Charles D’Ambrosio
SU VERDADERO NOMBRE
para P. L. A.
I
El cuero cabelludo de la muchacha parecía chamuscado por el fuego –mechones de cabello rojo pajizo se alejaban serpenteando de su cara y luego se posaban en su piel, adheridos allí por el sudor y el bloqueador solar y por la arena y el polvo del viaje. Por un tiempo su fino cabello había permanecido claro y limpio como el plumón de un pollito recién nacido, pero aumentaba el calor a medida que avanzaban hacia el oeste, hacia una sequía que había durado todo el verano y que había tostado el paisaje, marchitado los pastos y derretido el asfalto entre las expansiones de la carretera, que infiaba como globos los cadáveres de los mapaches, los ciervos y los perros y hacía que todo en la carretera ondulara como un espejismo a través de las olas de creciente calor. Desde que salieron de Fargo había hecho demasiado calor para usar la peluca, que ahora yacía entre los dos, en el asiento, sin haber perdido aún la forma de su cabeza. Junto a la peluca, una bolsa de caramelos anaranjados –sonrisas los llamaba ella– se había desparramado sobre el vinilo. Los cristales de azúcar se habían metido entre las sucias costuras y se le habían pegado al muslo. El piso estaba lleno de envolturas de chicle y bolsas blancas y grasosas, y sobre el tablero de instrumentos, en un revoltijo de vasos de plástico, monedas y cajas de fósforos, había una calcomanía entorchada por el calor. Decía: ESPERE UN MILAGRO.

