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jueves, 29 de diciembre de 2022

Nabokov / Una carta que nunca llegó a Rusia


Vladimir Nabokov
UNA CARTA QUE NUNCA 
LLEGÓ A RUSIA

Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.

Nabokov / Un cuento de hadas


Vladimir Nabokov
UN CUENTO DE HADAS

1


¡La fantasía, el vuelo, los arrebatos de la fantasía! Erwin los conocía muy bien. Al tomar el tranvía, procuraba sentarse sobre la mano derecha, para estar tan cerca de la acera como fuera posible. Así, dos veces al día, en su viaje de ida y en su viaje de vuelta de la oficina, Erwin observaba por la ventanilla y seleccionaba su harén. ¡Dichoso Erwin, dichoso por vivir en una ciudad alemana tan conveniente, tan propia de un cuento de hadas!

domingo, 13 de noviembre de 2022

Nabokov / Cuento de navidad


Vladimir Nabokov
CUENTO DE NAVIDAD

Se hizo el silencio. La luz de la lámpara iluminaba despiadadamente el rostro mofletudo del joven Anton Golïy, vestido con la tradicional blusa rusa campesina abotonada a un lado bajo su chaqueta negra, quien, nervioso y sin mirar a nadie, se disponía a recoger del suelo las páginas de su manuscrito que había desperdigado aquí y allá mientras leía. Su mentor, el crítico de Realidad Roja, miraba el suelo mientras se palpaba los bolsillos buscando una cerilla. También el escritor Novodvortsev guardaba silencio, pero el suyo era un silencio distinto, venerable. Con sus anteojos prominentes, su frente excepcionalmente grande y dos mechones ralos colocados de través sobre la calva tratando de ocultarla, estaba sentado con los ojos cerrados como si todavía siguiera escuchando, con las piernas cruzadas sobre una mano embutida entre la rodilla y una de las lorzas de su muslo. No era la primera vez que se veía sometido a este tipo de sesiones con sedicentes novelistas rústicos, ansiosos y tristes. Y tampoco era la primera vez que había detectado en sus inmaduras narrativas, ecos -que habían pasado inadvertidos para los críticos- de sus veinticinco años de escritura, porque la historia de Golïy era un torpe refrito de uno de sus propios temas, el de El filo, una novela corta que había compuesto lleno de esperanza y de entusiasmo, y cuya publicación el pasado año no había logrado en absoluto acrecentar su segura aunque pálida reputación.

Nabokov / La tormenta


Vladimir Nabokov
LA TORMENTA

En la esquina de una calle cualquiera de Berlín oeste, bajo el dosel de un tilo en plena floración, me vi envuelto en una ardiente fragancia. Masas de niebla ascendían en el cielo nocturno y, cuando el último hueco de estrellas fue absorbido en ellas, el viento, ese fantasma ciego, cubriéndose el rostro con las mangas, barrió la calle desierta. En la oscuridad mate, sobre los postigos de hierro de una barbería, su escudo colgante —una bacía de plata— empezó a oscilar como un péndulo.

Nabokov / El puerto





Vladimir Nabokov
EL PUERTO


La peluquería, con su techo bajo, olía a rosas ajadas. Unos tábanos zumbaban pesados, insistentes. Los rayos de sol formaban charcos relucientes de miel fundida en el suelo, pellizcaban el cristal de las lociones con sus destellos, y se traslucían a través de la gran cortina de la entrada: una cortina de cuentas de arcilla enhebradas en cuerdas de bambú que se alternaban con cáñamo más grueso, y que se desintegraba en un estrépito iridiscente cada vez que alguien la apartaba a un lado para entrar. Ante él, en el espejo lóbrego, Nikitin vio su propio rostro atezado, los rizos brillantes y como esculpidos de su pelo, el destello de las tijeras que chirriaban sobre sus orejas, y sus ojos se concentraron, severos, como ocurre siempre cuando te miras en el espejo. Había llegado a este antiguo puerto del sur de Francia el día anterior, desde Constantinopla, donde la vida se le había empezado a volver insoportable. Aquella mañana había estado en el consulado de Rusia, y en la oficina de empleo, y había paseado sin rumbo por la ciudad, una ciudad que reptaba en pendiente hasta el mar por tortuosas callejuelas, y ahora, exhausto, postrado a causa del calor, había entrado allí a cortarse el pelo y a refrescarse la mente. El suelo en torno a su sillón estaba ya cubierto por pequeños ratones brillantes desparramados por todas partes: sus mechones cortados. El barbero tomó la espuma y la extendió en su mano. Un escalofrío delicioso le recorrió la coronilla al sentir los dedos del barbero que con firmeza le aplicaban la espesa espuma. A continuación, un corte helado lo sobresaltó, y una toalla esponjosa le cubrió el rostro y el pelo mojado.