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viernes, 29 de mayo de 2026

‘Un caballero en Moscú’: melancólico y maravilloso cuento sobre el infierno soviético



‘Un caballero en Moscú’: melancólico y maravilloso cuento sobre el infierno soviético

La adaptación de la novela de Amor Towles acierta con el tono y cuenta con un excelente Ewan McGregor como soporte esencial


Juan Carlos Galindo

24 de abril de 2024


Existen libros que se defienden por sí solos y con universos complejos, cerrados y bien acabados que, sin embargo, piden a gritos una adaptación: el lector quiere más, desea ver materializado ese microcosmos en la pantalla. Era el caso de Un caballero en Moscú, la novela de Amor Towles (Salamandra) que llega ahora a SkyShowtime con idéntico título y varios aciertos en su haber.

viernes, 30 de enero de 2026

Leslie Jamison / Astillas / Una historia de amor diferente


Escribir para no romperse del todo
Leslie Jamison
Astillas: Una historia de amor diferente
Escribir para no romperse del todo
Carolina Isasi
19 de diciembre de 2025





Hay libros que nacen de una herida y otros que, además, aprenden a narrar esa herida sin convertirla en espectáculo. Astillas: Una historia de amor diferente, de Leslie Jamison, pertenece a esta segunda y más difícil categoría: la de los relatos que se atreven a mirar de frente la fractura —conyugal, emocional, corporal— sin decorarla, sin regodearse en el dolor, sin convertir la intimidad en mercancía. Lo que Jamison entrega aquí no es solo la crónica de un matrimonio que se desmorona al mismo tiempo que emerge una maternidad inesperada y arduamente conquistada; es, sobre todo, una meditación lúcida sobre lo que significa amar cuando todo tiende a romperse.

lunes, 12 de enero de 2026

James Ellroy / “Disfruto del lenguaje soez, los polis dando palizas a un detenido...”


James Ellroy, esta mañana en Barcelona, donde recibirá el premio Carvalho, en el marco de la BCNegra.CARLES RIBA


James Ellroy: “Disfruto del lenguaje soez, los polis dando palizas a un detenido...”

El escritor recupera las durísimas memorias sobre el asesinato de su madre y recibe en Barcelona el premio Carvalho del festival BCNegra

Carles Geli
CARLES GELI
Barcelona - 02 FEB 2018 

jueves, 26 de diciembre de 2024

Ray Bradbury / La pradera



Ray Bradbury
LA PRADERA
(LA SABANA)


The Veldt by Ray Bradbury


1
-George, me gustaría que le echaras un ojo al cuarto de juego de los niños.
-¿Qué le pasa?
-No lo sé.
-Pues bien, ¿y entonces?
-Sólo quiero que le eches un ojeada, o que llames a un sicólogo para que se la eche él.
-¿Y qué necesidad tiene un cuarto de jugar de un sicólogo?
-Lo sabes perfectamente -su mujer se detuvo en el centro de la cocina y contempló uno de los fogones, que en ese momento estaba hirviendo sopa para cuatro personas-. Sólo es que ese cuarto ahora es diferente de como era antes.
-Muy bien, echémosle un vistazo.

domingo, 7 de julio de 2024

Vivian Gornick, la maestra de la literatura del yo




Vivian Gornick, la maestra de la literatura del yo

Utilizó sus experiencias personales para el análisis social. Luego dio el salto a la autoficción, en la que, dice, una buena historia bien vale una traición


Bárbara Ayuso

5 de julio de 2024

¿Y si para escribir la historia tienes que traicionar a alguien que quieres? ¿Y si tienes que contar algo que te involucra no solo a ti, sino a otra persona? Para Vivian Gornick(Nueva York, 1935) no hay dilema: si existe la historia, la escribirá. Traicionará. Es a ella a quien le debe lealtad. “Lo que escribo es más importante que cómo se puedan sentir los demás”, dice. Podría parecer indolencia, pero no lo es, o no del todo. Gornick no solo lleva escribiendo más de medio siglo, sino que también ha invertido unas cuantas décadas en esclarecer dónde debe colocarse el narrador dentro de lo que escribe. Y para ella está ahí, a plena luz. La autora estadounidense es considerada maestra de la literatura del yo, que aunque suene ensimismado, no lo es. De hecho Gornick ataca —feroz, implacable— a quienes se valen de la escritura para explorarse los ombligos o exorcizar demonios. Intuyó muy pronto que la literatura en primera persona tenía otra misión. Otro poder.

domingo, 9 de junio de 2024

Richard Ford / No voy a defender a todos

El escritor estadounidense Richard Ford, en un hotel de Madrid.JAIME VILLANUEVA



Richard Ford, escritor: “Soy novelista, hombre blanco mayor, pero no voy a defender a todos. A Updike y Cheever, sí”

El autor estadounidense despide a su legendario personaje Frank Bascombe en ‘Sé mía’, su nueva novela


Andrea Aguilar

Madrid, 8 de junio de 2024


De visita por España para presentar su última novela, Sé mía (Anagrama), el escritor Richard Ford (Jackson, Mississippi, 80 años) recibe en una sala del hotel Wellington de Madrid. Un caballero del sur, si es que tal cosa aún existiera, el autor conserva un suave deje en su acento y esa característica elegancia, que esta mañana se traduce en una camisa de un verde intenso, convenientemente desvaído. Premio Princesa de Asturias en 2016, Ford es un declarado entusiasta de España, y en un momento dado de la conversación cuenta que él y su esposa, con la que lleva casado desde 1968, acaban de vender su casa en Nueva Orleans y no le importaría mudarse a Asturias, aunque ella no es tan partidaria.

jueves, 30 de mayo de 2024

La soledad de Patricia Highsmith

 

Patricia Highsmith


La soledad de Patricia Highsmith

Se celebra el centenario de Patricia Highsmith con sus novelas sobre Ripley, editadas nuevamente en dos tomos, además de un suceso mayor, pospuesto para el próximo semestre: la publicación de los diarios que escribió durante 60 años y que sus editores encontraron dentro de un clóset. Una salida que no está muy clara que le hubiera gustado a ella, aunque parece necesaria para una de las grandes exploradoras de la soledad.

sábado, 4 de mayo de 2024

Cinco novelas imprescindibles de Paul Auster

 

Paul Auster


Cinco novelas imprescindibles de Paul Auster

Nueva York es un personaje fundamental en la obra del escritor estadounidense, cuyas tramas jugaban con el azar y hablaban de amor y amistad


Andrea Aguilar

1 de mayo de 2024

Publicó su primer libro de poemas hace medio siglo y su primer ensayo, La invención de la soledad en 1982, pero fue con sus novelas a lo largo de esa década y de las siguientes cuando el fenómeno Paul Auster surgió. Su estancia en Francia en su juventud marcó su visión literaria, pero pocos autores están tan mimetizados con una ciudad, un lugar tan diverso y legendario como Nueva York, al que Auster —fallecido este 30 de abril a los 77 años— ha dedicado su obra, no solo novelas, también ensayos como el que escribió sobre el poeta y escritor Stephen Crane, o películas como Smoke. El azar, la soledad, el amor, la melancolía, los miedos y la locura o la amistad son piezas indispensables en las historias de Auster, en las que hay guiños a grandes obras de la literatura y juegos metaliterarios, pero sin divagar ni ahuyentar al lector. Sus libros fueron publicados en español por Anagrama, pero en 2011 Seix Barral se hizo con el catálogo y poco después con los derechos de sus nuevas obras.

La trilogía de Nueva York (Seix Barral). Tres libros publicados a mediados de los ochenta, Ciudad de cristal, Fantasmas La habitación cerrada, conforman este volumen con el que Paul Auster saltó a la fama. Una historia de detectives, misterio y literatura, que demuestra que la trama no está reñida con la metaliteratura, que un autor puede fabular y hablar al lector tirando abajo esa cuarta pared, jugando abiertamente con la realidad, la ficción, el misterioso azar y la locura, sin renunciar a algo tan clásico y entretenido como una historia de detectives. En la primera de las tres entregas aparece el propio Paul Auster y el Quijote de Miguel de Cervantes.

Vista del metro de Nueva York en 2023.
Vista del metro de Nueva York en 2023. SARAH YENESEL (EFE)

El palacio de la luna (Seix Barral). La ciudad donde Auster vivió la mayor parte de su vida, Nueva York, la universidad de Columbia donde estudió y los misterios familiares del joven Marco Stanley Fogg recorren esta novela. Una bildungsroman o novela de formación en la que el protagonista huérfano quedará desamparado al perder a su tío Victor y tendrá que intentar sobrevivir en Manhattan, descubrirá el amor con Kitty Wu y la amistad con Zimmer, y será contratado por un misterioso anciano que lo que realmente quiere es que escriba su obituario. El azar, el enredo familiar y el lado más humano y cotidiano de la gran ciudad.

El libro de las ilusiones (Seix Barral).Considerado por el reputado crítico James Wood como la mejor de sus obras de ficción, Auster retoma en esta novela al personaje de Zimmer de El palacio de la luna. Él es el protagonista de esta historia en la que la soledad, el aislamiento, la obsesión y el duelo son el punto de partida. La pérdida de su familia en un accidente acaba por llevar azarosamente al profesor Zimmer hasta la historia de un actor de cine mudo en paradero desconocido. Escribir sobre él ayudará a desentrañar el misterio y a sanar las heridas que el protagonista logrará cerrar gracias a su contacto con el actor. Memorias de ultratumba de Chateaubriandque Zimmer pretende traducir resplandece al fondo de esta novela.

Brooklyn follies, (Seix Barral). Nadie mejor que Paul Auster ha representado al escritor en Brooklyn, el borough que él y su esposa, la autora Siri Hustvedt, convirtieron en meca chic literaria desde su casa en Park Slope. En esta novela, situada en Brooklyn, Auster vuelve sobre algunos de los temas que marcan sus novelas: el encuentro de dos solitarios, la amistad como tabla de salvación, el azar, y el miedo a enfrentarse a la vida.


Portada de '4321', de Paul Auster.
Portada de '4321', de Paul Auster.

4, 3, 2, 1 (Seix Barral). Cuatro versiones de una misma vida, la de Archie Ferguson, reunidas en esta gran novela de más de 900 páginas, publicada en 2017 y en la que Auster trabajó durante siete años. El orden de los factores sí altera el producto de una vida, pero ¿qué detalles pueden cambiar el desenlace de una biografía? Auster lanza los dados y va cambiando la historia de ese muchacho judío de Nueva Jersey, sus padres, sus años universitarios, sus amores... Todo es fortuito, lo que pensamos, lo que votamos, lo que queremos, parece afirmar este libro con el que Auster fue nominado al Booker y demostró la fuerza de su imaginario.

EL PAÍS

miércoles, 24 de enero de 2024

Patricia Highsmith / Ripley y la obsesión por los caracoles

 



Ripley y la obsesión por los caracoles

Por Jesús Ferrer

En 1951 se estrenaba una de las mejores películas de Alfred Hitchcock, «Extraños en un tren». Se basaba en la novela de una joven escritora primeriza, Patricia Highsmith (Fort Worth, Texas, EEUU, 1921 - Locarno, Suiza, 1995), quien pronto sería conocida como la celebrada narradora de suspense psicológico que con tanta admiración continuamos leyendo en la actualidad. Su obra se ha revalorizado con los años, a medida que se iban considerando en ella vertientes literarias que iban mucho más allá de la trama policial, ahondando en los oscuros entresijos de la condición humana. Obsesivas pulsiones sexuales, conciencia amoral del crimen, el protagonismo del imprevisible azar y una deprimente cotidianidad conforman, entre otros, los referentes de esta original narrativa. Tras su muerte se encontraron en un armario de su casa casi ocho mil páginas de anotaciones personales que ahora ven la luz en modélica edición, selección y prólogo de Anna von Planta, con el título de «Diarios y cuadernos. 1941-1995». A juzgar por lo ordenado y corregido que se encontraba el material original, parece indudable la voluntad de la escritora de que se publicara, de que conociéramos las claves de su literatura a través también de su compleja intimidad. 

martes, 23 de enero de 2024

Patricia Highsmith / Estoy hecha de dos apetitos

 



Patricia Highsmith

Diarios y cuadernos

«Estoy hecha de dos apetitos: amor y pensamiento»

Por Amatulláh Hussein
15.9.2022


El personaje de Tom Ripley no puede ser la creación de una escritora que esté plenamente satisfecha con su vida y que profese una moral intachable. «Hacen falta dos espejos para tener la imagen correcta de uno mismo», anota Highsmith en uno de sus numerosos cuadernos.

Patricia Highsmith / Diarios y cuadernos

 




Patricia Highsmith

Diarios y cuadernos

Un acontecimiento literario: los demoledores diarios y cuadernos de una escritora que en vida fue muy celosa de su intimidad.

Patricia Highsmith, que en vida se ganó fama de misántropa y mantuvo un aura de secretismo sobre su vida privada, al morir dejó unos diarios y cuadernos personales guardados entre la ropa en un armario. Su editora, Anna von Planta, se ha sumergido en las más de ocho mil páginas de anotaciones y ha realizado una meticulosa selección, que ahora sale por fin a la luz. Sin duda, un acontecimiento literario.

Los diarios de Patricia Highsmith y el exceso

Los diarios de Patricia Highsmith, la autora que "se zambulló en exceso en la vida y en escribir"

Las mil páginas de "Diarios y cuadernos 1941-1995" son un "lacerante, puntiagudo y desgarrador" volumen formado por los escritos más íntimos de Patricia Highsmith

EFE

30 de agosto de 2022

Con fama de misántropa y una aura de secretismo, prácticamente nada se sabía de la vida íntima de Patricia Highsmith hasta que se han dado a conocer las más de mil páginas de "Diarios y cuadernos 1941-1995", un libro que publica ahora Anagrama en castellano y que "desencripta" a la escritora norteamericana.

sábado, 26 de noviembre de 2022

Paul Bowles / Déjala que caiga / Geografía y hastío

 



Autorretrato de Paul Bowles.



Geografía y hastío

Déjala que caiga, de Paul Bowles

Pero éste no es un halago fácil o rebuscado de esos que encumbran la obra de escritores que se han vuelto leyendas —si es que las leyendas todavía tienen peso en una época como la actual—. Es más bien una forma de decir que su escritura no es para todos y, definitivamente, no para mí.




¿De dónde viene esta sensación de hastío? Irónicamente, de la que es aclamada como una de sus mejores obras: Déjala que caiga (Alfaguara, 1980). La novela está trazada de principio a fin por el tema central en la escritura del neoyorquino por nacimiento y tangerino por antonomasia: un personaje que se siente vacío con su vida cotidiana de pronto se da cuenta de que su existencia carece de sentido, por lo que se asume perdido y derrotado. A partir de este descubrimiento se entrega, con los brazos abiertos y los ojos cerrados, a una aventura que le da un giro abismal a las cosas.

jueves, 20 de julio de 2017

García Márquez / Un hombre ha muerto de muerte natural


Gabriel García Márquez
BIOGRAFÍA

Un hombre ha muerto de muerte natural


En enero de 1983, sólo un mes después de haber recibido en Estocolmo el Premio Nobel, Gabriel García Márquez escribió una remembranza de su primera llegada a Ciudad de México, el 2 de julio de 1961. Allí, entre otras cosas, decía: "La fecha no se me olvidará nunca, porque al día siguiente muy temprano un amigo me despertó por teléfono y me dijo que Hemingway había muerto". De inmediato, el Nobel colombiano escribió una nota sobre la muerte, la vida y la obra de Hemingway, la cual apareció una semana más tarde en una revista mexicana. Titulada Un hombre ha muerto de muerte natural, la nota no volvió a aparecer en prensa periódica ni en libro, hasta ahora, con motivo del centenario de Hemingway que se celebra este mes.


lunes, 18 de junio de 2012

Ray Bradbury / Remedio para melancólicos

Foto de Michael G. Magin
Ray Bradbury
REMEDIO PARA MELANCÓLICOS
Traducción de Matilde Horne 
y F. Abelenda


Para leer original en inglés
A MEDICINE FOR MELANCHOLY


-Busquen ustedes unas sanguijuelas, sángrenla -dijo el doctor Gimp.
-Si ya no le queda sangre -se quejó la señora Wilkes-. Oh, doctor ¿qué mal aqueja a nuestra Camila?
-Camila no se siente bien.
-¿Sí, sí?
El buen doctor funció el ceño.
-Camila está decaída.
-¿Qué más, qué más?
-Camila es la llama trémula de una bujía, y no me equivoco.
-Ah, doctor Gimp -protestó el señor Wilkes-. Se despide diciendo lo que dijimos nosotros cuando usted llegó.
-¡No, más, más! Denle estas píldoras al alba, al mediodía y a la puesta de sol. ¡Un remedio soberano!
-Condenación. Camila está harta de remedios soberanos.
-Vamos, vamos. Un chelín y me vuelvo escaleras abajo.
-¡Baje pues, y haga subir al demonio!
El señor Wilkes puso una moneda en la mano del buen doctor.
El médico, jadeando, aspirando rapé, estornudando, se lanzó a las bulliciosas calles de Londres, en una húmeda mañana de la primavera de 1762.
El señor y la señora Wilkes se volvieron hacia el lecho donde yacía la dulce Camila, pálida, delgada, sí, pero no por eso menos hermosa, de inmensos y húmedos ojos lilas, la cabellera un río de oro sobre la almohada.
-Oh -Camila sollozaba casi-. ¿Qué será de mí? Desde que llegó la primavera, tres semanas atrás, soy un fantasma en el espejo: me doy miedo. Pensar que moriré sin haber cumplido veinte años.
-Niña -dijo la madre-, ¿qué te duele?
-Los brazos, las piernas, el pecho, la cabeza. Cuántos doctores, ¿seis? Todos me dieron vuelta como una chuleta en un asador. Basta ya. Por Dios, déjenme morir intacta.
-Qué mal terrible, qué mal misterioso -dijo la madre-. Oh, señor Wilkes, hagamos algo.
-¿Qué? -preguntó el señor Wilkes, enojado-. ¿Olvídate del médico, el boticario, el cura, ¡y amén! Me han vaciado el bosillo. Qué quieres, ¿qué corra a la calle y traiga al barrendero?
-Sí -dijo una voz.
Los tres se volvieron, asombrados.
-¡Cómo!
Se habían olvidado totalmente de Jaime, el hermano menor de Camila. Asomado a una ventana distante, se escarbaba los dientes, y contemplaba la llovizna y el bullicio de la ciudad.
-Hace cuatrocientos años -dijo Jaime con calma- se ensayó, y con éxito. No llamemos al barrendero, no, no. Alcen a Camila, con cama y todo, llévenla abajo y déjenla en la calle, junto a la puerta.
-¿Por qué? ¿Para qué?
-En una hora desfilan mil personas por la puerta -los ojos le brincaban a Jaime mientras contaba-. En un día, pasan veinte mil personas a la carrera, cojeando o cabalgando. Todos verán a mi hermana enferma, todos le contarán los dientes, le tirarán de las orejas, y todos, todos, sí, ofrecerán un remedio soberano. Y uno de esos remedios puede ser el que ella necesita.
-Ah -dijo el señor Wilkes, perplejo.
-Padre -dijo Jaime sin aliento-. ¿Conociste alguna vez a una hombre que no creyera ser el autor de la Materia Médica? Este ungüento verde para el ardor de garganta, aquella cataplasma de grasa de buey para la gangrena o la hinchazón. Pues bien, ¡hay diez mil boticarios que se nos escapan, toda una sabiduría que se nos pierde!
-Jaime, hijo, eres increíble.
-¡Cállate! -dijo la señora Wilkes-. Ninguna hija mía será puesta en exhibición en esta ni en ninguna calle...
-¡Vamos, mujer! -dijo el señor Wilkes-. Camila se derrite como un copo de nieve y dudas en sacarla de este cuarto caldeado. Jaime, ¡levanta la cama!
La señora Wilkes se volvió hacia su hija.
-¿Camila?
-Me da lo mismo morir en la intemperie -dijo Camila- donde la brisa fresca me acariciará los bucles cuando yo...
-¡Tonterías! -dijo el padre-. No te morirás. Jaime, ¡arriba! ¡Ajá! ¡Eso es! ¡Quítate del paso, mujer! Arriba, hijo, ¡más alto!
-Oh -exclamó débilmente Camila-. Estoy volando, volando...
De pronto, un cielo azul se abrió sobre Londres. La población, sorprendida, se precipitó a la calle, deseosa de ver, hacer, comprar alguna cosa. Los ciegos cantaban, los perros bailoteaban, los payasos cabriolaban, los niños dibujaban rayuelas y se arrojaban pelotas como si fuera un tiempo de carnaval.
En medio de todo este bullicio, tambaleándose, con las caras encendidas, Jaime y el señor Wilkes transportaban a Camila, que navegaba como una papisa allá arriba, en la cama-berlina, con los ojos cerrados, orando.
-¡Cuidado! -gritó la señora Wilkes-. ¡Ah, está muerta! No. Allí. Bájenla suavemente...
Por fin la cama quedó apoyada contra el frente de la casa, de modo que el río de humanidad que pasaba por allí pudiese ver a Camila, una muñeca Bartolemy grande y pálida, puesta al sol como un trofeo.
-Trae pluma, tinta y papel, muchacho -dijo el padre-. Tomaré nota de los síntomas y de los remedios. Los estudiaremos a la noche. Ahora...
Pero ya un hombre entre la multitud contemplaba a Camila con mirada penetrante.
-¡Está enferma! -dijo.
-Ah -dijo el señor Wilkes, alegremente-. Ya empieza. La pluma, hijo. Listo. ¡Adelante, señor!
-No se siente bien -el hombre frunció el ceño-. Está decaída...
-No se siente bien... Está decaída... -escribió el señor Wilkes, y de pronto se detuvo-. ¿Señor? -Lo miró con desconfianza.- ¿Es usted médico?
-Sí, señor.
-¡Me pareció haber oído esas palabras! Jaime, toma mi bastón, ¡échalo de aquí! ¡Fuera, señor, fuera!
Ya el hombre se alejaba blasfemando, terriblemente exasperado.
-No se siente bien, y está decaída... ¡bah! -imitó el señor Wilkes, y se detuvo. Pues ahora una mujer alta y delgada como un espectro recién salido de la tumba, señalaba con un dedo a Camila Wilkes.
-Vapores -entonó.
-Vapores -escribió el señor Wilkes, satisfecho.
-Fluido pulmonar -canturreó la mujer.
-¡Fluido pulmonar! -escribió el señor Wilkes, radiante-. Bueno, esto está mejor.
-Necesita un remedio para la melancolía -dijo la mujer débilmente-. ¡Hay en esta casa tierra de momias para hacer una pócima? Las mejores momias son las egipcias, árabes, hirasfatas, libias, todas muy útiles para los trastornos magnéticos. Pregunten por mí, la Gitana, en Flodden Road. Vendo piedra perejil, incienso macho...
-Flodden Road, piedra perejil... ¡más despacio, mujer!
-Opobálsamo, valeriana póntica...
-¡Aguarda, mujer! ¡Opobálsamo, sí! ¡Que no se vaya, Jaime!
Pero la mujer se escabulló, nombrando medicamentos.
Un muchacha de no más de diecisiete años, se acercó y observó a Camila Wilkes.
-Está...
-¡Un momento! -el señor Wilkes escribía febrilmente-. Trastornos magnéticos, valeriana póntica.
-¡Diantre! Bueno, niña, ya. ¿Qué ves en el rostro de mi hija? La miras fijamente, respiras apenas. ¿Bueno?
-Está... -la extraña joven escudriñó profundamente los ojos de Camila y balbuceó-. Sufre de... de...
-¡Dilo de una vez!
-Sufre de... de... ¡oh!
Y la joven, con una última mirada de honda simpatía, se perdió en la multitud.
-¡Niña tonta!
-No, papá -murmuró Camila, con los ojos muy abiertos-. Nada tonta. Veía. Sabía. Oh, Jaime, corre a buscarla, ¡dile que te explique!
-¡No, no ofreció nada! En cambio la gitana, ¡mira su lita!
-Ya sé, papá.
Camila, más pálida que nunca, cerró los ojos.
Alguien carraspeó.
Un carnicero, de delantal ensangrentado como un campo de batalla, se atusaba el mostacho fiero.
-He visto vacas con esa mirada -dijo-. Las curé con aguardiente y tres huevos frescos. En invierno yo mismo me curo con este elixir...
-¡Mi hija no es una vaca, señor! -el señor Wilkes dejó caer la pluma-. ¡Tampoco es carnicero, y estamos en primavera! ¡Apártese, señor! ¡Hay gente que espera!
Y en verdad, ahora una inmensa multitud, atraída por los otros, clamaba queriendo aconsejar una pócima favorita, o recomendar un sitio campestre donde llovía menos y había más sol que en toda Inglaterra o en el Sur de Francia. Ancianos y ancianas, doctos como todos los viejos, se atropellaban unos a otros en una confusión de bastones, en falanges de muletas y de báculos.
-¡Atrás! ¡Atrás! -gritó, alarmada, la señora Wilkes-. ¡Aplastarán a mi hija como una cereza tierna!
-¡Fuera de aquí!
Jaime tomó los báculos y muletas y los lanzó por encima de la multitud, que se alejó en busca de los miembros perdidos.
-Padre, me desmayo, me desmayo -musitó Camila.
-¡Padre! -exclamó Jaime-. Sólo hay un medio de impedir este tumulto. ¡Cobrarles! ¡Que paguen por opinar sobre esta dolencia!
-Jaime, ¡tú sí que eres mi hijo! Pronto, muchacho, ¡pinta un letrero! ¡Escuchen, señoras y señores! ¡Dos peniques! ¡A la cola, por favor, formen fila! Dos peniques por cada consejo. Muestren el dinero, ¡así! Eso es. Usted, señor. Usted, señora. Y usted, señor. ¡Y ahora la pluma! ¡Comencemos!
El gentío bullía como un mar encrespado.
Camila abrió un ojo y volvió a desmayarse.
Crepúsculo, las calles casi desiertas, sólo algunos vagabundos. Se oyó un tintineo familiar y los párpados de Camila temblaron como alas de mariposa.
-¡Trescientos noventa y nueve, cuatrocientos peniques!
El señor Wilkes echó en la alforja la última moneda de plata.
-¡Listo!
-Tendré un coche fúnebre hermoso y negro -dijo la joven pálida.
-¡Cállate! ¿Quién pudo imaginar, oh familia mía, que tanta gente, doscientos, pagaría por darnos su opinión?
-Sí -dijo la señora Wilkes-. Esposas, maridos, hijos, todos hacen oídos sordos, nadie escucha a nadie. Por eso pagan de buen grado a quien los escucha. Pobrecitos, todos creyeron hoy que ellos y sólo ellos conocía la angina, la hidropesía, el muermo, sabían distinguir la baba de la urticaria. Y así hoy somos ricos, y doscientas personas se sienten felices, luego de haber descargado frente a nuestra puerta toda su ciencia médica.
-Cielos, costó trabajo alejarlos. Al fin se fueron, mordisqueando como cachorros.
-Lee la lista, padre -dijo Jaime-. De las doscientas medicinas, ¿cuál será la verdadera?
-No importa -murmuró Camila, suspirando-. Oscurece ya, y esos nombres me revuelven el estómago. Quisiera ir arriba.
-Sí, querida. ¡Jaime, ayúdame!
-Por favor -dijo una voz.
Los hombres que ya se encorvaban, se irguieron para mirar.
El que había hablado era un barrendero de apariencia y estatura ordinarias, de cara de hollín, y en medio de la cara dos ojos azules y traslúcidos y la hendidura blanca de una sonrisa de marfil. De las mangas, de los pantalones, cada vez que se movía, o hablaba con voz serena, o gesticulaba, brotaba una nube de polvo.
-No pude llegar antes a causa del gentío -dijo el hombre, que tenía en las manos una gorra sucia-. Iba ya para casa y decidí venir. ¿He de pagar?
-No, barrendero, no es necesario -dijo Camila.
-Espera... -protestó el señor Wilkes.
Pero Camila lo miró dulcemente y el señor Wilkes calló.
-Gracias, señora. -La sonrisa del barrendero resplandeció como un rayo de sol en el crepúsculo-. Tengo un solo consejo.
Miraba a Camila. Camila lo miraba.
-¿No es hoy la noche de san Bosco, señor, señora?
-¿Quién lo sabe? ¡Yo no, señor! -dijo el señor Wilkes.
-Yo creo que es la noche de san Bosco, señor. Y además, es noche de plenilunio. Pues bien -prosiguió el barrendero humildemente, sin poder apartar la mirada de la hermosa joven enferma-, tienen que dejar a la hija de ustedes a la luz de esta luna creciente.
-¡A la intemperie y a la luz de la luna! -exclamó la señora Wilkes.
-¡No vuelve lunáticos a los hombres? -preguntó Jaime.
-Perdón, señor -el barrendero hizo una reverencia-. Pero la luna llena cura a todos los animales enfermos, ya sean humanos o simples bestias del campo. El plenilunio es un color sereno, una caricia reposada, y modela delicadamente el espíritu, y también el cuerpo.
-Pero, ¿y si llueve? -dijo la madre, inquieta.
-Lo juro -prosiguió rápidamente el barrendero-. Mi hermana padecía de esta misma desmayada palidez. Una noche de primavera la dejamos como una maceta de lirios, a la luz de la luna. Ahora vive en Sussex, verdadero espejo de la salud recobrada.
-¡Salud recobrada! ¡Plenilunio! Y no nos costará un solo penique de los cuatrocientos que nos dieron hoy, madre, Jaime, Camila.
-¡No! -dijo la señora Wilkes-. No lo permitiré.
-Madre -dijo Camila, mirando ansiosamente al barrendero.
El barrendero de cara tiznada contemplaba a Camila, y su sonrisa era como una cimitarra en la oscuridad.
-Madre -dijo Camila-. Es un presentimiento. La luna me curará, sí, sí.
La madre suspiró.
-Éste no es mi día, ni mi noche. Déjame besarte por última vez, entonces. Así.
Y la madre entró en la casa.
El barrendero se alejaba ahora, haciendo corteses reverencias.
-Toda la noche, entonces, recuérdenlo, a la luz de la luna, y que nadie las moleste hasta el alba. Que duerma usted bien, señorita. Sueñe, y sueñe lo mejor. Buenas noches.
El hollín se desvaneció en el hollín; el hombre desapareció.
El señor Wilkes y Jaime besaron la frente de Camila.
-Padre, Jaime -dijo la joven-. No hay por qué preocuparse.
Camila quedó sola, mirando fijamente a lo lejos.
Allá, en la oscuridad, parecía que una sonrisa titilaba, se apagaba, y se encendía otra vez, y luego se perdía en una esquina.
Camila aguardó a que saliera la luna.
La noche en Londres, voces soñolientas en las tabernas, portazos, despedidas de borrachos, tañidos de relojes. Camila vio una gata que se deslizaba como una mujer envuelta en pieles; vio una mujer que se deslizaba como una gata, sabias las dos, silenciosas, egipcias, oliendo a especias. Cada cuarto de hora llegaba desde la casa una voz:
-¿Estás bien, hija?
-Sí, padre.
-¿Camila?
-Madre, Jaime, estoy muy bien.
Y al fin:
-Buenas noches.
-Buenas noches.
Se apagaron las últimas luces. La ciudad dormía. La luna se asomó.
Y a medida que la luna subía, los ojos de Camila se agrandaba y miraban las alamedas, los patios, las calles, hasta que por fin, a media noche, la luna iluminó a Camila, y la muchacha fue como una figura de mármol sobre una tumba antigua.
Un movimiento en la oscuridad.
Camila aguzó el oído.
Una suave melodía brotaba del aire.
Un hombre esperaba en la calle sombría.
Camila contuvo el aliento.
El hombre avanzó hacia la luz de la luna, tañendo suavemente un laúd. Era un hombre bien vestido, de rostro hermoso, y, al menos ahora, solemne.
-Un trovador -dijo en voz alta Camila.
El hombre, con un dedo sobre los labios, se acercó silenciosamente, y se detuvo pronto junto al lecho.
-¿Qué hace aquí, señor, a estas horas? -preguntó la joven. No sabía por qué, pero no tenía miedo.
-Un amigo me envió a ayudarte.
El hombre rozó las cuerdas del laúd, que canturrearon dulcemente. Era hermoso, en verdad, envuelto en aquella luz de plata.
-Eso no puede ser -dijo Camila-. Me dijeron que la luna me curaría.
-Y lo hará, doncella.
-¿Qué canciones canta usted?
-Canciones de noches de primavera, de dolores y males sin nombre. ¿Quieres que nombre tu mal, doncella?
-Si lo sabe...
-Ante todo, los síntomas: fiebres violentas, fríos súbitos, pulso rápido y luego lento, arranques de cólera, luego una calma dulcísima, accesos de ebriedad luego de beber agua de pozo, vértigos cuando te tocan así, nada más...
El hombre rozó la muñeca de Camila, que cayó en un delicioso abandono.
-Depresiones, arrebatos -prosiguió el hombre-. Sueños...
-¡Basta! -exclamó Camila, fascinada-. Me conoce usted al dedillo. Nombre mi mal, ¡ahora!
-Lo haré -el hombre apoyó los labios en la palma de la mano de Camila, y la joven se estremeció violentamente-. Tu mal se llama Camila Wilkes.
-Qué extraño -Camila tembló, y en los ojos le brilló un fuego de lilas-. ¿De modo que soy mi propia dolencia? ¡Qué daño me hago! Ahora mismo, sienta mi corazón.
-Lo siento, sí.
-Los brazos, las piernas, arden con el calor del verano.
-Sí. Me queman los dedos.
-Y ahora, el viento nocturno, mire cómo tiemblo, ¡de frío! Me muero, me muero, ¡lo juro!
-No dejaré que te mueras -dijo el hombre en voz baja.
-¿Es usted doctor, entonces?
-No, soy sólo tu médico, tu médico vulgar y común, como esa otra persona que hoy adivinó tu mal.
La muchacha que iba a nombrarlo y se perdió en la multitud.
-Sí. Vi en sus ojos que ella sabía. Pero ahora me castañetean los dientes. Y no tengo manta con qué cubrirme.
-Déjame sitio, por favor. Así. Así. Veamos: dos brazos, dos piernas, cabeza y cuerpo. ¡Estoy todo aquí!
-Pero, señor...
-Para sacarte el frío de la noche, claro está.
-Oh, ¡si es como un hogar! Pero señor, señor, ¿no lo conozco? ¿Cómo se llama usted?
La cabeza del hombre se alzó rápidamente y echó una sombra sobre la cabeza de la joven. En el rostro del hombre resplandecían los ojos azules y cristalinos y la hendidura de marfil de la sonrisa.
-Bueno, Bosco, por supuesto -dijo.
-¡No es ése el nombre de un santo?
-Dentro de una hora me llamarás así, sin duda -acercó la cabeza. Y entonces, en el hollín de la sombra, Camila, llorando de alegría, reconoció al barrendero.
-Oh, ¡el mundo da vueltas! ¡Me siento morir! ¡El remedio, dulce doctor, o todo se habrá perdido!
-El remedio -dijo el hombre-. Y el remedio es este...
En alguna parte, los gallos cantaban. Un zapato, lanzado desde una ventana, pasó por encima de ellos y golpeó una cerca. Después todo fue silencio, y luna...
-Chist...
El alba. El señor y la señora Wilkes bajaron en puntillas las escalera y espiaron la calle.
-Muerta de frío, después de una noche terrible, ¡estoy segura!
-¡No, mujer, mira! ¡Vive! Tiene rosas en las mejillas. No, más que rosas. Duraznos, ¡cerezas! Mírala cómo resplandece, ¡toda blanca y rosada! Nuestra dulce Camila, viva y hermosa, sana una vez más.
Padre y madre se inclinaron junto al lecho de la joven dormida.
-Sonríe, está soñando. ¿Qué dice?
-El remedio -suspiró la joven-, el remedio soberano.
-¿Cómo, cómo?
La joven volvió a sonreír, en sueños, con una blanca sonrisa.
-Un remedio -murmuró-, ¡un remedio para la melancolía!
Camila abrió los ojos.
-Oh, ¡madre! ¡Padre!
-¡Hija! ¡Niña! ¡Ven arriba!
-No -Camila les tomó las manos, tiernamente-. ¿Madre? ¿Padre?
-¿Sí?
-Nadie nos verá. El sol asoma apenas. Por favor, bailemos juntos.
Resistiéndose, celebrando no sabían qué, los padres bailaron.



Ray Bradbury
Remedio para melancólicos
Buenos Aires, Minotauro, 1979




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