Mostrando entradas con la etiqueta Fellini. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fellini. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de abril de 2026

La Dolce Vita se va de viaje a Venecia, París y Londres

 

Imagen de la película La Dolce Vita de Federico Fellini. Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en la Fontana de Trevi, Roma
Imagen de la película La Dolce Vita de Federico Fellini. Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en la Fontana de Trevi, Roma


La Dolce Vita se va de viaje a Venecia, París y Londres

Sesenta y seis años separan los mundos de Federico Fellini y los de Lionel Destremau y Eric Calatraba. 

9 DE MARZO DE 2026 


La Dolce Vita marca un punto de inflexión en la filmografía de Federico Fellini. ¿Quién puede olvidar la escena en la que Anita Ekberg retoza en la Fontana di Trevi y Marcello Mastroianni se une a ella? Esta película, estrenada en 1960 y ganadora de la Palma de Oro en Cannes, anunció el singular lenguaje cinematográfico de Fellini, que se convertiría irrevocablemente en su sello distintivo. Inimitable. Con su entrelazamiento de secuencias, como bocetos. Y, sin embargo, provocó un enorme escándalo en su estreno, debido a su retrato de una sociedad italiana ociosa y depravada. Las escenas de orgías escandalizaron al público romano, que tal vez había olvidado la historia de su decadente imperio. 

viernes, 18 de octubre de 2024

Aquellas décadas doradas en las que el cine italiano se sintió el mejor del mundo

 




Sophia Loren y Marcello Mastroianni, en un momento de 'Matrimonio a la italiana' (1964), de Vittorio de Sica.CORDON

Aquellas décadas doradas en las que el cine italiano se sintió el mejor del mundo

Los 90 años cumplidos por Sophia Loren, el siglo desde el nacimiento de Mastroianni y las cinco décadas sin Vittorio de Sica refuerzan el recuerdo de un desfile irrepetible de genios, estrellas y obras maestras

martes, 30 de enero de 2024

Muere, a los noventa años, Sandra Milo


Sandra Milo y Federico Fellini


Muere a los 90 años Sandra Milo, célebre rostro del cine italiano y amante de Fellini durante 17 años

La actriz deja tras de sí una larga carrera de más de seis décadas, en la que rodó con directores como Roberto Rossellini o Luigi Zampa.


29 de enero de 2024


La actriz y presentadora Sandra Milo(Túnez, 1933),"Sandrocchia", como fue apodada por el cineasta italiano Federico Fellini, ha muerto a los 90 años en su casa de Roma, rodeada de su familia, según han confirmado sus hijos Debora, Ciro y Azzurra a través de Facebook. 

martes, 2 de agosto de 2022

Fellini / El grotesto universo del Mago de Cinecittà

 

Federico Fellini

Federico Fellini

El grotesco universo del Mago de Cinecittà

La huella del cineasta Federico Fellini, que con su caricaturesco imaginario convirtió su apellido en adjetivo, pervive a los cien años de su nacimiento


ÁNGEL S. HARGUINDEY

El mejor homenaje que se le pudo rendir a Federico Fellini probablemente se realizó en 2018 y lo contó en este diario Carla Mascia: “Fellini, con tres años, vio su primera película: Maciste en el infierno, de Guido Brignone (1923). Las imágenes amarillentas de mujeres voluptuosas proyectadas en la pantalla lo marcaron para siempre, convirtiendo al Fulgor en un elemento indisociable del imaginario felliniano como queda retratado en Amarcord (1973). Un lugar de culto que, tras numerosas reestructuraciones y 10 años de cierre, ha vuelto a la vida este año en el que se cumplen los 25 años de la muerte del director”. En ese cine de Rímini, el Fulgor, comenzó todo, y la voluptuosidad alcanzó su cenit con la estanquera. Y si hubiera alguna duda sobre la sempiterna disyuntiva entre realidad y ficción, el guionista y realizador lo tenía claro: “Todo arte es autobiográfico. La censura es publicidad pagada por el Gobierno. Quisiera decirles, muchachos, que cada cual cuenta sólo aquello que conoce”, claro que si conoce diversas materias, pues mejor para todos.

lunes, 27 de julio de 2020

Gustavo Martín Garzo / La muchacha indecible

La muchacha indecible


Gustavo Martín Garzo
12 de diciembre de 2014






La muchacha indecible
NICOLÁS AZNÁREZ

Tiene La dolce vita, la película de Federico Fellini, uno de los finales más extraordinarios de la historia del cine. Marcelo, alter egodel director, tras deambular por la noche romana en busca de aventuras eróticas y noticias para la revista de cotilleo en que trabaja, termina en una de esas fiestas interminables en que un grupo de burgueses se entrega a todo tipo de previsibles excesos. Abandonan la casa al amanecer para acercarse a la orilla del mar, atraídos por un grupo de pescadores que sacan sus redes del agua. Han atrapado a un pez monstruoso y todos lo miran con sorpresa y repulsión. Marcelo se aparta un momento de ellos atraído por una chica muy joven, casi una niña, que le hace señas desde la distancia. Se conocen, pues unas escenas antes han coincidido en un pequeño bar de la zona, en el que ella trabaja de camarera. La chica está lejos, separada del grupo por una lengua de agua, y trata de decirle a Marcelo algo con sus gestos. Insiste varias veces, pero este, que no la entiende, se encoge de hombros y se aleja siguiendo el rastro de tedio, quejas e infelicidad del grupo de trasnochadores.
Giorgio Agamben, en su libro La muchacha indecible, habla de una muchacha así. Es la Kore griega (korai son las muñequitas que en las proximidades de un templo eran colgadas en las ramas). Kore está jugando con otras jóvenes cuando Hades la rapta. “Que una joven muchacha que juega se vuelva cifra perfecta de la iniciación suprema y de la consumación de la filosofía (...) he ahí el misterio”. Ella era la figura esencial de los misterios de Eleusis. Sus actos y gestos representaban, como afirma Agamben, “un tipo de conocimiento que hemos perdido, un conocimiento que permite a los iniciados mirar su propia existencia de un modo completamente nuevo y más feliz”. Un conocimiento que hemos perdido... por eso, en la película de Fellini, Marcelo no entiende lo que le dice la muchacha y se aparta de ella (como hace José Sacristán al final de Magical Girl, la película de Carlos Vermut, cuando dispara contra la niña mágica al no soportar su mirada).

En su novela Dora Bruder, Patrick Modiano se enfrenta al enigma de una muchacha como estas. Todo empieza porque un día el novelista lee en un viejo periódico de 1941 este anuncio: “Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 m, rostro ovalado, ojos gris marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París”. Patrick Modiano conoce bien esa calle, pues la ha recorrido muchas veces con su madre cuando iban a un mercado de pulgas que había cerca. Más tarde, en su juventud, una amiga suya vivió en esa misma calle. Había allí un par de cafés y un cine que frecuentaban y Patrick Modiano pasó numerosas veces frente al portal donde había vivido Dora Bruder con sus padres.
Es esta misteriosa proximidad la que le hace iniciar una investigación tras las huellas de la muchacha. Quiere saber cómo vivía, la forma en que veía cada mañana las mismas calles y lugares que él recorrió en su propia infancia. Y va descubriendo cosas: que ha estado en un internado, de donde se fugó, y que más tarde regresa con sus padres para volver a fugarse; que es judía y que su pista se pierde en el campo de concentración de Auschwitz un día de julio de 1942.



Descubre cartas donde se preguntan por gente que ha desaparecido en los campos de concentración

Modiano se pregunta si lo que la impulsó a fugarse es la misma decepción que él mismo sufrió respecto a sus padres, que no le supieron querer. Y se da cuenta de que al tratar de seguir su rastro no está haciendo sino levantar el acta de su propia memoria y de su propia vida. “Por entonces era ya igual de sensible que ahora en lo tocante a las personas y las cosas a punto de desaparecer”, escribe. Eso es la muchacha indecible, alguien, en quien presencia y ausencia, pensamiento y visión se confunden. ¿Símbolo tal vez de ese sentido, de esa verdad que se esconde cuando tratamos de alcanzarla?
Cuando Dora Bruder se fuga del internado París es una ciudad hostil, patrullada por soldados y policías, con constantes toques de queda, y arbitrarias detenciones. Estamos en la Francia ocupada. Un país donde las ordenanzas alemanas, las leyes de Vichy y los artículos de los periódicos no conceden a los judíos otro estatus que el de apestados y de delincuentes comunes, y en que estos se veían obligados a obrar como forajidos para sobrevivir. Y Modiano los ama precisamente por eso.
Descubre cartas de padres y familiares que preguntan por sus hijos, maridos y mujeres desaparecidas en los campos de concentración. Se pregunta por otra joven, Hena, que había nacido en Polonia en 1922, a la que se detiene por su deseo de casarse con un ario, y que vivía en una calle cuya cuesta también él ha subido muchas veces. Se pregunta por aquellas mujeres que los alemanes llamaban las amigas de los judíos, que tuvieron el valor de llevar la estrella amarilla en solidaridad con los perseguidos. Una se la colgó desafiante al cuello de su perro, el primer día que los alemanes impusieron a los judíos la obligación de llevarla.



“Nunca sabré cómo pasaba los días, dónde se escondía”, escribe en ‘Dora Bruder’. “Es su secreto”

Patrick Modiano anota los nombres de todas ellas, los nombres de las calles y de los lugares que recorrieron, toma nota de los cambios climatológicos que entonces tuvieron lugar, en su afán de no perder por completo el contacto con esa muchacha lejana. “Vuelven las palabras, intactas —escribe—, como los cuerpos de aquellos dos novios que encontraron en la montaña atrapados en el hielo, y que llevaban cientos de años sin envejecer”.
En la obra de Modiano se repite una y otra vez la imagen de esas ventanas iluminadas en la noche de las que no podemos apartar la mirada. “Nos decimos que detrás de ellas alguien a quien hemos olvidado espera nuestro regreso desde hace años, o bien que ya no hay nadie. Salvo una lámpara que se ha quedado encendida en el piso vacío”. La muchacha indecible ha estado en una habitación así y la lámpara que queda encendida es su último gesto antes de marcharse. Giorgio Agamben nos recuerda que originalmente misterio significa solo una praxis: “gestos, actos y palabras a través de los cuales una acción divina se realizaba eficazmente en el tiempo y en el mundo para la salvación de lo humano”. No hay en esa salvación ninguna certeza, solo titubeo, precariedad, porque tiene lugar en esa zona de indefinición donde lo alto y lo bajo, la luz y la sombra, el sueño y la vigilia se comunican.
La Kore de los misterios de Eleusis, la Dora Bruder de Modiano, la muchacha de la última escena de La dolce vita permanecen en umbrales así. Son pocos los escritores o los cineastas actuales que las prestan atención y se inclinan a seguirlas. Patrick Modiano siempre lo ha hecho. Dora Bruder, La hierba de las noches, El café de la juventud perdida son algunas de las novelas en las que nos habla del misterioso regreso de esas muchachas del mundo de los muertos. “Nunca sabré cómo pasaba los días —escribe al final de su libro Dora Bruder—, dónde se escondía, en compañía de quién estuvo durante los primeros meses de su primera fuga y durante las semanas de primavera en que se escapó de nuevo. Es su secreto. Un modesto y precioso secreto que los verdugos, las ordenanzas, las autoridades llamadas de ocupación, la prisión preventiva, la historia —todo lo que nos ensucia y destruye—, no pudieron robarle”. Modiano no escribe para desvelar ese misterio, pues ¿cómo podría hacer algo así?, sino para protegerlo.

lunes, 24 de junio de 2019

Georges Simenon entrevista a Federico Fellini

Federico Fellini and Georges Simenon
Federico Fellini y Georges Simenon

GEORGES SIMENON ENTREVISTA 

A FEDERICO FELLINI 

(1977)


Cannes, 1960. El jurado del Festival, influido por Georges Simenon, otorga la Palma de Oro a La Dolce Vita, de Fellini. Es el comienzo de una amistad por correspondencia que llegará a su momento culminante en 1977, cuando escritor y cineasta por fin se encuentran en persona y mantienen la siguiente entrevista después del estreno de Casanova.
GEORGES SIMENON— ¿Sabe una cosa? Nunca voy al cine…
FEDERICO FELLINI— Yo tampoco.
SIMENON— Con todo, tengo que decirle que he llorado viendo Casanova. Y nunca antes me había pasado una cosa así.
FELLINI — Muchas gracias…
SIMENON— Querría intentar jugar con usted al papel de periodista, si no le importa. ¿Es usted consciente de que con Casanova ha hecho una obra maestra?

jueves, 15 de enero de 2015

Aquellos días de la dolce vita

Aquellos días de 'La dolce vita'

A los 50 años de su estreno, una exposición en el Museo Nacional del Cine de Turín recupera la época y el escándalo de la película de Fellini, que anticipó en varias décadas la caída de Italia en el vacío. El periodista Indro Montanelli calificó en aquel entonces el filme como "una obra cumbre del cine y el periodismo"



Aquellos días de 'La Dolce vita' es un reportaje del suplemento DOMINGO de EL PAÍS del 31 de enero de 2010.
Hace medio siglo justo, una noche de enero de 1960, Federico Fellini invitó a Indro Montanelli a su casa romana para enseñarle la película que acababa de hacer. Un par de días después, el siempre frío periodista dejó su apasionado testimonio, la primera crítica del filme, en un texto memorable que publicó Il Corriere della Sera. "Fellini no alcanza cotas menos altas de las que Goya tocó en la pintura", escribió Montanelli. "Nuestro cine no ha producido jamás nada comparable a esta película. No estamos aquí en el cinematógrafo. Estamos ante un gran fresco, ante algo excepcional, no porque represente más o mejor lo que se ha hecho hasta ahora en la pantalla, sino porque va netamente más allá, violando todas las reglas y convenciones".

"Ese reportaje no es cualquier cosa. Lo poco que reluce es puro oro. Lo mucho que apesta es pura alcantarilla"

"El Vaticano se sumó enseguida a la condena con artículos anónimos, lo que contribuyó a la expansión del filme
Imposible resistirse a seguir citando a la biblia. Montanelli consideró La dolce vita una doble cumbre: del cine y del periodismo: "Fellini, antes de ser cineasta, ha sido periodista. Y se sirve precisamente de un periodista para coser los episodios del filme, describiéndolos a través de otros tantos sucesos de crónica que le conducen a la exploración de la sociedad romana en todos sus estratos y barrios, desde el palacio del Príncipe hasta las cuevas intelectuales de Via Margutta, al apartamento de los nuevos ricos de Parioli, a los cafés de Via Veneto, a los tugurios de las paseantes de la periferia y los baldíos terrenos de las chabolas del cinturón subproletario".

Marcello Mastroianni y Anita Ekberg
La dolce vita

Muere Anita Ekberg, icono erótico de Fellini

Fotograma de 'La dolce vita' con Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en La Fontana de Trevi. 

Muere a los 83 años 

la actriz Anita Ekberg, icono erótico de Fellini

Protagonizó la célebre escena en 'La dolce vita', del baño en la Fontana de Trevi


Ante la noticia de la muerte de Anita Ekberg, ocurrida en una clínica a 30 kilómetros al sur de Roma, a los 83 años, ha sido inevitable que todos recordemos la escena de La dolce vita de Fellini en la que se bañaba en la Fontana de Trevi invitando a Marcello Mastroianni a que se uniera a ella. Con sus hombros y espalda desnudos y un vaporoso vestido negro, se convirtió en la imagen del erotismo y la libertad sexual y no sólo en la Italia de 1959. Dos años más tarde Fellini volvería a lucir su espléndido busto y no menos hermosas piernas en Las tentaciones del doctor Antonio, fragmento de la película Bocaccio 70, en la que el reprimido Peppino de Filippo enloquecía de amor ante una provocadora imagen de la actriz, "con todos sus atributos maternos expuestos al sol, las piernas desnudas, enormes, y en su rostro una expresión salvaje", que habían colocado frente a su casa. Jerry Lewis también se había vuelto Loco por Anita (1956) en la película del mismo nombre. La Ekberg fascinaba a todos.
Anita Ekberg
La dolce vita

domingo, 9 de septiembre de 2012

Fellini / Ocho y medio, pesadilla y liberación


Federico Fellini
: Pesadilla y liberación

Por Juan Carlos González A. 
Editor Revista Kinetoscopio 

"No hay final. No hay principio. Sólo hay la infinita pasión de vivir".
Federico Fellini



¿Qué está ahogando a Guido? ¿Qué cosa no lo deja en paz? Hay humo en su auto, cerrada y asfixiante jaula de la que no logra escapar. Al fin sale por el techo del coche y sólo la altura del cielo parece ser el límite para su vuelo. Pero alguien lo tiene atado desde la tierra y lo hala para hacerlo regresar ¿Quién le impide elevarse a los italianos cielos? ¿Quién no le deja ser libre? ¿Quién lo hace caer al suelo? Guido es un director de cine y la causa de su asfixia es la presión que sobre él ejercen todos los involucrados en la realización de una película: productores, guionistas, fotógrafos, actores y actrices. Son ellos los que le cortan las alas, los que lo tienen contra la pared. Pero si nos fijamos, no sólo son ellos, es el transcurrir implacable de la vida misma el que lo pone así, sin brújula y con la muerte mirándolo cada vez más de cerca. El tiempo, los días, los meses, los años, pasan para él con una velocidad irrespirable, llevándosele una juventud por la que ahora anhela y sufre. Tal como ocurre con nosotros, los visitantes al mundo febril de  (1963).

Pero no somos los únicos que nos sentimos así. Algo similar experimentaba Federico Fellini a finales de 1961, luego de concluir el rodaje de su cortometraje Las tentaciones del Dr. Antonio (Le tentazioni del dottor Antonio). Ya había dirigido seis películas como director autónomo, y cómo consideraba que la codirección de Luces de variedad (Luci del varietà, 1950), junto a Alberto Lattuada, y sus  episodios en Amor en la ciudad (Amore in citta, 1953) y en Boccaccio´70 (1962), constituían cada uno media película, entonces su próxima producción sería la octava y media.  Pero sólo de eso estaba seguro.
Lo demás eran dudas e indecisión, tal como él lo evocaba: "todavía no era capaz de encontrar mi película. Simplemente ya no estaba ahí. Se había ido".  Trabajando desde los estudios Scalera, propiedad del productor Angelo Rizzoli, Fellini era incapaz siquiera de definir el oficio de su protagonista, llamado ya Guido Anselmi, pero aún así decidió buscar locaciones y un reparto tentativo. De todos modos, ya desde 1960 venía acariciando la idea del filme, tal como se lo contó en una carta a su colaborador Brunello Rondi. Se trataba de un hombre de profesión indefinida, interpretado por Marcello Mastroiani, que interrumpía su quehacer para una visita a los baños de Chianciano, buscando un descanso curativo. La historia sería descrita en dos niveles: uno real y otro dictado por los recuerdos y sueños que frecuentemente lo asaltaban. Fellini se reunió con Tullio Pinelli, Ennio Flaiano y Rondi para crear el guión que sería sometido a varias reescrituras. Por último, Fellini y Pinelli, en la que sería su décima colaboración, se encerraron en una pensión en las afueras de Roma para escribir un borrador final, que sería considerado, entre comillas, el guión definitivo.

La cáscara de la película fue formándose, pero Fellíni sentía que en su interior no había nada. Él sabía que Guido atravesaba por un bloqueo creativo y quiso hacerlo escenarista o guionista, para que compartiera sus inquietudes e incertidumbres artísticas. Aunque todos a su alrededor pensaban  que el hermetismo sobre el argumento era un ardid publicitario, Fellini decidió no continuar con el proyecto y escribirle a Rizzoli una carta informándole de todo.  Pero una pausa para celebrar el cumpleaños de uno de los carpinteros de los decorados lo hizo reflexionar una vez más. “Fue en ese momento –comentaría tiempo después– que encontré el corazón del filme que estaba buscando. Relataría exactamente lo que me estaba pasando. Haría la historia de un director de cine que ya no sabía que quería hacer”.

: " (...) un director de cine que ya no sabía que quería hacer”.

Continuaría ahora con más decisión la búsqueda del reparto: Anouk Aimée sería la esposa del protagonista, el escritor inglés Ian Dallas interpretaría a un mago que hace un papel breve, la esplendorosa  Claudia Cardinale, apenas a sus diecinueve años, haría parte de una de sus visiones; Edra Gale, una joven cantante de opera con la que se topó en Milán, sería la Saraghina, una enorme mujer que hace parte de sus recuerdos de infancia; mientras Sandra Milo encarnaría a Carla, la amante de Guido.

Tras varios aplazamientos, el rodaje de  se iniciaría el 9 de mayo de 1962. A lo largo del rodaje la laxitud del guión sería la nota característica, pues Fellini no quería una guía estructurada sino un derrotero somero que indujera a la improvisación. “sentía que el asunto ya se había logrado al escribirlo. No tenía interés en tratar de filmarlo. Amo improvisar, pues algo afortunado e inesperado en una escena abre la puerta a otra y otra”, confesaba. En el plató de rodaje no había más de dos copias del guión y los actores recibían sus diálogos transcritos la tarde antes o apenas unas horas antes del rodaje. Mastroiani no había tenido acceso al guión cuando la filmación empezó. 

Respecto al nombre del filme, provisionalmente se utilizó el de , pero también se consideraron nombres alternos como Yo confieso y Las confesiones de Snaporaz, pero a un mes del estreno se decidió dejar como definitivo el que ya venía usándose. En el afiche de la película el nombre de Fellini iría, por primera vez, precediendo al filme. El estreno simultaneo en Roma y Milán ocurrió en la última semana de febrero de 1963, para deleite de la crítica y una cálida, pero no extraordinaria, acogida del público.



TRAS LAS HUELLAS DEL CINE

"En una primera lectura, es evidente que el filme carece de una premisa problemática o filosófica, haciendo de la película una serie de episodios gratuitos, quizá divertidos por su realismo ambiguo. Uno se pregunta que están tratando los autores de decir, ¿Están tratando de hacernos pensar? ¿De asustarnos? Desde el principio la acción revela una pobreza de inspiración poética... Perdóneme, pero esto podría ser la prueba definitiva de que el cine está cincuenta años detrás de todas las otras artes. El tema incluso no tiene los méritos de una cinta avant garde, pero sí todos sus defectos." Quien habla es un crítico de cine, refiriéndose al argumento de la película que Guido desea rodar. La declaración, hecha al principio de , es sintomática de la idea que, sobre la responsabilidad del cine, tenía la crítica en esos momentos en Europa. Fellini muchas veces fue blanco de esos comentarios, que veían en su filmografía un ejercicio autoreflexivo, tan gratuito como banal. Por eso hace que Guido, su alter ego, reciba el mismo tipo de crítica para su proyecto. Los motivos y las necesidades del director parecen no importar en ese estado de las cosas, donde las películas tenían que responder a unos ideales políticos, culturales y sociales a los que debían honrar.

"El filme carece de una premisa problemática o filosófica"...
Sandra Milo, como Carla, y Marcello Mastroaianni como Guido, su amante

La desazón que perennemente acompaña a Guido tiene que ver con el cansancio de tener que responder por tan altos ideales y no poder hacer el cine que quiere. Más adelante confesará el personaje que, "Yo pensaba que mis ideas eran tan claras. Quería hacer una película honesta, sin mentiras, cualquier cosa.  Pensaba que tenía algo tan simple que decir. Algo útil a todos, una película que podía ayudar a enterrar para siempre todas esas cosas muertas que cargamos por dentro. Pero en vez de eso soy aquel que no tiene el coraje de enterrar nada de nada. Y ahora estoy profundamente confuso. (...) ¿Cuándo me equivoqué? Realmente no tengo nada que decir, pero quiero decirlo de todos modos”.

Que lo dejen en paz es lo que quiere Fellini/Guido, que no lo obliguen a hacer siempre una obra maestra, que no busquen símbolos donde no los hay, que no indaguen por motivos estéticos que no existen, que lo dejen respirar con libertad. “Yo soy Guido”- respondía Fellini cuando le indagaban por las razones del atribulado protagonista. La película es un acoso constante, una lucha contra el tiempo y la indecisión. No hay paz: el productor lo presiona, las actrices le reclaman, los técnicos lo solicitan. Buscando escapar, Guido recuerda, imagina y sueña.

Fellini se encargará de tejer un hilo invisible donde esos recuerdos, ficciones y sueños se entremezclan con la narración, haciendo casi imposible saber donde empieza la reminiscencia y donde entronca de nuevo con la realidad, pues incluso hay una mezcla en el uso del vestuario, y algunos personajes en secuencias contemporáneas están ataviados a la usanza de los años treinta, contribuyendo a la confusión. “Son los tres niveles donde viven nuestras mentes: el pasado, el presente y el condicional –el imperio de la fantasía”, declararía el director al respecto. La unidad básica de la película es la secuencia, cada una organizada como un todo completo, lejana de los mandatos de la narración clásica, y libre en su modernismo. Incluso en un momento dado no sabemos si estamos ante una de sus alucinaciones, ideas para su próxima película, ante un recuerdo de infancia o ante las tres, de la fuerza que sus imágenes tienen. Caprichoso, Guido deja volar su mente por entre sus años juveniles, es presa de visiones y a veces nos deja ver sus deseos, como cuando se construye un harem con todas las mujeres que ha tenido cerca.

La fantasía del harén:
una de las secuencias más esplendorosas e irónicas de la historia del cine


En esa secuencia y en la mayoría del discurrir onírico de la película hay un anhelo de juventud y de poder recuperar el pasado, que huele a oportunidad perdida, a tiempo malgastado, a décadas que se escurrieron entre las manos. Y ese afán domina la vida de Guido, en una búsqueda constante de esos años que ahora son sólo parte de sus recuerdos, pero que le permiten vivir, así sea anhelándolos y extrañándolos.

En una de esas evocaciones vemos un cuadro con un retrato de Agostino, uno de sus  tíos,  que preside el cuarto donde Guido, aún un niño, duerme en compañía de sus hermanos. Dicen que en la noche, ante las palabras de un hechizo, los ojos del tío se mueven hacia una esquina del cuarto, señalando la ubicación de un tesoro que los hará ricos. Asa, nisi, masa, son las palabras del sortilegio. Las mismas que Guido adulto evoca una noche, buscando no se que prodigio. Si nos fijamos, se trata de un juego de palabras, de un lenguaje inventado donde la vocal de cada sílaba se repite al final precedida por una “s”. Las tres palabras están escondiendo una sola, la palabra “anima”, el alma, pero también este es el término que Carl Gustav Jung utilizaba, en sus teorías de psicología analítica, para caracterizar la identidad femenina inconsciente que cada hombre posee, tal como lo introduce en su ensayo de 1926, llamado El matrimonio como una relación psicológica.

Es posible ver en Guido el tipo de hombre “extrovertido” que Jung caracterizaba; es más,  sus escapes oníricos serían reacciones típicas de este tipo de personalidad cuando no son capaces de adaptarse a las condiciones externas. Fellini afirmaba “tener completa fe y total admiración por Jung”, pero no nunca estuvo en terapia. Aprendió mucho de su pensamiento y de su obra gracias a las conversaciones que sostuvo en Roma con un analista jungiano, el Dr. Ernst Bernhard. De esos diálogos Fellini sacó mucho del constructo teórico para  llegando a afirmar que “lo que admiro con más ardentía de Jung, es el hecho de que halló un punto de encuentro entre la ciencia y la magia, entre la razón y la fantasía”. Punto de encuentro que, como observamos, también Fellini encontró para Guido.



EL CINE SE MUERDE LA COLA

Hay un juego de espejos en  que es posible leer como un logrado artificio metacinematográfico, en el que la película se muerde su propia cola, cerrando sobre sí misma un circulo narrativo sin solución de continuidad. Todo empieza por el hecho de estar filmado a un director de cine con un bloqueo creativo. Fellini se sentía igual y por lo tanto trasladó mucho de las vicisitudes de la producción de su película a la pantalla misma, como si el making off de la película fuera a su vez el objeto de filmación. La inhabilidad de Guido para dirigir su frustrada película, es a su vez, el tema de la película que Fellini si pudo hacer.

8½: El cineasta frente al espejo

En consecuencia, en el filme muchos de los actores conservan su nombre real, como si se interpretaran a si mismos. En ese mismo juego, Marcello Mastroiani interpreta a Guido, pero bien hubiera podido llamarse Federico, pues para nuestra sorpresa, la película que parece estar preparando ante nuestros ojos de espectadores, no es sobre ciencia ficción (de la que nunca vemos ni un fotograma) tal como nos lo han repetido, sino algo similar a la propia , como lo demuestra el casting que hace en la película. Con los interpretes que está buscando, Guido pretende cubrir los roles correspondientes a su padre, a su esposa, a su amante y la Saraghina. O sea que él pretende filmar lo que le está pasando, dramatizar la situación que está padeciendo. Si Guido hubiera existido en realidad, hubiera hecho una película que hubiera resultado idéntica a una que nos mostró Federico Fellini y que se llama, precisamente,  , y que en últimas trata de un director de cine que quiere hacer una película, mostrando las dificultades del rodaje de un filme acerca de su propia vida en ese momento. Y al continuar así, giraremos siempre sobre la misma premisa y el mismo tema.


Federico Fellini
Fellini -tal como lo haría en otros filmes suyos, por ejemplo Y la nave va... (E la nave va..., 1983)- nos recuerda a cada rato que estamos ante una ficción, ante una fantasía escenificada. En una de las escenas iniciales de , Guido entra al baño de su habitación y al encenderse la luz, obtenemos un tipo de iluminación que es propia de un estudio de filmación, con potentes arcos de luz blanca y el ruido de advertencia que indica que una grabación va a realizarse. Este sonido va a repetirse en varios episodios del filme, como un recordatorio de que estamos ante una representación, así en la pantalla pretendamos estar ante la vida “real”. Al romper el circulo de ilusión, Fellini refuerza todavía más el carácter completamente  metacinematográfico y autoreflexivo de su película. Como el reflejo sin fin de un espejo en un espejo, aquí lo que vemos es el cine dentro del cine dentro del cine dentro del cine....

Realidad, fantasía, sueños, cine. Por más que tratemos de disectarla,  parece más grande que sus partes. Desde el momento de su estreno, hasta hoy, siempre nos ha faltado un ángulo por cubrir, un resquicio por palpar, una esquina por la que no cruzamos. El significado último será patrimonio eterno de su autor, que desde el más allá debe reírse satisfecho de habernos logrado engatusar y embrujar. Cualquiera que haya sido, el hechizo de  surtió efecto sobre los espectadores, hipnotizados sin remedio y sin oponer resistencia ante la belleza cautivadora e inasible de sus imágenes. Repitamos juntos, asa, nisi, masa... asa, nisi, masa...

Hechicería y estructura: la clave inasible de 


Revista Universidad de Antioquia 274 
Medellín, Octubre – Diciembre, 2003, pp. 134-140










Lea, además