricia Lee Smith, de 20 años, llegó a Nueva York con un peto, un jersey negro de cuello alto y una vieja gabardina gris, y una maletita de cuadros rojos y amarillos en la que había varios cuadernos, lápices de dibujo y un ejemplar de Iluminaciones, de Rimbaud, que le estaba cambiando una vida ya de por sí agitada: embarazada a los 19 años, había dejado a su bebé en una familia de adopción. Meses después de aquello, en Nueva York, ella se dirigió a la dirección que le habían dado y allí, en una habitación, se encontró a un chico dormido sobre una cama de hierro. “Era pálido y delgado con una oscura mata de pelo rizado. Tenía el torso desnudo y collares de cuentas alrededor del cuello (…). Se levantó de un salto, se puso las sandalias y una camiseta blanca y me indicó que le siguiera (…). Nunca había visto a nadie como él”, escribió ella 43 años después. El joven la ayudó a llegar a su habitación, y se despidieron.

Días después, tras conseguir su primer trabajo en una de las librerías Brentano’s, apareció ese chico por la puerta. Camisa blanca y corbata, esta vez. “Parecía un colegial católico”. Compró un collar persa, el preferido de Patti Smith. Mientras se lo envolvía, a ella se le escapó: “No se lo regales a ninguna chica que no sea yo”. Él sonrió y dijo: “Descuida”. Pasó una semana y Patti Smith, hambrienta y sin lugar para dormir (lo hacía a escondidas en la tienda, sobre su abrigo, cuando todos se marchaban: esperaba encerrada en el baño), aceptó la invitación a cenar de un escritor que llevaba días merodeando la librería y observándola. Olvidó los consejos de su madre (con un desconocido, a ninguna parte) azuzada por el hambre. Cenaron caro y mucho, y ya en la calle él la invitó a subir a tomar una copa. Desesperada, miró a todas partes buscando una salida. Apareció de la nada el chico de la cama de hierro, el chico del collar persa. Fue hacia él: “Finge que eres mi novio”, le pidió. Pasaron la noche juntos de un lado para otro y hablando sin parar (“me sorprendió lo cómoda y abierta que me sentía con él; más adelante, me dijo que se había tomado un ácido”). Durmieron abrazados y no volvieron a separarse nunca.

Él le dijo su nombre a Patti aquella noche, Bob, pero ella decidió que no le pegaba Bob, así que lo llamó Robert. Robert Mapplethorpe, ese era su nombre real. También su nombre artístico, porque esta es una historia de amor absoluto entre dos chicos de 20 años que, con el tiempo, se convertirían en dos leyendas del siglo XX. Pero esto último da igual.

Ella —dijo en Éramos unos niños (Lumen, 2011), un libro capital en el que desmenuza su relación abrasiva e insólita— era una cría mala obsesionada con portarse bien; él, un niño bueno con muchas ganas de portarse mal. Dependían de la generosidad de los amigos de Robert para dormir bajo techo, para ahorrar dinero Patti se saltaba comidas (una compañera de trabajo la vio tan flaca que empezó a dejarle una fiambrera con sopa en el guardarropa) y aunque, escribe, nunca cuestionó la decisión de entregar a su hijo en adopción, “aprendí que dar vida y desentenderse de ello no era tan fácil”. Lloraba tanto que Robert la llamaba Empapadita. Tenía, dice, las caderas tan estrechas que el embarazo le había abierto literalmente la piel de la barriga. La primera vez que se acostaron juntos, Robert pudo ver las estrías que cruzaban su abdomen.

Lo que ocurrió entre ellos y alrededor de ellos, bajo ellos y sobre ellos, es una historia tan asombrosa y deslumbrante que esta página solo puede dar pobre testimonio de su inicio y de su final. En medio, Patti Smith sería compositora, cantante, escritora, y Robert Mapplethorpe, que pintaba cuando conoció a Patti, se hizo célebre como fotógrafo. Vivieron juntos en el Chelsea Hotel en una época, 1969, en la que por allí vivían o pasaron Andrea Feldman, Leonard Cohen, Bob Dylan, Keith Richards, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Dylan Thomas o Allen Ginsberg. También Jim Carroll, el poeta (yonqui, chapero, de todo) que escribió su vida en Diario de un rebelde, luego película protagonizada por Leonardo DiCaprio. “¿Cómo sabes que no eres gay?”, le preguntó una vez Robert. “Porque siempre pido dinero”, le respondió Carroll. Cuando Patti y Robert empezaron a tener una relación más íntima, más amistosa, menos sexual, ella empezó a salir con Sam Shepard.

Robert la enfrentó un día. Quiso llevársela con él a San Francisco. “Tengo que descubrir quién soy”, dijo. Ella se negó. Él insistió: “Si no vienes conmigo, estaré con un tío. Me volveré homosexual”. Y Patti no comprendió: “No había nada en nuestra relación que me hubiera preparado para semejante revelación. Todas las señales que él había transmitido de forma indirecta, las había interpretado como la evolución de su arte. No de su personalidad”. “Me han acusado de vestir como un puto, de tener mente de puto y cuerpo de puto”, le escribió a ella meses después, aún impactado por Cowboy de medianoche. “Introdujo el concepto de puto en su obra y, más adelante, en su vida”, dijo Patti; “Puto, puto, puto. Supongo que es lo que me va”, resumió él. (Años antes, él se había empezado a prostituir para pagar el alquiler de los dos).

Seguían juntos, siempre siguieron juntos a su manera, también haciendo el amor. “Cada uno por su lado, juntos”, resumió Patti. Robert le hizo una fotografía icónica: la portada de Horses, el primer disco de Patti Smith. “Esta es la que tiene la magia”, dijo él eligiendo una de la selección. “Cuando ahora la miro, no me veo nunca a mí. Nos veo a los dos”, dijo ella.

En febrero de 1989, muchos, muchos años después, Robert Mapplethorpe, enfermo de VIH, recibe a Patti Smith junto a su enfermera. Allí le lanza una pregunta demoledora: “Patti, ¿nos la ha jugado el arte?”. “No lo sé, Robert. No lo sé”. “Patti, me estoy muriendo. Duele muchísimo”. Y ella supo, por primera vez, que aquel chico de 20 años que había conocido pobre y harapiento, feliz con un ácido encima, y que le había acompañado toda su vida, se iba a morir.

Un mes después, ella llamó como cada noche al hospital para desearle buenas noches. Pero la morfina lo había dormido y Patti se quedó al teléfono oyendo su respiración cansada sospechando que jamás volvería a escuchar su voz. Ordenó sus cosas en el escritorio, que también habían sido de Robert, arropó a sus hijos, se acostó con su marido, al que le dijo: “Sigue vivo”, y luego rezó. Cuando se despertó, y bajó las escaleras, en medio del silencio de la casa, supo que Robert Mapplethorpe había muerto. Minutos después, el teléfono sonó. Patti Smith recuerda que estaba puesta la ópera Tosca en el televisor: “He vivido para el amor, he vivido para el arte”.


https://elpais.com/estilo-de-vida/2024-08-14/robert-mapplethorpe-y-patti-smith-si-no-vienes-conmigo-me-hare-homosexual.html


EL PAÍS 



miércoles, 5 de mayo de 2021

Cinco exposiciones censuradas

Dorothy Iannone

 

CINCO EXPOSICIONES CENSURADAS 

20 noviembre, 2017 - Miguel Á. Palomo

Hiperrealismo, obscenidad, violencia. El arte a veces es material inflamable o no es. Y la censura se ha encargado de intentar achicar lo imposible desde el inicio de los tiempos. Los siguientes ejemplos demuestran que en el mundo contemporáneo sigue la práctica de silenciar determinadas manifestaciones artísticas que no encajan en los quicios de la sociedad biempensante. Estas son algunas exposiciones censuradas del mundo.

 

1. The Perfect Moment, de Robert Mapplethorpe

Con él llegó el escándalo. Frase hecha, pero ajustada al caso de este artista contracultural que plasmó en su fotografía en blanco y negro una sensibilidad desatada que lo mismo acariciaba una flor que un pene gigante. The Perfect Moment fue una de sus exposiciones más convulsas, en la que retrató con mayor potencia un mundo de cuero, cadenas y sexo homo. Lluvia dorada y fist fucking, dos imágenes explícitas pero al mismo tiempo artísticas que en 1989 provocó que la expo que tenía que ver la luz en una galería de Washington ni siquiera abriera las puertas.

Exposición de Mapplethorpe (Robert Marin, Wikipedia)

Exposición de Mapplethorpe (Robert Marin, Wikipedia)

 

2. Las pipas de girasol, de Ai Weiwei

Todo un icono del arte contestatario y, por tanto, “censurable”. En 2014, el activista chino más célebre no pudo mostrar en su propio país su famosa obra de las pipas porcelánicas de girasol en la exposición que formaba parte de los fastos del 15º aniversario del Premio de Arte Contemporáneo Chino.

Pipas de girasol de Ai Weiwei (Dominic's pics, Foter)

Pipas de girasol de Ai Weiwei (Dominic’s pics, Foter)

 

3. Retrospectiva de Hermann Nitsch

El Museo Jumex de México canceló en 2015 la retrospectiva de este artista multifacético perteneciente al movimiento de accionismo vienés. La violencia de sus trabajos, que incluyen falsas crucifixiones, sexualidad explícita y, sobre todo, mucha sangre, ocasionó una presión social a la que acabaron cediendo los responsables del museo.

Hermann Nitsch (Richard C. Anderson, Foter)

Hermann Nitsch (Richard C. Anderson, Foter)

 

4. La unidad extática, de Dorothy Iannone

De nuevo el sexo como detonante de la censura. Las imágenes creadas mediante técnica de ilustración y el cómic de esta curiosísima artista estadounidense, por muy coloristas que sean, fueron consideradas pornográficas por los comisarios de la galería suiza Kunsthalle Bern. Corría el año 1969 y La unidad estática tuvo que encontrar otras salas en la que exhibirse.

Dorothy Iannone (Sosyete Koko, Foter)

Dorothy Iannone (Sosyete Koko, Foter)

 

5. Sensation, de Young British Artists

Una muestra, propiedad del publicista Charles Saatchi, que recorrió Europa a mediados de los años noventa. Llegó al Museo Brooklyn de Nueva York pero fue censurada por el contenido ofensivo de unas obras creadas por este colectivo de artistas británicos. En su momento jóvenes, claro. El principal objeto de la discordia: la Santísima Virgen, de Chris Ofili, una madonna negra decorada con estiércol de elefante. Las críticas fueron feroces, en especial del entonces alcalde de la ciudad Rudolph Giuliani. Pero a pesar del intento de censura, la exposición no llegó a clausurarse.

Sensation (Brooklyn Museum, Wikipedia)

Sensation (Brooklyn Museum, Wikipedia)


EL VIAJERO FISGÓN


martes, 4 de mayo de 2021

Desentrañando el misterio de Peter Hujar

 

Foto de Peter Hujar


Desentrañando el misterio de Peter Hujar, el genio esquivo que no quiso ser Robert Mapplethorpe


23 de enero de 2019

Era carismático y complicado y, al parecer, profundamente inseguro, con una historia familiar difícil de la que no le gustaba hablar.

Así define a Peter Hujar uno de sus mejores y más íntimos amigos, el crítico de fotografía Vince Aletti.

El de Peter Hujar es uno de esos casos curiosos que a veces se dan en el mundo del arte. Un hombre con una personalidad arrolladora, atractivo físico, un alma torturada y un talento personal y único para la fotografía parecía tenerlo todo para convertirse en una celebridad, en un artista de culto. Entre sus amigos íntimos estaban además personalidades de la talla de Susan Sontag y Andy Warhol, que lo incluyó en algunas de sus series como ‘The thirteen most beautiful boys’ (Los 13 chicos más bellos). Sin embargo, Hujar siempre estuvo a la sombra de contemporáneos suyos como Nan Goldin y Robert Mapplethorpe. Su obra y su nombre no despegaron definitivamente prácticamente hasta después de su prematura muerte a finales de los años 80.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Patti Smith / Éramos unos niños / Reseña de Roque Casciero



Patti Smith
ÉRAMOS UNOS NIÑOS

Ed. Lumen, año 2010. Tamaño 23,5 x 15,5 cm. Traducción de Rosa Pérez. Estado: Usado excelente. Cantidad de páginas: 294
Por Roque Casciero
2 de agosto de 2018
Patti Smith sí que sabe de buenos comienzos. “Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”: así empezaba su poema “Oath”, que luego fusionó con el clásico de Van Morrison “Gloria” para convertirlo en el himno con el que (hablando de comienzos) arrancaba su álbum debut, Horses. También está “Piss Factory”, en el que las primeras palabras eran “Trabajaba en una fábrica de pis” (o “de enojo”, una dualidad atractiva en el inglés original). Todo esto viene a cuento porque la cantante, poeta y artista plástica publicó hace poco unas memorias de sus días junto al fotógrafo Robert Mapplethorpe, Eramos unos niños. Y allí, Smith vuelve a sacar de su frondosa imaginación uno de esos inicios demoledores, imposibles de borrar de la memoria: “Yo estaba durmiendo cuando él murió”, escribe en el prólogo. En esa breve introducción recuerda el momento en que recibió la noticia del fallecimiento de su amigo, amante y alma gemela, mientras en la televisión sonaba el aria “Vissi d’arte”, de Tosca. “He vivido para el amor, he vivido para el arte”, transcribe la cantante las palabras de la ópera. Y concluye: “Cerré los ojos y entrelacé las manos. La Providencia había dictado cómo sería mi despedida”.
El prólogo ocupa apenas una página y media de las casi trescientas de Eramos unos niños, pero marca el tono que la siempre poética Smith le imprime a todo el libro. Esta es la historia de dos seres unidos por su amor por el arte, que fueron capaces de sobreponerse a situaciones complejas (ella, un embarazo temprano; él, la homosexualidad que reprimía) y canalizar a través de poemas, pinturas, fotografías y canciones todo eso que latía dentro de ellos. Patti y Robert, cuando eran unos niños, confluyeron en Nueva York, que en los inicios de los ’70 era la meca del arte pop, con Andy Warhol como Midas que operaba desde su Factory de paredes plateadas. En esa ciudad que nunca dormía –porque parecía estar siempre creando, transpirando sexo o drogándose–, estos dos descastados se conocieron cuando ella entró a la habitación de Brooklyn en la que, se suponía, vivían unos amigos. En cambio, ahí estaba él, dormido en una cama de hierro. “Era pálido y delgado, con una oscura mata de pelo rizado. Tenía el torso desnudo y collares de cuentas alrededor del cuello. Me quedé quieta. El abrió los ojos y sonrió”. Ella se fue con la dirección donde buscar a sus amigos. Más tarde, él entró a comprar un collar persa –al que ella le había echado el ojo– a la sucursal de la librería Brentano’s en el que Smith era cajera. “No se lo regales a ninguna chica que no sea yo”, le dijo ella. “Descuida”, contestó él con una sonrisa.
El tercer encuentro fue más “aventurero”. Ella no tenía ni siquiera dónde dormir, por eso solía escabullirse en la librería sin que se dieran cuenta los encargados de bajar la persiana, y su dieta distaba mucho de ser la adecuada. Un supervisor de Brentano’s le había presentado un escritor de ciencia ficción que la invitó a comer. “Pese a tener veinte años, la advertencia de mi madre de que no fuera a ninguna parte con un desconocido resonó en mi conciencia –recuerda Smith–. Pero la perspectiva de cenar hizo que flaqueara y acepté”. Después de comer pez espada, el hombre le sugirió que subieran a tomar una copa a su departamento. “Miraba frenéticamente a mi alrededor, incapaz de responderle, cuando advertí que se acercaba un joven. Fue como si se abriera una puertecita del futuro y de ella saliera el muchacho de Brooklyn que había elegido el collar persa, como una respuesta da la plegaria de una adolescente”, relata Smith, quien le pidió al chico que se hiciera pasar por un novio celoso antes de salir corriendo con él, lo más lejos posible del escritor despechado. Esa noche en que “Bob” la invitó con un egg cream se selló una amistad indisoluble.
Patti Smith ha sido acusada de acomodar la realidad a su medida, cuando no de mitomanía. Puede ser que “embellezca” las situaciones para adecuarlas a su mirada poética, en la que la mugre está ahí porque también estaba en las películas que la hicieron llorar. Como sea, en Eramos unos niños hace gala de su habilidad para narrar, y traslada al lector hasta el centro de esa relación que arrancó sexual y terminó en una profunda amistad, pero que siempre fue de un amor compartido por las artes, de apoyarse mutuamente, de trabajar (o de prostituirse, en el caso de Mapplethorpe) para poder pagarse los elementos con los que crear. Con sus frases certeras, Smith también hace un recorrido por la Nueva York de inicios de los ’70. Lleva de la mano por las librerías en las que trabajó, la incipiente escena rockera que desembocaría en el punk, el Max Kansas City en el que Warhol reinaba desde una mesa redonda en el VIP o el célebre hotel Chelsea –donde ella y Mapplethorpe vivieron un tiempo– repleto de freaks y celebridades. Y también instala al lector en los estudios Electric Lady, adonde conoció a Jimi Hendrix durante la fiesta de inauguración –él se había escapado del bullicio, ella no se animaba a inmiscuirse–, justo antes de la muerte del guitarrista, y donde unos años después grabaría Horses con John Cale como productor.
Eramos unos niños es, además, la crónica del despertar de Mapplethorpe como gay y como fotógrafo. “Yo sólo lo miré, sin comprender. No había nada en nuestra relación que me hubiera preparado para semejante revelación”, confiesa Smith, quien siguió siendo amante de su amigo Bob durante un tiempo, mientras él dejaba salir su sexualidad reprimida. Y era ella quien le insistía para que le prestara atención a la fotografía, cuyo proceso le resultaba demasiado molesto al ansioso Mapplethorpe. El libro refleja, también, el ascenso de ambos como artistas, cuando ella comenzó a cantar en recitales de poesía y luego formó su banda de rock. Y durante, sus encuentros como Janis Joplin, Sam Shepard, Jim Carroll, Allen Ginsberg…
A Mapplethorpe le costó más “llegar”, porque recién cuando le regalaron una Polaroid que también tenía negativo pasó a centrarse en la fotografía. “Yo no había anticipado la absoluta entrega de Robert a los poderes de la fotografía –narra Smith–. Lo había animado a hacer fotografías para que las integrara en sus collages e instalaciones, con la esperanza de que tomara el relevo a Duchamp. Pero Robert había cambiado su centro de atención. La fotografía no era un medio para alcanzar un fin, sino el fin mismo”. Cuando Smith publicó su primer poemario, y más tarde su primer álbum, las fotos de tapa fueron de Mapplethorpe. La historia detrás de la imagen andrógina de Horses es bastante más sencilla que el impacto que provoca todavía hoy, pero más todavía es la revelación de la cantante acerca de esa foto famosísima: “Cuando ahora la miro, no me veo nunca a mí. Nos veo a los dos”.
Mapplethorpe, mientras tanto, había comenzado a desarrollar sus imágenes sadomasoquistas, ésas que impactan a muchos de los visitantes a la retrospectiva Eros and Order. “Robert no era un mirón -asegura la cantante en Eramos unos niños. Siempre decía que tenía que participar de una forma auténtica en las obras que surgían de su interés por el sadomasoquismo, que no había fotografías por sensacionalismo ni se atribuía la misión de contribuir a la aceptación social del sadomasoquismo. No creía que debiera aceptarse y nunca pensó que su mundo clandestino fuera para todos”. Smith admite que le costaba “compaginar” al nuevo Robert con el muchacho que había conocido. “Y, no obstante, cuando miro la obra de Robert, sus modelos no dicen ‘Lo siento, estoy enseñando el pene’. El no lo siente ni quiere que nadie lo haga. Quería que sus modelos estuvieran satisfechos con sus fotografías, se tratara de un sadomasoquista que se metía clavos en el pene o de un glamoroso famosillo. Quería que todos sus modelos estuvieran seguros de su relación con él”.
Mientras él cobraba fama por su trabajo, ella tenía su hit “Because the Night”, compuesto a medias con Bruce Springsteen. “Robert estaba claramente orgulloso de mi éxito. Lo que quería para sí, lo quería para los dos. Exhaló un hilo de humo perfecto y habló en un tono que sólo utilizaba conmigo; un tono de reproche mezclado con perplejidad, una admiración sin envidia, nuestro lenguaje de hermanos. ‘Patti –dijo, arrastrando la voz–, te has hecho famosa antes que yo’”. Después de ese momento crucial, en apenas unas líneas, la cantante narra su alejamiento del mundo del rock para vivir junto a su marido Fred Sonic Smith (guitarrista de los MC5) en Detroit.
Y después, el capítulo final de Eramos unos niños, con otro de esos comienzos que golpean: “Robert supo que tenía sida al mismo tiempo que yo descubrí que estaba encinta de mi segundo hijo”. “Era 1986, finales de setiembre, y los perales estaban cargados de fruta”, recuerda ella. En ese momento, junto a su esposo trabajaban en el disco Dream of Life, y él sugirió que llamara a Mapplethorpe para que hiciera la foto de portada. Cuando recibió la noticia de que su amigo estaba internado, Patti quedó “aturdida”. “Me puse la mano en la barriga de forma instintiva y empecé a llorar”. Sus últimos encuentros, las últimas polaroids, la certeza de que él iba a morir, la última imagen de él, tan parecida a la primera (“un joven dormido bañado de luz, que abrió los ojos y sonrió con complicidad a una persona que jamás había sido una desconocida”): hasta el lector más duro se quiebra con las palabras de Smith. Si hasta se puede imaginarla llorando mientras tipeaba en su máquina de escribir estas palabras que suenan a autorreproche: “¿Por qué no puedo escribir algo que resucite a los muertos? Ese es mi afán más hondo”.
INDICE
Prólogo
Nacidos en lunes
Unos niños
Hotel Chelsea
Cada uno por su lado, juntos
De la mano de Dios
Fotografías e ilustraciones
Por Patti Smith
Me sentía incómoda y no tenía la menor idea de cómo llevar la situación, ni de por qué quería él cenar conmigo. Me parecía que se estaba gastando mucho dinero en mí y empecé a preocuparme por lo que esperaría a cambio.
Después de la cena, fuimos a pie hasta Manhattan.
Yo estaba buscando una vía de escape cuando él sugirió que subiéramos a su piso a tomar una copa. Ahí estaba, pensé. El momento crucial sobre el que me había advertido mi madre. Miraba frenéticamente a mi alrededor, incapaz de responderle, cuando advertí que se acercaba un joven.
Vestía un pantalón de peto y un chaleco de piel de carnero. Llevaba collares de cuentas alrededor del cuello, un pastor hippy. Corrí hacia él y lo agarré por el brazo.
–Hola, ¿te acuerdas de mí?
–Por supuesto –dijo, sonriendo.
–Necesito ayuda –solté–. ¿Te haces pasar por mi novio?
–Claro –respondió, como si mi inesperada aparición no le hubiera sorprendido.
Lo llevé a rastras hasta el escritor de ciencia ficción.
–Este es mi novio –dije, jadeando–. Me ha estado buscando. Está enfadadísimo. Quiere que vuelva a casa ahora mismo.
El hombre nos miró con curiosidad.
–Corre –grité, y el muchacho me cogió de la mano y corrimos hasta el otro extremo del parque.
Sin aliento, nos desplomamos en las escaleras de una casa.
–Gracias, me has salvado la vida –dije. El acogió aquella noticia con una expresión perpleja–. No te he dicho mi nombre, me llamo Patti.
–Y yo, Bob.
–Bob –repetí, mirándolo de verdad por primera vez–. No sé, pero Bob no te pega. ¿Puedo llamarte Robert?
El sol se había puesto en la Avenida B. El me cogió de la mano y paseamos por el East Village. Me invitó a un EggcreamenGem Spa, en la esquina de Saint Mark’s Place y la Segunda Avenida. Casi no habló.
Sólo sonrió y escuchó. Yo le conté historias de mi infancia, las primeras de muchas que vendrían después. Me sorprendió lo cómoda y abierta que me sentía con él. Más adelante, Robert me dijo que se había tomado un ácido.
Yo sólo había leído sobre el LSD en un librito de Anaïs Nin titulado Collages. No era consciente de la cultura psicodélica que estaba floreciendo en aquel verano de 1967. Tenía un concepto romántico de las drogas y las consideraba sagradas, reservadas a los poetas, a los músicos de jazz y a los rituales indios. Robert no parecía alterado, ni extraño, como yo hubiera imaginado. Irradiaba un encanto dulce y pícaro, tímido y protector. Paseamos hasta las dos de la madrugada y, finalmente, casi a la vez, nos confesamos que ninguno de los dos tenía adónde ir. Nos reímos, pero era tarde y estábamos cansados.
“Creo que sé un sitio donde podemos pasar la noche –dijo. Su antiguo compañero de piso estaba de viaje–. Sé dónde esconde la llave; no creo que le importe.”
Cogimos el Metro y salimos de Brooklyn. Su amigo vivía en un pisito de Waverly, cerca de la Universidad de Pratt. Doblamos por una callejuela, donde Robert encontró la llave escondida debajo de un ladrillo suelto, y entramos en el piso.
Nada más hacerlo, nos entró vergüenza, no tanto por estar solos como porque nos halláramos en una casa ajena. Robert se esmeró porque me sintiera cómoda y luego, pese a lo tarde que era, me preguntó si quería ver su obra, que estaba guardada en un cuarto interior.
La esparció por el suelo para que la viera. Había dibujos y aguafuertes, y desenrolló algunas pinturas que me recordaron a Richard Poussette-Dart y a Henri Michaux. Múltiples energías vertidas sobre palabras entrecruzadas y dibujos de trazo caligráfico. Campos energéticos construidos con estratos de palabras. Pinturas y dibujos que parecían surgir del subconsciente.
Había una serie de discos que entrelazaban las palabras EGOAMOR, DIOS y las fusionaban con su propio nombre; parecían alejarse y expandirse sobre las superficies planas de sus pinturas. Mientras los miraba, no pude evitar hablarle de las noches en que, cuando era niña, veía dibujos circulares girando en el techo. Abrió un libro de arte tántrico.
–¿Como esto? –preguntó.
–Sí.
Reconocí con asombro los círculos celestiales de mi infancia. Un mandala.
El dibujo que Robert había hecho el Día de los Caídos me conmovió especialmente. Jamás había visto nada igual. Lo que también me sorprendió fue la fecha: el Día de Juana de Arco. El mismo día que yo había prometido hacer algo con mi vida delante de su estatua.
Se lo conté y él respondió que el dibujo simbolizaba su compromiso con el arte, contraído ese mismo día. Me lo regaló sin vacilar y comprendí que, en aquel breve lapso, los dos habíamos renunciado a nuestra soledad y la habíamos sustituido por confianza. Miramos libros sobre dadaísmo y surrealismo y terminamos la noche inmersos en los esclavos de Miguel Angel. Sin palabras, absorbimos los pensamientos del otro y, justo cuando rompía el alba, nos dormimos abrazados. Cuando nos despertamos, él me saludó con su sonrisa torcida y yo supe que era mi caballero.
Como si fuera la cosa más natural del mundo, permanecimos juntos; nos separábamos salvo para ir al trabajo. No hizo falta decirlo; se sobreentendía. (…)
Esa primavera, sólo unos días antes del Domingo de Ramos, Martin Luther King fue abatido a tiros en el hotel Lorraine de Memphis.
Había una fotografía en la prensa de Coretta Scott King consolando a su hija menor, con el rostro bañado en lágrimas tras su velo de viuda. Me angustié muchísimo, como había hecho en mi adolescencia cuando vi a Jacqueline Kennedy con su vaporoso velo negro junto a sus hijos, esperando a que el cadáver de su marido pasara en un armón de artillería tirado por caballos. Intenté plasmar mis sentimientos en un dibujo o un poema, pero no pude. Tenía la impresión de que cuando intentaba expresar la injusticia, no daba con los versos adecuados.
Robert me había comprado un vestido blanco para Semana Santa, pero me lo regaló el Domingo de Ramos para mitigar mi tristeza. Era un raído vestido victoriano de lino. Me encantó, me lo puse y me paseé por el piso, una frágil armadura frente a los malos augurios de 1968.
Mi vestido de Semana Santa no era apropiado para llevarlo a una cena en casa de los Mapplethorpe, tampoco lo era nada de lo que teníamos en nuestro reducido vestuario.
Yo era bastante independiente de mis padres. Los quería, pero no me preocupaba cómo les había sentado que Robert y yo viviéramos juntos. Pero él no era tan libre. Continuaba siendo su hijo católico, y era incapaz de decirles que vivíamos juntos sin estar casados. Mis padres lo habían recibido con los brazos abiertos, pero le preocupaba que los suyos no me aceptaran.
Al principio pensó que lo mejor sería hablarles de mí poco a poco en sus conversaciones telefónicas. Luego decidió decirles que nos habíamos fugado a Aruba para casarnos. Un amigo suyo estaba viajando por el Caribe y Robert escribió una carta a su madre que su amigo mandó desde Aruba.
Yo creía que aquel engaño tan rebuscado era innecesario. Pensaba que debería contarles simplemente la verdad, convencida de que terminarían aceptándonos tal como éramos. “No –decía él, frenético–. Son católicos estrictos.”
No comprendí su preocupación hasta que visitamos a sus padres. Su padre nos recibió con un silencio gélido. Yo no concebía que un hombre no abrazara a su hijo.
La familia en pleno estaba sentada a la mesa del comedor: su hermana y su hermano mayores con sus respectivos cónyuges y sus cuatro hermanos menores. La mesa estaba puesta, todo listo para una cena perfecta. Su padre apenas me miró y no dijo nada a Robert, salvo: “Deberías cortarte el pelo. Pareces una chica”.
La madre de Robert, Joan, hizo todo lo posible por crear un clima acogedor. Después de cenar, dio disimuladamente a Robert dinero que llevaba en el bolsillo del delantal y me llevó a su habitación, donde abrió su joyero. Me miró la mano y sacó un anillo de oro.
–No teníamos suficiente dinero para las alianzas –mentí.
–Deberías llevar una en el dedo anular de la mano izquierda –me dijo, poniéndomelo en la mano.
Robert era muy cariñoso con Joan en ausencia de Harry. Joan era una mujer con brío. Tenía la risa fácil, fumaba sin parar y limpiaba la casa de forma obsesiva. Advertí que Robert no sólo había adquirido su sentido del orden de la Iglesia Católica. Joan prefería a Robert y, en su fuero interno, parecía enorgullecerse del camino que había elegido.
Harry quería que se dedicara a la publicidad, pero él se había negado. Estaba decidido a demostrar que su padre se equivocaba. La familia nos abrazó y felicitó al marcharnos. Harry se hizo a un lado. “No me creo que estén casados”, dijo. (…)
A principios de junio, Valerie Solanas disparó a Andy Warhol. Aunque Robert no tendía a ser romántico con los artistas, se disgustó mucho. Adoraba a Andy Warhol y lo consideraba uno de los artistas vivos más importantes. Fue lo más próximo a la idolatría que estuvo nunca. Respetaba a artistas como Cocteau y Pasolini, que fundían vida y arte, pero, para Robert, el más interesante de todos era Andy Warhol, quien documentaba la puesta de escena humana en la Factoría, su estudio forrado de papel de plata.
Yo no sentía por Warhol lo mismo que Robert. Su obra reflejaba una cultura que yo quería evitar. Detestaba la sopa y la lata no me decía apenas nada. Prefería un artista que transformara su época, no que la reflejara.
Afectado aún por el intento de asesinato de Warhol, Robert se quedó en casa para rendirle homenaje en un dibujo. Yo fui a visitar a mi padre. Era un hombre sabio y justo, y quería conocer su opinión sobre Robert Kennedy. Estuvimos sentados juntos en el sofá, viendo los resultados de las primarias. Yo no cabía en mí de gozo cuando Robert Kennedy pronunció el discurso tras la victoria. Lo vimos bajarse del estrado y mi padre me guiñó el ojo, encantado con nuestro prometedor joven candidato y mi entusiasmo. Por unos breves momentos fui tan inocente como para creer que todo iría bien. Lo vimos desfilar entre el público exultante, estrechando manos e irradiando esperanza con la típica sonrisa Kennedy. Entonces se cayó. Vimos que su mujer se arrodillaba junto a él. El senador Kennedy estaba muerto.
“Papá, papá”, dije, sollozando, ocultando la cara en su hombro. Mi padre me rodeó con el brazo. No dijo nada. Supongo que él ya lo había visto todo. Pero a mí me pareció que, afuera, el mundo se estaba disgregando y que, cada vez más, también lo estaba haciendo el mío.
Regresé a casa y había recortables de estatuas, torsos y nalgas de los griegos, los Esclavos de Miguel Angel, imágenes de marineros, tatuajes y estrellas. Para sintonizarme con él, le leí pasajes de Milagro de la rosa, pero Robert siempre iba un paso por delante. Mientras le leía a Genet, era como si se estuviera convirtiendo en Genet.
Tiró su chaleco de piel de carnero y sus collares de cuentas y encontró un uniforme de marinero. No era aficionado al mar. Con el traje y la gorra de marinero me recordaba un dibujo de Cocteau o el mundo de Robert Querelle, de Genet. No tenía interés en la guerra, pero le atraían sus reliquias y rituales. Admiraba la estoica belleza de los pilotos kamikaze japoneses, que se preparaban la ropa –una camisa meticulosamente doblada, un pañuelo blanco de seda– para ponérsela antes de la batalla.
Me gustaba ser partícipe de sus fascinaciones. Le encontré una chaqueta y un pañuelo de aviador, aunque, en lo que a mí atañía, mi percepción de la Segunda Guerra Mundial estaba influida por la bomba atómica y El diario de Anna Frank. Yo reconocía su mundo porque él entraba con gusto en el mío. No obstante, a veces una transformación inesperada me desconcertaba e incluso me molestaba. Cuando recubrió las paredes y el trabajado techo de nuestro dormitorio con láminas de Mylar me sentí excluida, porque parecía que lo hubiera hecho por él más que por mí. Robert tenía la esperanza de que yo lo encontrara estimulante pero, a mis ojos, tenía el efecto distorsionado de un espejo de feria. Lloré por el desmantelamiento de la capilla romántica donde dormíamos. A él le decepcionó que no me gustara.
–¿En qué estabas pensando? –le pregunté.
–Yo no pienso –insistió–. Siento.
Robert se portaba bien conmigo, pero lo notaba ausente. Estaba habituada a que no hablara, pero no a que estuviera tan pensativo. Algo le inquietaba, algo que no guardaba relación con el dinero. Nunca dejó de ser cariñoso conmigo, pero parecía preocupado.
Dormía de día y trabajaba de noche. Cuando me despertaba, lo encontraba mirando los cuerpos cincelados por Miguel Angel, clavados en fila en la pared. Yo habría preferido una discusión al silencio, pero él no era así. Ya no sabía descifrar sus estados de ánimo.
Advertí que de noche no había música. Robert se encerró en sí mismo y comenzó a pasearse arriba y abajo, desconcentrado, sin completar ninguna de sus obras. El suelo estaba sembrado de montajes inconclusos de fenómenos de feria, santos y marineros. No era propio de él dejar sus obras en aquel estado. Era algo por lo que siempre me había reprendido a mí. Me sentía impotente, incapaz de penetrar la estoica oscuridad que lo envolvía.
Fue poniéndose más inquieto conforme crecía su insatisfacción con su obra. “Mi vocabulario visual ya no me funciona”, decía. Un domingo por la tarde, desfiguró la entrepierna de una Virgen con un soldador. Cuando hubo terminado, se limitó a encogerse de hombros. “Ha sido un momento de locura”, dijo.
Mirando atrás, el verano de 1968 señaló una época de despertar físico tanto para Robert como para mí. Yo no había comprendido aún que su torturada conducta guardaba relación con su sexualidad. Sabía que me quería mucho, pero pensaba que se había cansado de mí físicamente.
En ciertos aspectos, me sentía traicionada; pero, en realidad, fui yo quien lo traicionó.
Huí de nuestro pisito de Hall Street. Robert se quedó destrozado pero, aun así, fue incapaz de darme una explicación sobre el silencio que nos envolvía. (…)
Dijo que quería hablar conmigo. Salimos y nos quedamos en la esquina de la calle Cuarenta y ocho y la Quinta Avenida.
–Por favor, vuelve –dijo–. O me voy a San Francisco.
Yo no me podía imaginar por qué quería ir allí. Su explicación fue poco concreta. Liberty Street, había alguien que sabía del tema, un piso en el Castro.
Me agarró la mano.
–Ven conmigo. Allí hay libertad. Tengo que descubrir quién soy.
Lo único que yo conocía de San Francisco era el gran terremoto y Haight–Ashbury.
–Yo ya soy libre –dije.
El me miró con desesperada intensidad.
–Si no vienes, estaré con un tío. Me volveré homosexual –amenazó.
Yo sólo lo miré, sin comprender. No había nada en nuestra relación que me hubiera preparado para semejante revelación. Todas las señales que él había transmitido de forma indirecta, yo las había interpretado como la evolución de su arte. No de su personalidad.
No estuve nada compasiva, un hecho que terminé lamentando. Por sus ojos, parecía que hubiera estado trabajando toda la noche colocado de speed. Sin mediar palabra, me entregó un sobre.
Vi cómo se alejaba y se perdía entre la multitud.
Lo primero que me sorprendió fue que hubiera escrito su carta en papel de Scribner’s. Su letra, por lo general tan cuidada, estaba plagada de contradicciones: pasaba de ser pulcra y precisa a meros garabatos infantiles. Pero incluso antes de leer las palabras, lo que me conmovió profundamente fue el sencillo encabezamiento: “Patti – Lo que pienso – Robert”. Le había pedido, incluso suplicado, tantas veces antes de marcharme que me dijera qué estaba pensando, qué tenía en la cabeza.
El no había tenido palabras para mí.
Mientras miraba aquellas hojas, me di cuenta de que había ahondado en sus sentimientos por mí y había intentado expresar lo inexpresable. Imaginar la angustia que lo había impulsado a escribir aquella carta me hizo llorar.
“Abro puertas, cierro puertas”, escribía. No amaba a nadie, amaba a todos. Adoraba el sexo, odiaba el sexo. La vida es una mentira, la verdad es una mentira. Sus pensamientos concluían con una herida curativa. “Estoy desnudo cuando dibujo. Dios me tiene de la mano y cantamos juntos.” Su manifiesto como artista.
Prescindí de los aspectos confesionales y acepté aquellas palabras como una hostia consagrada. El había trazado una línea que me seduciría y terminaría uniéndonos. Doblé la carta y volví a meterla en el sobre, sin saber qué sucedería a continuación. (…)
La habitación hedía a orines y a líquido fumigador, y el papel pintado se desprendía de la pared como la piel muerta en verano. No había agua corriente en el lavabo corroído, sólo alguna que otra gota que caía durante la noche.
Pese a su enfermedad, Robert quiso hacer el amor y nuestra unión quizá lo reconfortó, porque dejó de sudar. Por la mañana, salió al pasillo para ir al baño y regresó visiblemente alterado. Había manifestado signos de gonorrea. Su sentimiento de culpa y su temor a haberme contagiado lo angustiaron todavía más.
Por suerte, se pasó la tarde durmiendo mientras yo deambulaba por los pasillos. El hotel estaba lleno de indigentes y yonquis. Los hoteles baratos no me eran ajenos. En Pigalle, mi hermana y yo nos habíamos alojado en un sexto piso sin ascensor, pero nuestra habitación estaba limpia y hasta era acogedora, con una romántica vista de los tejados de París. Aquel sitio no tenía nada de romántico, atestado de hombres medio desnudos que intentaban encontrarse una vena en extremidades infestadas de llagas. Todo el mundo tenía la puerta abierta porque hacía muchísimo calor y me veía obligada a apartar la mirada mientras iba y venía del baño para mojar paños que ponía a Robert en la frente. Me sentía como una niña en un cine que cierra los ojos para no ver la escena de la ducha de Psicosis. Era la única imagen que hacía reír a Robert.
Su almohada estaba plagada de piojos que se mezclaban con sus enredados rizos oscuros. Yo había visto muchos piojos en París y pude al menos relacionarlos con el mundo de Rimbaud. Aquella almohada, manchada y llena de bultos, era más lamentable todavía.
Fui a buscar agua para Robert y una voz me llamó desde la puerta de enfrente. Costaba saber si era de hombre o mujer. Al mirar, vi a un travestido un poco decrépito con un andrajoso vestido de gasa sentado al borde de la cama. Me sentí segura con él mientras me contaba su historia. Había sido bailarín clásico, pero ahora era un adicto a la morfina, una mezcla de Nureyev y Artaud. Seguía teniendo las piernas musculosas, pero le faltaban casi todos los dientes. Cuán magnífico debió de ser con sus cabellos dorados, hombros anchos y pómulos altos. Me senté junto a la puerta, la única espectadora de su onírica representación, donde bailó etéreamente por el pasillo como Isadora Duncan con su vaporoso vestido de gasa mientras cantaba una versión atonal de “Wild is the Wind”. Me contó las historias de algunos de sus vecinos, habitación por habitación, y qué habían sacrificado por el alcohol y las drogas. Yo no había visto jamás tanto sufrimiento colectivo, ni tantas esperanzas rotas, tantas almas melancólicas que se habían destrozado la vida. El parecía regir sobre todas ellas mientras lamentaba dulcemente su propia carrera fallida y bailaba por los pasillos con el pálido vestido de gasa.
Sentada junto a Robert, examinando nuestro destino, casi lamenté nuestro afán de ser artistas. Los voluminosos portafolios apoyados en la sucia pared, el mío rojo con cintas grises, el suyo negro con cintas negras, parecían una pesada carga material. A veces, incluso en París, deseaba abandonarlo todo en una callejuela y ser libre. Pero, cuando desataba las cintas y contemplaba nuestra obra, sabía que íbamos por buen camino. Sólo necesitábamos un poco de suerte.
Por la noche, Robert, por lo general tan estoico, gritó. Le habían salido flemones, estaba muy congestionado y empapado en sudor. Fui en busca del ángel morfinómano. “¿Tienes algo para él? –le supliqué–. ¿Algo para aliviarle el dolor?” Intenté romper su velo narcótico.
El me regaló un momento de lucidez y vino a nuestra habitación. Robert estaba delirando debido a la fiebre. Creí que iba a morir.
“Tienes que llevarlo a un médico –dijo el ángel morfinómano–. Tenéis que iros de aquí. Este sitio no es para vosotros.” Lo miré a la cara. Todo lo que había experimentado estaba en aquellos apagados ojos azules. Por un momento, se encendieron. No por él sino por nosotros.




martes, 6 de enero de 2015

Fotos memorables / Robert Mapplethorpe / Niña sobre fondo oscuro

Fotografía de Robert Mapplethorpe

Niña sobre fondo oscuro

Da miedo porque no ha fotografiado a la niña, sino la zona de sombra de la niña; ha retratado, como si dijéramos, su noche

¿Qué hay en esta foto? De terrible, quiero decir. ¿Qué hay en esta foto de terrible? A primera vista no es más que un retrato, fechado en 1979, de una cría. Si la niña contaba entonces con 10 o 12 años, tendrá ahora unos 40. Imaginemos, pues, a una mujer de esa edad repasando el álbum de su infancia. Supongamos que al pasar una página se tropieza con esta imagen. Esta eras tú, se dirá a sí misma. ¿Pero era ella o su sombra? Hemos de suponer que Ariel (tal es el nombre de la pequeña) tenía la nariz entera y los labios completos, y que las hormigas no le habían vaciado la cuenca de los ojos mientras dormía la siesta. A esa edad en la que aún no somos responsables de nuestro rostro, todo el mundo es guapo. Y cuando no lo es, nos lo creemos.
Probablemente, esta cría era bellísima. Se deduce de la melena, tan cuidada, aunque también de la postura autoindulgente: esa espalda arqueada, como para exhibir la parte delantera del edificio corporal. ¿Por qué Mapplethorpe la fotografió de espaldas, o casi? Yo creo que para darnos miedo. ¿Acaso no gritaríamos si de súbito se volviera y nos lanzara una sonrisa con todos sus dientes? Eso es lo que tiene de terrible esta foto, el miedo que da. Y da miedo porque no ha fotografiado a la niña, sino la zona de sombra de la niña, ha retratado, como si dijéramos, su noche, su noche oscura del alma, por dejarnos llevar. Ha retratado el otro lado de la inocencia, la cara oculta de la Luna, que es la cara oculta de la pureza. Es probable que la obligara a posar sobre ese fondo oscuro para que no hubiera lugar a dudas. Una foto perversa.